jueves, 17 de marzo de 2011

Notas sobre una psicosis

Ignacio Camacho en ABC

El accidente de Fukushima no ha provocado todavía ninguna muerte; el terremoto y el tsunami han ocasionado diez mil desaparecidos. Nuestro alarmismo retrata una desenfocada parcialidad egoísta, una preterición moral, una obscena falta de respeto a esas víctimas que parecen no importar a nadie.

(...)

La demencial agitación apocalíptica casi obliga a aclarar que ha sido el tsunami el causante de la avería, y no al revés.

Si hubiera pasado en España...

César Vidal en La Razón

El terremoto, con el tsunami subsiguiente, que ha azotado Japón es susceptible de provocar las más diversas reflexiones. Voy a pasar por alto los temas trascendentales porque me da dentera esa gente que pregunta airada dónde está Dios en las calamidades después de que hace siglos que lo han echado a patadas de su vida. No. Ese tema no lo voy a abordar hoy. Más bien he dejado mi mente discurrir sobre la manera en que se hubiera enfrentado España con una catástrofe de esa magnitud. Si hubiera estado el PP en el poder, sindicatos, partidos de izquierdas, nacionalistas y terminales mediáticas se habrían embarcado en un «Nunca mais» a cara de perro culpando del terremoto y posterior tsunami a la derecha. Resultaría obvio, según los intrépidos manifestantes, que la responsabilidad total de las muertes –«¡Asesinos, asesinos!», gritarían por las calles a la gente del PP– descansa en esa derecha desalmada que permite, por ejemplo, que más de un cuarto de millón de liberados sindicales vivan de nuestros impuestos o que los titiricejas se mantengan no por su talento artístico sino de las subvenciones. Por supuesto, los ecolojetas cercarían las centrales nucleares para convencer a los ciudadanos de que son un peligro terrorífico que, por supuesto, no existe cuando compramos a precio de oro esa misma energía nuclear a Francia que tiene situadas sus centrales justo al otro lado de los Pirineos. Los nacionalistas catalanes y vascos señalarían que en situaciones así se descubre por qué la opción independentista es obligada y, acto seguido, exigirían –y conseguirían– que la parte del león de las ayudas públicas cayera en sus manos aunque fuera Granada la provincia más dañada. Si el desastre se produjera con un gobierno del PSOE nos ahorraríamos el «Nunca mais», pero la adjudicación de responsabilidades sería la misma y quedaría claramente establecido –a ser posible por algún hispanista anglosajón trincón y amante de las bebidas de elevado octanaje– que Franco ya abrió el camino al caos cuando no adoptó medidas contra posibles tsunamis, que Aznar comparte esa innegable culpa por haberse comportado igual durante sus ocho años de mandato y que no resulta pertinente recordar que el PSOE ha gobernado el doble de años que el PP. Además habríamos contemplado el espectáculo vergonzoso y vergonzante de esos periodistas que pululan por todas las tertulias y que no han leído un solo libro en más de treinta años relatando con dogmatismo pontificio la manera en que se hubiera podido parar la ola en el aire y cómo el gobierno –especialmente el del PP– no lo ha hecho. En todos y cada uno de los casos, habríamos asistido al desplome de centenares –quizá millares– de edificios; al asalto a los supermercados y comercios; al saqueo de los domicilios abandonados y a una incompetencia más que generalizada apenas paliada por ejemplos heroicos derivados del arrojo de miembros de las Fuerzas de Seguridad del Estado, de bomberos, de militares y de ciudadanos de a pie. Con todo, esos ejemplos de abnegación no habrían evitado que sintiéramos hondo pesar por la falta de disciplina, orden y concierto manifestado por la población. Los terremotos y los tsunamis son un desastre extraordinario se mire como se mire, pero no es lo mismo que tengan como escenario Haití que el Japón. O, sin ir más lejos, nuestra querida España.

Apocalipsis político

Cristina Losada en Libertad Digital

La catástrofe en Japón ha hecho emerger la catástrofe política europea. Ciertas instituciones, determinados gobiernos y no pocos ministros descuellan en el concurso por atizar más y mejor el pánico de un público susceptible, rivalizando incluso con la entregada prensa. El alemán Günther Oettinger, comisario europeo de Energía, consideró adecuado anexar el término "apocalíptico" al accidente nuclear en Japón, al tiempo que lo declaraba "fuera de control" e instaba a revisar la buena opinión reinante sobre la competencia técnica de los japoneses. El hombre consiguió copar los titulares, pues sirvió tanto a la holgazanería como al alarmismo, y le debe haber cogido el gusto: vuelve a vaticinar catástrofes e insiste en que los nipones no tienen la menor idea de cómo resolver la crisis. A estas horas, sin embargo, no se tiene la menor idea de la información privilegiada de que Oettinger dispone para emitir esos juicios.

Sí sabemos, en cambio, que Herr Oettinger figura como comisario, no por su expertise en materia energética, sino por haber presidido el declive electoral de su partido, la CDU, en un Land del suroeste. Merkel se quitó de en medio al inútil por el procedimiento de endosarlo a la Comisión. Si el cesto europeo se trenza con esos mimbres de desecho, qué grandes días le esperan a la UE. Como estos mismos. Del lado francés, el otro gigante, también se esmeran en sembrar dudas sobre la capacidad japonesa y profetizan un desastre con "un impacto superior a Chernóbil". Para agregar alarma, y que no falte, se insinúa que las autoridades japonesas ocultan la realidad dado que en su información se detectan "incoherencias". ¡Incoherencias! Con parte del país devastado, miles de desaparecidos, cientos de miles de refugiados, escasez de energía y alimentos, cómo no va a haber incoherencias. Tan alto grado de exigencia en las condiciones en que está Japón, y cuando la población amenazada por la radioactividad es la japonesa, no la europea, revela una arrogante insensibilidad y un vacío de valores pavoroso.

