sábado, 12 de marzo de 2011

De persecuciones religiosas

GEES en Libertad Digital

En la historia de Europa, todas las manifestaciones de persecución religiosa han tenido tres características: en primer lugar, han comenzado justificándose mediante la apelación a la Ilustración, a la razón o al progreso, señalando a las creencias religiosas como rémoras del pasado incompatibles con la modernidad. El avance en términos de tolerancia justificaría así la intolerancia ante los cristianos: es la política que mantiene, por ejemplo en España el Gobierno de Zapatero, que ha ido más lejos que cualquier izquierda europea en ello. Paradójicamente, en el mundo musulmán, el radicalismo islamista persigue con igual intolerancia al cristianismo por lo contrario: por considerarlo representante de la modernidad. En suelo europeo, en el arrinconamiento cristiano ambos, islamismo e izquierdismo, colaboran activamente.

En segundo lugar, en Europa la persecución se ha llevado acabo con la excusa de que la religión no debe inmiscuirse en la sociedad. Los grandes totalitarismos del siglo XX, el socialista y el nacionalsocialista, consideraban que ninguna creencia ni ninguna regla de la conciencia debían situarse por encima de la sociedad y de sus instituciones. Puesto que toda religión implica por definición una vertiente social, el arrinconamiento y persecución de judíos o cristianos se vuelve infinito: en la medida en que exista un solo creyente, existirá el peligro de que la conciencia se vuelve contestataria. La misma paranoia contra los cristianos es la que lleva a los islamistas, desde Pakistán hasta Egipto, a perseguir a esta minoría hasta buscar su aniquilación: el caso de Mosul en Irak muestra a las claras esta salvaje estrategia. Es significativo el silencio que las elites laicistas europeas mantienen respecto a esta vulneración de los derechos humanos; simplemente el islamismo acaba con coches bomba con lo que el laicismo trata de acabar legislando desde el poder político.

En tercer lugar, la persecución religiosa en Europa ha comenzado siempre con burlas hacia los creyentes y sus convicciones por parte de grupos radicales, burlas amparadas por una legislación cada vez más rigorista con las prácticas cristianas. Es habitual que ambas cosas corran paralelas: determinados grupos radicales ridiculizan las prácticas religiosas –sea en televisiones y medios de comunicación o en acciones y raids contra los lugares de culto que vulneran la libertad religiosa–, contando con el amparo del poder ejecutivo que en vez de perseguir unas prácticas que atentan contra la libertad religiosa, las ampara y justifica con leyes de progresivo arrinconamiento del hecho religioso. Punto este en el que, sin embargo, el islam moderado resulta más comprensivo que el izquierdismo europeo.

Lo particular de la persecución religiosa en Europa es que la izquierda promueve y alimenta la exclusión del cristianismo de la vida pública, colaborando con ello con el islamismo en el continente. Sin embargo, en último extremo, éste es aún más agresivo con el materialismo que representa la izquierda postmoderna que con el cristianismo en cualquiera de sus variables. ¿Cree la izquierda, tanto la bienpensante como la radical que ridiculiza a los creyentes, ataca a Benedicto XVI y defiende el modo de islamización a lo Erdogán como un modelo deseable, que el islamismo la respetará una vez le haya hecho el trabajo sucio?

Matrícula de horror

Tomás Cuesta en ABC

SI un grupo de setenta energúmenos hubiera irrumpido en una mezquita en paños menores, a estas horas no sólo habría que lamentar abundantes desgracias personales entre tales botarates sino los lamentos y condenas oficiales, las glosas en torno a la tolerancia, la libertad religiosa y los sermones sobre la islamofobia que al parecer recorre Occidente. Ahora bien, si a esa misma turbamulta le da por tomar al asalto una capilla católica, semejante acto es tenido por una inocente gamberrada, una chiquillada, lo propio de la edad universitaria, el reflejo de un cerrado atavismo anticlerical ante el que cualquier crítica es señal inequívoca de la beatería propia de un cada vez más exiguo sector de meapilas. Como la profanación de iglesias y la alteración de los oficios católicos ocurre con una cierta frecuencia, la capacidad de asombro de la sociedad española empieza a ser francamente limitada, hasta el punto de que las palabras de Benedicto XVI sobre el laicismo agresivo se entienden aún menos que las prescripciones papales sobre el sexo y el matrimonio.

En este país se aplaude igual que los autoproclamados imanes reclamen a la Iglesia la cesión de la mezquita de Córdoba como la retirada de los crucifijos de las aulas, contradicción superada por la supuesta modernidad consistente en otorgar a los católicos del país el mismo reconocimiento que se dispensa a los cristianos en Egipto o Pakistán. El signo de los tiempos se define por el cambiazo de la asignatura de religión a favor de una Educación para la Ciudadanía sin la cual los jóvenes españoles no pueden llegar a la Universidad. Otra cosa es que suspendan las matemáticas, el latín, la química o la historia, cuyos créditos son las nuevas marías de un sistema educativo que pretende basarse en el respeto a la diferencia, siempre que esa diferencia, claro está, no sea la de ser católico, creyente o simplemente civilizado. En combinación con la autonomía universitaria, el resultado es la impunidad más absoluta, la transformación de los campus en un laboratorio de ensayo de la «kale borroka» contra el signo de la cruz ante el complaciente y cómplice silencio de las autoridades docentes y políticas. No de otra forma se alcanza a comprender la irrupción de la muchachada con las tetas al aire en la capilla de la Universidad Complutense, igual que antes ocurrió en la de la Universidad de Barcelona.

A fin de cuentas, el anticlericalismo es una de las señas de identidad de la progresía, un culto iconoclasta y un rito iniciático en el que se encuentran revolucionarios de fin de semana de todas las tendencias, desde el okupa que chapotea en la pila del agua bendita hasta el «antiglobalización» que sostiene en una mano el spray para embadurnar los muros de las capillas y en la otra el libro del Padre Pousa, el catecismo alternativo del cura catalán que bendice el aborto y presume de tener una «amiga especial». Es la teología inversa de la Alianza de Civilizaciones, de la Educación para la Ciudadanía, del talante y de un método formativo en el que la niña del exorcista sería algo así como el apogeo de la buena conducta y la inmersión lingüística. No sería de extrañar incluso que este último episodio formara parte del programa de prácticas de alguna asignatura delirante de Ciencias Políticas que habría permitido a sus protagonistas optar a matrícula, pero de horror.

viernes, 11 de marzo de 2011

11-M: La vergüenza que no cesa

Editorial de Libertad Digital

Siete años después de la masacre del 11-M, la única verdad incuestionable es el sufrimiento de las víctimas, un dolor multiplicado por el abandono, el olvido, la exclusión y el aislamiento a los que han sido sometidas por el Gobierno y por la oposición, por casi todas las instancias judiciales e institucionales, por la mayoría de los medios de comunicación y por quienes tendrían que investigar y llegar hasta el fondo de la mayor matanza terrorista de la historia de Europa.

jueves, 10 de marzo de 2011

Sombras de marzo

Gabriel Albiac en ABC

Soy extranjero en mi patria desde aquel 11 de marzo. Extranjero a su apuesta empecinada por el mejor no saber, porque vete a saber cómo serían las cosas si de verdad supiéramos. Pero yo, sin saber, nunca he tenido percepción alguna de una vida vivible. Sin saber, uno queda en menos que siervo: en animal doméstico. En esa cosa terrible que Baruch de Spinoza describe en la patética personalidad del ignorante: «Tan pronto como deja de padecer, deja también de ser». Y ama su humillación, porque sólo tiene eso.

