viernes, 25 de marzo de 2011
Dabuten, don Alfredo
Ni Amaral ni leches. Ahí tiene su canción, don Alfredo.
miércoles, 23 de marzo de 2011
Salida digna
La ideología se asienta sobre ausencia de ideas y exceso de retórica: una amalgama letal en sociedades capaces de fabricar conciencias a medida. El estallido brutal de los totalitarismos marcó el inicio de ese tiempo en el cual la ficción suple a la realidad ventajosamente. Un necio armado de sonoras vaciedades es la variedad más peligrosa de la especie humana. Triunfará, si a eso une la impecable ausencia de sentido del ridículo. La necedad, multiplicada por el altavoz propagandístico, se trocará en verdad, la única, la exterminadora verdad que exige que todo análisis no concordante con su salvífico mensaje sea aniquilado. Hitler o Stalin podían ser sujetos ridículos; lo son, a poco que escuchemos, en el frío que impone la distancia, sus palabras; a poco que descompongamos la desmesura semiótica de sus gestos. Triunfaron. Hay en lo monstruoso un enfermo atractivo. Basta que quien esté detrás del ojo de la cámara sea Leni Riefenstahl, para que los gestos grotescos del Führer en el estadio olímpico berlinés del 36 revistan esa épica de canto colectivo en la cual los gregarios humanos tanto aman identificarse.
Pasaron tres cuartos de siglo. La capacidad de hacer con cualquier cosa un gobernante ha accedido a su final refinamiento. No hay partidos políticos ya; sólo agencias publicitarias. Que le dan al votante lo que el votante quiere; el equivalente exacto de lo que se traga cada noche ante la tele: basura. Recamada de abalorios y quincalla que ciegan, con su bárbaro destello, los ojos de los maltratados por una vida hecha de repeticiones. No hay límite: a mayor vulgaridad, identificación más alta. La clientela de telebasura y políticos no perdona: aquel que desee su anuencia debe avenirse a exhibir hasta qué punto es un monstruo. Televisor y urnas son el espejo mágico de la bruja de Blancanieves. El ciudadano exige que la imagen que aparece le resulte aún más abyecta que la suya propia. Por eso triunfan en los talk-shows personajes repulsivos. Por eso ganó dos veces en las urnas Zapatero: lo inconcebible. Racionalmente.
Llegó al poder, porque una pulsión masoquista demasiado humana está siempre tentada de poner en el mando supremo al tonto de la tribu. Era cosa de mucha risa, y además —necios de nosotros— pensamos que el descacharrante sainete nos iba a salir gratis, porque, al fin, las cosas del Estado funcionan por sí mismas y uno podría —como hicieron los hippies californianos, en los años sesenta— presentar un cerdito a las presidenciales con la certeza de que, si ganaba, todo continuaría igual que con un bicho humano. La boutade era graciosa. Su anacrónico éxito aquí ha sido catastrófico.
Cuando el Nadie sonriente se instaló en la Moncloa, éste era un país rico. Siete años después, está en la ruina. Cuando el pánico colectivo puso el Estado en manos del ángel de las «ansias infinitas de paz», España había ido haciéndose un sitio en el juego de las relaciones internacionales. Siete años después, nos queda Chávez. Y una guerra. De verdad. Absurda. No sé si será cierto lo de que piensa marcharse ahora, tras haber enlodado realidad y retórica de un modo loco. Para volverse a casa. Tan tranquilo. Yo en su lugar, al menos, me volaría los sesos. Dignamente.
¿Cuánto nos cuesta Libia?
A aquel vivalavirgen sin oficio ni beneficio que vivía como un marqués de los antiguos (porque los de ahora están mayormente tiesos), que no pegaba ni golpe y que cuando no estaba en el polo de Sotogrande es porque andaba por Mallorca en un yate o participando en un torneo de bridge en Marbella, donde tenía un casoplón, le preguntaron un día:
—¿Y tú que harías si te tocara el gordo de la lotería?
Y contestó: Pues vivir como vivo...pero pudiendo.
Lo de España es peor que lo del vivalavirgen del vidorro. Sin que le haya tocado otra lotería que la desgracia de tener como presidente a ZP, España vive muy por encima de sus posibilidades...y se cree que puede. Como si fuera media pringá, España dará más de 83.000 millones de euros para el Fondo de Rescate de la Unión Europea, cuando ella misma (dicen los que saben) es la que está a pique de un repique de tener que ser rescatada. Esto de los 83.000 millones para el Fondo de Rescate me parece a mí que es como si quieren que un señor que tiene un shock hipolémico de no te menees haga una donación altruista para el Banco de Sangre, porque las existencias de su grupo están cortitas. ¿Cómo podemos dar 83.000 millones de euros a Europa con la deuda que tenemos? ¿Y qué Europa ni Europa? ¿Cuántos puestos de trabajo se podrían crear aquí dando 83.000 millones de euros para abrir el grifo de los créditos a los autónomos y a las pequeñas empresas? O sin siquiera eso: emplear los 83.000 millones de euros para que los ayuntamientos y las autonomías se pusieran al día en el pago de atrasos a sus proveedores. La Junta de Andalucía, por ejemplo, debe 1.646 millones de euros a las firmas sanitarias que abastecen sus hospitales y a las constructoras que hicieron sus obras faraónicas.
Y encima, Libia: nos metemos hasta las cejas en la guerra de Libia por decisión de los ex pacifistas del «No a la guerra». Aparte de otras consideraciones morales, ¿tenemos posición para meternos de hoz y coz en esta carísima guerra, codo con codo con los que no tienen encima la ruina de España? Que yo sepa, nadie ha hecho la pregunta del millón: ¿cuánto nos cuesta cada día el sobrevenido ardor guerrero de ZP en Libia? Si en la guerra de Afganistán nos estamos gastando más de un millón de euros al día, ¿cuántos nos cuesta cada día de navegación de ese submarino que tiene nombre de chalé elegante, «Tramontana»? ¿Cuánto gasta cada día sólo en gasolina la fragata «Méndez Núñez»? Repostar el avión-cisterna Boeing 707 que hemos mandado creo yo que tiene que costar algo más que llenar el depósito de mi Ford Focus... Por no hablar de los F-18. ¿Usted sabe cuánto cuesta cada uno de los cuatro F-18 Hornet que hemos mandado a la base de Cerdeña para ponernos a las órdenes de un almirante americano y de quien haga falta? Pues cada aparatito cuesta 28 millones de euros (que son 4.656 millones de pesetas). Por no hablar del armamento que llevan a bordo, que, vamos, no son cuatro cartuchos de escopeta. Sabemos que en el primer día de la guerra Estados Unidos lanzó 112 misiles Tomahawk, cuyo coste total es de 168 millones de dólares. ¡Como para no afinar la puntería!