Tales reacciones no sólo incrementan la desconfianza en la energía nuclear, que sería lo de menos, sino la desconfianza a secas. Pues, ¿a quién creer? ¿Al partido de Merkel, con intereses electorales que aconsejan una súbita ruptura con el átomo? ¿A Alemania y a Francia, que participan en dos empresas eléctricas competidoras de la japonesa que gestiona la central de Fukushima? Pánico da pensar que esas serían las pautas de conducta de la UE y los gobiernos si hubiera, alguna vez, un accidente nuclear aquí, en suelo europeo.

Algunas verdades sobre la energía nuclear

Emilio J. González en Libertad Digital

A raíz de los acontecimientos que se están produciendo en la central nuclear de Fukushima, y en medio de la demagogia habitual de políticos y medios de comunicación, hay quien quiere reabrir el debate sobre el átomo, por supuesto para acabar con este tipo de energía por razones cuando menos dudosas. Desde luego, ni yo voy a negar que lo que está sucediendo con la central japonesa es un asunto grave, ni mucho menos que es posible que las cosas todavía puedan ponerse aún peor. Pero también creo que un debate tan importante como el de la energía nuclear debe abordarse de forma fría, desapasionada y racional. Por ello creo conveniente poner algunas cosas negro sobre blanco al respecto.

De entrada, esto no es Chernobil, por mucho que algunos se empeñen en extraer paralelismos de donde no los hay, por dos sencillas razones. Primero, porque la central nuclear ucraniana estalló a causa de que los militares soviéticos se dedicaron a producir plutonio en ella con fines militares, mientras, por otra parte, desde Moscú se financiaba a los grupos pacifistas y ecologistas europeos con el fin de detener el progreso tecnológico en la que, por entonces, era la mitad libre y democrática del Viejo Continente. Segundo, porque la central de Fukushima ha demostrado una capacidad de resistencia asombrosa frente a un terremoto cuya intensidad se sitúa en el segundo nivel de los diez de que costa la escala Ritcher.

El problema ha sido que el tsunami que siguió a continuación dejó inoperativo el sistema de refrigeración, pero no afectó al sarcófago donde se encuentra el núcleo de la central. Evidentemente, ha sido un fallo, pero es un fallo que se puede corregir para incrementar aún más la seguridad de las centrales nucleares. No hay que olvidar que el progreso humano, nos guste o no, se ha construido y se construye mediante la detección de esos errores. Si hoy volar en avión es seguro es porque antes hubo accidentes que nos enseñaron cosas como que había que instalar radares de tierra en los aeropuertos, etc., y por ello nadie ha puesto en cuestión la aviación comercial.

Todos quisiéramos que las cosas fueran perfectas desde un primer momento y que todo estuviera previsto, pero, por desgracia, la vida es así y avanzamos, corregimos errores y perfeccionamos las cosas cuando se producen fallos que nadie había previsto. Quien no acepte esto, está rechazando ese progreso que está permitiendo que miles de millones de personas en este plantea vivan cada vez más y mejor. Y si el problema es el número de personas que pueden fallecer si, esperemos que no ocurra, sucede lo peor en la central de Fukushima, por la misma razón tendrían que prohibirse los coches, ya que las carreteras se cobran miles de víctimas cada año. Pero a nadie en su sano juicio se le ocurre proponer semejante cosa, ni los españoles, sabiendo cuáles son los peligros de la conducción, optan por dejar su coche en casa y viajar en transporte público. ¿Por qué, entonces, la energía nuclear va a ser diferente cuando, además, es mucho más vital para la sociedad que el automóvil?

Segunda cuestión: Europa necesita la energía nuclear para poder vivir. Esta lección la aprendieron los europeos hace ya bastante tiempo, concretamente en 1956, cuando Egipto decidió cerrar el canal de Suez, creando serios problemas de abastecimiento de petróleo al Viejo Continente. Los europeos reaccionaron de inmediato y, después de la fallida intervención militar conjunta de Francia y el Reino Unido para recuperar el control del canal, decidieron crear la Comunidad Europea de la Energía Atómica (Euratom), con el fin de promover conjuntamente el átomo para usos pacíficos. Por razones estratégicas, Europa no tiene más alternativa energética que el átomo. Es cierto que tenemos carbón, pero este combustible fósil es altamente contaminante y provoca igualmente muertes por enfermedades entre quienes respiran la contaminación que emite su combustión para producir electricidad. Pero estas muertes son silenciosas y no se producen de una sola vez, sino de forma paulatina, con lo que no da lugar a los grandes titulares que desencadena un accidente nuclear. Además, la electricidad proporciona unas condiciones de vida, en todos los sentidos, que nos permiten vivir más y mejor. Esto también hay que incorporarlo al debate porque, hoy por hoy, las renovables no tienen la menor capacidad para sustituir ni al átomo, ni al carbón, ni al gas, ni al fuel a la hora de producir energía eléctrica.

Por último está la cuestión económica. Las estrategias modernas en materia de energía se basan en tres pilares: garantía de abastecimiento, precios que no estrangulen el crecimiento económico y respeto al medio ambiente. Hoy por hoy, con una demanda de petróleo cuya tendencia a medio y largo plazo es a seguir creciendo, no cabe esperar más que el progresivo encarecimiento del crudo y, con él, del gas natural. Frente a ello está la energía nuclear, la única fuente de energía que cumple con esos tres criterios, a pesar de que, como es obvio, existe el riesgo, muy pequeño pero real, de que pueda producirse un accidente. Si queremos conservar nuestra calidad de vida, no tenemos más remedio que seguir apostando por ella.

O catalán o puerta

José García Domínguez en Libertad Digital

Acaso para estar a la altura del creciente sentir racista que dicen identificar todos los sondeos de opinión en la plaza, Artur Mas se ha apresurado a soltar los perros gramáticos contra los inmigrantes. Así, el honorable en prácticas acaba de anunciar que los recién llegados deberán acreditar conocimientos de la lengua vernácula como "un requisito muy determinante" a fin de poder avalar su "esfuerzo de integración" en la sociedad catalana. Léase certificados de arraigo, expedientes de reagrupación familiar y permisos de residencia. Un asunto, ése de los acentos abiertos convertidos en alambrada ortográfica y aduana fonética cara a seleccionar a la mano de obra, en el que, por cierto, cuenta con la connivencia activa del Partido Popular.

