miércoles, 12 de enero de 2011

Las fuerzas vivas del canon digital

Daniel Rodríguez Herrera en Libertad Digital

Las historias en que David triunfa frente a Goliat siempre son la mar de agradecidas. Pese a que los pequeños no siempre tengan la razón cuando se enfrentan a los grandes, hay una parte en nosotros que se alegra al comprobar que pese a la diferencia aparente de fuerzas el débil, ese con el que nos identificamos, puede salir victorioso. Excluyendo a los interesados, todos disfrutamos de esta sensación cuando una pequeña tienda de informática barcelonesa venció en los tribunales a la todopoderosa SGAE al declararse ilegal en la Unión Europea la imposición indiscriminada del canon digital.

Ana María Méndez, la propietaria de Traxtore, se dejó la piel y algo más en la batalla. Perdió una de sus dos tiendas y despidió a sus ocho empleados, convirtiendo su negocio en una empresa familiar en el más puro significado de la palabra: ya sólo ella y sus familiares trabajan en ella. Pero la sentencia es clara: el canon es legal –injusto o no es otra cuestión–, pero no puede justificarse que se cobre indiscriminadamente a todos, incluyendo organismos públicos y empresas. Al fin y al cabo, este mecanismo se justifica bajo la presunción de culpabilidad, asumiendo muy probable que vayamos a usar un disco duro o un CD para guardar pelis, y no puede aplicarse allí donde presuponer tal cosa resulta más bien ridículo.

Al comienzo de su calvario, Ana María Méndez fundó Apemit, una asociación que representa a las pequeñas empresas de informática como la suya. Ahora el Gobierno, forzado por su santa cabezonería, se ve forzado a rehacer la legislación que regula el canon. Se empiezan a acumular las denuncias de ayuntamientos y otros organismos exigiendo que se les devuelva el dinero ilegalmente recaudado, y no es cuestión de dejar pudrirse demasiado el tema, no sea que le hagamos un roto a las SGAE. Pero claro, a la hora de tomar una decisión, prefiere no hacerlo solo y ha decidido negociar con los implicados. Ana María, que es la única razón por la que se ven obligados a reunirse, no estará entre ellos.

Veamos, el canon lo pagamos usted y yo. Quienes más han sentido sus efectos han sido quienes venden productos gravados con él. Por lo tanto, ni los consumidores ni la tiendas serán consultados por el Gobierno.

¿Por qué habría de ser distinto el canon de la jubilación o la legislación laboral? Usted, que seguramente no esté representado por UGT ni CCOO, irá a buscar trabajo en empresas que seguramente no estén representadas por la CEOE. Sin embargo, ahí están, negociando en su nombre. Despotismo ilustrado, que se le llama.

Entiéndase. Estamos en una democracia, más o menos. Por lo tanto, quien debe tomar las decisiones es el Gobierno o el parlamento, dependiendo de qué estemos hablando. Si a los sindicatos, la patronal, las empresas tecnológicas o las SGAE no les gustan sus decisiones, que con su ajo se lo coman. ¿Qué se quiere consultar a los interesados a ver qué opinan? Se puede entender. Pero en tal caso lo lógico sería preguntar a los interesados de verdad, los ciudadanos que pagamos las consecuencias. Y parece claro que en este caso los más representativos son Apemit, la Asociación de Internautas o incluso la OCU si nos ponemos.

Aunque quizá sea mejor así. Al fin y al cabo, González-Sinde ya hizo en su día el paripé de reunirse con unos y otros para acabar pariendo su ley de cierre administrativo de sitios web, recientemente rechazada por el Congreso. Casi mejor que no disimule.

Los riesgos del adanismo presidencial

Pablo Molina en Libertad Digital

Los delincuentes suelen asociarse en bandas para perpetrar sus fechorías de forma más eficaz. También por un criterio de eficiencia, puesto que en grupo se pueden cometer delitos más importantes, con un botín mayor, empleando menos esfuerzos y rebajando el riesgo de que todos sus miembros sean detenidos. Los terroristas no son una excepción en su manera de operar respecto a cualquier pandilla que se dedique a la extorsión, el robo o el crimen más o menos organizado. Sí, es cierto que los etarras, por ejemplo, invocan la persecución de unos derechos históricos que le son negados de forma antidemocrática al pueblo que dicen representar para perpetrar sus fechorías, pero a efectos jurídico-políticos, es un argumento tan inconsistente como si una banda de butroneros justificara sus delitos con la existencia de una grave injusticia social en el entorno familiar de sus integrantes.

Resulta asombroso, por tanto, que los etarras se atrevan a poner condiciones al Estado de derecho para dar por finalizada su carrera delictiva, algo que no se le ocurre a ninguna partida organizada de delincuentes de los distintos ramos y procedencias que operan en España. Ninguna banda de albano-kosovares dedicada al robo a mano armada de casas de lujo, pongamos por caso, ha emitido jamás una nota de prensa, leída por tres elementos encapuchados, proponiendo al gobierno de un país un acuerdo para abandonar sus actividades. La ETA sí lo hace, pero es porque, al contrario que sus compañeros de afición, los etarras saben que el Gobierno está dispuesto a hacerle determinadas concesiones a cambio de que dejen de cometer delitos por una temporada.

En la lógica de los terroristas encaja perfectamente la facundia con que periódicamente se dirigen al "Estado español" (y al francés, de paso), puesto que durante años se les ha tratado como una parte cualificada de la sociedad vasca con la que hay que negociar para acabar con el problema del terrorismo. Si en ocasiones sus representantes son hombres de paz, a los que se les avisa incluso para evitar su detención por la policía, si hasta el órgano judicial encargado de perseguirlos y llevarlos a la cárcel se muestra dispuesto a enlodar los bajos de su toga, es lógico que más tarde emitan y lean en público una nota de prensa tratando de tú a tú al Gobierno legítimo de España.

El adanismo presidencial es patético en el orden social y muy dañino en el económico. Ahora bien, en el tema del terrorismo hasta Zapatero y Rubalcaba deberían comportarse con cierto sentido de Estado. Casi mil asesinados y sus familias no merecen menos.

Ha vuelto a suceder

Gabriel Albiac en ABC

Con tiempos casi calcados, a un año y medio de unas elecciones generales que se anuncian catastróficas para el PSOE de Zapatero, ETA vuelve hoy a jugar sus bazas. Que son idénticas a las de entonces. «Alto el fuego permanente» pero no definitivo, condicionado en su continuidad a la resolución de «las claves de la territorialidad y el derecho de autodeterminación, que son el núcleo del conflicto político». En términos casi idénticos a los de entonces, el gobierno responde con la retórica dual del «no es óptimo, pero sí bueno». Que formuló antaño Zapatero al contraponer los benévolos tiempos sin atentados a los años más duros; que, con más cautela, ha formulado esta vez Rubalcaba en su autoentrevista: «Si me preguntan ustedes ¿está usted más tranquilo hoy que ayer?, honestamente les diría que sí». El señor Rubalcaba y su «honestidad» sabrán por qué. Como el señor Zapatero y su sonrisa debían saber el porqué de su optimismo tan sólo unos días antes del atentado de la T4 en Barajas.

Ha sucedido de nuevo. Todo se repite ahora como un calco. Y es en esa repetición donde uno cree percibir el tintineante desasosiego de lo siniestro. ETA persevera en su identidad de siempre. Zapatero persevera en su infantil grandilocuencia. El ciudadano asiste a la farsa repetida. Y todo vuelve.

martes, 11 de enero de 2011

Proyecto Smiley

Carlos Rodríguez Braun en La Razón

Uno de los errores políticos de las últimas décadas, cometido en primer lugar por los propios socialistas, fue considerar a Smiley un Bambi, o un tontaina inofensivo, o un demagogo más. Es verdad que su aspecto y su retórica invitaban al equívoco: desde su sonrisa amable y perpetua hasta su lenguaje meloso de tolerancia y derechos. En realidad, se trata del peor presidente de la España democrática. Tal es el diagnóstico del libro breve pero enjundioso de Ignacio Arsuaga y M. Vidal Santos: «Proyecto Zapatero. Crónica de un asalto a la sociedad», publicado por Hazte Oír. Su tesis es que Smiley fue más allá que González, un gobernante siniestro pero que no se atrevió a atacar a la familia, la nación, la religión, la convivencia, la memoria, como lo han hecho Smiley y sus secuaces; aunque corresponde reconocer que éstos trabajaron sobre terreno conquistado, como en la educación, la cultura y las redes clientelares. Lo escalofriante de este libro es que sus autores no inventan nada: toman directamente las citas de los jerarcas socialistas y ahí está a la vista el plan totalitario de «transformación de la sociedad» desde el Estado, el único protagonista que concede derechos y determina morales. Nuestras hijas pueden abortar con facilidad pero tienen terminantemente prohibido fumar: si usted mantiene la suficiente serenidad como para escandalizarse ante tamaño desconcierto moral, apreciará el valor de este libro.

Se busca cuidadora

Alfonso Ussía en La Razón

Usabiaga lleva siete meses sin posar sus labios sobre la frente o los mofletes de su madre, y no hay derecho a ello, porque Garzón lo sacó de la cárcel para que procediera al acurruque materno, no para que se pasara todo el día tomando vinos con los etarras y los batasunos. En otros tiempos, un Garzón cansado de cuidar a la madre de Usabiaga podía dar un portazo, volver a la Audiencia Nacional y revocar su decisión. Pero hoy en día, Garzón tiene menos influencia en la Audiencia Nacional que este servidor de ustedes en el Ministerio de Sanidad y en el municipio de Benidorm, que son la misma cosa. Y Usabiaga se está aprovechando de la confusión imperante, incumpliendo sus obligaciones mientras negocia con sus amigos de la ETA y sin hacerle caso a su madre, que tanto lo necesita y añora.

Los de la boina

José García Domínguez en Libertad Digital

La única certeza verificable del videoclip de ETA, a saber, que aún no lucen maduros los gudaris para despegarse la chapela del cráneo, empeño que debería constituir el primer paso con tal de bajar algún día del monte. Y es que, ésa de la estética, no resulta cuestión baladí. Quítensele si no casquete y chirucas al carlistón que declama la cantinela del diálogo. Arránquensele a continuación los aretes que a buen seguro luce en ambas orejas. Depílesele el entrecejo. Desvélensele acto seguido las virtudes de la ducha, antes de rociarlo con un buen desodorante. Y por último, anúdesele al cuello una corbata de Hermès. ¿Acaso lo que resta tras el pulido no es un respetable catalanista pronunciando la enésima alocución institucional sobre el derecho a decidir? Lo dicho, que se operen de lo de la boina. Para empezar.

El precio de la nueva tregua-trampa ya lo estamos pagando

Editorial de Libertad Digital

Aunque muchos quieran hacernos creer que lo único que queda por dilucidar es cuál será el precio político que estará dispuesto a pagar el PSOE, lo cierto es que ese precio ya lo estamos abonando con el desarme del Estado de derecho ante ETA.

