sábado, 19 de marzo de 2011

El Patton de León

Hermann Tertsch en ABC

Se arrepentirá Gadafi por haberse erigido en el nuevo generalísimo Franco y haber comparado su conquista de Bengasi con la caída del Madrid republicano en 1939. No porque sea una solemne majadería, que lo es. Sino por la conversión guerrera a la que ha inducido al presidente del Gobierno español. ¡Quién le ha visto y quién le ve, a Rodríguez Zapatero! Qué animoso apareció tras su entrevista con Ban Ki Moon. Hasta suspendió un viaje a León para dedicarse a su agenda bélica. Ante la prensa, que él ayer sin duda intuía muy internacional, nos explicó que la contribución española en esta intervención armada en Libia será «importante». Y nos reveló que ha ordenado a las fuerzas aéreas y navales que estén preparadas para su misión. Los espíritus del general Patton y del mismísimo Churchill parecían allí presentes. «He dispuesto», dijo como quien se dispone a tomar el puente de Remagen sobre el Rin o acaba de ordenar a la Sexta Flota que cambie de océano. Advirtió a Gadafi que la comunidad internacional no se dejará engañar. Ya se ocupará él que sea así.

Está ya claro que tan muerto como el Zapatero obrerista o el Zapatero antinuclear, lo está el Zapatero pacifista. Aquel que sólo tenía por buenas las armas del Ché Guevara. Pero el destino le ha reservado una satisfacción a este nuevo héroe del asedio a Madrid, perdón Bengasi. Sólo debe lamentar que no le vea ahora su abuelo, no el franquista por supuesto, sino el bueno, el republicano. Con las armas de las potencias occidentales, Zapatero se olvida de las mezquindades de la política de este país menesteroso, y se erige en caudillo de la intervención compasiva. Todo un sueño. Se le veía disfrutar ayer en su nuevo papel de abanderado de la comunidad internacional en operación de castigo contra ese Franco con chilaba. Extraña impresión ver a este hombre decir cosas sensatas, aunque sea desde la impostura y por motivos equivocados.

La traición de los clérigos

Tomás Cuesta en ABC

«EL cataclismo de los conceptos morales en quienes educan al mundo». Bajo ese lema, Julien Benda publicó, en 1927, un libro que, desmañado, sin duda, en lo estilístico y alicorto, tal vez, en sus planteamientos académicos, resultaría, en cambio, tristemente profético. En «La trahison des clercs» (La traición de los clérigos), Benda denunciaba la obcecación suicida de esos intelectuales que, a derecha y a izquierda, sin distingos de credos, glorificaban con fervor los particularismos al tiempo que arrumbaban los valores de la universalidad en el trastero de las enciclopedias. El caso es que, por entonces, ochenta años atrás, en el frenético entreacto del siglo de la mega-muerte, los eximios intérpretes del pensamiento europeo no sólo no aprendieron de los errores del pasado sino que echaron leña al fuego de los horrores venideros.

De ahí el estupor con el que Julien Benda («el típico judío insignificante», apostillaba Charles Maurras desde las altas cumbres de la «grandeur» francesa) asistía al despliegue de fuegos de artificio que instaban a las naciones a encerrarse en sí mismas, a no ver más allá de sus adentros, a enfrentarse a las otras a cuenta de «su lengua», de «su arte», de «su filosofía», de «su cultura»; de su «volksgeist», en suma. Es decir, de «su genio». La era moderna —afirma— se despeja a través de una ecuación funesta que transforma «la cultura» en «mi cultura» y salda las conquistas del humanismo y la razón en el melifluo baratillo de la pertenencia.

Algo hemos avanzado, puesto que los «clérigos» de antaño se han convertido, hogaño, en príncipes de una Iglesia despojada de la universalidad «católica». Y atrincherada en ser sólo «catalana». Para trocar la teología en «ancilla politicae» (sierva de la política). No han de dar fe de Cristo, los obispos; sí, de su terruño: «Como obispos de la Iglesia de Cataluña, encarnada en este pueblo, damos fe de la realidad nacional de Cataluña, configurada a lo largo de mil años de historia». A eso Juan Pablo II llamaba el paganismo nacionalista. Contra esa absorción del cristianismo en apuesta política está elaborada toda la obra del Benedicto XVI que, en 2005, escribe: «El moralismo político al que hemos sobrevivido, y al que estamos sobreviviendo, no sólo no abre un camino de regeneración, de hecho lo bloquea. Lo mismo ocurre con un cristianismo y una teología que reducen el núcleo del mensaje de Jesús, el “reino de Dios”, a los “valores del reino”». O a los valores de la nación, si se prefiere.

A partir de esa sacralidad de la nación, todo se justifica. Igualar la actual paradoja migratoria con la presencia en Cataluña de andaluces («personas inmigradas de otros territorios de España», dicen los obispos) no es insulto; es necedad. Y quizá el sacrilegio del particularismo. Eso que exponía Ratzinger al reflexionar, en 1987, sobre la universal historia que «abre la Persona de Jesús de Nazaret, a quien se reconoce como el último hombre (el segundo Adán)… Se orienta hacia la entera raza humana y supone la abrogación de todas las historias parciales, cuya salvación parcial se ve ahora esencialmente como ausencia de salvación». Pero, para los de la tarraconense, no hay salvación fuera de la masía.

Los que creen y tiemblan

Juan Manuel de Prada en ABC

Para profanar una capilla hace falta odiar algo que, íntimamente, sabemos parte de nosotros; hace falta —como leemos en la Epístola de Santiago— «creer y temblar». Pues alguien que no fuera religioso pasaría ante una capilla como quien no la ve, o viéndola no entendiese su razón de ser. Es cierto que los sucedáneos idolátricos al uso pueden disfrazarse, mediante una suerte de «corteza civilizatoria», de indiferentismo religioso; y que muchos adeptos a tal o cual utopía política, solicitud terrena o ensoñación sensitiva logran pasar ante una iglesia fingiendo que no la ven. Pero no es menos cierto que, con frecuencia, tales sucedáneos idolátricos no hacen sino escarbar en la llaga abierta del odio religioso. Para desnudarse ante un sagrario hace falta «creer y temblar», hace falta ser un creyente vuelto del revés. Ni siquiera se puede considerar un acto de «salvajismo», pues en el salvaje actúa el puro instinto; y aquí el instinto se complica con los residuos turbios de las consignas ideológicas y la alfalfa suministrada en los medios de comunicación y en las aulas universitarias. Es, pura y simplemente, odium fidei, condimentado con su ración azufrosa de utopía política al uso, que en este crepúsculo de la historia se llama ideología de género.

Pero este tipo de sacrilegios empiezan a hacerse recurrentes; en lo que se demuestra que afloran sobre un caldo de cultivo en el que el indiferentismo religioso ha hecho su labor de zapa, incluso entre los propios creyentes. El sacrilegio sólo adquiere su plena dimensión tenebrosa cuando se tiene conciencia de lo sagrado; y, en este sentido, sospecho que esas ménades que se desnudaron ante un sagrario tienen mucha más conciencia de lo sagrado que muchos católicos que pasan ante el sagrario como quien pasa ante un armario (o en todo caso ante un semáforo, por aquello de la lucecita roja) y que comulgan de forma indecorosa. Y mucha más conciencia también, por cierto, que los eclesiásticos que dejan que hordas de turistas se paseen en pantalón corto por las iglesias, como se pasearían por una feria de muestras, y que permiten que sus feligreses comulguen de forma indecorosa. Esta pérdida del sentido de lo sagrado es un triunfo mucho más regocijante para los que creen y tiemblan que el numerito de las ménades en la capilla universitaria.

Del suyo



Si es que me hay cada publicista...

viernes, 18 de marzo de 2011

El negocio del miedo

Humberto Vadillo en Libertad Digital

"Miré cuando abrió el sexto sello, y he aquí hubo un gran terremoto y el sol se puso negro como tela de cilicio, y la luna se volvió toda como sangre".(Apocalipsis 6:12). El lector que estos días se asome desprevenido a buena parte de la prensa europea estará disculpado si sale despavorido camino de la casa de oración o de la de lenocinio. No es enfermedad exclusivamente europea: en Estados Unidos, que está casi tan lejos de Fukushima como los candidatos del PSOE quieren mantener a Zapatero el Radioactivo ya se están vendiendo pastillas contra las emanaciones nucleares. Las de Fukushima, no las de Zapatero.

La manufactura y marketing del pánico se ha convertido en una de las más rentables ocupaciones de nuestro tiempo uno de esos "yacimientos de empleo" con los que los social-keynesianos suelen ponerse estupendos.

Todos sabemos a estas alturas que el petróleo está a punto de acabarse y que la producción de alimentos ha tocado techo. No hay recursos suficientes como para alimentar a 7.000 millones de personas. Lo sabemos porque lo dicen los mismos que ya nos avisaron de que la tierra no podría sostener a 5.000 millones de personas.

Recuerdo que hace años un artículo de un suplemento dominical me amargo, brevemente, el desayuno. Comenzaba, casi textualmente: "En pocos años, se hará usted un corte en un dedo el lunes y el miércoles estará muerto". Aparentemente una super-bacteria resistente a casi todos los antibióticos iba a extenderse con suficiente fiereza como para devolvernos a la época anterior al descubrimiento de la penicilina. Sigo esperando.

La Gripe A iba a causar millones de muertos. ¿Se acuerdan? Esto iba a ser el infierno de Dante con mocos. A la postre los únicos millones que causó fueron los que se embolsaron algunos a costa del contribuyente. Millones de dosis de vacuna juntan polvo en los anaqueles del Ministerio de Sanidad.

Más dinero todavía costó el Efecto 2000. Por causa de chips repentinamente obsoletos aviones iban a caer en pleno vuelo y las centrales nucleares dejarían de funcionar. No podríamos usar los cajeros automáticos. Edad de Piedra, hola otra vez. El año 2000 llegó, pasó y no hubo nada.

¿Se acuerda alguien de la lluvia ácida? A mediados de los años 80 iba a acabar con hasta el último bosque europeo. Peter Gabriel le dedicó una canción. Lo cierto es que la superficie forestal europea no ha dejado de crecer desde el final de la Segunda Guerra Mundial y en España los bosques cubren el doble de la superficie que ocupaban a principio del siglo XX. Pronto será más fácil cruzar España siguiendo a la ardillita de árbol en árbol que a 110 por la carretera.

Cuando yo era niño nos asustaba la posibilidad del "invierno nuclear" y varios inviernos levemente más fríos de lo habitual dieron como resultado que se debatiera si entrábamos en una nueva glaciación. Hoy, gracias a Gore, somos conscientes de que el calentamiento global es el verdadero peligro: se deshielan los polos, mueren los osos polares, tan monos ellos y por su culpa se producen tsunamis como declaraba hace poco un Ministro Boliviano. Quizá el de Marina. El calentamiento global hace que se eleve el nivel del mar por lo que California y Valencia pueden ir contratando los gondoleros que se queden sin trabajo cuando Venecia se hunda del todo. La única duda que el calentamiento global admite es si ya hemos pasado el punto de no retorno a partir del cual la humanidad está condenada o si todavía nos podemos salvar dedicando más, mucho más, dinero público a la investigación y los investigadores.

Naturalmente no cuesta mucho convencer a los políticos, socialistas de todos los partidos. ¿Qué mejor justificación para que crezca el Estado que una buena crisis a vida o muerte? Y entre ser probo administrador o héroe salvador, la elección para el político está clara.

