martes, 15 de marzo de 2011

Tsunamis diversos

Hermann Tertsch en ABC

NO sabemos cuántas víctimas mortales causará finalmente el inconcebible terremoto del viernes en Japón que casi se nos sale de la escala Richter y adquirió dimensiones bíblicas. Ni cuántas causó directamente su primera réplica monstruosa que fue el tsunami que devastó las zonas costeras del noreste. Ni todas las réplicas registradas después, muchas de ellas más fuertes que terremotos que en otros rincones del mundo causaron en su día centenares de miles de muertos. Lo que no se ha producido aún es esa catástrofe nuclear que tanto se anuncia desde el primer momento y que algunos parecen añorar con fruición digna de mejor causa. Nadie puede excluir esta terrible desgracia del peor accidente nuclear imaginable, pero resulta escalofriante comprobar la falta de piedad con que algunos parecen esperarla, como la definitiva ratificación de sus tesis. Desde el sábado, algunos sectores de eso que más que izquierda ecopacifista es tribu ecoguerrillera y banda talibán, están literalmente impacientes en su angustiosa esperanza de que se funda algún reactor nuclear en Japón y se cumplan sus peores augurios de cataclismo. Para cargar de razón sus tesis que proclaman la energía nuclear como el mal absoluto. Con sus titulares y su desinformación llevan días dedicados a la danza que invoca a su dios implacable que, con un terrible castigo a los japoneses, logre de una vez por todas que hasta los más descreídos y herejes, aquí y allí, nos arrodillemos ante Él. Y nos convirtamos todos a su nueva religión antinuclear y antitecnológica, expiemos nuestros pecados, fruto ponzoñoso de la falta de fe y del siempre dañino raciocinio y sentido común. Alguna emisora patria tenía tantas ganas de informar sobre la fusión de un reactor que lo hizo. Sin reparar en el detalle de que no se había producido. Como todas las religiones que se precien, ésta tiene su día de redención. Aunque todo puede pasar, da la impresión de que por esta vez se han equivocado de fecha. Lo que no nos eximirá de sufrir el tsunami ideológico que ya está en marcha. Y ante el que se inclinan, temerosos por las angustias de sus electorados, los gobiernos y las oposiciones en Occidente, con una falta de criterio y personalidad, que despiertan vergüenza. Tsumamis en Japón, en Libia y en Occidente. De agua monstruosas, de bombas y ejecuciones, de cobardía, oportunismo y debilidad de criterio.

Los que si van a morir bajo el tsunami sin siquiera mojarse son muchos miles de libios que aún luchan desesperadamente contra el rodillo militar de Gadafi. Con las manos libres, una superioridad abrumadora en armamento y su aviación bombardeando sin cesar al pueblo en armas, el «sátrapa payaso» avanza hacia el control total del territorio. Ya han caído todas las ciudades costeras y es una cuestión de días el comienzo del cerco a Bengasi. En su retaguardia ya ha impuesto a sangre y fuego su orden. Y cumple su amenaza de liquidar a los que se han significado en los levantamientos contra su poder. Con la comunidad internacional volcada en el drama japonés y los Gobiernos occidentales compitiendo en la escalada de histeria colectiva, está claro que son los libios y no los japoneses los que van a morir en masa. Gadafi será dentro de días otra vez el amo absoluto de Libia y de las vidas de sus súbditos. Mejor no imaginarse sus represalias cuando controle el país. Allí están los muertos que no ha habido en Japón. Aún están vivos, pero su grito desesperado no se oye entre el guirigay de la histeria de los gobernantes occidentales y los aullidos del talibanismo que festeja la catástrofe nuclear no habida.

Delirios Smiley

Carlos Rodríguez Braun en La Razón

Smiley puso nuevamente a prueba nuestra capacidad de asombro al declarar: «Merece la pena presidir un Gobierno que ha hecho leyes para que seamos más libres». La primera hipótesis es que se trata de un problema de salud. Según el DRAE, el delirio es una «confusión mental caracterizada por alucinaciones, reiteración de pensamientos absurdos e incoherencia». En principio, encaja. Las medidas propiciadas por los socialistas son contrarias a la libertad, desde la subida de los impuestos hasta la prohibición de fumar. El socialismo estriba en recortar la libertad del ciudadano y extender los costes, las multas y las regulaciones de todo tipo mediante las cuales el poder limita las libertades concretas de sus súbditos. La explicación, por tanto, es clara: Smiley es un orate. Esta interesante conjetura adolece, empero, de una dificultad: no parece cierta. Los socialistas no están locos, al contrario, muestran a menudo una fina inteligencia, por ejemplo, para ganarse la vida mediante el fraude de los ERE en Andalucía. Esto invita a considerar una segunda hipótesis: Smiley y sus secuaces son totalitarios, son arrogantes que parten de la base de que todo lo que hagan es bueno para el pueblo. Los socialistas, desde los más carnívoros hasta los más vegetarianos, siempre han hecho eso: han decidido que ellos son la sociedad y que la libertad de la sociedad es promovida cuando ellos la violan. Dirá usted: qué cara. Pues eso.

Nacer

Agustín García Calvo en La Razón

¿Cuántas veces habrá tenido Vd. que escribir en documentos la fecha su nacimiento, el día al menos para la Administración, y si, para completar la broma, se mete Vd. en horóscopos y cálculos astrales, hasta la hora y el minuto? Pero, hombre, ¿cómo puede vd. creer semejante cosa? ¿Qué pruebas tiene del caso? No le va a dejar muy tranquilo el testimonio de los mayores, con la mala memoria, intenciones y fantasías de que están cargados; pero Vd. mismo, lo peor: ¿cómo va uno a haber nacido en tal fecha, cuando es tan claro que en aquel entonces uno no estaba?

¿Se lo toma Vd. como un convenio necesario, una falsificación venial? No sabe lo que están haciendo con usted: al Estado, la banca, el seguro, que consisten en administración de futuro, o séase de muerte, les hace falta, sí, saber desde cuándo tienen que contar con usted, porque, ya que se le ha fijado un fin, el fin, amigo, requiere su principio; pero a usted…vamos, no digo su persona jurídica, sino lo que quede de usted por bajo de ella, a ti no te hace falta para nada saber cuándo has nacido: por el contrario, eso te mete preso, te condena y te ejecuta. Tú, de veras, no has nacido nunca: lo que salió al aire del seno de tu madre, por más que acaso de meses atrás le buscaran un nombre propio para que no se les escapara, eso no eras tú, y todavía estuvo resistiéndose año y medio o más a que lo hicieran ser usted: a Vd. lo costituyeron cuando, por esos meses y ya en el idioma de su tribu, le comunicaron: «Has de morir», le crearon un porvenir. Y ya entiendes como luego esa noticia hubo de venir, hacia atrás, a clavarte en el registro y en la fecha de tu nacimiento. Pero no hagas tanto caso de ese manejo, hombre: se trata nada más que del tiempo, ése en que te hacen creer, en que quieren encerrarte, el del reloj y el calendario, que es el que el poder, su orden ideal y sus negocios, necesita: tanto, que ya toma la ciencia a su servicio y hace con el mundo lo mismo que contigo: como tiene un fin, ya que tiene un futuro, tiene que tener también un principio y hasta matemáticamente fijado, génesis, Big-Bang y hasta el origen del tiempo, ¡madre mía!, y demás fantasías que te han venido contando a lo largo de los siglos. Pero eso a tí no te toca: tú no has nacido nunca ni vas a morirte un día, porque te estás muriendo y a la vez naciendo, conmigo, ahora, y sin darte cuenta.

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Aunque no esté necesariamente de acuerdo, de los mejores artículos que uno haya podido leer del peculiar filósofo ¿nacido en Zamora el 15 de octubre de 1926?

lunes, 14 de marzo de 2011

Sin sentido

Gabriel Albiac en ABC

¿ESTÁ el mundo mal hecho? Es la interrogación que todo cataclismo —Japón, ahora— pone en nuestras cabezas. Aunque sepamos que es falsa. No, falsa no, ni siquiera eso: retórica sólo, no pregunta. Ni bien ni mal. El mundo no está hecho. Es. Tal cual. Y esto es lo grave: que nadie puede quedarse con sólo la parte ordenada de su caos infinito. Aunque quisiéramos. Y tal es la clave última del dolor humano: su matemática carencia de sentido. No existe angustia comparable a eso.

El del mal es el único problema serio. Por más que no siempre sepamos decirlo. O casi nunca. Por más que lo común es que eludamos la dimensión verdadera de su acecho, ante nosotros, criaturas quebradizas, a las cuales dice Pascal que basta un soplo para aniquilar. Vivir es cerrar los ojos a lo que es la vida: «Presentes sucesiones de difuntos», dice el clásico español más hondo. Y hemos de refugiarnos en la ceguera de hacer como que no lo sabemos; o en el consuelo de creer saber que ese sacrificio permanente que es vivir impone un sentido que trasciende: soñar que el mal de ahora abre la senda del bien final que nos salve. Dichosos los que puedan creer eso. Yo no puedo. El desolado canto a la retama (La Ginestra) de Giacomo Leopardi me gana la partida: «En nada la naturaleza / aprecia o cuida / a la semilla del hombre más que a la de la hormiga».

El cataclismo en Japón nos pone ahora ante esa primordial presencia que jugamos empecinadamente a borrar de nuestras vidas: la esencial fragilidad de los humanos, la primacía ontológica —y quizá teológica— de la muerte. Aquello que los griegos sabían desde el día mismo en que inventaron la poesía: «De todas las cosas, la mejor es no haber nacido», en verso austero de Theognis, quien, hacia el siglo VI antes de nuestra era, fundó la lírica en occidente. A Japón toca, esta vez, decir la muerte. Mas, como el más quevediano Borges sabe, nada dice la vida, bajo la apariencia brillante con la cual la recubrimos —y encubrimos—, que no sea el «horrendo dictamen de que todo es del gusano».

Haití, hace nada; las islas del Pacífico un poco antes… A poco que forcemos la memoria —o bien recurramos a las hemerotecas—, el insobornable horror de la naturaleza, que aplasta hombres como ínfimas pulgas, puntea el fluir monótono del tiempo. La verdad es que eso no es más que el ápice de la continua secuencia de desastres a la cual llamamos vida; su momento extremo, el punto crítico en el cual no hay ya modo de callar, ni modo tampoco de decir nada que tenga sentido. Pero el desastre está en el alma de los hombres: raros bichos; que son mortales (no es gran cosa); que lo saben (es lo trágico); que viven simulando no saberlo, haciendo como que no existe esa amenaza; mientras pueden. Y llamamos catástrofe, cataclismo, a ese umbral en el cual se desdibuja el armónico lienzo con el cual, dice Pascal, a diario cubrimos el abismo al cual vamos a lanzarnos.

La ingenuidad ilustre de Voltaire le da el consuelo de buscar un responsable al terremoto de 1755 en Lisboa: Dios. Ni ese consuelo tenemos nosotros: porque aun el Mal, al absoluto mal, pone un sentido, del cual nosotros estamos desnudos. Sólo podemos decir: ha sucedido. De nuevo. Seguirá sucediendo. Sin sentido.

