jueves, 9 de junio de 2011

Vuelve la economía

GEES en Libertad Digital

Los políticos celebraron en 2008 el inicio de la crisis diciendo que iban a poner en cintura a las fuerzas desalmadas de la economía. El jefe de la Reserva Federal americana anunció la puesta entre paréntesis de la ideología –capitalista y liberal– para desatar la potencia redentora del consenso socialdemócrata intervencionista.

Hoy los USA confirman crecimiento escaso, paro constante y riesgo de inflación, aumenta el desempleo en Grecia y los tipos de los bonos de países periféricos. La garantía del IMF de la parte del préstamo comprometido a ésta se hace a cambio de que la UE la financie un año más. En el colmo de la desfachatez, Obama (17,1% del FMI) abronca a Merkel para que impida la quiebra helena.

Pero parece que la realidad se va a imponer a la ficción financiera.

Por un lado, Bernanke ha dicho que la última relajación crediticia de la Reserva Federal –600.000 millones– no será prorrogada después de julio. Por otro, las tendencias electorales europeas y el liderazgo de los países que mejor han vadeado la crisis hacen prever una espera en los créditos debidos por Grecia a bancos privados y al BCE.

En contra de la ley europea, cuando empezó la fiebre rescatadora, se obligó al BCE a comprar bonos de los países afectados. No sólo aumentó la pelota de la deuda sin generar más confianza en estos sino que puso en peligro el balance del BCE. No extrañamente, es el actor europeo más opuesto a la asunción de pérdidas por los acreedores, en la forma del retraso de pagos que parece inevitable. El único argumento que queda a favor de más rescates es el de que los primeros han fracasado y esto obliga al BCE a perpetuar la compra ilegal e infructuosa de bonos. Demencial.

Lo sustancial es que el resto de acreedores han caído en la cuenta de que más vale anotarse las pérdidas de la restructuración griega cuanto antes porque esperar no mejora las expectativas de cobro. Algún día alguien tendrá que explicar porqué ante la explosión de una burbuja crediticia se respondió con más de la misma medicina generando más malas inversiones y una nueva burbuja a añadir a la primera en forma de expansión monetaria e incremento desmesurado de deuda en países ya en dificultades.

Ha costado tres años descubrir la ausencia de virtudes taumatúrgicas de los artificios del multiplicador keynesiano, la deuda y los rescates. La situación es hoy peor que entonces, pero al menos se está deteniendo el mal. Empezar a hacerlo bien requiere la ortodoxia económica de siempre: ahorrar para invertir, invertir para crear empleo, sometiéndose a las reglas del mercado y no a la voluntad interesada de los políticos. Resulta que sí hay ideólogos en las crisis financieras y los que han fracasado son los partidarios del consenso socialdemócrata. En esta segunda caída del Muro, los liberales habrán de sustituirlos. No podrán hacer milagros, pero sí esperanzarnos con una recuperación real y no ficticia.

¿Dónde está el Gobierno?

Emilio J. González en Libertad Digital

Desde que los socialistas se llevaron un tremendo varapalo en las últimas elecciones municipales, en este país el Gobierno brilla por su ausencia. A Zapatero y su Ejecutivo no se les ve por ninguna parte, excepto cuando ya no les queda más remedio, por ejemplo, cuando tienen que comparecer ante el Congreso de los Diputados. Pero, por lo demás, el Gobierno brilla por su ausencia. Pase lo que pase en este país, a los ministros casi ni se les ve ni se les oye, y cuando hablan se limitan a referirse a lugares comunes, sin decir ni hacer nada más que lo imprescindible, y muchas veces ni tan siquiera eso.

El caso más flagrante estos días es, por supuesto, el de Rosa Aguilar, entre cuyas responsabilidades se encuentra la agricultura española. ¿Alguien la ha visto en algún momento salir abiertamente en defensa del pepino español y de sus productores? Para nada. Ella se ha quedado tranquilita en su despacho y cuando se le ha preguntado se ha limitado a responder que el Gobierno va a pedir a Bruselas dinero para compensar a los agricultores, cuando la cantidad que está ofreciendo la Unión Europea, algo más de doscientos millones de euros, apenas alcanza para cubrir las pérdidas de una sola semana de los cultivadores de esta hortaliza. Y la ministra, tan pancha, disfrutando de su mal ganado sueldo, su coche oficial y sus privilegios como miembro del Gobierno, como si la cosa no fuera con ella.

Con la vicepresidenta económica, Elena Salgado, ocurre tres cuartos de lo mismo. La Comisión Europea acaba de pegarnos un buen tirón de orejas con su informe pidiendo la subida del IVA, la bajada de las cotizaciones sociales y la reforma laboral. ¿Y qué hace la señora ministra? Pues limitarse a decir que eso no entra en los planes del Gobierno, y punto. Claro, no entra porque el Ejecutivo no tiene ningún plan ni nada que se le parezca. Por eso Salgado no puede responder a Bruselas anunciando un nuevo paquete de medidas económicas para salir de la crisis. A ella lo único que le importa es que los presupuestos para 2012 salgan adelante en la tramitación, aunque sea a costa de vender a los nacionalistas lo poco que queda de España y, por lo demás, que la dejen tranquila que ella ya tiene bastante con sus cosas. Lo que no sabemos es con cuáles porque, desde luego, de las de su cargo no se ocupa.

¿Y Miguel Sebastián? Porque el titular de Industria apenas abre el pico. Y con el de Trabajo, Valeriano Gómez, sucede tres cuartos de lo mismo. Ahora ha hablado para presentar ese simulacro de reforma laboral con el que el Gobierno pretende seguir mareando la perdiz con los mercados y con la UE y poco más sabemos de él. Y así uno tras otro. Si lo que quieren es estar tranquilos, mejor que convoquen elecciones y se marchen ya a su casa.

La no-reforma sindical

Juan Ramón Rallo en Libertad Digital

Señala esa vulgata marxista convertida en dogma de fe progresista que existe un conflicto de intereses irresoluble entre la opresora clase capitalista-gerencial y la muy oprimida población trabajadora. La salud de los primeros es la enfermedad de los segundos; los proletarios sólo pueden prosperar arrebatándoles la propiedad y los beneficios a las ratas explotadoras y éstas sólo pueden acumular capital apretándoles las tuercas a los obreros.

Esa fantasía épica, con sus orcos, elfos y unicornios incluidos, se ha erigido en piedra angular de nuestras relaciones laborales y, por tanto, de nuestro desastre económico actual. Lo mismo da que allí donde un mayor número de empresas ganen una cantidad más sobresaliente de dinero los salarios también sean mucho más elevados; el machacón pensamiento único es claro en su diagnóstico, coincidente con esas sesudas reflexiones de la Bruja Avería de "¡Viva el mal, viva el capital!".

Así, dado que los sindicatos deben defender a los trabajadores de sí mismos –de esa enorme osadía de rubricar acuerdos contractuales con los empresarios que ambos se atrevan a juzgar como beneficiosos en contra del más alto y relevante criterio de la plutocracia comisiono-ugetera– en España no hay quien contrate y, por consiguiente, no hay quien trabaje. Porque, quizá convenga repetirlo, si al empresario no le resulta rentable contratar, no se contratará y si no se contrata, no se trabaja.

Era este perverso sistema, ese que apuntala contra viento y marea, contra expansión y contracción crediticia, las condiciones laborales gestadas en medio de la mayor burbuja inmobiliaria que conocieron los siglos, el que había que desmontar. Y es que, aun dejando de lado el problemilla de que unos señores que no creen en la libertad de empresa pacten al milímetro las condiciones laborales de todas las empresas de este país; aun atribuyéndoles a nuestros sindicatos una sapiencia que jamás se han dignado a mostrarnos; aun así, ¿qué creen que significa eso de la ultraactividad de los convenios? Pues que si los sindicatos así lo desean –y lo desean–, lo pactado en 2003, 2005 ó 2007 tiene hoy, cuatro años de desmoronamiento económico después, la misma vigencia que cuando construíamos centenares de millares de viviendas al semestre.

Por eso había que derruir el sistema. Por eso, sí, y también para beneficiar a los empresarios; para no impedirles crear riqueza y contratar a parte de los cinco millones de parados en el proceso. Por eso, sí, y también beneficiar a los trabajadores, pues, por extraño que pueda parecerles a quienes viven de nuestros impuestos, no resulta del todo inverosímil que muchos de esos obreros quieran conservar su empleo o incluso volver a trabajar. Por eso, sí, y también para perjudicar a los sindicatos, que no otros son los únicos que medran en un sistema que los convierte en omnipotentes legisladores.

Mas el Gobierno ha optado, oh sorpresa, por no reformar lo que debería haber sido reducido a cenizas. El Partido Socialista Obrero Español ni ha escuchado a Bruselas, ni a los empresarios ni, tampoco, desengáñense, a los trabajadores. Por una simple cuestión: el socialismo nunca ha defendido a los obreros, se limitó a instrumentalizarlos –y masacrarlos– en beneficio de la casta gobernante. Después de destruir tres millones de empleos en tres años, José Luis, Alfredo y Valeriano han decidido que nada merece ser cambiado en nuestro mercado laboral. ¿Para qué? ¿Algún problema a la vista? ¿Algún sindicato en dificultades?

La guerra ha terminado

Cristina Losada en Libertad Digital

Volví a ver La guerre est finie no hace mucho tiempo, es decir, en algún momento de los últimos diez años. Me pareció, la película de Resnais, una obra maestra, aunque ahora no pondría la mano en el fuego. El tiempo no pasa en balde. Tampoco había pasado en balde el tiempo en España entre la guerra civil y los años sesenta, y ése era el perturbador descubrimiento del que daba cuenta el guionista, Jorge Semprún, tras haber vislumbrado la fisonomía española desde su condición de agente clandestino del PCE, enlace y correo entre la dirección de París y la militancia del interior. Los periplos de Yves Montand en esa película minimalista representan el viaje entre el universo congelado del exilio y un país transformado, ya distante y ajeno a aquella Guerra, en la que todavía habitaban, petrificados, los comunistas y otras gentes del destierro. Era el sobrio viaje a la realidad.

Semprún y su partido percibirían la inutilidad de unas estrategias ancladas en códigos del pasado, fútiles intentos de derrocar a la dictadura mediante huelgas generales de improbable seguimiento y enorme coste. La guerra había terminado, realmente. El engaño y el autoengaño se dieron de bruces con una sociedad que empezaba a cosechar los frutos del progreso económico, se compraba el pisito y el seiscientos, y pensaba en las vacaciones en Torremolinos. Nada de lo cual impediría que el viaje de Montand-Semprún fuera un trayecto que sucesivos aluviones de la izquierda estarían –estaríamos– condenados a repetir, fuese en forma de tragedia o de otro género de menor carga dramática. Entrados los setenta, una miríada de grupos aún creía exultante no en que fuera posible la vuelta a la II República, vieja reliquia para el museo, sino la mismísima Revolución.

