jueves, 23 de abril de 2009
miércoles, 22 de abril de 2009
La hiprocresía progre de la SGAE
Se ha devaluado mucho el uso del término "hipocresía". Hoy en día, cualquier desliz se califica automáticamente de tal. Pero la hipocresía es algo mucho más serio. Consiste en predicar constantemente una moral y actuar consistentemente en contra de esa moral. Para entendernos: predicar contra la prostitución e ir un día a un club de alterne no es hipocresía; es simplemente debilidad, seguramente pasajera, aquello de "la carne es débil". Hipocresía es clamar contra la profesión más antigua del mundo y requerir de sus servicios semanalmente. Hipocresía es demostrar con tus actos que no crees en tus palabras.
Y en esta labor, los de la ceja son –ahí sí– unos verdaderos artistas. Siempre claman que lo del canon y los espionajes en las bodas es necesario para salvar la cultura, que los artistas necesitan de esos ingresos para poder ganarse la vida con su trabajo creativo. Pero llega el momento del reparto de ese dinero y resulta que casi todo se lo quedan los de casi siempre. El 75% de los ingresos de la SGAE, 223 millones de euros, se han repartido entre 600 autores, el 1,73% del total. Y las cifras de las demás entidades de gestión son muy similares.
Sin entrar en la letra pequeña, pues no tengo los datos necesarios para ello, este sistema de reparto me parece perfecto. Es dinero recaudado de licencias y de compensación por copia privada, y parece claro que aquellos que más venden también son quienes más escuchan su música en las televisiones y ven copiadas sus canciones en los iPod. Del mismo modo que, dicho sea de paso, quienes se descargan música vía P2P también son quienes más música compran, como indica un nuevo estudio. Así, es justo que los autores de mayor éxito sean quienes más dinero reciben, al igual que lo es que los mejores trabajadores en cualquier sector ganen más que los demás. Al fin y al cabo, justicia es dar a cada uno lo suyo.
Lo que pasa es que no es eso lo que predica la burocracia de los derechos de autor. Para defenderse de quienes les critican por sacar dinero a un bar cuyo dueño trabaja para sacarlo adelante catorce horas al día, siete días a la semana, por el solo hecho de tener un televisor donde poner el fútbol el fin de semana, los artistas aducen que a la "cultura" le resultaría difícil sobrevivir sin ese dinero, que los creadores que no están en el "candelabro" necesitan ese extra que suponen los derechos de autor para llegar a fin de mes.
Si la SGAE y demás compañeros mártires reconocieran que sí, que el dinero que nos quitan a todos nosotros va a parar a Amaral, Alejandro Sánz, La Quinta Estación y otros artistas de éxito y que es un derecho que tienen, y que el dueño del bar tiene obligación de pagar por ello igual que paga por la cerveza que sirve, seguiríamos protestando igual ante la imposición del canon, pero al menos no tendríamos que aguantar ese aire santurrón que se gastan. Pero claro, entonces tendrían que renunciar a su imagen de izquierda solidaria que les es tan preciada. Y ya se sabe que para un progre lo principal y casi lo único es sentirse satisfecho consigo mismo.
Chorradas y gordas
A través de ciertos vericuetos de internet que aún permanecen expeditos a la espera de que la ministra del ramo los cancele, he podido echar un vistazo al último taquillazo del cine español de cuyo guión es coautora precisamente la ministra Sindescargas. Me ha pasado como a aquel catedrático que durante la II República aparecía a veces por la facultad de Filosofía anunciando que no podía dar clase ese día por encontrarse "transido de Kant". Yo, amigos, también estoy transido de Sinde, y perdonen el trabalenguas.
La clave del éxito de esta película es su ortodoxia respecto a los tres pilares básicos que explican el éxito rutilante de nuestro cine actual: Diálogos oligofrénicos, tetas en primer plano y drogas a mogollón. El argumento de Mentiras y gordas está a la altura de las grandes producciones cinematográficas que han hecho historia en el séptimo arte, con unos actores de personalidad arrebatadora y una trama magistral que te mantiene en vilo hasta que aparecen los títulos de crédito. Básicamente se trata de mostrarnos las apasionantes vivencias cotidianas de un puñado de fumetas analfabetos entre los que encontramos a un gay que quiere perforar a su mejor amigo, una lesbiana vergonzante intentando encontrar su identidad sexual, una gorda deprimida porque su novio quinqui la ha dejado y otras dos chicas que no hacen nada pero enseñan mucho las tetas. Para redondear el argumento, mientras la trama se va desarrollando en un intenso crescendo con giros magistrales y los espectadores se plantean incesantes preguntas cada vez más angustiosas (¿Se lo montarán estos dos en el retrete? ¿En qué serie de TV he visto yo este culo?), los protagonistas se ponen de pastillas y coca hasta las trancas.