Moderada miseria

Mario Noya en Libertad Digital

En la noche del pasado shabbat, un individuo entró en el hogar de la familia Fogel, en la comunidad judía de Itamar (Samaria), y apuñaló hasta la muerte al padre (Udi, 36 años), a la madre (Ruth, 35) y a tres de los seis hijos: la bebita Hadas (3 meses), Elad (4 años) y Yoav (11 años). Los otros tres –Tamar, de 12; Roi, de 8, y Yisai, de 2– no corrieron la misma suerte porque se encontraban en casa de los abuelos.

Fue un crimen terrorista tan espantoso como puedan imaginar; o recrear, si consideran que deben enfrentarse a estas imágenes terribles que no les meterán los medios por los ojos, pues no hay en ellas niños palestinos a los que llorar.

La Autoridad Palestina no tardó en exhibir su moderada miseria. Con los cadáveres de los Fogel aún calientes, los voceros de la AP dijeron que no había evidencia alguna de que la matanza hubiera sido perpetrada por mano palestina. La identidad de los criminales "sigue siendo desconocida", declaró el ministro de Exteriores, Riad al Malki, no sé si antes pero en todo caso no mucho después de que tanto Hamás, gobernante en Gaza, como las Brigadas de los Mártires de Al Aqsa, grupo terrorista afiliado a Al Fatah, el partido que detenta el poder en la AP, justificaran la "heroica operación" como la "respuesta natural a las matanzas cometidas por la ocupación" en la Franja (que no tiene un centímetro de tierra ocupado) y en Cisjordania, y de que en la ciudad gazatí de Rafah saliera gente a la calle para celebrar el baño de sangre regalando caramelos a sus semejantes.

Malki no se conformó con ser moderadamente infame, así que dio un paso más y se metió de hoz y coz en la charca de la mentira abyecta. "Los palestinos jamás han cometido una matanza así por venganza o por razones nacionales", depuso el moderado, que igual se piensa que ya nadie recuerda la carnicería de Maalot o los asesinatos del libanés Samir Kuntar, ese héroe de la resistencia palestina que acabó con la vida de la pequeña Einat Cohen, de 4 años, reventándole la cabeza contra una roca.

En cualquier caso, añadió Malki –pues en el fondo y en la superficie sabía que ni él con toda su templanza podía negar que el río de la autoría palestina, más que sonar, bramaba–, se trata de un suceso que en nada beneficia a la "resistencia": estos ataques dañan los esfuerzos políticos y diplomáticos de Palestina en la escena internacional, aseguró. Es lo que tienen, Malki y la modulación morigerada: un palestino asesina a cinco miembros de una familia judía y las víctimas acaban siendo Palestina y su circunstancia circunspecta.

Por su parte, Mahmud Abbás, que como todo hombre de paz tiene un nombre de guerra (Abu Mazen), emitió un comunicado en el que incidía en su "rechazo y condena de toda violencia dirigida contra civiles, con independencia de quién esté detrás o de la razón de la misma". Una alimaña humana entra de noche en una casa y asesina a puñaladas a un hombre, una mujer, dos niños y un bebé, y el rais Abbás no se preocupa por ese hombre, esa mujer, esos niños y ese bebé, sino más bien por rematarlos a base de contexto, abstracción y equidistancia de la peor especie (este señor preside un Gobierno y manda sobre unas fuerzas de seguridad, por lo que indefectiblemente ejerce violencia sobre civiles y, en teoría, atiende a razones para justificarla). Y es que está pensando en esa alimaña humana, que es un terrorista palestino, y en el montón de palestinos que la está jaleando. Y en la comunidad internacional, que igual está mirando. Y, no lo adivinaremos en esta flotillera España nuestra, en recoger los frutos que acaso deje el sacudón horrible que ha sufrido el palmeral de Itamar ("isla de los dátiles", en hebreo):

La violencia engendra violencia, y lo que necesitamos es alcanzar rápidamente una solución al conflicto justa y omnicomprensiva.

"Así no se condena el terror, así no se combate el terror", le replicó entonces el premier Netanyahu, que aprovechó para –por enésima vez– exigir a la AP que combata el odio a Israel y a los judíos que satura las escuelas, las mezquitas, las televisiones palestinas. "Ha llegado la hora de acabar con el doble lenguaje", sentenció. Y de buscar, capturar y encerrar a los asesinos, en vez de dedicarles calles.

Está visto que estos malditos judíos no acaban de moderarse.

Saludables tragedias para la economía

Juan Ramón Rallo en Libertad Digital

Me preguntaban ayer en una entrevista de un programa de televisión cuáles creía que serían los efectos del devastador terremoto sobre la economía japonesa y mundial. Mi primera respuesta, tal vez por obvia, pudo resultar decepcionante: "Lo primero que debemos dejar sentado es que el terremoto no es beneficioso para la economía. Crecemos cuando acumulamos riqueza, pero aquí hemos asistido a una masiva destrucción de riqueza. Destrucción es lo contrario a creación de riqueza".

¿Para esto hacen falta los economistas? Qué tontería y qué pérdida de tiempo más grande. Pues tal vez no. Los carroñeros keynesianos siempre están al acecho de cualquier tragedia humana para saciar su incontenible sed de gasto. Ya sucedió con el tsunami del Índico o con el huracán Katrina, cuando sendos lumbreras de la economía, jefes de análisis de la agencia de calificación Fitch y del extinto banco estadounidense Wachovia, declararon que "el tsunami es una oportunidad de crecimiento para Sri Lanka" y que "generalmente es bueno para la economía cuando tienes que reconstruir a gran escala".

Ahora, el disparate se repite. Larry Summers, antiguo rector de Harvard y, lo que es más preocupante, ex secretario del Tesoro de Clinton y ex presidente del Consejo de Asesores de Obama, no ha tardado demasiado en frivolizar acerca de la tragedia del seísmo japonés y declarar que "irónicamente, el terremoto puede dar lugar a incrementos temporales del PIB gracias al proceso de reconstrucción. Tras el terremoto Kobe, Japón incrementó su fortaleza económica".

Lo peor de todo es que, habida cuenta de la pobreza de nuestros indicadores macroeconómicos, Summers podría llegar a tener razón desde un punto de vista meramente estadístico. Dado que el PIB mide la producción anual y no el volumen acumulado de riqueza, podría suceder que mientras que el capital de la nación se desploma, la renta anual aumente a corto plazo. Eso sí, cuesta ver qué hay de beneficioso en que durante un tiempo tengamos que volver a producir aquello que ya teníamos antes y que ha sido destruido por una catástrofe natural. Si nuestro patrimonio es 100 y se desploma súbitamente a 40, podremos reconstruirlo produciendo 60, mas obviamente en nada habremos mejorado con respecto al inicio cuando éste vuelva a ser 100. Estaremos como antes de la catástrofe, pero habremos perdido tiempo y recursos en el proceso de reconstrucción.

Nada, pues, mejorará la fortaleza económica de Japón tras el terremoto. Pero semejante conclusión de puro sentido común se da de patadas con el sinsentido particular del jefe de filas de los keynesianos y con su irracional obsesión de que las economías se paralizan cuando la gente no gasta. Vean, si no, con qué elegancia se expresaba Keynes en su Teoría General: "La construcción de pirámides, los terremotos y hasta las guerras pueden servir para aumentar nuestra riqueza si es que la educación de nuestros gobernantes en los principios de la economía clásica les impiden considerar mejores alternativas". No, no era una exageración, sino una declaración de principios. Con estos mimbres teóricos, ¿qué esperaban que dijeran sus discípulos intelectuales?

Profanación

José García Domínguez en Libertad Digital

Cuentan las crónicas que cuando el estreno de la Electra de Galdós, tragedia elevada a icono del anticlericalismo patrio, Ramiro de Maeztu, por entonces aún anarquista feroz, irrumpió en la platea luciendo un enorme pistolón al cinto para lo que fuere menester. A su vez, y luego de entonar La Marsellesa en la Puerta del Sol, una muchedumbre iconoclasta intentaría asaltar el palacio arzobispal aquella misma noche. Todo ello tras desfilar en pía procesión laica, paseando a hombros a Don Benito el Garbancero como si del mismísimo Antipapa se tratara. Ocurrió el 30 de enero de 1901. Hace más de cien años. Esto es, cuando la Iglesia todavía encarnaba la devoción del Poder. Viceversa, pues, de cuanto hoy acontece, al haber devenido el repudio de la fe tradicional único culto oficial del establishment.

Así los anales, si esos niños de la guardería de Berzosa que andan profanando capillas supieran algo de historia, comprenderían lo muy canónico, oficialista y obediente de su gansada. Y es que, aquí y ahora, en el Occidente laico y secularizado, nada resulta menos epatante y provocador que asaltar templos y hacer público escarnio de la religión. Al revés, pocos gestos como ése revelan más pacata servidumbre, mayor sometimiento servil al orden constituido y la ideología dominante. A fin de cuenteas, ¿dónde está la transgresión? ¿Dónde el heroico ataque al canon? ¿Dónde la airada contestación al sistema? Tan ignaras las pobres, esas beatas de la sacristía progre, las que obraron la suprema hazaña de exhibir tetas y necedad ante el púlpito, acaso nunca lleguen a descubrir que las genuinas meapilas del laicismo resultan ser ellas mismas.

Ellas, paniaguadas cómplices del statu quo, en las antípodas morales de los verdaderos disidentes. Gente como Salman Rushdie, abocado a la muerte en vida por inapelable sentencia de los ayatolás. O Theo van Gogh, ya asesinado. O Hirsi Ali, amenazada. O los autores de las caricaturas de Mahoma. O los contados pocos que aquí se atreven a cargar con el sambenito de racistas, islamófobos y fascistas tras infringir la ley del silencio. Ésa que impone el eufemismo de la cobardía que responde por corrección política a propósito de la barbarie coránica. ¿Heterodoxos los payasos de la Complutense? No me hagan reír.

