sábado, 15 de enero de 2011

Delincuencia de estado

Luis del Pino en su blog de Libertad Digital

Editorial del programa Sin Complejos del sábado 15/1/2011

El FBI, la famosa agencia federal de investigaciones americana, nació en 1908. Su nombre original era BOI y no adoptaría su nombre definitivo hasta 1932. El más conocido de sus directores fue, sin duda alguna, John Edgar Hoover, que llevó con mano de hierro las riendas del FBI durante la friolera de ¡48 años!

Cuentan que una de las razones de su larga permanencia en el cargo y de que sobreviviera al mandato de tantos presidentes distintos es que Hoover lo sabía todo de todos, gracias a la información que el FBI obtenía. Vamos, que no había político en Washington que no supiera que probablemente Hoover contaba con un amplio dossier sobre él.

De hecho, los dos últimos años de la vida de Hoover, y de su mandato al frente del FBI, se vieron salpicados por el escándalo, cuando unos desconocidos entraron en 1971 en una de las sedes del FBI y robaron numerosos documentos sobre las actividades ilegales de la agencia, que después filtraron a distintos medios de comunicación.

Cuatro años más tarde, el Senado de los Estados Unidos nombró un comité, el denominado comité Church, para evaluar las actividades encubiertas llevadas a cabo por los distintos servicios de información americanos, entre ellos el FBI. Y las conclusiones de aquel comité (que ocupan miles de páginas y se encuentran disponibles en Internet) fueron demoledoras: con el pretexto de velar por la seguridad nacional, el FBI había estado violando de manera continuada la Constitución y la Ley, a lo largo de los años, con operaciones encubiertas de espionaje, de desinformación y de manipulación de la opinión pública.

El FBI se dedicaba sistemáticamente, por ejemplo:

- a infiltrarse en todo movimiento que fuera considerado peligroso o simplemente sospechoso, como por ejemplo los movimientos por los derechos civiles de los negros o de las mujeres.

- a crear organizaciones falsas de lucha por los derechos civiles, dirigidas por personal del FBI, con el fin de dividir a ese tipo de movimientos.

- a propalar rumores y a enviar falsas cartas de amenaza, para que se enfrentaran entre sí las organizaciones de lucha por los derechos de los negros.

- a enviar cartas anónimas a los cónyuges de los líderes de esos movimientos, acusándoles de supuestas infidelidades, para crear problemas domésticos que restaran tiempo a los dirigentes de esas organizaciones.

- a presionar a las empresas para que despidieran a las personas que militaban en esas organizaciones.

- a presionar a las universidades y organizaciones culturales para que no permitieran las conferencias o actos de los movimientos por los derechos civiles o de sus líderes.

- a publicar falsas noticias, a través de periodistas adictos, con el fin de desacreditar a esas organizaciones o a sus líderes.

- a falsificar y repartir folletos de esas organizaciones, con el fin de sembrar la confusión o minar su prestigio.

- a fabricar, con la complicidad de otros cuerpos policiales, pruebas falsas con las que poder encarcelar a líderes o miembros de organizaciones sospechosas.

- a promover altercados, mediante agentes infiltrados, en las manifestaciones convocadas por esas organizaciones, para transformarlas en protestas violentas y desacreditar así a los convocantes.

- a intervenir, sin orden judicial, las comunicaciones telefónicas y postales de todo aquel que se considerara sospechoso.

- a realizar registros y colocar micrófonos, sin orden judicial, en las sedes de los movimientos por los derechos civiles o en los domicilios de sus líderes.

- etc, etc, etc

Quizá un buen resumen de cómo se las gastaba el FBI para tratar de neutralizar a las organizaciones que luchaban por los derechos civiles sea la serie de operaciones que la agencia dirigida por Hoover puso en marcha para desactivar al reverendo Martin Luther King. En palabras del propio comité del Senado americano, lo que se hizo con Martin Luther King "traspasó el límite de la decencia humana más fundamental".

Las operaciones del FBI contra el campeón de los derechos de los negros se iniciaron en diciembre de 1963, cuatro meses después de la famosa marcha sobre Washington que Martin Luther King organizó. A lo largo de los dos años siguientes, el FBI sometió a King a seguimientos físicos, tomando fotografías de cuantas personas se reunían con él, y sometió a escrutinio sus finanzas, buscando sin éxito alguna información con la que desacreditarle.

Como no lograron encontrar nada que achacarle en el terreno económico, se dedicaron a plantar micrófonos en las habitaciones de hotel que Martin Luther King iba ocupando durante sus desplazamientos por todo el país, para tratar de grabarle en algún desliz extramatrimonial.

Y tuvieron éxito, porque llegaron a mandarle a King una cinta de audio con una de esas grabaciones, junto con una carta en la que invitaban veladamente al líder negro a suicidarse, si quería evitar que la cinta se hiciera pública.

Como King no se amilanó, el FBI filtró la cinta a los medios de comunicación y a los líderes de las organizaciones que apoyaban a King, e incluso a la propia familia de éste. Aunque tampoco eso les sirvió, porque el defensor de la igualdad racial no cejó en su lucha.

Cuando Martin Luther King recibió el Premio Nobel de la Paz, el FBI llegó a presionar al cardenal Spellman para evitar que el Papa le recibiera en audiencia.

Las presiones, las intimidaciones y el espionaje continuaron hasta el mismo día del asesinato de Martin Luther King, ocurrido el 4 de abril de 1968.

Ayer conocimos dos noticias que demuestran que en España los servicios de información, manejados por el poder político, están alcanzando cotas de degeneración que poco tienen que envidiar al FBI de Hoover.

Por un lado, conocimos un auto del juez Pablo Ruz, encargado de la investigación del llamado caso Faisán, en el que se da cuenta de la recepción de los documentos enviados por la jueza francesa Laurent Levert. El juez Pablo Ruz ha decretado el secreto de sumario sobre una parte de esos documentos recibidos desde Francia, con el fin de realizar nuevas averiguaciones que permitan determinar qué miembros de las Fuerzas de Seguridad alertaron a ETA de la operación que se iba a llevar a cabo contra su aparato de extorsión.

Por otro lado, conocimos también que la unidad antiterrorista de la Ertzainza se habría dedicado a espiar a ciudadanos particulares y a miembros del PP vasco, entre ellos el padre de Santi Abascal.

Estas informaciones se unen a los datos, por todos conocidos, sobre los ímprobos esfuerzos realizados desde nuestros servicios de información para desactivar las organizaciones que en la pasada legislatura canalizaron la oposición de las víctimas y de los ciudadanos a la negociación con ETA. O a los datos sobre los seguimientos a Manuel Pizarro. O sobre la implantación de nuevos sistemas de escucha de comunicaciones que no cuentan con el oportuno control judicial. O sobre el espionaje a los controladores. O sobre las intoxicaciones contra determinados movimientos cívicos distribuidas a través de los medios adictos. O sobre los pagos a piratas de toda calaña que secuestran a españoles por esos mundos de Dios. O sobre las intoxicaciones destinadas a impedir que la sociedad española conozca la autoría real del 11-M...

Como en Estados Unidos en la época de Hoover, en España se utiliza políticamente a los servicios de información, se incumple la Constitución, se espía a los ciudadanos, se menosprecian los controles judiciales, se realizan seguimientos a particulares, se infiltran movimientos cívicos, se utiliza a medios adictos para manipular a la opinión pública y se cometen flagrantes delitos.

Y, sin embargo, fíjense en la diferencia fundamental que existe entre las actividades delictivas de Hoover y las que aquí se cometen. Mientras que el FBI de Hoover se dedicaba a violar la Ley en nombre de la seguridad nacional - es decir, supuestamente por el bien del país -, en España se viola la Ley para someter a marcaje, no a los terroristas que atentan contra la convivencia, no a los nacionalistas que buscan destruir el estado, no a los grupos violentos que no respetan la libertad de expresión en la aulas universitarias, no a los piratas que secuestran españoles, no a los políticos corruptos que saquean las arcas del estado, no a los asesinos del 11-M... sino que a quien se persigue, se espía, se coacciona o se intenta manipular es, precisamente, a aquellos que luchan porque no se vulnere la Constitución; a aquellos que piden que se respete el derecho de las víctimas a la Memoria, la Dignidad, la Justicia y la Verdad; a aquellos que tratan de que la Nación no se cuestione ni se cuartee.

El que los servidores del Estado - como en la época de Hoover - cometan delitos para tratar de neutralizar a quienes son considerados una amenaza para el Estado resulta deleznable y repugnante. Pero ¿qué calificativo podemos emplear para aquellos servidores del Estado que - como en España - cometen delitos para ayudar, directa o indirectamente, a quienes buscan precisamente destruir el Estado?

Sin misa y rebuznando

Tomás Cuesta en ABC

FUE en casa de Gorki, una noche de vodka, zalamerías y miserias. El Padrecito Stalin, que iba suelto de lengua, se dirigió a los escritores que aderezaban el festejo con la solemnidad pastosa de un profeta ebrio. «La nueva sociedad —dictaminó— la construirán los ingenieros. Pero vosotros, camaradas, también sois ingenieros. Ingenieros de almas, nada menos». La frase, según cuentan, se le ocurrió sobre la marcha, un poco al buen tuntún y al calor del aguardiente. Pero la inspiración, siempre tan caprichosa, le regaló una metáfora soberbia. El objetivo final del totalitarismo es transformar al hombre en herramienta. Y la mejor manera de llegar a la meta es arbitrar una cadena de montaje que troquele y ajuste las conciencias. Nadie lo ha definido con tanta lucidez como el mayor criminal del siglo XX. «Ingenieros de almas»: una expresión tan nítida, tan espantosamente bella, que, más que a la política, remite a la poética. Los dictadores pasan, las pesadillas se atemperan, las sociedades levan anclas con rumbo a nuevos puertos. Pero la tentación de convertir a las personas en peleles inermes y zombis del sistema aún sigue latente.

Lo que ha ocurrido estos días en la Universidad de Barcelona a cuenta de esa capilla en la que, por lo visto, el nacional-catolicismo destilaba veneno, es una versión bufa («Sin misa y rebuznando») de lo que, en el original soviético, era un drama macabro. La presencia o no de locales destinados al culto religioso en los recintos universitarios (que son, por otra parte, tan cristianos «ab ovo» como las catedrales) es un asunto que puede discutirse en términos estrictamente razonables. No faltan argumentos ni argumentadores para echar leña a la hoguera de la «disputatio»: Voltaire, Descartes, Kant... Incluso el mismo Balmes que —quién lo iba a decir— ahora está de moda allá en el Principado. Sin embargo, no hay caso. Después de medio siglo de ingeniería anímica la razón ilustrada se ha disuelto en la sopa iletrada de la memez a ultranza. El debate humanista sobre las relaciones entre la libertad y la fe, la laicidad y la tolerancia, ha dado paso a la cazurrería intonsa de una reala de fanáticos que creen que la sutileza dialéctica consiste en vociferar a dos carrillos, en escupir por el colmillo hacia lo alto y en ciscarse en la consagración del «Agnus Dei» acosando a los fieles y comulgando con bocatas. ¿Enorme sacrilegio? Lo sería si por azar supieran en qué consiste lo sagrado.

