lunes, 6 de junio de 2011

El caso del pintor inexistente

Curioso e inquietante caso el que narra Rafael Argullol en El País:

Los pasados 10 y 11 de mayo, y como Subasta de Primavera, una de las principales firmas de Madrid dedicadas al mercado del arte, sacó a subasta el cuadro de un extraño pintor. La obra, cuyo número de lote era el 783, se llamaba El estudio del pintor y era un óleo sobre tablex cuyas medidas eran 45 por 37 centímetros. Estaba firmada al dorso y fechada en 1986. Hasta aquí nada especialmente reseñable, una pieza más de las cientos que se subastan cada año. Lo único insólito era que el autor del cuadro respondía al nombre de Rafael Argullol, es decir, mientras no se demuestre lo contrario, yo mismo, sospecha que aumentaba al comprobar que los datos biográficos eran exactamente idénticos a los míos. Por desgracia, en mi vida he sido incapaz de pintar un cuadro.

La curiosa historia había empezado el 8 de mayo cuando, estando en Bogotá, recibí un SMS de una amiga holandesa, marchante de arte, a la que hacía años que no veía. Me informaba, con cierta irónica malicia, que un cuadro mío había salido a la venta en una casa de subastas de Madrid. Como me ofrecía todos los datos necesarios, al volver de Colombia busqué en Internet la misma fuente a la que había accedido mi amiga, con la certeza de que esta se había equivocado. Pero no, todas sus informaciones salían reflejadas en la pantalla: los días de la subasta, el número de lote, las medidas de la obra... Junto con la casa de subastas aparecía la autoridad de un art magazine -de nombre paradisiaco- que, según deduje, tenía un amplio alcance internacional. En la pantalla quedaba claro que Rafael Argullol era un pintor consolidado y con cierta reputación pues brotaban cosas como "próximas subastas de obras de Argullol", "noticias de actualidad sobre Argullol" e incluso un emocionante titular que contemplé con legítimo orgullo: "obras de Pablo Picasso y Rafael Argullol". De repente, de la noche a la mañana, me había convertido en un prestigioso pintor, o más bien, como se insistía en la pantalla, con sutil italianización, pittore.

Y entonces brotó también la imagen. Me preocupaba, la verdad, el cuadro que yo, como pittore, había pintado en aquel ya lejano 1986. ¿Sería un monigote cualquiera?, ¿sería, si no una obra maestra, sí al menos algo presentable, algo que pudiera enseñar sin rubor a mis amigos? Como me temía lo peor, cuando tuve mi cuadro ante los ojos sentí un cierto alivio. No era desde luego una obra maestra, pero tampoco era uno de aquellos espantapájaros que en los años ochenta se fabricaban por miles. Estudié cuidadosa-mente la obra que yo, en un rapto inconsciente, había pintado hacía un cuarto de siglo y, de pronto, encontré una explicación al hecho de que se me presentara como pittore.

Me di cuenta de que no solo me había transformado milagrosamente en pintor sino que, en realidad, era un pintor italiano, más bien de la primera mitad de la pasada centuria. Cuanto más obsesivamente examinaba el cuadro -mi cuadro- más me convencía de que allí se delataban claras influencias transalpinas. A veces veía la mano de Giorgio Morandi; a veces, la de Umberto Boccioni e, incluso, no sería descartable el influjo del propio De Chirico. Decididamente, El estudio del pintor, aunque fuera mi único cuadro, era una obra importante, una pintura compleja en la que resonaban, algo tardíamente, eso sí, los ecos de grandes maestros. En aquellos días de 1986 yo me debí convertir, seguramente, en un medium de aquellos sobresalientes artistas y en estado de conmoción, o de éxtasis, ejecuté, sin apercibirme racionalmente, este cuadro que, también sin mi conocimiento, había salido a subasta en Madrid.

De hecho todo encajaba. ¿No era acaso el tema del "taller del pintor" uno de mis temas favoritos en la historia de la pintura? Vermeer, Velázquez, Courbet, el propio Picasso, al que tan inesperadamente ahora acompañaba en un catálogo. No era de extrañar, pues, que en el momento de ser empujado por las oscuras fuerzas de la inspiración a acometer la única pintura de mi vida hubiera escogido aquel asunto, y El estudio del pintor se erigiera, así, en un manifiesto de mis propios deseos. De otra parte, no pudiendo negar que cada uno de nosotros aspira a lo que no tiene, o a lo que la naturaleza le ha vedado, hay una lógica implacable en el hecho de que el pintor quiera ser músico, el músico se deleite con la idea de ser escritor, y el escritor sueñe con ser pintor. Mi sueño se había cumplido gracias a que una vieja amiga holandesa me había informado de una subasta en la que se ponía a la venta un cuadro mío. Soy el autor del -para mí- ya famoso El estudio del pintor.

Sin embargo, como no soy el autor de ningún cuadro, ni siquiera de este, y como sé con toda seguridad que no estoy dotado para la pintura, aunque sea bajo un estado extático, el sueño también puede derivar fácilmente hacia la desagradable pesadilla. Si es tan fácil usurpar la identidad de alguien, crearle un oficio, y hasta atribuirle una obra determinada que nunca realizó, resulta asimismo muy sencillo atribuirle la vida que no tuvo y juzgarlo por actos que jamás cometió. Evidentemente las falsificaciones en el mundo del arte siempre han sido moneda corriente, al igual que los plagios en literatura. Pero el caso de El estudio del pintor es bastante singular y se incrusta, no tanto en la larga tradición del falso artístico, sino en nuestra tendencia contemporánea a crear existencias falsas, a partir del acoplamiento de distintos fragmentos suministrados por las casi infinitas redes de información a las que cualquiera tiene acceso.

Como me cuesta creer que alguien haya inventado mi condición de pittore de manera preconcebida, dada la nula rentabilidad comercial de dicha operación, quiero pensar que todo es el fruto de un monstruoso equívoco: monstruoso en el sentido estricto que esta palabra podía tener para aquellos maravillosos taxidermistas de Macao y Singapur que, en la segunda mitad del XIX, construían nuevas especies a partir de animales distintos para satisfacer la furia darwiniana de los museos occidentales. El resultado era una criatura falsa forjada a partir de piezas verdaderas. A El estudio del pintor, mi pobre cuadro, le ha pasado lo mismo. Alguien lo ha arrebatado a su autor material -sea quien sea este- y, tras cambiar mi oficio, me lo ha adjudicado a mí. Todo es falso y todo es verdadero al mismo tiempo: como lo eran los centauros y las quimeras. En un horizonte repleto de plagiarios impunes, naturalmente escudados en el anonimato del denominado "mundo virtual", ¿tienen relevancia la torpeza de un art magazine o el descuido de una prestigiosa casa de subastas? ¿Son realmente torpeza o descuido?

Mientras respondo a este interrogante me muevo en un dilema: ¿debo, de acuerdo con la pesadilla, arremeter contra la impunidad de los autores del desaguisado o, por el contrario, rendido al dulce sueño de haber conquistado de golpe el título de pittore, debo considerarme el artífice de un cuadro que, para ser el primero, no es nada despreciable y me anuncia una prometedora carrera?

domingo, 5 de junio de 2011

Organizar las cabezas

José Jiménez Lozano en La Razón

Lo que hacen los totalitarismos, por su naturaleza misma de constructores de una granja humana, es sustituir el saber con el rebajamiento del nivel de instrucción tal y como en «Los demonios» de Dostoievski lo había formulado el siniestro sistema de Chigaliov: «Cicerón tendrá la lengua cortada, Copérnico los ojos saltados, Shakespeare será lapidado ¡He aquí el chigaliovismo! Los esclavos deben ser iguales, y todos los esclavos son iguales en la esclavitud... La primera cosa que hay que hacer es rebajar el nivel de instrucción de ciencias y de talentos». Esto es, conseguir la nivelación general obligatoria. Y ya fueron terribles las consecuencias de estos manejos de unos y de otros, al convertir aquello tan hermoso y esperanzador para nuestros abuelos ilustrados, que era la enseñanza primaria universal, «en el instrumento más eficaz del dominio del Estado, (que) ha servido para la militarización de las masas, y ha expuesto a millares de personas a la influencia facilísima de la mentira organizada, y a la seducción de distracciones continuas, imbéciles, y degradantes», como explica Aldous Huxley.

Pero las cosas son aún más fáciles cuanto que en este sistema «chigaliovista», antes de haber saltado los ojos a Copérnico y haber cortado la lengua a Cicerón, se ha ordenado tomar la cicuta a Sócrates, y, desde luego, se ha desacreditado hasta la irrisión a Descartes, y a Spinoza, y a los otros, como viejos títeres que se hubieran descabalgado de una representación teatral ya caduca y risible. Y lógicamente, se prescinde en absoluto de la apelación a la razón discursiva, y se la sustituye por la implantación de una ideología o cualquiera otra razón instrumental, perfectamente adaptable, y hasta seductora. Pero esto ocurre, y sólo puede ocurrir, si antes se ha impedido el encuentro con la historia del pensamiento, con la razón metódica que gobierna y es la última instancia del conocimiento, y si no se han hecho las cuentas con aquellos rostros pálidos pensantes, y con esa razón implacable.

Hasta en un plano empírico y político es entonces perfectamente verificable que ese nuestro hablar nos miente, según Montesquieu nos avisa, cuando comenta el reinado de Augusto y escribe: «La tiranía se fortifica, no hablamos más que de libertad». Porque a este socaire retórico, nadie piensa, nadie pone en cuestión, nadie sospecha que este hablar unidimensional, y tal palabrería es puro dormitivo del pensamiento y del contraste real de los pensares por lo tanto; y la tiranía triunfará.

Es una obviedad la condición semi-vergonzante o de desdeñosa secundariedad de los estudios llamados equívoca y nada significativa «humanísticos», en la enseñanza media. Es aquí en el tiempo de estos estudios donde se organizan las cabezas con el ejercicio de un método del discurso y de unas «reglas para la dirección del espíritu»; o, por el contrario, sobreviene el caos racional producido por su ausencia, un hecho tan atroz en nuestro tiempo que permite a Michael Burleigh establecer una espantosa relación entre la superabundancia de estudiantes italianos universitarios y el terrorismo de las Brigadas Rojas, que inocentemente había sido entendido por buena parte de sus componentes como un «happening» o carnaval de protesta contra lo establecido, simplemente por estar establecido.

Y porque no se había entrado a formar parte del mundo del espíritu y la santidad de la inteligencia que Werner Jaeger había llamado la «apostura interior», que permite simbolizar lo real, y ser y comportarse de un cierto modo, aprendido y conformado, que es lo propiamente humano. Y era algo que ya quedaba incluido en la «Lógica de Port-Royal», el primer discurso de la cual subraya la obligación de «ser justos, equitativos, juiciosos, en todos los discursos, en todas las acciones y en todos los asuntos que se manejan, (y) por tanto, en ella todos han de ejercitarse y formarse». E incluye desde luego el saber distinguir, como decía don Antonio Machado, entre Julio César y Julián Cerezas, porque no son iguales, pero luego descubrirse ante ambos porque los dos son hombres y exigen un mismo respeto.