Y es que los de Rajoy, ya felizmente alojados en la charca identitaria, igual pretenden de los foráneos que demuestren el dominio del catalán que repudian, por inconstitucional, en el caso de los nacionales. "Contrato de integración", se llama el sucedáneo criptopujolista acuñado en Génova. Que por tal responde la vía a través de la que la derecha dizque española va camino de absorber los fundamentos doctrinales del catalanismo, aprestándose de paso a cohabitar en idéntico redil moral. Al respecto, en cualquier otro sitio resultaría ocioso recordar que la única obligación exigible a los habitantes de un Estado de Derecho es el cumplimientos de las leyes. Punto.

Para un espíritu liberal, ahí, en el recto acatamiento a las normas emanadas de los poderes legítimos, empiezan y acaban los límites a que la gente haga con su vida –y con su lengua– cuanto le venga en gana. Quien se quiera hijo de la Ilustración –y no del coronel Macià y el capità Collons–, lo entiende a la primera. Como a la primera entiende que, una vez satisfecho ese elemental deber para con el Leviatán, habrá de ser estricta cuestión privada el perorar en chino mandarín, bable normativo o catalán estándar. Y en cuanto a la muy tediosa cantinela de la integración, ¿qué tendrán previsto hacer CiU y PP con los aborígenes que llevan –llevamos– toda una vida haciendo esfuerzos por segregarse? ¿Qué será de nosotros? ¿Nos deportarán al otro lado del Ebro o acabaremos internados en campos de reeducación en integracionismo? A saber.

In memóriam Santos

Pilar Rahola en La Vanguardia

Hoy hace diez años. Como cada 17 de marzo, sus familiares y sus compañeros se trasladarán hasta Roses, harán una misa y dejarán flores en el monolito que recuerda la tragedia. Y un año más reclamarán a las autoridades que los policías que participaron en aquel suceso reciban la medalla al mérito policial, honor que, hasta ahora, no les ha sido concedido. Los hechos llevan el sello de la brutalidad de ETA y empezaron a las 22.35, cuando ETA avisó al diario Gara de que estallaría un coche bomba en el hotel Montecarlo de Roses. Tres minutos después, se recibió la llamada en la central de los Mossos en Roses y 20 minutos más tarde estalló el artefacto de 50 kilos de dinamita y metralla, que hirió a muchos de los policías y mató a Santos Santamaría, un mosso de 32 años que luchaba contra el tiempo para evacuar a toda la gente del lugar, desde el propio hotel hasta bares y restaurantes. La explosión fue tan brutal que la metralla recorrió 250 metros y superó dos edificios de 25 metros de altura. A pesar de la explosión, con Santos gravemente herido y otros policías heridos de diversa consideración, los agentes continuaron ampliando los perímetros de seguridad y desalojando al resto de las personas. Y ello con la amenaza latente de que hubiera una segunda bomba. En menos de veinte minutos, pues, estos policías, tanto los mossos como los agentes de la policía local de Roses, consiguieron desalojar a 500 personas, muchas de ellas turistas de edad avanzada y con enormes dificultades de comprensión lingüística, y pusieron en riesgo sus vidas, perdieron a un compañero y evitaron una masacre. Y nunca se les ha reconocido su valentía y profesionalidad.

Sólo una triste felicitación colectiva en el Dia de les Esquadres, el mismo día en que otros, a menudo jefes de administración de las comisarías (encargados, pues, de acciones meramente logísticas) reciben medallas al mérito policial. Ni el convergente Xavier Pomés, ni la socialista Montserrat Tura, ni el iniciativo Joan Saura consideraron necesario, año tras año, reconocer el trabajo ejemplar y el enorme riesgo que padecieron estos policías, ni al compañero que perdieron, ni la tragedia mayor que evitaron. Si la medalla al mérito policial no se da a los agentes en una situación como esta, ¿cuándo se da y a santo de qué? ¿Cómopueden explicarlo los distintos políticos que han gobernado Interior? Y si estos agentes no merecen la medalla al mérito, ¿pueden explicar los motivos por los que la tienen algunas otras personas? Hoy hace diez años que murió un joven policía porque hacía su trabajo asumiendo el riesgo y salvando vidas. Diez años de recuerdo de sus compañeros y… diez de olvido de la administración. Quizás ya sería hora de que un conseller reparara ese desprecio y otorgara la merecida medalla. Llega tarde, cierto, pero nunca es tarde para hacer lo correcto

miércoles, 16 de marzo de 2011

Jaque en el Golfo

Gabriel Albiac en ABC

BAHRÉIN es un pequeño archipiélago de treinta y tres islas, algo menos de setecientos kilómetros cuadrados, unos setecientos mil habitantes (casi la mitad de ellos, trabajadores inmigrados), flotando sobre una enorme bolsa de gas natural y de petróleo. Nada demasiado original en un Golfo hecho de anacronía y dinero. Importa más, para entender lo que allí pasa, su ubicación estratégica: entre la cercana costa de la Arabia Saudí sunnita, a la cual lo une una imponente autopista colgante, y la no lejana costa oeste del Irán chiíta. Lo cual es saberse instalado entre dos trincheras. Aunque sea con opulencia. Nadie en ese pequeño reino feudal, que desde hace tres siglos pastorea monolíticamente el clan de los Al-Khalifah, ignora la cínica respuesta con que los saudíes acogieron en su día la hipótesis iraní de fabricar armas nucleares: «ellos pueden tardar un decenio en construir la bomba; nosotros, una semana en comprarla». Y todos saben que, en ese inevitable choque entre iraníes y saudíes, no quedará espacio alguno para la neutralidad en el Golfo Pérsico.

