domingo, 8 de mayo de 2011
Un diputado y diez justos
En mal día dijo el señor Gide aquello de que con buenas intenciones no se hace buena literatura, porque, ello es cierto, pero parece que de ahí en adelante se extrajo la consecuencia de que es suficiente que algo sea canalla para ser literatura, y entonces nos cuidaremos de decir por nuestra parte que la buena política no se hace con buenos sentimientos y nos conformaremos con desear que, aunque quienes gobiernan el mundo no sean dechados de virtud, por lo menos la simulen, y tengan civilidad.
Lo que ocurre es que, si se está muy arriba, se está tentado de ponerse al mundo por montera, y un poco de esto es lo que se ha hecho ya muchas veces, quizás porque los señores políticos observan que tampoco nosotros somos virtuosos ni lo aparentamos siquiera, y, entonces, por ejemplo como en el «asunto Clinton», éste vino a decir, aunque con un cierto rodeo o perífrasis: «Pues sí, mentí a todo el mundo, y me reí de la ley ¿Y qué?».
Dicho así, parece que no hubiera pasado nada, en efecto, o que sólo tuvo que estar cinco años sin poder ejercer de abogado porque tal fue el acuerdo al que llegó con el fiscal para cerrar su caso, y asunto concluido. Pero no tan concluido porque todo tiene sus consecuencias, desde luego. Tanto en lo fácil que resulta arreglar las peores fechorías de los grandes de este mundo –que es algo viejísimo– como en la decepción el desespero, la rabia el desinterés, y la corrupción que siembran esas conductas en las mentes de otras personas. O quizás de todas, porque ante abusos de poder y mangoneos de cierto descaro las gentes dicen casi humildemente que han sentido vergüenza ajena, pero casi siempre es que el vaso de la paciencia ya se ha colmado y se dice algo así como». ¡Ah, no! ¡Ya está bien sentir vergüenza ajena, que cada cual tenga la suya, si es que hay que tenerla! Porque a lo mejor ni siquiera hay que tenerla».
Por un momento podemos imaginar que, de repente, en el caso de un gran desastre ocasionado por actos de comisión u omisión de unos altos y poderosos señores, procesados y luego absueltos, éstos convocaran una rueda de prensa y en ella afirmaran que habían mentido y que en realidad habían hecho aquello de lo que se les acusaba, dejando entender, por lo tanto, que hacían esto ahora tranquilamente porque ya no había ninguna posibilidad de intervención judicial. Y, desde luego, se dan casos de estos; pero, si ello se repitiera muchas veces, ya no sería cosa digna de mención.
Lo que sí resultaría grave y hasta socialmente peligroso sería el hecho de que alguien altamente situado se comportara de modo muy distinto, como, por ejemplo, cuando en el tiempo de la construcción del Canal de Suez tuvo que pedirse el procesamiento del único diputado de la Asamblea Nacional Francesa, que no había tratado de sacar ni un céntimo del escandaloso y suculento negocio que fue. Porque hay que comprender que una actitud ética tan inusitada obligaba a pensar que detrás de ella no podía haber nada tranquilizador. Cuando toda una sociedad se convierte en una banda, todos los miembros de ésta tienen que «estar pringados».
La historia humana no escasea en situaciones como la descrita, aunque no abunde en excepciones como la también aludida del diputado francés; pero nada ha tenido aún el poder necesario para haber liquidado del todo un cierto «ethos» civil y la civilidad, que ciertamente ha costado tantos siglos construir, tantas veces ha experimentado una vuelta atrás, y siempre está en peligro. Pero se sostiene como sabemos por los famosos diez justos, por un solo diputado o por la cínica razón de que toda corrupción intelectual y moral se caen ellas solitas cuando faltan los dineros que las sostienen. Aunque no existan ni diez justos como en el caso de Abraham, ni un solo diputado como en el caso de Francia.
Luchando en Salamina
Victor Davis Hanson en «Guerra. El origen de todo» (Ed. Turner) escribe que «Tucídides era libre de criticar a su polis natal griega; los escribas persas que narraron la gesta de Darío en las murallas de Persépolis, no». Ésa era, y sigue siendo, la única, la gran diferencia entre el mundo del que procedía Ben Laden y el mundo occidental.
El mismo autor asegura que «no tenemos la más mínima afinidad cultural con los talibanes o los saudíes. En Grecia los agricultores eran dueños de sus tierras, votaban y formaban la milicia de las polis; esto no ocurría ni en Persia ni en Egipto. El rey Jerjes se sentó en su trono en Salamina e hizo un registro de sus súbditos valientes y cobardes… El general espartano Euribíades, y Temístocles, debatieron la conveniencia de luchar, condujeron ellos mismos a sus soldados a la batalla y escucharon a sus remeros gritar por la libertad mientras embestían al enemigo».
…Dos mil quinientos años después, seguimos igual: luchando en Salamina.