El comunicado auténtico

Hermann Tertsch en ABC

El comunicado auténtico, más claro y clásico, lo habían emitido bastantes miles de voces congregadas por ETA en Bilbao el sábado. A las que el juez Santiago Pedraz otorgó permiso para manifestarse porque consideró que los padres de los asesinos no pierden el derecho de reírse de las víctimas de sus hijos. «Sin amnistía no hay paz». Es decir: «Tuvimos y tenemos la razón para mataros. Dadnos lo exigido e impunidad. Si no, os seguiremos matando». Ese es el comunicado auténtico.

lunes, 10 de enero de 2011

El dengue debe esperar

Jorge Alcalde en Libertad Digital

Los expertos implicados en este tipo de investigaciones coinciden: a medida que los obstáculos tecnológicos para lograr mosquitos transgénicos se van reduciendo, aumentan los obstáculos políticos. Organizaciones ecologistas como Greenpeace se muestran contrarias a cualquier tipo de manipulación genética animal o vegetal sin ofrecer razones científicas de peso. Y la ciudadanía sigue siendo demasiado permeable a este tipo de soflamas. Una encuesta de Zogby International acaba de desvelar que el 60 por 100 de los estadounidenses está en contra de manipular mosquitos para erradicar enfermedades como el dengue o la malaria. Lo hacen, sin duda, en la seguridad de que son males que no suelen atacar a las ciudades ricas del norte ni afectar a los despachos con aire acondicionado en los que elaboran sus programas los dirigentes de Greenpeace. Pero las cosas pueden cambiar. Este año se han registrado casos de dengue en países tan ecológicamente correctos y tan poco tropicales como Holanda y Francia.

Las consignas ecologistas han impedido la erradicación del mosquito Anopheles causante de la malaria o la exportación masiva de cereal transgénico para alimentar a poblaciones hambrientas de Somalia y Zimbabue. Ahora vuelven a detener un avance fundamental, esta vez para acabar con el dengue.

Demasiado poder en manos de un grupo de opinadores para los que la enfermedad del ser humano no ocupa un lugar especialmente destacado cuando se trata de proteger a unos mosquitos.

Un país de acusicas

Pablo Molina en Libertad Digital

Los socialistas tienen unas exigencias morales muy elevadas. Hacia los demás, claro, porque ellos, en tanto que defensores de los principios más nobles, tienen carta blanca para actuar en forma contraria a la que pregonan sin que esa paradoja les suponga ningún dilema ético.

En lo que respecta al uso del tabaco, un progre fuma en su lugar de trabajo con la misma tranquilidad con que afea a los demás que hagan o permitan hacer eso mismo en su propiedad privada. Zapatero es un ejemplo, fumador vergonzante donde los haya, que según cuentan te vacía el paquete de cigarrillos a poco que te descuides para fumarlos de forma compulsiva escondiéndose de Sonsoles. O las ministras nombradas por el feminista, cuyas amigas, colocadas en el Ministerio para ahorrar en coches oficiales cuando las recogen a todas juntas a altas horas de la madrugada, tienen los santos pajines de publicar sus fotos en las redes sociales fumando como chimeneas.

Pues bien, mientras todos estos laicistas meapilas contravienen sus propias normas en lugares públicos pagados con dinero ajeno, exigen sanciones, cuanto más duras mejor, para aquellos que deciden hacer lo mismo en locales de su propiedad.

El asunto no tendría el menor interés si la sociedad rechazara con naturalidad esta hipocresía institucional. En el caso de los bares, restaurantes y similares, dado que no hay inspectores suficientes para vigilar 12 horas diarias todos los negocios hosteleros, sólo habría que tener la precaución de vaciar los ceniceros con cierta frecuencia por si en algún momento del semestre cae una inspección. Ahora bien, el socialismo corrompe moralmente a las personas de tal manera que no le resulta difícil contar con legiones de cipayos dispuestos a hacer de matones del Gobierno, denunciando a quien contravenga los decretos pajinianos que buscan convertirnos en españoles virtuosos aunque sea a la fuerza.

Pero vayamos con una anécdota para ilustrar la categoría. Servidor de Dios y ustedes participaba en cierta ocasión en un debate televisivo de una cadena autonómica que, como todas, acabará siendo cerrada y sus instalaciones desmontadas por una brigada de rumanos trashumantes. Pero a lo que íbamos. Mientras hablábamos de la crisis económica y proferíamos todo tipo de obviedades al respecto, hice una defensa a ultranza de la economía sumergida en tanto es la válvula de escape de la sociedad para sobrevivir a los rigores coactivos del Gobierno, especialmente en medio de un desastre económico como el que padecemos desde hace ya algunos años. Fue decir que los pequeños defraudadores que sobrevivían haciendo chapuzas eran unos héroes y casi venirse abajo el decorado de los gritos de las contertulias (eran todas féminas, toma ya igualdad) acusándome de desleal para con el resto de contribuyentes. Ahí se revelaron como unas chivatas dispuestas a denunciar al parado que realiza chapuzas a domicilio por estar "defraudando" a la hacienda pública, como si hubiera algo más noble en este mundo que engañar al fisco, especialmente si es socialista.

En fin, que los españoles somos muy dados a ponernos del lado de la autoridad aunque ésta busque consumar una injusticia, que por otra parte es lo que suele ocurrir cuando gobiernan los socialistas. Unas veces expropian un consorcio empresarial como Rumasa para venderlo por trozos a los amigotes y otras deciden qué deben poner las mamás en las mochilas de los niños para el cole o qué puede permitir a sus clientes un hostelero en el local de su propiedad; el caso es que son incapaces de dejar a la sociedad que se organice de forma espontánea.

En esto nos hemos convertido, en un corral de chivatos y delatores para personajes como la Pajín y encima ni siquiera cobramos por autodegradarnos de esa manera. España, el país que inventó la guerrilla y casi patentó el anarquismo. Qué vergüenza ¿no?

¿Libertad? ¿Para qué?


Escribe
José García Domínguez en Libertad (¡vaya por Dios!) Digital: "solo aquí cabría inferir que Locke compuso los Dos ensayos sobre el gobierno civil con tal de que la tropa pudiese exhalar alquitrán impunemente en tascas, ventorros y tabernas." Así como también: "Otro Johnson no menos lúcido, Paul, certifica a su vez que los adictos rehúsan admitir que el fumar, como pasear a los canes, es por su propia naturaleza algo que ha de hacerse al aire libre."

Comencemos por el final. Si fumar es algo que ha de hacerse al aire libre, ¿por qué se prohibe en tantos lugares, como, por ejemplo, las inmediaciones de colegios y hospitales? Me parece bien que no se permita fumar dentro, pero fuera... Con esta ley se conseguirá que no haya fumadores en las puertas de los colegios, pero seguro que los camellos seguirán estando presentes. Salvo que les dé por fumar, por supuesto.

Le molesta al señor Domínguez que "la tropa" pueda fumar en bares y restaurantes (¿"impunemente"? Tres cuartas partes del precio del tabaco, para el Estado. ¿Le parecerá poca penalización?), y es aquí donde está lo peor de esta ley. Tanto derecho tiene el que quiere comer sin humos, como el que quiere fumar después de comer. O tomándose un café o una copa. Y la mejor solución es que se permita a los propietarios decidir si en sus negocios se fuma o no se fuma. Y los clientes elegirían dónde entrar y todos tan contentos. Pero no... "Aquí" lo que nos va es imponer nuestro criterio y si para ello se ha de fastidiar media España (o la porción que sea), pues que se fastidie.

"Hasta los mesoneros más patibularios de su tiempo forzaban a los fumadores a segregarse en un banco a la intemperie. El lugar que les corresponde, por lo demás." Por lo que se ve, también es el lugar que les corresponde a la libertad y al sentido común en estos tiempos.

Guerra santa

Gabriel Albiac en ABC

Viernes de enero y lluvia. No demasiado frío. Anochece y París se ofrece al paseante: monumento musgoso, ajeno al tiempo. El paseante fantasea con la visión de Walter Benjamin acerca de aquellos revolucionarios que disparaban contra los relojes de las torres para detener el tiempo. Dice él que la revolución es tal paréntesis del tiempo suspendido. Pero Benjamin, ya casi póstumo, sabe que son las ciudades, no las revoluciones, las intemporales. Aunque, al final, como en el poema de Brecht que él glosara, de las ciudades acabe por quedar sólo «el viento que que las atravesó». O la lluvia. Ésta bajo la cual París reviste intemporal textura de Atlántida.

Desde el Marais, el paseante ha cruzado a la Isla de San Luis. Otro pequeño puente, y el ábside de Notre Dame, el juego de las sombras huidizas bajo la lluvia, le ofrece su refugio anímico: imposible mundo perdido en el cual se deja envolver. Mejor así: poco puede el presente confortarlo, confortar a nadie. El presente es sórdido y muriente. En la ciudad que fue, se tiñe de una melancolía dulce lo perdido. Oye entonces los cánticos, aún muy ténues, que le vienen de lejos. El paseante recuerda haber escuchado esos cantos en el disco de una monja libanesa: liturgia copta, tal vez el más antiguo resto litúrgico del cristianismo; bellísima arqueología que el paseante tan sólo está calificado para valorar como eso: no de este tiempo y bella. Se dirige hacia las voces en la noche anacrónica.

A la entrada de la plaza, ante el pórtico de la catedral, ve las primeras cruces. De madera, atravesadas por un lienzo, blanco o bien rojo, de brazo a brazo. Cientos de cruces. Portadas por cientos de personas que hablan una mixtura de francés con fuerte acento y de algo que el paseante cree reconocer, más en los rostros cetrinos que en la lengua, como árabe. En torno a una enorme pancarta, el coro persevera en la imponente serenidad del canto copto. El texto de la pancarta llama a salvar la vida de los cristianos egipcios. En su esquina derecha hay un retrato de Hosni Mubarak. Hace muy pocos días que veintiún miembros de la comunidad cristiana copta fueron asesinados por un yihadista suicida en Alejandría. Pero no es nada nuevo. Hace dos meses, la masacre fue en la catedral siríaca de Bagdad: cuarenta y seis muertos. Son las iglesias orientales las que pagan sobre todo. Nadie podría llamarlas externas o importadas a la tierra árabe. Coptos (más de diez millones), armenios (otros tantos), maronitas, melkitas, caldeos, bizantinos o siríacos estaban allí medio milenio antes de que el islam naciera. Pero en tierra de islam ninguna otra creencia puede con legitimidad permanecer viva.

Los cantos siguen. El paseante huye hacia el otro lado del Sena. Demasiado dolor y demasiado absurdo. Le viene a la cabeza que la Arabia Saudita que financia la erección de mezquitas en Occidente, es para el islam una gran mezquita toda ella, y que cualquier práctica religiosa no musulmana allí es blasfema y se pena con la muerte. Le viene a la cabeza que, desde noviembre, una campesina cristiana, Asia Bibi, aguarda en Pakistán a ser ahorcada por haber expresado su prefencia hacia Jesús frente a Mahoma... El paseante se pierde hacia Monparnasse y la ciudad que ama. E intenta olvidar todo.

Mi señora Leire

Juan Manuel de Prada en ABC

Cuando he visto a mi señora Leire anunciando una Ley Integral de Igualdad de Trato y No Discriminación (las mayúsculas que no falten) me he acordado de aquella impagable quintilla del gran Leonardo Castellani: «¡Igualdad!, oigo gritar / al jorobado Fontova. / Y me pongo a preguntar: / ¿Querrá verse sin joroba / o nos querrá jorobar?».