Delibes, un año después

César Vidal en La Razón

Quién lo diría pero estos días se ha cumplido un año de la muerte de Miguel Delibes. Personalmente, creo que Delibes fue el mejor novelista español de la segunda mitad del s. XX. No me cabe duda de que superó incluso a Camilo José Cela –aunque no consiguiera como el gallego el Premio Nobel– y que, estilísticamente, sólo hubo dos o tres que se le acercaron y ésos ya están prácticamente olvidados. Sin embargo, lo que, con el paso de los años, me ha ido impresionando de manera creciente en Delibes ha sido la forma en que fue cobrando altura humana a medida que se iba desarrollando su quehacer literario. El primer Delibes era un buen autor atrapado por los elevadísimos cielos de Castilla, los campos interminables a orillas del Duero y la pasión por la caza. A mitad de camino entre el costumbrismo y la descripción regional, no pasaba –y ya era mucho– de ser un buen artesano de las letras. Sin embargo, Delibes logró ya a mediados de los años sesenta elevar el vuelo de ese no insignificante punto de partida y remontar su prosa en alas de temas eternos. Recordaba en este mismo espacio hace tan sólo unas semanas la actualidad pasmosa, casi cortante, de «Cinco horas con Mario». Podría decirse lo mismo de «Mi idolatrado hijo Sisí», en el que cuestionaba la versión oficial –de entonces, se entiende– de una guerra que había catapultado a unos hermanos contra otros y en la que se vieron atrapadas millones de familias que pagaron un elevadísimo tributo por los sueños de unos y de otros, pero, a la vez, podía descender a ese mínimo común denominador –amor a los hijos, dificultades conyugales, deseo de prosperar…– que es aplicable a casi todo el género humano. No fue Delibes un iconoclasta –quizá ahí resida parte del secreto de su permanencia– ni, mucho menos, un resentido, pero pocas críticas sociales han conseguido un mayor calado que la contenida en la descripción del agro sureño de «Los santos inocentes». Tampoco dejó nunca de ser un católico conservador y, sin embargo, su última y mejor novela, «El hereje», estuvo dedicada con delicadeza conmovedora al protestantismo que fue abrasado en los autos de fe de la España del s. XVI. Seguramente todo fue posible porque, fueran cuales fueran sus convicciones, se negó a tener esa mirada tuerta, de izquierdas o de derechas, que sólo ve los males de los que juegan en el otro equipo y que ha caracterizado y caracteriza a tantos de sus compatriotas. Contó en cierta ocasión Delibes que una noche, de regreso del trabajo y mientras cruzaba en bicicleta un parque de Valladolid, fue detenido por un guarda que, como argumento de autoridad, le propinó dos bofetadas. Aquella humillante e innecesaria injusticia debió pesar en el ánimo del escritor hasta el punto de relatarla de manera autobiográfica en «Cinco horas con Mario», pero, como tantas reflexiones suyas, estaba exenta de resentimiento, una conducta que, como la venalidad, no anidaba en él. Buena prueba de esto último es cómo rechazó año tras año un importante premio literario porque estaba dado de antemano. Murió hace un año, tras una etapa que atravesó con pesar porque no había podido escribir y su esposa, de cuya pérdida nunca se repuso, se había marchado mucho antes. Descanse en paz.

domingo, 13 de marzo de 2011

Para reabrir el caso 11-M en Debates en Libertad, 13/03/11 (LDTV)

Terrores del milenio

Antonio Burgos en ABC

Y por si nos faltara algo, por si no fuera nada la crisis económica, para mí peor que la Gran Depresión de 1929, este obligatorio máster en tsunamis. Todo lo que no aprendimos cuando el tsunami de Indonesia en 2004 lo estamos sabiendo ahora con el Japón. Pregúntenme lo que quieran sobre olas gigantes que parecen anunciar el fin del mundo. El hombre que se cree la medida de todas las cosas no puede nada contra los elementos desatados de la Naturaleza. Sólo puede hacer una cosa, pero está mal vista: rezar. Eso es políticamente incorrecto, salvo que se rece a Buda o a Alá. Como las lagartonas que se desnudaron de cintura para arriba, como si fueran a hacerse una radiografía de tórax las muy pendonas, en la Capilla Universitaria de Somosaguas y se pusieron a insultar a Dios, a su Iglesia, al Papa, a los curas y a nosotros los creyentes. ¿Por qué no tienen huevos para hacer eso mismo en la Mezquita de la M-30, o frente a la embajada iraní? Sí, hombre, sí: para que las mujeres de esos países musulmanes tengan los mismos derechos que aquí las despechugadas y se puedan quitar el burka como ellas el sujetador. ¿Usted ha oído a Bibiana Aído o a Leire Pajín defender a la mujer musulmana? Así que a las suripantas de la Autónoma les pediría que vayan a enseñar las domingas a la plaza mayor de Teherán, para pedir por la igualdad de las mujeres con los hombres, para que les dejen estudiar, para que les dejen casarse a la edad que ellas decidan y con quien quieran. Las mandaría a Kabul, para que protesten porque a las mujeres no las atienden los médicos. Y a Etiopía o Sudán para que evitaran la ablación del clítoris.

Cuando en el 2000 inauguramos este Tercer Milenio, no hubo, como en el anterior del medieval año 1000, terror colectivo. Nadie creyó, como entonces, que el mundo se iba a acabar. Pero yo me quedaría con aquel medieval Terror del Milenio del año 1000, que era infundado, en comparación con lo que el mundo lleva sufrido desde el 2000. Anda que no viene bien despachada de desastres ni de terrores del milenio por entregas esta centuria que tiene nombre de club de Paloma Segrelles: Siglo XXI... Nos creíamos que el Efecto 2000 iba a inutilizar todos los ordenadores y suspiramos cuando tal no ocurrió. Pero no sabíamos que los verdaderos terrores estaban por llegar. Que si el atentado contra las Torres Gemelas del 11-S; que si el tsunami de Indonesia; que si el terremoto de Haití; que si la guerra de Irak; que si la de Afganistán; ahora lo del Japón y la costa del Pacífico... Por no hablar de la masacre de Atocha y de las explosiones del 11-M, que para mayor horror nos trajeron directamente, con relación de causa y efecto, el terrorífico Gobierno de ZP que padecemos. Y al fondo de todo, la crisis económica, y los Malaquías de la economía profetizando que España es líder del Índice de Miseria de la Unión Europea. Y por si fuera poco, la rebelión generalizada de los países árabes, entre el encarecimiento de los precios del petróleo y el miedo reverencial a la morería, la maurofilia de los progres que nos hace hocicar ante la chilaba y la babucha.

Ante todos estos terrores, no cabe ni rezar a Dios, porque te dicen que eres un facha. El santo temor de Dios ha sido sustituido por el laico pánico a lo políticamente incorrecto. En los actuales terrores del milenio no tiemblo ante la profecía de Malaquías, sino ante el análisis de Juan Roig, el dueño del Mercadona, que me cae más cerca y que acaba de decir: «2011 tiene una cosa buena, y es que será mejor que 2012».

Gentecilla para votar

José Jiménez Lozano en La Razón

Volviendo a aquel asunto de bufones y hombrecillos y mujercillas de Corte, diremos que al bufón de Corte se le permitía decir lo que a nadie se permitía, pero también que no había inconveniente en decir un par de verdades a quien como en la escena que nos cuenta don Francesillo de Zúñiga, bufón del emperador Carlos I, sobre el paso de éste por Calatayud, donde un labrantín de entre la muchedumbre, como vio que aquél iba con la boca abierta, porque los Austrias padecían prognatismo y no podían ajustar fácilmente sus mandíbulas, le dijo al pasar: «Cerrad la boca, Majestad. Moscas de esta tierra son traviesas»; y que Carlos contestó: «Del necio el consejo», pero, al enterarse luego que era muy pobre, ordenó que se le diera un socorro y alivio.Y no pasó más.

Y por supuesto que don Francesillo cuenta todo esto como cosa graciosa, aunque no lo veamos nosotros de este modo, sino que lo que más nos importa es lo que la historia significa en cuanto a señorío de sí mismo y conciencia de su poder por parte del Emperador; lo que suscita algunas melancólicas reflexiones, cuando se piensa en esta administración de un poder autocrático, en comparación con la administración de otros poderes delegados y de autoridades postizas de ahora mismo, de cuyas providencias el labrantín no hubiera salido seguramente tan bien librado.

Y, como poco, hubiera tenido que cargar con pesada y amarga contestación, llena de sapos y culebras, que inimaginables en otras épocas de mayor civilidad, están ahora a diario en la boca de los hombres públicos, y se aceptan en el lenguaje público y político de hoy, como algo normal, y se supone, por lo tanto, que son también algo perfectamente correcto según los vigentes parámetros de la alta vulgaridad. Y a nosotros, que somos como su gentecilla para votar, se nos ofrecen así magníficos ejemplos de corrección política y delicado nivel cultural, y desde luego, invitan a abrir la boca ante los nuevos mundos y las maravillas que nos prometen estos nuestros señores, que tanto ruido de moscas hacen.

Ciudadanía o proletariado

Ángela Vallvey en La Razón

Para la teoría marxista, el proletariado constituye una clase social (decimonónica, propia de la época de don Carlos Marx) que no poseía la propiedad de los medios de producción, o sea: los recursos y los medios que posibilitan la realización de un trabajo habitualmente encaminado a la fabricación de un artículo. El proletariado era una clase urbana que, habitualmente, trabajaba en las fábricas.

Era la clase social favorita de Marx. La distinguía claramente del «lumpemproletariado» que no estaba organizado y paseaba sus andrajos viviendo al margen de la ley y cayendo con frecuencia en la delincuencia y la prostitución. Ya se sabe: gente de mal vivir y «equívoca procedencia, licenciados de presidio, vagabundos, timadores, alcahuetes, escritorzuelos, dueños de burdeles, saltimbanquis…», y encima sin conciencia de clase. El proletariado fue un producto típico de la Revolución Industrial (que comenzó en Inglaterra, en la segunda mitad del siglo XVIII), cuando los avances mecánicos revolucionaron las manufacturas y la industria y se inició la mayor transformación tecnológica, económica y cultural del mundo. Un proceso en el que aún seguimos inmersos, pese a que la Revolución Industrial hace tiempo que dio paso a una serie sucesiva de Revoluciones Tecnológicas, que empezaron a ser verdaderamente vertiginosas a finales del siglo XX. Ha llovido mucho desde la máquina de vapor hasta Internet.

El proletariado marxista sólo contaba con su fuerza de trabajo, que vendía a los propietarios de los medios de producción (la antagónica burguesía, cuyos intereses eran hostiles a los de los trabajadores). Marx creía que el proletariado vivía enajenado, y que era urgente liberarlo de su opresión. No me cabe duda de que, en aquel tiempo, llevaba razón: los obreros fabriles eran esclavos de la producción industrial, y elementos imprescindibles de la creación de riqueza. En sus obras de juventud, decía Marx: «El comunismo es la vuelta del hombre a sí mismo en cuanto hombre social, es decir, el hombre por fin humano… El comunismo coincide con el humanismo». Lamentablemente no vivió lo suficiente para ser testigo de la Revolución Rusa o de la creación de la URSS.

Mañana, 14 de marzo, se cumplirá el 128 aniversario de la muerte de Marx; y han pasado casi 145 años desde la publicación de «El capital». Los obreros fabriles que quedan en Europa son pocos y bastante afortunados si sus empresas no se han «deslocalizado» todavía llevándose la producción a China, África o la India, donde abunda la mano de obra esclava. El siglo XX en Occidente convirtió a los obreros industriales en «clase media». El lenguaje político socialista contemporáneo transformó a la clase media contribuyente en «ciudadanía», haciendo así hincapié en nuestro aspecto de «comunidad», de masa. Herederos de una antigua clase esclava que no han logrado ser «individuos libres». (El individualismo es burgués, totalmente reaccionario.

El individualismo es el equivalente a los «medios de producción» de antiguamente). Hoy «Ciudadanía» es un eufemismo, el sinónimo posmoderno de «proletariado». Cosa lógica pues, al ritmo que nos despluman, pronto nos dejarán a todos más pelados que David Copperfield en el Londres de 1830.