No son asuntos tan fáciles.

Edimburgo

Alfonso Ussía en La Razón

Me ha divertido mucho el reportaje de Begoña Pérez publicado en la Otra Crónica del diario «El Mundo» acerca del duque de Edimburgo. Hoy es domingo y los lectores merecen otra cosa que no sea política. A Edimburgo lo conocen en Inglaterra como el «Duque del Peligro», porque sus salidas y entradas nunca se ajustan al protocolo. Días atrás, por un simple chorreo del Rey a un grupo de periodistas se armó la marimorena en España. Si hace lo mismo que el duque ya estaría Almudena Grandes y sus huestes cejeras preparando el asalto a la Zarzuela. Una reja separaba a los informadores de la comitiva Real. La Reina Isabel II marchaba en cabeza, y su marido, como siempre, a dos pasos medidos. Cuando nadie lo esperaba, Edimburgo se sacó de la manga una bolsa de cacahuetes y se los tiró a los periodistas como hacen los niños con los monos de los zoológicos. Allí tienen más sentido del humor y la sangre no llegó al Támesis.

El duque de Edimburgo – «no soy nada, sólo un maldito parásito»– siempre ha destacado por su ironía y sentido del humor. El Presidente de Nigeria visitó a la Reina y su marido en el Palacio de Buckingham. Iba vestido con el traje tradicional nigeriano. «Parece que está usted listo para irse a la cama», le comentó el duque. La Reina se interesó por un ciudadano con problemas visuales. «¿Le queda algo de vista?»; el ciudadano se disponía a responder cuando se oyó la voz de Edimburgo: «No mucha, a juzgar por su corbata». Eran tiempos de la Guerra Fría. El Muro aún no había sido derribado. Se programó un viaje oficial de la Reina Isabel y el duque de Edimburgo a la URSS. Un comentario de Edimburgo echó por los suelos todos los planes: «Me encantaría visitar Rusia, aunque esos bastardos asesinaron a la mitad de mi familia». Lo malo, o lo bueno, es que era verdad.

Mi inolvidable e inolvidado Santiago Amón acostumbraba a reconocer su admiración por el duque porque nadie como él sabía mantenerse erguido cuando se ponía todas sus condecoraciones. «Me las pongo para que vean que todavía soy alguien». En sus viajes oficiales a los países de la «Commonwealth» Edimburgo es un constante peligro. Al Gobernador de las Islas Caimán: «¿No son ustedes descendientes de los piratas?». A un jefe aborigen en una visita a Australia: «¿Todavía arregláis vuestros problemas a lanzazos, flechazos y cachiporrazos?». Al saludar a una mujer en Kenia, ataviada a la usanza de aquel precioso país: «¿Es usted una mujer, verdad?». A una deportista que consiguió atravesar de norte a sur la isla de Papua: «¿Cómo has conseguido que no te coman?». En una reunión de amigos, respondió así a uno de ellos que se interesó por la Reina Isabel. «Es leal, estricta y ordenada. Y manda mucho. Como siga así, voy a tener que decirle que se vaya de casa». Eso se lo adjudicó como autor, años más tarde, Jesús Aguirre para referirse a la duquesa de Alba: «Cayetana está últimamente muy nerviosa y le he dicho que, o cambia, o se tendrá que ir de casa».

A sus noventa años asiste a todo lo que el protocolo le exige, aunque se pase el protocolo por las medias en las que luce su Jarretera.No puede dominar sus deseos de divertirse y hacer más difícil la fría armonía de la Corona británica. Aquí en España, le pondrían en la boca un esparadrapo. No aguantamos ni una. Eso, nuestro dogmatismo, siempre reñido con el sentido del humor.

Inquilinos del poder

Ángela Vallvey en La Razón

Si fuésemos de verdad tan adelantados como presumimos, cada vez que un partido político accediera al poder se comprometería honorablemente a dejar la cosa pública al menos en el mismo estado que la encontró (descontando un razonable desgaste por el paso del tiempo), tal como se hace con el alquiler de inmuebles en los países avanzados. No tendrían ni que ponerlo por escrito: su probidad y su virtud serían suficiente garantía. Y el edificio de la cosa pública, del Estado, no sufriría los graves deterioros que, a ojos vista, está padeciendo. Los ocupantes de la bancada del poder suelen acomodarse en él como un inquilino incivil en un apartamento barato y descuidado. «Y qué más da, si no es mío y, además, ya estaba hecho polvo cuando yo llegué…», parecen pensar. Luego se quejan de que los contribuyentes los llamen «la casta» y se produzcan «peligrosos» movimientos de opinión que reniegan de los políticos y de sus privilegios. Y se extrañan cuando los propietarios-ciudadanos los ponen de patitas en la calle, hartos de tanto destrozo en su propiedad, pese a que muchos deterioros los diesen por supuestos.

Pulgatorio



Viñeta de Montoro en La Razón

Indignados

José María Marco en La Razón

En 2000 la Real Academia de la Historia fue objeto de un duro ataque en respuesta a un informe que la propia Academia había elaborado sobre la enseñanza de la historia impartida en los centros de enseñanza media. Desde entonces, la Real Academia se ha abstenido de intervenir en las polémicas que han cambiado la percepción que los españoles tienen de su propia historia. La abstención no dice mucho de la gallardía de los académicos, ni de su consideración para con los que han vivido las polémicas en primera línea. Tal vez la prudencia haya hecho posible que después de casi trescientos años de existencia la Academia haya elaborado al fin un Diccionario Biográfico que esperamos sea pronto publicado en Internet, para ser consultado por todos. Mientras tanto, algunas de las entradas del nuevo Diccionario –no todas– han suscitado la ira de los guardianes de las esencias de la historia oficial. Se ha llegado a hablar de destruir esta edición, como en los buenos tiempos de la Inquisición y del estalinismo. En la ofensiva ha participado toda la tropa progresista, abundante, bien cuidada y entrenada en estas lides. La sobreactuación indica que estamos ante una farsa propagandística o una provocación, de las muchas que vamos a sufrir en los próximos tiempos ante el éxito electoral del PP. Convendría no empeñarse en responder. Por otra parte, los apuntes de independencia del Diccionario evidencian que los guardianes de la ortodoxia no controlan ya la historia. Esto resulta particularmente peligroso para una izquierda como la española, cohesionada no por un programa o por una posición ante la realidad, sino por mitos fundadores propiamente delirantes, pero alimentados de continuo. Esta izquierda es irreformable. En este caso, lo mejor que se puede hacer es continuar con la tarea de sacar a la luz la historia auténtica, sin dejarse contagiar por la paranoia de izquierdas.

Nihil Obstat Progre

Antonio Burgos en ABC

No me gustaría compartir la perplejidad que a esta hora sentirá mi admirado don Gonzalo Anes, director de la Real Academia de la Historia. Tras la publicación de los monumentales 25 primeros tomos del «Diccionario Biográfico Español», don Gonzalo habrá comprobado que hay que revisar la universal creencia de que la Historia la escriben los vencedores. Depende. En el caso de nuestra Historia Contemporánea, la Historia no sólo no la hacen los vencedores, sino que los perdedores y quienes se proclaman sus herederos se arrogan tal superioridad moral que exigen que sean ellos quienes la escriban. A su dictado.

En mis años de Bachillerato casi todos los libros de texto venían con los latinajos de la censura eclesiástica: Nihil Obstat e Imprimátur. Yo me creía que aquello era de los oscuros tiempos de los tópicos que usted conoce mejor que yo sobre la que llaman «España en blanco y negro». Qué va. Esa censura existe. En España existe la censura. Gracias a Dios no existe la censura del Estado, ni la de la Iglesia. Existe algo peor: la censura de la dictadura de lo políticamente correcto, que en el caso del Diccionario Biográfico que nos ocupa es la censura de la dictadura de lo históricamente correcto. Lo históricamente correcto ya saben qué es: los nacionales no ganaron la guerra, y a la vista está de qué vencedores son los que la escriben. Durante los 40 años de la dictadura, que algunos tuvimos el coraje de llamar oprobiosa con Franco vivo, no ahora, que lo hace cualquiera... Durante la dictadura, decía, según esta otra dictadura de lo históricamente correcto no había escuelas públicas gratuitas, ni seguros sociales, ni hospitales de la Seguridad Social, ni paga de Navidad, ni convenios colectivos, ni pensiones, no había de nada. Si las calles de Sevilla (o las de Barcelona, que conste) se llenaban de gente que se partía las manos aplaudiendo a Franco en sus visitas oficiales, rodeado por la Guardia Mora (perdón, Magrebí) es porque detrás de cada aclamante había un policía de la Social o un gris de uniforme, con una pistola, que los obligaba a ello poniéndosela en la nuca.

Para los nuevos censores todo lo que no sea Historia amañada no es Historia. Incluso han puesto una virtual censura de prensa, en la que desde determinados diarios y desde las anónimas puertas de letrina de los blogs y túiteres de Internet ponen como los mismísimos trapos a todo el que un periódico se haya atrevido a transgredir sus dictados, ejerciendo la funesta manía de pensar por libre.

Esta dictadura le ha caído encima a mi respetado don Gonzalo. Pero, hombre, don Gonzalo Anes: ¿cómo se atreve? ¿Cómo es que para el Diccionario Biográfico no ha pedido usted el Nihil Obstat y el Imprimátur de la nueva Santa Inquisición de la Progresía? ¿Usted no sabe que la Historia hay que escribirla como ellos quieran?

Y además, lo que dice ese dechado de libertades que es la ministra Sinde: «Tendría que haber una revisión de equilibrio de género, ya que sólo un 8 por ciento de las biografías corresponden a mujeres». ¡Pues naturalmente, pero aguante usted la risa! Así que ya lo sabe usted, don Gonzalo: esos 25 tomos, que los vea antes la Censura Progre y tache con el lápiz (rojo, naturalmente) lo que proceda. Y las gracias ha de dar usted al cielo de que Tomás Gómez y los pastores del rebaño cultural no se han enterado que es usted Marqués de Castrillón, porque, si no, ¡madre, la que le lían!

Simplemente Alfredo

Manuel Martín Ferrand en ABC

Alfredo el Grande, rey de Wessex, luchó contra los vikingos y sus virtudes, que debieron de ser tan grandes como su arrojo, le valieron un lugar en el santoral del Vaticano. Sin embargo, cuando Gaetano Donizetti llevó su historia al teatro San Carlo de Nápoles tuvo con ella el mayor fracaso de toda su exitosa carrera operística. No es lo mismo encasquetar una corona y manejar la espada en el siglo IX que ejercer como tenor, y con peluca, en el XIX. A nuestro Alfredo, al Pérez Rubalcaba que parece el Príncipe de Metternich en el Congreso de Viena cuando se le contempla junto a José Luis Rodríguez Zapatero con su corte de los milagros en el Consejo de Ministros, le puede pasar lo mismo que al remoto y más barbudo Alfredo anglosajón. Bien estuvo para un pasado próximo en el que la intriga fue más útil que el talento y en el que, entre manipular la Historia y hacer del laicismo feroz una doctrina política, fuimos tirando; pero ahora, como primer actor de la representación, puede parecer menos galán y más malvado.

Por el momento, en lo que se nos alcanza, al personaje le pintan bastos. Quiso cambiar de look—«llamadme Alfredo»— para pasar la página en que aparece como gran corresponsable de lo peor del zapaterismo y, alcanzada la condición populista de simplemente Alfredo, pasado de entrenamiento astuto y maniobrero, puede quedar en Alfredo, simplemente. El fracaso en las negociaciones entre la patronal de la Señorita Pepis y los sindicatos de Pepe Solís —en sus ediciones renovadas pero no mejoradas— le aporta uno de mayor cuantía al catálogo de los problemas que debe lidiar, todavía en su función vicepresidencial, el señalado como «candidato natural».

La pugna entre los mal llamados «agentes sociales» no lo es en función de los intereses de sus supuestos representados, sino en términos de poder y financiación. Ese vestigio vivo e inútil, perturbador, del sindicalismo vertical del Régimen de Franco es una máquina de empleo endogámico e influencias de relevancia superior a la que suele atribuírsele. Arma a la izquierda, le sirve de instrumento a la derecha y, en su conjunto, supone otro elemento de anacronismo y excentricidad en nuestra paródica democracia en la que unos «indignados» en Sol o, más en la sombra, unos comisionistas del conflicto pueden desautorizar, de hecho, al mismísimo Parlamento. Antes de que termine la legislatura, el fracaso negociador, en razón de las medidas que ha de tomar el Gobierno, le complicarán la vida a Rubalcaba en su triple función asistencial del presidente y ello perjudicará el futuro y las posibilidades de Alfredo, simplemente.

La política de tierra quemada del PSOE

Editorial de Libertad Digital

Los socialistas no suelen encajar bien las derrotas electorales porque ello significa perder las prebendas y gabelas que ellos mismos se han adjudicado pro domo sua, pero es lo que ha dictado una vez más la voluntad popular y su único deber es obedecer ese mandato. La situación actual, además, exige un gesto de lealtad institucional al que los altos cargos del PSOE están obligados por sus graves responsabilidades en el desastre que padecemos. Si el caso de Castilla – La Mancha es representativo, y nada parece indicar lo contrario, la opacidad intencionada sobre las finanzas públicas sería una traición en toda regla a los españoles. No sería la primera vez en la ya larga Historia del PSOE.

sábado, 4 de junio de 2011

Lo escrito, escrito está

Juan Manuel de Prada en ABC

Esto respondió Poncio Pilato a los miembros del Sanedrín que le fueron con pejigueras, disconformes con el letrero que había mandado clavar en el madero donde fue colgado Jesucristo. La Real Academia de la Historia no se ha atrevido a tanto; y ante las protestas del sanedrín progre ha prometido revisar algunas entradas de su Diccionario Biográfico Español, e incorporar correcciones «de manera rápida a la edición digital y a ulteriores ediciones en papel». Espigando el diccionario, uno se encuentra, desde luego, con expresiones ditirámbicas impropias del lenguaje aséptico que se reclama al historiador; así ocurre, por ejemplo, con la entrada dedicada a Felipe González Márquez. En ella leemos que quien fuera presidente del Gobierno español es hombre de «carisma inigualable» (risum teneatis) que sufrió los «esfuerzos denodados del Partido Popular y de sus cómplices mediáticos por sentarlo en el banquillo». Donde se deslizan, como mínimo, una hipérbole y una insidia, instrumentos más propios del ditirambo o el libelo exaltados que de un diccionario histórico. Decía Cicerón (De Oratore, II, XV, 62) que «la primera ley de la historia consiste en no atreverse a decir nada falso; la segunda, atreverse a decir todo lo que es cierto; y la tercera, evitar aun la sospecha de odio o de favor». Y en la entrada de Felipe González las tres leyes de la historia establecidas por Cicerón son concienzudamente infringidas.

Tal entrada, más propia del panegirista que del historiador, no se cuenta, sin embargo, entre las que han provocado el furor del sanedrín progre, todas ellas de personajes muertos hace décadas. De Francisco Franco ha molestado mucho al sanedrín progre que se diga que estableció un régimen «autoritario» (afirmación que, de forma implícita, convierte a quien lo establece en «dictador»), pero no «totalitario»; especificación que, en sí misma, no contraría ninguno de los requisitos que Cicerón exigía al historiador. Las palabras, desde luego, las carga el diablo, y más tratándose de palabras tan elásticas como «autoritario» y «totalitario»; pero yo he leído en los libros del más diverso signo ideológico que el régimen franquista fue autoritario, por faltarle ese componente distintivo de todo totalitarismo, que es una «explicación totalizadora, articulada y lógica del mundo»; componente que el régimen franquista nunca tuvo ni pretendió.

Pero en las protestas furiosas suscitadas contra el Diccionario Biográfico Español no creo que se discuta la elección de tal o cual palabra, o la elusión de tal o cual otra; ni siquiera el empleo de fórmulas retóricas incongruentes con el lenguaje aséptico del historiador. Lo que se exige a la Real Academia de la Historia es que acate y ayude a imponer una versión inventada de la Historia (con fines, por cierto, claramente «totalitarios»), en la que se entronice lo que es falso y se silencie lo que es cierto; una versión en la que se afirme que la Segunda República fue un paraíso democrático, regido por eximios estadistas amantes del bien y la libertad, que jamás perpetraron ni ampararon crimen alguno. La Real Academia de la Historia debería dejar bien claro que, más allá de corregir tal o cual palabra o fórmula retórica, no se avendrá a participar en semejante tropelía, por mucho que traten de imponérsela desde el sanedrín progre; esto es lo que se le demanda en la circunstancia presente, en la que —para desgracia de la maltrecha cultura española— decir la verdad se ha convertido en una arriesgada, casi suicida, forma de heroísmo.

El intelectual, la muerte y el diablo

Fernando García de Cortázar en ABC

Todos conocemos esas imágenes del París liberado, en los días en que el fulgurante desembarco de Normandía presagia el fin de la última Gran Guerra. Estamos en agosto de 1944. Heridos, fatigados, los nazis abandonan la capital gala y la Resistencia toma las calles al asalto. Ahora el campo de batalla se ha desplazado a la ciudad del Sena, que hace fuego con todas sus balas en la calurosa noche de verano. Es la hora de la verdad, escribe Albert Camus entre ráfagas de ametralladora y explosiones lejanas: «Hoy acaban cuatro años de una historia monstruosa y de una lucha indecible en los que Francia se ha enfrentado con su vergüenza y su furor».

¡Cuatro años de ocupación nazi! ¡Cuatro años bajo el régimen pro-alemán de Vichy! Para muchos es la hora de olvidar aquel tiempo con olor a traiciones, silencio y asesinatos. Para otros es la hora de alimentar la falsa creencia de que han derrotado al enemigo y se han liberado por sus propios esfuerzos. El mismo De Gaulle ratificará en seguida esta visión complaciente de la historia, esta operación inmediata de sutura nacional, y no pocos franceses que han vivido la ocupación de espaldas a los sacrificios de la Resistencia darán rienda suelta a la impostura descargando las iras de la venganza sobre los amigos y simpatizantes de los nazis. A partir de ahora, agosto de 1944, habrá una sola Francia, unida en el mito de la Resistencia, y un cuerpo extraño, los colaboracionistas, los traidores, que para seguir adelante deben ser perseguidos, marcados, castigados. Tras los tanques aliados, entre las balas de la libertad que silban todavía en París, llega también la hora de la caza, de las detenciones sumarias y los arrestos indiscriminados, de las denuncias y los ajustes de cuentas, de las mujeres con la cabeza rapada y los hombres aturdidos, todavía en pijama, arrastrados a golpes y empujones hasta la plaza del pueblo. Tiempo de ruido y furia: la depuración.

«Ante todo no reconozco vuestra justicia. Vuestros juegos y vuestros jurados han sido escogidos en forma tal que descarta la idea de la justicia. Hubiera preferido la corte marcial. Hubiera sido más sincero y menos hipócrita.»

Quien habla tan orgullosamente es Pierre Drieu La Rochelle, rebelde contumaz y colaboracionista confeso, cuyo Adiós a Gonzague, que acaba de publicar Alianza Literaria junto a la novela El fuego fatuo, me ha traído, estos últimos días, la memoria de aquellos idealistas temerarios que reivindicaron los fascismos como la corriente salvadora de Europa y vivieron su apoteosis bélica como una pasión, como un sueño, como un programa político de exterminio y redención.

Todo esto sucedió apenas ayer, y sin embargo nos parece de otro mundo. Tan lejano que hoy somos incapaces de ver que antes de deshonrarse por sus crímenes, el fascismo constituyó una esperanza formidable y peligrosa, el ataque y la supuesta vacuna de un liberalismo que agonizaba y se hundía en todos los frentes. Desde la marcha sobre Roma y con el atractivo de la doctrina de los hechos, sedujo no sólo a las masas sino que contó con valedores y portavoces entre muchos intelectuales, comenzando con el filósofo Heidegger, uno de los grandes sabios del siglo XX.

Pero entre aquellos intelectuales que se asomaron a la cuna del monstruo, pocos encarnan tan cruda e ingenuamente la fascinación del poder totalitario como el culto, elegante y refinado Pierre Drieu La Rochelle, quien buscó en la turbia aventura nazi el último aliento para una Europa que, en su opinión, se desmoronaba, carcomida de caducos y decadentes sistemas parlamentarios, atenazada por la doble barbarie de los mercados de Wall Street y las hordas del Kremlin.

Dandy y asceta. Amigo de Malraux y revolucionario fascista. Efímero director de la Nouvelle Revue Francaise(NRF) y propagandista de una Europa de cuento presidida por la mística nazi... Drieu La Rochelle es todo eso al mismo tiempo, y también el paseante solitario y extravagante del París ocupado, el novelista y escritor de ensayos que piensa que la Historia ha venido a coincidir con su pensamiento. Para este aciago idealista, Hitler es el gran revolucionario y depurador histórico de Europa. Así también le pasó a Stendhal con Napoleón, el conquistador insaciable, y a Ezra Pound con Mussolini, el César visionario. En vano, sus colegas de la NRF, Malraux y Mauriac, intentan hacerle entrar en razón. «¿Acaso Stalin y su sistema de purgas son mejores que la política empleada por la pandilla nazi?», preguntará a cuantos le señalan la represión racista elevada a principio de poder y de Estado, los campos de concentración, los fusilamientos de los opositores, la chata ideología con tufo a cerveza del Führer o de personajes como Himmler, Hess o Goebbels.

Todos conocemos el final de aquella pesadilla sanguinolenta. Los fascismos se hundieron en todos los frentes, dejando tan sólo un vasto reguero de horrores. Pero la historia de Drieu La Rochelle no acaba aquí. La debacle nazi marca la hora de la depuración. Muchos colaboracionistas huyen tras los restos de la Wehrmacht. Él —que es de los que ha jurado y perjurado a favor de los nazis y lo ha leído toda Francia—, no. París es su ciudad: su terruño, su infierno, su amante demasiado maquillada. Sabe, por supuesto, que ya no hay nada que hacer, que está acorralado, que la trampa es tan vieja como el hombre, pero no quiere huir, no quiere ocultarse. Tampoco quiere ser apresado y juzgado sumariamente por los tribunales de De Gaulle. Lleno de impaciencias juveniles, antes de que lo atrapen y ejecuten como al ensayista y crítico literario Robert Brasillach, el niño terrible de Vichy, dirá adiós a todos, suicidándose con barbitúricos y gas en su apartamento de París.

Creía en todo —en el honor, en la verdad, en la cultura...—, diría de él su amigo Lucien Combelle. Pero ¿cómo congeniar ese retrato con el ilusionista de la victoria nazi; con el suministrador de ideas, argumentos y razones que pusieron en marcha el acarreo, desde todos los rincones de Francia, hacia los hornos crematorios, de miles de judíos franceses; con el intelectual que vive las invasiones nazis en un clima de irrealidad, como dentro de un episodio homérico?

No lo sé. Tal vez no haya respuesta aceptable para esa tremenda pregunta. Lo que sí es seguro es que las ideas, las palabras, no son irresponsables y gratuitas. Como dijera George Steiner, ellas generan acciones, modelan conductas y mueven, desde lejos, los brazos de los ejecutantes de cataclismos. Lo que sí es seguro es que Camus tenía razón cuando a las razones de Mauriac en pro del perdón y la caridad para con los propagandistas de Vichy, repuso:

«Nos hizo falta mucha imaginación para ver a miles de franceses honorables señalados todos los días para los peores suplicios por unos periodistas a los que ahora se quiere convertir en mártires. Acaso, como hombre, admire yo al señor Mauriac por no querer aumentar el odio; pero como ciudadano lo deploro, pues ese amor nos traerá justamente una nación de traidores y mediocres y una sociedad que ya no deseamos.»

Leo ahora estas palabras escritas por Camus en 1945, cuando en plena depuración el joven periodista de la Resistencia buscaba la voz justa entre los gritos de aborrecimiento de un lado y los ruegos enternecidos del otro, y no puedo dejar de pensar en las miles de personas que han vitoreado el triunfo de la filo-etarra Bildu en las elecciones municipales del País Vasco. Todo barato y trivial, de categoría ínfima, de una ralea muy baja, como las sandeces que garabatea contra los judíos Drieu La Rochelle en el París ocupado, o como esos franceses de Vichy que primero jalean los desfiles nazis y después de la liberación saltan al cuello de los colaboracionistas más señalados.

Sinde y "la mujer"

Pío Moa en Libertad Digital

Las feministas tienen la manía de erigirse por las buenas en representantes de “la mujer”, al modo como los marxistas se decían lo mismo en relación con “el proletariado”. Una base de las ideologías totalitarias consiste precisamente en esas autoatribuciones sin base y un tanto desvergonzadas. Se trata de luchas por el poder en las que cada oligarquía pretende cobrar fuerza adulando a un grupo social con una mezcla de narcisismo y de victimismo.


Sinde, en particular, revela su ignorancia al criticar el diccionario biográfico de la Real Academia (la cual parece haber cedido al chantaje un tanto abyectamente), y al estilo antidemocrático habitual, ha dicho, entre otras cosas: “No creo que las mujeres en la historia de España hayan contribuido solo en un ocho por ciento”. Una cosa es la historia, en sentido amplio, en la que hombres y mujeres han contribuido por igual, de modo más o menos complementario; y otra los protagonistas políticos y culturales, que siempre han sido muy pocos en comparación con el conjunto de la sociedad, y casi siempre masculinos, porque --sea cual sea la razón, un tema interesante a debatir-- la política y la cultura en general la han desarrollado los varones o, mejor dicho, una ínfima parte de ellos. Y me temo que si medimos la contribución femenina por figuras tan loadas por el feminismo como la Pasionaria, Margarita Nelken, la Pajín, la Vicevogue o la propia Sinde, no quedaría en muy buen lugar al sexo femenino. es decir, si ellas fueran sus representantes, como pretenden. Pretensión perfectamente infundada, como digo.

Pajín, esa liberticida y totalitaria

Manuel Llamas en Libertad Digital

Ha nacido una estrella. Se llama Leire Pajín. Y como tal, ya cuenta con su particular proyecto estelar bajo el título "Ley de Igualdad de Trato y No Discriminación". Un pomposo y llamativo nombre acorde con el indudable prestigio de su precursora, una joven socióloga cuya vida profesional ha discurrido única y exclusivamente ligada al ámbito político, tras una meteórica carrera en el seno del Partido Socialista. Pajín, ese adalid de la progresía hispana, ese icono resplandeciente del nuevo socialismo del siglo XXI que tanto gusta en otras latitudes y que tan orgullosamente encarnan líderes de la talla de Hugo Chávez y Evo Morales, ha decidido alzarse, sola pero firme, contra la discriminación, sea ésta del tipo que sea.

Un objetivo loable, digno, sin duda, de su figura cuasi divina. Pajín acaba de autoproclamarse en heroína de la igualdad, defensora a ultranza de los discriminados, entregada salvadora de los desvalidos y repudiados por el mero hecho de ser diferentes o pensar algo distinto a los demás. Leire, esa jueza suprema e incorruptible del pensamiento políticamente correcto, esa fiscal despiadada en la persecución del "delito social", esa abogada incólume en la defensa acérrima de los desiguales. Todo eso y más es Leire Pajín, la asombrosa descubridora de la nueva Verdad... ¡La suya!

Dejémonos de ironías. Bajo ese pomposo y buenista título, "igualdad y no discriminación", propio de los paraísos utópicos del socialismo que, una vez alcanzados, se materializan en auténticos infiernos, yace un proyecto de ley totalitario. Su articulado, envuelto de ideales socialistas, esconde, en realidad, un único fin: ahogar la libertad de empresa, violar la propiedad privada y restringir hasta el extremo el pensamiento y libre elección de los individuos. El análisis detallado de estos aspectos lo tienen aquí (económicos), aquí (jurídicos) y aquí (mediáticos).

La amplia ambigüedad y arbitrariedad que denota el texto otorga al Estado un poder inusitado para sancionar, multar y hasta condenar conductas naturales, es decir, propias del ser humano y típicas del día a día. Y es que, todos y cada uno de nosotros discriminamos siempre y en todo lugar. Actuar no es otra cosa que discriminar, elegir entre varias opciones o, lo que es lo mismo, seleccionar algo excluyendo lo demás. Usted discrimina, de una u otra forma, cuando elige libremente a sus amigos, contrata a un empleado o selecciona a un inquilino...

Pero el proyecto de Pajín contradice este principio básico al primar la igualdad material en sentido estricto frente a la tradicional igualdad formal (ante la ley). La manida "igualdad" se convierte en un fin en sí mismo. Se trata de una aberración jurídica que, en caso de aprobarse, hará saltar por los aires el artículo 14 de la Constitución. Así, pasaremos de "los españoles son iguales ante la ley" a "la ley del Estado impondrá su igualdad a los españoles". En este caso el orden de los factores sí altera –¡y cómo!– el producto.

La socióloga, por muy ministra que sea, parece desconocer que el actual Estado de Derecho se sustenta sobre un nuevo concepto de libertad ideado para romper con las ataduras del Antiguo Régimen. No por casualidad la Declaración de Independencia de los EEUU reza lo siguiente: "Sostenemos como evidentes por sí mismas dichas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad". La libertad, no la igualdad (material), es un derecho natural, intrínseco al ser humano. Y el hombre se siente libre cuando es dueño de su patrimonio (propiedad privada), no encuentra trabas a su pensamiento (libertad de expresión), educa a sus hijos según sus creencias y profesa libremente religión y oficio. En definitiva, cuando su esfera personal, familiar y profesional no es invadida por el Estado, es decir, por Pajín.

Talibanes contra el Valle de los Caídos

Pío Moa en Libertad Digital

He dicho que un perturbado como Rodríguez no se iba a marchar del poder sin cometer aún unas cuantas fechorías y dejarnos el rastro de su miseria: de momento la legalización y triunfo de la ETA, con la que guarda tanta afinidad ideológica (socialista, antifranquista, etc.) y el ataque al Valle de los Caídos. Tal como el Gobierno colaborador y hasta chivato de la ETA, esto es, delincuente y encarcelable, comisionó a Peces Barba para silenciar y desacreditar a las víctimas del terrorismo, ahora ha montado una comisión de bellacos contra el Valle de los Caídos.

El Valle de los Caídos "es una maravilla", como ha reconocido Preston: quizá el monumento más logrado en su género del siglo XX en cualquier país del mundo. Fue construido primero para conmemorar la victoria del bando nacional y más tarde la reconciliación, al depositar allí restos de combatientes de los dos bandos. Esa reconciliación fue plenamente lograda, para la inmensa mayoría de la población, durante el franquismo, aunque persistiese una minoría ferozmente irreconciliable: terroristas, comunistas y simpatizantes de ambos.

Lo más repugnante es el lenguaje empleado por los bellacos: afirman que el Valle "es todavía un lugar controvertido en la conciencia de los españoles". Son ellos, los irreconciliables, quienes lo "controvierten", precisamente con un "Himalaya de mentiras", como decía Besteiro, enconando los odios con palabras de apariencia razonable. Invocan la totalitaria y antidemocrática "ley de memoria histórica", que presenta a los chekistas y etarras como víctimas, soborna a los familiares con "indemnizaciones" a cargo de todos nosotros y prohíbe lo que llama "exaltación del franquismo", es decir, del régimen del cual no solo procede el monumento, sino también la prosperidad, la democracia y la paz que aún dura, logradas contra los terroristas, comunistas, socialistas y demás irreconciliables talibanes. Dicen que buscan "honrar y rehabilitar la memoria de todas las personas fallecidas a consecuencia de la Guerra Civil y de la represión política que siguió". ¿A quién pueden honrar y rehabilitar unos colaboradores de la ETA? ¿Y cómo puede honrarse a las víctimas equiparándolas a los chekistas y asesinos? Hablan de "fomentar las aspiraciones de reconciliación y convivencia". Esas aspiraciones estaban plenamente logradas y el Gobierno delincuente las está arruinando, precisamente. Su desvergüenza y cinismo alcanzan cotas increíbles.

Y menciona una recomendación del Consejo de Europa para que en el Valle de los Caídos se explique cómo fue construido por prisioneros republicanos. Eso no se puede explicar, porque es falso. Solo se puede mentir sobre ello.

Con toda su miseria, esta demagogia delictiva ofrece una excelente oportunidad para que las personas honradas del país clarifiquen "la conciencia de los españoles" y europeos difundiendo la verdad. Tiene que salirles el tiro por la culata. La reacción no debe limitarse a la de los descerebrados de Sol.

Call me Alfredo

Pablo Molina en Libertad Digital

Rubalcaba quiere que ser ahora Alfredo, simplemente Alfredo, en un gesto de cercanía hacia el militante socialista francamente innecesario, porque no es probable que se vaya a ver obligado a disputar unas elecciones primarias con algún riesgo de no salir elegido. Todos los dedos índice del sanedrín socialista le han señalado y a ver quién es ahora el chulo que se atreve a apuntar en dirección contraria.

Las primarias socialistas son un deporte de apariencia democrática para que al final gane Rubalcaba, que es lo que Cruyff dijo en una ocasión sobre el fútbol y la selección alemana sin equivocarse demasiado. La prueba en el caso del PSOE es que nadie con un relativo peso específico se ha atrevido a disputarle al ministro de Interior el puesto que él mismo hace tiempo reservó para sí mismo. Sí, habrá algún advenedizo para cubrir la cuota de exotismo folclórico que exigen esas organizaciones antidemocráticas por definición que son los partidos políticos, pero nada que pueda inquietar a Rubalcaba; perdón, Alfredo queríamos decir.

Francisco Fernández Ordóñez (q.e.p.d.), muy mejorable ministro de Exteriores aunque infinitamente más útil que lo que nos ha venido después con Zapatero, sólo sabía decir una frase en inglés –"call me Paco"–, con la que mal que bien anduvo por esas Europas de Dios derrochando al menos simpatía. "Pacordóñez" tenía la disculpa de que acabábamos de entrar en la CEE y los únicos españoles conocidos eran Butragueño y Felipe González, por ese orden, pero a Rubalcaba lo conocemos ya tanto que incluso dentro de su partido debe resultar bastante raro dirigirse a él como simplemente Alfredo.

¿Alfredo? Ah, sí, Rubalcaba. Exacto, Rubalcaba, el tipo con un pasado terrorífico y un porvenir siniestro que ahora quiere ser "Alfredo", una joven promesa de la política con un futuro prometedor, capaz de ilusionar al votante socialista partidario de la renovación.

Al final, friquismos surgidos de las bases aparte, las únicas primarias se disputarán entre "Call me Alfredo" y Rubalcaba. Por supuesto ganará Rubalcaba. A ver entonces quién tiene lo que hay que tener para dirigirse a él solamente como "Alfredo".

Alfredo

Alfonso Ussía en La Razón

«A partir de ahora, llamadme Alfredo». Bellísima petición. Coincido plenamente con Federico Jiménez Losantos en que Alfredo, Alfredo a secas, Alfredo a lo grande, sólo hay uno, al menos para los madridistas y los buenos aficionados al deporte. Don Alfredo Di Stéfano. Existen dos tipos de personas. Los que se conocen por el nombre o por el apodo cariñoso y los que se distinguen por sus apellidos. Rubalcaba pertenece al segundo grupo. Por otra parte, Rubalcaba es Pérez con anterioridad, que así se apellidaba su padre, un ilustre comandante de líneas aéreas. Adolfo Suárez es Adolfo para casi todos. No necesitó reunir a los militantes de UCD para pedirles semejante bobada. «A partir de ahora, llamadme Adolfo». Ya se lo llamaban. Como Pepiño Blanco, al que le decimos «Pepiño» los que apenas le conocemos. Nadie le llama Blanco. Si en una charla alguien comenta «he visto a Blanco muy preocupado por los acontecimientos», siempre surge el que pregunta: «¿Qué Blanco?», o «¿Quién es Blanco?». Con Pepiño no hay problema. A Jaime Mayor Oreja se le sustrae el primer apellido. Sus amigos nos referimos a él como «Jaime» y sus enemigos como «Oreja». Se trata de costumbres, de tics adquiridos, de modismos habituales que no se pueden cambiar de la noche a la mañana. Rubalcaba es Rubalcaba para casi todos, y por mucho que quiera que se le llame Alfredo, se distingue a cien leguas que sigue siendo Rubalcaba. Entonces aparece el cursi. «Es que Alfredo es más cálido».

La izquierdilla española, es decir, la de Visa Oro, usa de dos voces con asiduidad perforante. «Cálido» y «mágico». Lo de «mágico» es de cineastas. «¿Cómo definiría su última película?», pregunta el sagaz entrevistador. «Creo que es mágica», responde el realizador vestido de cine mientras se rasca la barba para que su pulga preferida decida abandonarlo y pernoctar en la Puerta del Sol. «Lo mejor de Amenábar es que és muy cálido cuando trabaja». Y se acepta, claro, porque quien no ha trabajado con Amenábar no puede poner peros a su calidez. Así que Rubalcaba, cuando pretende ser llamado Alfredo, es cálido y mágico a la vez, aunque siga siendo Rubalcaba. En lugar de ZP, AF. «Hoy nos recibe AF», dirán encantados los que ya le dicen «Alfredo». Si no me equivoco, puede haber lío en el empeño, porque AF me suena a muebles de oficina. Pero no es cosa de alarmar ni buscarle tres pies al gato. No obstante, y Rubalcaba sabe bien que personalmente cuenta con mi viejo aprecio, lo de «alfredo» no le va a salir, por una sencilla razón. Quien lleva treinta años siendo Rubalcaba, para los unos y para los otros, seguirá siendo Rubalcaba para los otros y para los unos, y sólo le llamarán «Alfredo» los jóvenes aspirantes a subir un escalón en el PSOE, que sería conveniente que lo hicieran, por otra parte. Además, que Rubalcaba es listo, pero no mágico, y simpático, pero no cálido. Cálida es Carla Bruni, por poner un ejemplo que no precisa de exégesis profundas. AF está a tiempo de recapacitar. Si lo que busca es una buena cosecha de votos, que no la va a tener, lo mejor es no cambiar de marca. Se puede entender desde el prisma de la añagaza. El pasado cuenta. Pero «Alfredo» no podrá borrar nunca el pasado de Rubalcaba, porque la gente no es tonta, y Rubalcaba es el segundo responsable del Gobierno desastroso que nos ha llevado a todos los españoles al borde del abismo. Rubalcaba y Alfredo. Los dos.

viernes, 3 de junio de 2011

La ciudad fantasma

Alfonso Ussía en La Razón

Quien aspira a ser alcalde de una ciudad, tiene la obligación de conocer la historia y la realidad de esa ciudad. El aspirante de «Bildu» a la alcaldía de San Sebastián ha manifestado que «rechazaría que los Reyes de España visiten esa ciudad porque son seres que no la representan políticamente». Además de la innecesaria grosería, el aspirante, un tal Izaguirre, demuestra una brutal ignorancia de todo. San Sebastián es una ciudad española, y por ello los Reyes pueden visitarla cuando se les antoje sin necesidad de pedir permiso a Izaguirre para hacerlo. La vinculación de la Corona con San Sebastián es mayúscula. Su esplendor se debe precisamente a la instalación de la familia Real en San Sebastián a principios del siglo XX. Haga un esfuerzo el ignorante y recorra su ciudad. El barrio de Ondarreta. Ahí estaba, en la falda de Igueldo, el Real Club de Tenis de San Sebastián. La penúltima rotonda de los jardines de Ondarreta está presidida por un monumento a la Reina María Cristina, madre de Alfonso XIII, siempre enamorada de San Sebastián. Por ella se construyó el Palacio Real de Miramar en la unión de las dos grandes playas. En Ondarreta cinco calles recuerdan a los hijos de Alfonso XIII. Avenida del Infante Don Juan, de la Infanta Cristina, del Infante Don Jaime, de la Infanta Beatriz y del Príncipe Don Alfonso. El gran hotel emblemático de San Sebastián se llama «María Cristina» en recuerdo de la Regente. El teatro donostiarra por excelencia lleva el nombre de «Victoria Eugenia», en memoria de la Reina Victoria, mujer de Alfonso XIII, madre de Don Juan y abuela del Rey. Por la tenacidad de la Reina Cristina, el Orfeón Donostiarra puede cantar todos los veranos, el 14 y 15 de agosto, la «Salve» de Réfice, encargo personal de la Reina. Junto al muelle de pescadores, mirando a la bahía, se alza el Real Club Náutico de San Sebastián, patrocinado por Alfonso XIII. Cuando el Rey y su malogrado hermano Don Alfonso pudieron volver del exilio, el Palacio de Miramar se convirtió en su internado de estudios. En San Sebastián se fundó con el apoyo de los Reyes la Real Sociedad Vascongada de Amigos del País, el referente cultural más prestigioso de la capital guipuzcoana. Y el club que mueve más entusiasmo, no sólo en San Sebastián sino en toda la provincia, es la Real Sociedad de San Sebastián, a la que el Rey concedió el título de Real a petición unánime de sus socios fundadores. A pocos kilómetros, en Lasarte, el apoyo Real levantó el Hipódromo, administrado por la Real Sociedad de Fomento de la Cría Caballar. Sólo Santander puede competir con San Sebastián en vinculaciones con la Familia Real. Las grandes villas y palacios donostiarras no las alzaron los industriales vascos, sino la nobleza madrileña que se afincó en San Sebastián, capital política y cultural de España durante los meses del verano. A muchos les parecerán anticuados estos argumentos, pero son pruebas indiscutibles. Ahí están. A la vista de todos. Otra cosa es que el tal Izaguirre quiera borrar esas huellas. Mucho trabajo le costará. La tradición y los símbolos no se esfuman así como así. San Sebastián fue la casa de la familia Real durante décadas, y el resultado no es otro que su actual esplendor estético, que no político, que no social, deteriorados hasta tal extremo, que un ignorante clamoroso de su propia ciudad tiene posibilidades de ser su alcalde. Pena me da tanta belleza en manos de tan sectaria y violenta incultura.

Volverán

Cristina L. Schlichtingen La Razón

Rubalcaba no quiere cargar contra los chicos de Sol para que no le comparen con Franco y los grises. No sacaría nada de una acción policial. Pero tiene una segunda razón que le anima a seguir de brazos cruzados. Vendrá el calor tremendo de Madrid y los acampados se irán, hostigados por el sudor…y volverán. El 15 de octubre es la primera cita para regresar a las calles. Poco después habrá elecciones anticipadas y lo probable es que gane la derecha. Quien piense que el 15 M o como se quiera llamar al fenómeno, se ha acabado, se equivoca. Hay mucho malestar en España, y no sólo por los cinco millones de parados. Hay fracaso escolar, falta de horizontes ideales y toda una generación crecida al margen de la Iglesia, los partidos o las familias estructuradas que busca algo grande en la vida y no sabe dónde encontrarlo. Alfredo, como quiere el vice que le llamen, tiene olfato para estas cosas. Y sabe que, si Rajoy gana las elecciones, va a necesitar un ariete en las calles. Una oleada similar a las manifestaciones contra la Guerra de Irak que acabaron con Aznar. En cuanto el PP saque la tijera de podar gastos y toque los subsidios, las becas, el empleo público o lo que haga falta, la izquierda llamará a los jóvenes. ¿Se imaginan el calibre de las movilizaciones conjuntas del 15 M, el PSOE y los sindicatos? No hay gobierno que lo aguante. Cuando ocurra, le recordaré este artículo a una derecha incapaz de capitalizar a tiempo y a su favor la indignación de la calle.

Alfredo


Viñeta de Montoro en La Razón

Plagas de Madrid

Ignacio Ruiz Quintano en ABC

Si todo lo que en el extranjero ven de España es el campamento de Sol, es normal que nos culpen hasta del sabor de los pepinos. Una lendrera es una lendrera, y basta con darse un garbeo por allí para que empiece a picarte el cuerpo entero. Es el socialismo utópico. El otro socialismo, el real, son las colas del Inem. Del Inem a Sol y de Sol al Inem. Miren por dónde, ahí tenemos la alternativa laica al Camino de Santiago. El negocio lo gestiona Rubalcaba, que no va a enviar a sus guardias a luchar contra las chinches y los gases de invernadero (no sé si se dice así) de los generadores eléctricos. Si de Fukushima ya están saliendo conejos sin orejas, de Sol podrían salir guardias sin porras. Hablando de prodigios, ¿tendrá que ver lo de Sol con el hecho de que por Las Ventas todavía no haya pasado un toro con casta, quitando los de Escolar, a quien por eso los revistosos del puchero llaman “moruchero”? Sólo Rubalcaba, que es químico, lo sabe. Desde luego, el final de Sol pasa por la porra y la redoma, pero mientras ese final llega hay que admirar la justicia poética que ese campamento hace con Gallardón (¡plagas de faraón!), cuya política cultural (y esto lo ha visto incluso el amigo Pepe Campos desde Taiwán), basada en el carril, la chancla, el botellón y la meada y la bicicleta de acera nos han llevado a Sol, donde, menos meterse con Zapatero, uno puede hacer todo lo que la democracia le tiene prohibido: fumar en la jaima, beber en la calle, cantar a deshora… ¿Qué hace don Ignacio Buqueras y Bach, que no se pasa por Sol a predicar el huso horario europeo? De acuerdo, Sol no es California, pero tampoco Punset es Marcuse, y ahí está, el hombre, con Castells, promocionando en plena Revolución el neoplatonismo catalán del “Bocaccio” sesentayochista con el Wifi de balde que sirven las “foneras” que regala Varsavsky. Cuando veo a Pedro Castro y a Tomás Gómez llorar por las esquinas, me pregunto: “¿Tanto han perdido que no tienen para una ‘fonera’?”

Germanófobos, lo que nos faltaba

Hermann Tertsch en ABC

Lo diferente que habría sido esto si en vez de tres chicas de cuota que no saben ni a qué teléfono llamar, la responsable hubiera sido una Loyola de Palacio que en horas habría cogido un avión para abrir puertas a patadas en Bruselas, Hamburgo y Berlín. Que habría hablado allí a todos los responsables de tú y en su idioma para exigir pruebas a sus acusaciones. Y buscar una limitación de daños para España. El primer día.

Don Alfredo

Ignacio Camacho en ABC

Cuando pide que le llamen Alfredo intenta derribar ante los militantes la barrera de solemnidad que rodea, como un círculo de tiza, su condición de copresidentedel Gobierno y jefe de la Policía, su biografía de tres décadas de coche oficial, cristales oscuros y más oscuras maniobras entre las bambalinas del poder. Una distancia adherida a su perfil que solemniza en exceso el flamante papel de liderazgo que acaba de asumir, y que incluye en teoría la necesidad de ser accesible, familiar, propicio a la confidencia y el afecto. Justo lo que resulta imposible cuando todo el aparato de Estado se cuela a cualquier hora por la celdilla del teléfono móvil.

(...)

La proximidad, la llaneza, se tiene o no se tiene; no se puede impostar. Tampoco pasa nada por no tenerla; siempre cabe explotar otras virtudes, otras cualidades. Los artificios no convencen a la gente, que en seguida detecta la simulación y el revestimiento que tanto gusta a los diseñadores de las campañas. El problema de Rubalcaba no es que sonría poco o que la vida y el poder le hayan puesto cara de malas noticias; es ser el principal colaborador de Zapatero y llevar encima cinco millones de parados.

Puesto a abolir lejanías, siempre resultaría más creíble si dejase de ser el ministro de casi todo, el valido omnipotente rodeado de parafernalia de Estado. Mientras los guardias se le cuadren al pie del avión oficial va a ser difícil que deje de parecer Don Alfredo.

Entrañable Alfredo

Emilio Campmany en Libertad Digital

No ha hecho más que empezar esta extraña campaña de primarias de aspirante único y ya se está viendo lo mal candidato que es el elegido. No sólo es que es viejo, feo y calvo, que dice Pepe García Domínguez. Es que además es un tío malage, con mala follá, cualidades que son virtudes para un privado que trabaje en la sombra, pero que se vuelven en graves defectos si se aspira a ceñir personalmente la corona. Ensaya una sonrisa cautivadora y lo que le sale es una mueca siniestra. Balbucea una palabra amable y los demás creen haber oído una amenaza velada. Ulises no puede ser Aquiles. Cada cual debe desempeñar el papel que ha escogido y Rubalcaba hace tiempo que eligió ser eso, Rubalcaba, si te vuelves, te la clava.

Nuestro deterioro en pocas palabras

Jorge Valín en Libertad Digital

¿Se ha preguntado nunca cuál es la función del Estado? Podríamos afirmar que proteger a la gente. Cuando nació el actual concepto de Estado –el Estado-Nación– rápidamente se identificó con la idea de la gloria, bien común y seguridad. A medida que el capitalismo avanzaba, y por tanto también aumentaba el bienestar del individuo, los dirigentes se dieron cuenta de que podían ampliar ese concepto de seguridad. Trasladaron la seguridad a la economía. Crearon derechos sociales, leyes de empleo digno y de protección. La capacidad productiva del mercado pudo aguantar tal apropiación de recursos que se tomó el Estado. Eso dio lugar a más reclamaciones sociales. La gente no vio, ni sigue viendo, que los derechos sociales tienen un origen criminal: el robo, el saqueo, el latrocinio y la extorsión al ciudadano. El Estado se empezó a meter en la vida de las personas diciéndoles cómo pensar, tomando la educación, cómo teníamos que vivir, cuánto teníamos que ahorrar y gastar con la creación de bancos centrales. También decidió qué "vicios" eran malos prohibiendo algunas drogas y dejando otras al margen. Y tal absurda pérdida de libertad individual nos ha convertido en simple ganado de los políticos y lobbies, que nos dicen hasta cómo hemos de hablar, prohibiéndonos incluso los piropos y hacer según qué chistes. El Estado ya no es el monopolio de la fuerza propiamente dicho, sino del pensamiento y la actuación humana.

Todo esto tenía que pasar factura. El Estado es muy mal ingeniero social. Después de doscientos años de monopolio estatal sobre nuestras vidas, nos tendríamos que reformular la pregunta. ¿Cuál es la función del Estado? La respuesta es la misma: proteger a la gente. Sin embargo, sus representantes se han convertido en el tercer problema de los españoles según el CIS.

Desde el periodo comprendido entre el año 2002 y 2009 los gastos en el hogar han aumentado el doble que los salarios. No solo ha sido una cuestión de la expansión crediticia provocada por los bancos centrales. España es el segundo país de la OCDE donde más han subido los impuestos. Está entre los países de Europa con mayor esfuerzo fiscal. Más que Suecia y Alemania por ejemplo.

La situación parece agravarse ahora. No solo por el desempleo, el pobre tejido productivo del país, o la cultura del hedonismo y las subvenciones. Por primera vez en un año, el saldo de los depósitos está cayendo. Las explicaciones pueden ser muchas, pero la más plausible es el deterioro del nivel de vida. Aunque ahora se ha moderado la inflación, ha tenido un rápido recorrido alcista y seguirá subiendo junto al coste de financiación como el de las hipotecas.

Esto nos lleva otro triste dato, y es que si en 2009 los españoles desempleados se vieron forzados a retirar casi 220 millones de euros de sus planes de pensiones, en 2010 aumentó a 320 millones de euros más. Las rentas desaparecen y el ciudadano se ve obligado a quemar su capital ahorrado para sobrevivir.

A todo esto, el Gobierno hace recortes que afectan a nuestro bienestar, pero sin bajar impuestos. Más bien al revés. Los impuestos van a seguir subiendo, no hay otra. Vivimos y trabajamos para los visionarios políticos.

¿Y cuál es la función del Estado? La contraria a lo que hace. El Estado es un instrumento, no un fin. Somos dependientes de las promesas electorales. No sabemos qué significa vivir en libertad (y la tememos) porque queremos que todo nos lo haga el Estado. Incluso le pedimos que haga magia como arreglar el planeta, construir un mundo mejor o que cree recursos que no es capaz de generar; no porque no sea posible, sino porque eso es función de la sociedad civil. No puede crearlo un político ni órgano central por medio de la ley y prohibiciones.

Esta crisis nos tendría que hacer ver que el Estado no solo es incapaz de crear la seguridad económica que pregona, sino que es su mayor negación. Solo tendremos un futuro mejor, no con tijeretazos, más subvenciones, burdas privatizaciones o parches en el mercado de trabajo (que ni eso), sino con menos Estado. No hay soluciones mágicas. Hay que arremangarse y ponerse a trabajar. Trabajar de espaldas al Estado. Que pague él el monstruo que ha creado.

La Historia y los demonios

Jorge Vilches en Libertad Digital

La prueba de que se ha politizado el asunto no es sólo que se ha convocado una concentración de protesta a las puertas de la Academia de la Historia –a la que irán los de siempre con las mismas banderas–, sino que el resto de la Historia de España parece no existir. Tiene razón en esto Ricardo García Cárcel: la Historia no comienza en 1931. Hubo vida antes de la Segunda República; pero hay quien quiere aprovechar la polémica, desorbitada y artificial, para sacar sus demonios fuera.

Franco y el gallinero progre

Pío Moa en Libertad Digital

Las creencias son libres y esos señores tienen derecho a tragarse y propalar las mayores necedades, nadie va a negárselo. Dada su presencia pública, sí cabría exigirles que se atrevieran a debatir sus creencias, pero hasta ahí no llega su audacia.

Su audacia la demuestran en otros campos: la desenvoltura con que no solo gritan, sino que demandan la censura y la imponen en cuanto está a su alcance, o exigen la "corrección" de textos no acordes con sus creencias, o acusan a otros de mentir, sin dar la menor prueba al respecto. Con lo cual demuestran ser tan "demócratas" como aquellos republicanos y frentepopulistas que tan agudamente describe Azaña: "¿Tendremos que resignarnos a que España caiga en una política tabernaria, incompetente, de amigachos, de codicia y botín, sin ninguna idea alta?". ¿Tendremos que resignarnos a que este gallinero imponga sus memeces como historia y cultura españolas?

Cautiva y desarmada

Cristina Losada en Libertad Digital

Este es el parte final del asalto a la libertad académica. El último bastión del fascismo ha caído. Cautiva y desarmada la Real Academia de la Historia, las fuerzas del antifranquismo sobrevenido han conseguido todos sus propósitos. La anacrónica institución se ha rendido y rectificará las biografías del monumental Diccionario que tanto sulfuran a indoctos hijos del panfleto y a profesores que no fueron llamados a participar en su elaboración. Bien está lo que bien acaba. A fin de coronar este triunfo de la Inquisición cultural, se espera que la entrada sobre Franco, motivo y pretexto del asedio, sea dictada en persona por la comisaria del ramo y afamada guionista del film Mentiras y gordas. ¡Ojalá fuera broma!

La cuestión que aquí se dirimía quedaba reflejada en la declaración del catedrático García Cárcel al diario El País: "Es una polémica desorbitada, hinchada y artificial. No tomaría ningún tipo de medida, porque significaría no respetar la opinión académica de un historiador como Luis Suárez Fernández. Se puede estar de acuerdo o no con él, pero me parece increíble que la ministra de Cultura pida una rectificación. No existe la Historia en singular, existen los historiadores. Lo contrario sería participar de la defensa del pensamiento único". A su vera, sin embargo, notorios eruditos mostraban su espanto ante el delito de calificar al régimen franquista simplemente de autoritario (necesitan otro diccionario) y algún librepensador pedía la destrucción de toda la edición. Lo dicho, auténticos discípulos de Erasmo, dignos herederos de la Ilustración.

jueves, 2 de junio de 2011

El loro opone resistencia

Manuel Martín Ferrand en ABC

En la vida política española, demasiado pancista y escasamente atenta a la demanda social, son frecuentes los arranques briosos y decididos, como de jaca jerezana, seguidos de parones bruscos y tercos, tal que de mula zamorana. Es el caso, al menos en Madrid, de Rosa Díez y su flamante partido socialdemócrata. Ayer, en esta misma columna, subrayaba la decisión de los concejales de UPyD que, en ejercicio de sensatez y respeto a los ciudadanos, habían anunciado su renuncia al coche oficial que les corresponde como ediles del gastoso Ayuntamiento de Alberto Ruiz-Gallardón, el más endeudado de España y, posiblemente, de toda Europa. Han bastado unas horas para que David Ortega, el portavoz del grupúsculo, matice la renuncia y aclare que su partido necesitará «uno o dos» coches para su actividad diaria que, se supone, no es compatible con el metro, el autobús, los trenes de cercanías o el cochecito de cada uno de ellos.

No es éste un asunto de naturaleza cuantitativa. Un par de automóviles no son, en el orden de los principios éticos y estéticos, menos que cinco. Lo cualitativo, que es lo que debiera orientar el gasto público en general y el de nuestros supuestos representantes en particular, reside en el respeto a cada céntimo de euro de los aportados al común por los muchos y variados impuestos, tasas y gravámenes con que nos sangran, no sin saña, las Administraciones públicas.

Decíamos ayer que es necesario y urgente acabar con ese loro devorador de chocolate que, tacita a tacita, se come una parte importante y prescindible del Presupuesto. Por lo que se ve, el loro opone resistencia. El significativo recular del partido de Rosa Díez en el Ayuntamiento madrileño toma razón de la advertencia del futuro jefe de la oposición en la Asamblea, el socialista Tomás Gómez, que justifica el derroche motorizado por razones de «seguridad», ya que «hace años» ETA amenazó a la Corporación. Pamplinas, si el riesgo de los ediles, muchos ignotos, es real habría que declarar el estado de sitio. No es que no se justifiquen más de media docena de coches representativos, meramente protocolarios, para la totalidad de los servicios municipales, es que tan siquiera cabe, en un estricto planteamiento democrático que priorice el servicio a los ciudadanos, la existencia de plazas reservadas para el aparcamiento de los munícipes y otros servidores y cargos públicos. Aquí, lejos de depurar los excesos del pasado, los vamos acumulando y adaptando a las nuevas situaciones y olvidamos algo fundamental: el privilegio, cualquiera que fuere, de un representante popular niega la dignidad de su representación.

Rubalcaba y el agua corre

Ignacio Ruiz Quintano en ABC

Primero fue el árbitro Stark con la tarjeta roja de Pepe. Luego, la alarma de Frau Merkel con un bicho en el pepino español… Yo creo que todo forma parte del rodaje alemán de «Toy Spain», la historia en que Rubalcaba, probablemente el ministro del Interior más inútil de la democracia, aspira al papel de Lotso, el oso fresón, dejando para Rajoy el de astronauta reseteado, o sea, Buzz Lightyear.

—A Rajoy la cámara no lo quiere —dicen que va diciendo este Lotso a sus amigotes.

Señalado por el dedo del Destino (aquel «dedo moreno» de Franco que tanto impresionara a Pemán) y dueño del ejército (controladores aéreos), de la policía (Marta Domínguez) y de la TV («lo que diga don Alfredo»), el plan de Rubalcaba consistiría en privarle de la mayoría absoluta a Rajoy para colocarse él con los nacionalistas.

Con ustedes, el social-nacionalismo.

¿Cuándo el fracaso refutó al socialismo? Cinco millones de parados sólo indican que acaso se hayan producido errores, corregibles con un par de cabezas de turco a manos de Rubalcaba, ese cirujano de hierro al que la cámara ama con la misma pasión que amó al tuerto Solbes en el debate con Pizarro.

—Los socialistas tienen una idea tan alta de su propia moralidad que casi se creería, al oírlos, que vuelven honrada a la corrupción cuando se entregan a ella —se lee en «El conocimiento inútil».

El socialismo hispánico, que en su versión más risueña evoca la filmografía de Roger Corman, ha designado titular de la «idea» de Estado a Rubalcaba, sin la oposición siquiera del Movimiento de Sol, cuya revolución aporta el cambio completo de nuestro «Dasein» (el «estar ahí» de Heidegger) español.

El «Dasein» heideggeriano designa la «realidad humana», y la «democracia real» es el ideal del Movimiento de Sol, donde no ha lugar a las alusiones a Zapatero.

—No busquéis las reglas de vuestro ser en dogmas y en ideas —dice Heidegger en su «Llamada a los estudiantes»—; es el mismo Fürher, y sólo él, quien es la realidad (¡la democracia real!) de hoy y de mañana.

Ni que decir tiene que detrás del Movimiento de Sol no está Heidegger, sino Punset y su «No pares, no pares no/ No pares nunca de soñar/ No pares, no pares no/ No pares nunca de soñar/ No tengas miedo a volar/ Vive tu vida…»

—La ruta de la seda era como vosotros —arenga Punset a los revolucionarios—. No paréis.

Pero Castells, otro del pensamiento tiqui-taca (versión filosófica del fútbol para Desdémonas de Verdi que propaga Guardiola), corrige: «No, no sois como la ruta de la seda. Sois… sois… sois como el agua que corre…»

Agua que corre y la cámara que no quiere a Rajoy.

O sea, que Lotso se va a poner las botas.

No quiero ni pensar sobre quién van a caer los pepinos que Frau Merkel nos ha averiado.

El muerto vivo

César Vidal en La Razón

Ya sé que existe una convicción absoluta en que ZP es un cadáver y que después de su designación sabatina en pro de Rubalcaba es difícil acercarse a él y no tener la sensación de que desprende el fétido hedor de la muerte. Sin embargo, a pesar de tanto signo acumulado, no da la sensación de que ZP se haya percatado lo más mínimo de su estado físico-político. En su discurso dedocrático, se jactó, por ejemplo, de que iba a diseñar en el próximo congreso del PSOE las líneas maestras no sólo de la socialdemocracia española sino incluso mundial. Me consta que semejante pretensión es difícil siquiera porque los lobbies gay y feminista no tienen en ningún partido socialista o socialdemócrata ni lejanamente el peso que en el PSOE. Por añadidura, en ninguno de esos partidos hay, por suerte para ellos, nacionalistas catalanes. Pero no se trata de que lo que afirma ZP sea posible sino de que se lo cree y lo anuncia a los cuatro vientos. De hecho, con el espectro de la quiebra económica cerniéndose sobre nuestras cabezas como los buitres ansiosos de despojos, en los últimos tiempos, su Gobierno sólo se ha ocupado de sacar adelante una ley que abre el camino hacia la eutanasia; de impulsar una delirante ley de igualdad de trato que constituye un torpedo contra la línea de flotación de no pocos colegios católicos y de poner en funcionamiento una comisión encargada de estudiar el futuro del Valle de los Caídos que recuerda esas películas en la que un negro de un pueblo de Mississippi es juzgado por un jurado de miembros del Ku-Klux-Klan bajo la acusación de violar a una chica pálida como la leche. Si se suma a esa conducta el reparto derrochón del presupuesto entre amiguetes y la cólera de ciertos medios porque la Real Academia de la Historia sostiene análisis históricos que no son los del zapaterismo y su recua de presuntos hispanistas sin vergüenza, de nulidades sectarias que ocupan cátedras de provincias y de chupópteros de la mal llamada Memoria histórica, cualquiera puede ver que ZP no se siente muerto. Por el contrario, sigue contemplándose como un punto de inflexión progresista en la Historia de España que ahora pasa un mal rato porque muchos no llegan a entender su grandeza, pero que acabará diseñando el futuro guste a quien guste. Sospecho que en el seno de tal visión –de esquizoide la calificaba recientemente un psiquiatra en un programa de televisión con referencia específica y repetida a ZP– Rubalcaba, hijo de un voluntario falangista, aparece como un sucesor capaz de ganar las últimas batallas de una guerra civil que ZP lleva librando hace más de siete años. Teniendo en cuenta el historial del ministro del Interior y que en su haber figura lo mismo el SITEL que el Faisán quizá no le falta razón a ZP para ese optimismo, pero no cabe engañarse. O vamos a unas elecciones anticipadas y el Gobierno que surja de ellas acomete todas las reformas necesarias o la situación económica empeorará de tal forma que el que gane –Rubalcaba o Rajoy– se va a encontrar un erial en el que difícilmente podrán crecer más que paro, miseria y violencia. Todo por empeñarse en no seguir el mandato de Jesús de dejar que los muertos entierren a los muertos.

Viñeta de Montoro en La Razón

Ese tufillo...

Pilar Rahola en La Vanguardia

¿Cómo podrían ser los alemanes los culpables de una mala manipulación de los alimentos o de cualquier error en la cadena alimentaria, ellos que son el colmo de la precisión? En cambio, los de aquí, todo el día con paella y fiesta, vayan a saber cómo hacen las cosas. Recuerdo que en un vuelo con British me encontré un simpático animalito en la lechuga y cuando llamé a la azafata, me espetó con cara de reina de Inglaterra: "Spanish food!, you know...". (...) A pesar de a que todos los casos en el pasado son alemanes, a pesar de que el nivel de seguridad alimentaria española es, hoy por hoy, indiscutible, a pesar de que nada señalaba a la Península, Alemania se echó al monte, disparó contra el primero que pasaba y en un minuto destruyó el trabajo de miles de agricultores. Ahora resulta que el bichito tenía marca Deutschland y donde dije España digo diego. ¿Habrían sido tan rápidos en culpar a un país de su área de influencia, pongamos Holanda o Dinamarca? Lo dudo. Pero Spain continua siendo different y por eso puede ser fácilmente la culpable de un desastre alimentario. Y ahora, ¿qué? Pues nada, a ser buenos alemanes, asumir la culpa y soltar el dinerito.

Todo se hereda

Alfredo Abián en La Vanguardia

El Parlament aprobó ayer la supresión de facto del impuesto de sucesiones. La demagogia está servida al grito de que el igualitarismo fiscal sólo beneficia a los ricos, mientras que las recetas del capitalismo salvaje únicamente gravan a los pobres. Intentemos huir de viejas serenatas falsamente clasistas, siguiendo el ejemplo de un gran loco de mediados del siglo XIX y principios del XX que atendía por Georges Sorel, que fue marxista revolucionario entre sus variados oficios ideológicos. "La envidia feroz del intelectual empobrecido que querría ver guillotinado al comerciante rico es un sentimiento depravado que nada tiene que ver con el socialismo", escribió el maestro.

Zapaterismo para rato

Alberto Gómez en Libertad Digital

Con medidas como la ley de eutanasia o la ley de igualdad de trato, el PSOE profundiza en el nuevo socialismo radical con vocación totalitaria. No nos engañemos. Esto no es cosa de ZP, sino del PSOE y, en general, de toda la izquierda occidental. Si antes el control de la economía era el medio indirecto para conseguir el nuevo hombre, ahora intentan conseguirlo tomando el control de todo lo demás. Marx, al fin y al cabo, era un gradualista moderado al lado de estos artistas del decreto ley.

Y ante este ataque a la libertad individual, ¿cómo es que no se desencadena una revuelta social? Es fácil de entender. Esta izquierda es la consecuencia lógica de lo que la mayoría de la gente cree ahora mismo, incluida la que se considera de derechas. Si pensamos que no somos distintos al nacer y que todo es producto de la educación; si nos empeñamos en creer (¡desde hace tres siglos!) que en la próxima década ya no habrá recursos para todos; si pensamos que es legítimo que las mayorías sacrifiquen individuos por el bien común; si pensamos que los "valores" son arbitrarios y personales y los "hechos", incontestables; si asumimos que todo esto no son prejuicios, sino verdades científicas... entonces no nos podemos oponer al aborto, a la liquidación de ancianos y a una exquisita representación paritaria en todos los ámbitos; no nos podemos oponer al feminismo y a la promoción de la homosexualidad o de cualquier medida anti-natalista.

La derecha, sobre todo la política, solo mantiene diferencias de grado con la izquierda, porque en el fondo está de acuerdo, aunque ello le cause repugnancia. Por eso, la ausencia de argumentos contra la izquierda no es táctica, es una realidad. Todo lo que hace la derecha es meter la cabeza bajo el ala e ilusionarse con que son cosas de ZP. Pero todo esto es un desastre; no porque los principios sean falsos, que lo son, sino porque sus consecuencias van contra las más elementales reglas de supervivencia: impedir directamente –o indirectamente, con medidas de igualdad– que existan nuevas generaciones por una supuesta falta de recursos futura es hacer como las culturas precolombinas cuando sacrificaban a sus jóvenes para suplicar a los dioses una buena cosecha al año siguiente.

No es extraño que los fanáticos se dediquen a atacar por todos los medios a disciplinas como la psicología evolucionista y a los diversos mecanismos de innovación –como la libre competencia– que desenmascaran o hacen irrelevantes esas creencias –en muchos casos atávicas– que buscan el retorno al mundo estático y totalitario de la tribu.

La ministra biógrafa

Serafín Fanjul en Libertad Digital

El mundo cultural español de nuestro tiempo suele ofrecernos pocas alegrías. Por añadidura, y gracias a los gobiernos socialistas, se ha convertido en mera prolongación del patio de Monipodio que constituye la vida política: reparto de subvenciones, premios y protagonismo publicitario para los amigos. El colmo ha sido la actual ministra González Sinde, que con la divisa Sic coronat opus (lo cual en lenguaje popular podría traducirse "Así se remata la faena") ha llegado a subvencionar sus películas y las de su familia: ¿hay quién dé más? Mientras, no es frecuente que instituciones españolas lleven a cabo grandes aportaciones al acervo de la cultura humana. Y cuando alguien lo hace, proliferan los espontáneos dispuestos a desacreditar el trabajo y –si pueden– a hundirlo. Se habla de cainismo español que, sin duda, no falta, pero más bien pienso en estupidez e ignorancia, de los cuales por acá tenemos superproducción.

La Real Academia de la Historia ha realizado en los últimos doce años una obra magna que se venía proyectando desde 1738: el Diccionario Biográfico de nuestro país y de los territorios (vastísimos) que integraron la monarquía hispánica. Ha sido una labor ciclópea que ha requerido tenacidad de dirección y trabajo ingente, minucioso y bien hecho de los coordinadores y organizadores, un esfuerzo gigantesco y sostenido en el tiempo. No puedo ni debo entrar en detalles, pero créanme que 42.000 biografías (con sus correspondientes bibliografías) y más de 5.000 colaboradores no son materia que se ventila "en dos tardes", como es fama resuelven los socialistas sus estudios y tareas. En el mundo sólo hay otra obra equiparable, el Diccionario de Oxford, que los ingleses han dedicado a su país, como es lógico. Pues bien, no han pasado ni dos días de la presentación y ya han aparecido los críticos que se regodean en sumir y mantener a nuestro país en la mediocridad y el consumo para catetos: las películas de Almodóvar, las novelas de Millás, Grandes o Lindo y el no menos prodigioso cine de Sinde.

El pretexto, como se estila en la era Rodríguez, es político: igual que los niños en fase anal, al descubrir el diccionario, se lanzan a buscar "caca, culo, pis", los progres se han abalanzado sobre los veinticinco primeros volúmenes (el año próximo saldrán otros tantos) a dictaminar –desde el inobjetable Olimpo de aquellos a quienes nada se puede criticar porque nada hacen– si el trabajillo merece el nihil obstat que sólo puede expedir su incuestionable autoridad. Obviamente, hay que empezar por Franco y cuanto con él se relacione, el resto no importa. Si el general no sale suficientemente descalabrado y zaherido –a juicio de periodistas que malamente enlazan sujeto, verbo y predicado: vean el panfleto donde escriben– significa que la obra "perderá el interés de los lectores", como ha sentenciado la ministra de Cultura, con la amenaza poco velada de cortar las ayuditas para la edición que han ido proporcionando varios ministerios desde la época de Aznar, pues en la financiación han participado entidades públicas y privadas. Y bienvenidas todas.

En verdad, no sé qué perdonan menos los socialistas, si mantener posturas diferentes a las suyas o, simplemente, que se trabaje: se nota demasiado la diferencia. Y esperemos que Mariano Rajoy y los votantes pongamos fin a esta calamidad.

Un nido de fachas en la Academia

Cristina Losada en Libertad Digital

El tiempo pasa y la ignorancia permanece. Crece, en realidad, exponencialmente. En su día, cualquier persona de cierta cultura, máxime en la izquierda, conocía la caracterización que el politólogo Juan Linz había hecho del régimen de Franco. Por abreviar, el profesor sostuvo que el franquismo se encuadraba en los sistemas políticos autoritarios y no en los totalitarios, y el rigor de su análisis, expuesto en varias obras, había garantizado su supervivencia. Hasta ahora. Hasta que salieron de las guarderías los ninis y llegaron arriba, alegremente liberados de cualquier lastre intelectual y libresco. Hoy, por la misma definición que formulara Linz, quieren fusilar a la Real Academia de la Historia. La conjura de los necios, incansable látigo de los enemigos del pueblo, ha encontrado allí un nido de fachas peligrosos.

Vengan los carcamales con sutilezas, que no cuelan. Al pan, pan, al vino, vino, a la dictadura, dictadura y al asesino, asesino. Un buen panfleto es lo que se pide a los académicos y no rebuscadas fórmulas de la ciencia política. Ante todo, porque no las entienden los nenes. De otro modo, ¿cómo explicar que estos sagaces denunciantes crean que un régimen autoritario no es una dictadura? Habrá que volver a la pizarra para explicar conceptos elementales, y con ejemplos. Digamos, pues, que esta desviación respecto de la línea del Partido, no ocurriría en un sistema totalitario consolidado, aunque tampoco puede estar nadie seguro de que no es un agente del fascio. Bien lo avisó Beria: "Entréguenme a quien les plazca y en veinticuatro horas le obligaré a confesar que es un espía británico". Quiere decirse, en nuestro caso, que Carlos Seco no compensa su calumnia a Negrín ni con el hecho de que su padre fuera fusilado por oponerse a Franco.

Descartado, por el qué dirán, el destino que el totalitarismo reservaría a los académicos criptofranquistas, amén de machistas, centralistas y viejos, me queda una duda. No sé si la coacción que se ha ejercido sobre ellos se diferencia de la que aplicaría un régimen autoritario. Dos ministros, los de Educación y Cultura, qué ironía, exigen rectificación, ergo censura. Y Sinde no excluye la retirada de la obra, cuestión que ha aplazado hasta analizar su contenido. Pero esta nueva sublevación contra el diccionario –ya hubo una similar contra el de la Lengua– muestra un rasgo propio de la mentalidad totalitaria, que no reconoce la existencia de ningún ámbito ajeno a la política. No se salvan ni los diccionarios.