Pero nada hay enorme, salvo la estupidez, en nuestras acres parameras. Los diminutos inquisidores progresistas (los grandes, nos guste o no, eran gente con vuelo) han elevado las consignas a la categoría de argumentos. Sacan a relucir los ideales y le dan esquinazo a las ideas. Confeccionan prestigios a medida y miden las costillas de los desafectos. Emplean la corrección política a guisa de ganzúa y escalpelo. Apelan al escándalo si la discreción les acomete. Extraen de una sospecha una sentencia. De una denuncia abocetada se deriva un linchamiento en toda regla. La dictadura del beaterio posmoderno desencadena un proceso paranoico que anula el debate público y desfibra el lenguaje al extirpar las diferencias. El fascismo uniforme, el espantajo de la monotonía milimétrica, retorna camuflado en los ropajes de un antifascismo romo y dominguero. La audiencia, insaciable, abuchea a los cómicos y exige crueldad, verosimilitud, sangre y entrega. ¡El Circo Mínimo, señoras y señores, en vivo y en directo! Cristianos extasiados, gladiadores de tebeo y los analfabetos de rigor —de «rigor mortis», obviamente— jaleando a las fieras en la tribuna de los medios.

Misas suspendidas

Juan Manuel de Prada en ABC

SE suspenden las misas en una capilla de la Universidad de Barcelona, después de que grupos de estudiantes anticatólicos impidieran en varias ocasiones su celebración, mediante coacciones a los asistentes y actos sacrílegos variopintos. La autoridad universitaria, para justificar la suspensión, alega que no está en condiciones de garantizar la seguridad de quienes asisten a las misas; lo cual es tanto como reconocer que no está en condiciones de garantizar el imperio de la ley. Porque, hasta donde uno sabe, en España rige la libertad de culto; y la Universidad de Barcelona suscribió un convenio con el Arzobispado de Barcelona, por el que se comprometía a ceder un espacio para la celebración de misas. Allá donde la autoridad no se ejerce, tal autoridad ha dejado de existir.

La autoridad universitaria barcelonesa proclama que «hará todo lo posible para preservar el ejercicio de la libertad religiosa y el derecho a la libre expresión». Pero el «derecho a la libre expresión» no ampara que un grupo de estudiantes entre en una capilla, mientras se celebra misa, a comer bocadillos o hablar por teléfono móvil; ni tampoco que se impida la asistencia a un lugar de culto, o que se coaccione a los asistentes. Uno podría entender que en una dependencia de la universidad se autorizasen reuniones en las que un grupo de estudiantes exhortara a sus compañeros a no asistir a misa (aunque sospecho que la mayoría ya sigue tal indicación, sin necesidad de que se les exhorte a ello); o que el periódico de la universidad publicase artículos en tal sentido, siempre que no sean ofensivos contra la fe católica y que tales artículos puedan ser replicados por quienes opinan lo contrario. Pero hasta donde se me alcanza el ejercicio de la libertad de expresión no puede impedir el ejercicio de otros derechos o libertades; esto es, al menos, lo que a mí me enseñaron en los rudimentos del Derecho Constitucional. Impedir, perturbar o interrumpir la celebración de una ceremonia religiosa con violencia, amenaza o tumulto no es ejercicio de la libertad de expresión, sino conducta lesiva tipificada en el Código Penal. Y cuando tales conductas no se reprimen ni sancionan, hemos de concluir que se ampara el delito; o que se lo disfraza de ejercicio de la «libre expresión», lo que todavía se nos antoja más sórdido.

Pero detrás de este episodio barcelonés, que no es sino una expresión más del despepitado odium fidei que sacude Occidente, como un escalofrío premonitorio de los dolores del parto (y lo que nazca de ese parto no quiero ni imaginarlo), subyace algo mucho más grave que una mera dejación de responsabilidades por parte de la autoridad académica, siendo esto asaz grave. Y lo que detrás subyace no es sino el entendimiento —cada vez más extendido entre amplias capas de la sociedad, y alentado desde instancias de poder— de que la mera expresión pública de la fe católica es, en sí misma, conflictiva e indeseable; y que el mejor modo de evitar los problemas provocados por tal expresión de la fe es impedirla, o siquiera expulsarla de aquellos ámbitos donde pueda tropezarse con reacciones hostiles. Tales reacciones, por supuesto, no son espontáneas, sino inducidas por un clima laicista irresponsablemente azuzado desde instancias de poder; y, una vez instauradas, no harán sino ganar terreno, en su voraz apetito colonizador. Hoy se adueñan de una universidad, mañana lo harán de tal o cual barrio, pasado campearán triunfantes por doquier, expulsando a la clandestinidad la fe católica. Que en eso consiste, al fin y a la postre, la abominación de la desolación.

Violencia, ¿de género?

Manuel Martín Ferrand en ABC

LA acuñación de frases hechas y, casi siempre deformadoras del significado que se les atribuye, es una de las muchas y malas costumbres nacionales. Algo engendrado por dos padres, la pereza mental que da la tierra y el sesgo que los obsesos del igualitarismo quieren darle, ellos sabrán por qué, a la indeseable violencia que algunos hombres ejercen, psíquica o físicamente, contra las mujeres y, por lo general, más sañuda cuanto mayor el vínculo que les une a ambos. ¿A qué se refieren realmente cuando hablan de «violencia de género»? Podría ser que, movidos por su amor a la zarzuela quieran hablarnos del género chico o, lectores recalcitrantes, encuentren la novela como el más excelso de los géneros literarios; pero el género humano se integra, y en parecida proporción, por hombres y mujeres. La confusión del género con el sexo es culturalmente indeseable, científicamente ignorante y políticamente tendenciosa. Una pieza más de la deseable igualdad de derechos entre los dos sexos o, si se prefiere usar la terminología de Simón de Beauvoir, el primero y el segundo.

En Torrecaballeros, un pueblecito aledaño a Segovia, un hombre mató a su mujer, a su hijo de 16 años y, después, se suicidó. Se trata de una familia acomodada y culta en la que no caben las explicaciones ambientales al uso. ¿Es eso violencia de género? Lo científico, en concordancia con lo humano, sería hablar de desesperación; pero eso no viste al feminismo deformador y traspasa una cuota de responsabilidad al marco público de nuestra existencia. A un desaliento capaz de producir esos efectos tan desgraciados es difícil llegar por uno mismo, sin la cooperación del marco sociopolítico y la influencia mediática. De hecho, cuanto mayor es la publicidad de este tipo de crímenes y más intensa es la condena pública, más crece su número y más diversa se hace su casuística.

Repulsar la violencia de género, como ha hecho el ayuntamiento donde se produjo el suceso, es un brindis al sol. Es ponerle adjetivos para la confusión a lo que es violencia y, si se quiere, con abuso de un sexo sobre el otro; pero no propiciado ni por el género que venden en las tiendas ni por los que utiliza la gramática para la taxonomía del lenguaje. El asunto es tan grave que constituye insensatez la consideración de esa violencia, tan dolorosa como frecuente, como un fruto de la relación entre los hombres y las mujeres. Es una patología social que no se arreglará más que con una educación más sólida y rigurosa que la existente y la introducción en la convivencia de unos códigos morales, religiosos o laicos, que hoy brillan por su ausencia.

Las sentencias que Rubalcaba no hará cumplir

Editorial de Libertad Digital

El liberalismo nace de la desconfianza hacia el poder. Cuando tantos reformadores han mirado a la política como una herramienta con la que alcanzar sus fines –en unos casos benéficos, en otros no–, el liberalismo encuentra en ella un peligro para las libertades: para el poderoso el poder termina siendo, si es que no lo fue desde el principio, un fin en sí mismo. Difícilmente podría pensarse en un mejor cartel publicitario para nuestra doctrina que Alfredo Pérez Rubalcaba.

La carrera política del actual vicepresidente en el Gobierno de España comenzó en los años 80, cuando fue el principal responsable de la elaboración de la LOGSE, una de las peores leyes de nuestra democracia, como secretario de Estado de Educación. Premiado primero con el ministerio del ramo, poco después pasó a Presidencia, donde se distinguió en labores de portavoz negando que el Gobierno hubiera tenido nada que ver con el GAL. Y una vez en la oposición ejecutó un rol estelar en el indigno papel del PSOE durante la jornada de reflexión del 13 de marzo de 2004, cuando él, precisamente él, dijo aquello de que España no se merecía un Gobierno que mintiera.

Una vez incorporado al Ejecutivo dirigido por Zapatero, ha destacado por sus numerosas mentiras durante el fracasado proceso de rendición ante ETA, cuando nos aseguró que había "verificado" que la banda había dejado las armas mientras intentaba ocultar que seguía rearmándose y chantajeando a los empresarios vascos para financiarse. Además de ser el responsable político del chivatazo, asunto por el que siempre se ha negado a dar la cara.

Con semejante currículo, no debería sorprender la desvergüenza con que ha dirigido la nula reacción del Gobierno ante la declarada intención de CiU y el PSOE catalán de violar la ley, incumpliendo las sentencias que obligan a tratar a quienes quieran que sus hijos reciban la enseñanza en castellano en igualdad de condiciones con quienes optan por el catalán. Después de eludir el tema durante semanas con la patética excusa de que no había leído la sentencia, inaceptable en un Gobierno que tiene entre sus obligaciones hacerla cumplir, finalmente ha optado por despachar el tema negando, con tono de perdonavidas, que el Tribunal Supremo diga lo que dice.

Que el modelo de inmersión lingüística que impide que los niños cuyos padres así lo desean opten por el castellano como lengua vehicular de la enseñanza es anticonstitucional es evidente. Lo han dejado claro muchas sentencias, de las cuales ésta es sólo el último ejemplo, notable por cuanto toma el Estatuto afeitado por el Constitucional como referencia. Pero cualquier sentencia que emita el Poder Judicial es papel mojado si el Ejecutivo no la hace cumplir. Y, evidentemente, el Gobierno por boca de Rubalcaba ha dejado claro que no va a mover un dedo para proteger los derechos de los ciudadanos catalanes.

¿Por qué iba a hacerlo? Al fin y al cabo, las libertades no son más que un obstáculo para el poder. Como se ve en otros ejemplos recientes, como el anteproyecto de ley de igualdad de trato, lo importante para Zapatero, Rubalcaba y los suyos es mandar para moldear la sociedad a su antojo. Y una sociedad en la que en Cataluña se pueda estudiar en castellano no les interesa.

¿Por qué lo llaman laicismo?

GEES en Libertad Digital

El islamismo nos ha declarado una guerra a muerte: da igual que nosotros no nos queramos dar por enterados, o que pretendamos buscar la paz con él a cualquier precio. La izquierda española está vaciando de principios y valores tradicionales a la sociedad española: ¿ha perdido tanto el juicio como para no darse cuenta de que trabaja para el islamismo? A nosotros nos parecerá absurdo, pero quieren recuperar España para el islam y restaurar la oscura Al Andalus. En la España del Proyecto de ZP, los poderes públicos están poniendo trabas al ejercicio del cristianismo, pero están fomentando el del islamismo. Pagaremos las consecuencias.

La cristofobia del Gobierno y su plasmación en leyes son un problema que heredaremos para el futuro y que tiene consecuencias que van bastante más allá de los cristianos. Derogarlas es una necesidad si queremos que las instituciones del paí­s funcionen y las energías de España dejen de perderse por un culpa del odio radical hacia el cristianismo de unas minorí­as que envenenan la convivencia y que se encarnan y tienen como ariete el Proyecto de ZP, que dice laicismo donde debiera decir cristofobia, odio al cristianismo y búsqueda de su eliminación social.

viernes, 14 de enero de 2011

El vídeo sobre Jerusalén censurado por TVE

¡A Bután!