Una vergüenza
El PSOE se había comprometido con los nacionalistas vascos a permitir que «Bildu» –es decir, una buena parte de la ETA– volviera a las instituciones. Y seis magistrados políticos y obedientes han cumplido con su labor de subalternos del Gobierno. Sus nombres pasarán a la Historia por la puerta pequeña. Pascual Sala, Eugeni Gay, Elisa Pérez Vera, Luis Ignacio Ortega, Pablo Pérez Tremps y Adela Asúa Batarrita. Para que no los olviden, se los relaciono al revés. Adela Asúa Batarrita, Pablo Pérez Tremps, Luis Ignacio Ortega, Elisa Pérez Vera, Eugeni Gay y Pascual Sala. No olviden sus nombres. Cuando la ETA, de nuevo poderosa económicamente y de nuevo traidora de sus pactos y zalemas, vuelva a asesinar, a alguno de los magistrados que llevan esos nombres se les caerá la cara de vergüenza. Pero ya no habrá posibilidad de retorno. Los «progresistas». Los designados por el PSOE. Los obedientes a Zapatero. Sigan el ejemplo de García Pelayo. Cumplida la sumisión, dimitan y a casa.
Cuerpo glorioso
«Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana también nuestra fe», reprende San Pablo a los miembros de la comunidad cristiana de Corinto. Y, en efecto, sólo la Resurrección de Cristo da sentido completo a la Encarnación, a la Redención y a la vida futura que se nos ha prometido a cada uno de nosotros, tras la Parusía. Pero, ¿cómo fue esa resurrección que anticipa la nuestra? No fue un mero revivir a la existencia terrena, como el de Lázaro o el de la hija de Jairo, sino que pasó «del estado de muerte a otra vida más allá del tiempo y del espacio», leemos en el Catecismo (nº 646). Nuestra mentalidad cientifista enseguida se pone en guardia, engreída y suspicaz, y reclama que se le explique esta metamorfosis del cuerpo inerte en cuerpo glorioso. El propio Joseph Ratzinger acepta que se trata de «un proceso que se ha desarrollado en el secreto de Dios, entre Jesús y el Padre, un proceso que nosotros no podemos describir y que por su naturaleza escapa a la experiencia humana». Pero el cientifista acucioso no cede en su demanda: «¿Qué ocurrió en el interior del sepulcro?».
Es cierto, como sostiene Ratzinger, que ninguno de los evangelistas describe la resurrección de Jesús; pero no es menos cierto que alguno ofrece al teólogo metido a detective —y al poeta— pistas dilucidadoras. Reparemos en la narración de Juan. Pedro y el «discípulo amado» llegan corriendo al sepulcro y descubren, tal como les había anunciado María Magdalena, que la losa ha sido apartada. Penetran ambos en el recinto funerario y ven los lienzos o vendas con los que había sido envuelto el cadáver de Jesús «tendidos». Así traduce la reciente versión bíblica de la Conferencia Episcopal el «keímena» del original, mejorando la traducción más inexacta de Nácar-Colunga, que dice que vieron «las fajas allí colocadas». Pero «lienzos tendidos» y «fajas colocadas» se complementan y nos ayudan a entender mejor el significado pleno del participio plural del verbo «keimai». Los lienzos, vendas o fajas que cubrían a Jesús no han sido arrojados al suelo, sino que permanecen «colocados» en el sepulcro; y no se hallan desatados y hechos un gurruño informe, sino que se mantienen atados y «tendidos», como un molde blando que, al ser abandonado por el cuerpo que envuelve, pierde parcialmente su volumen pero todavía conserva, aunque allanada, su forma. Esto significa exactamente «keímena»: las vendas y lienzos que cubrían el cuerpo de Jesús están suavemente «desinflados», como una crisálida vacía. De este modo, Juan nos confirma que el cuerpo de Jesús no ha sido robado (ningún ladrón en su sano juicio se habría entretenido desanudando las vendas, para después anudarlas otra vez y tenderlas en el sepulcro, en la misma disposición en que se hallaban mientras envolvían el cadáver); y también que Jesús no ha necesitado, para liberarse de las vendas, desliarlas o romperlas, como tendría que haber hecho cualquier persona subordinada a la materia.
Sobre esta capacidad de Jesús resucitado para desafiar los impedimentos y restricciones de la materia nos ofrece Juan otro testimonio dilucidador. En la octava de Pascua, al anochecer, los discípulos están reunidos en una casa «con las puertas cerradas, por miedo a los judíos»; y, de súbito, Jesús se pone en medio de ellos sin forzar cerraduras ni arramblar puertas. «¿Se trata, pues, de un fantasma?», nos pregunta aquí el incrédulo frotándose las manos, pues nada lo entusiasma más que una cuchipanda espiritista. Esto mismo pensaron, «aterrorizados y llenos de miedo», los discípulos; y, para espantarles ese miedo, Jesús les pide que toquen su cuerpo hecho «de carne y de huesos» (Lc 24, 29); y a Tomás, incluso, le permitirá meter el dedo en el agujero de los clavos y la mano entera en la llaga del costado. ¿Cabe mayor prueba de fisicidad que este dejarse palpar sin remilgos ni melindres? Vive Dios que sí. Resulta que Jesús resucitado come como una auténtica lima, que diría un castizo: en la posada próxima a Emaús comparte con dos discípulos andarines el pan (Lc 24, 30); en la casa donde se hallan todos reunidos come un trozo de pez asado (Lc 24, 42); tras la pesca milagrosa en el lago de Tiberíades come pan y pescado, que Él mismo se ha encargado de asar en unas brasas (Jn 21, 9-13); y, todavía, antes de darles las últimas instrucciones antes de su Ascensión, vuelve a comer con ellos (Hch 1, 4). ¡A esto se llama tener buen saque!