Quienes han querido jugar al confortable angelismo de los buenos sentimientos ante la matemática coordinación de los golpes de Estado, victoriosos (Egipto, para quedarse como estaba, pero con otro hombre más duro al frente) o bien de destino incierto (Libia, para quedarse como estaba, con el mismo caudillo delirante al mando), en el petrificado mundo político árabe, deberían reflexionar ahora sobre las dos únicas novedades que, de momento, han resultado tras esa confusa sacudida del tablero. Irán empezó moviendo ficha. Por primera vez desde la revolución islámica, su flota de guerra tiene paso expedito al Mediterráneo por Suez. Arabia Saudí respondió anteayer, instalando a su ejército y policía en el reino de Bahréin. En medio de la conmoción mundial que el cataclismo de Japón ha desencadenado, puede que ese despliegue militar haya pasado desapercibido al gran público. Es crítico, sin embargo. Porque, no sólo en Bahréin la popularidad del chiísmo amenaza seriamente a la casta política sunnita, reflejando así en su propio tablero la partida entre iraníes y saudíes; en Bahréin, sobre todo, está ubicado el comando central de la Quinta Flota de los Estados Unidos, esto es, el epicentro militar de una de las zonas más inestables del planeta.

La gran falla a punto de quebrarse en el Golfo Pérsico se llama Arabia Saudí. Mitológica tierra del Profeta, vetada a cualquier penetración no musulmana, que es allí, en rigor, un sacrilegio. Regida por una de las castas más corruptas e incompetentes que haya conocido la política moderna. Inerte en esa obscena amalgama de opulencia petrolera y sacralidad feudal que veta obstinadamente su acceso normal a la historia. Habrá quienes se sigan empeñando en no querer abrir los ojos; habrá quienes quieran atribuir a súbita inspiración democrática, o aun libertaria, el rítmico derrumbe del castillo de naipes norteafricano; quienes prefieran la lírica humanitaria al frío análisis de las determinaciones geográficas, políticas, religiosas. Pero la voluntad de ceguera ni un átomo cambia en los hechos. Irán y Arabia Saudí han movido sus primeros peones. La partida ha comenzado.

Los judíos muertos no son noticia

Mark Steyn en Libertad Digital

Tamar Fogel, de 12 años de edad, volvió a casa la noche del pasado viernes para encontrarse a sus padres, Ruth y Udi Fogel, a sus dos hermanos Yoav (11 años) y Elad (4 años), y su hermana de tres meses asesinados por en sus camas. Habían sido degollados y apuñalados en el corazón.

Eso no tiene nada de impactante: No faltan jóvenes varones musulmanes que disfrutan degollando bebés de tres meses y luego se vuelven a casa soñando con que la plaza del municipio o el partido de fútbol sean bautizados en su honor.

Allá en Gaza, la ciudadanía celebraba la noticia con vítores y repartiendo caramelos.

Tampoco tiene nada de impactante. En el culto a la muerte palestino generalizado, hay incontables legiones que, aunque no tan dispuestas a matar judíos por sí mismas, se limitan a deleitarse en la gloriosa victoria del resto.

Y en el mundo en general se producía una acusada reticencia a dar cobertura informativa a los hechos.

Y, aunque no es impactante precisamente, sí es un útil recordatorio de lo mucho que han cambiado las cosas en cuestión de unos años. El 11 de Septiembre, las grabaciones de los palestinos bailando en las calles y repartiendo caramelos dieron la vuelta a las pantallas de televisión del mundo, y aquella reinona rancia de Arafat pasó inmediatamente al modo control de daños y se apresuró a hacerse grabar donando sangre.

Esta vez no hubo necesidad de control de daños, porque no hubo ninguno. Los medios occidentales desviaron simplemente la vista de las desafortunadas manifestaciones efusivas de sus ojitos derechos palestinos. El gobierno israelí difundió imágenes crudas de los crímenes, pero Youtube retiraba la grabación en cuestión de dos horas. Las modernas "redes sociales" desarrollan de pronto un sentido del decoro tan exquisitamente refinado como el viejo directorio de notables de una ciudad.

Escribe Caroline Glick que, hace una década, la revelación de que el embajador francés en Gran Bretaña Daniel Bernard se refería a Israel como "ese país de mierda" fue escandalosa. Ahora es moneda corriente.

La deslegitimación de Israel hoy es completamente universal: De hecho, en los tiempos que corren los líderes palestinos hablan más de "la solución de dos Estados" que los europeos. El día nacional de Israel, destacadas figuras británicas de origen judío escriben al The Guardian para condenar la existencia del Estado judío. Y la "Semana del Apartheid Israelí" es el regalo multicultural de Toronto al mundo.

Poniendo de relieve su extraña habilidad para pasar por alto lo que pasa, el responsable del Congreso Judío Canadiense tuiteaba hoy:

"El anonimato alimenta lo desagradable en la red".

Hubiera dicho que hasta este triste bobo irrelevante habría notado que el rasgo llamativo de "lo desagradable" hoy es lo poco anónimo que es. Año tras año, el mundo es más alegremente franco con su antisemitismo. Puede que haya que preguntar a John Galliano, o a Julian Assange.

Pero a veces, como cuando se degüella a un bebé, lo que no se está diciendo es exactamente igual de elocuente. Hace poco estuve hablando con un judío húngaro que vivió en Budapest en la clandestinidad durante la Segunda Guerra Mundial, hacia 1944, cuando al gobierno pro-alemán se le estaba acabando la munición y se vio obligado a ponerse creativo.

Esposaban a los judíos en largas cadenas, los subían a un puente, disparaban a un par de cada extremo y luego los empujaban al Danubio para dejar que el peso muerto arrastrara a los que estaban en medio. Tienes que tener un estómago fuerte para desempeñar esa labor, casi igual de fuerte que para matar a niños de tres meses. Pero, mientras mi amigo contaba su relato, yo no pensaba en los monstruos del puente, ni siquiera en los que estaban en las orillas jaleando, sino en las cifras mucho mayores de personas que seguían con sus asuntos y buscaban excusas a lo que estaba pasando. Eso es lo que marcó la diferencia, ayer y hoy.