La «verdad judicial» es una convención garantista. Debe ser respetada. No voy a cuestionarla. Entre ella y la verdad, la relación es la misma que entre la música militar y la música. No me concierne. La verdad, sí. Sin adjetivo. Mayormente, porque no conformarme con la mentira es lo que, bien que mal, me hace seguir viviendo. Platón lo llamaba filosofía. Pero no seamos solemnes. Empecinarse en la verdad, por áspera que sea, es ser un hombre. Un hombre. No esto.

Un siglo de Álvaro Cunqueiro

Juan Soto en ABC

EN este año que andamos se cumple el centenario de Álvaro Cunqueiro, uno de los escasos escritores aportados por Galicia a la literatura universal de todos los tiempos y el primero sin duda entre los del siglo XX. Nos hallamos, pues, ante una ocasión particularmente propicia para el reencuentro con un autor que poseyó como ningún otro aquella legendaria facultad taumatúrgica que los alquimistas medievales buscaron en la piedra filosofal: gozó del don de transmutar en oro todos los géneros literarios, desde la novela a la poesía, desde el teatro al periodismo, desde el artículo periodístico a la glosa coquinaria, desde la efímera hojilla volandera a la copla de ciego y al rondel de aguinaldo. En el conjunto de su obra, todavía necesitada de localización exhaustiva, no hay calderilla sino fulgor diamantino, «moneda de eternidad», por repetir el elogio que Cunqueiro aplicó a los versos de Hölderlin, una de sus constantes devociones, irrevocable desde sus lecturas juveniles.

Álvaro Cunqueiro nació el 22 de diciembre de 1911 en Mondoñedo, capital de una diócesis de la que fue obispo nada menos que fray Antonio de Guevara, el cronista de Carlos V. El Menosprecio de corte y alabanza de aldea que firmó el prelado en 1539 no es otra cosa que la nostalgia otoñal de los días mindonienses, cuando entre epístolas y sinodales se detenía a contemplar la orfebrería del atardecer sobre las hojas del roble y del abedul. La más certera definición de Mondoñedo y su más fiel retrato están en Merlín y familia, el libro en el que se subliman las excelencias de la literatura de Cunqueiro: ciudad «rica en pan, en aguas y en latín». El pan que allí todavía se cuece en hornos de leña; el agua del Valiñadares, que mana por los cuatro caños de la fuente de Os Pelamios; el latín salmodiado por los capitulares catedralicios y los colegiales del Real Seminario de Santa Catalina. Son también esos tres distintivos los que determinan y moldean la obra de Álvaro Cunqueiro. Está en ellos la razón de su perennidad, pues es seguro que quien se entregue a la lección cunqueiriana sentirá una emoción no sólo intelectual y estética, sino sensual y gustosa, como un sorbo de agua fresca, un pedazo de pan recién horneado o la exultante liturgia de los ritos antiguos.

Cuando en España caían de punta los chuzos del realismo social y las editoriales atufaban a aquel «insoportable olor a berza» que elevó a los altares de la crítica a tanto foliculario insignificante y situó en primera línea de escaparate a tanta novela de cemento sin fraguar, Cunqueiro se mantuvo inamovible en sus certidumbres estéticas. Consciente de que en la obra artística lo que no es auténtico es efímero, se convirtió en un resistente inflexible: frente al envite de la coyuntura sociopolítica, la firmeza de sus convicciones de escritor. No debe extrañarnos, pues, que la publicación, en 1955, de Merlín y familia fuese acogida por los acólitos de la progresía literaria con displicencia ramplona cuando no con la deportación al averno, actitud repetida al año siguiente al respecto de As crónicas do Sochantre, la segunda gran novela del autor, merecedora, en su traducción al castellano, del Premio Nacional de la Crítica, para disgusto de los mostrencos incondicionales del realismo pedestre y del naturalismo coprofílico.

Durante años, para los cazadores de heterodoxos y desviados Cunqueiro fue una pieza a cobrar. Su obra, iniciada con los poemas juveniles de Mar ao Norde, resonancia neotrovadorista del exquisito De catro a catro de Manuel Antonio, no era fácilmente abatible, salvo para quienes estuviesen dispuestos a hacer de la creación artística una cuestión de trincheras. Descartada la eficacia de la crítica literaria de combate, las posiciones personales del escritor mindoniense e incluso su propia biografía pasaron a ser argumentos invalidantes. Procedente del galleguismo epigonal de la xeración Nós, su posterior vinculación a Falange, tan fugaz como indolente, lo convirtió en receptor propicio de bofetadas en ambas mejillas. Para los celadores de un lado, Cunqueiro era alguien que nunca había abdicado de su galleguismo bautismal. Para los cancerberos del otro, Cunqueiro era un escapista que no cumplía ninguno de los requisitos imprescindibles para ser acogido en la cofradía. A su pertinaz reivindicación (o tal vez invención) de lo que Darío Villanueva llama certeramente «realismo maravilloso», se unía, además, la incorrección política imputable a una religiosidad proclamada sin complejos y a su actitud en la recurrente controversia sobre el bilingüismo, asuntos ambos que entre nosotros suelen derivar hacia antagonismos cainitas. «Creo en Dios, en la Iglesia, en el culto de los santos, creo en los poderes auxiliadores y creo sobre todo en el enorme poder de la oración», testimoniaba pocos años antes de su muerte en la revista confesional Vida nueva. No quedaba lejos su autodefinición como «escritor bilingüe en estado natural», un reconocimiento congruente con la proclamación de su libertad creativa: «Siempre he escrito lo que me ha gustado y como me ha gustado».

Esa indeclinable heterodoxia de Cunqueiro, unida a su perseverante independencia y a una indomable propensión a nadar contra corriente, le granjeó antipatías y envidias sin cuento. Ni siquiera con su retraimiento en Mondoñedo, una vez malograda la expectativa madrileña de los años 40, pudo esquivar la agresión de la maledicencia, por veces gravemente injuriosa. Como en Valle-Inclán, la farfolla de la anécdota venía como anillo al dedo para descalificar la excelencia de una obra que sobrevolaba a distancia sideral el canon imperante.

En Galicia, el sectarismo anticunqueiriano de ciertos sectores de la intelligentzia petardista duró hasta prácticamente el final de la vida del escritor. En enero de 1980, apenas un año antes de su fallecimiento, algunos sectores estudiantiles trataron de boicotear el acto de su investidura como doctor honoris causapor la Universidad de Compostela. Un alboroto inútil: para entonces ya la gloria de Cunqueiro fulgía por encima de voces y coces.

Hoy, a los cien años de su nacimiento, la obra de Álvaro Cunqueiro reafirma su primacía entre las más excelsas contribuciones de Galicia a las letras universales. El discurso con que en abril de 1963 tomó posesión del sillón académico que había quedado vacante tras la muerte de don Ramón Cabanillas, el último de los grandes poetas gallegos, se titula Tesouros novos e vellos. Quizá no haya rótulo que mejor evalúe la opera omnia del escritor de Mondoñedo. Su escritura es, en efecto, un venero inagotable de tesouros novos e vellos.

martes, 22 de febrero de 2011

Esperanza Aguirre

Alfonso Ussía en La Razón

Se ha ganado a pulso todo lo que tiene. La política, para ella, es una vocación, no una necesidad o un medio de supervivencia. Espero que nadie se ofenda con esta apreciación. Detrás de su educación y su sonrisa hay un muro de honestidad y firmeza invencible. Iba a escribir que detrás de su parecer suave hay unos nervios de acero, pero recuerdo a Valle Inclán boicoteando un estreno de Echegaray y me da la risa. Que así decía un personaje de Echegaray: «Parece de seda, pero sus nervios son de acero». Y Valle se incorporó de su butaca y gritó: «¡Eso no es una mujer, es un paraguas!».