Foto con negritos

Pilar Rahola en La Vanguardia

Vaya por delante el respeto que siento por todos aquellos que, movidos por la buena voluntad, dedican dinero y esfuerzo personal a intentar mejorar la vida en los rincones más olvidados del planeta. Pero también he pensado siempre que se trata de iniciativas que tienen más rédito moral en origen que efectividad real en destino. Es decir, que forman parte de la necesidad de algunos humanos de sentirse útiles, buenos y justos en un mundo inequívocamente injusto. Pero más allá de las motivaciones de cada cual –y sin tener en cuenta los intereses espurios de algunos–, sus esfuerzos se vuelcan en pozos sin fondo que no consiguen alterar la gravedad de la situación. Quizás porque cambiar el paradigma de la extrema pobreza no es cosa de bienintencionados que riegan el desierto, sino de proyectos estructurales capaces de hacer emerger el oasis. Todo ello, mejor dicho, viene a contar el antropólogo Gustau Nerín en un magnífico libro cuyo título provocador, Blanc bo busca negre pobre, es una declaración de intenciones. Para muestra, este botón: “África es un inmenso cementerio lleno de proyectos abandonados: hospitales que no se han inaugurado, letrinas nunca utilizadas, granjas de pollo que han durado lo que duran las subvenciones, guarderías polvorientas que nunca han visto un niño, ordenadores viejos parados por falta de electricidad…”. Para añadir: “La historia de la cooperación con el desarrollo en África es la historia de un fracaso. Nunca tanta gente, con tan buenas intenciones, había dedicado tantas energías a una causa inútil”. El resto del libro es un profundo ensayo que recorre las entrañas del buenismo occidental y las dinamita con tantas cargas de profundidad que obliga a una severa reflexión. Y, tal como reclama Nerín –y la mayoría de los grandes conocedores de África–, obligarían también a cambiar radicalmente de estrategia. De hecho, el propio Gustau me afirmaba que hace más por África la dictadura china, que no se mueve por mala conciencia, sino por intereses geoeconómicos, pero que deja estructuras industriales duraderas, que el mítico 0,7% del ideal europeo, cuyo “papanatismo” esconde, por otro lado, actividades económicas vampíricas que dejan a África seca de recursos. En realidad, se trata de una gran hipocresía. El libro es especialmente crítico con la ayuda “pública” en forma de caravanas de cooperación, u oenegés ad hoc, etcétera, más pensadas para la propaganda política y para alimentar el discurso populista de la solidaridad –cuando no para montarse aventuras exóticas– que como acción útil. En cierto sentido, una especie de reinvención progre del Domund de siempre, pero con carga ideológica. Lo cual redunda más en la idea de Nerín de que las fotos de los buenos blancos con los pobres negritos dan réditos en el mercado occidental, pero no sirven para nada. Eso sí, quedan bien en los currículum de algunos.

Peor que hace treinta años... y un día

Editorial de Libertad Digital

Para cualquiera que examine aunque sea someramente la realidad actual de Cataluña, resulta más que evidente que las denuncias contenidas en el Manifiesto de los 2.300 y sus lúgubres vaticinios no sólo tienen vigencia treinta años después, sino que, como afirma uno de sus firmantes más destacados, los redactores del documento se quedaron bastante cortos.

La valentía cívica de los firmantes del original, algunos de ellos a un alto precio, hizo posible que la sociedad española entera conociera los avatares de la comunidad lingüística castellanohablante en Cataluña, cuyos miembros eran despreciados por una incipiente casta nacionalista que, treinta años después, no se ha civilizado en lo que atañe al respeto del derecho individual del uso de la lengua materna en materia educativa, sino que ha culminado el proyecto del pujolismo consistente en erradicar la lengua española de la esfera pública a toda costa.

Pero la situación actual es mucho peor que cuando el Manifiesto de los 2.300 vio la luz, porque ese mismo problema que denunciaban sus firmantes, circunscrito a Cataluña, ha adquirido carta de naturaleza también en otras comunidades autónomas en las que el proyecto de erradicación de la lengua común de todos los españoles avanza a pasos acelerados. Y es que no sólo son las comunidades autónomas que han sido gobernadas largamente por partidos nacionalistas las que han perpetrado esta coacción intolerable hacia los derechos individuales de la mayoría de su población, sino también otras como Galicia o Baleares, en las que los nacionalistas sólo han formado parte de coaliciones durante cortos periodos. En la Comunidad Valenciana es aún más sangrante ya que allí donde no han gobernado jamás los nacionalistas y, a pesar de ello, para vergüenza de sus dirigentes, también resulta un trámite heroico intentar que los niños castellanohablantes se eduquen en su lengua materna, o que las relaciones con la administración puedan mantenerse en castellano tal y como exige la Constitución.

Pero este viejo proyecto nacionalista de construir un Estado independiente suprimiendo previamente cualquier vínculo emocional con la patria española, con la lengua común en primer lugar, no hubiera triunfado sin la cooperación necesaria de unas instituciones políticas nacionales que llevan más de treinta años evadiéndose de su obligación de garantizar los derechos individuales de todos los españoles, sin distinción del territorio en el que vivan.

La complicidad de las instituciones culturales y los medios de comunicación de masas ha sido también de tales dimensiones que, incluso hoy, treinta años y un día después del histórico documento, aquellos que han querido dedicar un sencillo homenaje a la efeméride han tenido serios problemas para encontrar un espacio público que albergara el acto.

El 12 de marzo de 1981, 2.300 españoles cumplieron con su deber exigiendo respeto para los derechos individuales de sus conciudadanos. Sirva su ejemplo para que la libertad no quede nunca huérfana de defensores, por más que arrecien los vientos totalitarios. En eso estamos.


El Manifiesto de los 2300 en Debates en Libertad (LDTV)

sábado, 12 de marzo de 2011

De persecuciones religiosas

GEES en Libertad Digital

En la historia de Europa, todas las manifestaciones de persecución religiosa han tenido tres características: en primer lugar, han comenzado justificándose mediante la apelación a la Ilustración, a la razón o al progreso, señalando a las creencias religiosas como rémoras del pasado incompatibles con la modernidad. El avance en términos de tolerancia justificaría así la intolerancia ante los cristianos: es la política que mantiene, por ejemplo en España el Gobierno de Zapatero, que ha ido más lejos que cualquier izquierda europea en ello. Paradójicamente, en el mundo musulmán, el radicalismo islamista persigue con igual intolerancia al cristianismo por lo contrario: por considerarlo representante de la modernidad. En suelo europeo, en el arrinconamiento cristiano ambos, islamismo e izquierdismo, colaboran activamente.

En segundo lugar, en Europa la persecución se ha llevado acabo con la excusa de que la religión no debe inmiscuirse en la sociedad. Los grandes totalitarismos del siglo XX, el socialista y el nacionalsocialista, consideraban que ninguna creencia ni ninguna regla de la conciencia debían situarse por encima de la sociedad y de sus instituciones. Puesto que toda religión implica por definición una vertiente social, el arrinconamiento y persecución de judíos o cristianos se vuelve infinito: en la medida en que exista un solo creyente, existirá el peligro de que la conciencia se vuelve contestataria. La misma paranoia contra los cristianos es la que lleva a los islamistas, desde Pakistán hasta Egipto, a perseguir a esta minoría hasta buscar su aniquilación: el caso de Mosul en Irak muestra a las claras esta salvaje estrategia. Es significativo el silencio que las elites laicistas europeas mantienen respecto a esta vulneración de los derechos humanos; simplemente el islamismo acaba con coches bomba con lo que el laicismo trata de acabar legislando desde el poder político.

En tercer lugar, la persecución religiosa en Europa ha comenzado siempre con burlas hacia los creyentes y sus convicciones por parte de grupos radicales, burlas amparadas por una legislación cada vez más rigorista con las prácticas cristianas. Es habitual que ambas cosas corran paralelas: determinados grupos radicales ridiculizan las prácticas religiosas –sea en televisiones y medios de comunicación o en acciones y raids contra los lugares de culto que vulneran la libertad religiosa–, contando con el amparo del poder ejecutivo que en vez de perseguir unas prácticas que atentan contra la libertad religiosa, las ampara y justifica con leyes de progresivo arrinconamiento del hecho religioso. Punto este en el que, sin embargo, el islam moderado resulta más comprensivo que el izquierdismo europeo.

Lo particular de la persecución religiosa en Europa es que la izquierda promueve y alimenta la exclusión del cristianismo de la vida pública, colaborando con ello con el islamismo en el continente. Sin embargo, en último extremo, éste es aún más agresivo con el materialismo que representa la izquierda postmoderna que con el cristianismo en cualquiera de sus variables. ¿Cree la izquierda, tanto la bienpensante como la radical que ridiculiza a los creyentes, ataca a Benedicto XVI y defiende el modo de islamización a lo Erdogán como un modelo deseable, que el islamismo la respetará una vez le haya hecho el trabajo sucio?

Matrícula de horror

Tomás Cuesta en ABC

SI un grupo de setenta energúmenos hubiera irrumpido en una mezquita en paños menores, a estas horas no sólo habría que lamentar abundantes desgracias personales entre tales botarates sino los lamentos y condenas oficiales, las glosas en torno a la tolerancia, la libertad religiosa y los sermones sobre la islamofobia que al parecer recorre Occidente. Ahora bien, si a esa misma turbamulta le da por tomar al asalto una capilla católica, semejante acto es tenido por una inocente gamberrada, una chiquillada, lo propio de la edad universitaria, el reflejo de un cerrado atavismo anticlerical ante el que cualquier crítica es señal inequívoca de la beatería propia de un cada vez más exiguo sector de meapilas. Como la profanación de iglesias y la alteración de los oficios católicos ocurre con una cierta frecuencia, la capacidad de asombro de la sociedad española empieza a ser francamente limitada, hasta el punto de que las palabras de Benedicto XVI sobre el laicismo agresivo se entienden aún menos que las prescripciones papales sobre el sexo y el matrimonio.

En este país se aplaude igual que los autoproclamados imanes reclamen a la Iglesia la cesión de la mezquita de Córdoba como la retirada de los crucifijos de las aulas, contradicción superada por la supuesta modernidad consistente en otorgar a los católicos del país el mismo reconocimiento que se dispensa a los cristianos en Egipto o Pakistán. El signo de los tiempos se define por el cambiazo de la asignatura de religión a favor de una Educación para la Ciudadanía sin la cual los jóvenes españoles no pueden llegar a la Universidad. Otra cosa es que suspendan las matemáticas, el latín, la química o la historia, cuyos créditos son las nuevas marías de un sistema educativo que pretende basarse en el respeto a la diferencia, siempre que esa diferencia, claro está, no sea la de ser católico, creyente o simplemente civilizado. En combinación con la autonomía universitaria, el resultado es la impunidad más absoluta, la transformación de los campus en un laboratorio de ensayo de la «kale borroka» contra el signo de la cruz ante el complaciente y cómplice silencio de las autoridades docentes y políticas. No de otra forma se alcanza a comprender la irrupción de la muchachada con las tetas al aire en la capilla de la Universidad Complutense, igual que antes ocurrió en la de la Universidad de Barcelona.