Y, sobre todo, algo que no tiene precio: ¿cuánto cuesta la vida de esos 500 servidores de la Patria que ponemos en peligro al mandarlos a una guerra para la que no tenemos posición y que ni nos va ni nos viene?
Entre la guerra y la miseria política
La sesión del Parlamento de ayer no ha sido sólo bochornosa, ojalá, sino que nos ha enseñado que la política española ha quedado reducida a una mera rebatiña por el poder. Es difícil no sentir vergüenza ajena ante lo sucedido en el Parlamento. Zapatero ha hecho lo que se esperaba. Nadie le ha levantado la voz. Vamos a la guerra de Libia porque le da la gana. Punto. No ha dado un solo argumento que haga creíble su posición política. Excepto Llamazares, todos han seguido como ovejas la demagogia de Zapatero. Pero, en mi opinión, el peor parado de todos es Rajoy. Yo esperaba alguna pregunta retórica, por ejemplo, cuánto tiempo necesita el Gobierno para participar en la guerra de Libia o algo parecido.
Pero Rajoy ha preferido mantener el perfil bajo que le aconsejan sus asesores. No ha querido mostrar contradicción alguna en el comportamiento de los socialistas ante las guerras de Irak, Afganistán y la de Libia. Nada ha dicho ni hecho Rajoy que pueda resaltarse, excepto plegarse al dictado de Zapatero. El problema, sin embargo, no es que Rajoy no diga nada, sino que exhibe una dejadez de ánimo preocupante. Rajoy parece haber renunciado a su oficio: la oratoria. Ya no se trata de que no tenga nada qué decir, sino que no quiere decir. No cree en nada de lo que hace, por lo tanto, no quiere discutir nada con su adversario. Sólo quiere que haya elecciones y ganarlas. ¡A la rebatiña por el poder a través del silencio!
Rajoy sólo quiere el poder al mínimo coste posible, es decir, sin ni siquiera ejercer el oficio de tribuno público. Renuncia al oficio de orador profesional, que no otra cosa es el político, y no quiere tampoco ponerse como ejemplo de un buen ciudadano, que se preocupa por preguntarle a su presidente de Gobierno cosas sencillas como, por ejemplo, por qué antes no fue a Irak y ahora va a Libia, o qué sacará España de este seguidismo de las posiciones francesas y británicas. Si nada de esto le preocupa a Rajoy, entonces qué pinta este hombre en el Parlamento. Nada. Sólo espera que le llegue el poder, porque la gente está cansada de las tropelías de Zapatero.
Ya digo que es difícil no sentir vergüenza ajena ante el comportamiento de toda la casta política en general, y del responsable de la oposición en particular, ante el cinismo de Zapatero. El problema es que tampoco en la calle existe demasiado malestar. La chusma pasa de todo y los ciudadanos normales buscan espacios privados donde salvarse de estos salvajes políticos. Si las palabras son las únicas armas de los políticos, entonces puede decirse que la sesión parlamentaria de ayer certificó la muerte de la política.
Rufet, Rufetiño y Rufeticoetxea
Nada debería ya sorprendernos respecto al escaso nivel de nuestra casta política pero, en el caso de que existiera alguna duda, ya se encargan sus miembros más preclaros de brindarnos periódicamente un espectáculo parlamentario como el escenificado a cuenta de la guerra de Libia, de forma que nadie cometa el error de suponer que las decisiones que afectan a nuestro país son adoptadas por personajes mínimamente solventes.
En el caso de la guerra contra Gadafi, pero sin intención de acabar con Gadafi (áteme usted esa mosca por el rabo, comandante Chacón) no se trata ya solamente de la postración intelectual que habitualmente ofrece el Hemiciclo, sino de la escasa vergüenza de sus señorías a la hora de defender su postura belicista enarbolando unos argumentos que parecían escogidos para acusarse a sí mismos ante la opinión pública española.
Los nacionalistas catalanes, siempre tan respetuosos con el orden político ajeno, dicen que apoyan a Zapatero porque resulta inaceptable que Gadafi vulnere los derechos humanos, lo que no les impide hacer lo propio en el territorio que gobiernan en lo que respecta al uso de la lengua materna, especialmente en las primeras etapas de la educación de los niños que, por si no lo saben, es otro derecho que conviene preservar sobre todo si se tienen responsabilidades ejecutivas.
Sus colegas vascos, por su parte, se muestran escandalizados por el número de víctimas civiles ocasionadas por el Gobierno de Gadafi, pero en cambio apoyan la vuelta a las instituciones democráticas de un grupúsculo sospechoso de apoyar a un grupo terrorista que lleva mil asesinados no al otro lado del mediterráneo, sino allí mismo, junto a los caseríos y los batzokis donde se reúnen estas plañideras con txapela a preparar sus estrategias en el parlamento "del estado".
En cuanto a Rajoy, habitualmente muy superior a la catetada periférico-parlamentaria, en este caso ha decidido no desentonar del rufetismo circundante, evitando hacer una masacre dialéctica con un Zapatero agonizante en términos políticos, al que podía haber vapuleado por la evidentísima hipocresía que revela su reciente ardor guerrero, sustentado ridículamente en el procedimiento administrativo de unas resoluciones de la ONU que a nada obligan, como demuestran otros muchos países que han preferido mantenerse ajenos a la aventura libia.
Caso aparte es el de un aturdido José Antonio Alonso en el papelón de defensor de las locuras de su líder, al que no se le ocurre otro argumento para justificar la guerra contra Gadafi que enarbolar una encendida defensa del derecho a la vida, el mismo derecho que su partido se ha encargado de abolir en territorio nacional con una ley que convierte el asesinato nada menos que en un derecho.
Cómo habrá sido el nivel del debate que Gaspar Llamazares ha brillado con luz propia como el único parlamentario fiel a sus principios; absurdos, sí, totalitarios, también, pero en última instancia los mismos que ha defendido siempre. ¿Al lado de los Rufets, Rufetiños y Rufeticoetxeas que han subido hoy a la tribuna de oradores? Un Churchill.