Las consecuencias son graves, en primer lugar el crecimiento del Estado se produce siempre a costa de la Sociedad que queda debilitada e infantilizada, más inerme tras cada pánico. En segundo lugar, los recursos malgastados en "protegernos" de males imaginarios han dejado de estar a disposición de sus legítimos propietarios que sin duda disponían de mejores usos alternativos. Finalmente es preciso recordar que la prosperidad occidental se basa en la racionalidad y el método científico. Estos pánicos manufacturados se alimentan de y a la vez fecundan una nébula oscura de supersticiones pre-científicas que ha venido a ocupar el sitio de la Religión en Occidente, el centro de la nebulosa lo ocupa un panteísmo irracionalista que rechaza todo lo que caracteriza como anti-natural y anti-ecológico. Un panteísmo que debilita las raíces mismas de la prosperidad humana. El mundo de Gaia-Pachamama es pobre, es oscuro y es siniestro y no me gustaría acabar viviendo en él.

El honor y el deshonor de Fukushima

Manuel Fernández Ordóñez en Libertad Digital

Ayer veía un titular en el telediario: "A la alarma nuclear se le suman 13.000 muertos". El pasado viernes el mayor terremoto de la historia de Japón hizo que todas las centrales nucleares se apagaran tal como está previsto y diseñado que hagan. Una hora después, un devastador tsunami destrozó toda la costa oeste del norte de Japón, incluyendo los generadores diésel de emergencia de la central de Fukushima Dai-ichi.

Sin energía proveniente del exterior y sin generadores diésel, pasadas unas horas, el reactor número 1 comenzó a calentarse. Horas después, la primera explosión de hidrógeno alarmaba al mundo y hacía hervir las redacciones de la prensa occidental. Los problemas continuaron en los reactores 2 y 3, donde varias explosiones de hidrógeno siguieron a la primera. Por si no fuera bastante, las piscinas de combustible gastado se sumaron a este cúmulo de despropósitos desatado por la naturaleza.

Varias decenas de héroes han conseguido estabilizar los tres reactores mientras sólo unos pocos creíamos en ellos. Permanecieron en su central, porque han estado media vida en ella, porque sus hogares están en los alrededores, porque los primeros evacuados fueron sus familias, porque a algunos no les queda nada... y aún así siguen inyectando agua con una manguera. Y cuando el tsunami les había quitado todo, vosotros, la prensa occidental, considerasteis que no era suficiente. Les quitasteis el honor, que es como quitarles el alma. Les acusasteis de huir, les tachasteis de cobardes. Cuando supisteis que era mentira, que no se habían ido, les llamasteis kamikazes.

Allí siguen, en Fukushima, donde el mar se llevó casi todo, en el epicentro de la mentira. Ayer veía un titular en el telediario, un titular de la prensa frívola: "A la alarma nuclear se le suman 13.000 muertos".

La radicalización islamista que viene

GEES en Libertad Digital

Mientras algunos se empeñan en no ver más que a liberales ocupar las calles y las instituciones de países como Túnez y Egipto, o los campos de batalla anti-Gadafi en Libia, lo cierto es que los vientos del yihadismo no sólo no han pasado sino que vuelven a un terreno cada vez más abonado para que traten de quedarse. Para ello no hay más que observar la evolución de los acontecimientos, por un lado; y recordar que los islamistas radicales –incluidos los "desradicalizados"– suelen permanecer fieles a sus creencias, que al final son "religiosas" tal y como ellos las perciben.

En el proceso que ha llevado al descabezamiento de los Estados en Túnez y en Egipto se han liberado muchos presos y se ha perdido el control de muchas armas, las fuerzas de seguridad en ambos países han sufrido o están sufriendo múltiples transformaciones y las posibilidades que se abren para los radicales, incluso para los que hace poco se habían declarado "desradicalizados", son enormes. En Egipto la última matanza de cristianos coptos es un buen indicador de hacia dónde vamos: habiendo quedado impune el asesinato de una veintena de coptos que asistían en Alejandría a la Misa de Año Nuevo, con los detenidos liberados en el marco de la anarquía de enero y febrero en El Cairo, ahora ha sido en una localidad situada a 210 kilómetros de la capital donde los radicales han vuelto a triunfar de nuevo. El 4 de marzo quemaban la Iglesia de Los Dos Mártires en Sole, provocando varios muertos, y las protestas por dicha profanación realizadas en El Cairo el día 8 costaban la vida a 13 cristianos y heridas a más de un centenar. Está claro que el idílico escenario de coptos y musulmanes confraternizando en la Plaza Tahrir fue más anecdótico, o un espejismo del esfuerzo buenista de algunos periodistas y analistas excitados por la "revolución", que real. No es extraño que muchos coptos miraran desde el principio con recelo la campaña contra Hosni Mubarak: con él no vivían en el paraíso pero sin él los temores son muchos.

Por otro lado, para los islamistas radicales libios ha llegado el momento de saldar viejas cuentas con el clan Gadafi, ejemplo para ellos de impiedad y de enemigo demonizado al que hay que batir. Entre los rebeldes, una multitud de decretos religiosos ("fatuas") ponen hoy en la picota las cabezas del propio Gadafi y de los miembros de su familia, e incluso si al final este lograra imponerse en el campo de batalla nada habrá cambiado respecto a lo que sus enemigos islamistas quieren lograr. Es más, estos últimos están aún más radicalizados hoy ante los daños que las tropas fieles a Gadafi están produciendo, y su ira se extiende hacia un Occidente que para ellos es despreciable en cualquier caso, intervenga finalmente o no en el escenario libio para frenar las matanzas.

Si interviene es atacable porque es un enemigo infiel que se inmiscuye en asuntos de musulmanes; y si no interviene también lo es, porque ha permitido que la matanza siga para que así el mundo islámico se siga debilitando. Las teorías conspiratorias de ahora son las mismas que alimentaban los islamistas en la primera mitad de los noventa: según elucubraban, el mundo occidental abandonaba a su suerte a bosnios y a somalíes porque las vidas de los musulmanes no valen nada, y porque el siniestro objetivo de cristianos y judíos es que el islam no deje de dividirse y de debilitarse. Es importante saber esto, sobre todo para intentar que, de una vez por todas, los buenistas despierten: con diálogo o sin él, interviniendo o inhibiéndose, siempre tendremos enfrente a los yihadistas porque ellos están en guerra permanente con nosotros, nos guste o no.

Como colofón de esta reflexión conviene recordar cómo –tras haberle paseado por Madrid y por otras capitales europeas noviembre y luego en enero– algunos se empeñan en seguir creyendo en las palabras conciliadoras de Noman Benotman, antiguo líder del Grupo Islámico Combatiente Libio (GICL). Sería bueno entrevistarle ahora, pero diga lo que diga este supuesto "arrepentido" su objetivo de crear un Estado islámico en Libia estará a buen seguro más presente que nunca antes en su planificación. Puede que incluso más que cuando marchaba bajo el estandarte del GICL. Sin duda es el mejor momento para que los cientos de liberados de este Grupo en 2010, gracias a la precipitada e irresponsable política de diálogo de Saif El Islam Gadafi con ellos, recuerden su obligación última de luchar por la fe sin importarles incumplir las promesas hechas a quien ahora combate encarnizadamente junto a su padre y a sus hermanos para salvar a un régimen impío.

El Guadalquivir y otras batallas fluviales

Cristina Losada en Libertad Digital

Hay quien sostiene que el nacionalismo recubre aquí localismos ancestrales y que su desembocadura natural es el cantón, un fenómeno que brindó a la posteridad escenas violentas e hilarantes. Así, la guerra entre dos potencias extranjeras como Cartagena y Alicante, y las graves advertencias de la nación independiente de Jumilla a su peligrosa vecina, la murciana. Pero, bien mirado, no son muchas las diferencias esenciales entre aquella eclosión decimonónica de particularismos y vendettas provincianas y las pueriles batallas que hoy libran las autonomías con el Estado central y entre ellas. La lucha por la propiedad de los ríos, que tienen la mala costumbre de no conocer fronteras, ha sido la faceta más ridícula de esa rivalidad de todos contra todos desatada por intereses espurios..

El Constitucional acaba de liquidar las ambiciones fluviales que Andalucía y Castilla y León habían plasmado en leyes orgánicas en relación al Guadalquivir y al Duero, y en detrimento tanto del bien común como del menos común de los sentidos. Se habían hecho con competencias exclusivas sobre el líquido elemento, que es además un elemento escaso en gran parte de España, y el alto tribunal entiende que tales atribuciones son inconstitucionales. En realidad, lo podía entender cualquiera, esto es, cualquiera que no se rindiera a la cateta demagogia, que presenta esa apropiación indebida como una cuestión de orgullo y honor regionales. ¡El Guadalquivir es nuestro y solo nuestro! Curioso que en un país donde muchos creen, y no sólo aquella ministra, que el dinero público no es de nadie, se tenga tan claro que el dueño de los ríos es una comunidad autónoma. Pero así es, y en Andalucía ha estallado una crisis política tremenda tras verse desposeído su Gobierno de esas preciadas aguas territoriales. Ya vemos a sus políticos en pose victimista: ¡nos lo han quitado! Pues pónganle puertas al río, como se las ponen al campo.

No querían compartir los ríos, pero el delirio fluvial ha sido compartido. Las piezas inconstitucionales se aprobaron con la notoria aquiescencia de los dos grandes partidos y las Cortes les dieron su placet tan tranquilas, a ver si colaba la burla a la ley y a los intereses generales. Nada como esta pugna acuática revela la cara grotesca de los Estatutos de segunda generación que propulsó Zapatero y bendijo Rajoy allí donde convenía a los suyos. Y nada muestra más gráficamente hasta qué punto se ha extendido la miseria moral que era patrimonio del nacionalismo. Qué ríos, qué espectáculo.

La libertad religiosa en tela de juicio

Gabriel Calzada en Libertad Digital

En los últimos días España está viviendo dos episodios esperpénticos relacionados con el respeto a las prácticas religiosas. El más comentado es el del asalto por parte de grupos radicales de izquierda a la capilla que la Universidad Complutense de Madrid tiene en el campus de Somosaguas. En una clara muestra de autoritarismo, los extremistas se desnudaron ante el altar mofándose de las creencias religiosas de muchos españoles.

Sin embargo, el más grave podría llegar a ser el otro suceso. Se trata del juicio que se celebró la semana pasada en la Audiencia Provincial de Alicante contra diversos miembros de una congregación religiosa, a los que se les pide penas de prisión que oscilan entre 16 y 20 años, además de cuantiosas indemnizaciones económicas. Este grupo de personas, formadas en el catolicismo, evolucionó en sus convicciones religiosas a través de la lectura de la Toráh y toda la Biblia hasta que decidieron constituir una iglesia evangélica. Más adelante, buena parte de los integrantes continuó este proceso evolutivo hasta que decidieron renunciar a toda forma de cristianismo y optar por el judaísmo. Algunos de los feligreses abandonaron el grupo mientras que la mayoría decidió dar el paso que suponía vivir de acuerdo con la comprensión y prácticas judías en lugar de las cristianas.