Faltaba la farsa y aquí está, en nuestro presente. De nuevo se proclama que la guerra no ha terminado, como en un viaje de vuelta a aquel planeta inmóvil en el que vivían las gentes del exilio y medraban los capos estalinistas. Pretende revestirse de recuperación de la memoria, pero es mera falsificación. Hoy, incluso, la muerte de Semprún, Jorge, permitía agregar capas al mendaz envoltorio. Cierto que él mismo se entregó a la impostura, como denunciaron su hermano Carlos y otros conocedores de su papel en Buchenwald. Y es bien triste que quien supo afrontar la realidad política y reflejar la experiencia con brillantez no fuera nunca capaz de afrontar la realidad más suya.

Aquel Semprún

César Vidal en La Razón

Conocí a Jorge Semprún a inicios de 1995. Ambos fuimos invitados a un programa de libros de RTVE dedicado al Holocausto. A esas alturas, los nazis andaban destruyendo en las librerías mi libro «La revisión del Holocausto» y Alianza Editorial acababa de editar «El Holocausto», otra obra mía que era la primera Historia global de la Shoah escrita en lengua española. Semprún aportaba al programa no un libro sino una experiencia muy clara, la de haber sobrevivido a los campos nazis. Recuerdo que estuvo muy amable conmigo y que elogió calurosamente mi labor historiográfica. A la salida, charlamos un rato e intercambiamos direcciones. Volvimos a encontrarnos en distintas ocasiones, por regla general, en mesas redondas o conferencias sobre el sistema nacional-socialista. Aquí y allá, me habló de Carrillo –conseguía hacerlo con un distanciamiento prodigioso teniendo en cuenta lo que había narrado de él en su «Autobiografía de Federico Sánchez»– o me comentó que, en realidad, sus libros se vendían muy poco en Francia –cuatro, cinco mil ejemplares– algo que causaba una enorme sorpresa en los que lo escuchaban. A esas alturas había pasado sin pena ni gloria por uno de los gobiernos de Felipe González y había fracasado estrepitosamente como contertulio en el programa de Luis del Olmo –sólo aguantó una primera y silenciosa vez– seguramente porque él era más de argumentos sopesados y tranquilos que de choques estrepitosos y partidistas. Seguramente, también encajaba con una imagen que se había ido creando desde la época en que era un recluso de Buchenwald. Reuniendo materiales para mi «Recuerdo 1936», uno de sus compañeros de deportación, también del PCE, me contó cómo había leído la novela de Semprún sobre el tren de deportados y, a pesar de que lo acompañaba en el mismo vagón, no había reconocido absolutamente nada. También es cierto que el personaje nunca me dijo –a diferencia de Semprún, que lo reconoció por escrito– que los comunistas habían sobrevivido en los campos nazis simplemente porque se habían apoderado de la administración interior ante la actitud permisiva de las SS. Sin duda, quien me permitió conocerlo mejor fue su hermano, Carlos Semprún Maura. Perseguido por una izquierda que no podía tolerar que se hubiera convertido en liberal, Carlos me relató en una larga entrevista emitida desde los micrófonos de COPE cómo su hermano Jorge –al que consideraba un héroe al regresar de Buchenwald– había sobrevivido simplemente porque había sido un kapo, actividad, dicho sea de paso, que los comunistas estaban dispuestos a asumir para continuar vivos en el infierno creado por el nacional-socialismo alemán. Me he preguntado muchas veces si esa infernal experiencia no marcó a Jorge Semprún determinando su vida posterior. Lo impulsó, inicialmente, a seguir en el PCE escribiendo odas a Stalin y a la Pasionaria, pero, al fin y a la postre, el conocimiento de la condición humana le otorgó el suficiente espíritu crítico para enfrentarse con la dirección de Carrillo –el hombre al que los demócratas nunca agradeceremos bastante el haber liquidado el PCE–, para convertirse en atlantista frente a la URSS, para abandonar a Felipe González cuando la corrupción salpicaba en todas direcciones y para no sumarse a disparates como el zapaterismo. No fue poco, dado que todavía hay quien defiende el comunismo a pesar de los cien millones de muertos que causó en el siglo XX. Descanse en paz.

El diccionario histórico de Angelines

Ignacio Ruiz Quintano en ABC

En tiempos de Google, ¿cuántos hojean diccionarios?

—La erudición es una fuente donde abrevan las bestias, y a veces, los hombres —contestó Tierno a Fraga en una discusión parlamentaria sobre el preámbulo constitucional.

¿Diccionarios? Para los comunistas y la ministra Angelines, que querrá ser llamada así, una vez que Rubalcaba, su jefe, sólo aspira a que lo llamen Alfredo, alias, por cierto, de Togliatti, uno de los filántropos de Stalin en la mesacamilla de la guerra civil.

¿Autoritario o totalitario?

Esa controversia sobre Franco, su fantasma mitomotriz, es lo que entretiene a la izquierda de los cinco millones de parados.

—No tenemos una Real Academia, sino una Real Caverna contra la República —perora en el Congreso el doctor Llamazares, científico ducho en la agrobiología de Lyssenko e incapaz, ay, de comprender las licencias literarias del profesor Suárez sobre el franquismo como las del Nobel García Márquez sobre los «boat-people» vietnamitas.

¿Autoritario o totalitario?

Diremos que «totalitario» es cuando te dictan lo que has de hacer y además no te dejan entrar ni salir del país, salvo que seas los Beatles, el Ché (paseante de la Gran Vía en uniforme verde oliva) y así. O sea, el franquismo. Y «autoritario» es cuando te dictan lo que no has de hacer, pero te dejan entrar y salir a tu bola. O sea, el castrismo, para no perdernos en el Gulag.

—La historia —advierte Croce— es siempre historia contemporánea.

En 1973, la hoy ministra Angelines clavaba una estaca en el corazón del totalitarismo franquista con su cameo en «El Love Feroz o cuando los hijos juegan al amor».

En 1974, Nixon envía a El Pardo al general Vernon Walters para otear la situación:

—El Príncipe será Rey —le dice Franco—, porque no hay alternativa. España irá lejos en el camino que desean ustedes, los ingleses y los franceses: democracia, pornografía, droga y qué sé yo. Habrá grandes locuras, pero ninguna de ellas será fatal para España. Porque yo voy a dejar algo que no encontré: la clase media española.

En 1975 (¡octubre!), en «L'Europeo» milanés, Carrillo le confiesa a Oriana Fallaci:

—Si la derecha no ayuda, derribaremos la Dictadura con la violencia. He hecho también la guerrilla. Durante nueve años. No sé si soy un buen tirador, pero sé que apuntaba con cuidado: para matar… No estoy dispuesto a dejar con vida a Franco. Sería una injusticia histórica ver morir a Franco en su lecho… ¿Qué posibilidades tiene Juan Carlos? Todo lo más ser rey durante unos meses… Yo soy comunista, no soy rosa… Stalin no era antipático: sabía tratar a la gente… Y la República española no era un régimen capitalista, sino una democracia popular en el verdadero sentido de la palabra.

Menuda golfa, la Historia.

miércoles, 8 de junio de 2011

Joeeeeeeee!!!

José García Domínguez en Libertad Digital

"El jueves día 17 me llamaron por teléfono, y me dicen que si no tenía inconveniente, al día siguiente me proponían en el Parlamento de Catalunya, para un importante cargo institucional.... No tiene nada que ver con la política, es un cargo público, importante, pero independiente (de hecho, se DEBE ser independiente, igual que un juez por ejemplo, para poder desempeñar bien la función). El asunto me pilló por completa sorpresa, y apenas pude balbucear algo por teléfono (debía parecer profunda! jajaja). Un año atrás me habían insinuado algo, pero desde entonces no había tenido más noticias, y pensé sinceramente que se había desestimado el tema".

"El viernes por la mañana me llaman para comunicarme que ya se había propuesto oficialmente mi candidatura y que debía prepararme porque el lunes 21 de febrero, a las 12 del mediodía debía comparecer ante una comisión de unos 40-50 diputados del parlamento, de todos los partidos políticos, para exponer mi currículum y defender mi idoneidad para el cargo. Después de la exposición, era muy posible que tuviera que responder a preguntas que me hicieran. Jolín... me entraron todos los tembleques!!!! Qué tenía que decir???? Quién estaría en esa comisión?????? Qué me preguntarían????? QUÉ ME PONÍA????????joeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee!!!!!".

"Mi marido me mandó a la pelu el sábado por la mañana (qué pasa???? Yo no me corto ni tiño bien el pelo????? jajajajaja... qué horror!!!), y por la tarde, halaaaaaaaaa, a tirar de la VISA comprando ropa y zapatos ‘serios’.... Qué ruina! Y el domingo enterito dedicado a preparar la comparecencia, a hablar con gente que me pudiera echar una mano para prepararme bien, y a visitar a una amiga, que es diseñadora de modas, y a parte de tener un gusto exquisito, tiene 8000 complementos monísimos para acabar de ‘adornar’ cualquier vestimenta... así que llegué a casa con una bolsa cargada de foulares y bisutería fashion y ‘buena’. Parecía que hubieran pasado los Reyes Majos!!!! jajajaja. La pena es que todo era prestado! Jeje".

"El jueves por la tarde-noche, ya tuve que asistir al primer coctail semi-oficial de celebración.... y llevo varios días con entrevistas con las personas a las que ‘sustituimos’, para hacer cambio de impresiones y ‘quedar bien’, preparando diversos temas previos, etc... Por suerte me van informando poco a poco de los pasos que tenemos que ir dando, porque entro en un mundo totalmente nuevo para mí!!!! El viernes próximo tengo que volver de nuevo al Parlamento para hacer la toma de posesión oficial del cargo, delante de la presidenta del Parlamento y del presidente de la Generalitat".

"Me han dicho que allí nos hacen entrega de un escudito para la solapa y que seguramente tendremos que decir algunas palabras, aparte de posar para las fotos oficiales...... Aissssssss, y yo con el régimen por empezarrrrrrrrrrrrrrrrr!!!grrrrrr Ya me podían haber avisado con un par de meses de antelación y al menos podría haber bajado algo de ‘gordura’!!! jijijiji (=risa nerviosa). Y nada, el martes 8 (el lunes 7 es fiesta en Barcelona) a trabajar ya oficialmente!! Por lo que me han dicho los ‘antiguos’, podemos hacer un horario bastante flexible, o sea, adaptado a nuestras necesidades..... En fin, un montón de temas!!".

Nota bene: Extracto de las reflexiones de cierta Marian-S, acrónimo que se corresponde con las iniciales de Maria Àngels Servat, vertidas en el foro de bricolaje y manualidades facilisimo.com. Síndico del Tribunal de Cuentas de Cataluña merced a los votos de tres quintas partes de los diputados del Parlament, la señora Maria Àngels Servat dirige junto a otros seis electos la institución llamada a auditar, fiscalizar y verificar todas las cuentas de la Generalidad, cifras oficiales del déficit incluidas.