Ardor guerrero
Vista esa querella de rufianes entre el ministro de Justicia de Gadafi, avezado carnicero con las manos empapadas de sangre, y su antiguo maestro, guía y patrón, parece que no hay en el Parlamento español quien muestre reserva moral alguna a enfangarse en semejante trifulca. Triste unanimidad que, sin embargo, a mí me recuerda un viejo pasquín de la extrema izquierda cuando la Transición –del MC para el lector que ya gaste una edad–."Gane quien gane, tú pierdes", rezaba su cartel electoral no sin alguna aciaga lucidez. Aunque uno pueda entender el súbito ardor guerrero del presidente del Gobierno, que ha corrido a alistarse voluntario sin que nadie le hubiera dado vela en el entierro de la sardina pacifista.
Y es que, en la estela de aquellos oscuros legionarios de las coplas de doña Concha Piquer, el recluta Zapatero igual ansía expiar algún turbio pasado en la primera línea del frente. Fervor bélico que, muy en su estilo, lo ha llevado del minimalismo ético al maximalismo semántico sin solución de continuidad. Así, en la alocución ante el Congreso ha vuelto a reincidir en ese vicio tan suyo, el de pervertir los significados del diccionario prostituyendo el uso de las grandes palabras para su empleo mercenario al servicio de la pequeña política. Por ejemplo, al calificar con alegre impunidad de "genocidio" cuanto viene aconteciendo entre esas tribus del desierto africano de quince días a esta parte. Por más que la evidencia fáctica a propósito del tal genocidio sea equiparable a la que en su momento se dispuso sobre la existencia de armas de destrucción masiva en Irak.
Porque resulta ser exactamente la misma. Ni mayor ni menor. La misma. O sea, ninguna. Lástima que Don Tancredo no concediera recordárselo desde la tribuna. Lástima de amnesia, la que asimismo le impidió mencionar que éste habrá de ser el primer ataque militar de España contra una nación árabe. Por cierto, singular, insólito genocidio en el que al genocida se le reconoce el soberano derecho a continuar reinando sobre el escenario de sus crímenes. Lo acaba de anunciar el propio Zapatero: "No se trata de echar a Gadafi, sino de poner fin al genocidio". Grandes, enormes, imponentes palabras; ínfimas, raquíticas, mezquinas realidades: Zetapé en estado puro.
¿Me pone cuarto y mitad de Apocalipsis?
El terremoto de Japón nos ha enseñado muchas cosas, algunas realmente hermosas como la abnegación y nobleza de los nipones; otras importantes, como la extremadamente elevada seguridad que a día de hoy nos ofrece la energía nuclear; y, por último, también unas pocas más bien desagradables como los niveles de miseria moral y desvergüenza a los que pueden llegar las clases política y periodística en Occidente.
Y es que durante la pasada semana hemos asistido a un espectáculo de manipulación y amoralidad como en muy pocas ocasiones se ha visto, pero además lo hemos hecho sentados a la mesa con muchos miles de muertos, otros tantos desaparecidos y centenares de miles de personas que han perdido sus bienes, sus casas o a sus seres queridos.
Pero nosotros no podíamos ocuparnos de ellos, estábamos muy ocupados esperando que nos sirvieran un cuarto y mitad de Apocalipsis que nos permitiera conseguir más clics, vender más periódicos, perder menos votos, justificar políticas demagógicas o favorecer soterradamente intereses muy poco puros.
El mecanismo de acción –reacción– manipulación ha funcionado con una siniestra eficacia: los periódicos se hacían eco de rumores sin confirmar, exageraban los datos reales y nos vendían "ponderados" análisis de lobbistas; acto seguido y basándose en esos "hechos" los políticos anunciaban medidas demagógicas o hacían declaraciones deplorables que los periódicos reproducían dándoles la categoría de acontecimiento.
El Apocalipsis estaba servido... por gentileza de su periódico de cabecera.
Los periodistas españoles se han aplicado a esta tarea con una diligencia que no suelen exhibir para luchar por la libertad o defender a las víctimas, ya sean de una catástrofe natural, ya de un atentado terrorista, ya –y sobre todo– de alguna "guerrilla" comunistoide. Todos los trucos de la manipulación se han usado de forma grosera: los análisis de "expertos" interesados, la información exagerada o directamente manipulada, los rumores vendidos como hechos, incluso las mentiras flagrantes en no pocas ocasiones...
Hemos visto, por poner sólo uno ejemplo de muchos, cómo las informaciones sobre Fukushima se presentaban en las ediciones de "prestigiosas" cabeceras "de referencia" acompañadas de terribles imágenes de destrucción... ¡de otras zonas de Japón que nada tenían que ver con la central!
Los políticos se han subido a la gigantesca ola de demagogia con alegría de surferos, demostrando que no hay convicción que resista el miedo a perder apoyos, que no hay altura intelectual y moral para enfrentarse a una cuestión difícil dando las oportunas explicaciones, que no hay mentira con la que no se esté dispuesto a transigir con tal de no parecer antipático... Demostrando, en suma, que en lugar de líderes tenemos en el poder a simples lectores de encuestas.
Abro un paréntesis para decir que, para mi enorme sorpresa, el Gobierno español ha tenido en este caso y por primera vez en siete años la posición racional y mesurada que debería exigírsele en todo lo demás. Vivir para ver.
Pero incluso entre los que sabían lo que estaba ocurriendo ha habido miedo por defender la verdad ante el descomunal tamaño de la bola de nieve de la mentira, empresas que han prohibido a sus expertos explicarse en los medios, temor a significarse demasiado, evidentes esfuerzos por pasar silbando ante la cuestión.
Así que muy pocos periodistas, poquísimos medios y cuatro locos de Twitter, nos hemos enfrentado en una descomunal inferioridad de condiciones a la mentira globalizada.
Éramos pocos, sí, pero teníamos razón: es miércoles, estamos vivos y el Apocalipsis no ha llegado ni a Fukushima ni al resto del mundo... Quizá sí a algunas conciencias, aunque sinceramente no tengo muchas esperanzas.