La mañana del sábado 6 de noviembre de 2004, doce miembros de la Kehilá del Olivo, que es como se llama esta congregación desde su cambio religioso, fueron detenidos en la vía pública por numerosos efectivos antiterroristas de la Guardia Civil armados hasta los dientes cuando se dirigían al servicio del Shabat. El desencadenante de esta operación de película, conocida como Operación Diáspora por las fuerzas del orden, fue la denuncia de algunos ex miembros. En contra de la libertad de conciencia y de los sentimientos religiosos, en contra de los derechos fundamentales y de libertades públicas garantizados por la Constitución, se acusa a estas personas de asociación ilícita, estafa, apropiación indebida, lesiones, abandono de menores. Para quienes no estén viviendo en primera persona esta persecución, los cargos de los que se le acusan tienen su gracia porque lo que parece es más bien que todo el proceso atenta contra la libertad religiosa de unas personas que decidieron cambiar voluntariamente de religión.

En esencia, lo que se enjuicia es si este grupo constituye una secta destructiva, si provocó daños personales (psicológicos) y si se apropiaron del dinero aportado por algunos miembros. El argumento principal del fiscal y de la acusación consistía en afirmar que quien lideraba la congregación se enriquecía a costa de los diezmos aportados, y ejercía, con la ayuda de un grupo privilegiado, técnicas de control mental sobre algunos miembros.

Sin embargo, sus miembros entraron voluntariamente y, como han reconocido varios testigos, quienes quisieron salir antes y después de convertirse al judaísmo lo pudieron hacer sin mayores problemas. Durante el primer día de juicio, que comenzó el 8 de marzo, el fiscal y la acusación particular mostraron a las claras cómo se (mal)trata la libertad religiosa en nuestro país cuando preguntaron a los acusados si era cierto que habían cambiado sus hábitos gastronómicos... como si atender a las normas alimenticias del judaísmo fuera un delito o una prueba de ser una secta destructiva.

En cuanto a la supuesta apropiación de fondos, resulta que se trata de unos 200.000 euros que fueron donados por sus integrantes a lo largo de tres años para el mantenimiento de la Congregación. Desde luego, con esa cantidad no creo que les diera para muchos lujos, aparte de que, según la auditoría económica, más de la mitad del dinero fue aportado por los doce imputados, que serían por tanto estafadores de sí mismos. En las conclusiones finales de la vista oral del juicio, el fiscal ha dado un giro a esta acusación al afirmar que poco importa que las donaciones u ofrendas fueran voluntarias (sic), porque había engaño y manipulación psicológica (la creencia en una fe monoteísta, se entiende). Para rematar el despropósito, el fiscal ha señalado que los miembros actuales de la Congregación están siendo engañados. Claro que lo curioso es que ellos mismos no lo ven así. Menos mal que está Papá Estado para hacerles comprender que están equivocados y se les está engañando.

El caso ha traspasado nuestras fronteras. Robert Higgs, el prestigioso economista norteamericano que ha destacado en las últimas décadas por su defensa de las libertades individuales (aparte de por sus magníficos estudios sobre el crecimiento del tamaño del Estado), publicó en las páginas del Independent Institute un artículo denunciando lo que aparenta ser una dura persecución de un pequeño y pacífico grupo religioso por parte de las autoridades españolas.

Casos como este ponen en tela de juicio la libertad religiosa en nuestro país. Más aún cuando el responsable de la Congregación, que continúa sus actividades religiosas con normalidad, afirma algo que ya querríamos escuchar a otros muchos líderes religiosos: "la libertad individual para nosotros es lo primero". Por el bien de las libertades individuales en nuestro país, esperemos que este caso acabe garantizando el derecho de toda persona a profesar libremente el credo religioso que considere oportuno y a constituir cualquier asociación para su práctica, siempre que, como parece ocurrir en este caso, no medie la violencia.

Tetas al aire

Cristina L. Schlichting en La Razón

Las mujeres que se desnudaron en la Complutense combaten el derecho de otros a rezar o pensar distinto. Cabría esperar de los católicos una reacción parecida. Por ejemplo, carteles en contra del ateísmo o quema de libros intolerantes con el fenómeno religioso. Sin embargo, han escrito un texto que reza así: «Algunas personas quieren construir una sociedad donde sólo se escuche una voz, la suya: en la que desaparezca la presencia pública de los cristianos y de todos los que se muestran libres frente al poder establecido. ¿Es ésta la universidad y sociedad que queremos? (…) No hay universidad sin libertad de expresión. Toda opinión y objeción es una oportunidad de crecer, una fuente de preguntas y estímulos en el camino hacia la verdad. Es en el diálogo donde las personas se muestran realmente a pecho descubierto». Juzgue cada uno de qué lado están el respeto y el pluralismo. Si en las tetas al aire o en este manifiesto.

jueves, 17 de marzo de 2011

¡Silencio, cotorras!

Ignacio Ruiz Quintano en ABC

NO es el canto de las Sirenas, nos dice Kafka, sino su silencio lo que lleva la verdadera carga de iluminación y amenaza. Por ese lado, el croar ensordecedor de las ranas en la charca mediática es garantía de que en Japón, al final, no pasará nada del otro mundo, contra el deseo de esa patulea de «enteraos» que hablan de energía nuclear desde la suficiencia de un Oppenheimer.

—Soy la muerte, que destruye a los mundos… —dice Oppenheimer—: el esplendor del máximo poder…

Pero eso, «Yo, la muerte», también lo decía Felipe II, y ya ven en lo que ha dejado el negocio Zapatero. A mí, más que su orgía de muerte, me impresionaba de Oppenheimer su capacidad para, en el curso de un viaje de San Francisco a Nueva York en tren, leer los siete volúmenes de la historia de la declinación y caída del imperio romano, de Gibbon (Gibson, me hacía decir, por su cuenta, una correctora progre de «Cambio 16»).

Este ruido de la controversia nuclear alrededor de la central del Japón es remedo idiota de la controversia ingenieril alrededor de la «Sirena varada» de Chillida en el madrileño puente de Juan Bravo, cuando los ingenieros de derechas decían que no se sostendría, y los de izquierdas, que sí, hasta que un tío de centro, el alcalde Álvarez, la colgó, sin más consecuencias lamentables que las estéticas.

Enhorabuena, pues, a National Geographic, cuyos sabuesos han aprovechado la grande polvareda para localizar la Atlántida allí donde Posidiano oyó el chirrido del sol incandescente al meterse en el agua.

Platón, Verdaguer, y por supuesto, Manuel de Falla, que, buscando a Dios, compuso «La Atlántida».

Falla fue un zahorí del silencio: por eso huyó de París y se refugió en Granada, con escapada, allá por el 34, de quince días a Cádiz, «a oír el mar», pues del mar venían las voces de su «Atlántida», que un empresario catalán quería estrenar en el monasterio de Poblet con el «Orfeó Catalá»…

—Entonces, al oírse la voz de Dios, todo el Orfeó se pone de rodillas…

—Pero, hombre, don Manuel…

—¿Cómo no se van a poner de rodillas si se oye la voz de Dios?

Un día Falla dijo de ir a Sancti Petri, donde estuvo el templo de Hércules. El relato es de Pemán, su gran amigo: la isla no tiene muelle, y al llegar a ella se tocan las palmas y sale entonces del faro un marinero que, metiéndose en el agua hasta las rodillas, transporta a los viajeros a hombros como un San Cristobalón.

Pequeño, asustadizo, Falla mira como un niño al San Cristobalón y le pregunta:

—¿Podrá usted conmigo?

—Con Wagner podría… no sé si podré con usted.

Nunca, dice Pemán, olvidó Falla esta respuesta, que le recordaba siempre que se encontraban.

Notas sobre una psicosis

Ignacio Camacho en ABC

El accidente de Fukushima no ha provocado todavía ninguna muerte; el terremoto y el tsunami han ocasionado diez mil desaparecidos. Nuestro alarmismo retrata una desenfocada parcialidad egoísta, una preterición moral, una obscena falta de respeto a esas víctimas que parecen no importar a nadie.

(...)

La demencial agitación apocalíptica casi obliga a aclarar que ha sido el tsunami el causante de la avería, y no al revés.

Si hubiera pasado en España...

César Vidal en La Razón

El terremoto, con el tsunami subsiguiente, que ha azotado Japón es susceptible de provocar las más diversas reflexiones. Voy a pasar por alto los temas trascendentales porque me da dentera esa gente que pregunta airada dónde está Dios en las calamidades después de que hace siglos que lo han echado a patadas de su vida. No. Ese tema no lo voy a abordar hoy. Más bien he dejado mi mente discurrir sobre la manera en que se hubiera enfrentado España con una catástrofe de esa magnitud. Si hubiera estado el PP en el poder, sindicatos, partidos de izquierdas, nacionalistas y terminales mediáticas se habrían embarcado en un «Nunca mais» a cara de perro culpando del terremoto y posterior tsunami a la derecha. Resultaría obvio, según los intrépidos manifestantes, que la responsabilidad total de las muertes –«¡Asesinos, asesinos!», gritarían por las calles a la gente del PP– descansa en esa derecha desalmada que permite, por ejemplo, que más de un cuarto de millón de liberados sindicales vivan de nuestros impuestos o que los titiricejas se mantengan no por su talento artístico sino de las subvenciones. Por supuesto, los ecolojetas cercarían las centrales nucleares para convencer a los ciudadanos de que son un peligro terrorífico que, por supuesto, no existe cuando compramos a precio de oro esa misma energía nuclear a Francia que tiene situadas sus centrales justo al otro lado de los Pirineos. Los nacionalistas catalanes y vascos señalarían que en situaciones así se descubre por qué la opción independentista es obligada y, acto seguido, exigirían –y conseguirían– que la parte del león de las ayudas públicas cayera en sus manos aunque fuera Granada la provincia más dañada. Si el desastre se produjera con un gobierno del PSOE nos ahorraríamos el «Nunca mais», pero la adjudicación de responsabilidades sería la misma y quedaría claramente establecido –a ser posible por algún hispanista anglosajón trincón y amante de las bebidas de elevado octanaje– que Franco ya abrió el camino al caos cuando no adoptó medidas contra posibles tsunamis, que Aznar comparte esa innegable culpa por haberse comportado igual durante sus ocho años de mandato y que no resulta pertinente recordar que el PSOE ha gobernado el doble de años que el PP. Además habríamos contemplado el espectáculo vergonzoso y vergonzante de esos periodistas que pululan por todas las tertulias y que no han leído un solo libro en más de treinta años relatando con dogmatismo pontificio la manera en que se hubiera podido parar la ola en el aire y cómo el gobierno –especialmente el del PP– no lo ha hecho. En todos y cada uno de los casos, habríamos asistido al desplome de centenares –quizá millares– de edificios; al asalto a los supermercados y comercios; al saqueo de los domicilios abandonados y a una incompetencia más que generalizada apenas paliada por ejemplos heroicos derivados del arrojo de miembros de las Fuerzas de Seguridad del Estado, de bomberos, de militares y de ciudadanos de a pie. Con todo, esos ejemplos de abnegación no habrían evitado que sintiéramos hondo pesar por la falta de disciplina, orden y concierto manifestado por la población. Los terremotos y los tsunamis son un desastre extraordinario se mire como se mire, pero no es lo mismo que tengan como escenario Haití que el Japón. O, sin ir más lejos, nuestra querida España.