Esperanza Aguirre pertenece a la familia liberal del Partido Popular. Nadie le ha subvencionado jamás. Salió de un helicóptero estrellado con la serenidad de los grandes. Mantuvo el tipo en un terrible ataque terrorista en la India. Esta mujer no está preparada para ser vencida por un tumorcillo. Va a ser intervenida en un hospital público. Y en Madrid. Y en España. No en Los Ángeles. Que nadie se ofenda. Te queremos mucho y somos muchos los que te queremos. Ganar una vez más no es complicado. Ánimo, Esperanza.

jueves, 17 de febrero de 2011

Progrez, lobreguez

Bernd Dietz en Libertad Digital

Damos la sensación de ser el país que con más entusiasmo ha abrazado la autodenominada cultura de la calidad, para acomodarla a coordenadas atávicas. Ya se sabe, esa tendencia a primar las apariencias sobre los realidades; el formalismo burocrático sobre el contenido efectivo; la aplicación interesada de la norma sobre la ecuanimidad de la medida; el soporte material sobre el mensaje; el rodillo indiscriminado sobre el análisis del caso individual; el membrete y el sello oficial sobre la certeza; la filiación sectaria sobre la valía del individuo concreto; la verdad judicial, jejejé, sobre la verdad de verdad. Y así sucesivamente, desde nuestro más rancio vaticanismo corleonés, hasta darle la vuelta a la bondad o cordura de las actuaciones cual si de un calcetín se tratase. Nada nuevo bajo el sol. Casticismo imperecedero. Modernez legañosa. La epifanía de asomarnos al espejo, sin poder culpar a nadie ajeno a nosotros.

La cultura de la calidad es progresista, pues establece protocolos que, si bien podrían ser engorrosos de cumplir para una cabeza creativa, no requieren talento, inteligencia o querer pensar. Es igualitarista, al odiar cualquier jerarquización axiológica o prelación intelectual (algo complementario con que la señora Aído, sus denunciadas dadivosidades aparte, montase un organigrama con nueve mujeres por cada varón, de sobrada que iba). La cultura de la calidad descrita se explaya a dos carrillos sobre la exigencia. Hipócritamente. Pues sabiéndose entre pardillos, conmilitones y otros artistas de la simulación, la concibe como puritita sumisión a sus dogmas, reglamentos, encuestas, autoinformes, auditorías y demás juegos de manos para justificar lo torcido. Y así se llenan los bolsillos los embelecadores, nescientes y obcecados que conforman el mandarinato de la corrección política. Porque políticamente correcto quiere decir aquí: moralmente injusto e intelectualmente falso, una sordidez obligatoria al mandarlo la moda y quien tiene la sartén por el mango.

La cultura de la calidad es a la calidad lo que la didáctica de las matemáticas es a las matemáticas: un sucedáneo infantil, prescrito con receta populista; una suplantación en cartón piedra, un MacGuffin para velar las verdades; y una ocasión de oro para que quienes aborrecen el álgebra campen sobre los matemáticos, autoproclamándose sus intermediarios y superiores jerárquicos en la pirámide institucional. La potestas metiendo en vereda a la auctoritas. Lo de siempre. Algo para dar gustito a acomplejados, desaprensivos y manilargos. ¿Acaso llegar democráticamente al poder, como hizo Hitler y han hecho otros tarados devastadores (con o sin ayuditas de terroristas, cloacas e intoxicación mediática, según aquí nos suena), garantizó alguna vez que fuera a gobernarse con sabiduría y honestidad?

Aunque, puestos a hablar de macguffins, de corrección política y de cultura de la calidad, nada como la hipersensibilidad, melindrosa hasta el ridículo, con la velocidad en las carreteras, el humo del tabaco o el lenguaje ofensivo de un ciudadano de derechas con respecto a otro de izquierdas. A la inversa es metafísicamente imposible que pueda mediar insulto, pues resulta de lo más natural y reivindicativo que ministras del jaez de Pajín justifiquen sus antojos porque la decisión les sale de los cojones [sic] o que toda una subdirectora general de Tráfico se dirija por conducto oficial a sus subordinados con admoniciones del tipo por el culo te la hinco [sic] y chúpame un huevo [sic]. ¡Ay del que perciba una agresión sexista, que lo fulminan obligándole a dimitir los mismos ingenieros de almas que pretenden perseguir penalmente que a un gordo se le pueda decir gordo!

Situar tales asnadas de cotolengo en el epicentro de la actualidad política, poniendo a su servicio a jueces, policías, comunicadores, rockeros, actores e intelectuales de prosapia progresista, funciona. A estos custodios de la ética no se les ocurriría ni por asomo escandalizarse con el caso de la hija de Chaves, las mesnadas de parientes de altos cargos que se han forrado el riñón (y el resto de las vísceras) con los ERE y las coimas de Al-Ándalus o las malandanzas de ese hombre-orquesta y cazador cazado que es el señor Garzón. Están demasiado ocupados considerando ilegalizar o amaestrar todavía más al PP, puesto que tales fieras (y no los aprovechados de la nomenklatura socialista y sus papás) estarían dizque emparentadas con el régimen anterior. Nuestra casa de orates y pícaros queda humillantemente expuesta. En la última cena de Viridiana (empeorada, aumentada y con sillón vitalicio para los comensales) resplandece el emblema de lo que, con ahínco y desparpajo, hemos logrado darnos.

"Una política tabernaria, incompetente, de amigachos, de codicia y botín, sin ninguna idea alta". Así calificaba Manuel Azaña a sus colegas de recio progresismo, a la hora de explicar el batacazo de la II República. El franquismo aún no tenía carácter. ¿Qué no vituperaría hoy, una vez instalados estos nuevos resabios, el político alcalaíno (quien pese a sus notorios defectos era un hombre decente, dotado de corazón e inteligencia) de los miembros y miembras que cortan hoy el bacalao, mientras esparcen su vileza a espuertas, en nuestra triste y bienamada España?

Cuando el dedo señala la luna, la cultura de la calidad mira ominosa a nuestras partes blandas, dispuesta a despojarnos, con monomanía capadora, de cuanto de fecundo sobreviva entre nosotros. Cuando haya arramblado con todo, podrá cortarnos a machetazos, quemar nuestros cuerpos, todavía palpitantes, y decretar el hermanamiento con Uganda, donde jamás habrían desentonado, hasta ahí podríamos llegar los apóstoles de la alianza de civilizaciones, el GAL, el gracejo de mienmano y el 11-M.

Dictaduras de nueva generación

Lara Vidal en Libertad Digital

La fe de algunos políticos y periodistas en determinadas consignas supera con mucho la de no pocos creyentes en cualquier religión. El caso de Egipto es buena prueba de ello. Mucho hablar de que el pueblo egipcio estaba viviendo una primavera de libertad y, al final, todo ha terminado en un cuartelazo más. Los que conocen la Historia de Egipto –pocos, dicho sea de paso– lo habían dicho y, por supuesto, no se equivocaban. ¿Va a surgir de este golpe militar una democracia? Sinceramente, no cabe esperarlo. En realidad, lo más seguro es que nos encontremos, al final de todo, con una dictadura de nueva generación.