Lecciones libias
Una doctrina que hunde sus raíces en Tomás de Aquino y nuestra Escuela de Salamanca ha tratado durante siglos de resolver esta terrible paradoja: cuándo aceptar la guerra, intrínsecamente mala, como remedio de males mayores. En la España de hoy, donde la demagogia y el partidismo ahogan cualquier intento de debate serio, sólo existe un tipo de guerra justa: la que protagonizan los socialistas, que agitan el pacifismo chillón e inane cuando toca a otros ejercer su responsabilidad. Nuestro príncipe de la paz tragó quina ayer para justificar como humanitaria una misión bélica que hubieran bendecido los kurdos antes de ser masacrados por Sadam.
Entonces nadie la planteó. Es la ventaja de los gases letales: matan en silencio, sin la reacción que provoca la brutalidad de aviones disparando a su propio pueblo. Ha sido el error de Gadafi. Ya sabéis, tiranos del mundo: absteneos de bombardear al pueblo. Matadlo de hambre (Corea del Norte), condenadlo al exilio (Cuba), sometedlo a una teocracia medieval (Irán). Las conciencias del mundo libre no pasarán a la acción. A todos, esta guerra nos deja otra lección. No es nueva: el apaciguamiento no funciona. Sólo retrasa el conflicto inevitable. Sucedió con Hitler. Con Milosevic y Sadam después. No estaríamos ahora expiando culpas a golpe de Tomahawks si hace 25 años tres dirigentes socialistas (González, Mitterrand y Craxi) no hubieran jugado al antiamericanismo barato torpedeado la operación de Reagan para acabar con este psicópata que nuestros dirigentes, a derecha e izquierda, nos vendían hasta ayer como ejemplo de terrorista rehabilitado para la causa de la paz.
¿Insultos racistas?
De un tiempo a esta parte proliferan en los espectáculos deportivos los llamados insultos racistas. El lenguaje políticamente correcto no permite referirse a las personas con la piel oscura como «negros». Hubo un tiempo en el que se hablaba de los «subsaharianos» para regatear el énfasis en la negritud. Se oyó en una retransmisión deportiva. «El jugador subsahariano del Real Madrid, Clarence Seedorf»… Seedorf nació en Amsterdam, Holanda, dato que dificulta en grado sumo la condición subsahariana de Seedorf. En una tertulia radiofónica, se me afeó el que usara la frase «estoy negro» para explicar mi hastío por una cuestión irrelevante. Tendría que haber dicho «estoy subsahariano» o «estoy de color» para merecer el aprobado de los concededores de bulas y los parlanchines de la corrección. Una estupenda periodista y magnífica persona, Pilar Cernuda, se incomodó conmigo en una tertulia de «Protagonistas» de Luis Del Olmo, porque al referirme a los aficionados del Atlético de Madrid lo hice como «indios». Pilar quedó tranquila cuando le expliqué que semejante denominación había emergido del ingenio de los propios atléticos, que se hacían llamar así porque acampaban junto al río –el Manzanares–, odiaban al blanco –al Real Madrid–, y su jefe era «Caballo Loco» –Jesús Gil–. Un árbitro se vio obligado a interrumpir con amenaza de suspensión un partido de fútbol porque un grupo de aficionados groseros y maleducados le llamaron «negro» a Samuel E´Too.
Me pregunto si el insulto racista sólo es delictivo si una persona de piel negra es la diana de la estupidez del público radical.
Creo que el mismo derecho tiene el deportista negro a sentirse maltratado que el de otro país al oír, una semana sí y otra también, que su nacionalidad de origen es el motivo del desprecio. A Mourinho y a Cristiano Ronaldo se les canta, sin que nadie se rasgue las vestiduras, un pareadillo que dice «ese portugués, hijoputa es». Las autoridades deportivas no consideran el insulto racista, cuando el racismo no se sostiene tan sólo en la diferencia del color de la piel, sino también en las nacionalidades. Los vascos nacionalistas y aranistas son racistas respecto al resto de los españoles, que somos tan blancos y caucásicos como ellos. Hitler asesinó a millones de judíos, blancos como los puros arios. Stalin masacró por racismo a millones de rusos, además de por otros motivos ligados al «paraíso comunista». Un insulto sostenido por la nacionalidad del insultado es racista. Y tan grave resulta gritar «ese togolés hijoputa es», o «ese gabonés hijo puta es», como «ese portugués hijo puta es», o «el neocelandés, aborigen es». Ahora que se habla tanto de la igualdad, busquémosla en todos los rincones, no sólo en el color de la piel, para lo bueno y para lo malo.
Si Mourinho y Cristiano Ronaldo merecen el calificativo de hijos de puta por su condición de portugueses, Mourinho y Cristiano Ronaldo están en su perfecto derecho de manifestar que los españoles somos unos hijos de puta por haber nacido en España. Y esa quiebra en la armonía no la produce exclusivamente la mala educación, sino el racismo que diferencia a las personas de una nacionalidad y de otra.
Se han clausurado campos y suspendido competiciones en marcha por gritos racistas del público contra deportistas negros.
¿Acaso los portugueses, por blancos que sean, no merecen la misma atención y apoyo? Parece que no.