Apocalipsis político

Cristina Losada en Libertad Digital

La catástrofe en Japón ha hecho emerger la catástrofe política europea. Ciertas instituciones, determinados gobiernos y no pocos ministros descuellan en el concurso por atizar más y mejor el pánico de un público susceptible, rivalizando incluso con la entregada prensa. El alemán Günther Oettinger, comisario europeo de Energía, consideró adecuado anexar el término "apocalíptico" al accidente nuclear en Japón, al tiempo que lo declaraba "fuera de control" e instaba a revisar la buena opinión reinante sobre la competencia técnica de los japoneses. El hombre consiguió copar los titulares, pues sirvió tanto a la holgazanería como al alarmismo, y le debe haber cogido el gusto: vuelve a vaticinar catástrofes e insiste en que los nipones no tienen la menor idea de cómo resolver la crisis. A estas horas, sin embargo, no se tiene la menor idea de la información privilegiada de que Oettinger dispone para emitir esos juicios.

Sí sabemos, en cambio, que Herr Oettinger figura como comisario, no por su expertise en materia energética, sino por haber presidido el declive electoral de su partido, la CDU, en un Land del suroeste. Merkel se quitó de en medio al inútil por el procedimiento de endosarlo a la Comisión. Si el cesto europeo se trenza con esos mimbres de desecho, qué grandes días le esperan a la UE. Como estos mismos. Del lado francés, el otro gigante, también se esmeran en sembrar dudas sobre la capacidad japonesa y profetizan un desastre con "un impacto superior a Chernóbil". Para agregar alarma, y que no falte, se insinúa que las autoridades japonesas ocultan la realidad dado que en su información se detectan "incoherencias". ¡Incoherencias! Con parte del país devastado, miles de desaparecidos, cientos de miles de refugiados, escasez de energía y alimentos, cómo no va a haber incoherencias. Tan alto grado de exigencia en las condiciones en que está Japón, y cuando la población amenazada por la radioactividad es la japonesa, no la europea, revela una arrogante insensibilidad y un vacío de valores pavoroso.

Tales reacciones no sólo incrementan la desconfianza en la energía nuclear, que sería lo de menos, sino la desconfianza a secas. Pues, ¿a quién creer? ¿Al partido de Merkel, con intereses electorales que aconsejan una súbita ruptura con el átomo? ¿A Alemania y a Francia, que participan en dos empresas eléctricas competidoras de la japonesa que gestiona la central de Fukushima? Pánico da pensar que esas serían las pautas de conducta de la UE y los gobiernos si hubiera, alguna vez, un accidente nuclear aquí, en suelo europeo.

Algunas verdades sobre la energía nuclear

Emilio J. González en Libertad Digital

A raíz de los acontecimientos que se están produciendo en la central nuclear de Fukushima, y en medio de la demagogia habitual de políticos y medios de comunicación, hay quien quiere reabrir el debate sobre el átomo, por supuesto para acabar con este tipo de energía por razones cuando menos dudosas. Desde luego, ni yo voy a negar que lo que está sucediendo con la central japonesa es un asunto grave, ni mucho menos que es posible que las cosas todavía puedan ponerse aún peor. Pero también creo que un debate tan importante como el de la energía nuclear debe abordarse de forma fría, desapasionada y racional. Por ello creo conveniente poner algunas cosas negro sobre blanco al respecto.

De entrada, esto no es Chernobil, por mucho que algunos se empeñen en extraer paralelismos de donde no los hay, por dos sencillas razones. Primero, porque la central nuclear ucraniana estalló a causa de que los militares soviéticos se dedicaron a producir plutonio en ella con fines militares, mientras, por otra parte, desde Moscú se financiaba a los grupos pacifistas y ecologistas europeos con el fin de detener el progreso tecnológico en la que, por entonces, era la mitad libre y democrática del Viejo Continente. Segundo, porque la central de Fukushima ha demostrado una capacidad de resistencia asombrosa frente a un terremoto cuya intensidad se sitúa en el segundo nivel de los diez de que costa la escala Ritcher.

El problema ha sido que el tsunami que siguió a continuación dejó inoperativo el sistema de refrigeración, pero no afectó al sarcófago donde se encuentra el núcleo de la central. Evidentemente, ha sido un fallo, pero es un fallo que se puede corregir para incrementar aún más la seguridad de las centrales nucleares. No hay que olvidar que el progreso humano, nos guste o no, se ha construido y se construye mediante la detección de esos errores. Si hoy volar en avión es seguro es porque antes hubo accidentes que nos enseñaron cosas como que había que instalar radares de tierra en los aeropuertos, etc., y por ello nadie ha puesto en cuestión la aviación comercial.

Todos quisiéramos que las cosas fueran perfectas desde un primer momento y que todo estuviera previsto, pero, por desgracia, la vida es así y avanzamos, corregimos errores y perfeccionamos las cosas cuando se producen fallos que nadie había previsto. Quien no acepte esto, está rechazando ese progreso que está permitiendo que miles de millones de personas en este plantea vivan cada vez más y mejor. Y si el problema es el número de personas que pueden fallecer si, esperemos que no ocurra, sucede lo peor en la central de Fukushima, por la misma razón tendrían que prohibirse los coches, ya que las carreteras se cobran miles de víctimas cada año. Pero a nadie en su sano juicio se le ocurre proponer semejante cosa, ni los españoles, sabiendo cuáles son los peligros de la conducción, optan por dejar su coche en casa y viajar en transporte público. ¿Por qué, entonces, la energía nuclear va a ser diferente cuando, además, es mucho más vital para la sociedad que el automóvil?

Segunda cuestión: Europa necesita la energía nuclear para poder vivir. Esta lección la aprendieron los europeos hace ya bastante tiempo, concretamente en 1956, cuando Egipto decidió cerrar el canal de Suez, creando serios problemas de abastecimiento de petróleo al Viejo Continente. Los europeos reaccionaron de inmediato y, después de la fallida intervención militar conjunta de Francia y el Reino Unido para recuperar el control del canal, decidieron crear la Comunidad Europea de la Energía Atómica (Euratom), con el fin de promover conjuntamente el átomo para usos pacíficos. Por razones estratégicas, Europa no tiene más alternativa energética que el átomo. Es cierto que tenemos carbón, pero este combustible fósil es altamente contaminante y provoca igualmente muertes por enfermedades entre quienes respiran la contaminación que emite su combustión para producir electricidad. Pero estas muertes son silenciosas y no se producen de una sola vez, sino de forma paulatina, con lo que no da lugar a los grandes titulares que desencadena un accidente nuclear. Además, la electricidad proporciona unas condiciones de vida, en todos los sentidos, que nos permiten vivir más y mejor. Esto también hay que incorporarlo al debate porque, hoy por hoy, las renovables no tienen la menor capacidad para sustituir ni al átomo, ni al carbón, ni al gas, ni al fuel a la hora de producir energía eléctrica.

Por último está la cuestión económica. Las estrategias modernas en materia de energía se basan en tres pilares: garantía de abastecimiento, precios que no estrangulen el crecimiento económico y respeto al medio ambiente. Hoy por hoy, con una demanda de petróleo cuya tendencia a medio y largo plazo es a seguir creciendo, no cabe esperar más que el progresivo encarecimiento del crudo y, con él, del gas natural. Frente a ello está la energía nuclear, la única fuente de energía que cumple con esos tres criterios, a pesar de que, como es obvio, existe el riesgo, muy pequeño pero real, de que pueda producirse un accidente. Si queremos conservar nuestra calidad de vida, no tenemos más remedio que seguir apostando por ella.

O catalán o puerta

José García Domínguez en Libertad Digital

Acaso para estar a la altura del creciente sentir racista que dicen identificar todos los sondeos de opinión en la plaza, Artur Mas se ha apresurado a soltar los perros gramáticos contra los inmigrantes. Así, el honorable en prácticas acaba de anunciar que los recién llegados deberán acreditar conocimientos de la lengua vernácula como "un requisito muy determinante" a fin de poder avalar su "esfuerzo de integración" en la sociedad catalana. Léase certificados de arraigo, expedientes de reagrupación familiar y permisos de residencia. Un asunto, ése de los acentos abiertos convertidos en alambrada ortográfica y aduana fonética cara a seleccionar a la mano de obra, en el que, por cierto, cuenta con la connivencia activa del Partido Popular.

Y es que los de Rajoy, ya felizmente alojados en la charca identitaria, igual pretenden de los foráneos que demuestren el dominio del catalán que repudian, por inconstitucional, en el caso de los nacionales. "Contrato de integración", se llama el sucedáneo criptopujolista acuñado en Génova. Que por tal responde la vía a través de la que la derecha dizque española va camino de absorber los fundamentos doctrinales del catalanismo, aprestándose de paso a cohabitar en idéntico redil moral. Al respecto, en cualquier otro sitio resultaría ocioso recordar que la única obligación exigible a los habitantes de un Estado de Derecho es el cumplimientos de las leyes. Punto.

Para un espíritu liberal, ahí, en el recto acatamiento a las normas emanadas de los poderes legítimos, empiezan y acaban los límites a que la gente haga con su vida –y con su lengua– cuanto le venga en gana. Quien se quiera hijo de la Ilustración –y no del coronel Macià y el capità Collons–, lo entiende a la primera. Como a la primera entiende que, una vez satisfecho ese elemental deber para con el Leviatán, habrá de ser estricta cuestión privada el perorar en chino mandarín, bable normativo o catalán estándar. Y en cuanto a la muy tediosa cantinela de la integración, ¿qué tendrán previsto hacer CiU y PP con los aborígenes que llevan –llevamos– toda una vida haciendo esfuerzos por segregarse? ¿Qué será de nosotros? ¿Nos deportarán al otro lado del Ebro o acabaremos internados en campos de reeducación en integracionismo? A saber.

In memóriam Santos

Pilar Rahola en La Vanguardia

Hoy hace diez años. Como cada 17 de marzo, sus familiares y sus compañeros se trasladarán hasta Roses, harán una misa y dejarán flores en el monolito que recuerda la tragedia. Y un año más reclamarán a las autoridades que los policías que participaron en aquel suceso reciban la medalla al mérito policial, honor que, hasta ahora, no les ha sido concedido. Los hechos llevan el sello de la brutalidad de ETA y empezaron a las 22.35, cuando ETA avisó al diario Gara de que estallaría un coche bomba en el hotel Montecarlo de Roses. Tres minutos después, se recibió la llamada en la central de los Mossos en Roses y 20 minutos más tarde estalló el artefacto de 50 kilos de dinamita y metralla, que hirió a muchos de los policías y mató a Santos Santamaría, un mosso de 32 años que luchaba contra el tiempo para evacuar a toda la gente del lugar, desde el propio hotel hasta bares y restaurantes. La explosión fue tan brutal que la metralla recorrió 250 metros y superó dos edificios de 25 metros de altura. A pesar de la explosión, con Santos gravemente herido y otros policías heridos de diversa consideración, los agentes continuaron ampliando los perímetros de seguridad y desalojando al resto de las personas. Y ello con la amenaza latente de que hubiera una segunda bomba. En menos de veinte minutos, pues, estos policías, tanto los mossos como los agentes de la policía local de Roses, consiguieron desalojar a 500 personas, muchas de ellas turistas de edad avanzada y con enormes dificultades de comprensión lingüística, y pusieron en riesgo sus vidas, perdieron a un compañero y evitaron una masacre. Y nunca se les ha reconocido su valentía y profesionalidad.