O nuclear o miseria

José Antonio Martínez-Abarca en Libertad Digital

Yo siempre traté de aprender de los mayores. Es decir, antes de Schopenhauer, que fue adulto toda su vida, que de la adolescencia perenne de Zapatero. Aquel viejo de nacimiento mantenía, me creo que pensando expresamente en lo que iba a pasar dos siglos más tarde con el terremoto jurásico, posterior maremoto cretácico y noticiada fuga radioactiva de Japón (como diría Groucho Marx, en Japón sólo ha faltado que encima llueva), que los humanos, para llevar una existencia razonable, no debíamos tener presentes en el día a día las desgracias que seguro van a ocurrir, como nuestro próximo fallecimiento. Y que no debíamos angustiarnos por desgracias teóricamente posibles pero que probablemente no ocurrirán. Como que a nosotros nos pase igual que ahora a Japón.

No podemos estar pensando que nos vamos a levantar la mañana en que un "agujero negro" engullirá a la Tierra y que por causa de esto habrá algún fallo de seguridad en alguna central nuclear. Desgracias imprevisibles que lo más seguro es que no pasen. La seguridad completa no existe, y debemos aprender a poner orden en nuestros asuntos de la forma más inteligente posible. La energía nuclear es una de las formas de poner en orden los asuntos más inteligentes que se han inventado. Por eso mismo tal vez no tenga gran porvenir, en el estado de histeria pública y privada en que vive Occidente. Una gran lección de vida, aquella de Schopenhauer, que nadie en la decadente Europa actual ha comprendido (en cambio, las célebres clases magistrales de Zapatero se entienden mucho mejor). Corren ahora los dirigentes europeos, al frente de la opinión pública, a cerrar la única fuente energética que asegura la supervivencia de sus países, no vaya a ser que la constelación de Andrómeda se precipite un día contra Bruselas y la central nuclear más próxima cause un disgusto. Y mientras estamos entretenidos con estos temores, otras cosas nos matan.

Los monstruos, nucleares o no, no es que no existan. Es que existen poco. Y no pueden mediatizarnos la vida. El mediático miedo occidental a la palabra "isótopo", que no nos deja vivir estos días, hace que no tengamos presente el terror seguro que deberíamos sentir hacia la palabra "miseria". Porque, cuando no haya petróleo, o nuclear o miseria. Así estarán las cosas mientras alguien no idee la forma de mover el mundo a pedales. Cambiamos con alivio una muerte improbable por una muerte de asco cierta. Justo lo que nos aconsejaba Schopenhauer.

Con el crudo acaparado por países golfos o países barbudos, con el gas suministrado a España por países barbudos o países golfos, con la fotovoltaica aromando a gasoil de noche, con los molinillos dedicándose a despedazar pájaros como misión principal, la única alternativa al colapso occidental venidero era la energía nuclear, a la que los dirigentes y los medios, siempre tan entusiastas cuando se trata de debilitarnos, ya han cavado la tumba. Ahora habrá, me temo, poco que hacer ya. Se le está dando el mismo tratamiento global a lo de la central de Fukushima que a aquella epidemia de "gripe A" por la que íbamos a morir todos. Va a ser complicado que en Europa, no digamos en España, vuelva el estricto realismo. Lo de Japón hará que triunfen mentes como la de Zapatero y no como la de Schopenhauer. Una apuesta segura. Directos hacia la miseria.

Blanqueando los sepulcros del Grapo

José García Domínguez en Libertad Digital

En este viejo país ineficiente, la encargada de fabricar la memoria colectiva es la única empresa pública que funciona. Así los guionistas de Cuéntame, esforzados remedos domésticos del protagonista de 1984. Aquel Winston Smith siempre ocupado en retocar viejas noticias en la hemeroteca del Times para que los hechos históricos jamás osaran desviarse de la doctrina coyuntural del partido en cada instante del tiempo. Por algo, la máxima del Ministerio de la Verdad donde ocupaba sus horas: "Quien domina el pasado, domina el futuro, y quien domina el presente domina el pasado". Una intuición, por cierto, que asaltaría al propio Orwell tras su paso por la Barcelona revolucionaria.

Recuerda al respecto en Mi Guerra Civil Española: "En España vi por primera vez noticias de prensa que no tenían ninguna relación con los hechos. (...) Vi que la historia se estaba escribiendo no desde el punto de vista de lo que había ocurrido, sino desde el punto de vista de lo que tenía que haber ocurrido". Lo vio entonces e igual podría seguir viéndolo hoy. Sin ir más lejos, en el último episodio de ese serial, Cuéntame. Veintiséis de mayo de 1979, una secta de idiotas de extrema izquierda que se hacen llamar Grapo asesina a diez personas en la cafetería madrileña California 47. Apresados y juzgados, los autores de la matanza son objeto de condenas firmes que en todos los casos superan los doscientos años de reclusión.

Hasta ahí, sintéticos, los hechos. A partir de ahí, ímprobo, el trabajo del Winston Smith de guardia en Televisión Española. Y es que, entre la palabra de la Justicia y la del Camarada Arenas, el ente no duda: se queda con la del jefe de la banda. Atónito, lo acaba de referir en carta al director de El Mundo don Joaquín García Marquina, cuatro años de su vida migrando de hospital en hospital con la metralla de aquella bomba instalada en sus entrañas: "Para mi estupefacción, durante todo el episodio, los guionistas de la serie achacan la autoría del atentado genéricamente a los fascistas". Al punto de convertir a un facha de tebeo, amigo de uno de los protagonistas, "en el principal sospechoso de haber puesto la bomba". ¿Aclaración final? Nunca la hubo. Felicidades, pues, Oliart: otra línea reescrita.