martes, 22 de marzo de 2011
Adiós al rodillo de las ideas
Todo indica que en España hemos entrado en un final de ciclo que va más allá de la previsible derrota del presidente Rodríguez Zapatero en las próximas elecciones generales. Las dos legislaturas de «largocaballerismo new age» que ha sido un intento de sustituir a nuestra democracia de la Transición, la Reconciliación Nacional y la Constitución del 78 por un nuevo régimen de «socialismo avanzado» que buscara y lograra en nombre de un nuevo Frente Popular la revancha por la derrota en la Guerra Civil, se agotan sin que los artífices de ese venenoso proyecto hayan logrado sus objetivos. Es una buena noticia. Triste es, sin embargo, la certeza de que su fracaso no se deberá a la capacidad de resistencia de la democracia integradora, ni a la autodefensa de una sociedad abierta con músculo democrático para hacer frente a planes sectarios de experimentación e ingeniería social, ni a la vigencia de valores y principios que movilizar y hacer valer frente al rodillo igualitarista, materialista y estatista. Su fracaso se deberá a la catástrofe económica en la que nos ha sumido la desastrosa gestión que los responsables de ese proyecto han hecho de la muy grave crisis económica. Los españoles van a acabar previsiblemente con el experimento del «zapaterismo» porque le echan —con razón— la culpa de que la crisis en España sea infinitamente más grave que en otros países por culpa de su gestión. No como responsable del intento de fundar un régimen sin alternancia política y un inmutable papel dirigente del Frente Popular. Que asumiera la II República como única fuente de legitimidad, convirtiendo transición y reconciliación en «errores transitorios» y la Constitución del 78 en papel mojado. Ese proyecto —definido por el espíritu del «Pacto del Tinell»— debía dejar a la derecha definitivamente marginada de la toma de decisiones y convertida en poco más que un partido satélite, desposeída de legitimidad por su estigma de heredera del franquismo. Como a Al Capone, la condena —en las urnas— se producirá por una cuestión de dineros. De haberles tocado el bolsillo y muy gravemente a los españoles. No por los delitos capitales del proyecto de subvertir la democracia y crear un régimen según el imaginario de la izquierda de los años treinta, apenas modernizada por sus aditamentos también totalitarios del lenguaje de corrección política. Es de temer que los artífices de este gran disparate histórico no se sientan desautorizados sino víctimas de una fatalidad histórica. Y dispuestos a nuevo intento. Si prevalecen estos fundamentalistas sectarios y no resurge una corriente socialdemócrata homologable a la europea, sin veleidades utópicas ni pretensiones de experimentación social, España se enfrentará a una permanente agitación social. A la espera de un nuevo gobierno izquierdista que lleve a cabo el proyecto ahora fracasado. La esperanza de que esto no ocurra y España retome un camino de prosperidad y paz social radica en una renovación de la izquierda. Y en una activación de la batalla de las ideas con la pluralidad hasta ahora maniatada por el rodillo de la maquinaria de intoxicación y manipulación mediática y cultural de la izquierda. Paradójicamente esta pluralidad se ha activado bajo el zapaterismo. Como reacción a tanto desmán. Y no en la oposición, sino en la sociedad civil y mediática. La supremacía total de la izquierda en medios y cultura se ha quebrado. Se acabó el rodillo de las ideas. Y el reino de la impostura cultural y democrática izquierdista. De ahí su pánico. Con Zapatero se hunden la mentirosa supremacía moral de la izquierda y su hegemonía cultural de la izquierda. Este naufragio es su mejor legado.
Falsificación democrática
Hace unas semanas el PSOE y el PP, tan ariscos ante los ciudadanos como dispuestos a la chapuza compartida, acordaron reformas de la Ley Electoral que, quizás, puedan facilitar sus trabajos de campaña, pero que, seguro, le quitan transparencia y limpieza a la confrontación y la liturgia electorales. En consecuencia del acuerdo, la Junta Electoral Central se dispone a cursar a las televisiones privadas instrucciones sobre el que debe ser su comportamiento durante la refriega propagandística de las campañas. Lo más notable e inaceptable de esa norma en ciernes es que se las exige a las televisiones privadas los principios de «proporcionalidad y neutralidad informativa» que cabe esperar de las televisiones públicas. Algo, insisto, pactado por el PP y el PSOE en contra de la libertad de información y los usos democráticos habituales.
Si nuestros grandes partidos políticos no son capaces de diferenciar las obligaciones exigibles a una televisión pública de la libertad que debiera amparar el trabajo informativo de una privada, el caso es grave. Las públicas, cuya razón de existir es de difícil explicación y gran despilfarro, son de todos y ello las obliga a la neutralidad. En las privadas, como en los periódicos, el interés informativo debiera prevalecer sobre cualquier otro planteamiento. ¿Qué es eso de la «proporcionalidad» y la «neutralidad»? La diferencia tecnológica, ¿permite establecer tratamientos éticos diferenciados entre la prensa, la radio, la televisión, el internet u otro medio de información? Lo que la Junta Electoral Central, como consecuencia de un acuerdo no democrático entre el PP y el PSOE, se dispone a aplicar es una falsificación de la libertad, una perversa forma de censura. No es de extrañar que con barros tan sucios se modelen líderes tan endebles y deformes.
El general Pinocho
TILDAR a Sarkozy de «General Pinocho» —como hizo Papá Le Pen este domingo al concluir el primer acto de las elecciones cantonales— no sólo constituye una falta de respeto al líder guerrero de las potencias aliadas, sino que priva a Zapatero de una dignidad castrense que se ha ganado a pulso y que, a tenor de su historial, le va que ni pintada. El nieto del capitán Lozano, de casta le viene al galgo, acaba de meter a España en una guerra con la habilidad de un prestidigitador y con el mismo estilo —nada por aquí, nada por allá— con el que levantó el campamento de Irak cuando, en lugar de volver a casa con la cabeza alta, lo hicimos emplumados y cacareando. Quién le ha visto y quién le ve. De la infinita ansia de paz al sus y a ellos. Así —por parafrasear a Nietzsche— se dialoga a misilazos.
La metamorfosis es tan prodigiosa que contribuye a que pase desapercibido el detalle (no menor, en efecto, pese a que la grandeza siempre ha estado reñida con el personaje) de que el legítimo General Pinocho, el fetén, no el gabacho, está más amortizado que la cabra de los legionarios. Si se cumplen las previsiones sucesorias, Zapatero abandonaría el barco en pleno zafarrancho, a no ser, por supuesto, de que nos encontremos ante un episodio inédito de la guerra relámpago y el conflicto —«Inch´Allah!»— sea algo circunstancial y pasajero, igual que el bajonazo de la velocidad máxima. Dicha limitación, a falta de razones de mayor calado, es la que justifica que el General Pinocho haya salido del armero en vez de limitarse a salir del armario. Pelillos a la mar y bofetadas al payaso.
Encharcado en todas las contradicciones posibles, el Von Clausewitz de León dispone lo que haga falta para la odisea del alba y la epopeya de su atardecer. Las bases, los aviones, las fragatas y hasta un submarino. Gadafi, que a lo visto debe ser peor que Sadam, se merece eso y más. Los daños colaterales no cuentan, ni tampoco eso de que la peor paz es mejor que la mejor guerra. Pura retórica en medio de una crisis que ha vaciado las cazuelas hasta de su eco. Tras exhibir en Túnez las bondades de una democracia reducida a su caso personal, muestra en Libia el músculo de un converso, como si los F-18 fueran la culminación tecnológica de la urna de cristal.