Se ha dicho de este guión, obra de la flamante ministra de Kultur, que es el peor que jamás se ha escrito y se escribirá en la Historia del Cine. También hay quien dice que lo que pasa es que no hay guión, sino sólo un señor con una cámara filmando cretinos mientras fornican y consumen estupefacientes. No estoy de acuerdo. Aquí hay una historia muy bien trabajada y brillantemente resuelta, como lo demuestran algunos diálogos, a cuyo lado palidecen Casablanca y Blade Runner. Sólo un par de ejemplos:
– Yo no soy lesbiana.
– Yo tampoco. Yo amo a las personas. No creo en las etiquetas. Eso es producto de una educación lamentable.
¡Guau! Qué fuerte ¿no? Pero eso no es todo. Atención a la reflexión metafísica de un joven efebo respecto al papel del ser humano en la sociedad actual:
– Si no haces nada no cambiará nada.
– ¿Y tú qué haces para cambiar las cosas?
– Vivir, follar, usar condón, drogarme... Esa es mi forma de protestar.
Después de estos dos ejemplos que sobrecogen a los espíritus más cultivados ¿Seguirá algún indocumentado sosteniendo que Mentiras y gordas es la basura más fétida que jamás ha producido el ya de por sí mefítico cine español?
Por cierto, Ana Polvorosa es la única actriz que desentona en esta producción surgida del caletre de la ministra. Su dicción correcta, su rostro expresivo y su elegancia interpretativa deberían proscribirla para futuros papeles, porque si el ejemplo cunde nuestro cine puede acabar perdiendo sus señas de identidad. Afortunadamente tenemos a la coguionista de esta obra maestra como ministra de Kultur para llamar al orden a los rebeldes. Que se lo pregunten a las asociaciones de usuarios de internet.martes, 21 de abril de 2009
De leyes y aplicaciones
¿Con qué autoridad moral se permiten multar a los comerciantes que pagan sus impuestos religiosa y hasta laicamente? Ni aunque no los pagaran. ¿Quienes se creen para negarles el derecho a rotular no ya en castellano, en tagalo si les apetece? ¿Estaría bien multar a los que sólo rotulan en catalán? Los comerciantes no están obligados a practicar el bilingüismo y tienen todo el derecho a utilizar la lengua que les venga en gana o les sea más favorable para su negocio. Esta ley es propia de una dictadura, contraria a la Constitución, ilógica e inmoral y debe ser derogada sin más.
lunes, 20 de abril de 2009
domingo, 19 de abril de 2009
Por sus derechos los conoceréis
Asimismo, deberían solicitar airadamente, muy airadamente, que los múltiples y muy diversos cuerpos policiales vigilen para que las personas y seres humanos en general no se presten ni intercambien entre sí libros, discos, películas, videojuegos, sartenes, cepillos de dientes, etc. Quien quiera lavarse los dientes, que se los ensucie primero con su propia comida cocinada en su propia sartén mientras ve su propio DVD.
Mal van las artes y las letras cuando los autores están más preocupados por sus derechos que por la calidad de sus obras. ¿Se imagina alguien a Juan del Encina dirigiendo la SGAE?
sábado, 18 de abril de 2009
Puritanismo censor progresista
La Confederación Galega de APAs de Centros Públicos (Confapa) es una organización de padres muy "progresista". Lo es tanto que aparece en el listado de miembros de la Plataforma Nunca Mais y colabora con, entre otras, la Fundación Mujeres, una organización "no gubernamental" que tiene como presidenta de honor a una ex diputada socialista y un patronato plagado de miembros (o miembras, Bibiana Aído dixit) del Grupo Parlamentario Socialista. Ser tan progre tiene una ventaja: se puede defender la censura por motivos morales sin ser tachado de carca o inquisidor.