La salvación social-demócrata

César Vidal en La Razón

Tezanos ha abogado por una política realista de los partidos socialdemócratas que les permita sortear la actual crisis y, a la vez, no enfrentarse con sus bases tradicionales y verse triturados. Para alcanzar esa meta, Tezanos plantea aceptar la formación de coaliciones que puedan resultar extrañas para un votante medio de izquierdas, pero que lograrían que la carga de las reformas para enfrentarse con la crisis se repartiera entre las distintas fuerzas políticas. El enfoque de Tezanos me parece, con todos los matices que se deseen, digno de tener en consideración y me lo parece porque creo que con la tensión que ha creado ZP incluso desde antes de llegar al poder no existe actualmente un solo partido que pueda realizar las reformas con posibilidades de éxito. En el caso del PSOE, sus sectores más radicales lo impedirían y en el caso del PP tendríamos a unos sindicatos nada representativos, pero sí agresivos entregados al vandalismo para protestar contra unos pasos legales indispensables para que la nación no termine en la quiebra. Por añadidura, la clave de las reformas reside no tanto en los denominados recortes sociales como, según Bruselas, en nuestro absurdo sistema autonómico. Un Gobierno de coalición PP-PSOE, formado por técnicos, dispuesto a abordar reformas como las de las cajas de ahorros o el mercado de trabajo y, sobre todo, entregado a cara de perro a dejar reducido el estado de las autonomías a su expresión racional –que no es la presente– puede sacarnos de esa situación. Obviamente, esas reformas implicarían el enfrentamiento con los nacionalistas y con las castas regionales de los partidos, pero esos pasos son indispensables si se pretende que no acabemos en suspensión de pagos antes del verano y que todo se desplome. Con un Gobierno presidido por ZP o con Rajoy atenazado por el miedo a una respuesta de la izquierda más radical lo único que nos espera es la quiebra económica y el final del presente sistema constitucional.

Huelga de consumo

Carlos Rodríguez Braun en Libertad Digital

El sindicato CGT, Confederación General del Trabajo, convocó hace poco una "Huelga de Consumo contra el capitalismo". Explicó así sus razones:

Implica una apuesta por la austeridad, una apuesta por el reparto del trabajo y la riqueza, una apuesta por el decrecimiento, contra la ostentación, el lujo, el derroche, lo superfluo (...) Significa cambiar el orden de prioridades sobre lo que se debe seguir produciendo, en qué sectores seguir creciendo y en qué sectores es necesario decrecer, una reflexión sobre lo que se debe consumir, sobre la calidad de vida, sobre la soberanía alimentaria, sobre la procedencia de los productos que comemos.

Por empezar por el final: la "soberanía alimentaria" es una forma de llamar al proteccionismo en el comercio de los productos agrícolas, es decir, una medida que castiga universalmente a los pobres. En primer lugar, a los pobres de los países pobres, que podrían superar la pobreza si pudieran exportar sus cultivos hacia los países ricos. Y en segundo lugar a los pobres del mundo desarrollado, a quienes el proteccionismo castiga obligándolos a pagar más por sus alimentos. Que algo tan reaccionario sea demandado por unos progresistas sugiere que su progresismo es dudoso.

También es dudoso que sientan aprecio por la libertad de los ciudadanos, porque alguien les ha de imponer lo que tienen que producir y consumir. Pensar que se puede "cambiar el orden de prioridades" y al mismo tiempo dejar a los trabajadores en paz es asombroso.

Y asombra también que no hayan dedicado el más mínimo recuerdo a un sistema que hizo precisamente lo que ellos pretenden, un sistema que moderó el consumo, impuso la austeridad y decidió los sectores que debían crecer. No fue el capitalismo, claro que no. Fue, y es, el comunismo. De momento, los comunistas llevan cien millones de trabajadores asesinados para conseguir una sociedad más justa. Lógicamente, la CGT no ha convocado una huelga en contra de tan noble sistema.


El Tea Party no disparó a Gabrielle Giffords

Editorial de Libertad Digital

Ha bastado con que un desequilibrado disparase a la congresista demócrata Gabrielle Giffords y a la multitud que la rodeaba para que el griterío histérico de la izquierda occidental –cada vez más parecida en Estados Unidos y en Europa– se haya vuelto a escuchar con fuerza. Así, en pocas horas, cuando apenas existía información fidedigna de lo ocurrido, se construyó la delirante teoría de que el criminal, Jared Loughner, era un fanático seguidor del Tea Party y, muy en especial, de Sarah Palin, autora intelectual última del atentado.

Poco ha importado que Loughner tuviera entre sus libros de cabecera el Mein Kampf y el Manifiesto Comunista –escasamente favorables a los principios de libre mercado que propugna el Tea Party–, que sus compañeros de instituto lo calificaran como persona de izquierdas, que su odio declarado hacia Giffords se remontase a 2007, cuando ni el Tea Party existía ni Palin gozaba de relevancia alguna, o que el ala más radical del Partido Demócrata estuviera muy enfadada con Giffords por no haber votado por Nancy Pelosi como presidenta de la Cámara de Representantes.

Lo único que ha movido a una parte de la izquierda –que en nuestro país incluye a la práctica totalidad de los medios de comunicación– ha sido crear un muñeco de paja a raíz de un drama humano para poderlo instrumentar políticamente. No es que en España no hayamos padecido execrables maniobras parecidas, pero no convendría olvidar lo poco que algunos valoran su integridad en la arena ideológica.

domingo, 9 de enero de 2011

Lógico

Acusan a Sarah Palin y el Tea Party de inspirar al asesino de Tucson. Pero no es nada extraño. Al fin y al cabo, para los "progres" descerebrados, la culpa del 11-S es de Estados Unidos y la del 11-M, de Aznar. Nada nuevo, pues. La misma utilización de las víctimas del terrorismo o la locura (los libros favoritos del asesino eran Mi lucha, el Manifiesto comunista y Alguien voló sobre el nido del cuco; muy bien de la cabeza no creo que estuviera) para atizarle al rival político. Bochornoso.

La delación

Ángela Vallvey en La Razón

La corrupción moral que resulta de la denuncia anónima de supuestos «desviacionistas» de las normas impuestas por el poder, es tan tenebrosa como la que Orwell dibuja con maestría en su «1984», novela en la que nos avisa de los riesgos de la «policía del pensamiento» y la «neolengua». En «1984», George Orwell relata la historia de Winston Smith, un personaje que trabaja en el Ministerio de la Verdad y cuya función es «reescribir la historia» para hacerla coincidir con la versión oficial del Estado. Los otros tres ministerios existentes son: el Ministerio del Amor (que se ocupa de los castigos y más que nada de la tortura), el Ministerio de la Paz (rige los asuntos de la Guerra, y focaliza el odio y el miedo colectivos), y el Ministerio de la Abundancia (una especie de Agencia Tributaria encargada de mantener a la mayoría al borde de la subsistencia). Mientras, el Gran Hermano, temible icono de la propaganda oficial, vigila las actividades de la «ciudadanía» que carece de libertad de pensamiento y de derecho a la intimidad aunque sean miembros del Partido Único, bajo cuyas consignas viven, obsesos y alucinados. El resto de la población está formada por grandes masas de ignorantes aterrados por la política que han logrado tener más o menos los mismos derechos que los animales, por lo que pueden darse por satisfechos.

Orwell se inspiró en el nazismo, el estalinismo y la Guerra Civil española para escribir «1984». Su lectura es muy recomendable en estos tiempos en los que nos prohíben fumar (que es malo), a la vez que nos invitan a la delación del desconocido, el vecino o el amigo (lo que es peor).

sábado, 8 de enero de 2011

El nuevo juguete liberticida de Pajín

Editorial de Libertad Digital

Se ha extendido la opinión de que el Gobierno de Zapatero es un gabinete oportunista e incompetente que carece de dirección y rumbo. Sin embargo, lo cierto es que el PSOE zapaterista sí posee un marcado objetivo ideológico que sólo el intenso desgaste de la crisis económica ha logrado frenar parcialmente.

Desde un comienzo, los socialistas han tenido muy claro que su propósito era el de debilitar los vínculos de carácter privado que unen a la sociedad para sustituirlos por otros de carácter estatal que pudieran manejar y someter más fácilmente. Así, se ha atacado a instituciones tradicionales como la familia, el Ejército, la Iglesia o la idea misma de nación y se ha buscado el enfrentamiento y la división entre los ciudadanos (la última vez hace pocos días a cuenta de la exhortación a la delación de los fumadores).

El resultado de tales intervenciones ha sido una sociedad civil debilitada cuyas libertades pueden ser violentadas y cercenadas sin apenas oposición popular. Es en este contexto de una nueva vuelta de tuerca de planificación social liberticida en el que se inserta la Ley Integral de Igualdad de Trato y No Discriminación que presentó ayer Leire Pajín. Sería un error pensar que este tipo de iniciativas cumplen la función de una cortina de humo ante la crisis, pues, como decimos, no son la anécdota, sino la categoría de la acción de gobierno del PSOE.

La propia ministra de Sanidad ha reconocido que la finalidad de esta ley es "construir una sociedad que no humille a nadie". Sencilla fórmula en la que se reconocen dos rasgos propios de todo abuso estatista del poder: el colectivismo y el constructivismo. Lo primero porque presupone falsamente que es 'la' sociedad la que humilla a alguien, y lo segundo porque el acto de humillar podrá parecernos reprobable desde un punto de vista moral, pero no debería ser materia de sanción o regulación, salvo cuando esa discriminación vaya acompañada de violencia o incitación a la misma (esto es, por genuinas violaciones de derechos humanos).

Y si el hecho de que el Estado se ponga a perseguir actitudes que, en su caso, sólo deberían ser censuradas en el ámbito privado ya resulta una agresión a la libertad, tanto más lo es cuando los medios empleados para implementarlo también violan derechos tan básicos como la tutela judicial o la presunción de inocencia. Así, con tal de facilitar que cualquier sentimiento, fundado o no, de discriminación sea objeto de fiscalización, Pajín, por un lado, ha instaurado la prueba diabólica –la presunción de culpabilidad– propia de la Inquisición: es decir, la carga de la prueba recaerá sobre cualquier persona que sea acusada de haber discriminado a otra. Se asume, por tanto, que lo natural es que cualquier individuo discrimine y que tenga que ser castigado y "reeducado" por el Estado.

Por otro, la ley extiende y generaliza de tal manera las causas de discriminación –discriminación por asociación, error, múltiple, acaso discriminatorio...–, como para que casi cualquier comportamiento pueda ser sospechoso de discriminación. Es decir, no sólo se presume la discriminación allí donde ésta se denuncia, sino que se presume para casi cualquier comportamiento es discriminador.

Al final, que nos veamos censurados y reprimidos por hacer un uso legítimo y pacífico de nuestra libertad dependerá de la discrecionalidad del burócrata de turno, de su buena o mala voluntad y de sus prejuicios ideológicos. Un adoquín más en este edificio de inflación legislativa que confunde derechos con servidumbres y que coloca a toda la sociedad dentro del molde ingenieril y visionario de la izquierda autoritaria y antiliberal.