En el cuarteto del amanecer, compuesto por Sarkozy, Obama, Cameron y Zapatero, el nuestro, a su escala, es como un Ghandi entre Churchill y De Gaulle, un pacifista con una idea sobre el orden mundial tan arbitraria que condena a Gadafi mientras cubre a los Castro, algo así como un misil extraviado capaz de sobrevolar Irak para estamparse en Algeciras, un sujeto dado a la improvisación, un presidente que desmilitarizó al Ejército y lo convirtió en la UME, un visionario que ha acabado militarizando a los controladores aéreos.
Pero darle al botón rojo tiene sus contraprestaciones y ni siquiera a Zapatero se le escapa que en un estado de guerra, por mucho que a nuestro presidente le importen las formas lo mismo que a Gadafi las víctimas de Lockerbie, lo último que puede hacer es tocar a retirada, ni siquiera la suya. ¿Quién se lo iba a decir? Una guerra le llevó al poder y una guerra le podría impedir dejarlo, al menos antes de tiempo y si es que aún estamos a tiempo.
La diferencia es el miedo
Los rescoldos, todavía humeantes, del "no a la guerra" calientan la búsqueda de similitudes y diferencias entre las intervenciones militares en aquel Irak de Sadam y en esta Libia de Gadafi. Las consignas, esas termitas destructoras del pensamiento y del lenguaje, tienen mucho peligro. Atrapados en la suya, los conspicuos anti-belicistas de otrora han de justificar cómo descubren hoy que el uso de la fuerza no siempre es maligno. Puro artificio, desde luego, pues la aversión a la guerra que exhibían hace años, y con tanta suficiencia, era solo instrumental. Otra aversión más intensa impulsaba aquellas pasiones por la paz. De ahí que las diferencias aludidas puedan reducirse, en su caso, a dos muy evidentes: Obama no es Bush y Zapatero no es Aznar. De ambas se deduce fácilmente que Libia no es Irak. Por decirlo en palabras de Orwell, apenas hay acciones que no cambien de color moral cuando quienes las perpetran son los "nuestros".
Pero dejemos ese redil y sus pequeñas, malolientes y cambiantes ortodoxias para atender a aquello que revela esta operación en Libia, por contraste con la de Irak. La misma opinión pública que rechazaba derrocar a un dictador como Sadam acepta que se ataque a un dictador como Gadafi y ese giro se atribuye a la razón humanitaria. El salvoconducto moral de la intervención es la necesidad de proteger a la población civil de los bombardeos y ayudar a los rebeldes libios, armados, pero en inferioridad de condiciones. Qué más queremos para hacer nuestra buena obra que a un tirano sanguinario aplastando cruelmente a su pueblo y a un puñado de valientes luchadores que le hacen frente con escasos medios. Es justo lo desinteresado –en apariencia– de la acción, el factor diferencial con Irak, donde una potencia como EEUU veía una amenaza para su seguridad y la del resto del mundo. No estamos por defendernos a nosotros mismos, pero sí estamos por defender a otros.
Tanto altruismo y tanto quijotismo resultan, me temo, demasiado dulces. Si los derechos humanos de los iraquíes no importaban nada y los de los libios, mucho, es que la razón humanitaria flaquea y se pliega a sentimientos más potentes. Como el miedo. Fue el miedo lo que inclinó a la mayoría de las sociedades occidentales contra la intervención en Irak. Fue el temor a provocar al terrorismo islamista que había destruido poco antes las Torres Gemelas. Y el "no a la guerra" no hizo más que explotar ese pánico. Ha pasado el tiempo, Gadafi no da miedo y nos podemos permitir, por una vez, actuar en consonancia con nuestras buenas intenciones.
Depilados
En el dibujo, el Presidente Rodríguez se dirige al Presidente Sarkozy. Y le dice: «Nosotros aportamos cuatro F-18, una fragata, un submarino, un avión cisterna y un regimiento de titiriteros conversos». El dibujo, publicado en LA RAZÓN, es de Borja Montoro. Páginas adelante, otro dibujo. Tres aviones aliados sobrevuelan –es un suponer– el desierto de Libia. Uno es francés, el segundo inglés, y el tercero, algo más rezagado, español. El nuestro arrastra una gran pancarta que dice: «No a la Guerra». El dibujo, publicado en LA RAZÓN es de Sañudo.
El pasado fin de semana se organizó en Madrid un acto en defensa del juez Garzón. Sólo faltaba el que escribe para que aquello pareciera una reunión de beneficiados del IMSERSO fotografiados poco antes de partir de excursión a las Hoces del Cabriel. A Garzón le apoya un rojerío otoñal con vocación de invierno. Estaban los inevitables Almudena Grandes, Juan Diego, Pilar Bardem y otros del cine, que son muy parecidos porque se visten igual y gastan la misma barba desaliñada. La Ceja en estado puro. Todos se manifestaron a favor de la guerra en Libia.
Se me olvidaban Toxo y Méndez, también presentes. No podía ser de otra manera. Esta guerra les gusta. Parece no importarles la muerte de civiles libios, que no son tan importantes como los civiles iraquiés o los niños serbios, masacrados legalmente. La ONU ha dicho «sí», y los de la Ceja están tranquilos. España no envió tropas a combatir en Irak. Y a Aznar se le cayó el mundo de la subvención encima de la cabeza. Le llamaron «asesino» y todo lo demás. La ONU no había autorizado aquellos ataques. Esta ONU es muy caprichosa. Sadam Husein era igual de criminal que Gadafi, tan dictador como Gadafi y tan sanguinario como Gadafi. Pero contaba con la simpatía de la Ceja. Ahora sí hemos mandado a los soldados españoles a combatir en Libia. Y en Afganistán. Irán donde se les ordene, y siempre cumplirán con su deber heroicamente. Una aportación modesta, encajada en nuestras posibilidades. La Ceja apoya la intervención militar española. Sus miembros son expertos en contacto diario con la ONU. Que va Juan Diego y le dice a Pilar Bardem: «Pilar, que esta guerra es legal porque la ONU la ha autorizado». «Pues que bien, Juan. No sabes el peso que me quitas de encima».
Esta guerra es tan legal o ilegal como la de Irak. Allí fuimos en misión de paz y aquí vamos en misión de guerra. La Ceja ha cambiado mucho en los últimos años. Javier Bardem, que es un gran actor, ha triunfado en los Estados Unidos, la nación imperialista que le ha ofrecido cobijo y amparo para que su hijo nazca americano en el hospital más caro de su sudoeste. No tendría sentido que llamara «asesinos» a los que bombardean Libia, que son sus anfitriones. Y del resto, poco se puede decir. Ellos viven pendientes de las resoluciones de la ONU, su oráculo de Delfos. Cuando Angola se desangró con la eficaz participación de Cuba sin permiso de la ONU no se enteraron. Y aquello duró más de una década, pero es que tampoco hay que exigirles un seguimiento tan puntual.