Nos cuenta Quim Monzó en La Vanguardia que Bután "es el primer Estado del mundo en el que la venta de tabaco está prohibida". Y remata su artículo con su "peculiar" sentido del humor: "Si yo fuese jefe de Viajes El Corte Inglés, o de cualquier otra agencia similar, hoy mismo empezaría a organizar viajes a Bután –para la próxima Semana Santa, por ejemplo: avión en clase turista, alojamiento en hoteles de primera (en habitaciones dobles, con baño privado) y visitas y excursiones por concretar–, para que los fumadores que aquí afirman estar tan y tan molestos con la ley que entró en vigor el 2 de enero puedan disfrutar de la experiencia incomparable de sentirse de verdad agraviados y perseguidos. Hala, chicos, a disfrutar." Ante lo cual sólo queda decirle, en lo que podría considerarse un homenaje a Fernán Gómez, que en gloria esté: ¡Váyase USTED a... Bután, señor Monzó".

Este artículo es un buen ejemplo del totalitarismo orgulloso, tan en boga desde que el actual inquilino de La Moncloa nos gobierna. Totalitarismo orgulloso y leguminoso. Son lentejas, si las quieres las tomas y si no... a Bután.

Monstruos

Cristina L. Schlichting en La Razón

No hay como la carencia de algo para valorarlo. Cuando volvía de Albania o de Kosovo, en mis tiempos de reportera, me sorprendía que nadie disparase, que hubiese asfalto en los caminos y los niños no mendigasen. Creo que nunca he comprendido mejor la brutalidad de ETA que cuando mataba después de aquellos viajes, porque me hacía comprender que nos retrotraía al subdesarrollo moral de los países donde limpiar las calles o respetar la vida ajena ni se plantea. La Razón daba ayer la impresionante noticia de una mujer detenida en Extremadura adonde había huido tras haber asesinado a su bebé recién nacido en Alemania. No hace mucho ocurrió también que una señora de Mallorca mató a su hijo y lo enterró en una maleta para seguir viviendo una aventura amorosa. Cada vez son más frecuentes los casos de mujeres que tiran bebés a la basura o abandonan a sus niños. Supongo que los que empezaron a teorizar sobre el relativismo nunca imaginaron que realmente todo pudiera ser relativo. Estoy segura de que consideraban imposible que desapareciesen los sentimientos maternales, por ejemplo. De otro modo no se hubiesen atrevido a desmontar los frágiles eslabones que engarzan los amores, respetos, límites que hacen de la vida humana algo bueno. A medida que todo se pone en duda aparecen entre nosotros comportamientos que creíamos erradicados. Canibalismo, esclavitud, persecución religiosa. Cuando regresaba de Kosovo, me parecía imposible que aquel pedazo de tierra evolucionase. Me dicen que en Albania se sigue vendiendo el virgo de las chicas o traficando con bebés. Algún día ocurrirá esto aquí. Me pregunto cómo retrocederemos a la civilización entonces.

Viñeta de Montoro en La Razón

Viñeta de Caín en La Razón

Viñeta de Esteban en La Razón

Esos peligrosos cristianos caseros

Lara Vidal en Libertad Digital

En las dos últimas semanas, las autoridades iraníes han procedido a la detención de unos setenta cristianos. Se me dirá que semejante acción no constituye una novedad y que, dentro del drama que significa la persecución generalizada que sufren los cristianos de cualquier confesión en las naciones islámicas, el episodio no tiene especial relevancia. Craso error.

La acción llevada a cabo por el Gobierno de Ahmadineyah indica que las autoridades islámicas sí que distinguen entre unos cristianos y otros y que además son conscientes de que sus ovejas, por denominarlas de alguna manera, no son impermeables al mensaje del Evangelio. En términos generales, las distintas confesiones cristianas no significan una amenaza para el monopolio islámico. La iglesia católica se conforma –y no es poco– con que le garanticen una situación en la que no quemen sus parroquias ni detengan a sus fieles. Para conseguirlo, ha aceptado en la mayoría de los casos no predicar un mensaje religioso a los musulmanes y limitar sus actividades al terreno asistencial. Eso si no se dedica a cantar las loas de Mahoma para conseguir que no asesinen a alguna monja o golpeen a un sacerdote. La obra social que realiza suele ser encomiable, pero, en términos religiosos, su peso para los musulmanes es similar al de una ONG. Las iglesias orientales – armenios, caldeos, coptos, ortodoxos... – procuran moverse en los estrechos límites que les marcaron hace siglos los gobernantes musulmanes a la espera de que no les pongan bombas como recientemente ha pasado en Irak o Egipto.

La única excepción a esa política de mera supervivencia la plantean las iglesias evangélicas. Éstas no sólo se dedican a proclamar el Evangelio a sus conciudadanos musulmanes sino que además lo están haciendo con eficacia desde hace décadas. A semejante tarea –que implica, literalmente, arriesgar la libertad e incluso la vida– contribuye el hecho de que su mensaje sea sencillo, de que no necesiten iglesias para reunirse, de que sus cultos se centran únicamente en la oración y el estudio de la Biblia y a que pueden reunirse clandestinamente por regla general en domicilios particulares. El crecimiento de los evangélicos en el mundo islámico constituye uno de los grandes fenómenos espirituales de nuestros tiempos y los dirigentes musulmanes no lo han perdido de vista aunque buena parte de la prensa occidental no se haya enterado. En el caso concreto de Irán, ha sido nada más y nada menos que el ayatollah Alí Jamenei, verdadero guardián de las esencias de la revolución islámica, el que hace unos días indicó el peligro que significaban los cristianos que se reunían en las casas y que están logrando que no pocos iraníes abandonen la fe de Mahoma para abrazar el cristianismo.

Semejante circunstancia resulta no poco inquietante porque demuestra, primero, que en un debate real el cristianismo se impone a las consignas islámicas en no pocos casos y, segundo, que esa circunstancia tiene lugar incluso cuando el que decide seguir a Jesús se juega, literalmente, la vida. La detención de esos setenta cristianos no es un aviso a navegantes sino parte de una campaña contra un enemigo al que se ve formidable. Desde luego es para mover a reflexión que, junto al poderío militar de Estados Unidos o la perseverancia nacional de Israel, el régimen de los ayatollahs crea que existe una amenaza formidable, la que constituyen los evangélicos que se reúnen en domicilios particulares. Sin embargo, no debería extrañarnos. El mismo imperio romano sabía también en el s. I lo peligrosos que podían resultar los cristianos que se congregaban en las casas.

El hombre nuevo

Agapito Maestre en Libertad Digital

Reconozco que el asunto Álvarez Cascos da un poco de vidilla al actual sistema de desgobierno que vive España. Pero, por otro lado, revela lo más podrido del sistema político. Muestra que el verdadero Rajoy no se entiende sin Zapatero. Uno y otro son intercambiables, porque los dos actúan implacablemente a la hora de eliminar al discrepante. Quien trate de salirse del pacto de las oligarquías entre partidos es eliminado. Rajoy incluso se expresa como el político más estalinista entre los estalinistas: sólo se interesa por el futuro. La prueba está a la vista en su declaración sobre la cuestión de Álvarez Cascos: "Yo, en este asunto, ya estoy en el futuro". Es lo mismo que contestaba Stalin al campesino: "El comunismo está en el futuro". A Rajoy le gusta la expresión sobre el futuro, de lo contrario no la habría dicho. Ay, amigos, el lenguaje siempre nos delata.

Rajoy posiblemente será el nuevo presidente del Gobierno, quizá gestione mejor los asuntos económicos que Zapatero, e incluso conseguirá que no se legisle contra la mitad de la población, pero no esperemos mucho más. ¿El PP es alternancia? Sin duda. Pero no tiene alternativa. Comparto, por lo tanto, la opinión de quienes consideran que la actual etapa histórica de España no corresponde a un régimen político, pues que eso significaría que existe algún orden político, sino a una extraña situación política, que ya es histórica, cuya razón fundamental es un sistema de desgobierno, organizado por una casta política para infantilizar y enajenar a lo que queda de Nación.

El consenso político entre las oligarquías de los partidos políticos al margen de la sociedad, e incluso de sus propios discrepantes, es la base de un sistema absolutamente corrupto. ¡Qué más da quien sea más corrupto! Como dijo Bentham al criticar la oligarquía inglesa de su época, ya sólo cabe distinguir entre partidos opresores y partidos depredadores. Pues eso, el PSOE es el partido opresor por excelencia, y el PP, especialmente a través de Rajoy, no deja títere con cabeza en su entorno. Captura y devora más, incluso quizá con más saña, que el todopoderoso Zapatero. Es absolutamente absurdo y cruel prescindir de alguien que llevaba toda la vida en el partido, independientemente de que él aplicara los mismos métodos. Pero es todavía más cruel y totalitario tratar de engañarnos con el futuro: el mito del hombre nuevo –"yo ya estoy en el futuro", es la frase más repetida de Rajoy desde el Congreso de Valencia– es una manera fina de acabar con cualquier idea plausible de presente, es decir, de política para aquí y ahora. Terrible. La democracia, en España, ya es sólo una aspiración de futuro.

Ser Alemania

Ignacio Camacho en ABC

No somos un país capaz de crecer por encima del tres por ciento cuando nosotros mantenemos crecimiento negativo (eufemismo piadoso: eso es decrecer). No somos una nación federal capaz de reconducir el peso de sus poderes territoriales. No tenemos una clase dirigente dispuesta a formar un gobierno de coalición de partidos mayoritarios para abordar reformas de interés público. No tenemos un siete por ciento de paro, y bajando. No compramos deuda sino que la vendemos. Y no lideramos nada en Europa salvo las estadísticas de desempleo. No, definitivamente, no somos Alemania.

Al enemigo, ni agua

Hermann Tertsch en ABC

Los judíos tienen que ser como los presentan los dibujantes antisemitas de los diarios españoles de izquierdas. Con nariz aguileña, levita y tirabuzones. O militares con cruces gamadas. Los españoles que viven allí podrían ser educados y hasta atractivos. Y no organizan flotillas con los terroristas de Hamás. Sospechosos. Y encima, muchos judíos. Judíos españoles, simpáticos, hablando bien de Jerusalén e Israel. ¿Adónde vamos a ir a parar? Al enemigo ni agua. ¡Fuera programa! Ayer, Televisión Española —donde los toros son la peor obscenidad y todos los curas, fascistas y maricones— anunció que retiraba el programa. Lo consigue el periodiquillo del zapaterismo juvenil y 170 protestas de amigos de Hamás. ¡Qué sensibilidad la de RTVE! Si tuviera la misma cuando protestan quienes están hartos de insultos a la religión católica o de aquelarres sectarios y revanchistas.

jueves, 13 de enero de 2011

Es un boicot del Gobierno de España

Cristina Losada en Libertad Digital

Aquella genial idea de Zapatero, los mil y un spots del Gobierno de España, acaba de traspasar nuestras fronteras. Gloriosamente. Y no para recomendar que saques tarjeta roja a los maltratadores, recicles la basura, te pongas el casco, reduzcas la velocidad o cualquiera de los otros mensajes destinados a "sensibilizar" a esos niños de guardería que son los ciudadanos españoles. Ahora, el Gobierno de España patrocina, a cara descubierta, con bandera, escudo y dirección ministerial, un boicot a los productos israelíes que se emite en la televisión palestina administrada por Fatah.