Una sociedad sin humos (pero ahumada)

Juan Manuel de Prada en ABC

Las últimas prohibiciones decretadas contra los fumadores nos confirman que el rasgo más distintivo de nuestra época es la conflictividad. Una conflictividad reglamentada hasta el más mínimo detalle que, con la disculpa de favorecer derechos y libertades individuales (en este caso, el sacrosanto derecho a la salud), va creando, mediante un profuso andamiaje legal, un clima de demogresca constante, de fracturas sociales insalvables que, paradójicamente, se disfrazan de «tolerancia». Pero lo que tan bella palabra encubre no es sino la atomización de la sociedad, la ruptura de todo vínculo de pertenencia a un cuerpo común; pues, a la postre, el único modo en que podemos «tolerarnos» los unos a los otros es mediante la segregación, que se disfraza de disfrute de una cuota de «libertad personal». Pero tal cuota de «libertad personal» no es sino la burbuja de nuestro aislamiento y desvinculación; y, en cuanto pretendemos abandonar esa burbuja, brotan enseguida las chispas. Esta conflictividad reglamentada, que sirve para definir las relaciones entre fumadores y no fumadores, sirve también para definir las relaciones entre hombres y mujeres, entre creyentes y descreídos, etcétera. El único modo de no molestar al prójimo consiste en segregarlo de nuestro horizonte vital, en recluirlo en su burbuja de «libertad», de modo que no interfiera en la nuestra; y así estamos construyendo una sociedad a la greña, erizada de alambradas, destinada tarde o temprano al canibalismo.

Una sociedad policial, en la que la supervivencia de nuestra burbuja de «libertad personal» se cifra en la vigilancia de la burbuja del prójimo. Y en la que, fatalmente, el prójimo que en su burbuja cultive hábitos o profese creencias que la mayoría repudia, acaba convirtiéndose en un apestado. La reclusión de tales apestados en un lazareto de ignominia y condena social se realiza, sin embargo, con escrupulosa «tolerancia»: a nadie se le prohíbe profesar ciertas creencias ni cultivar ciertos hábitos, siempre que tales hábitos y creencias no desborden los límites de su burbuja de «libertad personal»; pero tal burbuja será cada vez más angosta, cada vez más asediada de cortapisas, cada vez más sometida a escrutinio por reglamentaciones hostigadoras que irán cegando sus rejillas de ventilación. Así hasta que los apestados tengan que resignarse a la asfixia en su encierro; por supuesto, tal encierro les será muy tolerantemente aliviado, si se avienen a renegar de sus hábitos o creencias.

Quizá lo más espeluznante de este proceso no sea, sin embargo, la condena al ostracismo que se decreta contra los apestados, sino la alienación de una sociedad que se aviene a aceptar imposiciones que contravienen su ser natural, que reniega de su ser natural con tal de disfrutar de los dudosos bienes que le promete el ingeniero social. Y que así, por ejemplo, es capaz de renunciar a formas de convivencia pacíficamente arraigadas con tal de disfrutar de una quimérica promesa de salud. Que un pueblo que en otro tiempo se sublevó contra un edicto que pretendía recortar las capas acate estólidamente una ley que impide fumar en bares y restaurantes demuestra que vivimos en una sociedad sin humos; también en una sociedad ahumada de conflictividades latentes, que ha hecho del humo de la conflictividad el aire que respira y que acabará envenenada por ese aire fétido, mucho más letal que el humo del tabaco.

Cortinas de humo

Tomás Cuesta en ABC

El Gobierno procede en sus funciones como un simio con un compás. Hay algunos otros modos de entender la soberbia con la que personalidades competentes socialmente como Pajín, Jiménez o Salgado, todas ellas implicadas en la novena antitabaco, convierten sus manías en decretos, pero en esos secretos sólo está don Alfredo, a quien las cortinas de humo de sus paridades le facilitan la cobertura imprescindible para tantas alquimias. Lo que se ve a simple vista es la mano dura de una institutriz austriaca frente a la que no hay excepciones que valgan, dado que la causa general de las disposiciones contra los fumadores no es el desvelo por su salud. Ni tampoco la protección de los conciudadanos pasivos, cuya teórica condición de víctimas parece a ojos de las ministras más digna de conmiseración que la de los socios de AVT. Nada de eso. Al Consejo de Ministros lo que le reta es el cumplimiento riguroso de sus delirantes disposiciones, el montaje de un circuito de fichas de dominó para gozar con las vistas del desplome provocado por un solo dedo. La voladura controlada del sector hostelero ofrece, al parecer, coreografías sociológicas cuya estampa debe ser del agrado del Gobierno, para su mayor solaz, vamos.

La ley contra los fumadores forma parte del verdadero legado de Zapatero y sus colaboradores (semejante obra es inabordable en solitario), una colección de artefactos, un compendio de normas, en algunos casos legales, que abarca dislates tales como el propósito de extender los derechos humanos a los primates, colocar por orden alfabético los apellidos de los españoles, adoctrinar a los niños con el bodrio totalitario de «Educación para la Ciudadanía», regalar piruletas y pastillas abortivas, prohibir crucifijos y belenes y ahora eliminar, como sea, a los fumadores y los bares, de golpe, dos por uno y más barato que en Andorra.

En contraste con los fumadores, otros gremios de la mala vida disfrutan de condiciones que nunca hubieran imaginado en un país por decir católico o, por lo menos, de sustrato monoteísta. Proxenetas, clientes de prostíbulos, jugadores, partidarios de las esferificaciones, bebedores compulsivos y otros notas potencialmente más peligrosos, incluso para sí mismos, que los adictos a las hebras disponen de una oferta creciente y crujiente. Cualquier timba es legal, hay más güisquerías de guardia que farmacias, la tolerancia con las drogas ilegales deja perplejos a los capos de las mafias de medio mundo, España es considerado un paraíso judicial y penitenciario para los delincuentes de la peor calaña y los traficantes de esclavas celebran sus simposios en Barajas. La pericia con la que el Gobierno gestiona su incapacidad para afrontar los problemas de orden moral y público es colosal, que diría Pla con una tea entre las uñas. Sólo que esta vez, el disimulo no sólo es un ataque a la libertad de los fumadores (un «derecho» entre relativo y prescindible) sino al bolsillo de miles de empresarios y trabajadores cuyos ingresos decrecen al mismo ritmo que aumenta la satisfacción de la titular de Sanidad ante los efectos de la aplicación por narices de su realísima gana e intransferible voluntad. Que bares y restaurantes estuvieran medio vacíos se debía a la crisis y no precisamente a un cambio de las costumbres locales, de tradición meridional. Que estén desiertos es culpa del Gobierno, incapaz de planear una estrategia sanitaria factible y muy capaz de llevarse por delante cientos de miles de empleos. Por no hablar del frío.

Quien calcula compra en Sepu

Ignacio Ruiz Quintano en ABC

Estamos en 2011, que es el año internacional de la química, y Rubalcaba es químico. Alfredo, el químico. ¡Anda que no da miedo eso! Solana era físico y miren cómo dejó de bombas Belgrado. Rubalcaba es químico y miren cómo tiene de sorchis el aeropuerto de Barajas.

A Rubalcaba la química le sirve para resultar atractivo en los círculos mundanos. Por ejemplo, en la Pascua Militar, de la que se ha llevado todas las fotos. Debía de resultar gracioso comparando en cada corrillo la tabla periódica con un paquete de «Ducados», que es lo moderno, pues no vamos a hablar ahora de la época de la cal viva y de la cal muerta.

—En la opinión pública contemporánea —nos recuerda Peter Sloterdijk—, son los químicos los descendientes tipológicos del diablo. Sólo sorprende el hecho de que los químicos no caminen arrastrando un pie.

¿Es Rubalcaba un diablo?

Ya le gustaría, para poder seducir a Ana Belén, que no sé si seguirá siendo la musa de este Cromwell de Solares que presume de comprar en Sepu porque calcula.

—Porque yo no soy tonto.

Y la prueba de que no es tonto es que, menos en las cárceles y los manicomios, ha puesto al Estado a perseguir a los fumadores, como hacían las beatas de rosario de cuentas de lapislázuli. ¿Qué es más fácil, perseguir a un fumador para meterle la nariz en la boca y la mano en el bolsillo o perseguir a las autoridades que no cumplen la ley de banderas, a los caciques que firman peonadas falsas, al fontanero y al dentista que te cobran sin factura, a los montillejos que se encampanan contra el Supremo por la cosa lingüística...?

—Yo invito a todo el mundo a denunciar a los fumadores —proclama a lo Queipo en la radio de la Gran Vía ese personaje simpático que compone Hipatia de Benidorm, madrina de nuestros chotas y membrillos.

¡Ah, la sensibilidad! Tú sueltas a Foxá en La Habana y se pone a discurrir qué hubieran hecho los clásicos ante el tabaco: Aristóteles, enaltecerlo, y Diógenes, denigrarlo.

—Porque el tabaco simboliza frivolidad y vida galante; es heráldica del pecado.

En la misma situación, sin embargo, Hipatia de Benidorm se queda con los chotas y membrillos de los Comités de Defensa de la Revolución, CDRs, y lo bien que le vienen a ella para perseguir a los fumadores, una vez que los militares andan ocupados controlando a los controladores del cielo.

Lo del diablo de Rubalcaba no, pero lo de Hipatia de Benidorm es una licencia literaria, como sabemos por el paisano del mármol egabrense, Carmen Calvo, don Juan Valera, que escribió a su amigo Menéndez Pelayo: «Aquí no hay Hipatias, ni Lidias, ni judías elegantes con quien tratar. No hay más que cristianas católicas, feas por lo común y poco aseadas.»

Que son las que más prohíben fumar, claro.

viernes, 7 de enero de 2011

Lo ha dicho la tele

Pablo Molina en Libertad Digital

A los españoles nos gusta tener políticos que dirijan nuestras vidas y los socialistas no están dispuestos a que experimentemos ninguna necesidad en ese terreno. Somos un pueblo con mucho apego a la autoridad, a la que pedimos permiso hasta para ir a los toros "si el tiempo no lo impide". Desde el espadón decimonónico hasta el demagogo contemporáneo, al español le gusta que le digan qué puede o no hacer con su vida y sus propiedades, aunque luego se desgañite en la taberna contra las coacciones puestas en marcha por esos mismos políticos, a los que previamente ha concedido el poder de regular prácticamente la existencia misma de la sociedad.

En estas circunstancias la televisión juega un papel adoctrinador esencial, consistente en macerar a los ciudadanos con un bombardeo constante de mensajes que señalan la existencia de un problema –la mayoría de las veces irreal, pero eso es lo de menos–, a continuación muestra a las supuestas víctimas apelando al sentimentalismo más cutre y finalmente señala a los culpables a los que, por supuesto, se les niega la defensa. La necesidad de que el Gobierno reprima a estos últimos es una conclusión que el espectador alcanza por sí sólo a poco que frecuente las cadenas generalistas.

El consumo del tabaco, la obesidad o los problemas medioambientales son tres ejemplos interesantes de la forma en que funcionan los grandes medios en colaboración con el aparato coercitivo del Estado. Probablemente hace veinte años hubiera sido imposible poner en marcha una ley que prohibiera fumar en lugares privados como bares o restaurante porque, entre otras cosas, nadie la hubiera acatado y eso sin contar con que el partido político autor de la norma hubiera perdido un río de votos en los siguientes comicios. Lo mismo cabe suponer respecto a las restricciones al consumo de bollería en los centros educativos o las dimensiones de las hamburguesas en los restaurantes de comida rápida. En cuanto al medio ambiente, es difícil que se hubieran aceptado coacciones de todo tipo como las que padecemos, pagando un altísimo precio para evitar un supuesto problema como el absurdo calentamiento global que nadie en sus cabales debería haberse tomado en serio jamás.