El patriota

Alfonso Ussía en La Razón

Jamás he llegado a ubicar correctamente en el mapa la Patria de estos socialistas vascos. Sí la de Nicolás Redondo, o Buesa, e incluso creía haber encontrado la Patria de Pachi López, pero sus últimas declaraciones me indican que puedo estar equivocado. Pero nunca he encontrado en mapa alguno la Patria de Jesús Eguiguren, que por desgracia, no es la misma que la mía y la de una apabullante mayoría de españoles. Si oponerse a la legalización de un partido político estrechamente ligado con la ETA representa una postura antipatriótica, que venga Eguiguren y nos ofrezca su versión del patriotismo. No queremos en nuestras instituciones democráticas a cómplices de asesinos. No queremos en nuestras instituciones democráticas a terroristas. No queremos en nuestras instituciones democráticas a quienes aún no han pedido perdón por ensangrentar España durante cuarenta años. No queremos creernos el súbito cambio de actitud de esa pandilla de indeseables, incapaces de condenar los crímenes de mil inocentes y las ruinas morales y anímicas de sus familias. Tiene que pasar mucho tiempo para que las cloacas del entorno del terrorismo puedan ver la luz. Mucho tiempo sin la ETA, sin Batasuna y sin «Sortu». Algunas generaciones. Los antipatriotas, según Eguiguren, somos muchos millones de españoles que tenemos una Patria, un Estado de Derecho y una Constitución que nos garantiza la libertad. Se llama España. Si Eguiguren es de otra Patria, que se la busque por donde le apetezca, y si la encuentra, que la disfrute. Sin insultar.

martes, 15 de marzo de 2011

Imbéciles (muy poco) ilustrados

La invasión de los bárbaros

Pedro de Tena en Libertad Digital

Que estos niñatos hayan hecho lo que han hecho en una capilla católica es algo imperdonable, por la falta de respeto que supone, pero, sobre todo, por la falta de inteligencia que denota. Estar en la Complutense sin que nadie les haya explicado todavía que Iglesia Católica, derecho, democracia, ciencia y tolerancia forman un complejo tesoro histórico devenido tras muchas contradicciones, indica en manos de quién estamos.

Los católicos han cometido muchos errores y pecados y, asimismo, han hecho mucho bien, pero en el siglo XXI ni obligan, ni matan, ni imponen ni juzgan. Me niego a admitir y a consentir que unos ignorantes les falten al respeto cuando no tendrían cojones ni ovarios para hacer ni la mitad en una mezquita, donde se practica una religión que aún hoy, obliga, mata, impone y juzga, muy especialmente a homosexuales y lesbianas, adalides de la profanación de Madrid.

Hasta los bárbaros fueron conscientes de la capacidad civilizadora de la Iglesia. Es que eran bárbaros, pero no tontos.

El Chernóbil de la demagogia

José García Domínguez en Libertad Digital

A espera de lo que ocurra con las centrales de Japón, el Chernóbil de la demagogia ya ha estallado en las redacciones de los periódicos, cantera ahora mismo de una súbita inflación de avezados peritos en seguridad nuclear. Es sabido, en este negocio el más tonto fabrica relojes radiactivos. Así las cosas, ha empezado otra disputa soterrada donde el amarillismo cripto-ecologista y el pro-atómico juegan una y la misma baza: tomar por menor de edad a la opinión pública. Los unos, augurando la inminencia cierta del Apocalipsis de San Juan en los quioscos; los otros, pugnando por expandir el cuento de hadas de que un reactor termonuclear acarrea riesgos parejos a los de un molino de viento. Aunque lo peor es que, en el fondo, ni los unos ni los otros yerran la estrategia.

Europa, patria universal del miedo, incapaz siquiera de mover un solo soldado a fin de acabar con una carnicería a cien kilómetros de sus fronteras, se conduce cada vez más como un niño malcriado. Un niño que lo quiere todo porque, en su cosmovisión pueril, pretende habitar un mundo sin costes; un gozoso jardín de infancia en el que las recetas de los jarabes no conocen el apartado de las contraindicaciones. Al contrario de cuanto acontece en el aciago orden de los adultos, de continuo abocado a la condena de tener que elegir. Sin ir más lejos, la nuclear ni resulta una energía completamente segura, ni en absoluto se antoja imprescindible. A fin de cuentas, España podría desprenderse de ella hoy mismo. Nada nos lo impide.

Bastaría para ello con que renunciásemos de grado a confluir algún día con los países punteros del continente. Únicamente eso. Y es que, pese a importar el ochenta por ciento de la energía, como resulta ser el desolador caso, disponemos de alternativas. Por más señas, de dos: o nuclear, sí gracias; o bienvenidos a Portugal. Siempre nos cabrá elegir, pues. Mientras, en este pobre país tan dado al escapismo, cuestiones de Estado como la ubicación óptima de los residuos radiactivos constituyen una prerrogativa municipal. Prosaica bagatela sometida arbitrio de alcaldes de pueblo. Todo con tal de que nuestros supremos infantes, Zapatero y Rajoy, sigan esquivando las responsabilidades propias de los mayores. Qué Dios nos coja confesados.

Muchachada en la nuit

Rafael Martínez Simancas en ABC

La frase del día: "Es tal la acumulación de gansadas y de «frikis» en el ámbito de la Universidad Complutense que uno empieza a pensar que en caso de llegar los marcianos a la tierra lo harían por la ventana del despacho de Berzosa."

El temblor y el tembleque

Tomás Cuesta en ABC

De entre los escombros sembrados a capricho por un demiurgo aciago emerge una sociedad que emite signos de esperanza acerca de la naturaleza humana, buenas noticias sobre nosotros mismos, pruebas fehacientes de que hay principios y valores que cotizan aún en el parqué de la esperanza. Una nación barrida por el mayor terremoto de la historia y abismada después por el «terremato» del tsunami está dando un ejemplo de entereza, de determinación y de coraje que, sin embargo, no se amolda a los parámetros del «share» de las catástrofes mediáticas. Ni el más leve asomo de histeria, ni un amago de desesperación, ni un conato de hurto, ni un indicio de ira o de barbarie. El hecho de que la vida continúe conlleva el que se hunda el espectáculo.

Los japoneses se enfrentan a la crudeza de su destino con la misma obstinación, frialdad y dureza con las que superaron un conflicto mundial, dos bombardeos nucleares y un estado de guerra permanente con los pilares de la tierra, con sus propias entrañas. El carácter de un pueblo se forja en las dificultades. Caer y levantarse: tiempo habrá, andando el tiempo, de sacar conclusiones y de endosarle la nota a quien deba pagarla. El orden en Japón es la respuesta racional, madura, civilizada a la arbitrariedad pagana de la pachamama; la versión contemporánea de la ataraxia monacal aplicada al vaivén de las catástrofes.