La mayoría de los exegetas opinan que los evangelistas, en su celo apologético, exageran, pues tanto manduque nos pinta a un Jesús con apetito de caballo, en flagrante contradicción con el propio relato evangélico, que previamente nos ha presentado a un Jesús que ha superado con la resurrección la «corporeidad empírica». Pero aquí yo diría que la mayoría de los exegetas se pasan de listos (o de medrosos), tal vez por temor a que una interpretación literal de estos pasajes abone las tesis heréticas del milenarismo craso o carnal (que postulaban, en una interpretación desmelenada del capítulo XX del Apocalipsis, un Reino de los Mil Años en que los justos resucitados se entregarían a banquetes y francachelas). Pero que el cuerpo glorioso de Jesús no requiera comida para su subsistencia no implica que sea absurdo que Jesús coma; pues su deseo no es otro —no ha sido nunca otro— sino abrazar la naturaleza humana, entablar con ella un vínculo corporal, allanándose con ella. Y, así como el padre amoroso, por igualarse con su hijo pequeño, emplea en sus pláticas con él un lenguaje rudimentario (y hasta una inflexión de voz pueril), mientras le hace carantoñas, Jesús se abaja ante sus discípulos y les muestra su proximidad compartiendo con ellos sus viandas más sencillas; no porque las necesite, sino por hacerse uno con ellos, en amor y compaña. No hace falta ser exegeta para entender que el roce y la comida compartida hacen el cariño.
Jesús comió y bebió con sus discípulos después de resucitar, como atestiguan insistentemente los evangelistas y Pedro certifica (Hch 10, 41). «Pero —repite el cientifista, exasperado—, ¿qué ocurrió en el interior del sepulcro?». Lo que allí ocurrió sobrepasa nuestro entendimiento; pero el jesuita Manuel Carreira, profesor de física y teólogo, ha probado a imaginarlo, basándose en los últimos avances de la mecánica cuántica, que han logrado observar en el laboratorio fenómenos de movimiento discontinuo, compenetración y multilocación en partículas elementales. Si estos experimentos (que explican la formación de estrellas de neutrones y agujeros negros) se han podido realizar con partículas elementales, ¿por qué no podría el poder divino hacer algo semejante con un cuerpo, que al fin y a la postre es un conjunto de partículas? Si los avances de la física nos demuestran que las partículas elementales no están confinadas a un solo sitio, que además de comportarse como corpúsculos lo hacen como ondas, de tal modo que un electrón puede estar en dos lugares a la vez, ¿por qué no podemos imaginar un cuerpo glorioso que abandona las vendas que lo aprisionan?
Aquel cuerpo glorioso de Jesús empezó a vivir de una manera totalmente nueva: resplandece, entra en las habitaciones sin abrir puertas ni agujeros en las paredes, desaparece instantáneamente, va de un sitio a otro sin usar medio alguno de locomoción. Dios —concluye Carreira— es omnipotente, pero no puede hacer cosas absurdas o irracionales; y no hay inconveniente en aceptar que pueda hacer cosas parecidas a las que se observan en los laboratorios a nivel subatómico, sólo que a un nivel macroscópico y visible. Por lo demás, si la materia está sujeta a una serie de procesos por los cuales se altera, decae, envejece, muere y se corrompe, es porque está dentro de un marco espacio-temporal; si no actuase dentro de este marco, no estaría sujeta a ninguna de esas fuerzas destructoras. En el cuerpo glorioso, en lugar de estar el espíritu subordinado a la materia (como ocurre en nuestra vida mortal), la materia se subordina al espíritu, existe fuera del espacio y del tiempo. Y al liberarse —sin llegar a desatarlas siquiera— de las ataduras espaciales y temporales (que quedan «keímena», desinfladas, como una crisálida vacía), el cuerpo se torna incorruptible, no envejece ni enferma, posee la libertad plena de quienes han vencido las restricciones materiales. Una libertad que le permite, incluso, compartir con los amigos los gozos menudos —un pedazo de pan recién horneado, un pez asado en la lumbre—; y que, algún día, «transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo, en virtud del poder que tiene de someter a sí todas las cosas» (Flp 3, 21). De ese día hablaremos en otra ocasión, porque ya se nos ha acabado el folio.sábado, 7 de mayo de 2011
El clásico de Rubalcaba
La precampaña en España es un clásico en el que la pegada de carteles se ha convertido en un rito judicial mediante el cual las candidaturas de ETA son blanqueadas al filo de las campanadas. Doblan a muerto, tañidos negros y que corra el «kalimotxo». Para solaz de la grada proetarra, aquí sí ha habido patadas, entradas alevosas, agarrones y desgarrones, trampas, juego subterráneo y tensión en los banquillos. Y al final, el equipo arbitral, los jueces de línea y los del Constitucional que miran para otro lado; penalti a favor de Bildu. Hace cuatro años, otros jueces y los mismos jueces dejaron al equipo de ETA con la mitad de las listas sobre el campo. Este año, la noticia del clásico ha sido que todo vale. Ni una triste alineación ha quedado excluida de la gran «fiesta de la democracia». Y los últimos en enterarse, como siempre, han sido los probos ciudadanos. O sea, que cornudos como siempre y, también como siempre, chasqueados.