Una cosa curiosa de los progres es que en pocos años han cambiado de forma radical su discurso sobre la moral. Han pasado de defender la quema de sujetadores y la chica de los limones salvajes del Caribe como ejemplos de la liberación de las mujeres a condenar la muestra de carne femenina por machista y reaccionaria. Si para la izquierda antes era una cosa perversa que existieran clasificaciones por edad para todo tipo de contenidos, ahora lo realmente moderno es impedir que los niños puedan ver imágenes violentas o con carga sexual. Y claro, como buenos intervencionistas de izquierdas, los señores de Confapa defienden que el Estado se encargue de eso cuando atañe a internet.
La "progresista" organización gallega de Asociaciones de Padres de Alumnos pretende que el Estado controle y restrinja el acceso de los menores de edad a determinados contenidos de internet, entre ellos a YouTube. Cómo hacer eso sin violentar los más elementales derechos, como a la libertad de expresión o la intimidad, es algo que no han explicado. Y no lo han hecho por el simple motivo de que es imposible. Lo que pretenden es que la red esté sometida en España a un régimen en el que se pueda saber no sólo desde que ordenador se visita ciertas páginas, sino también qué persona está ante la pantalla. Sólo conociendo de quién se trata puede a su vez conocerse la edad. El único modo de controlar eso sería estableciendo un sistema obligatorio de identificación personal para conectarse a la red, con los peligros que eso conlleva: bienvenidos a 1984.
El control de los contenidos a los que acceden los menores y la valoración de si son adecuados o no, debe corresponder tan sólo a los padres. Son los progenitores los que deciden si sus hijos pueden ver un programa televisivo o si un libro es adecuado para su edad. Con la red no debe ser diferente. De hecho existen programas de filtrado que los adultos pueden instalar en sus ordenadores para que se encarguen de ello sin tener que estar todo el día pegados a sus vástagos para saber qué webs visitan.
Como buenos progresistas, los señores de la Confapa pretenden que sea el Estado el que haga de padre en su lugar y, de paso, del resto de los españoles con hijos. Y, como perfectos puritanos, no les importa si para eso se violan principios como la libertad de expresión, la intimidad o el derecho a educar a los hijos según sus propios criterios. Unos párrafos más arriba decía que este tipo de propuestas las pueden hacer los progres sin riesgo de ser tachados de carcas o inquisidores. No siempre están a salvo. Desde aquí acusamos a la Confapa precisamente de eso.
¿Y por qué no cerrarlas todas?
Ha tenido que venírsenos encima una recesión histórica para Zapatero diga algo inteligente, vaya lo uno por lo otro y alabado sea el Señor. La decisión de reducir la publicidad en la pública es, no obstante, una medida insignificante en el montante de agravios que las televisiones privadas vienen sufriendo desde que se les concedió permiso para competir contra el emporio estatal.
No hay ninguna razón ni filosófica ni práctica que justifique la existencia de veinte televisiones propiedad de las comunidades autónomas, además de las dos cadenas estatales analógicas y sus derivados digitales. Cuando un servicio es prestado a los ciudadanos por la iniciativa privada, la existencia de competidores que se financian con fondos públicos es un absurdo y un agravio comparativo que sólo tiene razón de ser en el deseo de los políticos por controlar los medios de comunicación.
Nada habría que objetar si el PP y el PSOE crearan cada uno su cadena de televisión con dinero de sus afiliados, pero hacerlo a costa del bolsillo de todos los ciudadanos que ya reciben un servicio mejor y más barato por parte de operadores privados es un lujo inadmisible, sobre todo en medio de una catástrofe económica como la actual.
Las televisiones autonómicas son tan innecesarias como TVE y, en conjunto, mucho más gravosas, por sorprendente que pueda parecer conociendo las pérdidas astronómicas de la televisión estatal. En la mayoría de los casos son un cementerio de elefantes para los políticos desahuciados y un vehículo excepcional para regalar dinero a los amigos a costa del contribuyente, con la única condición de que los gobernantes de turno aparezcan diariamente no menos de cinco veces, aunque sea inaugurando los mingitorios de un centro de la tercera edad.
Habría que cerrarlas todas previa subasta o, mejor aún, regalárselas directamente al grupo PRISA. Con la sagacidad empresarial propia de la casa, en un par de años no quedaría ni una. Eso que saldríamos todos ganando.