Aznar tomó una decisión difícil y le llovieron chuzos en punta. Zapatero ha tomado una decisión más difícil todavía –y que cuenta con mi humilde apoyo–, y los golfos de las subvenciones y las propinas se muestran encantados. No a las misiones de paz y sí a los zafarranchos de combate. Esta gente ha cambiado una barbaridad en los últimos años. De aspecto y de conciencia. Cejas depiladas.
Comillas raras
Titular de «El País»: «La Complutense investiga la “profanación” de una capilla». Se refiere a la capilla del campus de Somosaguas, en cuya Facultad de Económicas soy profesor desde hace más de treinta años, y que como es sabido fue invadida por unos individuos que se desnudaron y besaron en el altar, al grito de «Contra el Vaticano poder clitoriano» o «Menos rosarios y más bolas chinas». Algunas personas mostraron la barriga donde habían escrito palabras como «deseante», «bollera» o «bisexual». Llevaban imágenes de Benedicto XVI con una cruz gamada en el pecho. Grabaron sus actos, hicieron fotos y al salir pasaron junto a pintadas donde se leía: «Arderéis como en el 36» o «La única iglesia que ilumina es la que arde». Todo esto nos llena a muchos alumnos y docentes de vergüenza e indignación. Pero además me intriga que el periódico escribiese «profanación» entre comillas. Raro. El entrecomillado parecía apuntar no tanto a la descripción de un hecho como al reflejo de una opinión de un tercero, como el arzobispado, al que se cita textualmente para señalar su peculiar punto de vista subjetivo. Veamos. Según el DRAE profanar es «tratar algo sagrado sin el debido respeto, o aplicarlo a usos profanos» o «deslucir, desdorar, deshonrar, prostituir, hacer uso indigno de cosas respetables». Raro. Según nuestra lengua lo que sucedió en la capilla fue una profanación y no una «profanación», como tituló «El País». ¿Por qué las comillas?
lunes, 21 de marzo de 2011
Hipótesis libias
EL Consejo de Seguridad de la ONU ha declarado la guerra a Libia. Hay pocos precedentes. Ni siquiera contra el agresivo Sadam se logró eso. No queda más remedio que preguntarse cuál es la diferencia específica del caso libio; la que hizo tan urgente que la ONU (la mayor congregación de dictaduras del planeta) decidiera acabar con la dictadura de Gadafi. Escasos como andamos de información precisa, envueltos en el estruendo bélico, habremos de limitarnos a proponer sólo hipótesis. Y a buscar si hay en ellas verosimilitud, o, al menos, coherencia lógica.
Primera hipótesis. La guerra vendría exigida por un objetivo humanitario: desembarazar a la población libia de un dictador siempre en la raya de lo delirante y de su corrupta familia. Todos los datos del enunciado son ciertos. Gadafi es un arquetipo de manual psiquiátrico; cualquiera que haya asistido a los montajes escénicos de sus alocuciones, percibe esto con desasosiego: ese que habla no está bien de la cabeza. Gadafi es también un dictador militar, de tradición más nasseriana que islamista; lo cual explica sus pésimas relaciones con el entorno árabe y su acercamiento a Occidente. Su familia se ha enriquecido a costa del petróleo; también su clan, en un país que es más un rompecabezas de tribus que una nación. El derrocamiento de un tirano así sería, no hay duda, respetable. Como lo sería el de sus equivalentes en la zona: el rey de Marruecos, monarca de derecho divino y genocida en el Sahara; todos y cada uno de los emires del Golfo, tiranos medievales, inconmensurablemente más crueles y voraces que Gadafi; la monarquía saudí, muy probablemente el régimen más corrupto y más antidemocrático del mundo, que acaba de ocupar Bahréin; Irán, a punto de poner en marcha su armamento nuclear en el nombre del Altísimo… ¿Por qué empezar por Gadafi?
Segunda hipótesis. Aquella que los de la zeja esgrimieron como moralmente descalificadora de la guerra de Irak: el control del petróleo. Pero, si nos ponemos de verdad cínicos, el petróleo del cual Francia, Gran Bretaña y los Estados Unidos puedan apropiarse en Libia es cosa de broma, comparado con el que se obtendría ocupando la Península Arábiga. Y puede que Francia, Gran Bretaña, Estados Unidos (y su pequeño y servicial Zapatero) sean tan malos como nuestros tercermundistas pretenden. Pero dudo de que sean idiotas.
Tercera hipótesis. Que estemos asistiendo a los primeros movimientos de peones sobre el tablero de la gran guerra entre suníes y chiíes cuya sombra parece desplegarse inexorablemente, con Arabia Saudí e Irán como adalides. Y que la previa limpieza de esa «irregularidad» que es la dictadura no islamista de Libia y su posterior despedazamiento en zonas tribales, no deje ya otro horizonte verosímil que el de tal choque. Que, bien los servicios de inteligencia saudíes, bien los iraníes, bien ambos, hayan sido la palanca de las extrañas movilizaciones populistas del Mediterráneo Sur en los últimos meses, es bastante más que probable. Jugar tan fuerte, sin embargo, sobre la militarizada Libia supone aceptar riesgos de envergadura mayor.
Describo sólo. Mentiría si digo que entiendo lo que pasa. Sé que lo que me dicen que pasa es falso. Y me desasosiega.
La crisis libia
Tanto la Resolución como las potencias que han conformado la alianza fundamentan su posición en dos argumentos: la crisis libia es el resultado del alzamiento del pueblo frente al dictador, y este último está provocando una crisis humana. Desde mi punto de vista, y con la información disponible, no puedo compartir ninguno de estos dos argumentos. Más aún, estoy convencido de que tampoco los comparten quienes hoy están atacando a las fuerzas leales a Gadafi.