Sólo una triste felicitación colectiva en el Dia de les Esquadres, el mismo día en que otros, a menudo jefes de administración de las comisarías (encargados, pues, de acciones meramente logísticas) reciben medallas al mérito policial. Ni el convergente Xavier Pomés, ni la socialista Montserrat Tura, ni el iniciativo Joan Saura consideraron necesario, año tras año, reconocer el trabajo ejemplar y el enorme riesgo que padecieron estos policías, ni al compañero que perdieron, ni la tragedia mayor que evitaron. Si la medalla al mérito policial no se da a los agentes en una situación como esta, ¿cuándo se da y a santo de qué? ¿Cómopueden explicarlo los distintos políticos que han gobernado Interior? Y si estos agentes no merecen la medalla al mérito, ¿pueden explicar los motivos por los que la tienen algunas otras personas? Hoy hace diez años que murió un joven policía porque hacía su trabajo asumiendo el riesgo y salvando vidas. Diez años de recuerdo de sus compañeros y… diez de olvido de la administración. Quizás ya sería hora de que un conseller reparara ese desprecio y otorgara la merecida medalla. Llega tarde, cierto, pero nunca es tarde para hacer lo correcto

miércoles, 16 de marzo de 2011

Jaque en el Golfo

Gabriel Albiac en ABC

BAHRÉIN es un pequeño archipiélago de treinta y tres islas, algo menos de setecientos kilómetros cuadrados, unos setecientos mil habitantes (casi la mitad de ellos, trabajadores inmigrados), flotando sobre una enorme bolsa de gas natural y de petróleo. Nada demasiado original en un Golfo hecho de anacronía y dinero. Importa más, para entender lo que allí pasa, su ubicación estratégica: entre la cercana costa de la Arabia Saudí sunnita, a la cual lo une una imponente autopista colgante, y la no lejana costa oeste del Irán chiíta. Lo cual es saberse instalado entre dos trincheras. Aunque sea con opulencia. Nadie en ese pequeño reino feudal, que desde hace tres siglos pastorea monolíticamente el clan de los Al-Khalifah, ignora la cínica respuesta con que los saudíes acogieron en su día la hipótesis iraní de fabricar armas nucleares: «ellos pueden tardar un decenio en construir la bomba; nosotros, una semana en comprarla». Y todos saben que, en ese inevitable choque entre iraníes y saudíes, no quedará espacio alguno para la neutralidad en el Golfo Pérsico.

Quienes han querido jugar al confortable angelismo de los buenos sentimientos ante la matemática coordinación de los golpes de Estado, victoriosos (Egipto, para quedarse como estaba, pero con otro hombre más duro al frente) o bien de destino incierto (Libia, para quedarse como estaba, con el mismo caudillo delirante al mando), en el petrificado mundo político árabe, deberían reflexionar ahora sobre las dos únicas novedades que, de momento, han resultado tras esa confusa sacudida del tablero. Irán empezó moviendo ficha. Por primera vez desde la revolución islámica, su flota de guerra tiene paso expedito al Mediterráneo por Suez. Arabia Saudí respondió anteayer, instalando a su ejército y policía en el reino de Bahréin. En medio de la conmoción mundial que el cataclismo de Japón ha desencadenado, puede que ese despliegue militar haya pasado desapercibido al gran público. Es crítico, sin embargo. Porque, no sólo en Bahréin la popularidad del chiísmo amenaza seriamente a la casta política sunnita, reflejando así en su propio tablero la partida entre iraníes y saudíes; en Bahréin, sobre todo, está ubicado el comando central de la Quinta Flota de los Estados Unidos, esto es, el epicentro militar de una de las zonas más inestables del planeta.

La gran falla a punto de quebrarse en el Golfo Pérsico se llama Arabia Saudí. Mitológica tierra del Profeta, vetada a cualquier penetración no musulmana, que es allí, en rigor, un sacrilegio. Regida por una de las castas más corruptas e incompetentes que haya conocido la política moderna. Inerte en esa obscena amalgama de opulencia petrolera y sacralidad feudal que veta obstinadamente su acceso normal a la historia. Habrá quienes se sigan empeñando en no querer abrir los ojos; habrá quienes quieran atribuir a súbita inspiración democrática, o aun libertaria, el rítmico derrumbe del castillo de naipes norteafricano; quienes prefieran la lírica humanitaria al frío análisis de las determinaciones geográficas, políticas, religiosas. Pero la voluntad de ceguera ni un átomo cambia en los hechos. Irán y Arabia Saudí han movido sus primeros peones. La partida ha comenzado.

Los judíos muertos no son noticia

Mark Steyn en Libertad Digital

Tamar Fogel, de 12 años de edad, volvió a casa la noche del pasado viernes para encontrarse a sus padres, Ruth y Udi Fogel, a sus dos hermanos Yoav (11 años) y Elad (4 años), y su hermana de tres meses asesinados por en sus camas. Habían sido degollados y apuñalados en el corazón.

Eso no tiene nada de impactante: No faltan jóvenes varones musulmanes que disfrutan degollando bebés de tres meses y luego se vuelven a casa soñando con que la plaza del municipio o el partido de fútbol sean bautizados en su honor.

Allá en Gaza, la ciudadanía celebraba la noticia con vítores y repartiendo caramelos.

Tampoco tiene nada de impactante. En el culto a la muerte palestino generalizado, hay incontables legiones que, aunque no tan dispuestas a matar judíos por sí mismas, se limitan a deleitarse en la gloriosa victoria del resto.

Y en el mundo en general se producía una acusada reticencia a dar cobertura informativa a los hechos.

Y, aunque no es impactante precisamente, sí es un útil recordatorio de lo mucho que han cambiado las cosas en cuestión de unos años. El 11 de Septiembre, las grabaciones de los palestinos bailando en las calles y repartiendo caramelos dieron la vuelta a las pantallas de televisión del mundo, y aquella reinona rancia de Arafat pasó inmediatamente al modo control de daños y se apresuró a hacerse grabar donando sangre.

Esta vez no hubo necesidad de control de daños, porque no hubo ninguno. Los medios occidentales desviaron simplemente la vista de las desafortunadas manifestaciones efusivas de sus ojitos derechos palestinos. El gobierno israelí difundió imágenes crudas de los crímenes, pero Youtube retiraba la grabación en cuestión de dos horas. Las modernas "redes sociales" desarrollan de pronto un sentido del decoro tan exquisitamente refinado como el viejo directorio de notables de una ciudad.

Escribe Caroline Glick que, hace una década, la revelación de que el embajador francés en Gran Bretaña Daniel Bernard se refería a Israel como "ese país de mierda" fue escandalosa. Ahora es moneda corriente.

La deslegitimación de Israel hoy es completamente universal: De hecho, en los tiempos que corren los líderes palestinos hablan más de "la solución de dos Estados" que los europeos. El día nacional de Israel, destacadas figuras británicas de origen judío escriben al The Guardian para condenar la existencia del Estado judío. Y la "Semana del Apartheid Israelí" es el regalo multicultural de Toronto al mundo.

Poniendo de relieve su extraña habilidad para pasar por alto lo que pasa, el responsable del Congreso Judío Canadiense tuiteaba hoy:

"El anonimato alimenta lo desagradable en la red".

Hubiera dicho que hasta este triste bobo irrelevante habría notado que el rasgo llamativo de "lo desagradable" hoy es lo poco anónimo que es. Año tras año, el mundo es más alegremente franco con su antisemitismo. Puede que haya que preguntar a John Galliano, o a Julian Assange.

Pero a veces, como cuando se degüella a un bebé, lo que no se está diciendo es exactamente igual de elocuente. Hace poco estuve hablando con un judío húngaro que vivió en Budapest en la clandestinidad durante la Segunda Guerra Mundial, hacia 1944, cuando al gobierno pro-alemán se le estaba acabando la munición y se vio obligado a ponerse creativo.

Esposaban a los judíos en largas cadenas, los subían a un puente, disparaban a un par de cada extremo y luego los empujaban al Danubio para dejar que el peso muerto arrastrara a los que estaban en medio. Tienes que tener un estómago fuerte para desempeñar esa labor, casi igual de fuerte que para matar a niños de tres meses. Pero, mientras mi amigo contaba su relato, yo no pensaba en los monstruos del puente, ni siquiera en los que estaban en las orillas jaleando, sino en las cifras mucho mayores de personas que seguían con sus asuntos y buscaban excusas a lo que estaba pasando. Eso es lo que marcó la diferencia, ayer y hoy.

O nuclear o miseria

José Antonio Martínez-Abarca en Libertad Digital

Yo siempre traté de aprender de los mayores. Es decir, antes de Schopenhauer, que fue adulto toda su vida, que de la adolescencia perenne de Zapatero. Aquel viejo de nacimiento mantenía, me creo que pensando expresamente en lo que iba a pasar dos siglos más tarde con el terremoto jurásico, posterior maremoto cretácico y noticiada fuga radioactiva de Japón (como diría Groucho Marx, en Japón sólo ha faltado que encima llueva), que los humanos, para llevar una existencia razonable, no debíamos tener presentes en el día a día las desgracias que seguro van a ocurrir, como nuestro próximo fallecimiento. Y que no debíamos angustiarnos por desgracias teóricamente posibles pero que probablemente no ocurrirán. Como que a nosotros nos pase igual que ahora a Japón.

No podemos estar pensando que nos vamos a levantar la mañana en que un "agujero negro" engullirá a la Tierra y que por causa de esto habrá algún fallo de seguridad en alguna central nuclear. Desgracias imprevisibles que lo más seguro es que no pasen. La seguridad completa no existe, y debemos aprender a poner orden en nuestros asuntos de la forma más inteligente posible. La energía nuclear es una de las formas de poner en orden los asuntos más inteligentes que se han inventado. Por eso mismo tal vez no tenga gran porvenir, en el estado de histeria pública y privada en que vive Occidente. Una gran lección de vida, aquella de Schopenhauer, que nadie en la decadente Europa actual ha comprendido (en cambio, las célebres clases magistrales de Zapatero se entienden mucho mejor). Corren ahora los dirigentes europeos, al frente de la opinión pública, a cerrar la única fuente energética que asegura la supervivencia de sus países, no vaya a ser que la constelación de Andrómeda se precipite un día contra Bruselas y la central nuclear más próxima cause un disgusto. Y mientras estamos entretenidos con estos temores, otras cosas nos matan.

Los monstruos, nucleares o no, no es que no existan. Es que existen poco. Y no pueden mediatizarnos la vida. El mediático miedo occidental a la palabra "isótopo", que no nos deja vivir estos días, hace que no tengamos presente el terror seguro que deberíamos sentir hacia la palabra "miseria". Porque, cuando no haya petróleo, o nuclear o miseria. Así estarán las cosas mientras alguien no idee la forma de mover el mundo a pedales. Cambiamos con alivio una muerte improbable por una muerte de asco cierta. Justo lo que nos aconsejaba Schopenhauer.

Con el crudo acaparado por países golfos o países barbudos, con el gas suministrado a España por países barbudos o países golfos, con la fotovoltaica aromando a gasoil de noche, con los molinillos dedicándose a despedazar pájaros como misión principal, la única alternativa al colapso occidental venidero era la energía nuclear, a la que los dirigentes y los medios, siempre tan entusiastas cuando se trata de debilitarnos, ya han cavado la tumba. Ahora habrá, me temo, poco que hacer ya. Se le está dando el mismo tratamiento global a lo de la central de Fukushima que a aquella epidemia de "gripe A" por la que íbamos a morir todos. Va a ser complicado que en Europa, no digamos en España, vuelva el estricto realismo. Lo de Japón hará que triunfen mentes como la de Zapatero y no como la de Schopenhauer. Una apuesta segura. Directos hacia la miseria.