Toda la documentación elaborada por las Fuerzas de Seguridad del Estado, las actas de las reuniones entre los terroristas y sus mandados políticos, las evidencias, certezas y pruebas que conectan a los de la capucha con los de la urna, no han servido para nada, salvo que el objetivo fuera engordar la sensación de impunidad de la jauría etarra y ofrecerle, además, una satisfacción suplementaria a costa de reírse de las instituciones y repartir collejas a la «txakurrada». Rubalcaba tendría que dimitir-ja-ja (ojo al chiste, que es de plata) por prurito profesional y porque ni como traidorzuelo alcanza a dar la talla. Sin poner el acento en quisicosas menores (la moral, la decencia, la dignidad, la ética; el compromiso contraído con los vivos y el contrato de sangre con los asesinados), es reo de lesa incapacidad —formal y técnica— a la hora de poner coto a una siniestra martingala. En esas condiciones, cada minuto que continúe en el Gobierno es un ítem que corrobora las sospechas de que el fallo del Constitucional ha sido un petardazo. Si a la Guardia Civil, a la Policía Nacional, al CNI y al ministro del ramo no les cabía, ni les cabe, la más mínima duda de que Bildu es la ganzúa con que los taliboinas van a descerrajar los plenos y las cajas, el fracaso del vicepresidente resulta tan palmario que sólo le queda una salida: la de emergencia y cuanto antes. ¿Cuánto antes? Ja, ja. La carca-ja-ja-da inacabable.
En cuanto a esa notilla insulsa que ha expedido el PP atribuyendo el desafuero a una «exigua mayoría» de leguleyos descarriados parece una intentona de convertir el clásico en un penoso derbi a orillas del Manzanares. «Jugamos como nunca, perdimos como siempre». Vamos, que si el PNV hubiese cumplido su bravata de embestir contra la tramitación presupuestaria, ahí estaban Rajoy y sus mariachis para echar un capote al fugitivo en vez de los pies por alto. Una «exigua mayoría», qué alivio, qué descanso. «El día que la mataron, Lupita estaba de suerte. De seis tiros que la hirieron, no más tres eran de muerte». Corridos de vergüenza, se impone el corrido clásico. ¡Vengan clásicos!
El ámbito político del TC
Si nos atenemos a la definición de respeto que da en su diccionario Julio Casares —«Justa apreciación de las excelencias morales de una persona y acatamiento que por tal causa se le hace»— es más difícil respetar al TC que preside Pascual Sala, un notable magistrado presente en todas las salsas judiciales del socialismo español desde los ya lejanos días en que Felipe González acabó con la separación de los poderes del Estado y Alfonso Guerra pudo anunciar, con precisión científica, la muerte de Montesquieu, barón de Secondat; la enfermedad de partida de nuestra democracia.
Los hinchas de Bin Laden
La organización terrorista Al Qaida confirmó ayer la muerte de Osama bin Laden. Se lo agradecemos porque nos ahorra la lata de quienes por principio no se creen nada que suene a versión oficial norteamericana. Y evita también el intento de venta de exclusivas de quienes pretenden haberlo visto en Copacabana, en el Tíbet, en Damasco o en el Bernabéu. Dada la palabra de Al Qaida, todos habrán de darse por enterados de que el «jeque general de la “yihad” en el mundo» y el «león del islam» ya no está con nosotros. Al Qaida lanza por lo demás sus consabidas amenazas que a estas alturas tienen poco interés. Y llamaba a grandes protestas en todo Pakistán para expresar el furor que los embarga. Pues este viernes, pese a los llamamientos de otros grupos radicales islámicos, los hinchas de Bin Laden en Pakistán, en todo Pakistán, no hubieran llenado un estadio de segunda división. La concentración más grande, según Al Yazira, en la ciudad de Quetta, capital de Baluchistán, no llegó a los 1.500 feligreses. En otras ciudades fueron un par de cientos. Dado que la población de Pakistán es de nada menos que 187 millones de almas, en su inmensa mayoría musulmanas muy piadosas, hay que deducir una vez más que la enorme preocupación de ciertos círculos occidentales por no herir la sensibilidad musulmana era como poco exagerada. ¡Qué angustia la de ciertos sectores occidentales por el hecho de que EE.UU. matara a su enemigo n.º 1 y no le diera un sepelio con honores! Nos hizo temer una terrible venganza «post mortem» que confirmara esa tesis tan popular —en España al parecer razón de Estado— de que a los terroristas no hay que provocarlos. Pues ni caso. Al final resulta que Bin Laden tenía más hinchas aquí que en aquella sociedad abigarrada de mezquitas, madrasas y fanatismo del Pakistán popular.
Una agradable vergüenza
Como dijo un diputado del PSOE, ya tenemos una decisión agradable. Así es como saluda la sentencia del Constitucional el partido del Gobierno que pretendió la ilegalización de los que ahora salen del "Guantánamo electoral". Lo que ha pasado con Bildu es absurdo, si no fuera porque estamos ante el guión de una comedia planeada desde hace tiempo. Digo que es absurdo –luego añadiremos alguna cosa más– porque la sentencia del Constitucional sobre Bildu supone que el Gobierno del partido que quería una decisión agradable ha acabado perdiendo el pleito que ellos iniciaron. Al fin y al cabo, la sentencia del Constitucional es el final de un proceso que inicia el mismo Gobierno obligando a la Abogacía del Estado y a la Fiscalía a presentar sendas demandas. Con lo cual se nos plantean algunas cuestiones: ¿Felicitamos al Gobierno por haber perdido el pleito o felicitamos al PSE por haber ganado?