Lenin, Hitler, Stalin, Castro estaban convencidos de que sin una buena red de represión penitenciaria era imposible mantener su gobierno tiránico. Se equivocaban y lo pagaron decenas de millones de desdichados. La caída del Muro de Berlín dejó de manifiesto que es más que posible instaurar un régimen dictatorial permitiendo, al mismo tiempo, los partidos, elecciones periódicas e incluso cierta libertad de prensa. Naturalmente, para mantener en pie el edificio hay que controlar una distribución de los medios de comunicación que logre que su labor no pueda alterar un resultado electoral. También hay que cercar a los opositores –incluso sobornarlos– de manera que no vayan más allá de un decorado escasamente efectivo. Finalmente, a los pocos disidentes que sigan quedando hay que convertirlos, silenciarlos o –sólo de manera excepcional– eliminarlos.

En una nación donde casi sólo se cuentan los logros del régimen y los desvelos por nuestro bienestar; donde la tradición histórica es más bien ovejuna y donde incluso se puede echar mano de un cimiento religioso dispuesto a pactar con el poder, el resultado suele ser el de la dictadura esperada. Formalmente, se puede presentar de cara al exterior la imagen de un régimen que si no del todo democrático al menos avanza por el luminoso sendero de las reformas. En la práctica, nos encontramos, sin embargo, con una dictadura que ha seguido el consejo de Lampedusa de cambiar todo para dejar todo igual.

Es lo que va a suceder en Egipto; es lo que sucede en la Rusia de Putin y es lo que desgraciadamente se viene persiguiendo desde hace décadas en naciones como Italia y España por no citar buena parte de Hispanoamérica. Al final –no cabe engañarse– la democracia sólo ha arraigado sin marcha atrás en naciones donde triunfaron los puritanos (Inglaterra, Estados Unidos y las antiguas colonias del Canadá, Australia y Nueva Zelanda) o la Reforma fue indiscutida desde el principio como es el caso de Holanda o las naciones escandinavas. Donde, por el contrario, la democracia ha nacido como consecuencia de la segunda guerra mundial o de las presiones norteamericanas no es que exista posibilidad de retroceder en lo avanzado, es que hay una enorme posibilidad de degenerar en dictaduras de nueva generación y, llegado el caso, da lo mismo que quien gobierne se llame Suleimán o ZP.

Humo y hierbas del 68

Cristina Losada en Libertad Digital

Tiene guasa que los parvenus al sesentayochismo se hayan cargado el espíritu del 68, pero así es y así parece. Qué mayor símbolo de ese parricidio que la amenaza de multa al musical Hair a cuenta de que se fuman unas buenas hierbas en escena. Se meten con Hair, nada menos. Una obra que, junto a Oh! Calcutta!, Jesucristo Superstar o el Rocky Horror Picture Show, representa y revive de inmediato, sólo con nombrarla, aquella época desordenada que luego hemos padecido como mito. Y mitificada, en especial, por quienes ahora blanden las tijeras de la censura, sea para proceder a la castración de unos porros de mentira o retirar anuncios de ropa interior femenina. Nada respetan, ni libertad artística ni, por supuesto, libertad individual. Cómo van a respetarla, si es la madre de todos los vicios.

Encabezado por lustrosas ñoñas, tenemos en faena al negro batallón que en la comedia de Ibánez Serrador actuaba bajo el nombre de Liga Femenina contra la Frivolidad. Cualquier día, vestirán a la Maja desnuda. Ya sucedió al otro lado del charco. Pero que le quiten el humo a Hair no ha ocurrido ni allí donde se aplican leyes anti-tabaco severas. Y es que a Pajín y compañía les pasa como al nuevo rico. Han de demostrar que son lo que no son, sobreactúan, se exceden en la imitación y el resultado es el ridículo. Alega esa ministra que el teatro es un lugar de trabajo y no cabe excepción. Reduce, así, el espacio de la obra dramática a la prosaica condición de oficina, a un lugar corriente y moliente, lejos del fuego sagrado del arte. Aunque bien les está a quienes tanto insistieron en proletarizarse como "trabajadores de la cultura". Lo cual nos lleva al cine: ¿se prohibirá fumar en las películas? Hable, Leire.

El conflicto de intereses entre fumadores y no fumadores se podía resolver con sentido común y, en los bares, con buena ventilación. Pero el Gobierno prefirió sumarse a la histeria rigorista y aun añadirle. El neopuritanismo en boga, con su selectiva intolerancia, le va como anillo al dedo a ese autoritario que el ungido lleva dentro. Cierto, de aquellos "prohibido prohibir" han venido estos "todo prohibido", al fosilizarse la heterodoxia y el antiautoritarismo en sus contrarios. Pero ese grupo generacional que aquí se ha elevado a ministerios y poltronas sabe de aquello lo que haya visto en los tebeos. Su intolerancia, rigidez e intransigencia vienen de fábrica. Pobre gente sin mundo que quiere presumir de referencias. Qué 68. Sólo son paletos.

El imperio de la lengua

Francisco Caja en Libertad Digital

Que la política lingüística escolar llevada a cabo en los últimos 17 años por el Gobierno catalán –la imposición del llamado sistema de inmersión lingüística– no sólo está fuera de la ley, sino que es inconstitucional está fuera de toda duda tras las recientes sentencias del Tribunal Supremo. Dice el Tribunal Supremo:

Como afirma el motivo y en contra de la doctrina del Tribunal Constitucional esa exclusión de hecho del castellano como lengua vehicular pervierte el modelo lingüístico establecido en la Constitución de conjunción lingüística o de bilingüismo integral de modo que se implanta un modelo de inmersión lingüística contrario al espíritu y a la letra de la Constitución.

Y en consecuencia, el Tribunal Supremo ordena a la Generalidad que adopte

cuantas medidas sean necesarias para adaptar su sistema de enseñanza a la nueva situación creada por la declaración de la sentencia 31/2010 del Tribunal Constitucional que considera también al castellano como lengua vehicular de la enseñanza en Cataluña junto con el catalán, incluyendo el derecho de los niños en educación infantil a recibir la enseñanza en la lengua peticionada por los padres y de igual modo declaramos que el modelo oficial de preinscripción en educación infantil ha de preguntar por la lengua habitual a los padres o tutores de los niños preinscritos en los cursos escolares en centros sostenidos con fondos públicos.

¿Cuál ha sido la respuesta de la Generalidad a la inapelable (en un Estado de Derecho) decisión del Tribunal? No acatar la sentencia. De manera ostentosa: tanto la consejera de Enseñanza como el presidente de la Generalidad han declarado de forma reiterada que no modificarán ni una coma de su política y seguirán implantando el sistema de inmersión lingüística. Y en la primera ocasión (al aprobar las normas de preinscripción y matriculación para el próximo curso) han dictado una resolución que hace caso omiso de las resoluciones judiciales: sigue imponiendo el sistema de inmersión lingüística, no contempla el derecho de los niños en educación infantil a recibir la enseñanza en la lengua peticionada por los padres y no incluye la pregunta por la lengua habitual del escolar.

Está claro, para el Gobierno catalán el imperio de la lengua está por encima del imperio de la ley. ¡Todo por la lengua sagrada! Porque la lengua sagrada exige todo: si es necesario delinquir, se delinque. Porque no acatar las decisiones de los tribunales y dictar, como es el caso, una resolución injusta a sabiendas de su injusticia es un delito.