La historia es simple, tersa, increíble. Aunque previsible. El anuncio tiene lugar en una tienda de ultramarinos, un escenario popular. El tendero es advertido de que hay pasquines llamando a un boicot de los productos de Israel. "No puedo no traerlos. La gente los pide y en la mayoría de los casos son mejores que el producto local", replica el poco patriótico comerciante. Animado por el traidor, un niño pide una bolsa de patatas fritas israelí de una marca realmente existente. Con ella en la mano, va a salir, cuando se oye algarabía de disparos. El infante deja caer las patatas y sentencia, grave: "No quiero productos israelíes. Quiero productos palestinos". La decisión se rubrica con un texto: "No prolongues la vida de los ocupantes en nuestra tierra". Acto seguido, aparece el logo del Gobierno de España acompañado por su Ministerio de Asuntos Exteriores y su Agencia Española de Cooperación Internacional, más la firma de una ONG también española, ACSUR.

No se trata, precisamente, de publicidad subliminal. El spot es tosco en su asociación de los chips israelíes con la guerra y la represión contra los palestinos. En su mensaje final hay una incitación apenas velada. La instigación del odio hacia Israel y los judíos, con o sin llamadas al boicot, es una línea maestra de la propaganda mal denominada pro-palestina. Pero ¿cómo ha aparecido el Gobierno de España en tan infame ejercicio de antisemitismo? El embajador en Tel Aviv asegura que ha sido sin su conocimiento. Parecida respuesta ha dado el Ministerio de Exteriores a los escasos medios nacionales que se han interesado. La ONG se escapa por la tangente. Sí, pero ¿se financian con dinero público español groseras campañas contra Israel en Gaza y en Cisjordania? ¿Controla el Gobierno en qué se emplean las subvenciones que destina a la Autoridad Palestina? ¿Y las que concede a ONGs dedicadas a infligir su activismo político por el mundo adelante?

El Gobierno de España dirá circunspecto que entrega dinero a los dirigentes palestinos para el alcantarillado, el agua potable, la sanidad, las aceras. Pero cuando se financia a expertos en promover el odio, ocurre invariablemente que lo dedican a esa, para ellos, esencial actividad. No sólo es preciso investigar este concreto caso. Habrá que suspender las ayudas a las organizaciones responsables. Y establecer mecanismos de control. Máxime cuando el espíritu del anuncio guarda afinidad con los prejuicios anti-israelíes que dominan en la galaxia ideológica del Gobierno.

La tercera lección

Gabriel Albiac en ABC

Como todos los de mi edad, los que entramos en la edad de hombre con la primavera del 68, muchos años he vivido, sin saberlo, encerrado en el hermético sucedáneo de una religión: la esperanza política del revolucionario, el sueño perseverante de otro mundo menos hosco que éste de cada día. Pero «esperanza» es virtud teológica. Sólo la cercanía de la vejez me ha hecho atisbar el autoengaño. Nada salva. A nadie. En cuanto a la política, tiene razón Pascal: la política es manicomial y siempre condena: a ser malo, a ser necio, a vivir de ser malo y de ser necio. Es ahora el tiempo, desolado y lúcido de la tercera lección de Pascal en Vaumurier.

Los nuevos brigadistas

Rafael Martínez-Simancas en ABC

El cigarrillo electrónico no es cigarro, pero se le parece. Es lo mismo que le pasa a Pajín cuando quiere ser liberal; no lo es, pero ella cree que lo parece. Los cigarrillos electrónicos son tan ridículos como esas escopetas con tapón en la punta que se vendían en las ferias. Pero ya se sabe lo que pasa con las ideas tontas, basta con que alguien las ponga de moda para que luego el personal haga cola en las tiendas. También Pajín creía en las bondades de la pulsera magnética y dicen los científicos que si está de Dios que te tienes que caer, al suelo que vas. Esos cigarrillos electrónicos son chupetes para adultos. Sólo por acabar con un cacharro de esos entre los dedos es mejor no iniciarse en el «fumeque», madre de todos los vicios.

Para ayudar a que no ceje la voluntad del fumador y a que no se vuelva a hábitos funestos de su pretérito imperfecto, Sanidad anuncia que contratará nuevos inspectores que multen a tutiplén, serán una brigada de la colilla que irá por los bares oliéndole el aliento a la muchedumbre. Eche usted el resuello al señor inspector en la cara y tenga cuidado no le asome una hebra de tabaco en el jardín de los bronquios. A partir de ahora el que tosa tendrá que justificar que ha sido con el hueso de una aceituna o se verá ante una severa inspección sanitaria. El problema puede generarse cuándo deje de haber bares que permitan saltarse la normativa. A partir de ese momento tendremos a una brigadilla formada, instruida, pero aburrida como una ostra. Bien podrían reconvertirse en charladores de café, comadres del vermouth, unos tipos que entran en el bar y dan conversación a los clientes.

Esa brigadilla podría servir igual para narrar los últimos éxitos del Gobierno que para contar por dónde se pasa Zapatero la negociación con los sindicatos. Pero tendrían un gran éxito social si contaran lo de Shakira y Piqué. Cuidemos del interés general a la vez que corregimos los malos hábitos.

El facha expiatorio

Alfonso Rojo en ABC

No niegan que Jared sea un tarado más allá de cualquier categoría ideológica. Tampoco que hace tres años, cuando el Tea Party ni sonaba, topara ya con la policía por asuntos de drogas o que en su diario reflejase su paranoico deseo de provocar el caos citando a Nietzsche. Todo eso da igual. Los mismos que corren a subrayar que un tipo que dinamita un avión repleto de inocentes, gritando «Ala akbar!», convencido de que se va a gozar de 70 huríes en el paraíso de Mahoma y tras meses de inmersión total en la mezquita del barrio, no tiene nada que ver con el islam, sentencian ahora que la violencia verbal de los republicanos, sus feroces maniobras electorales para derrotar a candidatos demócratas, la matanza de Arizona y el balazo en el cerebro de Gabrielle Giffords son eslabones de la misma cadena.

Matanza y libelos

Charles Krauthammer en Libertad Digital

El origen de las alucinaciones del asesino de Arizona está claro: desorden mental. ¿Cuál es el origen de las de Krugman?

¿Las armas matan o disuaden?

Albert Esplugas Boter en Libertad Digital

La disyuntiva no es entre una sociedad en la que todos, criminales y gente de bien, están armados, y una sociedad en la que todos están desarmados. Cuando es ilícito portar armas sólo los criminales las llevan, pues el delincuente que en general no acata la ley no va ahora a acatar específicamente esta ley, mientras que el ciudadano común que sí la respeta va a permanecer desarmado. De modo que la verdadera disyuntiva es entre una sociedad donde criminales y ciudadanos de bien van armados, y una sociedad donde solo van armados los criminales.

Cartas desde mi celda

Luis del Pino en su blog de Libertad Digital

Querida Elena,

Acabo de salir de la cárcel, después de cumplir los sesenta días de reclusión. No sé qué te habrá contado Marina, pero lo que pasó es que, cuando estábamos los chicos y yo en la discoteca de Moratalaz, se me ocurrió liarme un cigarrillo. Y entonces un capullo que estaba esnifando unas rayas levantó la cabeza un momento y me vio dando una calada, así que me denunció al camarero. Unos puertas me acompañaron hasta la mismísima salida - mientras todos los clientes de la discoteca me insultaban - y allí se quedaron escoltándome para que no me lincharan, hasta que vino la pasma.

La estancia en la cárcel no ha estado tan mal. He conocido a algunos otros chavales majos. En mi módulo había cinco fumadores más y algunos condenados por otros delitos. A uno de los chavales que estaba allí le trincaron por comerse un bollo industrial a la puerta de una clínica de abortos; al parecer no se dio cuenta de que las clientas eran principalmente menores.

La desvergüenza habitacional

César Vidal en La Razón

Durante décadas, los ayuntamientos han torpedeado la liberalización del suelo, lo que ha tenido como consecuencia directa que el precio de éste subiera descontrolado, que no pocos políticos se hayan llenado bolsillos y maletines y que la vivienda, bien de primera necesidad, se haya convertido en inasequible para millones de españoles. Únicamente hubo un intento en la dirección de corregir semejante abuso y tuvo lugar en la época de Aznar, pero en esa ocasión, la nefasta alianza del PSOE y del nacionalismo catalán permitió que el Tribunal Constitucional decidiera que el Gobierno nacional no podía liberalizar el suelo y lograr la rebaja del precio de la vivienda, porque el suelo tenía que estar en manos de los gobiernos autonómicos y, en especial, de esa Cataluña que ya acumula el 38% de la deuda de las comunidades autónomas. Tras aquella sentencia, ni siquiera el PP se atrevió a impulsar por segunda vez la indispensable batalla de la liberalización del suelo y los resultados son obvios. Para beneficio de la casta política, los españoles pagan por el chamizo mayor o menor donde tienen que dar por sus huesos cada noche una cantidad que supera con mucho lo razonable y que, pasados aquellos tiempos en que se entregaba una módica entrega y se firmaban letras, les obliga a entregar a cualquier entidad crediticia el doble del ya astronómico precio de cada inmueble. No está mal, no, porque, como tantos otros abusos de la casta política –desmadre autonómico, privilegios de legisladores, liberados sindicales, subvenciones diversas…– este comportamiento ha contribuido y contribuye no poco al desastre económico e institucional en que nos hallamos metidos (nunca mejor dicho) hasta las cejas. Desvergüenza habitacional creo que lo llaman.

miércoles, 12 de enero de 2011

Siete años intentando engañarnos

Gabriel Moris en Libertad Digital

Nos acercamos al séptimo aniversario del mayor atentado criminal de nuestra historia. La motivación, utilización y aprovechamiento político del mismo siguen sin investigarse y, por lo tanto, lejos de esclarecerse. Seguramente se podrían hacer varias tesis doctorales sobre este hecho capital, pero ya no hay ningún interés político, ni siquiera intelectual, por investigar las causas y las consecuencias de la masacre que ha cambiado nuestro rumbo como país.

(...)

Todo lo que nos han contado sobre los atentados del 11-M es además de incompleto lisa y llanamente una mentira. Si mi afirmación fuera errónea, tienen muy fácil el demostrarme a mí y al alto porcentaje de españoles que no creen tampoco la versión contada, que existen pruebas incontrovertibles de la versión difundida, así como dándonos a conocer las lagunas existentes sobre autores materiales e intelectuales, las motivaciones del atentado, la trama y ejecución del mismo etc.

Retomando el aspecto político, sería harto interesante el explicarnos la actitud de nuestras autoridades respecto a ETA y al Reino de Marruecos.

Las fuerzas vivas del canon digital

Daniel Rodríguez Herrera en Libertad Digital

Las historias en que David triunfa frente a Goliat siempre son la mar de agradecidas. Pese a que los pequeños no siempre tengan la razón cuando se enfrentan a los grandes, hay una parte en nosotros que se alegra al comprobar que pese a la diferencia aparente de fuerzas el débil, ese con el que nos identificamos, puede salir victorioso. Excluyendo a los interesados, todos disfrutamos de esta sensación cuando una pequeña tienda de informática barcelonesa venció en los tribunales a la todopoderosa SGAE al declararse ilegal en la Unión Europea la imposición indiscriminada del canon digital.

Ana María Méndez, la propietaria de Traxtore, se dejó la piel y algo más en la batalla. Perdió una de sus dos tiendas y despidió a sus ocho empleados, convirtiendo su negocio en una empresa familiar en el más puro significado de la palabra: ya sólo ella y sus familiares trabajan en ella. Pero la sentencia es clara: el canon es legal –injusto o no es otra cuestión–, pero no puede justificarse que se cobre indiscriminadamente a todos, incluyendo organismos públicos y empresas. Al fin y al cabo, este mecanismo se justifica bajo la presunción de culpabilidad, asumiendo muy probable que vayamos a usar un disco duro o un CD para guardar pelis, y no puede aplicarse allí donde presuponer tal cosa resulta más bien ridículo.

Al comienzo de su calvario, Ana María Méndez fundó Apemit, una asociación que representa a las pequeñas empresas de informática como la suya. Ahora el Gobierno, forzado por su santa cabezonería, se ve forzado a rehacer la legislación que regula el canon. Se empiezan a acumular las denuncias de ayuntamientos y otros organismos exigiendo que se les devuelva el dinero ilegalmente recaudado, y no es cuestión de dejar pudrirse demasiado el tema, no sea que le hagamos un roto a las SGAE. Pero claro, a la hora de tomar una decisión, prefiere no hacerlo solo y ha decidido negociar con los implicados. Ana María, que es la única razón por la que se ven obligados a reunirse, no estará entre ellos.

Veamos, el canon lo pagamos usted y yo. Quienes más han sentido sus efectos han sido quienes venden productos gravados con él. Por lo tanto, ni los consumidores ni la tiendas serán consultados por el Gobierno.

¿Por qué habría de ser distinto el canon de la jubilación o la legislación laboral? Usted, que seguramente no esté representado por UGT ni CCOO, irá a buscar trabajo en empresas que seguramente no estén representadas por la CEOE. Sin embargo, ahí están, negociando en su nombre. Despotismo ilustrado, que se le llama.

Entiéndase. Estamos en una democracia, más o menos. Por lo tanto, quien debe tomar las decisiones es el Gobierno o el parlamento, dependiendo de qué estemos hablando. Si a los sindicatos, la patronal, las empresas tecnológicas o las SGAE no les gustan sus decisiones, que con su ajo se lo coman. ¿Qué se quiere consultar a los interesados a ver qué opinan? Se puede entender. Pero en tal caso lo lógico sería preguntar a los interesados de verdad, los ciudadanos que pagamos las consecuencias. Y parece claro que en este caso los más representativos son Apemit, la Asociación de Internautas o incluso la OCU si nos ponemos.

Aunque quizá sea mejor así. Al fin y al cabo, González-Sinde ya hizo en su día el paripé de reunirse con unos y otros para acabar pariendo su ley de cierre administrativo de sitios web, recientemente rechazada por el Congreso. Casi mejor que no disimule.

Los riesgos del adanismo presidencial

Pablo Molina en Libertad Digital

Los delincuentes suelen asociarse en bandas para perpetrar sus fechorías de forma más eficaz. También por un criterio de eficiencia, puesto que en grupo se pueden cometer delitos más importantes, con un botín mayor, empleando menos esfuerzos y rebajando el riesgo de que todos sus miembros sean detenidos. Los terroristas no son una excepción en su manera de operar respecto a cualquier pandilla que se dedique a la extorsión, el robo o el crimen más o menos organizado. Sí, es cierto que los etarras, por ejemplo, invocan la persecución de unos derechos históricos que le son negados de forma antidemocrática al pueblo que dicen representar para perpetrar sus fechorías, pero a efectos jurídico-políticos, es un argumento tan inconsistente como si una banda de butroneros justificara sus delitos con la existencia de una grave injusticia social en el entorno familiar de sus integrantes.

Resulta asombroso, por tanto, que los etarras se atrevan a poner condiciones al Estado de derecho para dar por finalizada su carrera delictiva, algo que no se le ocurre a ninguna partida organizada de delincuentes de los distintos ramos y procedencias que operan en España. Ninguna banda de albano-kosovares dedicada al robo a mano armada de casas de lujo, pongamos por caso, ha emitido jamás una nota de prensa, leída por tres elementos encapuchados, proponiendo al gobierno de un país un acuerdo para abandonar sus actividades. La ETA sí lo hace, pero es porque, al contrario que sus compañeros de afición, los etarras saben que el Gobierno está dispuesto a hacerle determinadas concesiones a cambio de que dejen de cometer delitos por una temporada.

En la lógica de los terroristas encaja perfectamente la facundia con que periódicamente se dirigen al "Estado español" (y al francés, de paso), puesto que durante años se les ha tratado como una parte cualificada de la sociedad vasca con la que hay que negociar para acabar con el problema del terrorismo. Si en ocasiones sus representantes son hombres de paz, a los que se les avisa incluso para evitar su detención por la policía, si hasta el órgano judicial encargado de perseguirlos y llevarlos a la cárcel se muestra dispuesto a enlodar los bajos de su toga, es lógico que más tarde emitan y lean en público una nota de prensa tratando de tú a tú al Gobierno legítimo de España.

El adanismo presidencial es patético en el orden social y muy dañino en el económico. Ahora bien, en el tema del terrorismo hasta Zapatero y Rubalcaba deberían comportarse con cierto sentido de Estado. Casi mil asesinados y sus familias no merecen menos.

Ha vuelto a suceder

Gabriel Albiac en ABC

Con tiempos casi calcados, a un año y medio de unas elecciones generales que se anuncian catastróficas para el PSOE de Zapatero, ETA vuelve hoy a jugar sus bazas. Que son idénticas a las de entonces. «Alto el fuego permanente» pero no definitivo, condicionado en su continuidad a la resolución de «las claves de la territorialidad y el derecho de autodeterminación, que son el núcleo del conflicto político». En términos casi idénticos a los de entonces, el gobierno responde con la retórica dual del «no es óptimo, pero sí bueno». Que formuló antaño Zapatero al contraponer los benévolos tiempos sin atentados a los años más duros; que, con más cautela, ha formulado esta vez Rubalcaba en su autoentrevista: «Si me preguntan ustedes ¿está usted más tranquilo hoy que ayer?, honestamente les diría que sí». El señor Rubalcaba y su «honestidad» sabrán por qué. Como el señor Zapatero y su sonrisa debían saber el porqué de su optimismo tan sólo unos días antes del atentado de la T4 en Barajas.

Ha sucedido de nuevo. Todo se repite ahora como un calco. Y es en esa repetición donde uno cree percibir el tintineante desasosiego de lo siniestro. ETA persevera en su identidad de siempre. Zapatero persevera en su infantil grandilocuencia. El ciudadano asiste a la farsa repetida. Y todo vuelve.

martes, 11 de enero de 2011

Proyecto Smiley

Carlos Rodríguez Braun en La Razón

Uno de los errores políticos de las últimas décadas, cometido en primer lugar por los propios socialistas, fue considerar a Smiley un Bambi, o un tontaina inofensivo, o un demagogo más. Es verdad que su aspecto y su retórica invitaban al equívoco: desde su sonrisa amable y perpetua hasta su lenguaje meloso de tolerancia y derechos. En realidad, se trata del peor presidente de la España democrática. Tal es el diagnóstico del libro breve pero enjundioso de Ignacio Arsuaga y M. Vidal Santos: «Proyecto Zapatero. Crónica de un asalto a la sociedad», publicado por Hazte Oír. Su tesis es que Smiley fue más allá que González, un gobernante siniestro pero que no se atrevió a atacar a la familia, la nación, la religión, la convivencia, la memoria, como lo han hecho Smiley y sus secuaces; aunque corresponde reconocer que éstos trabajaron sobre terreno conquistado, como en la educación, la cultura y las redes clientelares. Lo escalofriante de este libro es que sus autores no inventan nada: toman directamente las citas de los jerarcas socialistas y ahí está a la vista el plan totalitario de «transformación de la sociedad» desde el Estado, el único protagonista que concede derechos y determina morales. Nuestras hijas pueden abortar con facilidad pero tienen terminantemente prohibido fumar: si usted mantiene la suficiente serenidad como para escandalizarse ante tamaño desconcierto moral, apreciará el valor de este libro.

Se busca cuidadora

Alfonso Ussía en La Razón

Usabiaga lleva siete meses sin posar sus labios sobre la frente o los mofletes de su madre, y no hay derecho a ello, porque Garzón lo sacó de la cárcel para que procediera al acurruque materno, no para que se pasara todo el día tomando vinos con los etarras y los batasunos. En otros tiempos, un Garzón cansado de cuidar a la madre de Usabiaga podía dar un portazo, volver a la Audiencia Nacional y revocar su decisión. Pero hoy en día, Garzón tiene menos influencia en la Audiencia Nacional que este servidor de ustedes en el Ministerio de Sanidad y en el municipio de Benidorm, que son la misma cosa. Y Usabiaga se está aprovechando de la confusión imperante, incumpliendo sus obligaciones mientras negocia con sus amigos de la ETA y sin hacerle caso a su madre, que tanto lo necesita y añora.

Los de la boina

José García Domínguez en Libertad Digital

La única certeza verificable del videoclip de ETA, a saber, que aún no lucen maduros los gudaris para despegarse la chapela del cráneo, empeño que debería constituir el primer paso con tal de bajar algún día del monte. Y es que, ésa de la estética, no resulta cuestión baladí. Quítensele si no casquete y chirucas al carlistón que declama la cantinela del diálogo. Arránquensele a continuación los aretes que a buen seguro luce en ambas orejas. Depílesele el entrecejo. Desvélensele acto seguido las virtudes de la ducha, antes de rociarlo con un buen desodorante. Y por último, anúdesele al cuello una corbata de Hermès. ¿Acaso lo que resta tras el pulido no es un respetable catalanista pronunciando la enésima alocución institucional sobre el derecho a decidir? Lo dicho, que se operen de lo de la boina. Para empezar.

El precio de la nueva tregua-trampa ya lo estamos pagando

Editorial de Libertad Digital

Aunque muchos quieran hacernos creer que lo único que queda por dilucidar es cuál será el precio político que estará dispuesto a pagar el PSOE, lo cierto es que ese precio ya lo estamos abonando con el desarme del Estado de derecho ante ETA.

El comunicado auténtico

Hermann Tertsch en ABC

El comunicado auténtico, más claro y clásico, lo habían emitido bastantes miles de voces congregadas por ETA en Bilbao el sábado. A las que el juez Santiago Pedraz otorgó permiso para manifestarse porque consideró que los padres de los asesinos no pierden el derecho de reírse de las víctimas de sus hijos. «Sin amnistía no hay paz». Es decir: «Tuvimos y tenemos la razón para mataros. Dadnos lo exigido e impunidad. Si no, os seguiremos matando». Ese es el comunicado auténtico.

lunes, 10 de enero de 2011

El dengue debe esperar

Jorge Alcalde en Libertad Digital

Los expertos implicados en este tipo de investigaciones coinciden: a medida que los obstáculos tecnológicos para lograr mosquitos transgénicos se van reduciendo, aumentan los obstáculos políticos. Organizaciones ecologistas como Greenpeace se muestran contrarias a cualquier tipo de manipulación genética animal o vegetal sin ofrecer razones científicas de peso. Y la ciudadanía sigue siendo demasiado permeable a este tipo de soflamas. Una encuesta de Zogby International acaba de desvelar que el 60 por 100 de los estadounidenses está en contra de manipular mosquitos para erradicar enfermedades como el dengue o la malaria. Lo hacen, sin duda, en la seguridad de que son males que no suelen atacar a las ciudades ricas del norte ni afectar a los despachos con aire acondicionado en los que elaboran sus programas los dirigentes de Greenpeace. Pero las cosas pueden cambiar. Este año se han registrado casos de dengue en países tan ecológicamente correctos y tan poco tropicales como Holanda y Francia.

Las consignas ecologistas han impedido la erradicación del mosquito Anopheles causante de la malaria o la exportación masiva de cereal transgénico para alimentar a poblaciones hambrientas de Somalia y Zimbabue. Ahora vuelven a detener un avance fundamental, esta vez para acabar con el dengue.

Demasiado poder en manos de un grupo de opinadores para los que la enfermedad del ser humano no ocupa un lugar especialmente destacado cuando se trata de proteger a unos mosquitos.

Un país de acusicas

Pablo Molina en Libertad Digital

Los socialistas tienen unas exigencias morales muy elevadas. Hacia los demás, claro, porque ellos, en tanto que defensores de los principios más nobles, tienen carta blanca para actuar en forma contraria a la que pregonan sin que esa paradoja les suponga ningún dilema ético.

En lo que respecta al uso del tabaco, un progre fuma en su lugar de trabajo con la misma tranquilidad con que afea a los demás que hagan o permitan hacer eso mismo en su propiedad privada. Zapatero es un ejemplo, fumador vergonzante donde los haya, que según cuentan te vacía el paquete de cigarrillos a poco que te descuides para fumarlos de forma compulsiva escondiéndose de Sonsoles. O las ministras nombradas por el feminista, cuyas amigas, colocadas en el Ministerio para ahorrar en coches oficiales cuando las recogen a todas juntas a altas horas de la madrugada, tienen los santos pajines de publicar sus fotos en las redes sociales fumando como chimeneas.

Pues bien, mientras todos estos laicistas meapilas contravienen sus propias normas en lugares públicos pagados con dinero ajeno, exigen sanciones, cuanto más duras mejor, para aquellos que deciden hacer lo mismo en locales de su propiedad.

El asunto no tendría el menor interés si la sociedad rechazara con naturalidad esta hipocresía institucional. En el caso de los bares, restaurantes y similares, dado que no hay inspectores suficientes para vigilar 12 horas diarias todos los negocios hosteleros, sólo habría que tener la precaución de vaciar los ceniceros con cierta frecuencia por si en algún momento del semestre cae una inspección. Ahora bien, el socialismo corrompe moralmente a las personas de tal manera que no le resulta difícil contar con legiones de cipayos dispuestos a hacer de matones del Gobierno, denunciando a quien contravenga los decretos pajinianos que buscan convertirnos en españoles virtuosos aunque sea a la fuerza.

Pero vayamos con una anécdota para ilustrar la categoría. Servidor de Dios y ustedes participaba en cierta ocasión en un debate televisivo de una cadena autonómica que, como todas, acabará siendo cerrada y sus instalaciones desmontadas por una brigada de rumanos trashumantes. Pero a lo que íbamos. Mientras hablábamos de la crisis económica y proferíamos todo tipo de obviedades al respecto, hice una defensa a ultranza de la economía sumergida en tanto es la válvula de escape de la sociedad para sobrevivir a los rigores coactivos del Gobierno, especialmente en medio de un desastre económico como el que padecemos desde hace ya algunos años. Fue decir que los pequeños defraudadores que sobrevivían haciendo chapuzas eran unos héroes y casi venirse abajo el decorado de los gritos de las contertulias (eran todas féminas, toma ya igualdad) acusándome de desleal para con el resto de contribuyentes. Ahí se revelaron como unas chivatas dispuestas a denunciar al parado que realiza chapuzas a domicilio por estar "defraudando" a la hacienda pública, como si hubiera algo más noble en este mundo que engañar al fisco, especialmente si es socialista.

En fin, que los españoles somos muy dados a ponernos del lado de la autoridad aunque ésta busque consumar una injusticia, que por otra parte es lo que suele ocurrir cuando gobiernan los socialistas. Unas veces expropian un consorcio empresarial como Rumasa para venderlo por trozos a los amigotes y otras deciden qué deben poner las mamás en las mochilas de los niños para el cole o qué puede permitir a sus clientes un hostelero en el local de su propiedad; el caso es que son incapaces de dejar a la sociedad que se organice de forma espontánea.

En esto nos hemos convertido, en un corral de chivatos y delatores para personajes como la Pajín y encima ni siquiera cobramos por autodegradarnos de esa manera. España, el país que inventó la guerrilla y casi patentó el anarquismo. Qué vergüenza ¿no?

¿Libertad? ¿Para qué?


Escribe
José García Domínguez en Libertad (¡vaya por Dios!) Digital: "solo aquí cabría inferir que Locke compuso los Dos ensayos sobre el gobierno civil con tal de que la tropa pudiese exhalar alquitrán impunemente en tascas, ventorros y tabernas." Así como también: "Otro Johnson no menos lúcido, Paul, certifica a su vez que los adictos rehúsan admitir que el fumar, como pasear a los canes, es por su propia naturaleza algo que ha de hacerse al aire libre."

Comencemos por el final. Si fumar es algo que ha de hacerse al aire libre, ¿por qué se prohibe en tantos lugares, como, por ejemplo, las inmediaciones de colegios y hospitales? Me parece bien que no se permita fumar dentro, pero fuera... Con esta ley se conseguirá que no haya fumadores en las puertas de los colegios, pero seguro que los camellos seguirán estando presentes. Salvo que les dé por fumar, por supuesto.

Le molesta al señor Domínguez que "la tropa" pueda fumar en bares y restaurantes (¿"impunemente"? Tres cuartas partes del precio del tabaco, para el Estado. ¿Le parecerá poca penalización?), y es aquí donde está lo peor de esta ley. Tanto derecho tiene el que quiere comer sin humos, como el que quiere fumar después de comer. O tomándose un café o una copa. Y la mejor solución es que se permita a los propietarios decidir si en sus negocios se fuma o no se fuma. Y los clientes elegirían dónde entrar y todos tan contentos. Pero no... "Aquí" lo que nos va es imponer nuestro criterio y si para ello se ha de fastidiar media España (o la porción que sea), pues que se fastidie.

"Hasta los mesoneros más patibularios de su tiempo forzaban a los fumadores a segregarse en un banco a la intemperie. El lugar que les corresponde, por lo demás." Por lo que se ve, también es el lugar que les corresponde a la libertad y al sentido común en estos tiempos.

Guerra santa

Gabriel Albiac en ABC

Viernes de enero y lluvia. No demasiado frío. Anochece y París se ofrece al paseante: monumento musgoso, ajeno al tiempo. El paseante fantasea con la visión de Walter Benjamin acerca de aquellos revolucionarios que disparaban contra los relojes de las torres para detener el tiempo. Dice él que la revolución es tal paréntesis del tiempo suspendido. Pero Benjamin, ya casi póstumo, sabe que son las ciudades, no las revoluciones, las intemporales. Aunque, al final, como en el poema de Brecht que él glosara, de las ciudades acabe por quedar sólo «el viento que que las atravesó». O la lluvia. Ésta bajo la cual París reviste intemporal textura de Atlántida.

Desde el Marais, el paseante ha cruzado a la Isla de San Luis. Otro pequeño puente, y el ábside de Notre Dame, el juego de las sombras huidizas bajo la lluvia, le ofrece su refugio anímico: imposible mundo perdido en el cual se deja envolver. Mejor así: poco puede el presente confortarlo, confortar a nadie. El presente es sórdido y muriente. En la ciudad que fue, se tiñe de una melancolía dulce lo perdido. Oye entonces los cánticos, aún muy ténues, que le vienen de lejos. El paseante recuerda haber escuchado esos cantos en el disco de una monja libanesa: liturgia copta, tal vez el más antiguo resto litúrgico del cristianismo; bellísima arqueología que el paseante tan sólo está calificado para valorar como eso: no de este tiempo y bella. Se dirige hacia las voces en la noche anacrónica.

A la entrada de la plaza, ante el pórtico de la catedral, ve las primeras cruces. De madera, atravesadas por un lienzo, blanco o bien rojo, de brazo a brazo. Cientos de cruces. Portadas por cientos de personas que hablan una mixtura de francés con fuerte acento y de algo que el paseante cree reconocer, más en los rostros cetrinos que en la lengua, como árabe. En torno a una enorme pancarta, el coro persevera en la imponente serenidad del canto copto. El texto de la pancarta llama a salvar la vida de los cristianos egipcios. En su esquina derecha hay un retrato de Hosni Mubarak. Hace muy pocos días que veintiún miembros de la comunidad cristiana copta fueron asesinados por un yihadista suicida en Alejandría. Pero no es nada nuevo. Hace dos meses, la masacre fue en la catedral siríaca de Bagdad: cuarenta y seis muertos. Son las iglesias orientales las que pagan sobre todo. Nadie podría llamarlas externas o importadas a la tierra árabe. Coptos (más de diez millones), armenios (otros tantos), maronitas, melkitas, caldeos, bizantinos o siríacos estaban allí medio milenio antes de que el islam naciera. Pero en tierra de islam ninguna otra creencia puede con legitimidad permanecer viva.

Los cantos siguen. El paseante huye hacia el otro lado del Sena. Demasiado dolor y demasiado absurdo. Le viene a la cabeza que la Arabia Saudita que financia la erección de mezquitas en Occidente, es para el islam una gran mezquita toda ella, y que cualquier práctica religiosa no musulmana allí es blasfema y se pena con la muerte. Le viene a la cabeza que, desde noviembre, una campesina cristiana, Asia Bibi, aguarda en Pakistán a ser ahorcada por haber expresado su prefencia hacia Jesús frente a Mahoma... El paseante se pierde hacia Monparnasse y la ciudad que ama. E intenta olvidar todo.

Mi señora Leire

Juan Manuel de Prada en ABC

Cuando he visto a mi señora Leire anunciando una Ley Integral de Igualdad de Trato y No Discriminación (las mayúsculas que no falten) me he acordado de aquella impagable quintilla del gran Leonardo Castellani: «¡Igualdad!, oigo gritar / al jorobado Fontova. / Y me pongo a preguntar: / ¿Querrá verse sin joroba / o nos querrá jorobar?».

La salvación social-demócrata

César Vidal en La Razón

Tezanos ha abogado por una política realista de los partidos socialdemócratas que les permita sortear la actual crisis y, a la vez, no enfrentarse con sus bases tradicionales y verse triturados. Para alcanzar esa meta, Tezanos plantea aceptar la formación de coaliciones que puedan resultar extrañas para un votante medio de izquierdas, pero que lograrían que la carga de las reformas para enfrentarse con la crisis se repartiera entre las distintas fuerzas políticas. El enfoque de Tezanos me parece, con todos los matices que se deseen, digno de tener en consideración y me lo parece porque creo que con la tensión que ha creado ZP incluso desde antes de llegar al poder no existe actualmente un solo partido que pueda realizar las reformas con posibilidades de éxito. En el caso del PSOE, sus sectores más radicales lo impedirían y en el caso del PP tendríamos a unos sindicatos nada representativos, pero sí agresivos entregados al vandalismo para protestar contra unos pasos legales indispensables para que la nación no termine en la quiebra. Por añadidura, la clave de las reformas reside no tanto en los denominados recortes sociales como, según Bruselas, en nuestro absurdo sistema autonómico. Un Gobierno de coalición PP-PSOE, formado por técnicos, dispuesto a abordar reformas como las de las cajas de ahorros o el mercado de trabajo y, sobre todo, entregado a cara de perro a dejar reducido el estado de las autonomías a su expresión racional –que no es la presente– puede sacarnos de esa situación. Obviamente, esas reformas implicarían el enfrentamiento con los nacionalistas y con las castas regionales de los partidos, pero esos pasos son indispensables si se pretende que no acabemos en suspensión de pagos antes del verano y que todo se desplome. Con un Gobierno presidido por ZP o con Rajoy atenazado por el miedo a una respuesta de la izquierda más radical lo único que nos espera es la quiebra económica y el final del presente sistema constitucional.

Huelga de consumo

Carlos Rodríguez Braun en Libertad Digital

El sindicato CGT, Confederación General del Trabajo, convocó hace poco una "Huelga de Consumo contra el capitalismo". Explicó así sus razones:

Implica una apuesta por la austeridad, una apuesta por el reparto del trabajo y la riqueza, una apuesta por el decrecimiento, contra la ostentación, el lujo, el derroche, lo superfluo (...) Significa cambiar el orden de prioridades sobre lo que se debe seguir produciendo, en qué sectores seguir creciendo y en qué sectores es necesario decrecer, una reflexión sobre lo que se debe consumir, sobre la calidad de vida, sobre la soberanía alimentaria, sobre la procedencia de los productos que comemos.

Por empezar por el final: la "soberanía alimentaria" es una forma de llamar al proteccionismo en el comercio de los productos agrícolas, es decir, una medida que castiga universalmente a los pobres. En primer lugar, a los pobres de los países pobres, que podrían superar la pobreza si pudieran exportar sus cultivos hacia los países ricos. Y en segundo lugar a los pobres del mundo desarrollado, a quienes el proteccionismo castiga obligándolos a pagar más por sus alimentos. Que algo tan reaccionario sea demandado por unos progresistas sugiere que su progresismo es dudoso.

También es dudoso que sientan aprecio por la libertad de los ciudadanos, porque alguien les ha de imponer lo que tienen que producir y consumir. Pensar que se puede "cambiar el orden de prioridades" y al mismo tiempo dejar a los trabajadores en paz es asombroso.

Y asombra también que no hayan dedicado el más mínimo recuerdo a un sistema que hizo precisamente lo que ellos pretenden, un sistema que moderó el consumo, impuso la austeridad y decidió los sectores que debían crecer. No fue el capitalismo, claro que no. Fue, y es, el comunismo. De momento, los comunistas llevan cien millones de trabajadores asesinados para conseguir una sociedad más justa. Lógicamente, la CGT no ha convocado una huelga en contra de tan noble sistema.


El Tea Party no disparó a Gabrielle Giffords

Editorial de Libertad Digital

Ha bastado con que un desequilibrado disparase a la congresista demócrata Gabrielle Giffords y a la multitud que la rodeaba para que el griterío histérico de la izquierda occidental –cada vez más parecida en Estados Unidos y en Europa– se haya vuelto a escuchar con fuerza. Así, en pocas horas, cuando apenas existía información fidedigna de lo ocurrido, se construyó la delirante teoría de que el criminal, Jared Loughner, era un fanático seguidor del Tea Party y, muy en especial, de Sarah Palin, autora intelectual última del atentado.

Poco ha importado que Loughner tuviera entre sus libros de cabecera el Mein Kampf y el Manifiesto Comunista –escasamente favorables a los principios de libre mercado que propugna el Tea Party–, que sus compañeros de instituto lo calificaran como persona de izquierdas, que su odio declarado hacia Giffords se remontase a 2007, cuando ni el Tea Party existía ni Palin gozaba de relevancia alguna, o que el ala más radical del Partido Demócrata estuviera muy enfadada con Giffords por no haber votado por Nancy Pelosi como presidenta de la Cámara de Representantes.

Lo único que ha movido a una parte de la izquierda –que en nuestro país incluye a la práctica totalidad de los medios de comunicación– ha sido crear un muñeco de paja a raíz de un drama humano para poderlo instrumentar políticamente. No es que en España no hayamos padecido execrables maniobras parecidas, pero no convendría olvidar lo poco que algunos valoran su integridad en la arena ideológica.

domingo, 9 de enero de 2011

Lógico

Acusan a Sarah Palin y el Tea Party de inspirar al asesino de Tucson. Pero no es nada extraño. Al fin y al cabo, para los "progres" descerebrados, la culpa del 11-S es de Estados Unidos y la del 11-M, de Aznar. Nada nuevo, pues. La misma utilización de las víctimas del terrorismo o la locura (los libros favoritos del asesino eran Mi lucha, el Manifiesto comunista y Alguien voló sobre el nido del cuco; muy bien de la cabeza no creo que estuviera) para atizarle al rival político. Bochornoso.

La delación

Ángela Vallvey en La Razón

La corrupción moral que resulta de la denuncia anónima de supuestos «desviacionistas» de las normas impuestas por el poder, es tan tenebrosa como la que Orwell dibuja con maestría en su «1984», novela en la que nos avisa de los riesgos de la «policía del pensamiento» y la «neolengua». En «1984», George Orwell relata la historia de Winston Smith, un personaje que trabaja en el Ministerio de la Verdad y cuya función es «reescribir la historia» para hacerla coincidir con la versión oficial del Estado. Los otros tres ministerios existentes son: el Ministerio del Amor (que se ocupa de los castigos y más que nada de la tortura), el Ministerio de la Paz (rige los asuntos de la Guerra, y focaliza el odio y el miedo colectivos), y el Ministerio de la Abundancia (una especie de Agencia Tributaria encargada de mantener a la mayoría al borde de la subsistencia). Mientras, el Gran Hermano, temible icono de la propaganda oficial, vigila las actividades de la «ciudadanía» que carece de libertad de pensamiento y de derecho a la intimidad aunque sean miembros del Partido Único, bajo cuyas consignas viven, obsesos y alucinados. El resto de la población está formada por grandes masas de ignorantes aterrados por la política que han logrado tener más o menos los mismos derechos que los animales, por lo que pueden darse por satisfechos.

Orwell se inspiró en el nazismo, el estalinismo y la Guerra Civil española para escribir «1984». Su lectura es muy recomendable en estos tiempos en los que nos prohíben fumar (que es malo), a la vez que nos invitan a la delación del desconocido, el vecino o el amigo (lo que es peor).

sábado, 8 de enero de 2011

El nuevo juguete liberticida de Pajín

Editorial de Libertad Digital

Se ha extendido la opinión de que el Gobierno de Zapatero es un gabinete oportunista e incompetente que carece de dirección y rumbo. Sin embargo, lo cierto es que el PSOE zapaterista sí posee un marcado objetivo ideológico que sólo el intenso desgaste de la crisis económica ha logrado frenar parcialmente.

Desde un comienzo, los socialistas han tenido muy claro que su propósito era el de debilitar los vínculos de carácter privado que unen a la sociedad para sustituirlos por otros de carácter estatal que pudieran manejar y someter más fácilmente. Así, se ha atacado a instituciones tradicionales como la familia, el Ejército, la Iglesia o la idea misma de nación y se ha buscado el enfrentamiento y la división entre los ciudadanos (la última vez hace pocos días a cuenta de la exhortación a la delación de los fumadores).

El resultado de tales intervenciones ha sido una sociedad civil debilitada cuyas libertades pueden ser violentadas y cercenadas sin apenas oposición popular. Es en este contexto de una nueva vuelta de tuerca de planificación social liberticida en el que se inserta la Ley Integral de Igualdad de Trato y No Discriminación que presentó ayer Leire Pajín. Sería un error pensar que este tipo de iniciativas cumplen la función de una cortina de humo ante la crisis, pues, como decimos, no son la anécdota, sino la categoría de la acción de gobierno del PSOE.

La propia ministra de Sanidad ha reconocido que la finalidad de esta ley es "construir una sociedad que no humille a nadie". Sencilla fórmula en la que se reconocen dos rasgos propios de todo abuso estatista del poder: el colectivismo y el constructivismo. Lo primero porque presupone falsamente que es 'la' sociedad la que humilla a alguien, y lo segundo porque el acto de humillar podrá parecernos reprobable desde un punto de vista moral, pero no debería ser materia de sanción o regulación, salvo cuando esa discriminación vaya acompañada de violencia o incitación a la misma (esto es, por genuinas violaciones de derechos humanos).

Y si el hecho de que el Estado se ponga a perseguir actitudes que, en su caso, sólo deberían ser censuradas en el ámbito privado ya resulta una agresión a la libertad, tanto más lo es cuando los medios empleados para implementarlo también violan derechos tan básicos como la tutela judicial o la presunción de inocencia. Así, con tal de facilitar que cualquier sentimiento, fundado o no, de discriminación sea objeto de fiscalización, Pajín, por un lado, ha instaurado la prueba diabólica –la presunción de culpabilidad– propia de la Inquisición: es decir, la carga de la prueba recaerá sobre cualquier persona que sea acusada de haber discriminado a otra. Se asume, por tanto, que lo natural es que cualquier individuo discrimine y que tenga que ser castigado y "reeducado" por el Estado.

Por otro, la ley extiende y generaliza de tal manera las causas de discriminación –discriminación por asociación, error, múltiple, acaso discriminatorio...–, como para que casi cualquier comportamiento pueda ser sospechoso de discriminación. Es decir, no sólo se presume la discriminación allí donde ésta se denuncia, sino que se presume para casi cualquier comportamiento es discriminador.

Al final, que nos veamos censurados y reprimidos por hacer un uso legítimo y pacífico de nuestra libertad dependerá de la discrecionalidad del burócrata de turno, de su buena o mala voluntad y de sus prejuicios ideológicos. Un adoquín más en este edificio de inflación legislativa que confunde derechos con servidumbres y que coloca a toda la sociedad dentro del molde ingenieril y visionario de la izquierda autoritaria y antiliberal.

Una sociedad sin humos (pero ahumada)

Juan Manuel de Prada en ABC

Las últimas prohibiciones decretadas contra los fumadores nos confirman que el rasgo más distintivo de nuestra época es la conflictividad. Una conflictividad reglamentada hasta el más mínimo detalle que, con la disculpa de favorecer derechos y libertades individuales (en este caso, el sacrosanto derecho a la salud), va creando, mediante un profuso andamiaje legal, un clima de demogresca constante, de fracturas sociales insalvables que, paradójicamente, se disfrazan de «tolerancia». Pero lo que tan bella palabra encubre no es sino la atomización de la sociedad, la ruptura de todo vínculo de pertenencia a un cuerpo común; pues, a la postre, el único modo en que podemos «tolerarnos» los unos a los otros es mediante la segregación, que se disfraza de disfrute de una cuota de «libertad personal». Pero tal cuota de «libertad personal» no es sino la burbuja de nuestro aislamiento y desvinculación; y, en cuanto pretendemos abandonar esa burbuja, brotan enseguida las chispas. Esta conflictividad reglamentada, que sirve para definir las relaciones entre fumadores y no fumadores, sirve también para definir las relaciones entre hombres y mujeres, entre creyentes y descreídos, etcétera. El único modo de no molestar al prójimo consiste en segregarlo de nuestro horizonte vital, en recluirlo en su burbuja de «libertad», de modo que no interfiera en la nuestra; y así estamos construyendo una sociedad a la greña, erizada de alambradas, destinada tarde o temprano al canibalismo.