Lo cierto es que esta es una historia de cobardes. Si la opinión del Gobierno era la de Madina o la de Patxi López o la de Caamaño cuando dijo que "Sortu no era ETA", creo yo que el Gobierno debería haber asumido las consecuencias y a otra cosa. Que yo sepa los abogados del Estado no presentan demandas de motu proprio, sino porque tienen órdenes de hacerlo. Pero no, el Gobierno ha querido que fueran otros los que tomaran la decisión que ellos podían haber tomado. ¿Qué necesidad tenía Zapatero de pringar a los pobres magistrados del Constitucional? Entre Zapatero y Rubalcaba tienen cara suficiente para justificar que no se presentaban las demandas; tienen cara para eso y para mucho más.
Y el PP, como en casi todo, no es sólo un PP, pero manda Rajoy. Y el que manda no puede hacer como si esto no fuera parte de un guión, porque corre el riesgo de que acabemos pensando que la posición del PP es también parte del mismo guión. Se les pide que hagan algo, aunque sólo sea porque les han llamado de todo sin hacer nada. Les han acusado de no querer ver el final del terrorismo, de dar balones de oxígeno a ETA o de poner en riesgo la "unidad"; y ahora les van a acusar de no respetar las decisiones judiciales, y si no al tiempo. No se les pide que encarguen un editorial conjunto a sus periodistas a sueldo –que en el PP también los hay– ni que convoquen una manifestación. Sólo con denunciar esta comedia y con un compromisillo de nada para intentar revertir esto cuando gobiernen, sería suficiente.
La democracia en España ha perdido, de repente, nueve años. Estamos como antes de 2002. ¿Agradable? Una vergüenza.
La insidia de Rubalcaba
A la escandalosa decisión del Tribunal Constitucional de permitir a Bildu presentarse a las elecciones, tenemos que sumar las insidias del principal responsable de ese crimen, que no es otro que el vicepresidente y ministro de Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba. Quien fuera portavoz del Gobierno de los GAL se ha dado el gusto de darnos lecciones de justicia y democracia a los que hemos criticado la sentencia que quería el Gobierno, dudando precisamente de nuestro carácter democrático.
Efectivamente, como ha afirmado Rubalcaba, en nuestra democracia cada institución tiene su papel. El del Constitucional, después de la reforma de Felipe González, es el de convertirse en una cámara al servicio de los partidos que vista de ropaje jurídico las decisiones políticas que toma. Es cierto que no existe el Estado de Derecho perfecto, aquel en el que la justicia es completamente independiente de los demás poderes; ni siquiera los Estados Unidos, que se acercan notablemente a ese ideal, pueden presumir de un poder judicial completamente independiente. Pero resulta especialmente cínico que se ponga como ejemplo del buen funcionamiento de nuestro Estado de Derecho la institución más contaminada políticamente de nuestro ordenamiento jurídico.
Acatar una sentencia significa obedecerla, sin más. No parece que ningún partido, medio de comunicación ni organización social haya declarado su intención de emplear la fuerza para impedir que Bildu se presente a las elecciones municipales. Pero ser demócrata no significa callarse ante los abusos ni dejar de denunciar la corrupción, sea económica o moral, de nuestras instituciones y quienes las ocupan. Al contrario, es la obligación de todo ciudadano. Pero Rubalcaba, como buen socialista, lo que quiere es que seamos súbditos.
ETA se ha debilitado más cuanto menor presencia ha tenido en las instituciones vascas. Permitir su presencia supone, por tanto, insuflarle el aire que necesita para respirar. Las víctimas y quienes las apoyan ya han salido a las calles en estos últimos meses para denunciar el sabotaje activo que el Gobierno está llevando a cabo contra la definitiva derrota de ETA. Es hora de hacerlo una vez más. Esta infamia no puede salir gratis.
viernes, 6 de mayo de 2011
El 'proceso de paz' de Obama
A diferencia de nuestras cortes generales, que aún mantienen una autorización al gobierno de Zapatero para que negocie con los terroristas, en los Estados Unidos los congresistas autorizan al gobierno a que los elimine, algo mucho más higiénico y, en última instancia, lo único que entenderían en aquel país como aplicación práctica del mandato constitucional que obliga a sus políticos a proteger la vida y la libertad de todos los norteamericanos.
En su línea habitual
Nada más acorde con la altura ética del Tribunal Constitucional español que su decisión de que los enemigos de la Constitución española, de cuyo cumplimiento es garante, pasen a dirigir o a formar parte de unos órganos también constitucionales como son los ayuntamientos del País Vasco. Lo raro habría sido que el TC validara la sentencia del Supremo que prohíbe a los cómplices del terrorismo formar parte del Estado, porque en tal caso habría habido una ruptura en la trayectoria exquisitamente desleal con la nación que nuestra más alta magistratura inició con Rumasa y perfeccionó de modo sublime con el más reciente Estatuto de Cataluña.