Pero una cosa es cierta: ellos son lo que son no por designación de la diosa lengua sino por la ley: la ley y no la lengua los ha hecho presidente y consejera de la Generalidad, unos cargos a los que han accedido tras jurar o prometer fidelidad a la Constitución. Al negarse a someterse al imperio de la ley que legitima su poder, se deslegitiman y se hacen indignos para ejercerlo. Por esa razón han de ser separados del cargo que ejercen; esa es la pena que reserva el Código Penal para los culpables de un delito de prevaricación: inhabilitación especial para empleo o cargo público por tiempo de siete a diez años.

Están en juego los fundamentos mismos del Estado de Derecho: el sometimiento de los poderes públicos a las decisiones de los tribunales de justicia, la separación de poderes, fundamento desde que Montesquieu lo escribiera en su De l’esprit des lois. Convivencia Cívica Catalana ha presentado la correspondiente querella criminal para restaurar en Cataluña el Estado de Derecho. Porque el imperio de la ley deber estar por encima del de la lengua para que un orden político pueda ser llamado democrático.

¿Cuál será la actitud del Ministerio Fiscal, que, recordémoslo, "tiene por misión promover la acción de la Justicia en defensa de la legalidad, de los derechos de los ciudadanos y del interés público tutelado por la Ley, de oficio o a petición de los interesados, así como velar por la independencia de los Tribunales y procurar ante ellos la satisfacción del interés social"?

¿Quién indemnizará a los padres cuyos hijos no ha recibido la educación bilingüe que prescribe la Constitución española durante los últimos diecisiete años? Los Gobiernos catalanes han contraído una grave responsabilidad por la que los ciudadanos catalanes le deberán pasar cuentas. Que sus hijos reciban una enseñanza bilingüe depende de ellos; tras las sentencias del Supremo bastará con exigirla mediante una sencilla instancia al Gobierno catalán: los pueden hacer poniéndose en contacto con Convivencia Cívica Catalana a través de su página web. Para restaurar en Cataluña el imperio de la ley.

Francisco Caja es presidente de Convivencia Cívica Catalana.

Violencia doméstica e incompetencia gubernamental

Editorial de Libertad Digital

"Dime de lo que presumes y te diré de lo que careces": eso dice el refranero español, y eso mismo se le podría aplicar a los propagandísticos desvelos del Gobierno de Zapatero por atajar la violencia doméstica frente a su rotundo y clamoroso fracaso en este terreno.

Por puro afán propagandístico, Zapatero impulsó nada más llegar al poder la demagógica Ley de Protección Integral contra la Violencia de Género, que establece penas distintas en función de si la violencia la perpetra un varón o una mujer. Además de cercenar con ello un principio constitucional como la igualdad ante la ley, esta normativa discriminatoria carecía de suficientes medidas protectoras y de la financiación necesaria, al tiempo que ignoraba normas que ofrecían un claro riesgo de solapamiento e interferencias entre administraciones. Así se lo advirtieron claramente al Gobierno órganos consultivos como el Consejo General del Poder Judicial, el Consejo de Estado y el Consejo Económico y Social. Pero el Gobierno hizo caso omiso de todo ello, con el condesciende respaldo de la oposición.

Otro tanto se podría decir del recientemente suprimido Ministerio de Igualdad, que no ha servido más que para dilapidar ingentes cantidades del dinero del contribuyente. Esta ya de por sí costosa burocracia no ha hecho otra cosa que subvencionar delirantes "estudios" sobre la mujer y el feminismo, del que se han aprovechado organizaciones afines al PSOE, al tiempo que solapaba o incluso sustituía la acción de la Justicia con "cursillos de igualdad" en sustitución del cumplimiento de la pena de reclusión a los maltratadores.

Paralelamente, el Gobierno ha escatimado medios a quienes deberían ser los principales encargados de velar por la integridad de los ciudadanos, como son los tribunales de Justicia y la policía.

El resultado de todo ello ha sido el espectacular incremento que, desde 2004 y año tras año, ha experimentado el número de mujeres asesinadas a manos de sus parejas o ex parejas en nuestro país. En este sentido, la última víctima mortal de la mal llamada "violencia de género", asesinada este martes en Málaga a manos de su ex pareja, no por paradigmática deja de ser un episodio más en esta sangrienta crónica de un fracaso anunciado: una comisión del antiguo Ministerio de Igualdad y de la Federación Española de Municipios y Provincias (FEMP) denegó en agosto a la víctima el servicio de teleasistencia móvil para víctimas de violencia de género. Pero lo más grave de todo es que su ex pareja y presunto asesino tenía ya una sentencia condenatoria por dos delitos de amenazas en el ámbito familiar y por un delito de maltrato simple. Su pena a dos años de prisión fue suspendida, condicionada al cumplimiento de cursillos "en materia de igualdad".

Al rifirrafe entre las distintas administraciones a la hora de echarse la culpa por la denegación de la ayuda que requirió la víctima, se suma la denuncia efectuada por policías destinados a unidades de prevención, asistencia y protección a las víctimas de malos tratos, que aseguran carecer de medios básicos para llevar a cabo su tarea, como vehículos u ordenadores.

"Algo ha fallado", ha tenido que reconocer Rubalcaba. Y tanto que sí: han fallado las demagógicas presunciones con las que este Gobierno no ha hecho otra cosa que encubrir sus carencias a la hora de combatir esta lacra social.

Cursillo de igualdad

César Vidal en La Razón

Era una de tantas mujeres maltratadas. Pidió ayuda a la judicatura y a una federación de municipios controlada por el PSOE. Se la denegaron. La razón era de peso. Su maltratador había seguido un cursillo de igualdad, una de las genialidades de la ministra Aído mantenida por su sucesora Pajín. El resultado de esa suma de decisiones fue rápido y fulminante porque el maltratador mató a la maltratada y el nombre de la víctima, en apenas unas horas, se disolvió en el largo listado de muertes no evitadas por la legislación y la gestión de los gobiernos de ZP. En un acto de cinismo tan propio de él como lo es el veneno en la serpiente de cascabel, Alfredo Pérez Rubalcaba, el ministro del Interior que no ha logrado contener el ascenso de la criminalidad, nos ha informado de que la muerte se ha producido porque algo ha fallado. Se trata de una afirmación digna de figurar en una antología de grandes figuras al lado de Confucio, Platón o el mismo Jesús de Nazaret. Claro que bien mirado sí es cierto que algo ha fallado. Ha fallado la ideología de género de arriba a abajo y el último crimen es tan sólo una de sus pavorosas consecuencias. Cualquiera que ha tratado a delincuentes por un tiempo sabe de sobra que toda esa palabrería progre sobre las causas sociales e ideológicas del delito es una estupidez además de mayúscula sumamente peligrosa. Hay gente de humildísima cuna que, a pesar de agobiantes circunstancias, tiene una honradez acrisolada y personajes de alto rango que, criados entre algodones, no han dejado de delinquir desde que alcanzaron el uso de la razón. Si a semejante necedad se suma la ideología de género, las consecuencias son, en el sentido más literal, letales. Pero claro, la ideología de género insiste en que es la horrible sociedad machista la que provoca los crímenes y puesto que la causa se encuentra en la ideología presupone que un cambio radical de ésta puede tener efectos beatíficos. La primera consecuencia de semejante dislate es que fuera de la violencia doméstica han quedado las agresiones de las hijas hacia las madres –cifra escalofriante– la de los padres hacia los niños –peor si cabe– o la de las mujeres hacia sus parejas. Como todos esos casos, por sangrantes que sean, no encajan en la ideología de género se niegan y adelante con las miembras. La segunda es la manipulación que de la ideología se lleva a cabo en las más diversas ramas de la Administración lo mismo contratando más de un noventa por ciento de mujeres en el Ministerio de Igualdad que presentando, como ha indicado algún juez, falsas denuncias contra el ex marido que, por el hecho de ser varón, ya es culpable. La tercera –y peor– es que como el delito no es abordado como tal sino como un proceso ideológico sujeto a dudosos métodos de ingeniería social los homicidios y las agresiones no han dejado de aumentar. La vida de esta desdichada mujer –como la de tantas– ha sido sesgada por un delincuente repugnante, pero la culpa de que no haya recibido la protección adecuada recae sobre las Bibianas, las Leires y las miembras que difunden una ideología de resultados criminales, ésa que cree que se puede reformar a un asesino potencial mediante un curso de igualdad.