A fin de cuentas, el anticlericalismo es una de las señas de identidad de la progresía, un culto iconoclasta y un rito iniciático en el que se encuentran revolucionarios de fin de semana de todas las tendencias, desde el okupa que chapotea en la pila del agua bendita hasta el «antiglobalización» que sostiene en una mano el spray para embadurnar los muros de las capillas y en la otra el libro del Padre Pousa, el catecismo alternativo del cura catalán que bendice el aborto y presume de tener una «amiga especial». Es la teología inversa de la Alianza de Civilizaciones, de la Educación para la Ciudadanía, del talante y de un método formativo en el que la niña del exorcista sería algo así como el apogeo de la buena conducta y la inmersión lingüística. No sería de extrañar incluso que este último episodio formara parte del programa de prácticas de alguna asignatura delirante de Ciencias Políticas que habría permitido a sus protagonistas optar a matrícula, pero de horror.

viernes, 11 de marzo de 2011

11-M: La vergüenza que no cesa

Editorial de Libertad Digital

Siete años después de la masacre del 11-M, la única verdad incuestionable es el sufrimiento de las víctimas, un dolor multiplicado por el abandono, el olvido, la exclusión y el aislamiento a los que han sido sometidas por el Gobierno y por la oposición, por casi todas las instancias judiciales e institucionales, por la mayoría de los medios de comunicación y por quienes tendrían que investigar y llegar hasta el fondo de la mayor matanza terrorista de la historia de Europa.

jueves, 10 de marzo de 2011

Sombras de marzo

Gabriel Albiac en ABC

Soy extranjero en mi patria desde aquel 11 de marzo. Extranjero a su apuesta empecinada por el mejor no saber, porque vete a saber cómo serían las cosas si de verdad supiéramos. Pero yo, sin saber, nunca he tenido percepción alguna de una vida vivible. Sin saber, uno queda en menos que siervo: en animal doméstico. En esa cosa terrible que Baruch de Spinoza describe en la patética personalidad del ignorante: «Tan pronto como deja de padecer, deja también de ser». Y ama su humillación, porque sólo tiene eso.

La «verdad judicial» es una convención garantista. Debe ser respetada. No voy a cuestionarla. Entre ella y la verdad, la relación es la misma que entre la música militar y la música. No me concierne. La verdad, sí. Sin adjetivo. Mayormente, porque no conformarme con la mentira es lo que, bien que mal, me hace seguir viviendo. Platón lo llamaba filosofía. Pero no seamos solemnes. Empecinarse en la verdad, por áspera que sea, es ser un hombre. Un hombre. No esto.

Un siglo de Álvaro Cunqueiro

Juan Soto en ABC

EN este año que andamos se cumple el centenario de Álvaro Cunqueiro, uno de los escasos escritores aportados por Galicia a la literatura universal de todos los tiempos y el primero sin duda entre los del siglo XX. Nos hallamos, pues, ante una ocasión particularmente propicia para el reencuentro con un autor que poseyó como ningún otro aquella legendaria facultad taumatúrgica que los alquimistas medievales buscaron en la piedra filosofal: gozó del don de transmutar en oro todos los géneros literarios, desde la novela a la poesía, desde el teatro al periodismo, desde el artículo periodístico a la glosa coquinaria, desde la efímera hojilla volandera a la copla de ciego y al rondel de aguinaldo. En el conjunto de su obra, todavía necesitada de localización exhaustiva, no hay calderilla sino fulgor diamantino, «moneda de eternidad», por repetir el elogio que Cunqueiro aplicó a los versos de Hölderlin, una de sus constantes devociones, irrevocable desde sus lecturas juveniles.

Álvaro Cunqueiro nació el 22 de diciembre de 1911 en Mondoñedo, capital de una diócesis de la que fue obispo nada menos que fray Antonio de Guevara, el cronista de Carlos V. El Menosprecio de corte y alabanza de aldea que firmó el prelado en 1539 no es otra cosa que la nostalgia otoñal de los días mindonienses, cuando entre epístolas y sinodales se detenía a contemplar la orfebrería del atardecer sobre las hojas del roble y del abedul. La más certera definición de Mondoñedo y su más fiel retrato están en Merlín y familia, el libro en el que se subliman las excelencias de la literatura de Cunqueiro: ciudad «rica en pan, en aguas y en latín». El pan que allí todavía se cuece en hornos de leña; el agua del Valiñadares, que mana por los cuatro caños de la fuente de Os Pelamios; el latín salmodiado por los capitulares catedralicios y los colegiales del Real Seminario de Santa Catalina. Son también esos tres distintivos los que determinan y moldean la obra de Álvaro Cunqueiro. Está en ellos la razón de su perennidad, pues es seguro que quien se entregue a la lección cunqueiriana sentirá una emoción no sólo intelectual y estética, sino sensual y gustosa, como un sorbo de agua fresca, un pedazo de pan recién horneado o la exultante liturgia de los ritos antiguos.

Cuando en España caían de punta los chuzos del realismo social y las editoriales atufaban a aquel «insoportable olor a berza» que elevó a los altares de la crítica a tanto foliculario insignificante y situó en primera línea de escaparate a tanta novela de cemento sin fraguar, Cunqueiro se mantuvo inamovible en sus certidumbres estéticas. Consciente de que en la obra artística lo que no es auténtico es efímero, se convirtió en un resistente inflexible: frente al envite de la coyuntura sociopolítica, la firmeza de sus convicciones de escritor. No debe extrañarnos, pues, que la publicación, en 1955, de Merlín y familia fuese acogida por los acólitos de la progresía literaria con displicencia ramplona cuando no con la deportación al averno, actitud repetida al año siguiente al respecto de As crónicas do Sochantre, la segunda gran novela del autor, merecedora, en su traducción al castellano, del Premio Nacional de la Crítica, para disgusto de los mostrencos incondicionales del realismo pedestre y del naturalismo coprofílico.

Durante años, para los cazadores de heterodoxos y desviados Cunqueiro fue una pieza a cobrar. Su obra, iniciada con los poemas juveniles de Mar ao Norde, resonancia neotrovadorista del exquisito De catro a catro de Manuel Antonio, no era fácilmente abatible, salvo para quienes estuviesen dispuestos a hacer de la creación artística una cuestión de trincheras. Descartada la eficacia de la crítica literaria de combate, las posiciones personales del escritor mindoniense e incluso su propia biografía pasaron a ser argumentos invalidantes. Procedente del galleguismo epigonal de la xeración Nós, su posterior vinculación a Falange, tan fugaz como indolente, lo convirtió en receptor propicio de bofetadas en ambas mejillas. Para los celadores de un lado, Cunqueiro era alguien que nunca había abdicado de su galleguismo bautismal. Para los cancerberos del otro, Cunqueiro era un escapista que no cumplía ninguno de los requisitos imprescindibles para ser acogido en la cofradía. A su pertinaz reivindicación (o tal vez invención) de lo que Darío Villanueva llama certeramente «realismo maravilloso», se unía, además, la incorrección política imputable a una religiosidad proclamada sin complejos y a su actitud en la recurrente controversia sobre el bilingüismo, asuntos ambos que entre nosotros suelen derivar hacia antagonismos cainitas. «Creo en Dios, en la Iglesia, en el culto de los santos, creo en los poderes auxiliadores y creo sobre todo en el enorme poder de la oración», testimoniaba pocos años antes de su muerte en la revista confesional Vida nueva. No quedaba lejos su autodefinición como «escritor bilingüe en estado natural», un reconocimiento congruente con la proclamación de su libertad creativa: «Siempre he escrito lo que me ha gustado y como me ha gustado».

Esa indeclinable heterodoxia de Cunqueiro, unida a su perseverante independencia y a una indomable propensión a nadar contra corriente, le granjeó antipatías y envidias sin cuento. Ni siquiera con su retraimiento en Mondoñedo, una vez malograda la expectativa madrileña de los años 40, pudo esquivar la agresión de la maledicencia, por veces gravemente injuriosa. Como en Valle-Inclán, la farfolla de la anécdota venía como anillo al dedo para descalificar la excelencia de una obra que sobrevolaba a distancia sideral el canon imperante.

En Galicia, el sectarismo anticunqueiriano de ciertos sectores de la intelligentzia petardista duró hasta prácticamente el final de la vida del escritor. En enero de 1980, apenas un año antes de su fallecimiento, algunos sectores estudiantiles trataron de boicotear el acto de su investidura como doctor honoris causapor la Universidad de Compostela. Un alboroto inútil: para entonces ya la gloria de Cunqueiro fulgía por encima de voces y coces.

Hoy, a los cien años de su nacimiento, la obra de Álvaro Cunqueiro reafirma su primacía entre las más excelsas contribuciones de Galicia a las letras universales. El discurso con que en abril de 1963 tomó posesión del sillón académico que había quedado vacante tras la muerte de don Ramón Cabanillas, el último de los grandes poetas gallegos, se titula Tesouros novos e vellos. Quizá no haya rótulo que mejor evalúe la opera omnia del escritor de Mondoñedo. Su escritura es, en efecto, un venero inagotable de tesouros novos e vellos.

martes, 22 de febrero de 2011

Esperanza Aguirre

Alfonso Ussía en La Razón

Se ha ganado a pulso todo lo que tiene. La política, para ella, es una vocación, no una necesidad o un medio de supervivencia. Espero que nadie se ofenda con esta apreciación. Detrás de su educación y su sonrisa hay un muro de honestidad y firmeza invencible. Iba a escribir que detrás de su parecer suave hay unos nervios de acero, pero recuerdo a Valle Inclán boicoteando un estreno de Echegaray y me da la risa. Que así decía un personaje de Echegaray: «Parece de seda, pero sus nervios son de acero». Y Valle se incorporó de su butaca y gritó: «¡Eso no es una mujer, es un paraguas!».

Esperanza Aguirre pertenece a la familia liberal del Partido Popular. Nadie le ha subvencionado jamás. Salió de un helicóptero estrellado con la serenidad de los grandes. Mantuvo el tipo en un terrible ataque terrorista en la India. Esta mujer no está preparada para ser vencida por un tumorcillo. Va a ser intervenida en un hospital público. Y en Madrid. Y en España. No en Los Ángeles. Que nadie se ofenda. Te queremos mucho y somos muchos los que te queremos. Ganar una vez más no es complicado. Ánimo, Esperanza.

jueves, 17 de febrero de 2011

Progrez, lobreguez

Bernd Dietz en Libertad Digital

Damos la sensación de ser el país que con más entusiasmo ha abrazado la autodenominada cultura de la calidad, para acomodarla a coordenadas atávicas. Ya se sabe, esa tendencia a primar las apariencias sobre los realidades; el formalismo burocrático sobre el contenido efectivo; la aplicación interesada de la norma sobre la ecuanimidad de la medida; el soporte material sobre el mensaje; el rodillo indiscriminado sobre el análisis del caso individual; el membrete y el sello oficial sobre la certeza; la filiación sectaria sobre la valía del individuo concreto; la verdad judicial, jejejé, sobre la verdad de verdad. Y así sucesivamente, desde nuestro más rancio vaticanismo corleonés, hasta darle la vuelta a la bondad o cordura de las actuaciones cual si de un calcetín se tratase. Nada nuevo bajo el sol. Casticismo imperecedero. Modernez legañosa. La epifanía de asomarnos al espejo, sin poder culpar a nadie ajeno a nosotros.

La cultura de la calidad es progresista, pues establece protocolos que, si bien podrían ser engorrosos de cumplir para una cabeza creativa, no requieren talento, inteligencia o querer pensar. Es igualitarista, al odiar cualquier jerarquización axiológica o prelación intelectual (algo complementario con que la señora Aído, sus denunciadas dadivosidades aparte, montase un organigrama con nueve mujeres por cada varón, de sobrada que iba). La cultura de la calidad descrita se explaya a dos carrillos sobre la exigencia. Hipócritamente. Pues sabiéndose entre pardillos, conmilitones y otros artistas de la simulación, la concibe como puritita sumisión a sus dogmas, reglamentos, encuestas, autoinformes, auditorías y demás juegos de manos para justificar lo torcido. Y así se llenan los bolsillos los embelecadores, nescientes y obcecados que conforman el mandarinato de la corrección política. Porque políticamente correcto quiere decir aquí: moralmente injusto e intelectualmente falso, una sordidez obligatoria al mandarlo la moda y quien tiene la sartén por el mango.