En todo caso acatamos la sentencia del Constitucional, faltaría más, y de paso felicitamos a la mayoría "progresista", que no ha tenido reparo en rebozar sus togas en el polvo del camino a la hora de adoptar una decisión que agravia a la memoria de las víctimas del terrorismo, escarnece a sus familiares y nos envilece a todos. A todos los que pensamos que el orden constitucional es incompatible con la presencia de un grupo terrorista en las instituciones democráticas, claro, que es lo que el Supremo, tribunal al menos tan respetable como el TC, dice que va a ocurrir con unas listas electorales que no son más que "un cauce simulado y fraudulento para soslayar la ilegalización judicial del brazo político de ETA y así permitir el acceso de Batasuna/ETA a las instituciones representativas".
Estamos en una bancarrota moral de tal magnitud que el Pascualsalazo de anoche ni siquiera obedece a la búsqueda de esa quimérica "paz" de la que tan partidaria es nuestra izquierda, seguramente algo ya más que pactado por el gran Eguiguren de cara a la campaña electoral de las próximas generales. Es sólo la contrapartida que exigen los seis diputados del PNV para validar los presupuestos generales del Estado y permitir que Zapatero aguante hasta el final de la legislatura.
Muy torpe ha estado ahí Urkullu, porque si hubiera aguantado el tipo podría haber utilizado el cartucho del chantaje presupuestario en una ocasión futura. Alguien debería haberle explicado que para vulnerar el estado de Derecho y quebrantar la constitución, Zapatero no necesita animadores.
El TC se cubre de gloria
El Tribunal Constitucional se ha empeñado en demostrar que en España tan sólo hay un poder, el Ejecutivo. Desde el principio, este Tribunal se arrogó la revisión de aquellas sentencias que al partido que lo dominara no le gustaban. Lo ha estado haciendo, desde luego, ejerciendo la función que por antonomasia le corresponde, la de controlar la constitucionalidad de las leyes. El caso más reciente es el del Estatuto de Cataluña. Pero también a través de la vía indirecta del recurso de amparo. La Ley Orgánica de 2007 modificó la Ley del Tribunal Constitucional para que la práctica ya emprendida de revisar las sentencias del Supremo por supuestas violaciones de los derechos fundamentales quedara en tal modo ampliada que el Constitucional se convirtiera en el verdadero Tribunal Supremo de España, al menos en los casos de relevancia política.
Pero, al menos hasta ahora, el Gobierno siempre fue de frente, defendiendo lo que le interesaba y forzando al tribunal a darle la razón, aunque fuera obvio que no la tenía. Ahora, Freddy, ese maquiavelo de pitiminí, le ha dado una nueva vuelta de tuerca al sistema. El Gobierno impugna todas las candidaturas de Bildu para quedar bien con aquellos de sus votantes que creen escandaloso que ETA permanezca en las instituciones. Y luego mangonea al Constitucional para que dicte la sentencia que el Gobierno cree conveniente y que echa abajo su propia impugnación. Vamos, algo así como el "madre, que me toca Roque; Roque tócame". De esa forma también da satisfacción al PNV, a los socialistas del País Vasco y a sus votantes de extrema izquierda, incluidos los comunistas, que querían que la izquierda abertzale, que para algo es izquierda, concurriera a las elecciones municipales.
Mal está que un Gobierno ponga en marcha semejante maniobra, que carga sobre el Tribunal Constitucional la responsabilidad de que la ETA se financie con dinero de los impuestos de todos los españoles mientras el Gobierno se lava cobardemente las manos. Pero más terrible es que los magistrados de ese tribunal se presten a semejante juego.
¿Qué más pueden hacer los socialistas por acabar con la credibilidad de las instituciones del Estado? Pues aunque parezca que ya más no pueden hacer, no es descartable que a Rubalcaba, o a cualquier otro Richelieu de pacotilla del PSOE, se le ocurra en el futuro darle otro estrujón más a la pobre democracia española. Si al menos los magistrados que han votado contra la legalización de la coalición etarra tuvieran el gesto de dimitir, cabría alguna esperanza. Pero, quia, ¡qué digo! Ni en sueños.
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Si comparamos lo de Obama con Osama y lo de Z con ETA, es para echarse a llorar.
No es la economía, estúpido
Si alguna posibilidad real tienen los separatistas de cumplir sus sueños, está en la inanidad política e intelectual de "Madrid", es decir, de los dos grandes partidos que se suponen nacionales: uno, porque su desprecio a España hace el juego al separatismo; el otro porque renunció hace tiempo a la lucha de las ideas, hasta vaciarse de ellas.
Una manifestación de esa inanidad consiste en la habitual reducción del problema a la economía. Así, esgrimen el argumento "decisivo" de que la secesión de Cataluña supondría gravísimos daños económicos para esa región, al perder su principal mercado en el resto de España, y que a su vez "Madrid" podría impedirle el acceso a la UE. Los dos argumentos apenas rebasan el nivel de la tontería.