Violación en la plaza

Alfonso Rojo en ABC

El comunicado de la CBS, corto y frío como un escalpelo, estremece. Cuenta que el 11 de febrero, el día que Mubarak fue destronado, la corresponsal Lara Logan estaba cubriendo el jolgorio de la Plaza Tahrir cuando fue rodeada por una turba de hombres enfebrecidos, separada a empellones de su equipo, violada brutalmente muchas veces y golpeada hasta el desmayo. Fue rescatada, al final, por una veintena de soldados alertados por varias mujeres y ahora se recupera en un hospital de Estados Unidos.

Lo primero que se le ocurre a uno es que para ser la Revolución de la Luz, como algunos la han bautizado poéticamente, la de Egipto ha tenido un prólogo bastante sombrío. No entro a juzgar, porque me produce vómito, el comportamiento de los facinerosos, que no eran unos pocos sino doscientos, pero creo que la actitud de la gente merece una reflexión.

¿Cómo es posible que algo así pueda suceder a la vista de todo el mundo, en medio de la multitud y con semejante saña? ¿Ser rubia, mujer, guapa y occidental va a ser también pecado?

No sería justo convertir la anécdota, por espantosa que sea, en categoría, pero resulta evidente que los protagonistas de la revuelta no eran solo blogueros, tuiteros y ejecutivos de Google, abrasados por el deseo de libertad y empeñados en tomar el destino en sus manos.

No hay epitafio sobre el régimen de Mubarak, donde no se afirme que Internet ha sido el arma más potente de la oposición, pero cada día tengo más dudas. Se pasa por alto que los secuaces del rais fueron capaces, en minutos, en la medianoche del 28 de enero, de cortar Facebook, Twitter, correo electrónico y «sms». Y que tuvieron seco al país cinco días. ¿Y si fue el Ejército, como en la Rumanía de Ceaucescu, quien manejo todos los hilos? Incluido el de internet.

miércoles, 16 de febrero de 2011

Intervencionismo asfixiante, también en patios y teatros

Editorial de Libertad Digital

La Generalidad catalana amenaza con multar a los responsables del musical Hair que se representa en un teatro de Barcelona por incumplir la Ley Antitabaco. Un colegio en Sitges ha puesto una señal en rojo en el expediente de un niño por no hablar en catalán en el patio durante el recreo. Estas son sólo dos recientes muestras de a qué delirantes extremos puede llegar el poder público en su obsesiva y liberticida obsesión por inmiscuirse en todos los ámbitos de la vida de los ciudadanos.

Si en el primer caso esos extremos alcanzan la crueldad con un niño (que ha tenido que preguntar a su madre qué es lo que había hecho mal), en el segundo, los políticos tratan a los adultos como a niños que estuvieran expuestos a peligros que, por sí solos, no pudiesen evitar. El director del musical ha tenido que explicar que lo que fuman los actores en el momento de interpretar a los hippies de los años 60 no es tabaco, sino una mezcla de maria luisa, albahaca y hojas de nogal. A pesar de esta explicación, que ya debería resultar innecesaria en una sociedad libre y adulta, el estúpido y liberticida fundamentalismo de la ministra de Sanidad, Leire Pajín, no ha cedido un ápice: "Igual que en teatro los crímenes no son reales, que simulen que fuman".

Con todo, criticar estos delirantes extremos a los que llega el intervencionismo público sólo conlleva un riesgo: el pensar que, sin ellos, normativas como la que impone el catalán como una única lengua vehicular en Cataluña, o como la que prohíbe fumar en cualquier establecimiento privado abierto al público, sí podrían llegar a ser consideradas equilibradas o razonables. La libertad que ambas cercenan no se recuperaría porque dichas normativas concedieran, a modo de excepción, permisos en el reducido ámbito de un patio escolar o en el de un escenario teatral.

Se preguntaba hace dos siglos G.H. von Berg "¿cómo fijar limites concretos al poder supremo si se le asigna como objetivo una felicidad universal vagamente definida, cuya interpretación se confía al juicio de ese mismo poder? ¿Han de ser los gobernantes padres del pueblo, aun asumiendo el grave riesgo de que se conviertan también en sus déspotas?".

Este paternalista o represor intervencionismo estatal ha terminado siendo, efectivamente, despótico, desde el mismo momento en que el poder público no ya sólo se arroga competencias en la felicidad de los ciudadanos, sino que también pretende "normalizar" sus usos lingüisticos, preservar su salud, dictaminar su sensibilidad ante determinados espectáculos o legislar su memoria histórica. No hay que extrañarse de que la gente termine así viendo en la "ley", no la salvaguarda de su libertad, sino su principal foco de agresión.

NAZIonalistas

Juan Morote en Libertad Digital

No entiendo que me sigan causando estupor las aberraciones educativas de estos xenófobos que pueblan la periferia de España. Los denominados nacionalistas no entienden la defensa de las señas de identidad culturales propias como un patrimonio que debemos preservar, sino que, desde su perspectiva, esas señas son un garrote con el que agredir a todo aquel que no las abraza. La literatura está llena de ordalías, torturas para abjurar de un credo, y también de defensas heroicas de la fe heredada de los mayores.

En Cataluña pretenden que la gente se inmole en la defensa de las señas de identidad de la cultura que identifica la nación española. Como además de sectarios son poco imaginativos, han copiado el procedimiento nazi de señalar a los judíos. Aquellos los marcaban con pintura de color que destacaba en las vestimentas negras de los judíos para escarnio público. Pretendían con la marca la humillación pública del judío, y consiguientemente su exclusión social, era una fase más de la agresión previa al exterminio. Todos hemos podido contemplar estas imágenes tomadas en los documentales del gueto de Cracovia. Siempre pensé que su mera contemplación serviría de lección para que nunca más volviera a suceder nada parecido.

Setenta años después del inicio de la Segunda Guerra Mundial, y noventa años transcurridos desde el ascenso de Hitler al liderato del Partido Nacional Socialista Alemán de los Trabajadores, aún quedan nacionalistas que siguen su ejemplo. Han trocado algunos elementos para adaptarse a los tiempos, pero la esencia se mantiene. Si Hitler predicó la degradación humana de las razas judía y gitana, los nacionalistas ligeramente más sutiles han empezado por denigrar la cultura y las tradiciones españolas. En cambio, han coincidido en la metodología empleada: nazis de antes y de ahora marcan con distintivos a quienes quieren aislar, asustar, quebrar en definitiva. De esta guisa han obrado los representantes de un colegio en Sitges que han colocado un llamativo distintivo rojo en las notas de un niño por no utilizar en sus conversaciones la lengua vehicular del centro. Los nazis colocaron un brazalete a todos los niños judíos de Cracovia tras la invasión.