Libia es un estado tribal. Gadafi ha perdido el apoyo de una parte considerable de estas tribus y ello ha llevado a un levantamiento. No es casual que haya comenzado en la Cirenaica, como tampoco lo es que sus apoyos se encuentren en Tripolitania. Los líderes de la revuelta son ex ministros, responsables como el propio Gadafi de crímenes de toda condición y merecedores como él de las mayores penas. Sus motivos nada tienen que ver con la democracia, sino con el reparto de poder. No hay ningún pueblo que se levante contra un dictador, sino tribus enfrentadas.
(...)
Muchos se sorprenden de que Francia o España hayan cambiado sus papeles y se sumen a los que hemos defendido siempre la expansión de la democracia. No lo están haciendo. Su comportamiento, de hecho, no de palabra, es perfectamente coherente. En Libia no está en juego el triunfo de la democracia sino un determinado reparto de poder. La Liga Árabe, un cártel de dictaduras temerosas de los efectos de la democracia en sus propios países, ha solicitado su colaboración, y ellos han entrado en el juego. Fieles a su tradición, los dirigentes árabes mantendrán una posición en privado y otra en público, una hoy y otra mañana. Lo lógico habría sido contestar que lo resolvieran ellos, pero cuando se trata de contentar a amigos y satisfacer objetivos empresariales toda generosidad es poca. Los líderes árabes tienen razones para odiar a Gadafi, ¡quién no!, pero de ahí a apoyar la democracia hay un abismo. Francia y España se han sumado a un enjuague interno a la espera de beneficios diplomáticos y económicos.¿Nadie va a ir a Libia?
Me llega la noticia de que se ha anunciado la formación de una nueva flotilla que se dirigirá hacia esa zona de Palestina que controla la organización terrorista Hamás. El vídeo en que se anuncia la nueva gesta de la progresía internacional reúne una serie de caras –en el buen sentido del término– conocidas que, con gesto compungido, en algún caso hasta dando la apariencia de encontrarse en un pésimo estado de salud, arremete contra el Estado de Israel y repite la propaganda hamasista sobre Gaza. Teniendo en cuenta que en Gaza no existe ningún bloqueo real salvo de armas como puede ver cualquiera que la visite y se moleste en pasear por sus mercados, teniendo en cuenta que las toneladas que pasan a Gaza tanto de comida como de medicinas y otro tipo de bienes ya quisieran disfrutarlas las naciones de los alrededores, teniendo en cuenta que la Gaza controlada por una organización terrorista no está ahora en primera página de actualidad y teniendo en cuenta que hay problemas más angustiosos a no tanta distancia yo me atrevería a sugerir a los titiricejas que cambiaran de planes y se dirigieran a Libia. Semejante cambio está más que justificado por las más diversas razones. En primer lugar, Libia atraviesa por un conflicto sangriento que podría ser calificado sin exagerar de guerra civil. Dado que no pocos de los que aparecen en el lóbrego vídeo de propaganda insisten en recordar otra que aconteció en España hace tres cuartos de siglo, parece claramente adecuado que conocieran una actual, aunque menor, y se formaran una opinión directa y sólida sobre este tipo de tragedias. En segundo lugar, en Libia se está viviendo de manera trágica el resultado de que las potencias occidentales vendan armas a las dictaduras. Sin ir más lejos, el Gobierno de ZP ha autorizado sólo en el último trimestre la venta de tal cantidad de armas al coronel Qaddafi que puede acabarse con la población completa de Libia varias veces. Además, a diferencia de lo que pasa en Israel, ninguna de las dos partes parece dispuesta a limitar su capacidad de golpear al adversario. Un grupo de titiricejas interpuesto entre los dos bandos con el mismo gesto con que aparecen en el vídeo, sin ningún género de dudas, constituiría una imagen profundamente conmovedora que daría la vuelta al mundo. Me consta que los que impulsan este tipo de iniciativas no se mueven en absoluto buscando su promoción y mucho menos su publicidad, pero podrían en este caso concreto vencer esa modestia natural que hasta ahora les ha impedido referirse a Libia y acudir a pecho descubierto a los campos de batalla. Finalmente, Libia presenta otra ventaja adicional que no puede pasarse por alto y es que los titiricejas podrían apoyar tanto a un bando como al otro. Más de uno se ha manifestado en favor de un tirano tan repugnante como Fidel Castro o de personajes tan totalitarios como Hugo Chávez o Evo Morales de manera que ahora podrían respaldar lo mismo a Qaddafi que a los que se han alzado contra él. Incluso hasta podrían adoptar uno u otro bando en días alternos. Sinceramente, cuanto más lo pienso menos entiendo por qué hay tanta gente enredada en la nueva flotilla que apoyará a los terroristas de Hamas y nadie va a Libia.
Emires
Alfredo Abián en La Vanguardia
Los buenos ya están bombardeando a las fuerzas del mal gadafistas. Nuestra complacencia ciclópea con el beduino libio se acabó el mismo día en que empezó a masacrar a su pueblo rebelde. Luego dirán que la civilización occidental no tiene coraje político y potencial militar para defender su escala de valores. Es más, cuando las fuerzas aéreas y navales aliadas concluyan su misión en Trípoli pueden cambiar de teatro de operaciones sin dejar de sobrevolar desiertos. Cuentan las crónicas que en Bahréin también hay revueltas como en Libia; que el emir Al Jalifa reprime a sangre y fuego a los manifestantes y que sus hermanos mayores de Arabia Saudí, temerosos del contagio, le han mandado tropas de apoyo. Lo primero que han hecho es demoler un monumento en la plaza de la Perla, lugar donde se concentraban quienes se sentían maltratados por el régimen. Algo de razón debían de tener, porque ahora son tiroteados. ¡Qué bonito es Bahréin! ¿Se acuerdan? Hace siete años, el emir le regaló un circuito de F-1 al jeque heredero, que comparte su gran afición al automovilismo con la de jefe de las fuerzas armadas. Fueron 150 millones de euros de nada. Y ahora, pobres, han cancelado la carrera que debía abrir, el domingo pasado, el campeonato mundial. Todo por culpa de unos sarracenos chiíes que se sienten oprimidos. Suerte que en Qatar reina la normalidad y hoy, mientras bombardeamos a los libios malos y sus mercenarios, arranca el Mundial de motociclismo. ¡Qué bonito es Qatar! Con su emir y su jequesa invirtiendo a trote y moche en España; con su megabase de la V flota estadounidense; con su Al Yazira. No hace muchas lunas, los cronistas narraban que Bahréin y Qatar eran los países más modernos y occidentalizados del Golfo Pérsico. Glubs...