La secesión de Cataluña podría traer cierto coste económico inmediato para ella –y para el resto del país–, por el resentimiento que crearía y algún posible, aunque poco probable, boicot a los productos catalanes; pero la lógica del intercambio comercial limitaría pronto ese efecto. La gente no compra productos catalanes por amor a Cataluña, sino por interés práctico, y el desamor actual de los españoles por su propio país hace que la clase empresarial española lo sea solo geográficamente, pues culturalmente es más bien anglosajona. Cataluña no perdería de modo importante el mercado del resto de España, y en cambio entraría cada vez más en la esfera de influencia económica francesa, dirección que siguen conscientemente los separatistas.
No menos ridícula es la amenaza de impedirle entrar en la Unión Europea. Si España llegase al grado de agusanamiento que permitiese tal secesión, debería aceptar también la integración de Cataluña en la UE, un asunto insignificante comparado con la enormidad de la secesión. Y si, dentro de la nulidad política corriente, "Madrid" se enrabietase con cerrar el paso a una Cataluña separada, ya se encargarían las potencias realmente dominantes de la UE de hacerle entrar en razón "con mano de hierro en guante de seda".
Y debe considerarse otro aspecto: en la estúpida casta político-intelectual española ha arraigado con fuerza indestructible la idea de que fuera de la UE no hay salvación. Pero Suiza o Noruega están feliz y prósperamente fuera, y Reino Unido mantiene dentro una posición muy especial, por poner dos casos. La propia experiencia de España, que nunca parece servir de nada a nuestros políticos, enseña que nuestro país creció mucho más rápidamente fuera de la CEE que dentro, y que la integración "en Europa" –como dicen demostrando nuevamente su sandez–, no nos ha librado de graves crisis económicas, como la actual.
Todo ello sin contar con que un país que consintiese tal secesión se hallaría sin fuerza política y moral para impedir el contagio de las tendencias disgregadoras a otras regiones. Porque el problema de Cataluña es político, cultural e histórico. Y en él entra la economía, por supuesto, pero solo de modo secundario y derivado. ¿Es tan difícil de entender?
Ben Laden, la mafia y la guerra
La operación fue un acto de guerra en respuesta a otro –los ataques del 11-S– y, en la guerra, la eliminación del enemigo es un objetivo legítimo y legal. Quién hubiera protestado si, en 1942, un comando británico asesinara a Hitler. La guerra del terrorismo no es la guerra convencional, desde luego. Pero es tan guerra que tropas de varios países combaten en Afganistán contra los discípulos de Ben Laden y sus aliados. Creo que allí matan a los terroristas a traición y sin darles tiempo ni a desenfundar ni a detonar. Así mataron a uno de los jefes militares de los talibán en 2007. Y así mataron en Irak en 2006 al que llevaba las riendas de Al Qaeda. No se abrieron grandes interrogantes éticos y legales entonces. Ningún Llamazares denunció "asesinatos extrajudiciales" y nos dejó con la incógnita de cuáles pueden ser los "asesinatos judiciales". Pero al "enemigo número uno de Occidente" no se le va a matar como a un enemigo cualquiera.
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Lo que tenían que haber hecho es darle un tirón de orejas y ponerle un ratito cara a la pared para que recapacitara. Más o menos, eso es lo que esperaban algunos.
Ni justicia, ni venganza
El yihadismo es la amenaza totalitaria del siglo XXI, heredera natural de los totalitarismos del siglo XX. Ha declarado la guerra contra el mundo y, aparte de estresar la vida cotidiana de las sociedades que violenta, ha conseguido matar a miles de personas. Es una guerra con toda su crudeza, por mucho que la trinchera sea el mapamundi. En este contexto, la muerte de Bin Laden es un acto de guerra. No es bonito, no es simpático, no es justo, no es injusto: es un eslabón más de la larga cadena de un conflicto bélico.
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Los occidentales vivimos en una especie de infancia perpetua. Y lo de los españoles es aún peor: nunca acaban de salirnos los dientes de leche. Y así nos va.
jueves, 5 de mayo de 2011
El futuro de España es el mercado negro
Jorge Valín en Libertad Digital
España ha caído en una espiral de decadencia absoluta. Profunda crisis del modelo socialista monetario. Los ciclos creados por la sobreemisión de dinero nos llevaron a una explosión productiva que no estaba fundamentada en nada (burbuja). Se coronó la inflación como el motor de la economía occidental. Expliqué las consecuencias –que se han cumplido– en el 2004. ¿Cómo actúan los bancos centrales ante tal fracaso? Con más inflación crediticia, ayuda a los bancos y así haciendo crecer otra burbuja. ¿Qué pide la gente? ¡Tipos de interés más bajos! Sin saberlo están cavando su tumba.
El Gobierno y las comunidades autónomas, casi arruinadas por su gestión, compra de votos, clientelismo de los lobbies y corrupción, recortan privilegios sociales y suben impuestos. Desde la tribuna vemos aberraciones: las autonomías mantienen sus embajadas. El Gobierno regala más de 400.000 euros a organizaciones como el Centre d’Informació i Documentació Internacional a Barcelona. Paga 143.000 euros a cosas como un Seminario Sobre la Pena de Muerte en el Caribe. Regala 100.000 euros a la Fundación Centro Internacional de Toledo para la Paz. ¿Había oído hablar nunca de ella? Todo esto, y mucho más, en el BOE del 23 de abril.