La utilización del distintivo no pretende otra cosa que identificar al niño como diferente, en el sentido más negativo posible. Se trata de un atropello a la dignidad del menor, a su intimidad, al derecho de los padres a elegir la lengua en la que su hijo debe ser educado; es un atropello al derecho del menor a ejercer el derecho constitucional a utilizar el español como lengua para lo que le de la real gana, sin embargo no tengo ninguna esperanza en que la Fiscalía de Menores abra siquiera unas diligencias para esclarecer lo sucedido. ¿Y con el resto de padres? Pasará lo de siempre, los malos contarán con la complicidad de la cobardía de los buenos.

El "pa negre" de cada día

José Antonio Martínez-Abarca en Libertad Digital

El cine Español me recuerda a aquel Pecé (Partido Comunista de España) cuyos mandatarios provinciales llegaban a los pueblitos donde no tenía ni aparato, ni bases ni más votantes de los que se podían subir a una "montesa" y el único representante comunista en la localidad, algo desanimado, les preguntaba a sus jefes si dada la situación no era mejor adaptarse a los tiempos o incluso disolverse. Y los jefes respondían dándole, a su hombre en el pueblo, con el dogma en la cresta: "El Partido Comunista no cambia ni se disuelve, el Partido Comunista se reafirma". El cine español, como ha quedado claro en la última gala de los "goyas", ni cambia ni se disuelve, que sería lo lógico: el cine español se reafirma en lo suyo. El viejo dogma comunista. Con la expresa idea de hacer lo contrario de lo que desea el hipotético público que no quieren que se agolpe para ver sus películas, le han dado todos los premios a otra de esos filmes más o menos catalanes sobre la postguerra civil después de cuya visión hay que desparasitarse. La Academia se ha propuesto ver quién puede más y se marcha de las salas antes, si las películas que se hacen en el país o el último acomodador que todavía quede en pie.

El cine español se mostraba en esta última edición de los Goyas autocomplaciente, desafiante y eufórico, porque este ha sido el peor año de recaudación desde que se recuerda y casi se ha logrado largar ya de los cines a toda esa gente que, fenomenal impertinencia, incluso trataba de opinar sobre lo que quería ver. Sólo faltaría. Como si el cine fuese un entretenimiento. Como si fuese una industria. Como si fuese un arte. Como si fuese nada excepto lo que la Academia española dice que tiene que ser (de la denuncia del fascismo a la investigación en torno a qué huelen las nubes, o la lluvia) y además cuando le salga de los güitos. Cuando las masas de público mayoritariamente joven piden películas que les hagan olvidar, para no abismarse en las simas de la desesperación, que son la generación perdida del país, cuando quiere, en fin, cosas con cierto acabado lustroso, con actores que sepan recitar, con temática posterior a la invención del tergal y que si puede ser contengan unas risas, el cine de su Academia viene y como siempre les ofrece "pa negre", cartillas de racionamiento, chocolate de algarroba, feísmo de "disseny", maquis de los cuarenta que huelen a "patchouli" del verano del amor de los sesenta, demócratas estalinistas de toda la vida y los malos malísimos de siempre. Y todo a cargo del director que debutó en el largometraje con una agradable película sobre sadomasoquistas tetrapléjicos que además son pederastas nazis y gays. Eso es lo que el fiscal general Cándido llamaba "acompasarse al sentir social".

Ha cumplido su objetivo de la temporada, el cine español. El Partido Comunista y la Academia de Cine, como no podría ser de otra manera, se reafirman. La triple papada de Leire Pajín gorgotea satisfecha, apenas conteniendo la hinchazón que un día de estos explotará como la tripa del señor Creosota en El sentido de la Vida de Monty Phyton. La ministra Sinde hace palmas con las orejas. Casi no queda nadie ya entre los cinéfagos españoles que quieran ver lo que hacen las subvenciones del Ministerio con la condición humana. Con un empujoncito más, y premiando masivamente el año que viene alguna película de tesis que incluya algo de ajo, la Academia conseguirá lo que se propone. Que el público español adopte como propio el cine independiente montenegrino.

Las subvenciones matan el ingenio

Juan Ramón Rallo en Libertad Digital

Uno podría pensar que el director de Pa Negre, Agustí Villaronga, es un caradura redomado por trincar del erario público y, encima, restregárnoslo por la cara. Dice así: [Las subvenciones son necesarias] porque si no existieran, no podrían hacerse las cosas. Ni en el cine, ni tampoco en otras muchas actividades económicas".

En realidad, ya de entrada, la frase es una contradicción en los términos. Las actividades que no pueden desarrollarse sin subvenciones no son económicas, sino antieconómicas. Son la negación misma de la economía, esa ciencia que tiene como propósito destinar nuestros escasos medios a la satisfacción de nuestras más urgentes necesidades. Subvencionar es subvertir el orden de prelación de nuestros fines: despilfarrar medios escasos en la consecución de necesidades superfluas, de necesidades mucho menos urgentes que otras que, a causa de la subvención, quedarán insatisfechas.

No sé si los españoles, que son quienes han pagado coactivamente Pa Negre, valoran lo suficiente la película como para renunciar a otras de sus necesidades. Ni lo sé yo, ni lo sabe nadie: para eso está el mercado, para que la gente vote y se pronuncie. ¿Que Pa Negre es rentable? Entonces es que la gente valora más ese producto que los bienes alternativos que podrían haberse fabricado con los recursos que ha empleado y, en tal caso, más que subvenciones necesita una buena comercialización. ¿Que no lo es? Entonces es que los bienes y servicios que no se han llegado a crear por alumbrar Pa Negre resultaban más valiosos que la película y, por tanto, no debería subvencionarse.

Que Villaronga no conciba su trabajo sin subvenciones dice poco del atractivo que espera que le vayan a asignar los españoles a su filme. Pero dice mucho del efecto anestesiante que tienen las subvenciones. En un mercado libre, el empresario se esfuerza continuamente por conseguir que sus productos resulten de interés. Su escasa imaginación no es excusa para que se pasen por el forro los deseos de los consumidores, sino que representa una creíble amenaza de que serán expulsados del mercado a menos que se busquen las habichuelas para producir los bienes que los consumidores demandan con mayor urgencia.

La sinceridad de Villaronga es pues de agradecer: ni sabe cómo crear cine que agrade a los españoles... ¡ni falta que le hace! Las subvenciones matan el ingenio y permiten que los empresarios ineficientes se adormezcan subyugando a los consumidores. Tan destructoras son que el cine español ni se imagina cómo sería el mundo fuera de la subvención: es imposible; punto final. Bueno, entonces será que deberán ir dedicándose a otras cosas que probablemente les resulten a ustedes menos agradables y peor remuneradas pero que los consumidores sin duda apreciarán más. O eso, o aprendan a hacer cine de calidad que sobreviva sin desplumar al contribuyente.

Los Goya de Álex de la Iglesia

Daniel Rodríguez Herrera en Libertad Digital

A lo largo de todos estos años que llevo de columnista en esta santa casa, he cambiado de opinión sobre muchos asuntos. He leído, he aprendido de otros que saben mucho más que yo y me he sorprendido de la cantidad de cosas que creía con lo que yo pensaba una profunda convicción y que en realidad no eran más que prejuicios sin base alguna. Y, encima, prejuicios equivocados de medio a medio.