La cultura de la calidad es a la calidad lo que la didáctica de las matemáticas es a las matemáticas: un sucedáneo infantil, prescrito con receta populista; una suplantación en cartón piedra, un MacGuffin para velar las verdades; y una ocasión de oro para que quienes aborrecen el álgebra campen sobre los matemáticos, autoproclamándose sus intermediarios y superiores jerárquicos en la pirámide institucional. La potestas metiendo en vereda a la auctoritas. Lo de siempre. Algo para dar gustito a acomplejados, desaprensivos y manilargos. ¿Acaso llegar democráticamente al poder, como hizo Hitler y han hecho otros tarados devastadores (con o sin ayuditas de terroristas, cloacas e intoxicación mediática, según aquí nos suena), garantizó alguna vez que fuera a gobernarse con sabiduría y honestidad?

Aunque, puestos a hablar de macguffins, de corrección política y de cultura de la calidad, nada como la hipersensibilidad, melindrosa hasta el ridículo, con la velocidad en las carreteras, el humo del tabaco o el lenguaje ofensivo de un ciudadano de derechas con respecto a otro de izquierdas. A la inversa es metafísicamente imposible que pueda mediar insulto, pues resulta de lo más natural y reivindicativo que ministras del jaez de Pajín justifiquen sus antojos porque la decisión les sale de los cojones [sic] o que toda una subdirectora general de Tráfico se dirija por conducto oficial a sus subordinados con admoniciones del tipo por el culo te la hinco [sic] y chúpame un huevo [sic]. ¡Ay del que perciba una agresión sexista, que lo fulminan obligándole a dimitir los mismos ingenieros de almas que pretenden perseguir penalmente que a un gordo se le pueda decir gordo!

Situar tales asnadas de cotolengo en el epicentro de la actualidad política, poniendo a su servicio a jueces, policías, comunicadores, rockeros, actores e intelectuales de prosapia progresista, funciona. A estos custodios de la ética no se les ocurriría ni por asomo escandalizarse con el caso de la hija de Chaves, las mesnadas de parientes de altos cargos que se han forrado el riñón (y el resto de las vísceras) con los ERE y las coimas de Al-Ándalus o las malandanzas de ese hombre-orquesta y cazador cazado que es el señor Garzón. Están demasiado ocupados considerando ilegalizar o amaestrar todavía más al PP, puesto que tales fieras (y no los aprovechados de la nomenklatura socialista y sus papás) estarían dizque emparentadas con el régimen anterior. Nuestra casa de orates y pícaros queda humillantemente expuesta. En la última cena de Viridiana (empeorada, aumentada y con sillón vitalicio para los comensales) resplandece el emblema de lo que, con ahínco y desparpajo, hemos logrado darnos.

"Una política tabernaria, incompetente, de amigachos, de codicia y botín, sin ninguna idea alta". Así calificaba Manuel Azaña a sus colegas de recio progresismo, a la hora de explicar el batacazo de la II República. El franquismo aún no tenía carácter. ¿Qué no vituperaría hoy, una vez instalados estos nuevos resabios, el político alcalaíno (quien pese a sus notorios defectos era un hombre decente, dotado de corazón e inteligencia) de los miembros y miembras que cortan hoy el bacalao, mientras esparcen su vileza a espuertas, en nuestra triste y bienamada España?

Cuando el dedo señala la luna, la cultura de la calidad mira ominosa a nuestras partes blandas, dispuesta a despojarnos, con monomanía capadora, de cuanto de fecundo sobreviva entre nosotros. Cuando haya arramblado con todo, podrá cortarnos a machetazos, quemar nuestros cuerpos, todavía palpitantes, y decretar el hermanamiento con Uganda, donde jamás habrían desentonado, hasta ahí podríamos llegar los apóstoles de la alianza de civilizaciones, el GAL, el gracejo de mienmano y el 11-M.

Dictaduras de nueva generación

Lara Vidal en Libertad Digital

La fe de algunos políticos y periodistas en determinadas consignas supera con mucho la de no pocos creyentes en cualquier religión. El caso de Egipto es buena prueba de ello. Mucho hablar de que el pueblo egipcio estaba viviendo una primavera de libertad y, al final, todo ha terminado en un cuartelazo más. Los que conocen la Historia de Egipto –pocos, dicho sea de paso– lo habían dicho y, por supuesto, no se equivocaban. ¿Va a surgir de este golpe militar una democracia? Sinceramente, no cabe esperarlo. En realidad, lo más seguro es que nos encontremos, al final de todo, con una dictadura de nueva generación.

Lenin, Hitler, Stalin, Castro estaban convencidos de que sin una buena red de represión penitenciaria era imposible mantener su gobierno tiránico. Se equivocaban y lo pagaron decenas de millones de desdichados. La caída del Muro de Berlín dejó de manifiesto que es más que posible instaurar un régimen dictatorial permitiendo, al mismo tiempo, los partidos, elecciones periódicas e incluso cierta libertad de prensa. Naturalmente, para mantener en pie el edificio hay que controlar una distribución de los medios de comunicación que logre que su labor no pueda alterar un resultado electoral. También hay que cercar a los opositores –incluso sobornarlos– de manera que no vayan más allá de un decorado escasamente efectivo. Finalmente, a los pocos disidentes que sigan quedando hay que convertirlos, silenciarlos o –sólo de manera excepcional– eliminarlos.

En una nación donde casi sólo se cuentan los logros del régimen y los desvelos por nuestro bienestar; donde la tradición histórica es más bien ovejuna y donde incluso se puede echar mano de un cimiento religioso dispuesto a pactar con el poder, el resultado suele ser el de la dictadura esperada. Formalmente, se puede presentar de cara al exterior la imagen de un régimen que si no del todo democrático al menos avanza por el luminoso sendero de las reformas. En la práctica, nos encontramos, sin embargo, con una dictadura que ha seguido el consejo de Lampedusa de cambiar todo para dejar todo igual.

Es lo que va a suceder en Egipto; es lo que sucede en la Rusia de Putin y es lo que desgraciadamente se viene persiguiendo desde hace décadas en naciones como Italia y España por no citar buena parte de Hispanoamérica. Al final –no cabe engañarse– la democracia sólo ha arraigado sin marcha atrás en naciones donde triunfaron los puritanos (Inglaterra, Estados Unidos y las antiguas colonias del Canadá, Australia y Nueva Zelanda) o la Reforma fue indiscutida desde el principio como es el caso de Holanda o las naciones escandinavas. Donde, por el contrario, la democracia ha nacido como consecuencia de la segunda guerra mundial o de las presiones norteamericanas no es que exista posibilidad de retroceder en lo avanzado, es que hay una enorme posibilidad de degenerar en dictaduras de nueva generación y, llegado el caso, da lo mismo que quien gobierne se llame Suleimán o ZP.

Humo y hierbas del 68

Cristina Losada en Libertad Digital

Tiene guasa que los parvenus al sesentayochismo se hayan cargado el espíritu del 68, pero así es y así parece. Qué mayor símbolo de ese parricidio que la amenaza de multa al musical Hair a cuenta de que se fuman unas buenas hierbas en escena. Se meten con Hair, nada menos. Una obra que, junto a Oh! Calcutta!, Jesucristo Superstar o el Rocky Horror Picture Show, representa y revive de inmediato, sólo con nombrarla, aquella época desordenada que luego hemos padecido como mito. Y mitificada, en especial, por quienes ahora blanden las tijeras de la censura, sea para proceder a la castración de unos porros de mentira o retirar anuncios de ropa interior femenina. Nada respetan, ni libertad artística ni, por supuesto, libertad individual. Cómo van a respetarla, si es la madre de todos los vicios.

Encabezado por lustrosas ñoñas, tenemos en faena al negro batallón que en la comedia de Ibánez Serrador actuaba bajo el nombre de Liga Femenina contra la Frivolidad. Cualquier día, vestirán a la Maja desnuda. Ya sucedió al otro lado del charco. Pero que le quiten el humo a Hair no ha ocurrido ni allí donde se aplican leyes anti-tabaco severas. Y es que a Pajín y compañía les pasa como al nuevo rico. Han de demostrar que son lo que no son, sobreactúan, se exceden en la imitación y el resultado es el ridículo. Alega esa ministra que el teatro es un lugar de trabajo y no cabe excepción. Reduce, así, el espacio de la obra dramática a la prosaica condición de oficina, a un lugar corriente y moliente, lejos del fuego sagrado del arte. Aunque bien les está a quienes tanto insistieron en proletarizarse como "trabajadores de la cultura". Lo cual nos lleva al cine: ¿se prohibirá fumar en las películas? Hable, Leire.

El conflicto de intereses entre fumadores y no fumadores se podía resolver con sentido común y, en los bares, con buena ventilación. Pero el Gobierno prefirió sumarse a la histeria rigorista y aun añadirle. El neopuritanismo en boga, con su selectiva intolerancia, le va como anillo al dedo a ese autoritario que el ungido lleva dentro. Cierto, de aquellos "prohibido prohibir" han venido estos "todo prohibido", al fosilizarse la heterodoxia y el antiautoritarismo en sus contrarios. Pero ese grupo generacional que aquí se ha elevado a ministerios y poltronas sabe de aquello lo que haya visto en los tebeos. Su intolerancia, rigidez e intransigencia vienen de fábrica. Pobre gente sin mundo que quiere presumir de referencias. Qué 68. Sólo son paletos.

El imperio de la lengua

Francisco Caja en Libertad Digital

Que la política lingüística escolar llevada a cabo en los últimos 17 años por el Gobierno catalán –la imposición del llamado sistema de inmersión lingüística– no sólo está fuera de la ley, sino que es inconstitucional está fuera de toda duda tras las recientes sentencias del Tribunal Supremo. Dice el Tribunal Supremo:

Como afirma el motivo y en contra de la doctrina del Tribunal Constitucional esa exclusión de hecho del castellano como lengua vehicular pervierte el modelo lingüístico establecido en la Constitución de conjunción lingüística o de bilingüismo integral de modo que se implanta un modelo de inmersión lingüística contrario al espíritu y a la letra de la Constitución.

Y en consecuencia, el Tribunal Supremo ordena a la Generalidad que adopte

cuantas medidas sean necesarias para adaptar su sistema de enseñanza a la nueva situación creada por la declaración de la sentencia 31/2010 del Tribunal Constitucional que considera también al castellano como lengua vehicular de la enseñanza en Cataluña junto con el catalán, incluyendo el derecho de los niños en educación infantil a recibir la enseñanza en la lengua peticionada por los padres y de igual modo declaramos que el modelo oficial de preinscripción en educación infantil ha de preguntar por la lengua habitual a los padres o tutores de los niños preinscritos en los cursos escolares en centros sostenidos con fondos públicos.