Indignados en el "híper"

José Antonio Martínez-Abarca en Libertad Digital

Ya se sabe que los comunistas de Stalin ordenaron fusilar en masa a los anarquistas españoles hartos, entre otras cosas, de que éstos hiciesen de "indignados" de #acampadasol. Aquellos primeros ensayos de "perroflautas" (imperfectos, puesto que por entonces no había costumbre de tocar los bongos) pretendían repartirse lo que incautaban a los terratenientes de forma asamblearia y en acto, sin esperar a la llegada de la sociedad perfecta, que, para los propios comunistas, no venía ya sino que siempre anunciaba su llegada para mañana. El general estalinista Líster, sin ir más lejos, prefería la injusticia al desorden, y acabó con aquella fiesta de los derechos sociales de forma sumaria y con alguna contundencia más que los "mossos" en la Plaza de Cataluña, de lo que estuvo siempre orgulloso. Pero estos incautos de la indignación de ahora resultan tan desavisados que pretenden la llegada del comunismo ternurista sin saber que el comunismo que tanto ansían lo primero que haría sería expedir la orden de que se alinearan, al amanecer, frente a las blancas tapias del cementerio. Quieren ser la tumba del capitalismo cuando es precisamente el capitalismo el único sistema que les permite sus patochadas y de paso continuar con vida para contarlo.

De cuándo aquí iban a permitir sus mitificados héroes de la izquierda, los para ellos legítimos representantes de una "democracia real" de la buena, que, como acaban de hacer los campistas en mi pueblo, tomen por asalto un "carrefour" para intentar llevarse los carros llenos con la merienda diciendo que ellos son simples intermediarios –simples, por supuesto– entre los que se benefician de la venta de alimentos y los pobres que no pueden pagarlos. En lugar de llegar algunos números de la policía nacional a susurrarles lo inoportuno de su acción asamblearia, la "democracia real" a la que tanto cantan los metería en camionetas rumbo a tomarse todos un cafelito sin retorno. El general Líster hubiese sabido lo que hacer con estos chicos, sin dudarlo un momento. Es desarmante la candidez de esta gente, que incluye en la cesta de la compra "de primera necesidad" por la patilla un cargamento de compresas y otro, eso sí, de tampones, se conoce que por si hay que trasladar ahora la acampada a la playa, y que no cante el "bikini". Mueve a la profunda piedad que estos arrapiezos de cabello jamaicano empastado con guano de paloma creyeran que iban a llegar a un "hiper" y, en nombre de esas recetas que dan las "misses" para arreglar el mundo en un rato, se iban a llevar los carros tupidos gratis total. Pretendían aliviar a los dueños del "carrefour" de "la privatización de las ganancias" (sic). Se sorprendieron sinceramente de que la negociación con los dependientes no llegase a buen puerto, y encima éstos llamasen a la madera. ¿Cómo enfadarse?

No se le puede pegar, y ni siquiera reñir, a unos bebés de ochenta kilos de peso/media. Antes de mandarles a las brigadas de desinsectación a las plazas del 15-M por imponer unas mínimas normas cívicas, es mucho más urgente para estos "indignados", dada su inconsciencia casi prenatal pese a que algunos ya corrieron delante de los "grises" cuando todavía no habían expulsado a Aranguren de la Universidad, pedirles la vez para el próximo curso en algún jardín de infancia, donde les enseñen que la economía de trueque aquí no funciona, ni en su exigida "sociedad perfecta" mucho menos: aquí si te llevas las cosas haciendo un llamamiento a la fraternidad desinteresada viene la poli, pero allí vienen los enterradores.

Las fragonetas de Barreda

Pablo Molina en Libertad Digital

La imagen de un operario de la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha llenando una furgoneta con bolsas de basura llenas de documentos, es tan descriptiva que cualquier intento de explicar la escena sólo consigue acrecentar la certeza de que se trata de un expolio documental en toda regla.

Marcelino Iglesias, a pesar de su intelecto privilegiado, lo ha terminado de arreglar diciendo que el funcionario del grupo D con mono azul estaba transportando en esos cuarenta o cincuenta sacos de basura únicamente "archivos personales", pero entonces surgen varias incoherencias que ni siquiera el gran Marcelino parece haber previsto en su muy estudiada estrategia de desactivación de los efectos de la ya famosa instantánea.

Primero, en una administración pública no existe eso que Marcelino denomina "archivos personales", porque cualquier documento generado es de carácter público excepto los que afectan a la carrera profesional de un funcionario en concreto y que, por su propia naturaleza, no exceden de cuatro o cinco folios según el número de traslados o ascensos que el empleado en cuestión haya conseguido a lo largo de su vida laboral. Convengamos en que resulta como mínimo dudoso que todos los funcionarios de la comunidad autónoma hayan decidido de golpe desprenderse de sus nombramientos oficiales metiéndolos en sacos de basura para su posterior destrucción.

Segundo, si el todavía secretario de organización del PSOE confundió "archivos" con "efectos" personales el asunto no hace más que empeorar, porque los portarretratos, los cubos para lápices y otros regalos del Día del Padre o de la Madre así como los dibujos que los niños dedican a sus progenitores caben perfectamente en una caja de folios o una bolsa mediana de El Corte Inglés. Tampoco parece probable que todos los funcionarios de la Junta hayan decidido simultáneamente desprenderse de sus recuerdos familiares de una forma tan mezquina.

Entonces ¿Qué contienen esas bolsas que tan nerviosos ponen a los socialistas y tan verborreico a Marcel.li? Pues papeles, claro, que además van a ser llevados a la incineradora, porque ese curioso sistema de archivo en sacos de basura no parece aventurar otro destino.

Si se trata de documentos oficiales, como parece, los responsables de su desaparición están cometiendo un delito por más que el contenido de esos expedientes carezca de relevancia. Una infracción por lo demás absurda, porque con las nuevas tecnologías cualquier documento en papel tiene un soporte informático que lo justifica. Salvo, claro, que exista un circuito de expedientes escamoteados a la contabilidad electrónica.

Los populares dicen tener indicios de que en Castilla-La Mancha hay 2.000 millones de deuda oculta. ¿Tiene algo que ver la existencia de ese desfase en "B" con la actividad frenética de los socialistas desde el pasado 23 de mayo? La solución en las fragonetas de Barreda.

Brutalidad compartida

Agapito Maestre en Libertad Digital

En Elorrio, un concejal del PP ya ha sido amenazado por Bildu-ETA; tampoco se han salvado algunos medios de comunicación, entre los que estaba Libertad Digital, de ser señalados como víctimas de nuevos atentados por la coalición Bildu. Todo esto, naturalmente, era lo previsto; en cierto sentido, era sabido desde el momento que el Tribunal Constitucional legalizó a esta banda para que participara en el proceso electoral del 22-M.

La brutalidad que ha traído Bildu-ETA a las instituciones no sólo es compartida por diversos actores políticos, sino que es fruto de una falacia argumentativa que, curiosamente, han defendido los que sufren las consecuencias de su legalización. Hay que integrar a los violentos, decían los del PNV. El resultado de esa integración está a la vista: los cargos electos del PNV no quieren que se enteren los de Bildu del estado de sus cuentas bancarias. Temen que ETA-Bildu entre en acción violenta el día menos pensado. Pero, con la llegada de la brutalidad, obviamente ha llegado la hora de criticar a los brutos. Sí, sí, es el momento oportuno de mostrarle a Patxi López, autor de unas declaraciones malvadas acerca de la tranquilidad que se respiraba en el País Vasco, después de haber sido legalizada la coalición electoral Bildu por el Tribunal Constitucional, su brutalidad.

Los filo-etarras no mataron a nadie durante la campaña electoral. Tampoco amedrentaron a ningún paisano y menos aún se les ocurrió amenazar con que seguirían matando. No necesitaban nada de eso para imponer su violencia. Ellos no tenían que imitar las conductas brutales de la antigüedad para mostrar su violencia. Bastaba decir su nombre para que todos supiéramos que representaban a ETA: la banda criminal que ha matado, extorsionado y, por supuesto, seguirán haciéndolo, sin ningún otro límite que él impuesto por ellos mismos. El mismo día que el Tribunal Constitucional legitimó la entrada de ETA-Bildu en las instituciones democráticas, insisto, desapareció el concepto clave del Estado moderno, a saber, el único que tiene el monopolio legítimo de la violencia es el Estado.

Ahora cualquiera, como muestra Bildu en Elorrio, puede hacer uso de la violencia para imponer sus criterios. Eso es lo que hace la banda terroristas ETA a través de Bildu. La cosa es clara. Hay, sin embargo, un pretexto terrible, utilizado por el Tribunal Constitucional y por otros muchos estultos, menos conocido, pero que era y es el "argumento" principal para legalizar a ETA. Me refiero a esa falacia argumental que considera que la mejor manera de acabar con el terror y la violencia de ETA es integrándola en el espacio público-político. El buenismo que desprende esa falacia es tan perverso como ridículo. La gente que así "razona" es brutal, porque, aparte de no ver la principal fuerza del Estado moderno, introduce la violencia y el terror en aquellos lugares donde reinaba la paz. La legalización de Bildu-ETA no sólo no integra a los violentos, sino que, por el contrario, mancha de terror, locura y brutalidad los espacios que el Estado había limpiado anteriormente.

He ahí el resultado de las "buenas" intenciones de Zapatero: la instalación de la brutalidad, la violencia y el terror en el espacio público-político. Un paso atrás en nuestra pervertida democracia.

Bildu y el pelo de la dehesa etarra

Editorial de Libertad Digital

No nos quejemos, ni menos aún sorprendamos, de que la cabra tire al monte o de que los de Bildu se manifiesten como lo que son: si el arrepentimiento por el "vicio" pasado no garantiza la "virtud" futura, ¿qué respeto futuro a la democracia cabía esperar de quienes ni se arrepienten ni quieren condenar la violencia pasada? Nuestra indignación debe dirigirse contra los que han consentido esta burla a nuestro Estado de Derecho, que no son otros que los magistrados designados por el PSOE que todavía se sientan en nuestro Tribunal Constitucional. Ellos son los que han hecho posible este escarnio para las víctimas del terrorismo, pasadas, presentes y futuras.

La nube llega a la gente normal

Daniel Rodríguez Herrera en Libertad Digital

Las ventajas de la nube son muchas y bien conocidas: la ubicuidad, disponer de todas tus cosas donde quiera que estés y accedas como accedas a ellas, la seguridad de que los datos los maneja gente que sabe de esto y que no los perderá ni los borrará accidentalmente ni dejará de hacer copias de seguridad porque este año estoy vago... Pero a veces perdemos de vista que la nube también tiene sus inconvenientes, entre los que destaca lo vulnerables que podremos llegar a estar si toda nuestra vida digital está centralizada en unas pocas empresas. Y no tanto por el uso que puedan hacer éstas, que procurarán no meter la pata demasiado para no echarse encima las iras de clientes y políticos, sino por la facilidad con que los gobiernos podrían acceder a ellos. Les bastaría incautarse unos pocos almacenes centralizados, en lugar de tener que ir casa por casa, u ordenador por ordenador.

No es un escenario que esté a la vuelta de la esquina, ciertamente, pero no digan que eso no va a pasar nunca. Ya ha sucedido muchas veces.

En la nube

Gabriel Albiac en ABC

«Hablaremos hoy de software, del alma; y dejaremos de lado el hardware, el cerebro». La elegancia de Steve Jobs es la del metafísico. Y, en su tenue sonrisa al puntear la frase, hay una carga ambigua de fulgor y sombra: la voladura de lo convenido. No es una apuesta técnica. Ni siquiera científica. Las máquinas de Jobs nos fascinan porque son no-máquinas, o mejor, más-allá-de-máquinas. Entre las criaturas Mac y todo lo demás que ha trastrocado el tránsito del siglo XX a este para el cual aún no tenemos nombre, la diferencia no es —no sólo— maquínica. Metafísico —¿o teológico?—, el envite de Jobs apunta al último nudo mitológico que sobrevivió en nosotros a nuestro pasado siglo de tinieblas.

Las máquinas de Jobs no han sido nunca máquinas. Sí, prótesis anímicas. No es lo mismo; ni siquiera se parece. La gran factoría Gates gestó artilugios impecables. Nunca estaremos lo bastante agradecidos a lo que esa precisión maquínica nos regaló: un mundo que ninguna literatura futurista pudo atisbar. Mac dio siempre eso por ya consumado. Y se lanzó al vacío de lo que un griego intemporal llamaba «la segunda navegación», la reflexión sobre lo hecho, el asombro ante lo descomunal de cuanto abre, la tarea aún más intensa de comprenderlo, de atisbar en ello los emblemas de lo bello, que es —eso pensaba el griego de hace dos mil quinientos años— idéntico a lo bueno. No hay ética más que en la estética. No hay estética sin el mortal salto al vacío al cual llamamos metafísica.

Los dos hoscos decenios que precedieron a la segunda guerra mundial dieron la condensación mayor de grandes metafísicos desde el siglo XVII. Se cierran con la brutal caída en el pozo del sinsentido. Después de 1945, la especie de los hombres hubo de confrontarse a lo siempre negado porque siempre presente: su primordial barbarie. Lo menos ocioso de estos años, en filosofía, ha sido la erudición. En lo demás, un vértigo de cosa efímera se fue tragando obras y autores, por igual prescindibles.

Mediados los ochenta, todas las lógicas del siglo se desmoronaron. Y, con ellas, las de la edad moderna. Desde que pusimos las manos sobre aquellos primeros portátiles 386, con apenas 20 megas de disco duro, supimos que el mayor vuelco del pensar, desde que un griego llamara a la escritura «juego de niños», se había consumado. Todavía era imposible sospechar lo que vendría. Pero terminaba un tiempo: el ciclo de los tres milenios de primacía simbólica del artefacto material. Sabemos ahora que lo esencial sucede en las secuencias numéricas que, sobre una pantalla de ordenador, excluyen toda distinción entre dentro y fuera, entre cerca y lejos, entre yo y otro, yo y nada, entre mi ordenador y mi escritura, mi tasada inteligencia, mis monótonos deseos. Todo está en mi disco duro. Que es mucho más yo que todas las anécdotas a las cuales, por pereza, llamo yo.

Ya, ni eso. «Hablaremos hoy de software, del alma»… Steve Jobs enunció anteayer la ascética del último soporte material: un nebuloso desleír el disco duro. En «nube». Tan intangible como los sueños y tan irrevocable. E infinita. Las máquinas que tecleamos serán sólo extensiones suyas. Hen kai pan, «uno y todo», fue el password con que un griego dio nombre al absoluto.

El horizonte Humala

Pilar Rahola en La Vanguardia

Humala representa una ampliación del peor fenómeno que hoy por hoy sacude Latinoamérica, el de un populismo de corte pseudorrevolucionario que usa un lenguaje del pueblo para consolidar estructuras autárquicas de poder. Aprendices de Chávez, pequeños clones del sátrapa venezolano. El problema es que lejos de superar esta repetición de los discursos revolucionarios de los sesenta, muchos países de la zona están involucionando hacia esas posiciones, hoy amparadas por el enorme poder económico y el más enorme delirio ideológico de Hugo Chávez. Como una mancha de aceite, como un virus letal, como lo que es, un fenómeno regresivo y peligroso, que sólo puede aportar más desestabilización a la zona, más pobreza y más oligarquías enriquecidas con los bolsillos tan llenos como vacías están sus estridentes propuestas. Si Chávez es el ejemplo de todos estos, el ejemplo sirve: lenta destrucción del Estado de derecho auspiciado por un auténtico golpe contra la democracia usando los resortes de la democracia; empobrecimiento brutal de los ciudadanos; aumento de la inestabilidad, con apoyos a las FARC, teócratas iraníes y toda la parafernalia totalitaria al uso; y, finalmente, desprecio profundo por los valores de la libertad.

martes, 7 de junio de 2011

El verbo de Alfred

Carlos Rodríguez Braun en La Razón

Al iniciar su «roadshow» como candidato, o lo que sea, a las primarias socialistas, Alfred l’Écoutant declaró: «Creo saber qué necesita España». Me impresionó el verbo necesitar. Dirá usted: el delirio realmente arrogante es creer saber. En efecto, nadie puede conocer necesidades colectivas indefinibles y contradictorias, y al pensar que él lo sabe revela la clásica soberbia colectivista. Ese antiliberalismo fundamental presidió sus declaraciones desde entonces. Dijo: «Los jóvenes sin escuela y sin trabajo me preocupan», pero no le preocupa el intervencionismo socialista que los ha dejado sin empleo y degradado su educación.

En cuanto al quebrantamiento de la ley de los que acampan en sitios públicos con consignas políticas, insistió Alfred en que «la policía tiene que actuar con proporcionalidad» y que hay que «buscar un entendimiento» entre los caraduras indignados y los comerciantes arruinados; dos falacias que revelan que lo que les interesa a los poderosos es su propia conveniencia política; a ella subordinan la defensa de los derechos de los ciudadanos. Reivindicó el aborto como «conquista social» y la violación de la libertad en aras de la igualdad. Y todo esto es lo que, según él, España necesita. Ese verbo, ese verbo. ¿No recuerda usted la última vez que lo utilizó Alfred l’Écoutant? Pues claro, fue en ese momento terrible cuando miró a la cámara y sin pestañear afirmó: «España necesita un Gobierno que no le mienta».

Viñeta de Esteban en La Razón

¿Y después de Rubalcaba, qué?

José García Domínguez en Libertad Digital

Palabras, ésas que vengo de escucharle a Anibal Cavaco Silva, imposibles entre nosotros, la estirpe íbera de Caín, refractaria por instinto a la más elemental concordia, siempre presta a anteponer la cerril miopía partidista al interés general, por asilvestrado atavismo incapaz de concebir otra política que no sea la de tierra quemada. Así, apenas saber de la victoria de los suyos, el presidente portugués ha postulado una gran coalición con democristianos y socialistas para, juntos, alejar al país del precipicio. En verdad inimaginable, decía, asistir aquí a empeño remotamente parecido. Entre otras razones, porque a este lado del Miño no concedemos distraer energías en asuntos ajenos a las graves cuestiones que ahora mismo acucian a la Nación.

A saber, el expediente masónico del Capitán Lozano y la muy sesuda pesquisa académica a propósito de si un tal Francisco Franco ejerció de dictador o de enfermera de la Cruz Roja, amén de parejas urgencias. Ocurre que, de hoy en diez meses, cuando Rajoy herede la Presidencia, no podrá cumplir ninguna de aquellas grandes promesas suyas que, ¡ay!, ya duermen el sueño de los justos en la indiscreta trastienda de Google. Porque ni el Parlamento va a rescatar competencia alguna a fin de implantar una política educativa que pudiera decirse nacional sin rubor. Ni un Gobierno del PP podrá garantizar por ley el derecho a usar el español en todos los niveles de la red de instrucción pública.

Ni los retoques cosméticos del marco institucional irán más allá de lo que permita una escuálida mayoría relativa con los sindicatos amotinados en la calle. Ni se exonerará a la Justicia de continuar sometida a la custodia política. Ni la elefantiasis administrativa dejará de constituir la madre de las ineficiencias de la sociedad española. Ni la Ley Electoral, en fin, habrá de ser cosa distinta a la que siempre fue. Nada de eso sucederá porque únicamente un Gobierno de concentración podría pasar a limpio en el BOE tal ramillete de buenas intenciones regeneracionistas. Única y exclusivamente. Pero, ¿a quién le importa? Al cabo, lo único que galvaniza a la afición doméstica, igual a la de un lado que a la del otro, es que manden los nuestros. Lo demás, es sabido, resulta zarandaja baladí. Qué lejos Portugal.

La rémora del diálogo social

Cristina Losada en Libertad Digital

La progresiva transformación de las democracias parlamentarias en democracias de partidos y la degeneración de éstas en partitocracias, al extender los partidos su ámbito de actuación hasta colonizar el Estado y parte de la sociedad, es el mar de fondo que precipita los riesgos de deslegitimación del sistema. Pero, junto a ello, se dan excentricidades que remachan la percepción de la inutilidad de las instituciones elegidas democráticamente. Un caso, en España, es ya tradición. Así, viene siendo norma, gobierne quien gobierne, aunque ha gobernado más la izquierda, que el marco legislativo laboral se sustancie al estilo de un Estado corporativo o de la emparentada democracia orgánica que trató de articular el franquismo.

(...)

Ahora que hasta Concha Velasco reconoce que cantó para Franco –a diferencia de quienes persisten en fabricarse un impoluto pasado antifranquista– no pasaría nada por aceptar que se han heredado costumbres gremiales y corporativas de aquel régimen. Y acabar con ellas.

Luz y taquígrafos sobre el despilfarro

Editorial de Libertad Digital

A lo largo de los últimos 28 años, casi tres décadas de mayorías absolutas encadenadas, el PSOE de Castilla-La Mancha ha forjado un régimen de partido único en el que, según los indicios y la propia denuncia del PP, todo desafuero ha encontrado acomodo.

Ahora que ha llegado el momento del cambio, ahora que volverá a circular el oxígeno en el sobrecargado ambiente de una Junta de Comunidades que los socialistas creyeron de su propiedad, el PP no puede ni debe mirar hacia otro lado. Y no por una cuestión de venganza, sino de simple y llana higiene democrática.

El dóberman y el perroflauta

Tomás Cuesta en ABC

A los que acampan en Sol (por sus respetos, a sus anchas y sin respetar a nadie) les quedan más lejanas las consignas de Mayo que las soflamas de Marine Le Pen, pongamos por ejemplo, y al que le pique, que se rasque. La abanderada del Frente Nacional también ha denunciado la dictadura del sistema. Ha sacado las uñas contra los atropellos del mercado. Se ha colocado al margen de una casta política que es el instrumento de intereses espurios y ya «no representa» a los verdaderos ciudadanos. O sea que, en resumen, sin novedad en la jaima. «Nihil novo sub sole», afirmaría la pancarta de un latinista en paro. Mal que les pese a aquellos que se obstinan en derramar incienso sobre la peste (parda) el collarín argumental de los perros de presa es el mismo que gastan hoy los perroflautas.

(...)

El 15-M es un relato paralelo al auge de la extrema derecha en parte de Europa, parcialmente visible en España a través de la «Plataforma X Catalunya», cuya dinámica aboca a la superación de la democracia previa deslegitimación; es decir, a las viejas utopías totalitarias resumidas en 140 caracteres y a la nostalgia revolucionaria de las cacerolas, cuando todo parecía posible, incluso un Gobierno que no nos mienta. El retorno a las cavernas es una hipótesis verosímil para cada vez mayor número de economistas. En Sol, ya han llegado sin que les preocupen en absoluto las coincidencias entre galgos y podencos.

El manifiesto natural

Ignacio Ruiz Quintano en ABC

La Revolución de la Puerta del Sol ha dado a la imprenta un manifiesto natural (supongo que se le puede llamar así) que por su sencillez parece redactado por la autora de «Manolito Gafotas», quien, después de todo, no ha ocultado su solidaridad con el pensamiento campamental de los revolucionarios de Sol, llamados «perros flautas», y a mucha honra. Quejábase el gran Cocteau del público francés porque es, decía, casi insoportable: porque ante un cuadro se cree que entiende más que el pintor; ante un poeta, que sabe más que él de poesía; ante un actor, que conoce mejor el teatro. «¿Sabe usted -dice Cocteau a Ruano- lo único que el público francés respeta? Al que toca la flauta, por ejemplo, porque él no sabe tocar la flauta». Desde julio de 1789, todos los meses de julio los franceses hacían una Revolución para volver al Antiguo Régimen, pero un día les pusieron el «Tour» para que mataran el mes de julio, y la verdad es que no han vuelto a dar la lata. Se sientan en el televisor y ven pedalear a Contador o ven tocar la flauta a los desheredados de Sol patrocinados por Rubalcaba, el Fouché comprado en los chinos. Me gusta el manifiesto natural de Sol porque es natural como el agua que llega corriendo alegre desde el manantial, que decía Emilio José. «Vivimos porque somos seres vivos», arranca el documento solariego, que abreva en la filosofía natural de la imponente Bibiana Aído, que un día dijo: «El feto es un ser vivo, pero no es un ser humano». ¿Y dicen que Barreda tritura documentos? ¿Qué clase de documentos? Desde luego, yo no veo a Barreda triturando el Manifiesto Natural de Sol. Barreda es un conde de la calle del Arenal, no un acomplejado escritor sin lectores como Azaña, el Gran Triturador: prometió triturar al Ejército desde el Gobierno, y lo hizo, con las consecuencias conocidas. Como dicen los revolucionarios de Sol: «Hemos antropizado el medio». Pues eso.

Paris Hilton con los indignados

Edurne Uriarte en ABC

Apuntarse a un partido político es estar out, apuntarse a los Indignados es estar in. Y Paris Hilton, que lo ha entendido perfectamente, ha optado por el lado correcto del in/out. Lo que demuestra, a su vez, lo cierto que es en esta ocasión aquello de que el medio es el mensaje, que decía Marshall MacLuhan. Ha importado la puesta en escena y la estética del movimiento, no lo que reclama el movimiento. La juventud, el look hippy, la plaza, las redes sociales, el medio es el mensaje. Y poco importan los contenidos anticapitalistas, populistas y demagógicos. De hecho, ni Paris Hilton ni casi nadie se ha enterado muy bien de ellos.

lunes, 6 de junio de 2011

Crisis de conciencia

Juan Manuel de Prada en ABC

Para el pensamiento moderno, «conciencia» es sinónimo de autonomía absoluta de la voluntad individual; recluida en la dimensión subjetiva del individuo (donde el pensamiento moderno relega la religión y la moral), la conciencia queda aislada de la realidad objetiva y se convierte en un elemento extraño a la vida pública. Por el contrario, para Benedicto XVI, como para el Beato Newman, la conciencia es la voz divina que habla en nosotros, la capacidad humana para reconocer la verdad en ámbitos decisivos de la existencia; y esta capacidad impone al hombre el deber de encaminarse hacia la verdad, de buscarla y someterse a ella allí donde la encuentre.

(...)

Suele afirmarse (con fatigosa propensión al lugar común) que detrás de la crisis económica, política y social que corroe Occidente subyace una «crisis de valores». Pero si la conciencia —como pretende el pensamiento moderno— es tan sólo un reenvío a mí mismo, a mi autonomía individual, es inevitable que haya tantos «valores» como individuos; por lo que más correcto sería afirmar que detrás de la crisis subyace una plétora de valores, producto de una conciencia degradada que ha renunciado a escuchar la verdad y el bien, para adherirse a aquello que subjetivamente le conviene o beneficia.

Hotel Chelsea

Gabriel Albiac en ABC

Ella hizo una excepción con él. Eso dijo, o eso dice él que dijo. Era el final de los sesenta, y a la chica que llamó por error a la habitación de Cohen sólo le interesaban los tipos jóvenes y guapos. Él no estaba marcado por ninguno de esos dos estigmas. Pero hizo una excepción. Ella. Cerró la puerta. Abajo, la limusina hubo de aguardar, resignada, un par de horas: las cosas de la jefa, ya se sabe… Nada más común en aquel Nueva York de un tiempo demasiado dorado para ser de veras: rock and roll, dinero y sexo. Por igual fáciles. Lo demás no existía. O casi. Para aquel viejo de casi cuarenta y para la irreal criatura de veintipocos, en la habitación sombría del dicen que bohemio Hotel Chelsea.

Él contará —él cantará— más tarde cómo aquella pelirroja, arrogante y desgarbada, con algo muy tangible de ángel caído, repetía igual que un zombi su obsesiva cantilena: «… te necesito, no te necesito…» Y que todos, todos sin excepción, le bailaban el agua en torno. No era guapa. Y, quizá porque eso la torturó antes de que a los dieciocho se convirtiera en un efímera deidad camino del sacrificio, Janis coleccionaba guapos chicos efímeros, como otros de su generación coleccionaban Fenders Stratocaster: su «corazón era una leyenda», dirá él, el hombre vestido de negro cuya habitación había confundido ella con la de Kris Kristoferson en el Hotel Chelsea. No era de los del tipo que prefería aquella criatura cuya voz atronadora acababa de llevarse por delante a los bucólicos del Festival de Monterrey, exhibiendo, tras sus californianas flores, el abismo. Dicta un arreglo al hombre viejo —tener casi cuarenta era en aquellos años ya ser un anciano— que se ofrece para hacer de Kris Kristoferson: «Mira, ni tú ni yo somos guapos. Pero tenemos la música». Jodida música, que iba a matarlos a casi todos. No al hombre viejo. Tal vez él llevaba demasiado tiempo muerto: eso parecían decir todas sus canciones, eso iban a seguir diciendo luego.

Lo premiaron la semana pasada. Con un convencional «Premio Príncipe de Asturias». Bien está. Aunque, ¿puede premiarse a un hombre que siempre supimos tan lejano a este mundo, a cualquier mundo, siempre, desde el día mismo en el cual por primera vez nos estremecieron sus inaugurales Canciones desde una habitación? Todos fuimos, en algún momento, Janis Joplin. Lo mismo que a ella, nos sedujo a todos la medida distancia que Leonard Cohen mantenía con todo. La que mantiene. Ese, más que inhumano demasiado humano, estar ausente allá donde su voz deletrea emociones en el filo de lo insostenible. Hotel Chelsea: «Te fuiste». Ni una sílaba sobre la tragedia que vendría: el último, majestuoso, disco de la extraviada muchacha de Texas, Pearl, que quedó inacabado; la muerte en el roce amigo de una aguja; también en eso la sombra de Billie Holiday pareció empecinada en perseguirla; pero Janis Joplin tenía sólo 27 años.

Y, decenios más tarde, el judío canadiense, igual de viejo y cansado que toda la vida, susurra, intemporal, su evocación de aquel cuarto bohemio en un Hotel que ya no existe. Con el grave, sucinto, recitado que se arrastra hacia el silencio en el cual debe extinguirse la tragedia: «Eso es todo: tampoco es que piense demasiado en ti.»

Cajas y banca pública

Carlos Rodríguez Braun en Libertad Digital

Don José Antonio García Regueiro, consejero general de Caja Madrid y ex letrado del Tribunal Constitucional, afirma en Público que las cajas de ahorro son pura bondad reforzadora del Estado del Bienestar y por eso "la aristocracia financiera especuladora que se esconde tras el nombre de neoliberalismo quiere ahora su desaparición. Es la aristocracia que tiende a nivel nacional e internacional a imponer las normas, a controlar los poderes públicos y a manipular a la opinión pública mediante el control de la mayoría de los medios de comunicación". Tras alegar que hemos vivido sometidos a "políticas ultraliberales", y acusar de tal desviación a un veterano socialista como Miguel Ángel Fernández Ordóñez, concluye don José Antonio oponiéndose a la privatización de las cajas, porque relegaría su "obra social y humana": lo correcto es "recuperar la banca pública (....) defender los derechos de los trabajadores, de los ciudadanos, recuperar el sentido de lo social, de lo público, dejar de ser observadores pasivos del desmantelamiento del Estado del bienestar, es decir del Estado de derecho".

Primero, el compadreo entre banqueros y autoridades se debe exclusivamente a la política y la legislación, que han montado un sistema que no puede funcionar y no funciona sin un alto grado de intervención. En la banca y en las cajas no hay nada de liberalismo, neoliberalismo, ultraliberalismo o cualquier apelativo por el que don José Antonio quiera aludir a la libertad: está todo intervenido empezando por lo más importante, la capacidad de crear dinero. Pero cuando el estalla el sistema intervenido, arrecian las críticas a... ¡la libertad!

La aristocracia bancaria, por tanto, no domina a la aristocracia política: ambas se necesitan mutuamente y ambas dominan al pueblo y le obligan a pagar sus desaguisados. Es absurdo, como hace el señor García Regueiro, presentar a los políticos como si no tuvieran precisamente lo que tienen: el poder. Y ese poder lo utilizan precisamente para aquello que don José Antonio dice que no hacen: imponer normas, obligar, multar, recaudar, prohibir, vigilar, regular y manipular a la opinión pública.

Segundo, lo que dice de las cajas de ahorro es realmente extraño. No encaja ese retrato benéfico con el despilfarro, la corrupción y el amiguismo que ha caracterizado a muchas de ellas. Tampoco tiene sentido pedir una banca pública: lo más parecido a esa banca pública son las cajas de ahorro, ¿pedirá don José Antonio aún más politización de la que ya existe?

Tercero, la identificación del Estado de derecho con el Estado del bienestar, es decir, de la libertad con la coacción, o de lo social con lo público, es decir, de la sociedad con la política, es inquietante en un letrado del TC, nada menos. El escalofrío que provoca dicha identificación, asimismo, resulta agravado por el amargo sarcasmo de pretender que el intervencionismo es lo que defiende los derechos de los trabajadores, un intervencionismo que ha dejado a cinco millones de ellos sin empleo, y ha subido los impuestos sobre los parados y sobre todos los demás.

Un dictador, claro está

José Carlos Rodríguez en Libertad Digital

Público ha suscitado una agria polémica por la entrada dedicada al general Franco en el Diccionario Biográfico Español. Primero dijo, para suscitar la indignación de sus ya cabreados lectores, que el DBE dijo de Franco que era "general, valeroso y católico". No está claro qué fibra puede herir definir a Francisco Franco como general, pues alcanzó, y muy tempranamente, ese escalafón militar. Debe de ser de los apelativos más neutros y verdaderos que se le puedan asignar al personaje. Que era "valeroso" no cabe duda para quien conozca más que someramente su vida. Es un calificativo que no se lo hurta ni Paul Preston ni Andrée Bachoud, por poner dos ejemplos de autores poco simpáticos con Franco. Y, en fin, está por aparecer el primer tonto que diga que Franco no era católico. Una palabra que, sumida en un titular de Público, choca ver colocada como un elogio, aunque se lo atribuya a la Real Academia de la Historia.

Luego Público optó por destacar que el artículo decía que el régimen de Franco era "autoritario, no totalitario". ¡Qué ganas con hacer que el régimen de Franco se acerque a otros regímenes, largamente adorados por la izquierda patria y que sí eran, y son, totalitarios! No lo era porque en España no ocurrió como en Italia o Alemania, donde el partido copó el Estado, sino que el Estado redujo los partidos a uno y lo sometió a sus intereses. Y, sobre todo, porque no se fijó el objetivo de someter toda la sociedad para alcanzar un modelo preciso de sociedad. No es que Franco no tuviese una idea, aunque general, de cómo debía ser una sociedad buena. Pero permitió una autonomía a la sociedad que, en algunos aspectos, echamos de menos. Totalitaria es la Ley Pajín de la igualdad. El régimen de Franco, en contra de los deseos de no pocos de sus partidarios, sólo fue autoritario, aunque no poco.

La polémica se ha llevado, también, a la ausencia de la palabra "dictador". Su autor, Luis Suárez, ha considerado más precisos los términos "Jefe del Estado" y "Generalísimo". Bien está. Suárez, amén de ser uno de los mejores medievalistas vivos del mundo, es también el primer, o uno de los primeros autores, en Franco y su época. El sincero, desenvuelto y fácil desprecio que han mostrado muchos por un historiador de su talla no podía ser más comprensible. Desprecian la historia ¡no iban a hacer lo mismo con sus mejores obreros! Pero Franco era, además de lo apuntado por Luis Suárez, un dictador. Es algo tan obvio que hurtar la palabra en el breve artículo del DBE tampoco va a desvirtuar el retrato que ha hecho del de Ferrol. Pues, ¿no se trataba de escribir un retrato veraz y suficiente del personaje? Con todo, en este propósito parece haber fallado Suárez, por no hacer mención de la represión, un elemento sin el que su régimen no puede entenderse plenamente. Pero quien quiera saber más de él, que acuda a las mejores de entre las muchas biografías que ya tiene. Claro, que esa es materia para los interesados en la historia, no en el uso político de la "memoria".

La importancia de llamarse Alfredo

José García Domínguez en Libertad Digital

Alfredo, quiere que le digan Alfredo. En la última página de su magna Teoría General, sostenía Keynes que los hombres prácticos, esos sensatos burgueses que tanto desprecian a los intelectuales y se creen libres de toda influencia externa en sus ideas, suelen ser esclavos de un economista muerto. Aunque, como el propio Keynes, también eso comienza a ser historia. Y es que, ahora, acaso porque nada hay que no sea definitivamente empeorable, los gobernantes han devenido reos de un amo mucho más plebeyo: el asesor de imagen. En general, algún politoxicómano ágrafo extraído de los bajos fondos del mundo de la publicidad. Que no otro ha de ser quien le haya ordenado: "Tú serás Alfredo, y sobre esa piedra edificarás mi estrategia de proximidad emocional con el consumidor".

Por lo demás, igual que los castillos se construyeron para defender al individuo frente al Estado, los apellidos fueron creados con el afán de dignificar a los Alfredos que en el mundo han sido. Gracias a acceder un nombre doble –triple en España por mor de la pureza de sangre–, el siervo de la gleba se acercaba al noble, que disponía de una ristra completa, amén del escudo de armas. Justo lo contrario de cuanto el vulgo contemporáneo más desea: retornar al igualitarismo primigenio de la tribu. De ahí que los estadistas insistan en hacerse pasar por Tony o Jimmy al modo de cualquier gañancete. Como de ahí los incrementos de popularidad que experimentan si se revelan incapaces de manejar los rudimentos de la sintaxis.

Desengañémonos, es lo que demandan las democracias dizque maduras: un Jimmy o un Tony –o un José Luis–, tipos vulgares con cierto aire juvenil y una expresión que no recuerde precisamente a Sócrates. En el fondo, no solo se ansía borrar el menor rastro de grandeza o misterio en el Leviatán, también se aspira a desposeerlo de la más elemental dignidad. Tiempo de eunucos el que nos ha tocado vivir. A fin de cuentas, lo que Ortega creyó rasgo exclusivo de la miseria moral hispana, el resentimiento de la masa, constituye epidemia universal: nadie que levante alguna sospecha de inteligencia superior es tolerado ya. Por eso, Carme podía y Rubalcaba, por muy Alfredo que lo pinten, no.

El emperador en pelota

César Vidal en La Razón

Uno de los grandes dramas de la izquierda en España es que, fundamentalmente, resulta una encarnación del cuento conocido como el traje nuevo del emperador. A diferencia del socialismo de Tony Blair, que supo adaptarse a los tiempos permitiendo pensar que quizá la socialdemocracia sobreviva al 2025, en España el PSOE y el PCE llevan décadas dejando de manifiesto no sólo que carecen de soluciones para abordar los problemas contemporáneos sino que además cuentan con una carga intelectual ínfima, rancia y casposa. Ningún historiador medianamente serio cree, por citar sólo algún ejemplo, que el PSOE fuera demócrata en los años treinta, ni que el Frente Popular defendiera la democracia ni que las Brigadas Internacionales eran espontáneos combatientes por la libertad llegados a España. Por el contrario, es indiscutible que en 1934, el PSOE se levantó en armas contra el Gobierno de la República; que el Frente Popular pulverizó la legalidad con auténtica fruición y que las BI eran un ejército de la Komintern impulsado y creado por el mismísimo Stalin. En los últimos años, gracias a ZP y sus secuaces, no sólo se han negado esas realidades sino que además se ha emprendido una cruzada para salvar la imagen histórica de personajes como Negrín o Largo Caballero, denostados por sus propios compañeros del PSOE como sabe cualquiera que conozca las fuentes históricas. Por si fuera poco, se ha pretendido implantar desde el Gobierno una interpretación de los hechos que choca con la verdad histórica e incluso recurrir a la censura y al proceso penal, de los que no estén dispuestos a comulgar con ruedas de molino. Entre el miedo a los poderosos, el deseo de trepar en la administración, el ansia por enseñar en la universidad –aunque en España ni una sola se encuentre entre las doscientas primeras del mundo– la voluntad firme y resuelta de no quererse buscar líos y la alegría que debe dar cobrar subvenciones de la Memoria Histórica, pocos, muy pocos, se han atrevido a enfrentarse con esa situación. Y entonces la Real Academia de la Historia decide publicar su Diccionario Biográfico. En términos generales, la obra es sólida y documentada y, precisamente, ese carácter riguroso ha dejado de manifiesto que filfas como la mal llamada Memoria Histórica o determinadas versiones de la Historia contemporánea impulsadas incluso desde medios que pagamos entre todos no son un buen traje sino un claro exponente de que el emperador está desnudo. Titiricejas, autores oficiales, catedráticos de medio pelo que en Estados Unidos no llegarían ni a bedeles, subvencionados varios, medios de «agit prop» y ministras de cuota al unísono han puesto el grito en el cielo porque la impostura que han protagonizado durante años ha quedado más al descubierto que nunca. Incluso algunos han amenazado con querellarse contra la Academia de la Historia lo que, dicho sea de paso, constituye una muestra de moderación dado que sus camaradas de otros lugares y épocas recurrían al Gulag, la checa y el paredón para ocuparse de los que no se doblegaban ante la doctrina oficial. Sinceramente, yo comprendo tanta cólera. Debe de ser muy duro llevar años tratando de imponer la verdad oficial para que unos académicos que sólo se dedican a la Historia dejan de manifiesto que no llevas un traje de lujo sino que vas más en pelota que el emperador del cuento.

Oportunidad

José María Marco en La Razón

La autodesignación de Alfredo Pérez Rubalcaba para candidato del PSOE a la Presidencia del Gobierno indicó algo que se ha ido confirmando en estos primeros momentos de precampaña. Y es que el PSOE va a volver a centrar su campaña en el miedo a la derecha, una palabra que, en el imaginario socialista debe suscitar automáticamente, como un movimiento reflejo, imágenes de la dictadura de Franco… Para evitar la mayoría absoluta del Partido Popular, Rubalcaba y el PSOE no cuentan con un programa consistente ni con un proyecto de futuro para España. Cuentan con revivir una vez más un imaginario apocalíptico que se han esforzado en transmitir a la sociedad española.

El caso del pintor inexistente

Curioso e inquietante caso el que narra Rafael Argullol en El País:

Los pasados 10 y 11 de mayo, y como Subasta de Primavera, una de las principales firmas de Madrid dedicadas al mercado del arte, sacó a subasta el cuadro de un extraño pintor. La obra, cuyo número de lote era el 783, se llamaba El estudio del pintor y era un óleo sobre tablex cuyas medidas eran 45 por 37 centímetros. Estaba firmada al dorso y fechada en 1986. Hasta aquí nada especialmente reseñable, una pieza más de las cientos que se subastan cada año. Lo único insólito era que el autor del cuadro respondía al nombre de Rafael Argullol, es decir, mientras no se demuestre lo contrario, yo mismo, sospecha que aumentaba al comprobar que los datos biográficos eran exactamente idénticos a los míos. Por desgracia, en mi vida he sido incapaz de pintar un cuadro.

La curiosa historia había empezado el 8 de mayo cuando, estando en Bogotá, recibí un SMS de una amiga holandesa, marchante de arte, a la que hacía años que no veía. Me informaba, con cierta irónica malicia, que un cuadro mío había salido a la venta en una casa de subastas de Madrid. Como me ofrecía todos los datos necesarios, al volver de Colombia busqué en Internet la misma fuente a la que había accedido mi amiga, con la certeza de que esta se había equivocado. Pero no, todas sus informaciones salían reflejadas en la pantalla: los días de la subasta, el número de lote, las medidas de la obra... Junto con la casa de subastas aparecía la autoridad de un art magazine -de nombre paradisiaco- que, según deduje, tenía un amplio alcance internacional. En la pantalla quedaba claro que Rafael Argullol era un pintor consolidado y con cierta reputación pues brotaban cosas como "próximas subastas de obras de Argullol", "noticias de actualidad sobre Argullol" e incluso un emocionante titular que contemplé con legítimo orgullo: "obras de Pablo Picasso y Rafael Argullol". De repente, de la noche a la mañana, me había convertido en un prestigioso pintor, o más bien, como se insistía en la pantalla, con sutil italianización, pittore.

Y entonces brotó también la imagen. Me preocupaba, la verdad, el cuadro que yo, como pittore, había pintado en aquel ya lejano 1986. ¿Sería un monigote cualquiera?, ¿sería, si no una obra maestra, sí al menos algo presentable, algo que pudiera enseñar sin rubor a mis amigos? Como me temía lo peor, cuando tuve mi cuadro ante los ojos sentí un cierto alivio. No era desde luego una obra maestra, pero tampoco era uno de aquellos espantapájaros que en los años ochenta se fabricaban por miles. Estudié cuidadosa-mente la obra que yo, en un rapto inconsciente, había pintado hacía un cuarto de siglo y, de pronto, encontré una explicación al hecho de que se me presentara como pittore.

Me di cuenta de que no solo me había transformado milagrosamente en pintor sino que, en realidad, era un pintor italiano, más bien de la primera mitad de la pasada centuria. Cuanto más obsesivamente examinaba el cuadro -mi cuadro- más me convencía de que allí se delataban claras influencias transalpinas. A veces veía la mano de Giorgio Morandi; a veces, la de Umberto Boccioni e, incluso, no sería descartable el influjo del propio De Chirico. Decididamente, El estudio del pintor, aunque fuera mi único cuadro, era una obra importante, una pintura compleja en la que resonaban, algo tardíamente, eso sí, los ecos de grandes maestros. En aquellos días de 1986 yo me debí convertir, seguramente, en un medium de aquellos sobresalientes artistas y en estado de conmoción, o de éxtasis, ejecuté, sin apercibirme racionalmente, este cuadro que, también sin mi conocimiento, había salido a subasta en Madrid.

De hecho todo encajaba. ¿No era acaso el tema del "taller del pintor" uno de mis temas favoritos en la historia de la pintura? Vermeer, Velázquez, Courbet, el propio Picasso, al que tan inesperadamente ahora acompañaba en un catálogo. No era de extrañar, pues, que en el momento de ser empujado por las oscuras fuerzas de la inspiración a acometer la única pintura de mi vida hubiera escogido aquel asunto, y El estudio del pintor se erigiera, así, en un manifiesto de mis propios deseos. De otra parte, no pudiendo negar que cada uno de nosotros aspira a lo que no tiene, o a lo que la naturaleza le ha vedado, hay una lógica implacable en el hecho de que el pintor quiera ser músico, el músico se deleite con la idea de ser escritor, y el escritor sueñe con ser pintor. Mi sueño se había cumplido gracias a que una vieja amiga holandesa me había informado de una subasta en la que se ponía a la venta un cuadro mío. Soy el autor del -para mí- ya famoso El estudio del pintor.

Sin embargo, como no soy el autor de ningún cuadro, ni siquiera de este, y como sé con toda seguridad que no estoy dotado para la pintura, aunque sea bajo un estado extático, el sueño también puede derivar fácilmente hacia la desagradable pesadilla. Si es tan fácil usurpar la identidad de alguien, crearle un oficio, y hasta atribuirle una obra determinada que nunca realizó, resulta asimismo muy sencillo atribuirle la vida que no tuvo y juzgarlo por actos que jamás cometió. Evidentemente las falsificaciones en el mundo del arte siempre han sido moneda corriente, al igual que los plagios en literatura. Pero el caso de El estudio del pintor es bastante singular y se incrusta, no tanto en la larga tradición del falso artístico, sino en nuestra tendencia contemporánea a crear existencias falsas, a partir del acoplamiento de distintos fragmentos suministrados por las casi infinitas redes de información a las que cualquiera tiene acceso.

Como me cuesta creer que alguien haya inventado mi condición de pittore de manera preconcebida, dada la nula rentabilidad comercial de dicha operación, quiero pensar que todo es el fruto de un monstruoso equívoco: monstruoso en el sentido estricto que esta palabra podía tener para aquellos maravillosos taxidermistas de Macao y Singapur que, en la segunda mitad del XIX, construían nuevas especies a partir de animales distintos para satisfacer la furia darwiniana de los museos occidentales. El resultado era una criatura falsa forjada a partir de piezas verdaderas. A El estudio del pintor, mi pobre cuadro, le ha pasado lo mismo. Alguien lo ha arrebatado a su autor material -sea quien sea este- y, tras cambiar mi oficio, me lo ha adjudicado a mí. Todo es falso y todo es verdadero al mismo tiempo: como lo eran los centauros y las quimeras. En un horizonte repleto de plagiarios impunes, naturalmente escudados en el anonimato del denominado "mundo virtual", ¿tienen relevancia la torpeza de un art magazine o el descuido de una prestigiosa casa de subastas? ¿Son realmente torpeza o descuido?

Mientras respondo a este interrogante me muevo en un dilema: ¿debo, de acuerdo con la pesadilla, arremeter contra la impunidad de los autores del desaguisado o, por el contrario, rendido al dulce sueño de haber conquistado de golpe el título de pittore, debo considerarme el artífice de un cuadro que, para ser el primero, no es nada despreciable y me anuncia una prometedora carrera?

domingo, 5 de junio de 2011

Organizar las cabezas

José Jiménez Lozano en La Razón

Lo que hacen los totalitarismos, por su naturaleza misma de constructores de una granja humana, es sustituir el saber con el rebajamiento del nivel de instrucción tal y como en «Los demonios» de Dostoievski lo había formulado el siniestro sistema de Chigaliov: «Cicerón tendrá la lengua cortada, Copérnico los ojos saltados, Shakespeare será lapidado ¡He aquí el chigaliovismo! Los esclavos deben ser iguales, y todos los esclavos son iguales en la esclavitud... La primera cosa que hay que hacer es rebajar el nivel de instrucción de ciencias y de talentos». Esto es, conseguir la nivelación general obligatoria. Y ya fueron terribles las consecuencias de estos manejos de unos y de otros, al convertir aquello tan hermoso y esperanzador para nuestros abuelos ilustrados, que era la enseñanza primaria universal, «en el instrumento más eficaz del dominio del Estado, (que) ha servido para la militarización de las masas, y ha expuesto a millares de personas a la influencia facilísima de la mentira organizada, y a la seducción de distracciones continuas, imbéciles, y degradantes», como explica Aldous Huxley.

Pero las cosas son aún más fáciles cuanto que en este sistema «chigaliovista», antes de haber saltado los ojos a Copérnico y haber cortado la lengua a Cicerón, se ha ordenado tomar la cicuta a Sócrates, y, desde luego, se ha desacreditado hasta la irrisión a Descartes, y a Spinoza, y a los otros, como viejos títeres que se hubieran descabalgado de una representación teatral ya caduca y risible. Y lógicamente, se prescinde en absoluto de la apelación a la razón discursiva, y se la sustituye por la implantación de una ideología o cualquiera otra razón instrumental, perfectamente adaptable, y hasta seductora. Pero esto ocurre, y sólo puede ocurrir, si antes se ha impedido el encuentro con la historia del pensamiento, con la razón metódica que gobierna y es la última instancia del conocimiento, y si no se han hecho las cuentas con aquellos rostros pálidos pensantes, y con esa razón implacable.

Hasta en un plano empírico y político es entonces perfectamente verificable que ese nuestro hablar nos miente, según Montesquieu nos avisa, cuando comenta el reinado de Augusto y escribe: «La tiranía se fortifica, no hablamos más que de libertad». Porque a este socaire retórico, nadie piensa, nadie pone en cuestión, nadie sospecha que este hablar unidimensional, y tal palabrería es puro dormitivo del pensamiento y del contraste real de los pensares por lo tanto; y la tiranía triunfará.

Es una obviedad la condición semi-vergonzante o de desdeñosa secundariedad de los estudios llamados equívoca y nada significativa «humanísticos», en la enseñanza media. Es aquí en el tiempo de estos estudios donde se organizan las cabezas con el ejercicio de un método del discurso y de unas «reglas para la dirección del espíritu»; o, por el contrario, sobreviene el caos racional producido por su ausencia, un hecho tan atroz en nuestro tiempo que permite a Michael Burleigh establecer una espantosa relación entre la superabundancia de estudiantes italianos universitarios y el terrorismo de las Brigadas Rojas, que inocentemente había sido entendido por buena parte de sus componentes como un «happening» o carnaval de protesta contra lo establecido, simplemente por estar establecido.

Y porque no se había entrado a formar parte del mundo del espíritu y la santidad de la inteligencia que Werner Jaeger había llamado la «apostura interior», que permite simbolizar lo real, y ser y comportarse de un cierto modo, aprendido y conformado, que es lo propiamente humano. Y era algo que ya quedaba incluido en la «Lógica de Port-Royal», el primer discurso de la cual subraya la obligación de «ser justos, equitativos, juiciosos, en todos los discursos, en todas las acciones y en todos los asuntos que se manejan, (y) por tanto, en ella todos han de ejercitarse y formarse». E incluye desde luego el saber distinguir, como decía don Antonio Machado, entre Julio César y Julián Cerezas, porque no son iguales, pero luego descubrirse ante ambos porque los dos son hombres y exigen un mismo respeto.

No son asuntos tan fáciles.

Edimburgo

Alfonso Ussía en La Razón

Me ha divertido mucho el reportaje de Begoña Pérez publicado en la Otra Crónica del diario «El Mundo» acerca del duque de Edimburgo. Hoy es domingo y los lectores merecen otra cosa que no sea política. A Edimburgo lo conocen en Inglaterra como el «Duque del Peligro», porque sus salidas y entradas nunca se ajustan al protocolo. Días atrás, por un simple chorreo del Rey a un grupo de periodistas se armó la marimorena en España. Si hace lo mismo que el duque ya estaría Almudena Grandes y sus huestes cejeras preparando el asalto a la Zarzuela. Una reja separaba a los informadores de la comitiva Real. La Reina Isabel II marchaba en cabeza, y su marido, como siempre, a dos pasos medidos. Cuando nadie lo esperaba, Edimburgo se sacó de la manga una bolsa de cacahuetes y se los tiró a los periodistas como hacen los niños con los monos de los zoológicos. Allí tienen más sentido del humor y la sangre no llegó al Támesis.

El duque de Edimburgo – «no soy nada, sólo un maldito parásito»– siempre ha destacado por su ironía y sentido del humor. El Presidente de Nigeria visitó a la Reina y su marido en el Palacio de Buckingham. Iba vestido con el traje tradicional nigeriano. «Parece que está usted listo para irse a la cama», le comentó el duque. La Reina se interesó por un ciudadano con problemas visuales. «¿Le queda algo de vista?»; el ciudadano se disponía a responder cuando se oyó la voz de Edimburgo: «No mucha, a juzgar por su corbata». Eran tiempos de la Guerra Fría. El Muro aún no había sido derribado. Se programó un viaje oficial de la Reina Isabel y el duque de Edimburgo a la URSS. Un comentario de Edimburgo echó por los suelos todos los planes: «Me encantaría visitar Rusia, aunque esos bastardos asesinaron a la mitad de mi familia». Lo malo, o lo bueno, es que era verdad.

Mi inolvidable e inolvidado Santiago Amón acostumbraba a reconocer su admiración por el duque porque nadie como él sabía mantenerse erguido cuando se ponía todas sus condecoraciones. «Me las pongo para que vean que todavía soy alguien». En sus viajes oficiales a los países de la «Commonwealth» Edimburgo es un constante peligro. Al Gobernador de las Islas Caimán: «¿No son ustedes descendientes de los piratas?». A un jefe aborigen en una visita a Australia: «¿Todavía arregláis vuestros problemas a lanzazos, flechazos y cachiporrazos?». Al saludar a una mujer en Kenia, ataviada a la usanza de aquel precioso país: «¿Es usted una mujer, verdad?». A una deportista que consiguió atravesar de norte a sur la isla de Papua: «¿Cómo has conseguido que no te coman?». En una reunión de amigos, respondió así a uno de ellos que se interesó por la Reina Isabel. «Es leal, estricta y ordenada. Y manda mucho. Como siga así, voy a tener que decirle que se vaya de casa». Eso se lo adjudicó como autor, años más tarde, Jesús Aguirre para referirse a la duquesa de Alba: «Cayetana está últimamente muy nerviosa y le he dicho que, o cambia, o se tendrá que ir de casa».

A sus noventa años asiste a todo lo que el protocolo le exige, aunque se pase el protocolo por las medias en las que luce su Jarretera.No puede dominar sus deseos de divertirse y hacer más difícil la fría armonía de la Corona británica. Aquí en España, le pondrían en la boca un esparadrapo. No aguantamos ni una. Eso, nuestro dogmatismo, siempre reñido con el sentido del humor.

Inquilinos del poder

Ángela Vallvey en La Razón

Si fuésemos de verdad tan adelantados como presumimos, cada vez que un partido político accediera al poder se comprometería honorablemente a dejar la cosa pública al menos en el mismo estado que la encontró (descontando un razonable desgaste por el paso del tiempo), tal como se hace con el alquiler de inmuebles en los países avanzados. No tendrían ni que ponerlo por escrito: su probidad y su virtud serían suficiente garantía. Y el edificio de la cosa pública, del Estado, no sufriría los graves deterioros que, a ojos vista, está padeciendo. Los ocupantes de la bancada del poder suelen acomodarse en él como un inquilino incivil en un apartamento barato y descuidado. «Y qué más da, si no es mío y, además, ya estaba hecho polvo cuando yo llegué…», parecen pensar. Luego se quejan de que los contribuyentes los llamen «la casta» y se produzcan «peligrosos» movimientos de opinión que reniegan de los políticos y de sus privilegios. Y se extrañan cuando los propietarios-ciudadanos los ponen de patitas en la calle, hartos de tanto destrozo en su propiedad, pese a que muchos deterioros los diesen por supuestos.

Pulgatorio



Viñeta de Montoro en La Razón

Indignados

José María Marco en La Razón

En 2000 la Real Academia de la Historia fue objeto de un duro ataque en respuesta a un informe que la propia Academia había elaborado sobre la enseñanza de la historia impartida en los centros de enseñanza media. Desde entonces, la Real Academia se ha abstenido de intervenir en las polémicas que han cambiado la percepción que los españoles tienen de su propia historia. La abstención no dice mucho de la gallardía de los académicos, ni de su consideración para con los que han vivido las polémicas en primera línea. Tal vez la prudencia haya hecho posible que después de casi trescientos años de existencia la Academia haya elaborado al fin un Diccionario Biográfico que esperamos sea pronto publicado en Internet, para ser consultado por todos. Mientras tanto, algunas de las entradas del nuevo Diccionario –no todas– han suscitado la ira de los guardianes de las esencias de la historia oficial. Se ha llegado a hablar de destruir esta edición, como en los buenos tiempos de la Inquisición y del estalinismo. En la ofensiva ha participado toda la tropa progresista, abundante, bien cuidada y entrenada en estas lides. La sobreactuación indica que estamos ante una farsa propagandística o una provocación, de las muchas que vamos a sufrir en los próximos tiempos ante el éxito electoral del PP. Convendría no empeñarse en responder. Por otra parte, los apuntes de independencia del Diccionario evidencian que los guardianes de la ortodoxia no controlan ya la historia. Esto resulta particularmente peligroso para una izquierda como la española, cohesionada no por un programa o por una posición ante la realidad, sino por mitos fundadores propiamente delirantes, pero alimentados de continuo. Esta izquierda es irreformable. En este caso, lo mejor que se puede hacer es continuar con la tarea de sacar a la luz la historia auténtica, sin dejarse contagiar por la paranoia de izquierdas.

Nihil Obstat Progre

Antonio Burgos en ABC

No me gustaría compartir la perplejidad que a esta hora sentirá mi admirado don Gonzalo Anes, director de la Real Academia de la Historia. Tras la publicación de los monumentales 25 primeros tomos del «Diccionario Biográfico Español», don Gonzalo habrá comprobado que hay que revisar la universal creencia de que la Historia la escriben los vencedores. Depende. En el caso de nuestra Historia Contemporánea, la Historia no sólo no la hacen los vencedores, sino que los perdedores y quienes se proclaman sus herederos se arrogan tal superioridad moral que exigen que sean ellos quienes la escriban. A su dictado.

En mis años de Bachillerato casi todos los libros de texto venían con los latinajos de la censura eclesiástica: Nihil Obstat e Imprimátur. Yo me creía que aquello era de los oscuros tiempos de los tópicos que usted conoce mejor que yo sobre la que llaman «España en blanco y negro». Qué va. Esa censura existe. En España existe la censura. Gracias a Dios no existe la censura del Estado, ni la de la Iglesia. Existe algo peor: la censura de la dictadura de lo políticamente correcto, que en el caso del Diccionario Biográfico que nos ocupa es la censura de la dictadura de lo históricamente correcto. Lo históricamente correcto ya saben qué es: los nacionales no ganaron la guerra, y a la vista está de qué vencedores son los que la escriben. Durante los 40 años de la dictadura, que algunos tuvimos el coraje de llamar oprobiosa con Franco vivo, no ahora, que lo hace cualquiera... Durante la dictadura, decía, según esta otra dictadura de lo históricamente correcto no había escuelas públicas gratuitas, ni seguros sociales, ni hospitales de la Seguridad Social, ni paga de Navidad, ni convenios colectivos, ni pensiones, no había de nada. Si las calles de Sevilla (o las de Barcelona, que conste) se llenaban de gente que se partía las manos aplaudiendo a Franco en sus visitas oficiales, rodeado por la Guardia Mora (perdón, Magrebí) es porque detrás de cada aclamante había un policía de la Social o un gris de uniforme, con una pistola, que los obligaba a ello poniéndosela en la nuca.

Para los nuevos censores todo lo que no sea Historia amañada no es Historia. Incluso han puesto una virtual censura de prensa, en la que desde determinados diarios y desde las anónimas puertas de letrina de los blogs y túiteres de Internet ponen como los mismísimos trapos a todo el que un periódico se haya atrevido a transgredir sus dictados, ejerciendo la funesta manía de pensar por libre.

Esta dictadura le ha caído encima a mi respetado don Gonzalo. Pero, hombre, don Gonzalo Anes: ¿cómo se atreve? ¿Cómo es que para el Diccionario Biográfico no ha pedido usted el Nihil Obstat y el Imprimátur de la nueva Santa Inquisición de la Progresía? ¿Usted no sabe que la Historia hay que escribirla como ellos quieran?

Y además, lo que dice ese dechado de libertades que es la ministra Sinde: «Tendría que haber una revisión de equilibrio de género, ya que sólo un 8 por ciento de las biografías corresponden a mujeres». ¡Pues naturalmente, pero aguante usted la risa! Así que ya lo sabe usted, don Gonzalo: esos 25 tomos, que los vea antes la Censura Progre y tache con el lápiz (rojo, naturalmente) lo que proceda. Y las gracias ha de dar usted al cielo de que Tomás Gómez y los pastores del rebaño cultural no se han enterado que es usted Marqués de Castrillón, porque, si no, ¡madre, la que le lían!

Simplemente Alfredo

Manuel Martín Ferrand en ABC

Alfredo el Grande, rey de Wessex, luchó contra los vikingos y sus virtudes, que debieron de ser tan grandes como su arrojo, le valieron un lugar en el santoral del Vaticano. Sin embargo, cuando Gaetano Donizetti llevó su historia al teatro San Carlo de Nápoles tuvo con ella el mayor fracaso de toda su exitosa carrera operística. No es lo mismo encasquetar una corona y manejar la espada en el siglo IX que ejercer como tenor, y con peluca, en el XIX. A nuestro Alfredo, al Pérez Rubalcaba que parece el Príncipe de Metternich en el Congreso de Viena cuando se le contempla junto a José Luis Rodríguez Zapatero con su corte de los milagros en el Consejo de Ministros, le puede pasar lo mismo que al remoto y más barbudo Alfredo anglosajón. Bien estuvo para un pasado próximo en el que la intriga fue más útil que el talento y en el que, entre manipular la Historia y hacer del laicismo feroz una doctrina política, fuimos tirando; pero ahora, como primer actor de la representación, puede parecer menos galán y más malvado.

Por el momento, en lo que se nos alcanza, al personaje le pintan bastos. Quiso cambiar de look—«llamadme Alfredo»— para pasar la página en que aparece como gran corresponsable de lo peor del zapaterismo y, alcanzada la condición populista de simplemente Alfredo, pasado de entrenamiento astuto y maniobrero, puede quedar en Alfredo, simplemente. El fracaso en las negociaciones entre la patronal de la Señorita Pepis y los sindicatos de Pepe Solís —en sus ediciones renovadas pero no mejoradas— le aporta uno de mayor cuantía al catálogo de los problemas que debe lidiar, todavía en su función vicepresidencial, el señalado como «candidato natural».

La pugna entre los mal llamados «agentes sociales» no lo es en función de los intereses de sus supuestos representados, sino en términos de poder y financiación. Ese vestigio vivo e inútil, perturbador, del sindicalismo vertical del Régimen de Franco es una máquina de empleo endogámico e influencias de relevancia superior a la que suele atribuírsele. Arma a la izquierda, le sirve de instrumento a la derecha y, en su conjunto, supone otro elemento de anacronismo y excentricidad en nuestra paródica democracia en la que unos «indignados» en Sol o, más en la sombra, unos comisionistas del conflicto pueden desautorizar, de hecho, al mismísimo Parlamento. Antes de que termine la legislatura, el fracaso negociador, en razón de las medidas que ha de tomar el Gobierno, le complicarán la vida a Rubalcaba en su triple función asistencial del presidente y ello perjudicará el futuro y las posibilidades de Alfredo, simplemente.

La política de tierra quemada del PSOE

Editorial de Libertad Digital

Los socialistas no suelen encajar bien las derrotas electorales porque ello significa perder las prebendas y gabelas que ellos mismos se han adjudicado pro domo sua, pero es lo que ha dictado una vez más la voluntad popular y su único deber es obedecer ese mandato. La situación actual, además, exige un gesto de lealtad institucional al que los altos cargos del PSOE están obligados por sus graves responsabilidades en el desastre que padecemos. Si el caso de Castilla – La Mancha es representativo, y nada parece indicar lo contrario, la opacidad intencionada sobre las finanzas públicas sería una traición en toda regla a los españoles. No sería la primera vez en la ya larga Historia del PSOE.