Sin embargo, han sido tantas las horas de televisión, asombrosamente el medio de mayor credibilidad ("lo ha dicho la tele"), tantos los programas de radio y tan caudalosos "los ríos de tinta" vertidos para denunciar estas "lacras sociales" desde todos los puntos de vista posibles, sin obviar los más bizarros, que cuando el Gobierno ha decidido imponer unas brutales restricciones a través del BOE apenas nadie ha rechistado.

Tres restaurantes en toda España en cuanto al tabaco, ninguna mochila infantil con el nutritivo donut y sólo una asociación privada denunciando el infame protocolo de Kioto. Este es el saldo de los que defienden la libertad en nuestro país. Normal que hasta Zapatero se haya podido convertir en nuestro presidente.

miércoles, 5 de enero de 2011

Mundo maravilloso

Gabriel Albiac en ABC

El cielo gris de todos los eneros pone en el alma la añoranza helada de los años perdidos. Nada nuevo: en esa melancolía sosegada se teje la paciencia de ir tirando, por más que uno sepa lo para casi nada que sirve cuanto hacemos. Pero está bien que cada inicio de enero sepamos engañarnos, repetirnos que todo puede ser distinto, que tal vez lo imprevisible aún nos aguarde a la vuelta de una milagrosa esquina. Y cada año inventamos la vida aventurera que no tuvimos nunca. Y en el rincón secreto que nadie revela a nadie, odiamos cuanto somos y seguimos sonriendo. ¿Qué otra cosa podría consolarnos que no fuera esta sonrisa, la distancia que pone entre cada uno y la jodida realidad que acabará tragándonos?

Vivimos al borde del precipicio. Al borde del precipicio, hemos bailado la loca danza de las postrimerías, durante una Nochevieja que tuvo algo de noche del fin del mundo. Que nuestro mundo acaba, todos como mínimo lo sospechamos. Acabó quizás ya. Como un mazazo, entre Año Nuevo y Reyes, la glacial estadística del paro cierra la fiesta. Cuatro millones de ciudadanos —sin maquillar, algo más de cuatro y medio— están literalmente en la calle. Vaya usted a hablarles a ellos de esperanza. Vaya usted a contarles historietas de futuros luminosos que habrían de traerles líderes políticos para los cuales jamás existe el tiempo de las vacas flacas.

Quien retorna de madrugada a casa, atravesando el centro de Madrid, debe cerrar los ojos para soportarlo: gentes harapientas que se incrustan en el hueco de los escaparates, encerradas en cajas de cartón para engañar al frío. Es lo bueno que tiene moverse sólo en la confortable tibieza del coche oficial y de los tres escoltas: que ningún muerto de hambre va amargarte la digestión tras la cena en salón privado de muchísimas estrellas, a lo largo de cuya sobremesa has estado arreglando el país en compañía de tus ilustres cofrades de gobierno, parlamento o lo que sea con suntuoso sueldo a costa de los simples mortales.

No es verdad que sea universal esta ruina. Lo es la crisis. Pero crisis no implica cataclismo. No necesariamente. La crisis es el síntoma de que hay que recomponer el entramado productivo: enterrar lo muerto. Y que eso es doloroso. Y que no hacerlo es mortal, sencillamente. Al cabo de dos años de iniciada la recesión, Alemania registra cifras de recuperación importantes: ha hecho un trabajo de ajuste duro, y hoy se plantea si no será mejor salirse de esta broma siniestra que fue el euro. Al cabo de dos años de negar la recesión, España se abre al 2011 en el mayor desarraigo de su historia reciente. Nadie confía aquí en nada. Menos que nada en la existencia de su puesto de trabajo dentro de unos pocos meses. Sólo algo aquí es seguro: no serán los políticos los que duerman en la calle.

Y el paseante que retorna a casa con el alma de cristal gris de todos los eneros, blindado en la dureza de los supervivientes, trata en vano de mirar hacia otro sitio, no ver a toda esa pobre gente condenada a dormir en su caja de cartón al abrigo de los escaparates. Un coche con escolta surca, vertiginoso, la Gran Vía hacia la nada. El paseante aprieta el paso y contiene el vómito. Es un mundo de verdad maravilloso.

martes, 4 de enero de 2011

Los secretos del Tea Party español

Luis del Pino en Libertad Digital

El pasado domingo, coincidiendo con la multitudinaria Misa de la Familia oficiada en Madrid por el cardenal Rouco, el periódico El País se descolgaba con un seudo-reportaje titulado "Los secretos del Tea Party español", en el que se dedicaba a atizar estopa a esos movimientos ciudadanos de corte católico que han protagonizado la contestación, en la calle y en los tribunales, a las medidas de ingeniería social impulsadas por el actual gobierno..

La verdad es que merece la pena leer el reportaje original, porque resulta de lo más novelesco y entretenido. Lo único que cabría exigirle al autor del reportaje es que, la próxima vez, publicara ese tipo de artículos dentro de algún libro de ficción.

Porque, si uno escribe un reportaje afirmando que los principales movimientos ciudadanos de la órbita católica en España están financiados por una misteriosa sociedad secreta mexicana, lo menos que el lector espera es que se aporte algún tipo de demostración de lo que se afirma.

Pero resulta que el artículo no sólo no aporta ningún tipo de documento o de prueba de lo afirmado, sino que tan sólo se remite a un puñado de testimonios de gente que dice que le han dicho que una especie de sociedad católica llamada El Yunque anda detrás de todos los movimientos cívicos que le traen a Zapatero a mal traer.

No sé yo muy bien qué es eso de El Yunque, pero deduzco, leyendo el artículo, que debe de ser al ámbito religioso lo que los malvados especuladores son a la esfera bursátil: los culpables de todo. De la misma forma que no es Zapatero quien nos ha llevado a la ruina, sino que son los malvados especuladores los que la tienen tomada con España, tampoco es Zapatero quien ha soliviantado a media sociedad con sus imposiciones legislativas en materia moral, sino que una tenebrosa sociedad de origen mexicano se dedica a llenar las calles de España de manifestantes. Personalmente, el asunto me da tanta risa como esos enloquecidos ensayos en los que se afirma que la Trilateral y el Club de Bildeberg gobiernan el mundo en la sombra.

Lo dicho: le recomiendo al autor del "reportaje" que, la próxima vez, lo amplíe en 300 o 400 páginas; que añada una protagonista de atractivas curvas que sea doctora universitaria en arqueología o filología semítica y un protagonista atlético y simplón que sea, por ejemplo, detective privado; que introduzca en la trama algunos misteriosos códices que ocultan antiguos y peligrosos acertijos y que intercale aquí y allá escenas de persecución, en las que todos los malvados reciban su merecido.

Porque hay que reconocer que un título como "El oscuro secreto de El Yunque" tiene muchísimo gancho y la novela podría venderse como churros.

Es una pena que un título tan prometedor se desperdicie en una memez de reportaje.


P.D.: Por cierto, según iba escribiendo el artículo, se me estaba ocurriendo una trama para otra novela: ¿creen ustedes que podría tener éxito un thriller sobre una sociedad tan secreta, tan secreta, que ni siquiera sus miembros saben que pertenecen a ella?

El gran poder

Isaac Rosa en Público (¡vaya por Dios!) se imagina a los obispos conversando ente ellos tal que así: “Consigamos que los laicos no nos tomen en serio, que se distraigan haciendo gracietas, y nosotros mientras a lo nuestro, a consolidar el poder que ya tenemos y a ganar nuevas parcelas”. Yo no sé en qué siglo y en qué país viven "los laicos", pero en España y ahora, por más que miro no veo el poder de la Iglesia por ninguna parte. Como no sea el poder de Jesús. Jesús del Gran Poder. Pero me da a mí que el señor Rosa no se refiere a ese poder.

Sí uno es "laico" y no va a misa, o no sigue la doctrina de la Iglesia, no pasa nada. Y si es católico, tampoco (pruebe a ser musulmán "heterodoxo" y verá qué bien le va). Ahora, si a usted se le olvida pagar sus impuestos, tributos, multas, sanciones... comprobará lo que es el poder terrenal de verdad. El poder de "los laicos", vamos.

A mí me pasa con ellos, con "los laicos", lo mismo que al señor Rosa con los obispos: cada vez me río menos con sus "gracias". Es que a algunos me los imagino charlando entre ellos tal que así: “Consigamos que no nos tomen en serio, y nosotros mientras a lo nuestro, a consolidar el poder que ya tenemos y a ganar nuevas parcelas”.

Mariano y Pepín

Ignacio Ruiz Quintano en ABC

El fascismo antitabaquista ha echado a la calle a la gente que mataba el insomnio en los bares. «¿Usted ha estado enamorado alguna vez?». «No. Yo siempre he sido camarero». Y en la calle todo el mundo habla de Cascos, rechazado por las febles damas del PP y su centrismo zen. Primero, Pizarro. Ahora, Cascos. ¿Qué tienen en común? Para empezar, la brillantez. Ser brillante en un partido resulta tan escandaloso como estar sano en un hospital. Y luego, ay, la fealdad. Pizarro y Cascos son dos tipos feos que no tienen sitio en esa Galerías Preciados que viene montando Mariano Rajoy, el Pepín Fernández de la derecha española. «Mire usted —se quejaba Pepín Fernández a Ruano—, hay capítulos inexcusables y desesperantes. ¿Sabe usted que he de emplear unos cuarenta minutos diarios sólo en contestar las cartas de recomendación para el personal femenino?». Y así es como se imagina uno a Mariano, enchufando dependientas. Mariano tendrá que colgar en la calle de Génova el descortés y famoso rótulo del pequeño comercio galdosiano: «No confundirse con la tienda de al lado». La tienda de al lado es la de Zapatero, claro, que hace tiempo que colgó ese cartel. ¡Mariano y Pepín! Ruano veía en Pepín a un gran capitán de los números cuyas batallas resultaban victorias de cantidad. Veinte años estuvo Pepín en Cuba y veinte años debe de llevar Mariano en la oposición, que en España es La Habana con menos negritos, un terrón de azúcar en medio de mares amargos, la cuna del relajo, que no es la decadente relajación, sino el suave abandono, tan típico, nos dice Foxá, como la «gana» española o la «saudade» portuguesa, o «il dolce far niente» napolitano: «El relajo es dejar hacer, el no importa, el filosófico para cuatro días que vamos a vivir, traducido a la dulzura tropical. Con el relajo se puede disculpar casi todo; es una sonrisa; es una comprensión humana; un sentido benévolo y optimista de la vida». Cascos, ¿para qué?

El gran pacto de Estado

José García Domínguez en Libertad Digital

A cinco minutos de que un poder extranjero tome el control del país por primera vez desde la invasión napoleónica, el gran debate entre la crema de la intelectualidad gira en torno a si hemos de llamar "Pepiño" al titular de Fomento. Max Estrella y don Latino de Hispalis deben estar retorciéndose en sus tumbas.

lunes, 3 de enero de 2011

¿Nos prohibirán fumar en casa?