Pero lo he tenido fácil. Mi sustento, la consideración de mis colegas, mi porvenir no dependían de que no cambiara de opinión, de que siguiera en mis trece. No es el caso de Álex de la Iglesia, un director cuyas películas he disfrutado en ocasiones y me han hecho dormitar en otras, pero que al menos siempre ha tenido claro que su trabajo consistía en entretener al público. Que no valía con hacer películas porque el Estado le pagara por ello. Que no había que ser un funcionario de las cámaras, tranquilo y con el culo bien cubierto de subvenciones.

"Hacemos cine porque los ciudadanos nos permiten hacerlo y les debemos respeto y agradecimiento", recordó en su discurso de la gala de los Goya. En lenguaje edulcorado, significa eso: que si hacen cine es porque se lo estamos pagando, queramos o no, con nuestro dinero. Y que dedicarse a insultar a los contribuyentes y llamarlos de todo menos bonitos porque se descargan cosas en internet, como que no. Que no se extrañaran de la aglomeración que TVE ocultó en su retransmisión porque "si queremos que nos respeten, hay que respetar primero".

Muchos no nos fiábamos mucho de la famosa reunión que organizó Álex de la Iglesia tanto con representantes de los internautas como con personajes que gozan en la red de "reconocido prestigio", que diría el legislador para ocultar que los políticos pueden nombrar a los licenciados en Derecho que les salga de la nariz para los más jugosos puestos. Pensamos que aquello podía ser un intento por parte del presidente de la Academia de Cine de hacer ver como que dialogaba. Pero es que el jodío escuchó a sus interlocutores. Y lo convencieron. Y cuando se aprobó la Ley Sinde, se dio cuenta de que ahora estaba en contra, y que como la profesión no compartía su opinión, tenía que dejar de representarla.

¿Alguien recuerda un caso similar? ¿En España?

Quizá padece Álex de la Iglesia del fanatismo del converso. Sí, hay que cambiar el modelo de negocio, pero internet no es la salvación del cine español. Da lo mismo lo bien que se adapte el gremio a las nuevas tecnologías. Mientras no dependan del público sino de los burócratas de todos los partidos y administraciones, mientras sigan plasmando sus prejuicios ideológicos en el celuloide que todos les pagamos a punta de pistola les seguiremos ignorando y aborreciendo. De nuevo, con las excepciones de rigor. Como la de alguien que, parece, sí ha estado "a la altura del privilegio que la sociedad nos ofrece". Al menos por esta vez.

Guiones a 2.000 euros el folio

Pablo Molina en Libertad Digital

El cine español constituye un microcosmos ajeno por completo a las circunstancias que concurren en el mundo real, de tal forma que ni la devastación financiera más profunda como la que actualmente padece el país, con cinco millones de dramas familiares incluidos, afecta en lo más mínimo a un sector que sigue viviendo del trinque presupuestario, encantado de parasitar el esfuerzo ajeno a cambio de hacer sus tontadas.

Pero si las subvenciones al cine español, una industria cuya producción no vale en el mercado ni las ayudas que recibe, es algo escandaloso en términos generales, les sugiero que nos detengamos hoy un momento en una línea de subvenciones al cine de lo más sugestivo, tras lo cual vamos a tener una imagen fidedigna del punto exacto de cocción en el que se encuentra la desvergüenza político-cinematográfica de nuestro país. Nos referimos a las subvenciones que el Gobierno de España concede a la elaboración de guiones de largometraje, gracias a las cuales comprobaremos a quiénes y con qué requisitos entrega Zapatero el dinero extraído previamente de nuestros ya paupérrimos bolsillos.

Lo primero que llama la atención de las ayudas a la elaboración de guiones para películas de largometraje es que no resulta necesario acreditar que los textos premiados van a llegar a la pantalla grande, que es algo así como conceder una subvención a una fábrica de coches que no fabrica coches, con lo que la ayuda consiste en un empujoncito estatal para que el personal tenga una alegría presupuestaria y pueda seguir viviendo de la fabricación fantasmagórica de vehículos sin necesidad de tener que dedicarse a otra actividad productiva. En realidad ni siquiera es necesario escribir un guión para trincar la pasta, ya que, a efectos de la concesión de estas ayudas, basta con presentar una sinopsis y un tratamiento secuenciado para que el ministerio te conceda, si tienes suerte o un apellido famoso, cuarenta mil euros con cargo al bolsillo de los demás, que no otro es el importe de las quince ayudas previstas en cada convocatoria. Dividan el pastón recibido per cápita entre los 20 folios exigidos y verán que esto de hacer guiones es más rentable que realizar estudios para la Generalidad catalana sobre la almeja brillante, que hasta el momento estaba considerada como la actividad analítica más productiva de todas las que se llevan a cabo en este país.

La segunda sorpresa es el nombre de algunos de los agraciados con estos "premios" que el Ministerio de Cultura concede anualmente. En la última convocatoria resuelta, correspondiente al ejercicio 2010, podemos encontrar por ejemplo nombres tan conocidos como el de Gracia Querejeta, Emilio Martín Lázaro, Antonio Mercero (hijo) o los jóvenes y muy prometedores Jaime Chávarri y Gonzalo Suárez, especialmente este último, que a sus setenta y seis años todavía se presenta a estas convocatorias para llevarse cuarenta mil perifollos y la satisfacción de ver su nombre entre los elegidos.

Los cuarenta mil euros que los quince cineastas señalados por el dedo ministerial se embolsan anualmente con la simple presentación de veinte folios escritos por una sola cara es el doble de lo que gana al año una familia media que tiene la suerte de tener al menos uno de sus miembros en activo. Y es que esto del cine español ya ha dejado de ser un despelote presupuestario para trincones insolentes. Con la que está cayendo, con más de un millón de compatriotas acudiendo a los comedores sociales, repartir cien millones de pesetas cada año entre quince cooptados a cambio de nada es ya un asunto de pura crueldad. Por cierto, un tema excelente para un guión. Lástima que en España no haya "subvenciones" para ponerlo por escrito y presentarlo a concurso.

martes, 15 de febrero de 2011

Socialismo difícil

Carlos Rodríguez Braun en La Razón

La malquerencia afecta al progresismo. Estalla una crisis económica, atribuida a la libertad y sus instituciones, como la propiedad privada y el mercado. Los gobiernos intervienen para garantizar nuestra prosperidad. Y acto seguido los ciudadanos hacen caso omiso de las prédicas antiliberales, y votan en contra de los gobiernos que aumentan el gasto público y los impuestos. La corrección política, incapaz de apreciar a mujeres y hombres libres, y temerosa de confesar que los abomina y sólo los quiere obedientes, busca enemigos convenientemente malvados: «Somos súbditos de los mercados», «el poder económico manda sobre la democracia», y demás falsedades evidentes, porque nadie es más rico y poderoso que los estados. Nadie en España controla directamente el 50 % del PIB como hacen las autoridades. Otra estrategia es reclamar imprescindibilidad sobre la base de la virtud de la coacción: «Defendamos nuestro sistema de pensiones», como si fuera nuestro y como si fueran pensiones. Finalmente, otro ardid es la alarma ante los sucesores: si se van estos políticos vendrán los extremos, antisociales, crispadores, que no creen en la democracia, etc., como si los ciudadanos no dieran muestras de desdén hacia otros estados y otros políticos. ¿Qué salida tienen los socialistas? Como siempre, fabular y reinventarse, pero sin salirse del guión, a saber, que lo correcto es quitarnos nuestra libertad y nuestro dinero, por nuestro bien.