Y de momento, han logrado poner en marcha el Metro, abrir la Bolsa, salvar a los vivos y aplazar el duelo. A la espera de un desenlace atómico en «prime time», los indescifrables héroes de una estirpe indomable recomponen templos de papel y reconstruyen fábricas de acero, trabajan y conspiran contra los elementos, luchan y se adaptan. Europa, por su parte, avizora a distancia el escenario como si fuera un jubilado que regala consejos, batallitas y cábalas a la cuadrilla de peones de las obras del barrio. Ése es el titular que nos escamotean en los telediarios. En medio del viejo debate sobre las energías milenarias aflora el verdadero carácter de los supervivientes, de los empecinados, de una especie en vías de extinción que al parecer no le preocupa a casi nadie.

Tsunamis diversos

Hermann Tertsch en ABC

NO sabemos cuántas víctimas mortales causará finalmente el inconcebible terremoto del viernes en Japón que casi se nos sale de la escala Richter y adquirió dimensiones bíblicas. Ni cuántas causó directamente su primera réplica monstruosa que fue el tsunami que devastó las zonas costeras del noreste. Ni todas las réplicas registradas después, muchas de ellas más fuertes que terremotos que en otros rincones del mundo causaron en su día centenares de miles de muertos. Lo que no se ha producido aún es esa catástrofe nuclear que tanto se anuncia desde el primer momento y que algunos parecen añorar con fruición digna de mejor causa. Nadie puede excluir esta terrible desgracia del peor accidente nuclear imaginable, pero resulta escalofriante comprobar la falta de piedad con que algunos parecen esperarla, como la definitiva ratificación de sus tesis. Desde el sábado, algunos sectores de eso que más que izquierda ecopacifista es tribu ecoguerrillera y banda talibán, están literalmente impacientes en su angustiosa esperanza de que se funda algún reactor nuclear en Japón y se cumplan sus peores augurios de cataclismo. Para cargar de razón sus tesis que proclaman la energía nuclear como el mal absoluto. Con sus titulares y su desinformación llevan días dedicados a la danza que invoca a su dios implacable que, con un terrible castigo a los japoneses, logre de una vez por todas que hasta los más descreídos y herejes, aquí y allí, nos arrodillemos ante Él. Y nos convirtamos todos a su nueva religión antinuclear y antitecnológica, expiemos nuestros pecados, fruto ponzoñoso de la falta de fe y del siempre dañino raciocinio y sentido común. Alguna emisora patria tenía tantas ganas de informar sobre la fusión de un reactor que lo hizo. Sin reparar en el detalle de que no se había producido. Como todas las religiones que se precien, ésta tiene su día de redención. Aunque todo puede pasar, da la impresión de que por esta vez se han equivocado de fecha. Lo que no nos eximirá de sufrir el tsunami ideológico que ya está en marcha. Y ante el que se inclinan, temerosos por las angustias de sus electorados, los gobiernos y las oposiciones en Occidente, con una falta de criterio y personalidad, que despiertan vergüenza. Tsumamis en Japón, en Libia y en Occidente. De agua monstruosas, de bombas y ejecuciones, de cobardía, oportunismo y debilidad de criterio.

Los que si van a morir bajo el tsunami sin siquiera mojarse son muchos miles de libios que aún luchan desesperadamente contra el rodillo militar de Gadafi. Con las manos libres, una superioridad abrumadora en armamento y su aviación bombardeando sin cesar al pueblo en armas, el «sátrapa payaso» avanza hacia el control total del territorio. Ya han caído todas las ciudades costeras y es una cuestión de días el comienzo del cerco a Bengasi. En su retaguardia ya ha impuesto a sangre y fuego su orden. Y cumple su amenaza de liquidar a los que se han significado en los levantamientos contra su poder. Con la comunidad internacional volcada en el drama japonés y los Gobiernos occidentales compitiendo en la escalada de histeria colectiva, está claro que son los libios y no los japoneses los que van a morir en masa. Gadafi será dentro de días otra vez el amo absoluto de Libia y de las vidas de sus súbditos. Mejor no imaginarse sus represalias cuando controle el país. Allí están los muertos que no ha habido en Japón. Aún están vivos, pero su grito desesperado no se oye entre el guirigay de la histeria de los gobernantes occidentales y los aullidos del talibanismo que festeja la catástrofe nuclear no habida.

Delirios Smiley

Carlos Rodríguez Braun en La Razón

Smiley puso nuevamente a prueba nuestra capacidad de asombro al declarar: «Merece la pena presidir un Gobierno que ha hecho leyes para que seamos más libres». La primera hipótesis es que se trata de un problema de salud. Según el DRAE, el delirio es una «confusión mental caracterizada por alucinaciones, reiteración de pensamientos absurdos e incoherencia». En principio, encaja. Las medidas propiciadas por los socialistas son contrarias a la libertad, desde la subida de los impuestos hasta la prohibición de fumar. El socialismo estriba en recortar la libertad del ciudadano y extender los costes, las multas y las regulaciones de todo tipo mediante las cuales el poder limita las libertades concretas de sus súbditos. La explicación, por tanto, es clara: Smiley es un orate. Esta interesante conjetura adolece, empero, de una dificultad: no parece cierta. Los socialistas no están locos, al contrario, muestran a menudo una fina inteligencia, por ejemplo, para ganarse la vida mediante el fraude de los ERE en Andalucía. Esto invita a considerar una segunda hipótesis: Smiley y sus secuaces son totalitarios, son arrogantes que parten de la base de que todo lo que hagan es bueno para el pueblo. Los socialistas, desde los más carnívoros hasta los más vegetarianos, siempre han hecho eso: han decidido que ellos son la sociedad y que la libertad de la sociedad es promovida cuando ellos la violan. Dirá usted: qué cara. Pues eso.