Ignacio Moncada en Libertad Digital

El problema de fondo, como en la mayoría de los conflictos sociales, reside en una cuestión de respeto a la propiedad privada. El dueño de cada bar, o los socios de cada club, deben tener la potestad de decidir si quieren o no quieren humos en sus propiedades. Cada consumidor, a su vez, debe tener plena libertad para decidir en qué bar quiere tomarse una copa y fumarse un puro, y en cuáles no quiere entrar para no salir atufado. Y es que después de permitir que el Estado entre a prohibir a su antojo en nuestras propiedades privadas, por mucho que haya gente invitada a entrar en ellas, no existe ningún motivo para que no nos prohíban fumar en nuestras casas. Al fin y a cabo, también en ellas, espacios cerrados, pueden convivir fumadores y no fumadores. ¿Nos prohibirán fumar en casa?

Comparaciones


"
La Iglesia ve más drama en el aborto que en la crisis", se puede leer hoy en Público. Y eso parece ser que les escandaliza y les solivianta. Pero es lógico ver más drama (y más crueldad, diría yo), en la pérdida violenta (sí, hay pocas cosas más violentas que un aborto, por muy bonito que nos lo pongan) de una vida que en la pérdida de un trabajo. Un puesto de trabajo se puede volver a conseguir (aunque en España, y hoy por hoy, parezca imposible), pero la vida, cuando se pierde... En fin, qué les voy yo a decir a los señores de Público que ellos no sepan... Puestos a hacer comparaciones, podríamos decir que fumar (esa cosa tan fea que desde ayer sólo se puede hacer en cárceles y manicomios, además de en la casa propia, aunque me temo que no por mucho tiempo) es más perjudicial para la salud que leer la prensa. Pero yo tengo mis dudas.

viernes, 31 de diciembre de 2010

La esperanza de 2011

GEES en Libertad Digital

Hay dos hechos de 2010 que son síntomas de esperanza, también estratégica, para 2011. Uno es el revolcón del Tea Party al olvido de los fundamentos de la economía liberal en Estados Unidos. El segundo, las recientes declaraciones del Papa en defensa de la libertad individual.

Frente a ello, en los mismos Estados Unidos que –a pesar de la creciente deuda que para algunos es síntoma de decadencia y presagio de aislacionismo–, siguen siendo lo que un ministro francés llamó con envidia reprobatoria la hiper-potencia, se adivinan signos preocupantes. Este año, con la excusa de "desmantelar" exclusivamente a Al Qaeda, Obama ha copiado en Afganistán el plan de incremento de tropas adoptado por Bush en Irak, llegando a encomendárselo al mismo general. Sin embargo, y a pesar de que Guantánamo sigue abierto y los asesinatos selectivos con aviones no tripulados han adquirido otra dimensión con el nuevo presidente, la tendencia general en la guerra contra el terrorismo islámico no es comparable.

Lo que el Tea Party no ha cambiado es el nombre que dio Obama –respondiendo al cansancio respecto a las aventuras exteriores–, a la Guerra Global Contra el Terrorismo, rebautizada profilácticamente "operaciones de contingencia" exterior; ni las encuestas, que siguen favoreciendo una retirada pronta del campo de batalla más significativo de Afganistán. De modo que se puede argumentar que en este conflicto mundial –que ha sucedido a la Guerra Fría en lugar del previsto fin de la historia– ha habido ya dos fases. En la primera, los Estados Unidos trataron de fomentar una agenda para la libertad aplicable específicamente a los países islámicos; y en la segunda, marcaron el acento no sólo en la prevista retirada de Irak a final de 2011, sino en la limitación temporal de la lucha en Afganistán, ya sea la progresiva de 2011-2014. A lo que esta etapa se parece peligrosamente es al retraimiento que llevó en su día a abandonar Vietnam bajo el nombre académico de retirada estratégica y el nombre mediático de détente.

No es sólo que las atroces consecuencias de aquello a pesar de la pericia de Kissinger en ejecutar el mandato del pueblo americano –atolondrado entonces por la contracultura y hoy por la posmodernidad– deberían hacer pensar a los americanos. Es que ahora es el propio éxito, ya sea relativo y parcial, y no el fracaso de las políticas seguidas, el que permite el repliegue.

Así que ante esta situación insólita, y junto al llamativo toque de atención, sustancialmente económico, del Tea Party, ha surgido otra disputa más discreta, pero aún más relevante a esta política de détente 2.0.

Benedicto XVI ha retomado con ánimo renovado la continuidad del papado liberador de su predecesor. Sus recientes manifestaciones en defensa de las minorías cristianas atacadas por fundamentalistas islámicos, a las que hay que añadir la abierta crítica a la limitación de la libertad religiosa y de conciencia impuesta por China, confirman que la libertad individual es algo más que un detalle en su agenda. Esta expresión pública deliberada de una alternativa moral a las oscuras fuerzas de la opresión es esencial y forma parte de las divisiones que tiene el Papa.

Lo que une ambos hechos es la apelación a la responsabilidad, uno de los fundamentos de Occidente, como correlato de la libertad personal e individual que es un deber proteger y promover.

Una de dos, o hay finlandización –que era la expresión que en la Guerra Fría identificaba la rendición pacífica a los postulados soviéticos– vestida hoy de multiculturalismo y alianza de civilizaciones, a la que un retraimiento americano nos abocaría; o hay un renacimiento de Occidente entorno a sus valores tradicionales, empezando por la libertad. Esto es lo que, cada uno a su modo, han recordado el Papa y los teapartiers en 2010. El asentamiento de esas tendencias es nuestra esperanza para 2011.

El año de la pulga

Emilio Campmany en Libertad Digital

Zapatero y Rajoy han comparecido ante los medios casi simultáneamente para comunicar urbi et orbi cómo afrontan 2011. Éste será en China el año del conejo. Aquí en España podría ser el año del perro, naturalmente, del perro flaco, al que todo serán pulgas. Pero ya que todo serán pulgas, ¿por qué no inaugurar directamente el año de la pulga? De momento, el presidente del Gobierno y el líder de la oposición ya se han vestido de tales. Jesús, qué sarta de vaguedades, generalidades, obviedades y sinsustancias. Nos han endilgado dos clases magistrales de hablar y no decir nada, dos conferencias vacías. La imagen que sugieren nuestros dos líderes, el que está al cargo y el que aspira a sustituirle, es la del campo yermo, la del páramo en el que apenas son visibles ellos como dos pulgas escandalosamente irrelevantes.

Y cuando han dicho algo inteligible lo han hecho para engañar. Zapatero ha dicho que su Gobierno ha sido el de las políticas sociales, siendo como es el suyo el que está demoliendo a base de despilfarro el Estado de bienestar. Y Rajoy, que apoyará al Gobierno en lo que convenga a España, cuando lo que ha hecho hasta ahora es votar las medidas populistas y despilfarradoras que adoptó Zapatero en los comienzos de la crisis y se le ha opuesto siempre a partir del momento en que empezó a tomar unas pocas de las muchas necesarias que nos van imponiendo desde fuera.

Es verdad que de Zapatero nada bueno podemos esperar ya. Y también lo es que cabe la posibilidad de que Rajoy, aunque ahora no lo parezca, sea un gobernante serio y haga todo lo que hay que hacer para superar las crisis económica y política que nos atenaza. Pero el que sea posible no lo hace probable.

Aznar no pudo con los sindicatos y tuvo que envainarse una tibia reforma laboral por no enfrentarse a ellos. ¿Creen que será Rajoy quien se atreva a hacerlo? Aznar no tuvo valor para meter en cintura a las comunidades autónomas díscolas. ¿Lo hará Rajoy ahora que algunos de sus Gobiernos, especialmente el de Cataluña, se colocan abiertamente al margen de la ley y la Constitución? Aznar no quiso acometer la reforma política más urgente que necesita España, más aun que la de la reforma de la organización territorial, que es la de la justicia para que ésta sea de una vez por todas un poder independiente. ¿Está Rajoy en la idea de acometerla y renunciar a influir en los jueces?

Vivimos gobernados por políticos que no respetan las leyes, revestidos de privilegios económicos y legales, que no tienen empacho en tratarnos con el desprecio que no merecen ni los esclavos, que reparten el dinero que nos esquilman con los impuestos entre sus amigos, parientes y compañeros de militancia en forma de subvenciones y empleos públicos. Y no rechistamos. A lo más que aspiramos es a ser uno de ellos y, si eso no fuera posible, a entrar en el afortunado club de los perceptores de alguna subvención.

Es triste reconocerlo, pero probablemente tengamos lo que nos merecemos, dos irrelevantes pulgas entre las que elegir. Mientras España se desangra por un oscuro sumidero, nuestros dos líderes no paran de largarnos banalidades. Y lo peor no es eso, lo peor es que los demás nos quedamos embobados escuchándolas. País.

Los años no tienen la culpa

Ignacio Camacho en ABC

«Vendrán más años malos
y nos harán más ciegos»

(Rafael S. Ferlosio)

Cuando acabó de pasar 2009 con su aciago equipaje de desempleo y recesión, el veinte diez apareció como un resquicio de esperanza. Hoy contemplamos el año que rinde como una demostración empírica de las funestas leyes de Murphy: toda situación negativa es susceptible de deteriorarse más, sobre todo si se aplican con eficacia las medidas necesarias para que empeore. En ese sentido hemos hecho de forma concienzuda los deberes, de tal manera que para el próximo ejercicio cabe esperar fracasos accesorios y nuevas calamidades; el tránsito de 2010 nos ha vacunado contra el optimismo.

La crisis ha mutado como un virus con cepas nuevas que atacan las cada vez más débiles defensas del sistema. Al desplome inmobiliario, la zozobra financiera y el estancamiento económico ha seguido un desajuste fiscal y un grave apuro de deuda pública que han situado al Estado al borde de la quiebra. La frívola minusvaloración política del carácter estructural de la recesión ha desembocado en un colapso; simplemente el Gobierno no comprendió el alcance de la situación que tenía delante y ha quedado desbordado por la crudeza de los hechos. Ahora que acaso la haya entendido carece de autoridad y de liderazgo para afrontarla. La opinión pública permanece instalada en un clima de pesimismo y de desconfianza una vez que se ha dado cuenta de que, además de las dificultades estructurales, el país tiene un severo problema de dirigencia.

Los años no son por sí mismos felices ni funestos, afortunados ni lúgubres; son como nosotros hacemos que sean. Si el 2011 se presenta sombrío es porque a los aprietos socioeconómicos se superpone en España una penosa crisis política que complica sobremanera el hallazgo de salidas viables. El escenario institucional está agrietado por el sectarismo, la clase dirigente permanece enrocada en un desencuentro estéril, el Gobierno ha perdido la autoridad moral y la sociedad civil no encuentra impulso. La estructura de liderazgo ha quedado resquebrajada después de siete años de parálisis funcional y amenaza con venirse abajo por simple efecto de atrofia. Falta pujanza social, eficacia administrativa, competitividad empresarial y generosidad política. Las instituciones se han desarrollado con una hipertrofia inversamente proporcional a su capacidad de respuesta. Y el tejido de dirección pública está desgastado, descosido, raído por la inercia de una mentalidad inadaptada a este tiempo de desafíos que obliga a una profunda revisión de conceptos, de estilos y de ideas.