Blanqueando los sepulcros del Grapo

José García Domínguez en Libertad Digital

En este viejo país ineficiente, la encargada de fabricar la memoria colectiva es la única empresa pública que funciona. Así los guionistas de Cuéntame, esforzados remedos domésticos del protagonista de 1984. Aquel Winston Smith siempre ocupado en retocar viejas noticias en la hemeroteca del Times para que los hechos históricos jamás osaran desviarse de la doctrina coyuntural del partido en cada instante del tiempo. Por algo, la máxima del Ministerio de la Verdad donde ocupaba sus horas: "Quien domina el pasado, domina el futuro, y quien domina el presente domina el pasado". Una intuición, por cierto, que asaltaría al propio Orwell tras su paso por la Barcelona revolucionaria.

Recuerda al respecto en Mi Guerra Civil Española: "En España vi por primera vez noticias de prensa que no tenían ninguna relación con los hechos. (...) Vi que la historia se estaba escribiendo no desde el punto de vista de lo que había ocurrido, sino desde el punto de vista de lo que tenía que haber ocurrido". Lo vio entonces e igual podría seguir viéndolo hoy. Sin ir más lejos, en el último episodio de ese serial, Cuéntame. Veintiséis de mayo de 1979, una secta de idiotas de extrema izquierda que se hacen llamar Grapo asesina a diez personas en la cafetería madrileña California 47. Apresados y juzgados, los autores de la matanza son objeto de condenas firmes que en todos los casos superan los doscientos años de reclusión.

Hasta ahí, sintéticos, los hechos. A partir de ahí, ímprobo, el trabajo del Winston Smith de guardia en Televisión Española. Y es que, entre la palabra de la Justicia y la del Camarada Arenas, el ente no duda: se queda con la del jefe de la banda. Atónito, lo acaba de referir en carta al director de El Mundo don Joaquín García Marquina, cuatro años de su vida migrando de hospital en hospital con la metralla de aquella bomba instalada en sus entrañas: "Para mi estupefacción, durante todo el episodio, los guionistas de la serie achacan la autoría del atentado genéricamente a los fascistas". Al punto de convertir a un facha de tebeo, amigo de uno de los protagonistas, "en el principal sospechoso de haber puesto la bomba". ¿Aclaración final? Nunca la hubo. Felicidades, pues, Oliart: otra línea reescrita.

El patriota

Alfonso Ussía en La Razón

Jamás he llegado a ubicar correctamente en el mapa la Patria de estos socialistas vascos. Sí la de Nicolás Redondo, o Buesa, e incluso creía haber encontrado la Patria de Pachi López, pero sus últimas declaraciones me indican que puedo estar equivocado. Pero nunca he encontrado en mapa alguno la Patria de Jesús Eguiguren, que por desgracia, no es la misma que la mía y la de una apabullante mayoría de españoles. Si oponerse a la legalización de un partido político estrechamente ligado con la ETA representa una postura antipatriótica, que venga Eguiguren y nos ofrezca su versión del patriotismo. No queremos en nuestras instituciones democráticas a cómplices de asesinos. No queremos en nuestras instituciones democráticas a terroristas. No queremos en nuestras instituciones democráticas a quienes aún no han pedido perdón por ensangrentar España durante cuarenta años. No queremos creernos el súbito cambio de actitud de esa pandilla de indeseables, incapaces de condenar los crímenes de mil inocentes y las ruinas morales y anímicas de sus familias. Tiene que pasar mucho tiempo para que las cloacas del entorno del terrorismo puedan ver la luz. Mucho tiempo sin la ETA, sin Batasuna y sin «Sortu». Algunas generaciones. Los antipatriotas, según Eguiguren, somos muchos millones de españoles que tenemos una Patria, un Estado de Derecho y una Constitución que nos garantiza la libertad. Se llama España. Si Eguiguren es de otra Patria, que se la busque por donde le apetezca, y si la encuentra, que la disfrute. Sin insultar.

martes, 15 de marzo de 2011

Imbéciles (muy poco) ilustrados

La invasión de los bárbaros

Pedro de Tena en Libertad Digital

Que estos niñatos hayan hecho lo que han hecho en una capilla católica es algo imperdonable, por la falta de respeto que supone, pero, sobre todo, por la falta de inteligencia que denota. Estar en la Complutense sin que nadie les haya explicado todavía que Iglesia Católica, derecho, democracia, ciencia y tolerancia forman un complejo tesoro histórico devenido tras muchas contradicciones, indica en manos de quién estamos.

Los católicos han cometido muchos errores y pecados y, asimismo, han hecho mucho bien, pero en el siglo XXI ni obligan, ni matan, ni imponen ni juzgan. Me niego a admitir y a consentir que unos ignorantes les falten al respeto cuando no tendrían cojones ni ovarios para hacer ni la mitad en una mezquita, donde se practica una religión que aún hoy, obliga, mata, impone y juzga, muy especialmente a homosexuales y lesbianas, adalides de la profanación de Madrid.

Hasta los bárbaros fueron conscientes de la capacidad civilizadora de la Iglesia. Es que eran bárbaros, pero no tontos.

El Chernóbil de la demagogia

José García Domínguez en Libertad Digital

A espera de lo que ocurra con las centrales de Japón, el Chernóbil de la demagogia ya ha estallado en las redacciones de los periódicos, cantera ahora mismo de una súbita inflación de avezados peritos en seguridad nuclear. Es sabido, en este negocio el más tonto fabrica relojes radiactivos. Así las cosas, ha empezado otra disputa soterrada donde el amarillismo cripto-ecologista y el pro-atómico juegan una y la misma baza: tomar por menor de edad a la opinión pública. Los unos, augurando la inminencia cierta del Apocalipsis de San Juan en los quioscos; los otros, pugnando por expandir el cuento de hadas de que un reactor termonuclear acarrea riesgos parejos a los de un molino de viento. Aunque lo peor es que, en el fondo, ni los unos ni los otros yerran la estrategia.

Europa, patria universal del miedo, incapaz siquiera de mover un solo soldado a fin de acabar con una carnicería a cien kilómetros de sus fronteras, se conduce cada vez más como un niño malcriado. Un niño que lo quiere todo porque, en su cosmovisión pueril, pretende habitar un mundo sin costes; un gozoso jardín de infancia en el que las recetas de los jarabes no conocen el apartado de las contraindicaciones. Al contrario de cuanto acontece en el aciago orden de los adultos, de continuo abocado a la condena de tener que elegir. Sin ir más lejos, la nuclear ni resulta una energía completamente segura, ni en absoluto se antoja imprescindible. A fin de cuentas, España podría desprenderse de ella hoy mismo. Nada nos lo impide.

Bastaría para ello con que renunciásemos de grado a confluir algún día con los países punteros del continente. Únicamente eso. Y es que, pese a importar el ochenta por ciento de la energía, como resulta ser el desolador caso, disponemos de alternativas. Por más señas, de dos: o nuclear, sí gracias; o bienvenidos a Portugal. Siempre nos cabrá elegir, pues. Mientras, en este pobre país tan dado al escapismo, cuestiones de Estado como la ubicación óptima de los residuos radiactivos constituyen una prerrogativa municipal. Prosaica bagatela sometida arbitrio de alcaldes de pueblo. Todo con tal de que nuestros supremos infantes, Zapatero y Rajoy, sigan esquivando las responsabilidades propias de los mayores. Qué Dios nos coja confesados.

Muchachada en la nuit

Rafael Martínez Simancas en ABC

La frase del día: "Es tal la acumulación de gansadas y de «frikis» en el ámbito de la Universidad Complutense que uno empieza a pensar que en caso de llegar los marcianos a la tierra lo harían por la ventana del despacho de Berzosa."

El temblor y el tembleque

Tomás Cuesta en ABC

De entre los escombros sembrados a capricho por un demiurgo aciago emerge una sociedad que emite signos de esperanza acerca de la naturaleza humana, buenas noticias sobre nosotros mismos, pruebas fehacientes de que hay principios y valores que cotizan aún en el parqué de la esperanza. Una nación barrida por el mayor terremoto de la historia y abismada después por el «terremato» del tsunami está dando un ejemplo de entereza, de determinación y de coraje que, sin embargo, no se amolda a los parámetros del «share» de las catástrofes mediáticas. Ni el más leve asomo de histeria, ni un amago de desesperación, ni un conato de hurto, ni un indicio de ira o de barbarie. El hecho de que la vida continúe conlleva el que se hunda el espectáculo.

Los japoneses se enfrentan a la crudeza de su destino con la misma obstinación, frialdad y dureza con las que superaron un conflicto mundial, dos bombardeos nucleares y un estado de guerra permanente con los pilares de la tierra, con sus propias entrañas. El carácter de un pueblo se forja en las dificultades. Caer y levantarse: tiempo habrá, andando el tiempo, de sacar conclusiones y de endosarle la nota a quien deba pagarla. El orden en Japón es la respuesta racional, madura, civilizada a la arbitrariedad pagana de la pachamama; la versión contemporánea de la ataraxia monacal aplicada al vaivén de las catástrofes.

Y de momento, han logrado poner en marcha el Metro, abrir la Bolsa, salvar a los vivos y aplazar el duelo. A la espera de un desenlace atómico en «prime time», los indescifrables héroes de una estirpe indomable recomponen templos de papel y reconstruyen fábricas de acero, trabajan y conspiran contra los elementos, luchan y se adaptan. Europa, por su parte, avizora a distancia el escenario como si fuera un jubilado que regala consejos, batallitas y cábalas a la cuadrilla de peones de las obras del barrio. Ése es el titular que nos escamotean en los telediarios. En medio del viejo debate sobre las energías milenarias aflora el verdadero carácter de los supervivientes, de los empecinados, de una especie en vías de extinción que al parecer no le preocupa a casi nadie.

Tsunamis diversos

Hermann Tertsch en ABC

NO sabemos cuántas víctimas mortales causará finalmente el inconcebible terremoto del viernes en Japón que casi se nos sale de la escala Richter y adquirió dimensiones bíblicas. Ni cuántas causó directamente su primera réplica monstruosa que fue el tsunami que devastó las zonas costeras del noreste. Ni todas las réplicas registradas después, muchas de ellas más fuertes que terremotos que en otros rincones del mundo causaron en su día centenares de miles de muertos. Lo que no se ha producido aún es esa catástrofe nuclear que tanto se anuncia desde el primer momento y que algunos parecen añorar con fruición digna de mejor causa. Nadie puede excluir esta terrible desgracia del peor accidente nuclear imaginable, pero resulta escalofriante comprobar la falta de piedad con que algunos parecen esperarla, como la definitiva ratificación de sus tesis. Desde el sábado, algunos sectores de eso que más que izquierda ecopacifista es tribu ecoguerrillera y banda talibán, están literalmente impacientes en su angustiosa esperanza de que se funda algún reactor nuclear en Japón y se cumplan sus peores augurios de cataclismo. Para cargar de razón sus tesis que proclaman la energía nuclear como el mal absoluto. Con sus titulares y su desinformación llevan días dedicados a la danza que invoca a su dios implacable que, con un terrible castigo a los japoneses, logre de una vez por todas que hasta los más descreídos y herejes, aquí y allí, nos arrodillemos ante Él. Y nos convirtamos todos a su nueva religión antinuclear y antitecnológica, expiemos nuestros pecados, fruto ponzoñoso de la falta de fe y del siempre dañino raciocinio y sentido común. Alguna emisora patria tenía tantas ganas de informar sobre la fusión de un reactor que lo hizo. Sin reparar en el detalle de que no se había producido. Como todas las religiones que se precien, ésta tiene su día de redención. Aunque todo puede pasar, da la impresión de que por esta vez se han equivocado de fecha. Lo que no nos eximirá de sufrir el tsunami ideológico que ya está en marcha. Y ante el que se inclinan, temerosos por las angustias de sus electorados, los gobiernos y las oposiciones en Occidente, con una falta de criterio y personalidad, que despiertan vergüenza. Tsumamis en Japón, en Libia y en Occidente. De agua monstruosas, de bombas y ejecuciones, de cobardía, oportunismo y debilidad de criterio.

Los que si van a morir bajo el tsunami sin siquiera mojarse son muchos miles de libios que aún luchan desesperadamente contra el rodillo militar de Gadafi. Con las manos libres, una superioridad abrumadora en armamento y su aviación bombardeando sin cesar al pueblo en armas, el «sátrapa payaso» avanza hacia el control total del territorio. Ya han caído todas las ciudades costeras y es una cuestión de días el comienzo del cerco a Bengasi. En su retaguardia ya ha impuesto a sangre y fuego su orden. Y cumple su amenaza de liquidar a los que se han significado en los levantamientos contra su poder. Con la comunidad internacional volcada en el drama japonés y los Gobiernos occidentales compitiendo en la escalada de histeria colectiva, está claro que son los libios y no los japoneses los que van a morir en masa. Gadafi será dentro de días otra vez el amo absoluto de Libia y de las vidas de sus súbditos. Mejor no imaginarse sus represalias cuando controle el país. Allí están los muertos que no ha habido en Japón. Aún están vivos, pero su grito desesperado no se oye entre el guirigay de la histeria de los gobernantes occidentales y los aullidos del talibanismo que festeja la catástrofe nuclear no habida.

Delirios Smiley

Carlos Rodríguez Braun en La Razón

Smiley puso nuevamente a prueba nuestra capacidad de asombro al declarar: «Merece la pena presidir un Gobierno que ha hecho leyes para que seamos más libres». La primera hipótesis es que se trata de un problema de salud. Según el DRAE, el delirio es una «confusión mental caracterizada por alucinaciones, reiteración de pensamientos absurdos e incoherencia». En principio, encaja. Las medidas propiciadas por los socialistas son contrarias a la libertad, desde la subida de los impuestos hasta la prohibición de fumar. El socialismo estriba en recortar la libertad del ciudadano y extender los costes, las multas y las regulaciones de todo tipo mediante las cuales el poder limita las libertades concretas de sus súbditos. La explicación, por tanto, es clara: Smiley es un orate. Esta interesante conjetura adolece, empero, de una dificultad: no parece cierta. Los socialistas no están locos, al contrario, muestran a menudo una fina inteligencia, por ejemplo, para ganarse la vida mediante el fraude de los ERE en Andalucía. Esto invita a considerar una segunda hipótesis: Smiley y sus secuaces son totalitarios, son arrogantes que parten de la base de que todo lo que hagan es bueno para el pueblo. Los socialistas, desde los más carnívoros hasta los más vegetarianos, siempre han hecho eso: han decidido que ellos son la sociedad y que la libertad de la sociedad es promovida cuando ellos la violan. Dirá usted: qué cara. Pues eso.

Nacer

Agustín García Calvo en La Razón

¿Cuántas veces habrá tenido Vd. que escribir en documentos la fecha su nacimiento, el día al menos para la Administración, y si, para completar la broma, se mete Vd. en horóscopos y cálculos astrales, hasta la hora y el minuto? Pero, hombre, ¿cómo puede vd. creer semejante cosa? ¿Qué pruebas tiene del caso? No le va a dejar muy tranquilo el testimonio de los mayores, con la mala memoria, intenciones y fantasías de que están cargados; pero Vd. mismo, lo peor: ¿cómo va uno a haber nacido en tal fecha, cuando es tan claro que en aquel entonces uno no estaba?

¿Se lo toma Vd. como un convenio necesario, una falsificación venial? No sabe lo que están haciendo con usted: al Estado, la banca, el seguro, que consisten en administración de futuro, o séase de muerte, les hace falta, sí, saber desde cuándo tienen que contar con usted, porque, ya que se le ha fijado un fin, el fin, amigo, requiere su principio; pero a usted…vamos, no digo su persona jurídica, sino lo que quede de usted por bajo de ella, a ti no te hace falta para nada saber cuándo has nacido: por el contrario, eso te mete preso, te condena y te ejecuta. Tú, de veras, no has nacido nunca: lo que salió al aire del seno de tu madre, por más que acaso de meses atrás le buscaran un nombre propio para que no se les escapara, eso no eras tú, y todavía estuvo resistiéndose año y medio o más a que lo hicieran ser usted: a Vd. lo costituyeron cuando, por esos meses y ya en el idioma de su tribu, le comunicaron: «Has de morir», le crearon un porvenir. Y ya entiendes como luego esa noticia hubo de venir, hacia atrás, a clavarte en el registro y en la fecha de tu nacimiento. Pero no hagas tanto caso de ese manejo, hombre: se trata nada más que del tiempo, ése en que te hacen creer, en que quieren encerrarte, el del reloj y el calendario, que es el que el poder, su orden ideal y sus negocios, necesita: tanto, que ya toma la ciencia a su servicio y hace con el mundo lo mismo que contigo: como tiene un fin, ya que tiene un futuro, tiene que tener también un principio y hasta matemáticamente fijado, génesis, Big-Bang y hasta el origen del tiempo, ¡madre mía!, y demás fantasías que te han venido contando a lo largo de los siglos. Pero eso a tí no te toca: tú no has nacido nunca ni vas a morirte un día, porque te estás muriendo y a la vez naciendo, conmigo, ahora, y sin darte cuenta.

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Aunque no esté necesariamente de acuerdo, de los mejores artículos que uno haya podido leer del peculiar filósofo ¿nacido en Zamora el 15 de octubre de 1926?

lunes, 14 de marzo de 2011

Sin sentido

Gabriel Albiac en ABC

¿ESTÁ el mundo mal hecho? Es la interrogación que todo cataclismo —Japón, ahora— pone en nuestras cabezas. Aunque sepamos que es falsa. No, falsa no, ni siquiera eso: retórica sólo, no pregunta. Ni bien ni mal. El mundo no está hecho. Es. Tal cual. Y esto es lo grave: que nadie puede quedarse con sólo la parte ordenada de su caos infinito. Aunque quisiéramos. Y tal es la clave última del dolor humano: su matemática carencia de sentido. No existe angustia comparable a eso.

El del mal es el único problema serio. Por más que no siempre sepamos decirlo. O casi nunca. Por más que lo común es que eludamos la dimensión verdadera de su acecho, ante nosotros, criaturas quebradizas, a las cuales dice Pascal que basta un soplo para aniquilar. Vivir es cerrar los ojos a lo que es la vida: «Presentes sucesiones de difuntos», dice el clásico español más hondo. Y hemos de refugiarnos en la ceguera de hacer como que no lo sabemos; o en el consuelo de creer saber que ese sacrificio permanente que es vivir impone un sentido que trasciende: soñar que el mal de ahora abre la senda del bien final que nos salve. Dichosos los que puedan creer eso. Yo no puedo. El desolado canto a la retama (La Ginestra) de Giacomo Leopardi me gana la partida: «En nada la naturaleza / aprecia o cuida / a la semilla del hombre más que a la de la hormiga».

El cataclismo en Japón nos pone ahora ante esa primordial presencia que jugamos empecinadamente a borrar de nuestras vidas: la esencial fragilidad de los humanos, la primacía ontológica —y quizá teológica— de la muerte. Aquello que los griegos sabían desde el día mismo en que inventaron la poesía: «De todas las cosas, la mejor es no haber nacido», en verso austero de Theognis, quien, hacia el siglo VI antes de nuestra era, fundó la lírica en occidente. A Japón toca, esta vez, decir la muerte. Mas, como el más quevediano Borges sabe, nada dice la vida, bajo la apariencia brillante con la cual la recubrimos —y encubrimos—, que no sea el «horrendo dictamen de que todo es del gusano».

Haití, hace nada; las islas del Pacífico un poco antes… A poco que forcemos la memoria —o bien recurramos a las hemerotecas—, el insobornable horror de la naturaleza, que aplasta hombres como ínfimas pulgas, puntea el fluir monótono del tiempo. La verdad es que eso no es más que el ápice de la continua secuencia de desastres a la cual llamamos vida; su momento extremo, el punto crítico en el cual no hay ya modo de callar, ni modo tampoco de decir nada que tenga sentido. Pero el desastre está en el alma de los hombres: raros bichos; que son mortales (no es gran cosa); que lo saben (es lo trágico); que viven simulando no saberlo, haciendo como que no existe esa amenaza; mientras pueden. Y llamamos catástrofe, cataclismo, a ese umbral en el cual se desdibuja el armónico lienzo con el cual, dice Pascal, a diario cubrimos el abismo al cual vamos a lanzarnos.

La ingenuidad ilustre de Voltaire le da el consuelo de buscar un responsable al terremoto de 1755 en Lisboa: Dios. Ni ese consuelo tenemos nosotros: porque aun el Mal, al absoluto mal, pone un sentido, del cual nosotros estamos desnudos. Sólo podemos decir: ha sucedido. De nuevo. Seguirá sucediendo. Sin sentido.

Moderada miseria

Mario Noya en Libertad Digital

En la noche del pasado shabbat, un individuo entró en el hogar de la familia Fogel, en la comunidad judía de Itamar (Samaria), y apuñaló hasta la muerte al padre (Udi, 36 años), a la madre (Ruth, 35) y a tres de los seis hijos: la bebita Hadas (3 meses), Elad (4 años) y Yoav (11 años). Los otros tres –Tamar, de 12; Roi, de 8, y Yisai, de 2– no corrieron la misma suerte porque se encontraban en casa de los abuelos.

Fue un crimen terrorista tan espantoso como puedan imaginar; o recrear, si consideran que deben enfrentarse a estas imágenes terribles que no les meterán los medios por los ojos, pues no hay en ellas niños palestinos a los que llorar.

La Autoridad Palestina no tardó en exhibir su moderada miseria. Con los cadáveres de los Fogel aún calientes, los voceros de la AP dijeron que no había evidencia alguna de que la matanza hubiera sido perpetrada por mano palestina. La identidad de los criminales "sigue siendo desconocida", declaró el ministro de Exteriores, Riad al Malki, no sé si antes pero en todo caso no mucho después de que tanto Hamás, gobernante en Gaza, como las Brigadas de los Mártires de Al Aqsa, grupo terrorista afiliado a Al Fatah, el partido que detenta el poder en la AP, justificaran la "heroica operación" como la "respuesta natural a las matanzas cometidas por la ocupación" en la Franja (que no tiene un centímetro de tierra ocupado) y en Cisjordania, y de que en la ciudad gazatí de Rafah saliera gente a la calle para celebrar el baño de sangre regalando caramelos a sus semejantes.

Malki no se conformó con ser moderadamente infame, así que dio un paso más y se metió de hoz y coz en la charca de la mentira abyecta. "Los palestinos jamás han cometido una matanza así por venganza o por razones nacionales", depuso el moderado, que igual se piensa que ya nadie recuerda la carnicería de Maalot o los asesinatos del libanés Samir Kuntar, ese héroe de la resistencia palestina que acabó con la vida de la pequeña Einat Cohen, de 4 años, reventándole la cabeza contra una roca.

En cualquier caso, añadió Malki –pues en el fondo y en la superficie sabía que ni él con toda su templanza podía negar que el río de la autoría palestina, más que sonar, bramaba–, se trata de un suceso que en nada beneficia a la "resistencia": estos ataques dañan los esfuerzos políticos y diplomáticos de Palestina en la escena internacional, aseguró. Es lo que tienen, Malki y la modulación morigerada: un palestino asesina a cinco miembros de una familia judía y las víctimas acaban siendo Palestina y su circunstancia circunspecta.

Por su parte, Mahmud Abbás, que como todo hombre de paz tiene un nombre de guerra (Abu Mazen), emitió un comunicado en el que incidía en su "rechazo y condena de toda violencia dirigida contra civiles, con independencia de quién esté detrás o de la razón de la misma". Una alimaña humana entra de noche en una casa y asesina a puñaladas a un hombre, una mujer, dos niños y un bebé, y el rais Abbás no se preocupa por ese hombre, esa mujer, esos niños y ese bebé, sino más bien por rematarlos a base de contexto, abstracción y equidistancia de la peor especie (este señor preside un Gobierno y manda sobre unas fuerzas de seguridad, por lo que indefectiblemente ejerce violencia sobre civiles y, en teoría, atiende a razones para justificarla). Y es que está pensando en esa alimaña humana, que es un terrorista palestino, y en el montón de palestinos que la está jaleando. Y en la comunidad internacional, que igual está mirando. Y, no lo adivinaremos en esta flotillera España nuestra, en recoger los frutos que acaso deje el sacudón horrible que ha sufrido el palmeral de Itamar ("isla de los dátiles", en hebreo):

La violencia engendra violencia, y lo que necesitamos es alcanzar rápidamente una solución al conflicto justa y omnicomprensiva.

"Así no se condena el terror, así no se combate el terror", le replicó entonces el premier Netanyahu, que aprovechó para –por enésima vez– exigir a la AP que combata el odio a Israel y a los judíos que satura las escuelas, las mezquitas, las televisiones palestinas. "Ha llegado la hora de acabar con el doble lenguaje", sentenció. Y de buscar, capturar y encerrar a los asesinos, en vez de dedicarles calles.

Está visto que estos malditos judíos no acaban de moderarse.

Saludables tragedias para la economía

Juan Ramón Rallo en Libertad Digital

Me preguntaban ayer en una entrevista de un programa de televisión cuáles creía que serían los efectos del devastador terremoto sobre la economía japonesa y mundial. Mi primera respuesta, tal vez por obvia, pudo resultar decepcionante: "Lo primero que debemos dejar sentado es que el terremoto no es beneficioso para la economía. Crecemos cuando acumulamos riqueza, pero aquí hemos asistido a una masiva destrucción de riqueza. Destrucción es lo contrario a creación de riqueza".

¿Para esto hacen falta los economistas? Qué tontería y qué pérdida de tiempo más grande. Pues tal vez no. Los carroñeros keynesianos siempre están al acecho de cualquier tragedia humana para saciar su incontenible sed de gasto. Ya sucedió con el tsunami del Índico o con el huracán Katrina, cuando sendos lumbreras de la economía, jefes de análisis de la agencia de calificación Fitch y del extinto banco estadounidense Wachovia, declararon que "el tsunami es una oportunidad de crecimiento para Sri Lanka" y que "generalmente es bueno para la economía cuando tienes que reconstruir a gran escala".

Ahora, el disparate se repite. Larry Summers, antiguo rector de Harvard y, lo que es más preocupante, ex secretario del Tesoro de Clinton y ex presidente del Consejo de Asesores de Obama, no ha tardado demasiado en frivolizar acerca de la tragedia del seísmo japonés y declarar que "irónicamente, el terremoto puede dar lugar a incrementos temporales del PIB gracias al proceso de reconstrucción. Tras el terremoto Kobe, Japón incrementó su fortaleza económica".

Lo peor de todo es que, habida cuenta de la pobreza de nuestros indicadores macroeconómicos, Summers podría llegar a tener razón desde un punto de vista meramente estadístico. Dado que el PIB mide la producción anual y no el volumen acumulado de riqueza, podría suceder que mientras que el capital de la nación se desploma, la renta anual aumente a corto plazo. Eso sí, cuesta ver qué hay de beneficioso en que durante un tiempo tengamos que volver a producir aquello que ya teníamos antes y que ha sido destruido por una catástrofe natural. Si nuestro patrimonio es 100 y se desploma súbitamente a 40, podremos reconstruirlo produciendo 60, mas obviamente en nada habremos mejorado con respecto al inicio cuando éste vuelva a ser 100. Estaremos como antes de la catástrofe, pero habremos perdido tiempo y recursos en el proceso de reconstrucción.

Nada, pues, mejorará la fortaleza económica de Japón tras el terremoto. Pero semejante conclusión de puro sentido común se da de patadas con el sinsentido particular del jefe de filas de los keynesianos y con su irracional obsesión de que las economías se paralizan cuando la gente no gasta. Vean, si no, con qué elegancia se expresaba Keynes en su Teoría General: "La construcción de pirámides, los terremotos y hasta las guerras pueden servir para aumentar nuestra riqueza si es que la educación de nuestros gobernantes en los principios de la economía clásica les impiden considerar mejores alternativas". No, no era una exageración, sino una declaración de principios. Con estos mimbres teóricos, ¿qué esperaban que dijeran sus discípulos intelectuales?

Profanación

José García Domínguez en Libertad Digital

Cuentan las crónicas que cuando el estreno de la Electra de Galdós, tragedia elevada a icono del anticlericalismo patrio, Ramiro de Maeztu, por entonces aún anarquista feroz, irrumpió en la platea luciendo un enorme pistolón al cinto para lo que fuere menester. A su vez, y luego de entonar La Marsellesa en la Puerta del Sol, una muchedumbre iconoclasta intentaría asaltar el palacio arzobispal aquella misma noche. Todo ello tras desfilar en pía procesión laica, paseando a hombros a Don Benito el Garbancero como si del mismísimo Antipapa se tratara. Ocurrió el 30 de enero de 1901. Hace más de cien años. Esto es, cuando la Iglesia todavía encarnaba la devoción del Poder. Viceversa, pues, de cuanto hoy acontece, al haber devenido el repudio de la fe tradicional único culto oficial del establishment.

Así los anales, si esos niños de la guardería de Berzosa que andan profanando capillas supieran algo de historia, comprenderían lo muy canónico, oficialista y obediente de su gansada. Y es que, aquí y ahora, en el Occidente laico y secularizado, nada resulta menos epatante y provocador que asaltar templos y hacer público escarnio de la religión. Al revés, pocos gestos como ése revelan más pacata servidumbre, mayor sometimiento servil al orden constituido y la ideología dominante. A fin de cuenteas, ¿dónde está la transgresión? ¿Dónde el heroico ataque al canon? ¿Dónde la airada contestación al sistema? Tan ignaras las pobres, esas beatas de la sacristía progre, las que obraron la suprema hazaña de exhibir tetas y necedad ante el púlpito, acaso nunca lleguen a descubrir que las genuinas meapilas del laicismo resultan ser ellas mismas.

Ellas, paniaguadas cómplices del statu quo, en las antípodas morales de los verdaderos disidentes. Gente como Salman Rushdie, abocado a la muerte en vida por inapelable sentencia de los ayatolás. O Theo van Gogh, ya asesinado. O Hirsi Ali, amenazada. O los autores de las caricaturas de Mahoma. O los contados pocos que aquí se atreven a cargar con el sambenito de racistas, islamófobos y fascistas tras infringir la ley del silencio. Ésa que impone el eufemismo de la cobardía que responde por corrección política a propósito de la barbarie coránica. ¿Heterodoxos los payasos de la Complutense? No me hagan reír.

Delibes, un año después

César Vidal en La Razón

Quién lo diría pero estos días se ha cumplido un año de la muerte de Miguel Delibes. Personalmente, creo que Delibes fue el mejor novelista español de la segunda mitad del s. XX. No me cabe duda de que superó incluso a Camilo José Cela –aunque no consiguiera como el gallego el Premio Nobel– y que, estilísticamente, sólo hubo dos o tres que se le acercaron y ésos ya están prácticamente olvidados. Sin embargo, lo que, con el paso de los años, me ha ido impresionando de manera creciente en Delibes ha sido la forma en que fue cobrando altura humana a medida que se iba desarrollando su quehacer literario. El primer Delibes era un buen autor atrapado por los elevadísimos cielos de Castilla, los campos interminables a orillas del Duero y la pasión por la caza. A mitad de camino entre el costumbrismo y la descripción regional, no pasaba –y ya era mucho– de ser un buen artesano de las letras. Sin embargo, Delibes logró ya a mediados de los años sesenta elevar el vuelo de ese no insignificante punto de partida y remontar su prosa en alas de temas eternos. Recordaba en este mismo espacio hace tan sólo unas semanas la actualidad pasmosa, casi cortante, de «Cinco horas con Mario». Podría decirse lo mismo de «Mi idolatrado hijo Sisí», en el que cuestionaba la versión oficial –de entonces, se entiende– de una guerra que había catapultado a unos hermanos contra otros y en la que se vieron atrapadas millones de familias que pagaron un elevadísimo tributo por los sueños de unos y de otros, pero, a la vez, podía descender a ese mínimo común denominador –amor a los hijos, dificultades conyugales, deseo de prosperar…– que es aplicable a casi todo el género humano. No fue Delibes un iconoclasta –quizá ahí resida parte del secreto de su permanencia– ni, mucho menos, un resentido, pero pocas críticas sociales han conseguido un mayor calado que la contenida en la descripción del agro sureño de «Los santos inocentes». Tampoco dejó nunca de ser un católico conservador y, sin embargo, su última y mejor novela, «El hereje», estuvo dedicada con delicadeza conmovedora al protestantismo que fue abrasado en los autos de fe de la España del s. XVI. Seguramente todo fue posible porque, fueran cuales fueran sus convicciones, se negó a tener esa mirada tuerta, de izquierdas o de derechas, que sólo ve los males de los que juegan en el otro equipo y que ha caracterizado y caracteriza a tantos de sus compatriotas. Contó en cierta ocasión Delibes que una noche, de regreso del trabajo y mientras cruzaba en bicicleta un parque de Valladolid, fue detenido por un guarda que, como argumento de autoridad, le propinó dos bofetadas. Aquella humillante e innecesaria injusticia debió pesar en el ánimo del escritor hasta el punto de relatarla de manera autobiográfica en «Cinco horas con Mario», pero, como tantas reflexiones suyas, estaba exenta de resentimiento, una conducta que, como la venalidad, no anidaba en él. Buena prueba de esto último es cómo rechazó año tras año un importante premio literario porque estaba dado de antemano. Murió hace un año, tras una etapa que atravesó con pesar porque no había podido escribir y su esposa, de cuya pérdida nunca se repuso, se había marchado mucho antes. Descanse en paz.