¿Cuál es la respuesta de la gente? Más privilegios sociales para vivir de la producción ajena, del robo y el latrocinio. Al igual que los banqueros centrales, ¿es qué no han aprendido nada de los errores pasados? El Estado no sabe gestionar el dinero para la sociedad. El Estado solo paga favores a sus lobbies. No saca nada ayudando a la sociedad. Los únicos que saben gestionar nuestro dinero son aquellos que no nos roban. Aquellos que necesitan del consentimiento de su cliente para sobrevivir. En otras palabras, la propia sociedad, que en lenguaje económico se llama libre mercado. ¿Cómo puede transmitir confianza una organización que obtiene sus recursos del robo masivo, el engaño y las prohibiciones? El mayor gasto de cualquier ciudadano son los impuestos. Y no son nada voluntario.
La gran farsa sigue. Casi todos los economistas damos por sentado que pasadas las elecciones el ejecutivo aumentará los impuestos (especiales y no sé si se atreverá con el IVA) y eliminará más privilegios sociales. Probablemente sea en verano, que es cuando la gente está más despistada. Y es que no es la primera vez que harían algo así. Hace un par años algunas administraciones subieron el IBI (Impuesto de Bienes Inmuebles) por sorpresa, sin decir nada. Cada vez que baja la gasolina, le cargan algún impuesto, y cuando sube, lo mantienen.
El Gobierno es incapaz de crear políticas realistas enfocadas al pueblo. ¿Cómo puede ser que en un país donde hay un 20% de desempleo y un 40% de paro juvenil, mantenga una carga sobre el trabajo del 50% del desembolso total al trabajador? Un mileurista paga casi 900 euros al mes al Gobierno (cuota empresarial a la SS + cuota del trabajador + IRPF + IVA). Cuando los reyes medievales cobraban una tercera parte de la producción a sus ciudadanos lo llamamos esclavitud, pero si el Gobierno nos arrebata la mitad de nuestro sueldo y nos sigue saqueando en cada compra e inversión que hacemos, lo llamamos Estado del Bienestar.
No sé si a España la van a intervenir oficialmente o no. Lo que sí sé es que le están obligando a dinamizarse un poco ante el estado de despilfarro y descontrol actual. La están sometiendo a una intervención opaca. Nuestro futuro inmediato son más cargas tributarias, más Estado policial contra el pequeño comercio que representa el 80% del tejido económico del país y menos privilegios. Muy bien, el Estado es el principal foco de pobreza. No es la solución a nuestras penas. Solo hay un camino para la prosperidad: menos dependencia del Estado. Que se ahogue en sus deudas y junto a sus lobbies. Cuando una solución es injusta, se ha de combatir por las buenas o por las malas. No le están dando otra solución al pueblo. Declara tu particular guerra al Estado: insumisión fiscal y mercado negro. Ese va a ser el futuro de España. De hecho, la economía sumergida ya es el mayor "sector" de nuestro país con más de un 20% del PIB. E irá en aumento.
miércoles, 4 de mayo de 2011
Me ofende usted
Señor presidente Zapatero: me ofende usted. Su último discurso –«nosotros no provocamos la crisis»– ha colmado mi paciencia. Me siento insultada por sus palabras. Usted quizás no comprenda mi vergüenza ante su disertación, usted es gente principal, gente poderosa, gente «gorda» como se dice en mi tierra.
A usted, el número de parados se nota que no le afecta personalmente, que esa cantidad escalofriante es sólo un inconveniente cuya importancia pasará pronto: en cuanto se largue usted. Pero mire, cinco millones de parados son muchos; si hiciese una sencilla operación matemática se daría cuenta de que, al resto de los españoles, los que no somos usted y su familia y amigos (influyentes y poderosos), al resto de esa «ciudadanía» que usted ha convertido en nuevo proletariado, a nosotros sí nos toca de cerca al menos un parado de esos cinco millones. Ni siquiera hay que aplicar los «seis grados de separación», todos los españoles –excepto usted y sus etcéteras– tenemos a alguien a nuestro alrededor que está parado –amigo, familiar, compañero…–, y a muchos nos humilla oírle una y otra vez el mismo irresponsable, mostrenco y emético discurso: el de «yo no he sido». Ha tenido 7 años para hacer cosas, para arreglar cosas, pero desde el principio repite usted la misma cantinela: «el problema viene de fuera, que la solución venga de fuera también». ¿Creía usted que España era una cuenta de gastos a su disposición que no requería más que distribuir los montones de billetes y con la que se podía jugar a la ingeniería social? Los problemas le han venido a usted demasiado grandes. Usted no es un estadista. No sabe solucionar conflictos, sólo sabe crearlos. A mi alrededor, aumenta el número de personas desempleadas. Gente que, nunca en su vida, estuvo parada. Mientras, usted sigue con su discurso de la pureza socialista. Usted… ¡inocente, sin pecado concebido, mirando la miseria de España desde su altar moral socialista! Su irresponsabilidad es una desfachatez. Su ineficacia, una falta que no le perdonará la historia. Su discurso de «yo no he sido» demuestra que usted no está pisando el barro de esta situación, que sigue en lo único que sabe hacer bien: sobrevolar la realidad, producir ideología, gastar la pasta de nuestros impuestos en chorradas. Y alejarse años luz de quienes le votaron y a quienes ahora lastima usted con sus palabras.