El desengaño de 2010 y el halo pesimista que envuelve al 2011 no proceden de un signo astral adverso; son la consecuencia inexorable de un largo desfase de estructuras y organización que aboca a España a sufrimientos añadidos. Los años no tienen la culpa, excepto del tiempo que hemos pasado sin afrontarlos con coraje.

Buen año en el corredor de la muerte

Alfredo Abián en La Vanguardia

Disfruten cuanto puedan esta noche con sus seres queridos. Coman, beban y fumen –sean benévolos con los drogadictos familiares–, porque a partir del lunes todo seguirá igual... o peor. Si este annus horribilis invita a que las uvas nos obturen la faringe, el que viene nos aboca directamente a la respiración asistida. Así de cruel es el corredor de la muerte donde pretenden que electrocutemos nuestro modo de vida. Los argonautas que pilotan la nave extraterrestre Mercados nos bombardean con distintos misiles balísticos. Atienden por deuda soberana, ajuste fiscal y estructural, stock de vivienda, guerra de divisas... Por si fuera poco, somos para ellos unos vulgares cerdos, junto a Portugal, Irlanda y Grecia. PIGS. La S final es de Spain. Qué gracia tienen los alienígenas que hablan inglés. Pero es lo que hay. El sistema se propone que nuestros hijos y nietos paguen los supuestos excesos que hemos cometido. Y, ciertamente, alguien ha perpetrado abundancias en nuestro nombre. Por ejemplo, hemos abierto facultades en territorios vacíos de universitarios, aeródromos en terrazas de aldea y estaciones de AVE en pedanías. Hemos llegado a tal punto crítico que hasta Zapatero luce fe de converso y nos amenaza con cinco años más de penurias. Por eso, buena parte de nuestros jóvenes mejor preparados emigran. A Alemania, Estados Unidos, Reino Unido, Asia. Aquí, con una tasa de paro africana para la gente de su edad (40%), no podemos ofrecerles nada. Salvo ser funcionarios. No nos extraña que en esta coyuntura que padecemos hasta la vividora Carmen Lomana abogue, en paños menores, por cambiar “este gobierno de necios”. Dicen que la gente de edad acumula sabiduría. En nuestro caso, tememos que lo único que amontonamos es deuda y frivolidad. Buen año.

Rumbo sin capitán

Agustín de Grado en La Razón

Éste es el rumbo, afirmó ayer Zapatero con tono impostado de estadista responsable para defender los ajustes y reformas que le han impuesto desde Bruselas. Y me recordó otra de sus inolvidables sentencias para despedir el año: «La tempestad es fuerte, pero tenemos un barco sólido que conoce muy bien su rumbo». La pronunció en 2008, poco después de esta otra, que tampoco tiene desperdicio: «No subiría a un barco cuyo capitán tuviera dudas sobre cómo conducirlo». A los españoles no nos ha quedado otra que navegar con él al timón desde entonces.

La crisis ya estaba aquí a finales de 2007. Sólo los patriotas no querían verla. Zapatero agotaba su primer mandato y rechazaba cualquier rumbo que dificultara la reelección. «España –se jactó- ha entrado esta legislatura en la “Champions League” de la economía mundial». Un año después, con la tormenta desatada, tuvo que emplearse para tranquilizarnos en Nochevieja. El rumbo era el correcto y pronosticó que en 2009 estaríamos «con un tono vital de país mejor porque estaremos viendo cómo la recuperación económica la tocamos ya con las manos».

Cuando al presidente le tocó hacer balance de 2009 con las oficinas del INEM atestadas de parados y sin pájaro en mano, intentó seducirnos con cientos volando: «La economía española se encuentra en un momento de tránsito. Tránsito desde la recesión a la recuperación, que se confirmará en 2010. Y que esperamos pueda producir empleo en la última parte del año». Hoy despedimos 2010. Cualquier español conoce lo que separa la realidad de las palabras del presidente porque, con mayor o menor virulencia, lo padece en sus carnes.

Ni reformas, ni austeridad. Hace un año no era indispensable nada de lo que el presidente defendió ayer. Tampoco la reivindicada necesidad de gobernar pensando en el futuro. Dice Mefistófeles en “Fausto”: «Ante todo, debéis aferraros a las palabras; entonces ingresaréis por la puerta segura; al templo de la certeza». Desde luego, no será con las de Zapatero. El rumbo que defendió ayer con la fe del converso seguramente sea esta vez el correcto, pero después de tanta singladura errada, ya agotó su crédito como capitán.

jueves, 30 de diciembre de 2010

El autoengaño de Lassalle

Alberto Gómez en Libertad Digital

La razón por sí misma no mueve a nada, Aristóteles dixit. Son las pasiones las que mueven a las personas. Si las pasiones hubieran sido moldeadas por la selección natural, el deseo de poder sería una de las pasiones más fuertes, ya que no existe mayor oportunidad para dejar descendencia numerosa que la detentación de poder. La escuela de la Public Choice de economía explica con un acierto asombroso la política en base a la hipótesis de que los representantes atienden a sus intereses personales exclusivamente. No es porque los políticos sean conscientemente mentirosos todo el tiempo acerca de los valores y virtudes que representan, sino porque ellos mismos se creen que trabajan para la sociedad cuando en realidad son esencialmente egoístas. El autoengaño siempre opera a favor de uno mismo y la razón, esclava de las pasiones, encuentra en el autoengaño el cerrojo perfecto. La política es el campo de la primera división donde juegan los engañadores más sofisticados que produce cada generación. Todos los mecanismos de control –desde la separación de poderes y el gobierno limitado hasta el imperio de la ley de la democracia liberal– tienen estas verdades en frente desde el primero al último de sus preceptos. O eso nos creíamos... hasta que llegó Lassalle.

No conocía gran cosa del tal Lassalle excepto que es el gafapasta del PP preferido por Rajoy, ese famoso político que dormita visionando Teledeporte y que desayuna con el Marca. Además, Lassalle es el donnadie que tuvo la desfachatez de despachar a María San Gil. ¿Qué se ha creído ese Lassalle? Es una mezcla de Pepiño y Caldera, igualmente engreído. Pero no acaban aquí sus paralelos con el mundo del zapaterismo.

Lassalle ha publicado un libro titulado Liberales: el compromiso civico con la virtud. Ningún liberal ha negado lo buenas que son ciertas virtudes para la vida política, pero eso no les hace ser lo que Lassalle quiere que sean. Porque Lassalle está empeñado en que el liberalismo y el llamado republicanismo son la misma cosa.

El neorrepublicanismo parte del republicanismo de los antiguos pero sin limitar el poder por medio del respeto a la tradición y sin el moderno equilibrio de poderes de la democracia liberal. Para el neorrepublicano, el poder se justifica, no se limita. Y se justifica por medio de la participación ciudadana en la política, que debe sustentar con sus votos, sí o sí, a una meritocracia de la virtud en la que los valores a destacar dependen los gustos particulares de cada neorrepublicano. Como todo ingeniero social, sin ataduras con la tradición y sin tener en cuenta sus limitaciones, el neorrepublicano se inventa unos valores minimalistas, acordes con su visión, que dada su condición humana, es estrecha e ignorante. Y así, por realimentación, se cierra una espiral que conduce inexorablemente al totalitarismo mediático, educativo y legal que estamos padeciendo.

Porque tanto Lassalle, el ideólogo de Rajoy, como Torres Mora, el ideólogo de ZP, son seguidores de los mismos ideólogos neorrepublicanos: Pettit, Viroli, Pocock o Skinner. Para entender hasta qué punto ZP, Lassalle y los ideólogos neorrepublicanos forman un solo bloque ideológico, basta decir que uno de esos últimos, Pettit, es coautor de un libro sobre Zapatero que se subtitula "el republicanismo cívico de Zapatero". En ese libro puede encontrarse una apología de la acción política de ZP y toda la palabrería de Lassalle.

Pettit escribe ese libro a medias con un sociólogo de la Pompeu Fabra, la misma universidad donde da clases la mujer de Lassalle, socialista catalana. Para todos ellos, Aznar, Reagan y Thatcher son "neoliberales y libertarios" .Y entonces... ¿quiénes son los liberales? Por supuesto Lassalle el virtuoso y su jefe, el lector del Marca. ¿Qué quiere decir todo esto? Que Lassalle ha escrito acerca del concepto de liberal que tenía en mente ZP cuando decía que él era liberal. Y quiere decir también que Rajoy, después de su claudicación, es un peligro casi mayor que Zapatero.

Además del concepto de virtud cívica, que lleva a la Educación para la Ciudadanía, y a la larga al adoctrinamiento totalitario, en Pettit está el concepto de "no dominación": el Estado debe vigilar para compensar las desigualdades entre particulares. Por tanto, todo grupo de presión de presuntos agraviados, ya sean gays, feministas militantes, presuntas víctimas de la guerra civil, sindicatos o en general cualquiera que quiera vivir del cuento pueden estatalizar sus odios y ZP o Rajoy, a través de la iluminación centrista de Lassalle, los vengarán mediante leyes de igualdad, de memoria histórica, de justicia redistributiva y generosas subvenciones.

Torres Mora dice claramente que el neorrepublicanismo brinda la "gramática" necesaria para los cambios que ZP quiere hacer en la sociedad española. Yo creo que lo que justifica esa gramática es un nuevo totalitarismo. Lassalle ha recorrido también su camino de autoengaño a favor de su poder personal desde sus tiempos de pelota de Aznar en FAES a ideólogo de la oligarquía partitocrática que manda aquí. Para hacerlo, en su libro ha confeccionado una tortilla de patatas neorrepublicanas de la Pompeu con sobras de cebolla liberal, revuelto en una pasta de verborrea centrista. Que se la coma el que tenga estómago. Y luego, que vote a Rajoy.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

El año de los inocentes

Pablo Molina en Libertad Digital

2010 ha sido el año de la inocentada constante para un gran número de españoles, en realidad la inmensa mayoría, obligados a contemplar a una clase política que sigue encantada de haberse conocido y ajena a su grave responsabilidad en el deterioro alarmante de las condiciones de vida de sus compatriotas.

Por poner sólo unos pocos ejemplos a vuelapluma, Bibiana Aído es una inocentada con mechas, al igual que su colega y hoy superiora Leire Pajín; las pintorescas correrías de Zapatero en los foros internacionales, ora dormitando ora buscando su lugar para hacerse una foto, son inocentadas para solaz de la prensa extranjera; los sindicatos españoles son una panda de cachondos dedicada a embromar a los que financiamos sus francachelas; las elecciones catalanas han sido una coña de la que ha surgido un Gobierno capaz de hacer que olvidemos a su antecesor, el Gabinete autonómico más lamentable que ha padecido una región civilizada; y mientras toda esta tropa se divierte colgando muñequitos recortados en la chepa del contribuyente, la oposición se dedica a disfrutar del espectáculo esperando su turno, no en vano tiene en los lugares en que gobierna a varios equipos de bromistas que podrían disputarle el primer puesto a los sociatas, tradicionalmente los más atrevidos a la hora de reírse de los ciudadanos que han de sufrir sus atropellos.