Nacer

Agustín García Calvo en La Razón

¿Cuántas veces habrá tenido Vd. que escribir en documentos la fecha su nacimiento, el día al menos para la Administración, y si, para completar la broma, se mete Vd. en horóscopos y cálculos astrales, hasta la hora y el minuto? Pero, hombre, ¿cómo puede vd. creer semejante cosa? ¿Qué pruebas tiene del caso? No le va a dejar muy tranquilo el testimonio de los mayores, con la mala memoria, intenciones y fantasías de que están cargados; pero Vd. mismo, lo peor: ¿cómo va uno a haber nacido en tal fecha, cuando es tan claro que en aquel entonces uno no estaba?

¿Se lo toma Vd. como un convenio necesario, una falsificación venial? No sabe lo que están haciendo con usted: al Estado, la banca, el seguro, que consisten en administración de futuro, o séase de muerte, les hace falta, sí, saber desde cuándo tienen que contar con usted, porque, ya que se le ha fijado un fin, el fin, amigo, requiere su principio; pero a usted…vamos, no digo su persona jurídica, sino lo que quede de usted por bajo de ella, a ti no te hace falta para nada saber cuándo has nacido: por el contrario, eso te mete preso, te condena y te ejecuta. Tú, de veras, no has nacido nunca: lo que salió al aire del seno de tu madre, por más que acaso de meses atrás le buscaran un nombre propio para que no se les escapara, eso no eras tú, y todavía estuvo resistiéndose año y medio o más a que lo hicieran ser usted: a Vd. lo costituyeron cuando, por esos meses y ya en el idioma de su tribu, le comunicaron: «Has de morir», le crearon un porvenir. Y ya entiendes como luego esa noticia hubo de venir, hacia atrás, a clavarte en el registro y en la fecha de tu nacimiento. Pero no hagas tanto caso de ese manejo, hombre: se trata nada más que del tiempo, ése en que te hacen creer, en que quieren encerrarte, el del reloj y el calendario, que es el que el poder, su orden ideal y sus negocios, necesita: tanto, que ya toma la ciencia a su servicio y hace con el mundo lo mismo que contigo: como tiene un fin, ya que tiene un futuro, tiene que tener también un principio y hasta matemáticamente fijado, génesis, Big-Bang y hasta el origen del tiempo, ¡madre mía!, y demás fantasías que te han venido contando a lo largo de los siglos. Pero eso a tí no te toca: tú no has nacido nunca ni vas a morirte un día, porque te estás muriendo y a la vez naciendo, conmigo, ahora, y sin darte cuenta.

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Aunque no esté necesariamente de acuerdo, de los mejores artículos que uno haya podido leer del peculiar filósofo ¿nacido en Zamora el 15 de octubre de 1926?

lunes, 14 de marzo de 2011

Sin sentido

Gabriel Albiac en ABC

¿ESTÁ el mundo mal hecho? Es la interrogación que todo cataclismo —Japón, ahora— pone en nuestras cabezas. Aunque sepamos que es falsa. No, falsa no, ni siquiera eso: retórica sólo, no pregunta. Ni bien ni mal. El mundo no está hecho. Es. Tal cual. Y esto es lo grave: que nadie puede quedarse con sólo la parte ordenada de su caos infinito. Aunque quisiéramos. Y tal es la clave última del dolor humano: su matemática carencia de sentido. No existe angustia comparable a eso.

El del mal es el único problema serio. Por más que no siempre sepamos decirlo. O casi nunca. Por más que lo común es que eludamos la dimensión verdadera de su acecho, ante nosotros, criaturas quebradizas, a las cuales dice Pascal que basta un soplo para aniquilar. Vivir es cerrar los ojos a lo que es la vida: «Presentes sucesiones de difuntos», dice el clásico español más hondo. Y hemos de refugiarnos en la ceguera de hacer como que no lo sabemos; o en el consuelo de creer saber que ese sacrificio permanente que es vivir impone un sentido que trasciende: soñar que el mal de ahora abre la senda del bien final que nos salve. Dichosos los que puedan creer eso. Yo no puedo. El desolado canto a la retama (La Ginestra) de Giacomo Leopardi me gana la partida: «En nada la naturaleza / aprecia o cuida / a la semilla del hombre más que a la de la hormiga».

El cataclismo en Japón nos pone ahora ante esa primordial presencia que jugamos empecinadamente a borrar de nuestras vidas: la esencial fragilidad de los humanos, la primacía ontológica —y quizá teológica— de la muerte. Aquello que los griegos sabían desde el día mismo en que inventaron la poesía: «De todas las cosas, la mejor es no haber nacido», en verso austero de Theognis, quien, hacia el siglo VI antes de nuestra era, fundó la lírica en occidente. A Japón toca, esta vez, decir la muerte. Mas, como el más quevediano Borges sabe, nada dice la vida, bajo la apariencia brillante con la cual la recubrimos —y encubrimos—, que no sea el «horrendo dictamen de que todo es del gusano».

Haití, hace nada; las islas del Pacífico un poco antes… A poco que forcemos la memoria —o bien recurramos a las hemerotecas—, el insobornable horror de la naturaleza, que aplasta hombres como ínfimas pulgas, puntea el fluir monótono del tiempo. La verdad es que eso no es más que el ápice de la continua secuencia de desastres a la cual llamamos vida; su momento extremo, el punto crítico en el cual no hay ya modo de callar, ni modo tampoco de decir nada que tenga sentido. Pero el desastre está en el alma de los hombres: raros bichos; que son mortales (no es gran cosa); que lo saben (es lo trágico); que viven simulando no saberlo, haciendo como que no existe esa amenaza; mientras pueden. Y llamamos catástrofe, cataclismo, a ese umbral en el cual se desdibuja el armónico lienzo con el cual, dice Pascal, a diario cubrimos el abismo al cual vamos a lanzarnos.

La ingenuidad ilustre de Voltaire le da el consuelo de buscar un responsable al terremoto de 1755 en Lisboa: Dios. Ni ese consuelo tenemos nosotros: porque aun el Mal, al absoluto mal, pone un sentido, del cual nosotros estamos desnudos. Sólo podemos decir: ha sucedido. De nuevo. