jueves, 28 de abril de 2011

El «¡Uuuuhhhh!» de Pep Guardiola

Ignacio Ruiz Quintano en ABC

Económicamente, y desde el fondo de los tiempos, España es una hormiga que mima al pulgón de la política a la espera de sus secreciones azucaradas. Y, sin embargo, la juventud, según las últimas encuestas, no conoce el proceso y tampoco parece muy interesada en conocerlo. ¿Por qué?

Decimos «juventud» y no «los jóvenes» porque eso dice que hay que decir el catón de la Educación para la Ciudadanía o Formación del Espíritu Nacional, que se reduce a inculcar en la juventud las dos ideas populistas del franquismo: la bicicleta para el asfalto, y para la vida, el «haga como yo, no se meta usted en política».

La juventud española se mueve en bicicleta y no se mete en política, salvo los sobrinillos de los que ya están metidos, «porque alguien tiene que continuar». Es famosamente el caso de Bibiana Aído y Leire Pajín, que no van en bicicleta, pero que tienen cara de hacerlo, y que no saben de política, pero que están metidas en política, como sus padres.

—Rusia y España, unidas como fuerzas hermanas... Y sólo se verán tractores y manzanas, panes y juventud sobre la tierra —cantaba Miguel Hernández, el poeta cabrero del disco de Serrat.

Luego vino Franco y lo que se vio entre la juventud eran bicicletas, que es una cosa que el español lleva en el alma desde Echegaray, que fue Nobel de Literatura y presidente de la cosa ciclista, y ahí tenemos ahora a Contador, y antes a Induráin, y antes a Perico, y antes a Ocaña, y antes a Bahamontes, ganando todos los veranos el Tour de Francia, ese país que nos fascina por su facilidad para pasarse la vida haciendo revoluciones para volver al antiguo régimen.

La generación ni-ni (ni tractores socialistas ni política de la polis) es feliz ignorando que el alcalde de Getafe, cuyo equipo de fútbol acaba de ser adquirido por unos millonarios árabes, está que no levanta cabeza porque la presidenta de la Comunidad le ha llamado «pitufo». Seguramente tampoco sepa esta juventud que María Cospedal ha reñido con una señora de TV dura, tipo Mariví Romero, que ya se las había tenido muy tiesas con el persa Ahmadineyad, en cuya presencia improvisó una caída de pañoleta que, al parecer, hizo muy poca gracia al sucesor de Ciro el Grande. ¿Y qué sabe esta juventud de Llamazares, recibido a cantazos en un poblado chabolista donde iba a echar una arenga sobre los capitanes Galán y García Hernández? ¿Qué sabe de las encuestas que conceden a Rajoy la mayoría en las próximas elecciones? ¿Sabe esta juventud de la preocupación de Matute por la mutilación de cuentos en nombre de la corrección política?

Por no saber, esta juventud ni siquiera sabe que el «Uuuuhhhh!» de Guardiola en Madrid es un invento del payaso Charlie Rivel. Por eso es más feliz que la nuestra.

Turbado por el turbante

Alfonso Rojo en ABC

¿Pero qué broma es esta? Enchufas el televisor, enciendes la radio o abres un periódico y te encuentras, a diestro y siniestro, con empalagosas crónicas sobre el «talento inversor» del emir Hamd Bin Jalifa al Thani y el «glamour» de su enturbantada jequesa.

No ha habido medio de comunicación español que no haya hecho suya esa solemne memez de que la primera dama de Qatar, «además de ser mundialmente alabada por su belleza y elegancia, es una firme defensora de los Derechos Humanos en el mundo árabe».

¿Nos hemos vuelto locos? La pregunta es retórica y ya les doy la respuesta: no. Hemos perdido la vergüenza. No se trata de insultar a tus invitados, sobre todo cuando cargan tantas joyas, visten de Chanel y vienen a invertir en las descalabradas Cajas de Ahorro, pero a cada uno lo que le corresponde.

¿Es qué ninguno de los que acudieron al besamanos sabe que el 80% de la población del emirato son trabajadores extranjeros cuyos derechos están en permanente cuarentena? ¿O que desde Al Yasira predica a diario el fanático Yusuf al-Qaradawi, con un programa llamado «Sharia y Vida» y cuya receta para los homosexuales es la muerte?

En descargo del polígamo emir es preciso reconocer que no hace caso en todo a Qaradawi: en lugar de colgar de las grúas a los gays, como hacen los ayatolás iraníes, se limita a administrarles latigazos. Y permite que las mujeres conduzcan. Hasta promociona el deporte. O eso creen en el Barça cuya hasta ahora inmaculada y mítica camiseta lucirá a partir del 1 de julio el anagrama de la Qatar Foundation. Todo por la módica suma de 165 millones euros en cinco temporadas.

¿Hubieran aceptado los culés el logotipo de una fundación de Pinochet? se pregunta Pilar Rahola en «La República islámica de España», libro cuya lectura recomiendo encarecidamente a progres, diletantes, comprensivos y distraídos.

¿Y Siria?

César Vidal en La Razón

Al-Asad ha sacado los tanques a la calle y está asesinando a sus súbditos por centenares, igual que su papá hizo con millares. Por un momento, he temido que José Blanco hablara de que vamos a «liberar al pueblo sirio» y que Carme Chacón dijera que tenemos que derribar a Al-Asad. Pero no. Los que tanto protestaron a la hora de intervenir en Irak contra un dictador llamado Sadam Hussein a pesar de las resoluciones de la ONU que había violado y que luego se han empeñado en derrocar a Gadafi, ahora no dirán nada. Francia no ha ordenado a ZP intervenir porque, al menos de momento, no conviene a sus intereses neocoloniales, o sea que de esta guerra lo mismo nos libramos.

Viñeta de Caín en La Razón

miércoles, 27 de abril de 2011

El chiringuito solidario de Mayor Zaragoza

Pablo Molina en Libertad Digital

Federico Mayor Zaragoza preside la Organización No Gubernamental (sic) "Fundación Cultura de Paz". ¿Qué hace esta ONG? Nada. Es decir, lucha por la paz y tal, pero su programa de acción es tan difuso que incluye como actividades realizadas para justificar las numerosas subvenciones que recibe, por ejemplo, la publicación en el diario El País de un artículo de Mario Soares en el que se menciona a la fundación.

Si hemos de creer la declaración de intenciones que recoge su página web, la fundación dedica todos sus esfuerzos, sin duda ímprobos, a "la vinculación y movilización de redes de instituciones, organizaciones e individuos que se destaquen por su compromiso con los valores de la cultura de paz". Los conceptos de vinculación y movilización son tan laxos que prácticamente cualquier acción puede enmarcarse en ellos, desde editar un folleto para que los niños del barrio celebren el Día de la Paz hasta asistir a una reunión en el extranjero donde se va a hablar de Paz. Y a ver quién dice que eso no es "vincular" o "movilizar" a las "redes", claro.

Pero esta circunstancia no impide que reciba numerosas subvenciones de todos los organismos conocidos, la última de las cuales suma 300.000 euros que el Ministerio de Asuntos Exteriores le ha ingresado con cargo a nuestro bolsillo. ¿El objeto de esta subvención? Pues nada menos que la "Promoción y Fomento Internacional y en Red de una Cultura de Paz". Y usted responderá, "la vaca". Pues sí, la vaca, pero esa de cuyas ubres sale la nutricia subvención que permite la subsistencia de esta empresa doméstica. Porque la Fundación Cultura de Paz no es precisamente un crisol de culturas con participación de nombres relevantes en todas las áreas del conocimiento o la empresa. Es más bien, una cosa familiar, íntima, dinástica.

El presidente es, no faltaba más, Federico Mayor Zaragoza, quien tiene como vicepresidenta a una persona de su absoluta confianza, María de los Angeles Mayor Menéndez, que casualmente también es su hija. En el listado de patronos figura asimismo su señora esposa, sus otros dos hijos, Federico y Pablo e incluso sus nietas Andrea y Marta Kallmeyer Mayor, al objeto de que vayan adquiriendo las habilidades necesarias para desenvolverse con éxito en el cada vez más exigente mundo del trinque presupuestario.

Tres generaciones de una familia de luchadores por la paz, amigos, y el ejemplo de unos padres preocupados del futuro de sus hijos, que usted y yo financiamos con el dinero que dejan de disfrutar los nuestros. Me voy a llorar un rato. La emoción, ya saben.

El (oscuro) dinero del poder

José García Domínguez en Libertad Digital

"Conocer es cuantificar", ordena un viejo adagio ilustrado. Cuantifiquemos, pues. El Estado, celoso usufructuario de cerca de la mitad de la riqueza nacional, ocupa a cuarenta y seis mil de sus mejores servidores en la continua vigilancia de los contribuyentes, sujetos pasivos todos de desvelos e insomnios administrativos. Cuarenta y seis mil. Lo más granado de su infantería, es sabido. Ese mismo Estado, prevenido de los innúmeros resquicios por donde puede desvanecerse el dinero, asigna al control de las finanzas de sus custodios, los partidos políticos, un total de...diecinueve probos funcionarios; conserjes y secretarias incluidos, huelga decir. Que ahí empieza y acaba la plantilla llamada a fiscalizar las cuentas –y los cuentos– de los amiguitos del alma de Camps, Chaves, Bárcenas, el par de garrulos de la mariscada, la tocata y fuga de CiU en el Palau, los mil kilos de Montilla, las esquivas facturas opacas de PSOE, PP, PNV, ERC...

Diecinueve. Ni uno más. Y aún han tenido la humorada de llamarle tribunal a la cosa. Tribunal de Cuentas, no "¿de Cuántos?", que, ya puestos, hubiera sido lo propio. Al respecto, sostiene ahora el Consejo de Europa que el de la financiación de los partidos es uno de los grandes capítulos pendientes en España. Craso error. Muy al contrario, el de las coimas, trinques, mordidas, comisiones, cafelitos, convolutos, tres por cientos, trajes, sisas, dobladillos y camisas de once varas, es uno de los –pocos– capítulos cerrados en la España de la partitocracia. Al punto de que el propio Zapatero habrá de hacer mutis por el foro traicionando su personal compromiso de airear las contabilidades de las organizaciones políticas.

He ahí, por cierto, el fin de la política en su obscena desnudez. Espectáculo crepuscular de lo público convertido, sin coartadas ni disimulos, en abierto comercio de apetitos particulares, privativo monopolio de bulímicas fratrías provinciales. Prosaico entramado caciquil por completo ajeno a cualquier ideología o abstracción teórica. Tupida malla feudal de señores que alimentan a sus vasallos a cambio de lealtad ciega, y gleba vinculada por pactos de sangre a sus benefactores. Paraguay, sin salida al mar, posee un Ministerio de Marina. Y Cuba, otro de Justicia. ¿Por qué no presumir nosotros de un Tribunal de Cuentas? Eso sí, con diecinueve cuentistas. Ni uno más, claro.

Papá leía «Mein Kampf»

Gabriel Albiac en ABC

Papá era nazi. Y él fue siempre un buen hijo. Aunque papá lo juzgara no muy listo. No perdió nunca ocasión de propagar la apología del Holocausto. Y fue —¿cómo negarlo?— enternecedor escuchar sus sentidas palabras de advertencia al Pontífice Romano en su visita de 2001: «Los judíos intentan matar los principios de las religiones celestes con la misma mentalidad con la que mataron y torturaron a Jesucristo». Todos supieron que el heredero Bashar iba a estar a la altura legendaria de Hafez Al Assad. Sólo había que darle una oportunidad. Ahora. A golpe de artillería y de blindados, Bashar Al Assad reverdece hoy viejas glorias de su estirpe. La aniquilación de la ciudad sunita de Hama en 1982 marcó el récord de asesinatos por unidad de tiempo en la familia. Por el momento. Bombardeo aéreo y artillería pesada contra población civil, a lo largo de 27 días: veinticinco mil muertos. Civiles, por supuesto. Una hazaña bélica. Sobre Bashar —segundón de papá, sólo heredero tras la muerte de Bassel, el hijo predilecto— recae ahora la pesada responsabilidad de hacer pequeñas las glorias del padre. Le queda aún un buen trecho. Pero las tres centenas largas de manifestantes liquidados por tanques e infantería sugieren un excelente ritmo de partida.

Nuestro amigo Bashar no desmerece su linaje. Puede que tal convicción fuera motivo de la prioridad que le diera la diplomacia española nada más verlo sentado en el sillón del padre. Intercambio de visitas oficiales, exaltaciones marxianas (fracción Groucho) de su inequívoca apuesta por la democracia… ¡La de cosas que hemos oído en estos diez años! ¡La de entrecomillados que uno puede ir sacando de ese antídoto de la idiotización que son las hemerotecas…! Prueben a hacer un par de búsquedas en Google, nuestros curiosos lectores. Dándoles el nombre del dictador sirio y el de un par de políticos españoles: los que más gordos les caigan, da lo mismo color, cargo o ideología. Verán qué risa.

El poder es artesanía «de tiempo y circunstancia», repetía el más clásico de aquellos que, en el siglo XVI, inventaron en Europa la política. Pero, a Europa, Bashar vino tan sólo a aprender oftalmología, allá por los lejanos tiempos en que papá lo miraba entre piedad y desprecio. Hafez Al Assad pudo asesinar cuanto le vino en gana, sin pagar jamás por ello, no por especial favor celeste. Había —es más prosaico— un guerra mundial que, bajo el sarcástico nombre de «Guerra Fría», permitía a sus fieles peones consumir, del todo gratis, sangre ajena. Quienes supieron hacer uso de aquel pulso de medio siglo blindaron despotismos inatacables. Delincuentes como Sadam o Castro, como Videla o Bokassa, como Assad o Arafat, son ridículas marionetas de un Gran Juego cuyos hilos movían otros menos risibles.

Se acabó aquello. Si Assad hijo se empecina en ejercer el oficio carnicero con igual exhibicionismo que su padre, su cita con la Parca estará sellada. Más nos valdría a todos: a los sirios, sobre todo. Pero eso solo no basta. Ni tras el fin de Gadafi se alzará el paraíso en Trípoli, ni tras el batacazo del segundón de papá Al Assad se adivinan tiempos felices para Siria. Papá leía Mein Kampf. Los que vienen, no conocen más libro que El Libro.

lunes, 25 de abril de 2011

Luz de abril

Gabriel Albiac en ABC

Madrid, este cristal de cuarzo o de resina fósil tras la lluvia, acoge su retorno con el duro destello de cada primavera. Pasaron el paréntesis de olvido que tiñe en melancolía sagrada la Semana Santa. Y han de cargar de nuevo con el rudo mundo a cuestas. La ciudad, que añoraron al borde de playas cárdenas de tormenta, sabe aparentar mohines de vieja amante sabia. Los que vuelven sospechan que es tan sólo escena; que enseguida revestirá su rostro de madrastra: el más bello. No hay amor tan extraño, no hay deseo tan perverso, cuanto este que encadena a quienes vuelven —todos— a la ciudad tallada en el mayor desorden y en la luz más geométrica.

Yo, que no me he movido —nunca lo hago—, también estoy de retorno. Del universo infinito: ese que cabe sólo en las contadas páginas de ciertos libros. Y del desorden de papel y tinta negra en el cual nadie —tampoco yo— podría adivinar siquiera proyecto de obra; las más de las veces, folios para estrujar en la papelera. Abro los ojos al Madrid de después de la lluvia, con estupor idéntico al de estos que regresan de la efímera fuga. Huir es honorable para salvar la vida. Así, todos. Sumergidos en el espacio abierto que la lluvia golpea, o en el hermético tiempo suspendido de la habitación en penumbra, donde el repiqueteo de las gruesas gotas sella una soledad en cuya conmoción hay la solemnidad armónica del templo.

Huyeron para volver. Huimos sólo para que esta luz milagrosa de la ciudad tenga de nuevo para cada uno la sorpresa imprevista de su glacial bofetada. Somos de la ciudad, como no fuimos ni seremos jamás de humano alguno —por querido que nos sea—, como no fuimos nunca, ni jamás seremos, de país o de creencia. Ni dioses ni bestias, dice Aristóteles; ciudadanos, animales enfermos de palabras, que sólo al resplandor de las sombras que pueblan el recodo de cada calleja conocen el misterio de chocar con su desdoblado fantasma, el primordial fantasma al cual ignoran los espejos, como ignoran a los vampiros de Bram Stoker.

¿Qué encontrarás hoy, al salir a la calle? Lo de siempre. Lo mismo que asqueaba el desayuno del Baudelaire parisino hace más de un siglo: sordidez y política, política y crimen. Si pudiéramos borrar eso de nuestros ojos, el duro sol de esta ciudad nos bastaría para ser felices. No es posible. «Ciudadano apolítico» es eso que los cursis llamamos un oxímoron: un círculo cuadrado. La política mata al ciudadano, a la manera en que distintas dosis del mismo veneno nos embriagan o bien nos vuelven locos. Es preciso manejarla con fervor distante de alquimista: detestamos a los caraduras que viven de nuestros impuestos. Y eso es justo. Y no basta.

La ciudad… También yo —¡cielo santo!— la olvido, para pensar en esas gentes que son las menos propicias para inteligencia, belleza o poesía —tres nombres de lo mismo—: los políticos. Pedirán mi voto en unas pocas semanas. Conozco ya esa náusea, de la cual huyo en vano. Legítima defensa, desde luego. Los hay pésimos y malos. Delincuentes ya, o no aún: microscópico matiz. No hay otro ante las urnas. Legítima defensa. O legítima venganza. Contra quien nos arruina. E inmediato olvido. Madrid, hermético en su sol de cuarzo o de resina fósil, permanece. Es el consuelo. Puro.

La demostración sindical

Xavier Pericay en ABC

Desde hace algunas décadas, tanto la legislación educativa como su aplicación han sido en gran medida el fruto de una conjunción de intereses. Por un lado, los de la Administración socialista, empeñada en cambiar de arriba abajo el legado recibido; por otro, los de los expertos universitarios, deseosos de trasladar a las aulas primarias y secundarias sus experimentos pedagógicos; y, por último, los de los sindicatos mayoritarios de docentes, decididos a aprovechar la coyuntura para intentar acabar con la jerarquía, convertir a maestros y profesores en simples trabajadores de la enseñanza y, sobra decirlo, colocar a los suyos.

Como es natural, semejante compendio de intereses —concretado en esta LOE con la que siguen desayunándose cada mañana nuestros educandos y que no es otra cosa, al cabo, que una versión edulcorada de la vieja LOGSE— se ha visto favorecido por la convergencia ideológica de las partes. Y, en particular, por ese buenismo igualitarista que lo mismo prescribe que hay que adaptar el nivel general del grupo al de los alumnos más rezagados —con el consiguiente perjuicio para quienes destacan de entre la medianía— que considera perfectamente homologables las tareas de todos y cada uno de los enseñantes, con independencia de los estudios cursados, de las oposiciones a las que han concurrido y de los merecimientos que atesoran a lo largo de su carrera docente. La consecuencia última de todo ello es de sobra conocida: España cuenta con uno de los peores sistemas educativos del mundo desarrollado y en vías de desarrollo.

Examen para bachilleres

Juan Manuel de Prada en ABC

El examen de «cultura democrática» que ABC proponía ayer a cuatrocientos estudiantes de bachillerato en trance de estrenarse como votantes deparaba resultados más bien penosetes; aunque no todas las enseñanzas que de esos resultados pueden extraerse deban calificarse de catastróficas, por cierto. Yo diría que el examen nos confronta con una realidad desoladora, que es el deterioro de nuestro sistema educativo; con una certeza irrefutable, que es el desinterés de nuestros jóvenes hacia los avatares de la politiquilla (que a veces es también desapego hacia el régimen democrático actual); y con un atisbo de esperanza, que es la relativa impermeabilidad de los jóvenes a la propaganda mediática. Por empezar por esta enseñanza más halagüeña, comprobamos que los bachilleres españoles no saben quién es el actual ministro de Industria o el presidente de Radio Televisión Española. ¿Hay algo de malo en ello? Yo diría que no; antes el contrario, considero que su ignorancia aquí puede calificarse de benéfica y saludable, pues demuestra que sus conexiones neuronales aún ejercen cierto grado de bendita resistencia ante la avalancha de información inútil que las apedrea. A mi juicio, resulta mucho más provechoso que los jóvenes sepan que al presidente de Radio Televisión Española lo elige el partido que gobierna para que ejecute obedientemente sus consignas y garantice la provisión de alfalfa propagandística; y que se puede ser ministro de Industria —o de cualquier otra cosa— aunque tu ejecutoria política sea una calamidad con balcones a la calle, con tal de que seas amiguete del presidente de turno y le hayas mostrado adhesión inquebrantable y lacayuna. Yo no sé si los bachilleres españoles saben estos rudimentos; pero que no sepan el nombre de tal o cual gerifalte perecedero se me antoja un signo consolador. Así, al menos, sus conexiones neuronales puedan emplearse en saber quiénes fueron Aristóteles o Calderón de la Barca.

Pero tal vez nuestros bachilleres, que no son tan tontos como tendemos a figurarnos (aunque, desde luego, sean víctimas de un sistema educativo que se afana por convertirlos en dos tontos y medio), sepan perfectamente cómo se eligen en España los ministros y los presidentes de los medios de adoctrinamiento público, aunque no sepan los nombres de quienes adventiciamente ocupan tales cargos o poltronas. Y este conocimiento de lo que verdaderamente importa tal vez sea el que provoca su olímpico desinterés por los avatares de la politiquilla (en lo que demuestran una sabiduría encomiable) y su desapego hacia el régimen democrático actual, en lo que vislumbramos signos preocupantes. Pues para acabar con las lacras que corrompen el régimen democrático actual (para evitar que los ministros sean elegidos por amiguismo o que los presidentes de los medios públicos sean meros ejecutores de consignas y proveedores de alfalfa propagandística) se requieren españoles dispuestos a combatirlas; y aquí podríamos preguntarnos si ese desapego hacia el actual régimen democrático que revela el examen propuesto por ABC no es en realidad un desapego fomentado, cultivado, jaleado por quienes tienen la responsabilidad de estimular el juicio crítico de nuestros jóvenes. Podríamos preguntarnos si ese desapego no es, en realidad, la actitud más provechosa para una casta política que contempla con deleitosa satisfacción la paulatina conversión del pueblo español en ciudadanía pasiva, atiborrada de consignas y propaganda ideológica.

La vergüenza de España

Pedro de Tena en Libertad Digital

A veces, últimamente bastante a menudo, siento vergüenza de España. Esta gran nación –¿cómo no va a ser grande una nación cuya lengua es hablada cada vez más en todo el continente americano?, por poner un solo ejemplo–, no se merece ser gobernada por gente que ni la aprecia ni la cuida ni la proyecta al futuro. El proyecto político de algunos parece ser la destrucción de España, no su construcción y desarrollo. Este fin de semana hemos sido testigos de que otra gran nación europea, Francia, declaraba a los toros con sangre, toreros y muerte, la fiesta de los toros, como bien cultural inmaterial mientras en España hay regiones en las que se prohíbe su espectáculo por razones éticas hipócritas que amparan lo esencial: que no quieren en su territorio español una fiesta española. Es de vergüenza que nosotros, la inmensa mayoría de España, no nos defendamos adecuadamente. No hablo ya de defensa de la libertad, que cada cual vaya no vaya donde quiera ir, que también, por supuesto, sino de defensa de un patrimonio material e inmaterial de España. La herida a nuestra idea de la nación española, ¿tan honda ha sido, tan profunda, tan grave? Hasta hace bien poco respetar y honrar la bandera de España era fascista, ultraderechista. Tal ha sido y es la influencia de los nacionalismos antiespañoles en la izquierda y la derecha nacional.

Estados Unidos, Francia, Rusia, China, Reino Unidos, grandes países que han tenido comportamientos discutibles e incluso crueles y miserables en la historia, no tienen esa sensación de odiarse a sí mismos.

Pero esto es no es lo único. Da vergüenza que haya altos cargos de un Gobierno que se refieran a las ciudades de Ceuta y Melilla como ciudades africanas, que inciten abiertamente a Marruecos a quedarse con ellas cuando la historia contradice sus pretensiones, que se alabe el islamismo como religión respetuosa y tolerante sabiéndose lo que se sabe de ella o que los presidentes de la Junta de Andalucía y de España vayan más a Marruecos que a ellas. Es otro ejemplo de la vergüenza de España.

Pero dan vergüenza muchas cosas más. Da vergüenza vivir en un país donde las víctimas son preteridas y los asesinos beneficiados. El último de estos casos, el del asesino Troitiño y las víctimas de terrorismo etarra es una vergüenza. ¿Error? ¿Qué coño un error? ¿Cómo es posible soltar a un asesino condenado a una pena seis años antes de su terminación y decir luego que ha sido un error? ¿Cómo es que los jueces que han perpetrado ese atentado contra las víctimas, contra las vivas y las muertas, sigan ejerciendo sin más su trabajo. Es que es una vergüenza, como es una vergüenza que un Ministerio del Interior bromee y se tome a cachondeo un chivatazo policial a la cúpula de ETA por motivos políticos. Y es una vergüenza cómo se ha tratado el 11-M en España. Y es una vergüenza el juez Bermúdez, que sigue ejerciendo. Y es una vergüenza su sentencia y la actuación policial. Y es una vergüenza al tratamiento de la religión católica a la que se ataca no sólo por ser religión sino por ser el signo de identidad de la formación de España hace cinco siglos

Y es vergonzosa una educación, por llamarla así cuando en realidad no es nada porque los jóvenes entran en la Universidad sin saber lengua española, sin haber leído El Quijote, sin conocer la historia de España, ni siquiera una geografía española (a lo sumo la andaluza, o la catalana o la vasca...). Para ellos, la nación española no existe. No quiero seguir.

Siento una gran vergüenza porque la izquierda, una vez más, deja en manos de las derechas la fuerza de la tradición y de la nación como se lamentaba Menéndez Pidal. Y siento vergüenza porque alguna de estas derechas está dejando en manos de no se sabe bien quién la defensa de España. Y siento vergüenza por mí y por los ciudadanos porque no somos capaces de decir basta a toda esta locura sin sentido.

Jeremy Irons también

Carlos Rodríguez Braun en Libertad Digital

Con frecuencia se comete una injusticia con nuestros actores, artistas e intelectuales, al considerarlos excepcionalmente ignaros y presos del pensamiento único. Esto no es así en absoluto: el mundo de la cultura deja en general mucho que desear también en el resto del mundo. Por ejemplo, leí en El País esta declaración de Jeremy Irons: "No podemos crecer de forma permanente en un mundo de recursos limitados".

Esta majadería es ampliamente compartida porque apela al sentido común, que, al revés de lo que se dice, sí es el más común de los sentidos, aunque no es la única y definitiva guía para la comprensión de la realidad. En muchos casos es un obstáculo para dicha comprensión, como lo atestigua la historia de la ciencia, cuyos avances han requerido a menudo quebrantar el sentido común.

La falacia de Jeremy Irons, y de tantos otros, es doble. Si los recursos están limitados, eso no puede ser una novedad. No pueden estar limitados hoy: han estado limitados siempre. Pero si han estado limitados siempre: ¿cómo ha podido producirse y difundirse tanta prosperidad en comparación con el pasado?

La única forma de superar esta primera falacia es suponer que hoy, sólo hoy, la limitación de los recursos comporta un freno para nuestro crecimiento. Esto exige una explicación que la corrección intelectual se resiste a brindar.

Hablando de resistirse, la segunda falacia es precisamente suponer que los recursos están limitados. ¿Quién lo ha dicho? A lo largo de la historia, las personas han demostrado ser los verdaderos recursos: son los seres humanos los que han probado ser capaces no sólo de administrar recursos escasos sino de crear recursos nuevos. Eso es lo que ha permitido crear riqueza hasta hoy, y lo seguirá permitiendo en el futuro.

Caganers

José García Domínguez en Libertad Digital

En la portada del libro más vendido en uno de los últimos Sant Jordi comparece el propio autor en actitud inequívoca. Los pantalones caídos hasta la altura de los tobillos, emboscado el calzoncillo ausente entre sus pliegues, crispado el semblante y en cuclillas. Nada en la composición deja el menor margen a la duda: el ilustre prosista catalán está haciendo caca. Literalmente. Andreu Buenafuente, que por tal respondía aquel epígono local de Balzac, entonces aún uno más entre la legión de graciosos que mora en la televisión nacionalista, sería llamado al orden por Joan Majó al poco. El ex ministro de Industria y supremo comisario político de la cadena con el Tripartito quería afearle muy seriamente cierto proceder suyo.

Otro asunto de heces, aunque esta vez fonéticas. Ocurre que en algunos de los guiones que escenificaba en pantalla, el narrador concedía utilizar la ilegítima lengua castellana. Severamente reprendido al respecto, la reacción del polígrafo resultaría fulminante. Al día siguiente compareció ante una gaceta doméstica, El Periódico por más señas, a fin de mostrar su hondo agradecimiento a las autoridades por permitirle trabajar en TV3. El medio más libre "en todo el Estado", se apresuró a aclarar. Más caca. Sant Jordi, circense alarde de miseria intelectual. Los creadores, exhibidos en sus casetas como monos de feria. Acaso a la espera de que algún día les lancen un cacahuete. Y mientras, soportando estoicos el verse equiparados a una recua innúmera de intrusos, farsantes y caganers audiovisuales.

La muchedumbre, a su vez, arremolinada en torno al último rebuzno de la correspondiente celebridad mediática. O abalanzándose sobre el enésimo manual ful de autoayuda con la misma devoción que sus bisabuelas pagaban al mosén de la parroquia por las bulas de Cuaresma. Y pensar que semejante convite de trileros pasa por admirable muestra de civilidad e ilustración gracias a los publicistas de guardia. Los mismos, por cierto, que han logrado mantener en la más estricta clandestinidad el trigésimo aniversario de Pla. Última broma de aquel viejo sarcástico, se le ocurrió morir un 23 de abril. Por joder, que diría el gallego. El más grande escritor que nunca haya producido Cataluña. E invisible. Ni una sola mención más allá del estricto protocolo institucional. Ni una. Triste tierra de caganers.

Casualidades que suenan a complicidad

Editorial de Libertad Digital

Aunque generalmente hablemos de "tregua trampa" para referirnos a esos períodos de tiempo que la banda terrorista aprovecha para reorganizarse y obtener favores políticos, lo cierto es que ETA suele ser bastante diáfana en sus deleznables posiciones. Son otros quienes se colocan las trampas para caer en ellas o, mejor dicho, para que los españoles caigamos en ellas.

Sin ir más lejos, el comunicado que ayer emitió la organización criminal coincidiendo con el Aberri Eguna debería bastar para enterrar cualquier falsa expectativa de que ETA pretende abandonar la violencia. Nada más lejos de la realidad: ETA sigue exigiendo la independencia del País Vasco, continúa exaltando a sus asesinos, no se arrepiente de sus crímenes y reconoce que Bildu es su instrumento para continuar en las instituciones. Todas sus cartas están encima de la mesa; es el Gobierno quien se niega a verlas o, más bien, a que nosotros las veamos.

Sin duda, tanta ceguera voluntaria sólo da que pensar en complicidad. Esa misma complicidad que impregnó toda la primera legislatura y que, según nos repite hoy el Gobierno –como también nos lo repetía hace cuatro años–, no existe en estos momentos. ETA incluso ha pasado a utilizar el mismo lenguaje de Zapatero, un guiño a que las mentiras, las manipulaciones y las cesiones de la pasada legislatura podrían perfectamente estar repitiéndose en la actualidad.

Mayor Oreja no sólo tiene todo el derecho del mundo, sino toda la experiencia y la sensatez, de sospechar: De Juana Chaos, el Faisán, Troitiño y Bildu parecen todos ellos notas de una misma partitura. Puede que, aceptando las excusas del Gobierno, sólo sean coincidencias, frutos de la torpeza y no de una pactada maldad, pero lo cierto es que, aun en ese caso, sólo un Ejecutivo que ha relajado, descuidado y arrinconado enormemente lo que debería ser una ofensiva sin cuartel contra una banda terrorista puede cometer torpezas tan graves y reiteradas sin que, en apariencia, les importe demasiado.

Todas las alarmas deberían encenderse cuando, mientras los terroristas se quitan las máscaras, el Gobierno se afana en volvérselas a colocar. De momento, el saldo no puede ser más desolador: ETA no ha dado la más mínima muestra de rendirse incondicionalmente y los terroristas siguen saliendo a la calle (o no entrando en las cárceles) y sus apéndices políticos colándose en las instituciones. Si no estamos inmersos en una nueva ronda de negociaciones, esto se le parece mucho.

Salir de la crisis

José María Marco en La Razón

Cuando se desencadenó la crisis, pronto hará tres años, se habló, y mucho, de una necesaria reforma moral. Se había terminado un modelo económico basado en la pura codicia, había que restablecer la ética en las relaciones económicas, había llegado la hora de refundar el capitalismo… Aquello pareció animar a la intervención de los gobiernos en la vida económica (es decir, en la vida pura y simplemente). Como los gobiernos, además, se vieron obligados a evitar el hundimiento del sistema financiero, volvieron a primera línea de actualidad teorías desacreditadas desde hace treinta años acerca de la importancia del Estado en la actividad económica.Casi tres años después, las cosas han cambiado mucho y la crisis ha revelado una situación nueva. En los países desarrollados, la crisis ha disparado los gastos del Gobierno hasta límites que recuerdan otros tiempos. Hasta 2008, España era un país sin déficit y con una deuda pública sumamente manejable. Ahora se dispone a ingresar en el club de los países con deudas aplastantes, que hipotecarán la vida de los ciudadanos durante años. Y lo hacemos, además, con alegría, celebrando, como bien comentaba Iñaki Ezquerra en estas páginas, cada colocación de deuda como si fuera un triunfo y no un clavo más en el ataúd. Estamos en el hoyo, como dicen los ingleses, y seguimos cavando…

El «revival» de Keynes y el neosocialismo del 2008 duraron poco. En poco tiempo, se ha vuelto a comprobar que el aumento del gasto gubernamental no sirve para salir de la crisis. Todo el mundo habla ahora, en consecuencia, de reducción de gastos y restricción presupuestaria. Tendemos a utilizar eufemismos, como «consolidación fiscal» y «reestructuración de la deuda», pero nadie se engaña.

Ahora bien, más que intentar disimularnos a nosotros mismos las decisiones que vamos a tener que tomar, quizás sería más conveniente plantear el problema que tenemos delante de otra manera. Si volvemos a los orígenes de la crisis, nos daremos cuenta de que una parte del diagnóstico que entonces se hizo es cierta: hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. Muy en particular, el Estado y los gobiernos han vivido, y siguen viviendo desde entonces, muy por encima de lo que las sociedades que los mantienen pueden soportar.

El problema es económico y –como todo en economía– moral: unos gobiernos inflados han generado intereses parásitos, dependencias y, aún peor, una incapacidad generalizada para decir la verdad. Los estados que quieren, como han querido nuestros gobiernos, cubrir todas las contingencias, librarnos de cualquier riesgo, generan falsas expectativas, inautenticidad. Todos nos acostumbramos a mentir sistemáticamente, y eso es lo que nos negamos a cambiar… a pesar de la crisis.

El resultado es una situación insostenible. En vez de plantear la reducción de gastos como una purga, deberíamos comprenderla también como la posibilidad de recomponer una sociedad más auténtica, más sincera, con ciudadanos menos hipócritas, más dispuestos a asumir riesgos, más emprendedores y más fuertes. Y por supuesto, menos dependiente del Gobierno. ¿Tan mal está eso? ¿Tan cobardes nos hemos vuelto?

Libertad para Ai Weiwei

Salman Rushdie en El País

El 4 de abril, Ai Weiwei fue detenido por las autoridades chinas cuando iba a subirse a un avión con destino Hong Kong y desde entonces está desaparecido. Su estudio fue registrado e incautados sus ordenadores y otros objetos. Desde entonces el régimen ha permitido la publicación de insinuaciones sobre sus "crímenes" -evasión de impuestos y pornografía-, increíbles para quienes le conocen. Parece que el régimen chino, irritado por la falta de pelos en la lengua de su artista más internacional, hasta ahora protegido por su renombre, ha decidido silenciarle de la forma más brutal. Ese mismo día, Wen Tao, periodista independiente y socio de Ai, fue secuestrado por individuos no identificados en una calle de Pekín, pero la policía se ha negado a decir quién es responsable de su desaparición.

Los temores que suscita la desaparición de Ai Weiwei se agravan cuando tenemos noticias de que ha empezado a "confesar". Es preciso solicitar urgentemente su liberación y la obligación de los Gobiernos del mundo libre a este respecto está clara.

Pero Ai Weiwei tampoco es el único artista chino que se encuentra en una situación penosa. Este mismo mes, al gran escritor Liao Yiwu se le ha denegado el permiso para viajar a Nueva York, donde debía asistir al festival literario PEN World Voices, y se teme que pueda ser el próximo objetivo del régimen. A Liao también se le ha pedido que firme un documento comprometiéndose a no publicar ninguna otra obra "ilegal" fuera de China (todas ellas, incluido el gran libro que conocemos con el título de The Corpse Walker, El paseante de cadáveres, llevan años prohibidas dentro de China). En Estados Unidos y Europa está a punto de aparecer una nueva recopilación de textos, God is Red, y se teme realmente que él tampoco tarde en desaparecer.

Al escritor Ye Du también le capturaron en febrero y, como Weiwei, ha desaparecido. Todavía no se conoce su paradero, no se han presentado cargos contra él y no se le ha permitido entrar en contacto ni con su familia ni con abogados.

El escritor Teng Biao es uno de los conocidos abogados expertos en derechos humanos que han desaparecido desde febrero. Liu Xianbin, también escritor, ha sido condenado este mes a 10 años de cárcel por incitación a la subversión. Acusación esta que pesa también sobre el premio Nobel de la Paz Liu Xiaobo, que sigue en prisión, cumpliendo una condena de 10 años.

Entre los escritores, artistas y activistas que han sido detenidos o que han desaparecido durante esta despiadada campaña figuran Zhu Yufu, detenido desde el 5 de marzo y oficialmente arrestado el 10 de abril; Liu Zhengqing, al que se mantiene ilegalmente incomunicado en un lugar desconocido desde el 25 de marzo (con su esposa tampoco se ha podido entrar en contacto desde esa fecha), además de Yang Tongyan (condenado a 12 años de cárcel) y Shi Tao (a 10 años).

miércoles, 20 de abril de 2011

Castro & Castro S.L.

José García Domínguez en Libertad Digital

Con exquisito, reverencial respeto no ajeno a un punto de devota admiración, como si se tratara de la Convención de Donantes de Médula Ósea o del centenario de los Beatles, informa Televisión Española a propósito de ese aquelarre del Partido Comunista de Cuba en el que Castro acaba de suceder a Castro. Juntanza donde, de creer a Granma, al fin se ha acometido la superación de una de las principales contradicciones dialécticas de la fase superior de la Revolución: el problema de las ollas arroceras y sus muy quebradizos mangos. "Uno de los temas que más preocupan a la población, en cuya solución ya se trabaja. 77.000 equipos de cocción se reportaban fuera de servicio en diciembre del año pasado", según acaba de referir en audaz autocrítica el portavoz oficial del Comité Central.

"Proceso de reforma del modelo económico" le dicen los humoristas de Prado del Rey a ésa y otras cuitas parejas que ocuparían las cavilaciones de los camaradas. Pues nuestra izquierda doméstica ha dejado de quererse marxista, pero en el fondo de su corazoncito mesiánico aún sigue hechizada por la Idea. De ahí, solo aparente, la contradicción. Y es que, síndromes patológicos al margen, el grueso de la progresía admite sin ambages la naturaleza liberticida del régimen. No cuestionan – ya no – las innúmeras pruebas de cargo. Lo que niegan es la legitimidad misma de la realidad para refutar su dogma supremo, a saber, la superioridad moral de la izquierda en todo tiempo y lugar.

¡Ah, la Idea! ¿No resultaba sublime aquel sentimiento, el de engendrar al hombre nuevo? ¿O los hechos, los prosaicos, los groseros hechos, pueden enmendar la pureza virginal de la utopía?A fin de cuentas, ¿quién es la razón para juzgar al ideal? Dejaron de creer en los Castro hace mucho tiempo. Encarcelan, torturan y espían. Lo saben. Lo saben mejor que nadie. Ellos mismos propalan que han cometido las mayores violaciones del derecho humanitario. Consecuencia: persisten en regalarles idéntica cobertura estratégica y similar inmunidad política, amén de la invariable connivencia diplomática. La Idea. Más pronto que tarde, cuando muera el otro, acudirán en procesión al entierro. Y allí, ante un mojito y frente al último póster del Che, derramarán una lágrima. Por sí mismos.

El ocaso de las utopías económicas

Juan Velarde en Libertad Digital

El siglo XIX vio crecer al liberalismo económico, era gerenciado por empresas capitalistas, con una sociedad que lo admitía y un Estado que procuraba –a veces, tras superar caídas a fondo– impulsar el sistema, primero en Europa y América, y después saltaría a Asia con Japón y a Oceanía gracias al auge de este modelo en Asturias y Nueva Zelanda. En el continente africano, sometido a Europa dentro de un vasto proceso de colonización, no sucedía otra cosa. Por supuesto, tampoco ocurría gracias a políticas tan importantes como las de Witte, en la Rusia zarista.

Pero toda una serie de ideologías, nacidas desde mediados del siglo XIX y sobre todo a partir de la I Guerra Mundial, generaron, al triunfar en una serie de países, algo así como lo que parecía que iba a ser la muerte de la economía libre de mercado. Un fuerte nacionalismo económico, desde luego. Recordemos a Manoilescu. Vinculado a él, de un modo u otro, un socialismo que presentaba aspectos aparentemente atractivos. Una serie de impulsos derivados del keynesianismo que daban la impresión de que iban a completar el panorama. Pero el 29 de diciembre de 1967 Milton Friedman pronunció el discurso presidencial de la LXXX reunión de la American Economic Association, en Washington. Se titulaba, casi humildemente, El papel de la política monetaria. Por otro lado Hayek mantenía, de modo combativo, en alto el pabellón de la Escuela austriaca. A partir de ahí, todo comenzó a cambiar. El epitafio en el mundo occidental, y con ello la desaparición de una ideología socialista solvente para orientar la política económica, se colocó cuando el recién llegado a la Presidencia de la República Francesa, Mitterrand, con un programa socialista del tipo señalado, observó cómo así se derrumbaba la economía de su país por lo que tuvo, a toda velocidad, que rectificar.

Después el desbarajuste ha pasado a ser general. En Rusia reina, de nuevo, el capitalismo y éste se instala cada vez con más fuerza en China. Y de pronto, un pintoresco, y también sangriento, bastión de una de estas utopías, la Cuba castrista comienza a hacerlo. Ahora mismo, basta leer los debates y las propuestas del Congreso del Partido Comunista Cubano que se celebra en La Habana precisamente del 16 al 19 de abril de 2011. Es clave de la nueva situación, la frase de un pequeño empresario cubano, de los que impulsa Raúl Castro y van a ser avalados por este Congreso, en sus declaraciones a Benoît Leganitor, quien escribe desde La Habana para Le Point de 14 de abril de 2011, un artículo titulado Fièvre capitaliste à Cuba: "No logro grandes beneficios. Pero la búsqueda de la ganancia avanza en los cerebros. Y esta marea nadie podrá detenerla". La utopía socialista muere por doquier, después de haber parecido triunfar, y lo hace porque mata el progreso inherente a la Revolución Industrial.

Por eso en España, al perder esa marcha hacia la utopía socialista, el PSOE ha dejado de ser hijo ideológico de Pablo Iglesias, aunque mantenga sus retratos. Ha pasado a ser un simple partido radical, seguidor de lo que predicaba, por ejemplo contra la Iglesia, en el Paralelo barcelonés, Alejandro Lerroux quien acabó teniendo que entenderse, para sobrevivir políticamente, con Gil Robles y la democracia cristiana. ¡Qué cosas van a verse en este siglo XXI!

Unos ateos muy meapilas

Pablo Molina en Libertad Digital

En estos días de recogimiento y fervor, que se decía en la oprobiosa, van a multiplicarse las expresiones piadosas en algunos lugares de España, comenzando por la capital, que en el último momento se ha librado de una charlotada procesional organizada por los supuestos defensores del laicismo, infinitamente más meapilas que el católico más carpetovetónico que encontrarse pueda.

Al lado de estos ateos a la violeta, los lefebvristas son rotarios ecuménicos, porque la pretensión de organizar unos desfiles plenos de cretinismo, en paralelo a las procesiones católicas, sólo se entiende desde la admiración más profunda hacia aquello que se pretende denigrar de forma tan infantil. Son ateos, sí, pero ateos católicos a machamartillo y con la fe del carbonero respecto al dogma sagrado, que ellos veneran con esa estolidez tan enternecedora.

Los izquierdistas imitadores de ZP –que ya hay que tener baja la autoestima–, se han quedado en Madrid sin manifestación paralela al desfile pasional del Jueves Santo, pero a cambio tienen miles de procesiones a su disposición a lo largo y ancho de España para vestirse de nazareno y cargarse al lomo un trono de los más pesados, que es en el fondo lo que les gusta.

A estos ateos católicos es que les das un cirio encendido y un capuchón y se lo pasan bomba la noche entera recorriendo descalzos las calles del pueblo. Si hacen como que se enfadan ante estas expresiones de religiosidad popular es porque sus vicios públicos o sus torpezas privadas les impidieron ser aceptados en la cofradía decana de su pueblo o ciudad. La envidia, que es el deporte nacional por excelencia, explica a veces sentimientos tan aparentemente complejos como el de una pandilla de ateos intentando emular aquello cuya existencia niegan.

Por eso son incapaces de ignorar la Semana Santa y se desgañitan organizando una cosa paralela, para que todos estos fracasados puedan ser penitentes, estantes y mayordomos sin la competencia de los que realmente saben de esto y atesoran los méritos piadosos que ellos jamás van a alcanzar.

Yo los dejaba desfilar, pero descalzos y paseando a una Diosa Razón de mil trescientos doce kilos, que es lo que pesa La Última Cena de Francisco Salzillo, cuyo desfile por las calles murcianas en la mañana de Viernes Santo jamás se perdió el inolvidable Jaime Campmany. Estoy seguro de que el Maestro de la columna estaría aquí de acuerdo conmigo.

La televisión antropológica

Xavier Pericay en Letras Libres

En España hay quince canales autonómicos de titularidad pública. Trece de ellos corresponden a comunidades autónomas y los otros dos a las ciudades, también autónomas, de Ceuta y Melilla. Así pues, en lo que llevamos de democracia y de legislación televisiva solo cuatro comunidades –Cantabria, Castilla y León, La Rioja y Navarra– y sus respectivos gobiernos no han juzgado necesario disponer de canal propio. ¿Por qué? Vaya usted a saber, aunque el hecho de que esas cuatro regiones hayan sido gobernadas la mayor parte del tiempo por partidos o coaliciones de tendencia conservadora –más propensos, en principio, a la iniciativa privada– podría explicar hasta cierto punto semejante abstinencia. Y es que, junto a las emisoras de carácter público, existen también, en el mismo ámbito autonómico y desde la progresiva implantación de la televisión digital terrestre, las de capital privado. Existen y, luego, compiten; no en vano unas y otras se alimentan del mismo pastel publicitario.

Con todo, esa competencia –y la que se establece, en general, entre las televisiones públicas y las privadas– está lejos de ser leal. Las cadenas privadas no tienen más que el mencionado pastel para vivir; las autonómicas, en cambio, se nutren también de la subvención que su propio gobierno les asigna año tras año. Y no se trata de una subvención cualquiera. Según el IV Informe Económico sobre la Televisión Pública en España, elaborado por Deloitte a petición de la Unión de Televisiones Comerciales Asociadas, los canales autonómicos recibieron en 2009 814 millones de euros de los respectivos presupuestos regionales, mientras que los ingresos por publicidad fueron tan solo de 234 millones. Lo que significa, por de pronto, que esos canales perdieron –y siguen perdiendo– un montón de dinero. O, lo que es lo mismo: de los 126 euros a que asciende el coste medio por hogar de la televisión autonómica, 110 corresponden a pérdidas y subvenciones. Es verdad que ese montante no llega a los hogares en forma de recibo, como sí llegan, por ejemplo, la contribución o la tasa de residuos urbanos. Pero, para el caso, es lo mismo. Qué digo lo mismo: mucho peor. Porque no solo no tenemos conciencia de estar pagando ese dinero, como sí ocurre con los demás impuestos, sino que encima no le vemos el beneficio ni la necesidad.

Al fin y al cabo, una televisión de esas características no debería tener otro cometido, sobre el papel, que el de formar e informar. O sea, actuar como un servicio público. Y, aun así, podríamos seguir preguntándonos –y más en tiempos de crisis– si su existencia es imprescindible, dado que ya contamos con otra televisión pública, la estatal, a la que se supone idéntica función. (Otra cosa, claro, sería establecer si esa función informativa y formativa debe desempeñarla por fuerza una televisión pública; si no bastaría con que la ejercieran, por un lado, los canales privados, y, por otro, el resto de los medios de comunicación y, en particular, el periodismo digital.) En todo caso, lo que parece fuera de toda duda es que, a estas alturas, nuestras televisiones públicas –y entre ellas, muy especialmente, las autonómicas– han renunciado a cumplir la misión con la que fueron concebidas.

Hoy en día una televisión autonómica no sirve más que para proyectar, de cabo a cabo de programación, una determinada visión del mundo. Una visión estrecha, encorsetada, ceñida a los cuatro tópicos del lugar. Por supuesto, en el centro de esa visión se halla muy a menudo el gobernante de turno, perfectamente integrado en el paisaje, al igual que sus derviches. Y no importa si ese gobernante pertenece a uno u otro partido; una vez en el medio televisivo, pierde casi cualquier atisbo de personalidad, incluso ideológica, para convertirse en una figurilla más del belén. Por lo demás, en las televisiones autonómicas mandan la efusión sentimental y la exaltación del terruño, hasta el punto de que no falta nunca en ellas la tríada formada por el fútbol, la comida y las fiestas y festejos populares. En otras palabras, la cultura y la inteligencia no solo no están, sino que ni siquiera se les espera. Como es natural, cuando alguna de esas cadenas opera en un territorio regado secularmente por el nacionalismo –Cataluña, el País Vasco, Galicia– todo lo anterior se agudiza. A la pasión por lo propio se añade, de modo explícito, la aversión por lo ajeno –esto es, por lo español. Se empieza recortando los mapas del tiempo y se termina por prohibir la presencia en pantalla de cualquier invitado que no alcance a expresarse en la lengua milenaria de la región.

Bien mirado, pues, esa quincena de canales autonómicos que tanto nos cuestan –y a los que habría que añadir, no se nos vaya a olvidar, las emisoras de las diputaciones insulares y las de no pocos ayuntamientos españoles– conforman, en mayor o menor grado, una suerte de televisión antropológica. El adjetivo no es mío. Lo utilizó a comienzos de 1983 el entonces director general de RTVE, José María Calviño, para calificar la imagen que, a su juicio, debía dar de Cataluña lo que entonces se conocía como Tercer Canal y que a la postre acabaría siendo TV3. Al nacionalismo catalán aquello no le gustó. Es más, se ofendió muchísimo. El presidente Pujol, como máximo representante del país ultrajado, declaró incluso que qué se había creído Calviño, que “el Tercer Canal no ha de ser una televisión localista, pobre, folclórica, de porrón... sino que ha de ser una televisión absolutamente normal en su programación con una producción universal y exportable”. Lo sorprendente, visto el resultado, es que durante cerca de un cuarto de siglo Pujol anduviera en aquella televisión como Jordi por su casa.

La maldición de los Ewing

José María Albert de Paco en Libertad Digital

Uno de los efectos secundarios de la transición democrática española fue la implantación de los canales autonómicos. En Cataluña, la supuesta necesidad de una televisión que promocionara el catalán se fundamentó en la conjetura de que el franquismo había borrado de la faz catódica la lengua de Fabra.

Se trataba, obviamente, de una falacia. No en vano, las primeras desconexiones en catalán de TVE databan de 1964, año en que comenzó a emitirse, en dosis homeopáticas, el programa Teatro Catalán,al que se sumaron, andando el tiempo, los divulgativos Mare Nostrum y Giravolt y, ya en 1974, el informativo Miramar. Con la muerte del dictador, lo que constituía una mera cuña folclórica fue ensanchándose hasta ocupar un segmento de la programación en absoluto desdeñable. A ese periodo corresponden Doctor Caparrós, de Joan Capri; Vostè Pregunta, de Joaquim Maria Puyal; Personatges, de Montserrat Roig; Musical Express, de Àngel Casas, o Terra d'Escudella y Quitxalla, ambos destinados al público infantil. La efervescencia experimental de los setenta propició que algunos de estos programas contuvieran una dosis de audacia que, a la vista de lo que hoy se cuece en las parrillas, admite sin calzador alguno el calificativo de contracultural.

La lengua catalana, en suma, no estaba ausente de la televisión, por lo que la voluntad del nacionalismo de dotarse de una televisión autonómica no guardaba una correspondencia fáctica con la extinción del catalán; antes bien, pretendía instaurar un foco de irradiación ideológica que sellara, de una vez y para siempre, la comunión entre lengua, identidad y cultura. Por decirlo en castellano férreo: se trataba de coser el catalán a una visión del mundo. La ausencia de cualquier prurito de ambición en lo tocante a la renovación de los formatos se hizo evidente a las primeras de cambio, cuando se supo que los banderines de enganche de TV3 serían el Barça y la serie Dallas. Irónicamente, las familias más influyentes de esa incipiente roturación moral no fueron los Pujol, Maragall, Vilarasau, Millet o Serra. Quienes levantaron elpal de paller del entoldadofueron los Ewing, con J. R. y Sue Ellen a la cabeza. Después de todo, qué mejor que una familia ficticia para divulgar la restitución de una nación ficticia.

Treinta años después, TV3 no sólo sigue siendo la misma televisión antifranquista que fue en sus albores (es fama que la propagación del antifranquismo es inversamente proporcional a la caducidad de su razón de ser), sino que continúa basando su pegada en los saldos hollywoodienses, el fútbol y, en los últimos tiempos, la fórmula 1. Bajo ese parapeto de infalibilidad (y, en cierto modo, de respetabilidad) campa un discurso obscenamente antiespañol cuyo epítome, tan injusto como resultón, fue el episodio protagonizado por Pepe Rubianes, quien, en el programa El Club, y a propósito de una pregunta sobre Josep Piqué, legó a la wikipedia una ristra de pollas, putaespañas, culos y cojones colgados del campanario que suscitó la carcajada del presentador, Albert Om, y la ovación de la claque del plató. Injusto, decía, porque lo que entendemos por pedagogía del odio no debería ceñirse al exabrupto de un cómico, sino a la praxis habitual en La Teva,el alias con que la propia TV3 se motejó años ha. Valga una muestra de dicha praxis.

– Veto del castellano en las ruedas de prensa. Práctica consistente en cortar la emisión cuando el protagonista de la rueda de prensa (así sea el mismísimo presidente de la Generalitat) responde en castellano a los medios de ámbito nacional. Se da con frecuencia en las ruedas de prensa que concede el entrenador del Barça, Pep Guardiola, a quien los periodistas del resto de España suelen requerir un turno de preguntas en castellano. Por lo general, el veto lingüístico redunda en la quiebra del derecho a la información, ya que lo que se dice en una lengua no necesariamente coincide con lo que se dice en otra. (Bien lo sabe CiU). Por lo demás, la censura del castellano (y, consiguientemente, de los castellanohablantes) es una norma instituida en el libro de estilo de La Teva, que prescribe, por ejemplo, que a la hora de recabar cortes de voz se entreviste preferentemente a catalanohablantes.

– De qué hablamos cuando hablamos de nación. Dado que el libro de estilo reserva la palabra nación a Cataluña, las referencias a España suelen envolverse en el sintagma Estado español. A este respecto, el diputado autonómico del PSC Joan Ferran, progenitor de la expresión costra nacionalista, señaló la mamarrachada que suponía decir "Vuelta ciclista al Estado Español". El calado de semejante arbitrariedad lo ilustró hace unas semanas el periodista Xavier Torres, que afirmó sin inmutarse que los favoritos para ganar la Champions eran el Real Madrid y el Barça, "el representante de España y el representante de Cataluña".

Sobredimensión de cualquier suceso de corte nacionalista. Concentraciones en favor de TV3 en Valencia, pseudoconsultas sobre la independencia, actos proselecciones oficiales catalanas, apariciones estelares de Jimmy Jump... Cualquier suceso que entrañe una cierta exaltación catalanista tiene asegurado unos minutos de gloria en los informativos de La Teva. El correlato de semejante fervor es un indisimulado fomento del independentismo. Basten como ejemplos la retransmisión en directo de la manifestación del 10 de julio contra la sentencia del Tribunal Constitucional o la producción de documentales como Adéu, Espanya? o Cataluña-Espanya, que prefiguran el inexorable advenimiento de la independencia.

– Exclusión de la información taurina. Noticia no es que José Tomás congregue a 20.000 aficionados en la Monumental, sino que, en los aledaños de la plaza, haya veinte animalistas tildando de asesinos a esos mismos aficionados.

La televisión que en 1983 desveló a los catalanes quién había disparado a J. R. Ewing es hoy un monstruo de seis cabezas (TV3, TV3 Cat, Canal 33, Super 3/3XL, Esport 3 y 3/24) que devora un presupuesto de 250 millones anuales y emplea a 2.000 trabajadores, casi el doble que Tele5. La retórica normalizadora que justificó su puesta en marcha palidece ante las proporciones de un tinglado que, antes que al restablecimiento de la realidad, se debe a su deformación. Sobre todo, para blindar su propia existencia.

España y lo español, no obstante, siempre reservan al espectador una postrera vuelta de tuerca. Aun siendo un mayúsculo desvarío, TV3 no es un fenómeno excepcional, sino el artefacto mejor acabado de una trama de televisiones antropológicas (lean a Pericay) que haría las delicias de don Julio Camba. J. R., en efecto, ha terminado por hablar en todos los acentos probables de la piel de toro. Habremos, pues, de saltar al ruedo.

Cataluña es España

Pío Moa en Libertad Digital

El nacionalismo catalán (como el vasco), no es propiamente catalanista, sino antiespañol. Cataluña nunca ha sido una nación en el sentido propio de una comunidad cultural con un Estado, y no lo ha sido porque no ha querido serlo. Sólo a finales del siglo XIX apareció un nacionalismo que no podía basarse en la historia y que, por tanto, la inventó, tratando de crear mitos sugestivos basados en una mezcla de narcisismo y de victimismo. El narcisimo de ser "una raza superior" al resto de los españoles (ver el libro de Paco Caja), más "europea", más "culta" y más rica, y el victimismo de considerarse oprimidos, fuera por Castilla o por el "Estado español", como decidieron llamar a la nación española existente realmente desde Leovigildo y de la que siempre se habían sentido parte la inmensa mayoría de los catalanes.

Desde el primer momento, la táctica nacionalista, en Cataluña y en Vascongadas, consistió en provocar resentimientos y una literatura de odio y desprecio a España de la que he dado algunas muestras en Una historia chocante, pero que merecería por sí sola un buen estudio. El objetivo era doble: proclamarse los representantes genuinos de Cataluña y provocar, por reacción, un sentimiento de aversión en el resto de España, que, en círculo vicioso, empujara a muchos catalanes a identificarse con el nacionalismo. Hay que decir que en ello han tenido bastante éxito, debido a la ausencia de pensamiento político sobre el asunto en el resto de España, una carencia que, con pocas excepciones, pervive. Así, ha sido y sigue siendo muy frecuente en la prensa general referirse a los nacionalistas como "los catalanes" o aceptarlos como la auténtica encarnación de "Cataluña". La torpeza, como en relación con el PNV, ha sido increíble, y adquirió nuevas cotas en la Transición gracias a Suárez y a sectores de la UCD especialmente ineptos e ignorantes de la historia, que propiciaban esos nacionalismos con la creencia de que ellos eran propiamente la derecha en esas regiones (o que, con la misma naturalidad y en compañía del PSOE, proclamaban al orate Blas Infante "padre de la patria andaluza"). No debe olvidarse que fue sobre todo en Madrid donde los desmanes separatistas encontraron respaldo cuando Jiménez Losantos, Amando de Miguel y otros denunciaron los denunciaron.

La identificación de los nacionalistas y su demagogia con los catalanes en general está llevando a algunas personas en el resto de España a aceptar la secesión, e incluso animarla, pretendiendo que desde la Transición los males del país y los ataques a la libertad vienen inspirados por los Gobiernos autonómicos catalanes. Tal posición me parece irresponsable. Los males de Cataluña son los del conjunto del país, y no habrían llegado a tanto sin la colaboración o inhibición de los partidos "madrileños". En La Transiciónde cristal he explicado la generación de tales actitudes y no estaría de más un debate de cierta altura al respecto.

Nuestro amigo Gadafi

Gabriel Albiac en ABC

Gadafi ha sido exactamente el mismo dictador, desde que llegó al poder en 1969 hasta hoy, miércoles 20 de abril de 2011. Dictador, pero no tonto. «Enemigo» de los Estados Unidos cuando había una URSS en cuya guerra fría blindar identidades. En excelente relación con socialistas menos agresivos: los de la Internacional Socialista, por ejemplo. Más tarde, caída ya la URSS y amenazado por el alza islamista, Gadafi se hizo «amigo» de los enemigos de sus enemigos de Al-Qaeda. La cosa funcionó. Sus occidentales amistades de estos últimos años le cortan la cabeza ahora. Confesemos que es bastante enigmático. Aún más que estrafalario.

El raro

Alfonso Ussía en La Razón

La guerra de Libia es consecuencia de un calentón de Sarkozy, una chorrada de Obama y un pelotilleo de Zapatero. No es necesario –insisto– que pasen cuarenta años para que los dirigentes occidentales se aperciban de la calaña del pájaro de Gadafi. No peor calaña que la de los tiranos de Siria e Irán, a los que nadie se atreve ni a soplarles en los bigotes.

martes, 19 de abril de 2011

El acoso a los cristianos en Tierra Santa y el síndrome de Esto-es-el-colmo

Mario Noya en Libertad Digital

Nuestro Tiempo, revista de la muy prestigiosa y más católica Universidad de Navarra, ha publicado un especial sobre la persecución de que son objeto los cristianos en distintas partes del mundo: "Las catacumbas del siglo XXI".

Al pasar las páginas dedicadas a Tierra Santa, a uno le saben las yemas de los dedos a almendras amargas. Lo sabía pero qué mal me ha sentado volver a constatarlo: nuestro tiempo es el del conocimiento inútil y la ceguera voluntaria.

"La desaparición de los cristianos de Tierra Santa", se titula la pieza de marras, firmada por Erika Jara y protagonizada por el padre Firas, "sacerdote católico de origen jordano" y de destino universal pero igual no, por su discurso nacionalista; el doctor Hazmi, "un dentista palestino cristiano que trabaja en Ramala" y tiene a sus dos hijos viviendo en Estados Unidos, y "el padre palestino Manuel", que vive en Cisjordania desde que, Operación Plomo Fundido mediante, no puede vivir en Gaza.

El padre Firas de origen jordano es, se nos informa, "jefe de estudios de una escuela del Patriarcado Latino en el poblado de Jifna, al norte de Ramala"; una escuela con abrumadora mayoría islámica: son musulmanes 150 de sus 200 alumnos. "Todos nos sentimos parte del mismo pueblo", afirma el padre Firas de origen jordano. Antes en el reportaje, el doctor Hazmi había destacado la "buena integración de los cristianos en una sociedad dominada por el islam" (pero las palabras no son suyas sino de Erika Jara).

Por eso, cuando se les pregunta por el principal problema de los cristianos en Palestina, tanto Hazmi como el padre Firas contestan al unísono: "La ocupación israelí".

Ramala, históricamente cristiana, es hoy una ciudad de abrumadora mayoría islámica. Hay un cristiano por cada tres musulmanes (y medio, si nos ponemos picajosos con la estadística). Son 7.000 los primeros, de un total de 25.000. (No hay un judío ni para un remedio antisemita, aclaro). Hacen bien en integrarse. Y si tienen que pagar, que paguen.

Como el doctor Hazmi, el pastor Isa vive en Ramala. Vivía, por mejor decir. Del pastor Isa, además del nombre, sabemos el apellido. Su caso no lo encontramos en Nuestro Tiempo, sino en medios como el Jerusalem Post o CNS News:

Hace pocas semanas [este texto es de diciembre de 2008], el pastor de Ramala Isa Bajalia, [ciudadano] americano de origen árabe [su familia procede, precisamente, de Ramala], declaró públicamente haber sido amenazado por un oficial de la Autoridad Palestina, que le exigió 30.000 dólares en concepto de protección. El 11 de noviembre, la cadena Fox reportó: "El pastor Isa Bajalia es legalmente ciego, y el oficial le dijo que le dejaría lisiado de por vida. Los problemas empezaron después de que los miembros de la iglesia [del pastor Isa] rezaran junto con varios palestinos. Bajalia dice que [desde entonces] ha estado bajo vigilancia y recibido amenazadas".

Al parecer, al pastor Isa Bajalia el matón uniformado que le extorsionaba le auguró la misma suerte siniestra que corrió Rami Ayyad, un librero cristiano que fue apuñalado hasta la muerte en Gaza en julio de 2007.

El pastor Isa Bajalia acabó abandonando Ramala.

Gaza. En Gaza vivía el padre palestino Manuel hasta que Israel desencadenó la Operación Plomo Fundido. El padre palestino Manuel, que asegura que el mayor problema de los gazatíes –sean cristianos o musulmanes que votan en masa al partido fundamentalista islámico Hamás– es "la desesperación y la pérdida de la fe", por otro lado

quita importancia a las fricciones entre cristianos y musulmanes: "Todos sufrimos igual y nos consideramos parte de un único pueblo", comenta.

En cuanto a Hamás, el padre palestino Manuel

apunta que mantiene un contacto cordial con sus líderes, quienes escuchan sus problemas y tratan de protegerles.

¿"Protegerles"? ¿Es una errata el plural? ¿"Protegerles"? ¿De quiénes? ¿De los judíos que no hay en la Franja? No, de los tiburones que acechan en "un océano de musulmanes en el que la mayoría son puros e inocentes".

La desesperación que se vive en Gaza es un caldo de cultivo perfecto para que el número de tiburones se reproduzca rápidamente, como de hecho está sucediendo. Por suerte, hasta ahora Hamás los tiene controlados.

Qué suerte, padre Manuel, que Hamás sea tan cordial con los cristianos y esté tan atento a los desmanes de los escualos islamistas. Hamás, el "movimiento de resistencia islámica" que considera que "la tierra de Palestina" (en la que incluye a la Tierra de Israel) es "un waqf islámico consagrado a las futuras generaciones musulmanas hasta el Día del Juicio" –un waqf islámico en el que, obviamente, ha de regir la sharia, que condena a los cristianos a convertirse o someterse– y que ha llamado reiteradamente en su televisión a matar judíos y cristianos hasta que no quede uno.

A Ramy Ayyad, ya vimos, no le dieron tiempo a "quitar importancia a las fricciones entre cristianos y musulmanes". Los tiburones le cosieron a puñaladas. La protección de Hamás debió de llegarle tarde. Su pastor (baptista), Hanna Massad –también de éste conocemos el apellido; tampoco sabemos el del padre palestino Manuel–, optó cuando lo martirizaron por huir de la Franja. "Los cristianos son asesinados aquí, por no hablar de los musulmanes conversos –leemos no en Nuestro Tiempo sino en el Washington Times; a un cristiano de la ciudad de Gaza llamado Ashraf y que, vaya por Alá, prefiere no dar su apellido–. Yo dejé de ir a la iglesia incluso antes del golpe" de Hamás. Porque esa es otra que lo mismo se nos pasa leyendo la revista de la Universidad de Navarra: Hamás gobierna en Gaza luego de levantarse contra el Gobierno de la Autoridad Palestina y exterminar a los seguidores locales de Al Fatah. Un solo pueblo tan unido y tal.

Según el padre Artymos, de la Iglesia Ortodoxa Griega, los cristianos y los musulmanes viven pacíficamente en Gaza, "pero las conversiones y la construcción de nuevas iglesias están prohibidas". La buena integración de los cristianos en una sociedad dominada por el islam, que diría Erika Jara.

Por cierto, en Gaza los cristianos son 3.000 entre 1,5 millones de musulmanes. Algunas fuentes sostienen que, desde que Hamás tomó el control, 2.000 creyentes en Cristo han abandonado esa porción del waqf islámico de Palestina en la que se llama a los cristianos a la sumisión, se advierte a los misioneros de que serán tratados "con severidad" y se asaltan escuelas y conventos católicos.

También se habla en Nuestro Tiempo de Jerusalén, cuya población cristiana "podría reducirse a la mitad en seis años", alerta Jara, "si se siguen confiscando permisos de residencia al mismo ritmo que en la actualidad". Jara habla de 9.000 cristianos; los datos oficiales, de 11.000. Cuando, en 1948, la muy islámica Jordania ocupó la ciudad tres veces santa (pero el caso es que los judíos y sólo los judíos la han rezado por milenios, y elevado al rango de capital cada vez que han podido), los cristianos eran 28.000. Cuando Israel expulsó a los jordanos, sólo quedaban 11.000, la misma cifra que ahora, sí. Habían pasado sólo veinte años. Este dato no lo da Jara. Tampoco este otro: en 1952, los cristianos representaban el 18% de la población de Jordania y Cisjordania; hoy, no llegan al 4%. La culpa debe de ser de los judíos. Los judíos, por cierto, no pueden ser ciudadanos de Jordania, reino moderado donde los haya. Lástima no saber qué opina de todo esto el padre Firas de origen jordano.

"La desaparición de los cristianos de Tierra Santa" tiene una laguna, no, un agujero del tamaño de los boquetes que abren en Israel los cohetes que lanzan desde Gaza los entrañables terroristas de Hamás: y es que no se dice una sola palabra de la situación de los cristianos en las cristianísimas Belén y Nazaret. Lo de "cristianísimas", ya, es un decir: en Nazaret ("¡El islam dominará el mundo!"), los cristianos eran el 60% de la población al finalizar la Segunda Guerra Mundial; hoy, a las apuradas alcanzan a ser el 30%: 22.000 de un total de 72.000 habitantes. En Belén, la descristianización ha sido aún más profunda: antes de la transferencia de la ciudad de Jesús a la Autoridad Nacional Palestina (1995), los cristianos eran más del 60% de la población; hoy son el 20%, si bien algunos rebajan aún más la cifra, hasta un estupefaciente 12%. Según los investigadores Jonathan Adelman y Agota Kuperman, tres cuartas partes de los cristianos originarios de Belén viven fuera de la ciudad.

Belén tiene que quedar fuera de una pieza como "La desaparición de los cristianos de Tierra Santa" porque no encaja en el discurso de la apacible hermandad cristiano-musulmana puesta a dura prueba por la ocupación (¿por la existencia?) de Israel. Porque si se habla de Belén se tiene que informar de la virulenta islamización de la plaza, que por tal motivo vio incrementada su extensión territorial en tiempos de Arafat, rais que mostró el respeto que le merecían los cristianos cuando convirtió a la fuerza un monasterio ortodoxo en su residencia oficial en la ciudad. Si se habla de Belén no hay más remedio que referirse al asalto sacrílego a la Iglesia de Natividad de abril de 2002, perpetrado por terroristas de Hamás, las Brigadas de los Mártires de Al Aqsa y las milicias Tanzim, estas dos últimas integradas en Al Fatah, el partido del entonces presidente palestino. O historias como la muy triste del taxista George Rabie, a quien unos musulmanes maltrataron por llevar un crucifijo en el parabrisas, o la terrible del joven Jeriez Moussa, de la vecina Beit Jala, cuyas hermanas (Rada, de 24 años, y Dunya, de 18) fueron asesinadas en su propia casa.

Su crimen fue ser unas muchachas cristianas y atractivas que lucían ropa occidental y no llevaban velo. Rada se había estado acostando con un musulmán en los últimos meses. Una organización terrorista, la Brigada de los Mártires de Al Aqsa, emitió un comunicado en el que reivindicaba el asesinato y en el que decía: "Queremos limpiar la casa palestina de prostitutas".

Si se hablara de Belén, en fin, habría que hablar con gente como Joseph Canawati, propietario del hotel Alexandria, que ya en vísperas de la Navidad de 2006 declaraba a Elizabeth Day, del Daily Mail:

No hay esperanza para la comunidad cristiana. No creemos que las cosas vayan a ir a mejor. Para nosotros, esto se ha acabado.

De vuelta al mundo de Nuestro Tiempo damos con estas líneas, con las que concluye Erika Jara su pieza viciada:

(...) el padre Firas anima a los peregrinos cristianos de todo el mundo a que dejen de visitar las piedras muertas de Tierra Santa [la cursiva es mía] y se concentren en las vivas: "Los palestinos cristianos que deben poder contar su historia y necesitan saber que fuera tienen apoyo".

El final no parece impostado y desde luego no es irónico, por mucho que parezca proferido por una víctima paradigmática del síndrome de Esto-es-el-colmo.

Cien

Alfonso Ussía en La Razón

La llamada «procesión atea» de Lavapiés, afortunadamente prohibida por la Delegación del Gobierno en Madrid, contaba con cien apoyos. Lo han leído bien. Han conseguido sus cobardes organizadores –contra Alá y Mahoma no se atreven–, armar una zapatiesta para terminar contando con la ridícula solidaridad de un centenar de necios. Reunir a cien cuerpos es lo más sencillo del mundo sin tener la necesidad de herir los sentimientos de decenas de millones de personas gratuitamente y porque sí. En el último certamen local de petanca celebrado en Fresno del Guadalmecín se juntaron cuatrocientos setenta y dos espectadores. Cifra ampliamente superada por los interesados en asistir al campeonato de Canicas sobre Grava recientemente competido en Baños de Dotres. Entre participantes, árbitros, entrenadores y público, más de tres mil asistentes. En 1998, en la localidad palentina, casi fronteriza con La Montaña, de Alar del Rey, seiscientas ochenta personas asistieron a la conferencia del ilustre naturalista Guillermo Pérez-Luminé que disertó durante dos horas acerca de las «Ventajas y algún inconveniente de las galletas “María”». El salón de conferencias tuvo que ser cerrado por falta de espacio y quedaron en la calle otros quinientos frustrados ciudadanos deseosos de oír las interesantes teorías del profesor Pérez-Luminé con respecto a las galletas «María», una de las cuales no deja de ser sorprendente y procedo a su revelación: «La galleta “María” ingresa en la glotis con más suavidad previamente humedecida por el café o el chocolate, que en su sequedad de origen». Al decir tal cosa –según me ha contado alguno de los asistentes–, estalló una unánime y clamorosa ovación.

La Asociación Española de Criadores de Ranas cuenta en la actualidad con más de doscientos cuarenta miembros. Por otro lado, la organización de «Amigos de las Peceras en los Hogares Salmantinos», la célebre APHS, supera los dos mil asociados. A la presentación del último libro de Almudena Grandes, en el que participaron el rapsoda García-Montero y la tía en segundo grado de Javier Bardem, doña Lucinda Fresneda Caporredondo Gómez Bardem –los Bardem no pudieron asistir porque ya están todos en California–, asistieron más de ciento cincuenta personas con un mérito añadido. Se anunció que no se repartirían croquetas después de la presentación. Y a la inauguración de la nueva «boutique» de ropa interior masculina «Eggs», sita en el barrio de La Latina en Madrid, más de setecientos invitados se quedaron en la calle, porque «Eggs» es un comercio de reducido espacio.

Cien personas son muy pocas personas para apoyar una grosera majadería que ha contado con un altísimo nivel de propaganda y publicidad. En el fondo, la prohibición les ha hecho un gran favor a los convocantes, a los que animo desde aquí a que procedan a reírse de Alá y de Mahoma en los alrededores de cualquier mezquita. Este servidor de ustedes, a estas alturas de su vida y de su hastío, es sobradamente capaz de reunir a cien personas por cualquier motivo. Sólo con la familia llego a las noventa y tres. A las siete restantes les ofrezco un bocadillo de jamón y alcanzo el centenar en un minuto, porque el español es muy dado al bocadillo de jamón de regalo.

Después de la frustrante y aleccionadora experiencia, no estaría de más que el Ayuntamiento de Madrid dedicara una calle secundaria a los organizadores de la llamada «procesión atea». La calle de «Los Cien Tontos de Lavapiés».

Una isla varada en el Caribe

Alfredo Abián en La Vanguardia

Imagínese un debate en el que han participado 8.913.838 personas (ni una más, ni una menos) en cerca de 163.000 reuniones. Puestos a imaginar, supongamos que legiones de amanuenses habrán levantado actas para elaborar un documento de síntesis. Y que el resultado final atiende por “Proyecto de Lineamientos de la Política Económica y Social del Partido y la Revolución”. Estamos hablando del Partido Comunista de Cuba en estado puro, que el pasado fin de semana celebró su VI congreso. Su sexto magno akelarre en medio siglo. Habrá que agradecerle tan escasa efervescencia congresista, porque la literatura documental de estraperlo resulta tan carente de sentido que si se extrajera de ella la grandilocuencia, la jerga vacua, nos quedaríamos con una secuencia de signos de puntuación, obviamente ininteligibles. Pero hay que entender al bolchevismo cubano. Quiere estar a la altura retórica de sus ancestros, teniendo en cuenta que el gran padre Lenin nos obsequió con miles de escritos entre los que figuraba uno que rezaba así: “¿De qué lado amenaza al proletariado el peligro de verse con las manos atadas en la lucha contra la burguesía inconsecuente?”. Poco les importa a los camaradas isleños controlar un navío que lleva décadas a la deriva. De hecho, Cuba ni siquiera flota. Parece un ballenero o un viejo buque corsario varado en el Caribe, por mucho que sueñe e invoque la chatarra del acorazado Potemkin. En su tripulación fantasmal se cuentan más funcionarios corruptos que disidentes, más prostitución que en el peor vertedero asiático. Y, por si fuera poco, con cartilla de racionamiento e importando hasta el azúcar. Apaga y vámonos.

¿Traidor, dices?

Hermann Tertsch en ABC

El sumo sacerdote del periodismo de corrección izquierdista de este país es Iñaki Gabilondo. «Su palabra es la ley» para muchos españoles —y españolas, que diría— que lo consideran el yerno ideal. Idealista, tierno, vulnerable, sensible, es el adalid de lo políticamente correcto y lo periodísticamente humano. Porque no levanta la voz mientras sufre por nosotros. Por los vascos, por supuesto, y por los bosques, por el cambio climático y los linces, por los toros, por los visones de granja y por los despedidos por crueles directivos que encima se pagan primas —salvo si se llama Cebrián—. Por la ceguera y la violencia de los hombres y las cuitas eternas de las mujeres, buenas y sabias todas menos Esperanza Aguirre. Sufre por la brutalidad de los norteamericanos blancos y heterosexuales, por las almas tiernas de todo inmigrante de color. Sufre por el colonialismo que fue y las multinacionales opresoras de hoy. Detesta a la derecha que exporta armas y le decepciona la izquierda que las exporta mucho más. Es incondicional en su adhesión a las víctimas tras un atentado pero implacable con sus familiares dos días después si caen, pobres imbéciles, en las garras manipuladoras de la derecha.. Le duele mucho la hostilidad en España hacia el Islam moderado, tan tolerante. Tanto como la zafiedad y el fanatismo de los católicos españoles, siempre empeñados en azuzar cruzadas. Le indignan, eso sí, la Iglesia, guarida de pederastas y el Vaticano, centro de conspiración antidemocrática.

Y le asusta mucho, muchísimo, la ultraderecha. Hay muchísima, ya saben. Baste decir que están allí donde se viola el código de buena conducta de Gabilondo. Desde la derecha que no quiere ser partido satélite en un régimen socialista, a cualquier ciudadano europeo harto de pagar impuestos para que los sindicalistas españoles o griegos se suban los sueldos y arramplen con las subvenciones, todos son ultraderechistas. Ante tal amenaza, llama sin cesar a unirse al movimiento de la verdad humanista que son Felipe —¡que pena lo del GAL!—, Zapatero, —¡tan bueno y tan mala suerte!— y él, el trovador de la armonía que habla de consenso con Zapatero ante las cámaras para convenir con él después en las virtudes del enfrentamiento y la tensión. Rajoy es bueno cuando va a radio Gabilondo a imitar las letanías socialdemócratas, pero un canalla cobarde en cuanto le pone una pega al presidente Zapatero. Últimamente le preocupa el fascismo en televisión, porque hay canales muy modestos que dicen cosas que a él no le gustan, mientras el canal que decía todo lo que le gusta a él cerró por quiebra. Ahora dice que se meten con él. No sabe lo que es eso. Sólo los amigos de Gabilondo tienen secciones fijas en periódicos y televisión para insultar a periodistas discrepantes. Para sacar a diario de contexto sus frases, tergiversarlas y manipularlas y alimentar foros de odio para partidarios de palizas, cerrar televisiones y acabar con «los fachas».

Ahora dice Gabilondo que Aznar es un traidor. Por decir que nuestra economía va mal. Lo dice el amigo de quien negociaba con ETA a espaldas del Gobierno de España mientras firmaba con éste un pacto antiterrorista. Las palabras públicas no pueden ser traición, los acuerdos secretos con enemigos del Estado lo son. Quien ayudó a asediar las sedes del enemigo en jornada de reflexión. Quien aplaude unas negociaciones en las que se dijo que «lo que conviene al Gobierno conviene a ETA y viceversa». Quien jaleó un acuerdo con separatistas y terroristas a partir de El Tinell para proscribir a media España. ¿Y de traición nos habláis?

Manipulación extrema

Tomás Cuesta en ABC

En las virtuosas gacetillas del pensamiento único, braman los titulares y se desmelenan los suplentes: ¡La extrema derecha arrasa en las elecciones finlandesas! ¡El espantajo del fascismo regresa a toda vela! Casi nada, monada: lo que faltaba para el euro. Aún no hemos digerido el sapo nuclear y asoma la bestia parda en el peor momento. Con las maletas hechas, el depósito lleno y el horizonte despejado hasta el lunes que viene. O sea, que en Finlandia, dice usted. Quién lo hubiera supuesto. Cuesta hacerse a la idea de que la banda de la porra haya logrado hacerse un hueco en el país de la excelencia educativa, los teléfonos móviles y el vodka de diseño. Por otra parte (aunque bien es verdad que el vodka obra milagros si el termómetro aprieta), ponerse a desfilar al paso de la oca no es tarea sencilla en medio de tanta nieve. ¿Cómo? ¿Qué también en Finlandia luce el sol en estas fechas? Entonces, menos lobos que ya pasó el invierno. No es tan fiero el león como lo pintan los tigres de papel o los blogeros tuertos. No hay ninguna razón para abrumar la Pascua con un Apocalipsis de opereta.

«Traduttore, traditore». Un traductor es un traidor: esa es la clave del enigma y la madre del cordero. El celebérrimo juego de palabras en el que los italianos cifran la imposibilidad de trasmigrar el alma de las lenguas, se ajusta tal que un guante al vendaval hipócrita de admoniciones y aspavientos que se ha levantado a cuenta de la deriva ultramontana de los comicios domingueros. «Perussuomalaiset» —la desenvuelta alternativa al conservadurismo de salón que ha convertido a Timo Soini en una estrella— significa «Finlandeses de base» o «Finlandeses de a pie», yendo un poco más lejos y arrumbando la literalidad significante a fin de captar su esencia. Sin embargo, el «traduttore» (el «traditore») se obstina en la etiqueta de «Auténticos Finlandeses». ¿A santo de qué ese desplazamiento del prosaico «finlandés de a pie» al «auténtico finlandés», ahuecado y solemne? Porque —según el diagnóstico de Adorno y de Klemperer— la «autenticidad» es la piedra angular sobre la que se sostiene la vomitiva retórica de Hitler y, por ende, la de sus herederos. Y porque, una vez atribuido ese significado, ya no es preciso analizar qué es lo que está ocurriendo. El problema es que para erradicar las causas no basta con maldecir las consecuencias. Finlandia no es el predio de la extrema derecha, sino el símbolo de una Europa desnortada en la que lo excepcional empieza a ser la regla. ¡Que viene! ¡Que viene! Las tinieblas se adensan.

Sólo que no es eso. Ni en la Finlandia de Soini, ni en la Italia de Bossi, ni en la Francia de Le Pen, ni en Austria, ni en Holanda, ni… Glosar las excepciones es estéril (y obsceno). Lo que hay que poner sobre el tapete es la naturaleza del hartazgo de los ciudadanos europeos (de todos y, si no, al tiempo), con lo que representan los que les representan. Las engañifas no cuelan: la clientela de ese nuevo populismo no viene de la derecha burguesa; su implantación más fuerte se produce en las periferias obreras, semillero tradicional del voto izquierdista. Y es un síntoma de lo que esas periferias sufren: el paro masivo, la inmigración descontrolada, el deterioro urbano y social que ello arrastra, el gasto loco de países con cuya quiebra deben cargar otros más sensatos, el odio hacia la casta que, desde Bruselas, hace fortuna propia arruinando a todos.

«Traduttore, traditori». La manipulación extrema.

Los fueros de la Pachamama

José García Domínguez en Libertad Digital

A falta de entretenimiento mejor en que ocupar el ocio de sus diputados durante la Semana Santa, el Congreso de Bolivia se apresta, según parece, a votar una solemne declaración de derechos de la Pachamama. Asunto muy del agrado de cierto Álvaro García, vicepresidente del país y genuino panteísta precolombino tal como delata su apellido. Así, a juicio del inca García "la ley establecerá un nuevo marco de relaciones armonioso y fecundo entre la Tierra y sus habitantes". A su vez, y ya puestos a hacer el indio, el periódicos global ha dado en adherirse a la prosopopeya de los chamanes del Altiplano. Siempre, eso sí, que la atribución de personalidad jurídica a bellotas, frijoles, chuzos, guijarros y hojas de coca "no quede en mera declaración de intenciones", como se prevenía ayer en la plana noble, la de los editoriales de El País.

Ante todo, el rigor jurídico, en estos casos compañero inseparable del intelectual. Nada nuevo, por lo demás. Recuérdese al respecto que Hitler diseñó con extremo cuidado el trazado de las autopistas del Reich a fin de someterse al sacro fuero de la Naturaleza. O que el arquitecto que ingenió la Gran Muralla China se quitó la vida, persuadido como estaba de haber seccionado las arterias de la Tierra con su obra. Ahora, difuntas las utopías de la Modernidad, el ecologismo se ha convertido en renovada expresión política de un mito siempre igual a sí mismo, el que alimentara el discurso prometéico de la izquierda a lo largo de las dos últimas centurias, a saber, el del buen salvaje.

Esa leyenda que ansía recrear la memoria atávica de un hombre natural; idílica criatura cuya inocencia primigenia sería luego corrompida por la vida en sociedad y sus aciagos apéndices: el Estado, la división en clases y la propiedad privada. Al cabo, el ecologismo no deja de constituir una actualización de la vieja retórica de la explotación del hombre por el hombre apenas con la salvedad argumental de que al capital le habría dado por hurtar la plusvalía al planeta. Y como todas las creencias asentadas en emociones básicas, igual ha sabido encontrar alojo en esa región de la mente donde el miedo y el sentimiento de culpa engendran un hábitat propicio a la pura irracionalidad. Por algo auguró ZP que la Pachamama es del viento.

Que se movilicen ellos

Cristina Losada en Libertad Digital

Tras socavar, con singular eficacia, el ansia de conocimientos y la ética del esfuerzo en los adolescentes, el progresismo patrio ha dado en sorprenderse y escandalizarse de que los jóvenes no se movilicen en esta época de crisis. Movilizarse, entiéndase, políticamente y, para ser precisos, en la calle, que ya es hora. Abundan, así, en esos predios, los lamentos por la –supuesta– indiferencia juvenil ante las graves hipotecas que pesan sobre su futuro, atribuidas todas ellas al triunfo de los pérfidos mercados sobre la política, que es dama virtuosa. Y en línea con el panfleto de moda, ese Indignaos que está en boca de todos –y en boca de ganso–, instan a la juventud a sacudirse la abulia y montar en cólera, sea contra el poder económico, sea contra el poder político, elección que dependerá, a buen seguro, del color del gobierno de turno.

Perfectamente inconscientes de la paradoja, los defensores de doctrinas pedagógicas que han privado a los jóvenes de las herramientas para construirse un futuro, les incitan ahora a rebelarse contra otros. Y hasta les afean que no se movilicen, cosa que dada la práctica habitual significa quemar oficinas bancarias, tiendas, vehículos policiales y sedes de partidos de derechas. En suma, suspiran por un nuevo mayo del 68, ése en el que no estuvieron y que los jóvenes de hoy han de protagonizar por ellos. Ese mitificado Mayo cuya repetición vaticina cierta prensa en cuanto unos chavales encapuchados lanzan cocteles molotov contra una escuela. Y ese Mayo que no volverá, desde luego, a lomos de la crisis. No en vano, las rebeliones juveniles de los sesenta no fueron revueltas contra la escasez: fueron las revueltas de la abundancia. Sin olvidar el aburrimiento que, tal como señala Nisbet, es una causa motriz nada despreciable.

Sólo unos irresponsables pueden aconsejar a los jóvenes que respondan a la crisis representando una parodia sesentayochista de propósitos confusos y manipulación probable. En lugar de despilfarrar sus energías de ese modo, mejor harán si las invierten en su preparación: en aprovechar las escasas oportunidades de remontar los efectos perversos de una enseñanza pública moldeada, durante décadas, por la utopía de la mediocridad. La única rebelión inteligente será contra ese lecho de Procusto –la igualación por abajo– que ha tendido el progresismo pedagógico. Y si los nostálgicos anhelan un nuevo Mayo, que se movilicen ellos.