Aquí las inocentadas se suceden a lo largo de todo el año porque ya es imposible concentrar tal volumen de mal gusto en tan sólo veinticuatro horas. Por eso, aunque el santoral católico conmemora hoy la matanza de niños llevada a cabo por Herodes el Grande, Rey de Judea con permiso de los romanos, nuestros políticos celebran a diario la efeméride utilizando especialmente a las nacientes generaciones de españoles. No degüellan a los varones, porque los gobiernos actuales son más civilizados y mucho más igualitarios que hace veinte siglos. Ahora simplemente abortan a la mitad, y a los que sobreviven les imponen un diezmo de unos treinta mil euros para que lo vayan pagando poco a poco durante su vida laboral.

Es normal, por tanto, que la tradición de incluir una noticia absurda en las portadas de la prensa o intercalada en los noticiarios televisivos cada 28 de diciembre se esté perdiendo. Con la tragedia estrambótica provocada por ZP de forma cotidiana nadie sería capaz de identificar una de estas inocentadas al vuelo. Excepto Rubalcaba, claro, pero es que él, de inocente tiene los justito.

martes, 28 de diciembre de 2010

lunes, 27 de diciembre de 2010

Arte de hacer dinero

Gabriel Albiac en ABC

La red es el universo. Duplicado. Su calco fiel. Es, pues, la biblioteca universal. Y las universales fonoteca y filmoteca. Entre otras infinitas cosas. Mejores y peores. Porque la red no distingue: es todo. Como la vida.

Me avergüenza la codicia que por sus derechos de autor exhiben muy progresistas cantautores y muy subvencionados cineastas. Empezando por Sinde. La red irrumpió como el más perfecto paraíso del saber que haya podido soñar «creador» (perdóneseme el pretencioso palabro) alguno. ¿En qué sueña el Flaubert que reescribe diez, cien veces una misma página, hasta tallarla con la matemática del diamante? En que algún día —da igual si quien escribió no existe— los ojos de otro queden cegados por la pura belleza de las líneas que dicen esto tan mínimo: matices del amarillo sobre el cielo de Cartago, para apresar los cuales Flaubert gastó años de testarudez y oficio. Para ganar dinero hay otras cosas. Subvenciones. Sinde a Sinde.

No, no hay para un escritor don comparable al de la red. La gratuidad del puro estar al alcance de todos. Comparado a eso, la invención de la imprenta parece un juego semicavernario. Pienso en los viajes agotadores, en las estancias incómodas, en las horas de búsqueda que me han sido precisas para acceder a ciertos textos especialmente raros del siglo XVII, que es el único al cual he juzgado digno entregar mi vida. Textos atrincherados en los fondos de acceso más restringido de algunas de las grandes bibliotecas europeas o norteamericanas. Hoy, cuando llego a clase, basta entregar a mis alumnos la relación de los links que dan acceso a esos libros. Si el wifi de la Complutense fuera sencillamente aceptable, podría, sin más, ir señalando cada día, en las páginas mismas de esos recónditos tesoros, los pasajes compartidos con cualquiera que se tomara la molestia de traerse a clase su iPad o su portátil. Es el mayor milagro en la historia de la inteligencia humana. ¿Quién puede ser tan animal que prefiera el cobro de derechos de autor a la presencia sin límite ante todos los posibles lectores, no de hoy sino de cualquier tiempo futuro?

¿Son los «artistas» distintos? ¿Tan alta es su excelencia que debemos entre todos pagar su distinción? ¿A qué llamamos «artista»? Cézanne se quemaba los ojos buscando retener el instante sagrado de una sombra sobre la Montaña Sainte-Victoire. Vermeer dejó pintados apenas 37 cuadros que hayamos identificado, entre ellos esa «Vista de Delft» a la cual hace Proust proclamar por su dandy Bergotte agonizante, en La recherche du temps perdu, la quintaesencia del refinamiento pictórico. El arte es la suplencia verosímil de lo sagrado. O no es. Nada. Maravillosa imagen de André Malraux, al final de su reflexión estética, Las voces del silencio: la monstruosidad de ese animal enfermo que es el humano alza su frágil dique de contención en la obra de arte; en ella «el delirio disperso del monstruo de sueños se ordena en imágenes soberanas, y la pesadilla saturnal toma figura de sueño acogedor y pacífico». Y «nos hace soñar en la primera noche glacial en la cual una especie de gorila se sintió misteriosamente hermano del cielo estrellado».

Hoy, el cielo estrellado les sirve a los de Sinde para ir haciendo caja.

viernes, 24 de diciembre de 2010

Cuento de Navidad

Ignacio Camacho en ABC

Estaba harto de teñirse las canas para las entrevistas de trabajo, un empeño que sólo le servía para humillarse ante sí mismo; los jefes de recursos humanos echaban una ojeada al currículum y al ver la fecha de nacimiento le hacían unas preguntas corteses antes de decirle que ya lo llamarían. A su edad empezaba a contemplar en serio la oscura evidencia de no volver a encontrar empleo. Llevaba dos navidades en el paro y le deprimía enfrentarse a la tercera en medio de una crisis de vacío, incertidumbre y desasosiego.

Una tarde coincidió en el portal con una vecina enferma de alzhéimer a la que estaba acostumbrado a saludar en sus casuales encuentros sin obtener más respuesta que una leve sonrisa ensimismada, pero esta vez ella le habló como si estuviera dirigiéndose a su hijo y le reprochó lo poco que iba a verla con un cierto deje de amargura. La mujer que la acompañaba, una colombiana de ojos grandes y dulces, le indicó por señas que le siguiera la corriente y él se dejó regañar con naturalidad y arguyó que estaba sobrecargado de trabajo. Al salir del ascensor la anciana le franqueó el paso hacia su casa y se sintió obligado a entrar para evitar una situación conflictiva; se sentó con ella en un salón lleno de fotos antiguas y se quedó un buen rato sintiéndose útil mientras escuchaba a aquella dama ausente dentro de sí misma que le contaba abstractas escenas familiares que jamás había vivido. Luego pareció adormilarse en su propia bruma y entonces la asistenta le explicó con inevitable zozobra que la señora de la casa era soltera sin hijos ni más parentela que un hermano distante que socorría sus gastos de supervivencia. Se fue con una desazón casi culpable ante aquel silencioso drama de olvido, soledad y desamparo.

El día de Nochebuena las vio de lejos cuando regresaban de un paseo y se dejó llevar por el impulso de hacerles una visita. La vecina estaba delante del televisor y lo miró con extrañeza cuando dijo que venía a felicitarle la Navidad; él sintió una punzada de desconcierto al darse cuenta de que el almanaque se le había extraviado en la niebla neuronal y no supo cómo controlar aquel momento de embarazo. Entonces la acompañante lo invitó a sentarse con un gesto de complicidad y en un tono de mucha dulzura ponderó ante la enferma el cariño de su hijo. La mujer le cogió la mano con ternura y empezó a relatarle borrosos episodios de una vida familiar tal vez escrita en la pizarra húmeda de su ensueño, que intercalaba con preguntas muy precisas sobre cómo le iba en la vida. Tuvo que inventar respuestas sobre un trabajo que no tenía él y unos nietos que no tenía ella; la tarde se le fue entera en aquella piadosa simulación de la que no sabía cómo escapar y en un momento dado se le quebró el alma cuando ella alargó la mano hasta sus sienes, se las acarició muy delicadamente y le preguntó con afectuoso aire maternal por qué se teñía el pelo.

domingo, 19 de diciembre de 2010

Satrapías y belenes

José Jiménez Lozano en La Razón

Ahora mismo, toda la vieja ideología y retórica de hace más de siglo y medio, sigue segregando la escolástica necesaria para que las explicaciones, comprensiones, y justificaciones de un lenguaje que siempre es el políticamente correcto y conveniente para encubrir cualquier tipo de barbarie, según ya Tucídides avisaba, a propósito de los sucesos de Corcira. Mientras que el necio humanitarismo masoquista de nuestra cultura de moda propondrá una vez más su «mantra» sagrado de que la violencia es perfectamente inútil, aunque sabemos que se ha llevado por delante millones de personas y pueblos y culturas enteros, o que queda justificada y hasta es sagrada, porque es la expiación y vindicta, igualmente sagrada, de ciertas injusticias, y puede explicarse y perdonarse sencillamente por el simple color ideológico de las víctimas o el de los verdugos.

Lo que se nos prohíbe es sentir horror por el mal y compasión por quienes lo padecen, preguntar inoportunamente por la burla de la razón y de la misericordia, y, desde luego, por toda nuestra necia confianza en los grandes pasos que llevamos dados en lo oscuro hacia la configuración y funcionamiento de un progreso, que conlleva la destrucción necesaria de miles de seres humanos.

No hace tanto que George Gadamer, lúcido a sus cien años, al referirse, poco antes de morir, a la ruta perversa que la historia de los hombres ha iniciado, y en la que también nos veía muy avanzados, afirmaba que sólo una gran catástrofe podría sacarnos de nuestra ceguera y nuestra insensatez. Pero a mí me parece un precio injusto, y del que no cabe esperar bondad alguna. La terrible palabra de Hobbes, que dice que los hombres sabemos que somos iguales porque nos podemos matar los unos a los otros, es la única encarnación real del célebre y pomposo tríptico de libertad, igualdad, fraternidad, con cuya retórica llevamos doscientos años mareándonos hasta dar por ultimo con el descubrimiento de la clonación de la especie como ganado de granja.

Nunca veremos lo que no queremos ver, y no hace falta un hecho horrible más –ya hay demasiados–, porque sabemos de sobra, por ejemplo, que el odio produce la muerte, la banalización de nuestras vidas y la cháchara sobre la inexistencia del mal y de la verdad produce la indiferenciación entre víctimas y verdugos, y hombres vacíos y redondos. Ya fue más que anunciado todo esto en la literatura –pongamos por caso Eliot y Nietzsche, las profecías de los «Demonios» de Dostoievski y algunas novelas de Huxley–, y la literatura no miente.

A quienes están familiarizados con esas escrituras o con las de la vieja Biblia, precisamente porque viven en lo real y no en la fabricada burbuja de un mundo supuestamente habitado por la plenitud de los deseos cumplidos, no puede sorprenderles en absoluto lo que ocurre delante de nuestros ojos. Saben que las viejas y nuevas satrapías se sostuvieron siempre del mismo modo; –digamos como faraones o al «estilo asiático» de tártaros y mongoles– sobre un control de la población mediante el infanticidio en sus varias formas, la ausencia de una educación seria y libre, una expropiación a través del impuesto confiscatorio, y la utilización esclavista de unos seres de desgracia, que son quienes sostienen los tinglados del poder. Y todo el mundo debe ser censado y conocido, precisamente para ser transparente y útil para el Augusto César.

El poder prefiere siempre que el mundo de sus gobernados sea como una casita de cristal, en la que no pueda esconderse ni un mal pensamiento, y donde no haya nadie que suba en estos días invernales al trastero de su casa y baje con una caja de cartón con figuras de barro para poner un belén, o teatrillo del mundo en torno a un niño en un pesebre ante el que se arrodillan unos reyes estrelleros. Son cosas que no pueden ser más políticamente incorrectas, y no gustan al Divino César. Pero nos defienden de las satrapías, y son nuestra alegría navideña.