¿Cuál ha sido la respuesta de la Generalidad a la inapelable (en un Estado de Derecho) decisión del Tribunal? No acatar la sentencia. De manera ostentosa: tanto la consejera de Enseñanza como el presidente de la Generalidad han declarado de forma reiterada que no modificarán ni una coma de su política y seguirán implantando el sistema de inmersión lingüística. Y en la primera ocasión (al aprobar las normas de preinscripción y matriculación para el próximo curso) han dictado una resolución que hace caso omiso de las resoluciones judiciales: sigue imponiendo el sistema de inmersión lingüística, no contempla el derecho de los niños en educación infantil a recibir la enseñanza en la lengua peticionada por los padres y no incluye la pregunta por la lengua habitual del escolar.

Está claro, para el Gobierno catalán el imperio de la lengua está por encima del imperio de la ley. ¡Todo por la lengua sagrada! Porque la lengua sagrada exige todo: si es necesario delinquir, se delinque. Porque no acatar las decisiones de los tribunales y dictar, como es el caso, una resolución injusta a sabiendas de su injusticia es un delito.

Pero una cosa es cierta: ellos son lo que son no por designación de la diosa lengua sino por la ley: la ley y no la lengua los ha hecho presidente y consejera de la Generalidad, unos cargos a los que han accedido tras jurar o prometer fidelidad a la Constitución. Al negarse a someterse al imperio de la ley que legitima su poder, se deslegitiman y se hacen indignos para ejercerlo. Por esa razón han de ser separados del cargo que ejercen; esa es la pena que reserva el Código Penal para los culpables de un delito de prevaricación: inhabilitación especial para empleo o cargo público por tiempo de siete a diez años.

Están en juego los fundamentos mismos del Estado de Derecho: el sometimiento de los poderes públicos a las decisiones de los tribunales de justicia, la separación de poderes, fundamento desde que Montesquieu lo escribiera en su De l’esprit des lois. Convivencia Cívica Catalana ha presentado la correspondiente querella criminal para restaurar en Cataluña el Estado de Derecho. Porque el imperio de la ley deber estar por encima del de la lengua para que un orden político pueda ser llamado democrático.

¿Cuál será la actitud del Ministerio Fiscal, que, recordémoslo, "tiene por misión promover la acción de la Justicia en defensa de la legalidad, de los derechos de los ciudadanos y del interés público tutelado por la Ley, de oficio o a petición de los interesados, así como velar por la independencia de los Tribunales y procurar ante ellos la satisfacción del interés social"?

¿Quién indemnizará a los padres cuyos hijos no ha recibido la educación bilingüe que prescribe la Constitución española durante los últimos diecisiete años? Los Gobiernos catalanes han contraído una grave responsabilidad por la que los ciudadanos catalanes le deberán pasar cuentas. Que sus hijos reciban una enseñanza bilingüe depende de ellos; tras las sentencias del Supremo bastará con exigirla mediante una sencilla instancia al Gobierno catalán: los pueden hacer poniéndose en contacto con Convivencia Cívica Catalana a través de su página web. Para restaurar en Cataluña el imperio de la ley.

Francisco Caja es presidente de Convivencia Cívica Catalana.

Violencia doméstica e incompetencia gubernamental

Editorial de Libertad Digital

"Dime de lo que presumes y te diré de lo que careces": eso dice el refranero español, y eso mismo se le podría aplicar a los propagandísticos desvelos del Gobierno de Zapatero por atajar la violencia doméstica frente a su rotundo y clamoroso fracaso en este terreno.

Por puro afán propagandístico, Zapatero impulsó nada más llegar al poder la demagógica Ley de Protección Integral contra la Violencia de Género, que establece penas distintas en función de si la violencia la perpetra un varón o una mujer. Además de cercenar con ello un principio constitucional como la igualdad ante la ley, esta normativa discriminatoria carecía de suficientes medidas protectoras y de la financiación necesaria, al tiempo que ignoraba normas que ofrecían un claro riesgo de solapamiento e interferencias entre administraciones. Así se lo advirtieron claramente al Gobierno órganos consultivos como el Consejo General del Poder Judicial, el Consejo de Estado y el Consejo Económico y Social. Pero el Gobierno hizo caso omiso de todo ello, con el condesciende respaldo de la oposición.

Otro tanto se podría decir del recientemente suprimido Ministerio de Igualdad, que no ha servido más que para dilapidar ingentes cantidades del dinero del contribuyente. Esta ya de por sí costosa burocracia no ha hecho otra cosa que subvencionar delirantes "estudios" sobre la mujer y el feminismo, del que se han aprovechado organizaciones afines al PSOE, al tiempo que solapaba o incluso sustituía la acción de la Justicia con "cursillos de igualdad" en sustitución del cumplimiento de la pena de reclusión a los maltratadores.

Paralelamente, el Gobierno ha escatimado medios a quienes deberían ser los principales encargados de velar por la integridad de los ciudadanos, como son los tribunales de Justicia y la policía.

El resultado de todo ello ha sido el espectacular incremento que, desde 2004 y año tras año, ha experimentado el número de mujeres asesinadas a manos de sus parejas o ex parejas en nuestro país. En este sentido, la última víctima mortal de la mal llamada "violencia de género", asesinada este martes en Málaga a manos de su ex pareja, no por paradigmática deja de ser un episodio más en esta sangrienta crónica de un fracaso anunciado: una comisión del antiguo Ministerio de Igualdad y de la Federación Española de Municipios y Provincias (FEMP) denegó en agosto a la víctima el servicio de teleasistencia móvil para víctimas de violencia de género. Pero lo más grave de todo es que su ex pareja y presunto asesino tenía ya una sentencia condenatoria por dos delitos de amenazas en el ámbito familiar y por un delito de maltrato simple. Su pena a dos años de prisión fue suspendida, condicionada al cumplimiento de cursillos "en materia de igualdad".

Al rifirrafe entre las distintas administraciones a la hora de echarse la culpa por la denegación de la ayuda que requirió la víctima, se suma la denuncia efectuada por policías destinados a unidades de prevención, asistencia y protección a las víctimas de malos tratos, que aseguran carecer de medios básicos para llevar a cabo su tarea, como vehículos u ordenadores.

"Algo ha fallado", ha tenido que reconocer Rubalcaba. Y tanto que sí: han fallado las demagógicas presunciones con las que este Gobierno no ha hecho otra cosa que encubrir sus carencias a la hora de combatir esta lacra social.

Cursillo de igualdad

César Vidal en La Razón

Era una de tantas mujeres maltratadas. Pidió ayuda a la judicatura y a una federación de municipios controlada por el PSOE. Se la denegaron. La razón era de peso. Su maltratador había seguido un cursillo de igualdad, una de las genialidades de la ministra Aído mantenida por su sucesora Pajín. El resultado de esa suma de decisiones fue rápido y fulminante porque el maltratador mató a la maltratada y el nombre de la víctima, en apenas unas horas, se disolvió en el largo listado de muertes no evitadas por la legislación y la gestión de los gobiernos de ZP. En un acto de cinismo tan propio de él como lo es el veneno en la serpiente de cascabel, Alfredo Pérez Rubalcaba, el ministro del Interior que no ha logrado contener el ascenso de la criminalidad, nos ha informado de que la muerte se ha producido porque algo ha fallado. Se trata de una afirmación digna de figurar en una antología de grandes figuras al lado de Confucio, Platón o el mismo Jesús de Nazaret. Claro que bien mirado sí es cierto que algo ha fallado. Ha fallado la ideología de género de arriba a abajo y el último crimen es tan sólo una de sus pavorosas consecuencias. Cualquiera que ha tratado a delincuentes por un tiempo sabe de sobra que toda esa palabrería progre sobre las causas sociales e ideológicas del delito es una estupidez además de mayúscula sumamente peligrosa. Hay gente de humildísima cuna que, a pesar de agobiantes circunstancias, tiene una honradez acrisolada y personajes de alto rango que, criados entre algodones, no han dejado de delinquir desde que alcanzaron el uso de la razón. Si a semejante necedad se suma la ideología de género, las consecuencias son, en el sentido más literal, letales. Pero claro, la ideología de género insiste en que es la horrible sociedad machista la que provoca los crímenes y puesto que la causa se encuentra en la ideología presupone que un cambio radical de ésta puede tener efectos beatíficos. La primera consecuencia de semejante dislate es que fuera de la violencia doméstica han quedado las agresiones de las hijas hacia las madres –cifra escalofriante– la de los padres hacia los niños –peor si cabe– o la de las mujeres hacia sus parejas. Como todos esos casos, por sangrantes que sean, no encajan en la ideología de género se niegan y adelante con las miembras. La segunda es la manipulación que de la ideología se lleva a cabo en las más diversas ramas de la Administración lo mismo contratando más de un noventa por ciento de mujeres en el Ministerio de Igualdad que presentando, como ha indicado algún juez, falsas denuncias contra el ex marido que, por el hecho de ser varón, ya es culpable. La tercera –y peor– es que como el delito no es abordado como tal sino como un proceso ideológico sujeto a dudosos métodos de ingeniería social los homicidios y las agresiones no han dejado de aumentar. La vida de esta desdichada mujer –como la de tantas– ha sido sesgada por un delincuente repugnante, pero la culpa de que no haya recibido la protección adecuada recae sobre las Bibianas, las Leires y las miembras que difunden una ideología de resultados criminales, ésa que cree que se puede reformar a un asesino potencial mediante un curso de igualdad.

Violación en la plaza

Alfonso Rojo en ABC

El comunicado de la CBS, corto y frío como un escalpelo, estremece. Cuenta que el 11 de febrero, el día que Mubarak fue destronado, la corresponsal Lara Logan estaba cubriendo el jolgorio de la Plaza Tahrir cuando fue rodeada por una turba de hombres enfebrecidos, separada a empellones de su equipo, violada brutalmente muchas veces y golpeada hasta el desmayo. Fue rescatada, al final, por una veintena de soldados alertados por varias mujeres y ahora se recupera en un hospital de Estados Unidos.

Lo primero que se le ocurre a uno es que para ser la Revolución de la Luz, como algunos la han bautizado poéticamente, la de Egipto ha tenido un prólogo bastante sombrío. No entro a juzgar, porque me produce vómito, el comportamiento de los facinerosos, que no eran unos pocos sino doscientos, pero creo que la actitud de la gente merece una reflexión.

¿Cómo es posible que algo así pueda suceder a la vista de todo el mundo, en medio de la multitud y con semejante saña? ¿Ser rubia, mujer, guapa y occidental va a ser también pecado?

No sería justo convertir la anécdota, por espantosa que sea, en categoría, pero resulta evidente que los protagonistas de la revuelta no eran solo blogueros, tuiteros y ejecutivos de Google, abrasados por el deseo de libertad y empeñados en tomar el destino en sus manos.

No hay epitafio sobre el régimen de Mubarak, donde no se afirme que Internet ha sido el arma más potente de la oposición, pero cada día tengo más dudas. Se pasa por alto que los secuaces del rais fueron capaces, en minutos, en la medianoche del 28 de enero, de cortar Facebook, Twitter, correo electrónico y «sms». Y que tuvieron seco al país cinco días. ¿Y si fue el Ejército, como en la Rumanía de Ceaucescu, quien manejo todos los hilos? Incluido el de internet.

miércoles, 16 de febrero de 2011

Intervencionismo asfixiante, también en patios y teatros

Editorial de Libertad Digital

La Generalidad catalana amenaza con multar a los responsables del musical Hair que se representa en un teatro de Barcelona por incumplir la Ley Antitabaco. Un colegio en Sitges ha puesto una señal en rojo en el expediente de un niño por no hablar en catalán en el patio durante el recreo. Estas son sólo dos recientes muestras de a qué delirantes extremos puede llegar el poder público en su obsesiva y liberticida obsesión por inmiscuirse en todos los ámbitos de la vida de los ciudadanos.