Una sociedad policial, en la que la supervivencia de nuestra burbuja de «libertad personal» se cifra en la vigilancia de la burbuja del prójimo. Y en la que, fatalmente, el prójimo que en su burbuja cultive hábitos o profese creencias que la mayoría repudia, acaba convirtiéndose en un apestado. La reclusión de tales apestados en un lazareto de ignominia y condena social se realiza, sin embargo, con escrupulosa «tolerancia»: a nadie se le prohíbe profesar ciertas creencias ni cultivar ciertos hábitos, siempre que tales hábitos y creencias no desborden los límites de su burbuja de «libertad personal»; pero tal burbuja será cada vez más angosta, cada vez más asediada de cortapisas, cada vez más sometida a escrutinio por reglamentaciones hostigadoras que irán cegando sus rejillas de ventilación. Así hasta que los apestados tengan que resignarse a la asfixia en su encierro; por supuesto, tal encierro les será muy tolerantemente aliviado, si se avienen a renegar de sus hábitos o creencias.

Quizá lo más espeluznante de este proceso no sea, sin embargo, la condena al ostracismo que se decreta contra los apestados, sino la alienación de una sociedad que se aviene a aceptar imposiciones que contravienen su ser natural, que reniega de su ser natural con tal de disfrutar de los dudosos bienes que le promete el ingeniero social. Y que así, por ejemplo, es capaz de renunciar a formas de convivencia pacíficamente arraigadas con tal de disfrutar de una quimérica promesa de salud. Que un pueblo que en otro tiempo se sublevó contra un edicto que pretendía recortar las capas acate estólidamente una ley que impide fumar en bares y restaurantes demuestra que vivimos en una sociedad sin humos; también en una sociedad ahumada de conflictividades latentes, que ha hecho del humo de la conflictividad el aire que respira y que acabará envenenada por ese aire fétido, mucho más letal que el humo del tabaco.

Cortinas de humo

Tomás Cuesta en ABC

El Gobierno procede en sus funciones como un simio con un compás. Hay algunos otros modos de entender la soberbia con la que personalidades competentes socialmente como Pajín, Jiménez o Salgado, todas ellas implicadas en la novena antitabaco, convierten sus manías en decretos, pero en esos secretos sólo está don Alfredo, a quien las cortinas de humo de sus paridades le facilitan la cobertura imprescindible para tantas alquimias. Lo que se ve a simple vista es la mano dura de una institutriz austriaca frente a la que no hay excepciones que valgan, dado que la causa general de las disposiciones contra los fumadores no es el desvelo por su salud. Ni tampoco la protección de los conciudadanos pasivos, cuya teórica condición de víctimas parece a ojos de las ministras más digna de conmiseración que la de los socios de AVT. Nada de eso. Al Consejo de Ministros lo que le reta es el cumplimiento riguroso de sus delirantes disposiciones, el montaje de un circuito de fichas de dominó para gozar con las vistas del desplome provocado por un solo dedo. La voladura controlada del sector hostelero ofrece, al parecer, coreografías sociológicas cuya estampa debe ser del agrado del Gobierno, para su mayor solaz, vamos.

La ley contra los fumadores forma parte del verdadero legado de Zapatero y sus colaboradores (semejante obra es inabordable en solitario), una colección de artefactos, un compendio de normas, en algunos casos legales, que abarca dislates tales como el propósito de extender los derechos humanos a los primates, colocar por orden alfabético los apellidos de los españoles, adoctrinar a los niños con el bodrio totalitario de «Educación para la Ciudadanía», regalar piruletas y pastillas abortivas, prohibir crucifijos y belenes y ahora eliminar, como sea, a los fumadores y los bares, de golpe, dos por uno y más barato que en Andorra.

En contraste con los fumadores, otros gremios de la mala vida disfrutan de condiciones que nunca hubieran imaginado en un país por decir católico o, por lo menos, de sustrato monoteísta. Proxenetas, clientes de prostíbulos, jugadores, partidarios de las esferificaciones, bebedores compulsivos y otros notas potencialmente más peligrosos, incluso para sí mismos, que los adictos a las hebras disponen de una oferta creciente y crujiente. Cualquier timba es legal, hay más güisquerías de guardia que farmacias, la tolerancia con las drogas ilegales deja perplejos a los capos de las mafias de medio mundo, España es considerado un paraíso judicial y penitenciario para los delincuentes de la peor calaña y los traficantes de esclavas celebran sus simposios en Barajas. La pericia con la que el Gobierno gestiona su incapacidad para afrontar los problemas de orden moral y público es colosal, que diría Pla con una tea entre las uñas. Sólo que esta vez, el disimulo no sólo es un ataque a la libertad de los fumadores (un «derecho» entre relativo y prescindible) sino al bolsillo de miles de empresarios y trabajadores cuyos ingresos decrecen al mismo ritmo que aumenta la satisfacción de la titular de Sanidad ante los efectos de la aplicación por narices de su realísima gana e intransferible voluntad. Que bares y restaurantes estuvieran medio vacíos se debía a la crisis y no precisamente a un cambio de las costumbres locales, de tradición meridional. Que estén desiertos es culpa del Gobierno, incapaz de planear una estrategia sanitaria factible y muy capaz de llevarse por delante cientos de miles de empleos. Por no hablar del frío.

Quien calcula compra en Sepu

Ignacio Ruiz Quintano en ABC

Estamos en 2011, que es el año internacional de la química, y Rubalcaba es químico. Alfredo, el químico. ¡Anda que no da miedo eso! Solana era físico y miren cómo dejó de bombas Belgrado. Rubalcaba es químico y miren cómo tiene de sorchis el aeropuerto de Barajas.

A Rubalcaba la química le sirve para resultar atractivo en los círculos mundanos. Por ejemplo, en la Pascua Militar, de la que se ha llevado todas las fotos. Debía de resultar gracioso comparando en cada corrillo la tabla periódica con un paquete de «Ducados», que es lo moderno, pues no vamos a hablar ahora de la época de la cal viva y de la cal muerta.

—En la opinión pública contemporánea —nos recuerda Peter Sloterdijk—, son los químicos los descendientes tipológicos del diablo. Sólo sorprende el hecho de que los químicos no caminen arrastrando un pie.

¿Es Rubalcaba un diablo?

Ya le gustaría, para poder seducir a Ana Belén, que no sé si seguirá siendo la musa de este Cromwell de Solares que presume de comprar en Sepu porque calcula.

—Porque yo no soy tonto.

Y la prueba de que no es tonto es que, menos en las cárceles y los manicomios, ha puesto al Estado a perseguir a los fumadores, como hacían las beatas de rosario de cuentas de lapislázuli. ¿Qué es más fácil, perseguir a un fumador para meterle la nariz en la boca y la mano en el bolsillo o perseguir a las autoridades que no cumplen la ley de banderas, a los caciques que firman peonadas falsas, al fontanero y al dentista que te cobran sin factura, a los montillejos que se encampanan contra el Supremo por la cosa lingüística...?

—Yo invito a todo el mundo a denunciar a los fumadores —proclama a lo Queipo en la radio de la Gran Vía ese personaje simpático que compone Hipatia de Benidorm, madrina de nuestros chotas y membrillos.

¡Ah, la sensibilidad! Tú sueltas a Foxá en La Habana y se pone a discurrir qué hubieran hecho los clásicos ante el tabaco: Aristóteles, enaltecerlo, y Diógenes, denigrarlo.

—Porque el tabaco simboliza frivolidad y vida galante; es heráldica del pecado.

En la misma situación, sin embargo, Hipatia de Benidorm se queda con los chotas y membrillos de los Comités de Defensa de la Revolución, CDRs, y lo bien que le vienen a ella para perseguir a los fumadores, una vez que los militares andan ocupados controlando a los controladores del cielo.

Lo del diablo de Rubalcaba no, pero lo de Hipatia de Benidorm es una licencia literaria, como sabemos por el paisano del mármol egabrense, Carmen Calvo, don Juan Valera, que escribió a su amigo Menéndez Pelayo: «Aquí no hay Hipatias, ni Lidias, ni judías elegantes con quien tratar. No hay más que cristianas católicas, feas por lo común y poco aseadas.»

Que son las que más prohíben fumar, claro.

viernes, 7 de enero de 2011

Lo ha dicho la tele

Pablo Molina en Libertad Digital

A los españoles nos gusta tener políticos que dirijan nuestras vidas y los socialistas no están dispuestos a que experimentemos ninguna necesidad en ese terreno. Somos un pueblo con mucho apego a la autoridad, a la que pedimos permiso hasta para ir a los toros "si el tiempo no lo impide". Desde el espadón decimonónico hasta el demagogo contemporáneo, al español le gusta que le digan qué puede o no hacer con su vida y sus propiedades, aunque luego se desgañite en la taberna contra las coacciones puestas en marcha por esos mismos políticos, a los que previamente ha concedido el poder de regular prácticamente la existencia misma de la sociedad.

En estas circunstancias la televisión juega un papel adoctrinador esencial, consistente en macerar a los ciudadanos con un bombardeo constante de mensajes que señalan la existencia de un problema –la mayoría de las veces irreal, pero eso es lo de menos–, a continuación muestra a las supuestas víctimas apelando al sentimentalismo más cutre y finalmente señala a los culpables a los que, por supuesto, se les niega la defensa. La necesidad de que el Gobierno reprima a estos últimos es una conclusión que el espectador alcanza por sí sólo a poco que frecuente las cadenas generalistas.

El consumo del tabaco, la obesidad o los problemas medioambientales son tres ejemplos interesantes de la forma en que funcionan los grandes medios en colaboración con el aparato coercitivo del Estado. Probablemente hace veinte años hubiera sido imposible poner en marcha una ley que prohibiera fumar en lugares privados como bares o restaurante porque, entre otras cosas, nadie la hubiera acatado y eso sin contar con que el partido político autor de la norma hubiera perdido un río de votos en los siguientes comicios. Lo mismo cabe suponer respecto a las restricciones al consumo de bollería en los centros educativos o las dimensiones de las hamburguesas en los restaurantes de comida rápida. En cuanto al medio ambiente, es difícil que se hubieran aceptado coacciones de todo tipo como las que padecemos, pagando un altísimo precio para evitar un supuesto problema como el absurdo calentamiento global que nadie en sus cabales debería haberse tomado en serio jamás.

Sin embargo, han sido tantas las horas de televisión, asombrosamente el medio de mayor credibilidad ("lo ha dicho la tele"), tantos los programas de radio y tan caudalosos "los ríos de tinta" vertidos para denunciar estas "lacras sociales" desde todos los puntos de vista posibles, sin obviar los más bizarros, que cuando el Gobierno ha decidido imponer unas brutales restricciones a través del BOE apenas nadie ha rechistado.

Tres restaurantes en toda España en cuanto al tabaco, ninguna mochila infantil con el nutritivo donut y sólo una asociación privada denunciando el infame protocolo de Kioto. Este es el saldo de los que defienden la libertad en nuestro país. Normal que hasta Zapatero se haya podido convertir en nuestro presidente.