Si en el primer caso esos extremos alcanzan la crueldad con un niño (que ha tenido que preguntar a su madre qué es lo que había hecho mal), en el segundo, los políticos tratan a los adultos como a niños que estuvieran expuestos a peligros que, por sí solos, no pudiesen evitar. El director del musical ha tenido que explicar que lo que fuman los actores en el momento de interpretar a los hippies de los años 60 no es tabaco, sino una mezcla de maria luisa, albahaca y hojas de nogal. A pesar de esta explicación, que ya debería resultar innecesaria en una sociedad libre y adulta, el estúpido y liberticida fundamentalismo de la ministra de Sanidad, Leire Pajín, no ha cedido un ápice: "Igual que en teatro los crímenes no son reales, que simulen que fuman".

Con todo, criticar estos delirantes extremos a los que llega el intervencionismo público sólo conlleva un riesgo: el pensar que, sin ellos, normativas como la que impone el catalán como una única lengua vehicular en Cataluña, o como la que prohíbe fumar en cualquier establecimiento privado abierto al público, sí podrían llegar a ser consideradas equilibradas o razonables. La libertad que ambas cercenan no se recuperaría porque dichas normativas concedieran, a modo de excepción, permisos en el reducido ámbito de un patio escolar o en el de un escenario teatral.

Se preguntaba hace dos siglos G.H. von Berg "¿cómo fijar limites concretos al poder supremo si se le asigna como objetivo una felicidad universal vagamente definida, cuya interpretación se confía al juicio de ese mismo poder? ¿Han de ser los gobernantes padres del pueblo, aun asumiendo el grave riesgo de que se conviertan también en sus déspotas?".

Este paternalista o represor intervencionismo estatal ha terminado siendo, efectivamente, despótico, desde el mismo momento en que el poder público no ya sólo se arroga competencias en la felicidad de los ciudadanos, sino que también pretende "normalizar" sus usos lingüisticos, preservar su salud, dictaminar su sensibilidad ante determinados espectáculos o legislar su memoria histórica. No hay que extrañarse de que la gente termine así viendo en la "ley", no la salvaguarda de su libertad, sino su principal foco de agresión.

NAZIonalistas

Juan Morote en Libertad Digital

No entiendo que me sigan causando estupor las aberraciones educativas de estos xenófobos que pueblan la periferia de España. Los denominados nacionalistas no entienden la defensa de las señas de identidad culturales propias como un patrimonio que debemos preservar, sino que, desde su perspectiva, esas señas son un garrote con el que agredir a todo aquel que no las abraza. La literatura está llena de ordalías, torturas para abjurar de un credo, y también de defensas heroicas de la fe heredada de los mayores.

En Cataluña pretenden que la gente se inmole en la defensa de las señas de identidad de la cultura que identifica la nación española. Como además de sectarios son poco imaginativos, han copiado el procedimiento nazi de señalar a los judíos. Aquellos los marcaban con pintura de color que destacaba en las vestimentas negras de los judíos para escarnio público. Pretendían con la marca la humillación pública del judío, y consiguientemente su exclusión social, era una fase más de la agresión previa al exterminio. Todos hemos podido contemplar estas imágenes tomadas en los documentales del gueto de Cracovia. Siempre pensé que su mera contemplación serviría de lección para que nunca más volviera a suceder nada parecido.

Setenta años después del inicio de la Segunda Guerra Mundial, y noventa años transcurridos desde el ascenso de Hitler al liderato del Partido Nacional Socialista Alemán de los Trabajadores, aún quedan nacionalistas que siguen su ejemplo. Han trocado algunos elementos para adaptarse a los tiempos, pero la esencia se mantiene. Si Hitler predicó la degradación humana de las razas judía y gitana, los nacionalistas ligeramente más sutiles han empezado por denigrar la cultura y las tradiciones españolas. En cambio, han coincidido en la metodología empleada: nazis de antes y de ahora marcan con distintivos a quienes quieren aislar, asustar, quebrar en definitiva. De esta guisa han obrado los representantes de un colegio en Sitges que han colocado un llamativo distintivo rojo en las notas de un niño por no utilizar en sus conversaciones la lengua vehicular del centro. Los nazis colocaron un brazalete a todos los niños judíos de Cracovia tras la invasión.

La utilización del distintivo no pretende otra cosa que identificar al niño como diferente, en el sentido más negativo posible. Se trata de un atropello a la dignidad del menor, a su intimidad, al derecho de los padres a elegir la lengua en la que su hijo debe ser educado; es un atropello al derecho del menor a ejercer el derecho constitucional a utilizar el español como lengua para lo que le de la real gana, sin embargo no tengo ninguna esperanza en que la Fiscalía de Menores abra siquiera unas diligencias para esclarecer lo sucedido. ¿Y con el resto de padres? Pasará lo de siempre, los malos contarán con la complicidad de la cobardía de los buenos.

El "pa negre" de cada día

José Antonio Martínez-Abarca en Libertad Digital

El cine Español me recuerda a aquel Pecé (Partido Comunista de España) cuyos mandatarios provinciales llegaban a los pueblitos donde no tenía ni aparato, ni bases ni más votantes de los que se podían subir a una "montesa" y el único representante comunista en la localidad, algo desanimado, les preguntaba a sus jefes si dada la situación no era mejor adaptarse a los tiempos o incluso disolverse. Y los jefes respondían dándole, a su hombre en el pueblo, con el dogma en la cresta: "El Partido Comunista no cambia ni se disuelve, el Partido Comunista se reafirma". El cine español, como ha quedado claro en la última gala de los "goyas", ni cambia ni se disuelve, que sería lo lógico: el cine español se reafirma en lo suyo. El viejo dogma comunista. Con la expresa idea de hacer lo contrario de lo que desea el hipotético público que no quieren que se agolpe para ver sus películas, le han dado todos los premios a otra de esos filmes más o menos catalanes sobre la postguerra civil después de cuya visión hay que desparasitarse. La Academia se ha propuesto ver quién puede más y se marcha de las salas antes, si las películas que se hacen en el país o el último acomodador que todavía quede en pie.

El cine español se mostraba en esta última edición de los Goyas autocomplaciente, desafiante y eufórico, porque este ha sido el peor año de recaudación desde que se recuerda y casi se ha logrado largar ya de los cines a toda esa gente que, fenomenal impertinencia, incluso trataba de opinar sobre lo que quería ver. Sólo faltaría. Como si el cine fuese un entretenimiento. Como si fuese una industria. Como si fuese un arte. Como si fuese nada excepto lo que la Academia española dice que tiene que ser (de la denuncia del fascismo a la investigación en torno a qué huelen las nubes, o la lluvia) y además cuando le salga de los güitos. Cuando las masas de público mayoritariamente joven piden películas que les hagan olvidar, para no abismarse en las simas de la desesperación, que son la generación perdida del país, cuando quiere, en fin, cosas con cierto acabado lustroso, con actores que sepan recitar, con temática posterior a la invención del tergal y que si puede ser contengan unas risas, el cine de su Academia viene y como siempre les ofrece "pa negre", cartillas de racionamiento, chocolate de algarroba, feísmo de "disseny", maquis de los cuarenta que huelen a "patchouli" del verano del amor de los sesenta, demócratas estalinistas de toda la vida y los malos malísimos de siempre. Y todo a cargo del director que debutó en el largometraje con una agradable película sobre sadomasoquistas tetrapléjicos que además son pederastas nazis y gays. Eso es lo que el fiscal general Cándido llamaba "acompasarse al sentir social".

Ha cumplido su objetivo de la temporada, el cine español. El Partido Comunista y la Academia de Cine, como no podría ser de otra manera, se reafirman. La triple papada de Leire Pajín gorgotea satisfecha, apenas conteniendo la hinchazón que un día de estos explotará como la tripa del señor Creosota en El sentido de la Vida de Monty Phyton. La ministra Sinde hace palmas con las orejas. Casi no queda nadie ya entre los cinéfagos españoles que quieran ver lo que hacen las subvenciones del Ministerio con la condición humana. Con un empujoncito más, y premiando masivamente el año que viene alguna película de tesis que incluya algo de ajo, la Academia conseguirá lo que se propone. Que el público español adopte como propio el cine independiente montenegrino.

Las subvenciones matan el ingenio

Juan Ramón Rallo en Libertad Digital

Uno podría pensar que el director de Pa Negre, Agustí Villaronga, es un caradura redomado por trincar del erario público y, encima, restregárnoslo por la cara. Dice así: [Las subvenciones son necesarias] porque si no existieran, no podrían hacerse las cosas. Ni en el cine, ni tampoco en otras muchas actividades económicas".

En realidad, ya de entrada, la frase es una contradicción en los términos. Las actividades que no pueden desarrollarse sin subvenciones no son económicas, sino antieconómicas. Son la negación misma de la economía, esa ciencia que tiene como propósito destinar nuestros escasos medios a la satisfacción de nuestras más urgentes necesidades. Subvencionar es subvertir el orden de prelación de nuestros fines: despilfarrar medios escasos en la consecución de necesidades superfluas, de necesidades mucho menos urgentes que otras que, a causa de la subvención, quedarán insatisfechas.

No sé si los españoles, que son quienes han pagado coactivamente Pa Negre, valoran lo suficiente la película como para renunciar a otras de sus necesidades. Ni lo sé yo, ni lo sabe nadie: para eso está el mercado, para que la gente vote y se pronuncie. ¿Que Pa Negre es rentable? Entonces es que la gente valora más ese producto que los bienes alternativos que podrían haberse fabricado con los recursos que ha empleado y, en tal caso, más que subvenciones necesita una buena comercialización. ¿Que no lo es? Entonces es que los bienes y servicios que no se han llegado a crear por alumbrar Pa Negre resultaban más valiosos que la película y, por tanto, no debería subvencionarse.

Que Villaronga no conciba su trabajo sin subvenciones dice poco del atractivo que espera que le vayan a asignar los españoles a su filme. Pero dice mucho del efecto anestesiante que tienen las subvenciones. En un mercado libre, el empresario se esfuerza continuamente por conseguir que sus productos resulten de interés. Su escasa imaginación no es excusa para que se pasen por el forro los deseos de los consumidores, sino que representa una creíble amenaza de que serán expulsados del mercado a menos que se busquen las habichuelas para producir los bienes que los consumidores demandan con mayor urgencia.

La sinceridad de Villaronga es pues de agradecer: ni sabe cómo crear cine que agrade a los españoles... ¡ni falta que le hace! Las subvenciones matan el ingenio y permiten que los empresarios ineficientes se adormezcan subyugando a los consumidores. Tan destructoras son que el cine español ni se imagina cómo sería el mundo fuera de la subvención: es imposible; punto final. Bueno, entonces será que deberán ir dedicándose a otras cosas que probablemente les resulten a ustedes menos agradables y peor remuneradas pero que los consumidores sin duda apreciarán más. O eso, o aprendan a hacer cine de calidad que sobreviva sin desplumar al contribuyente.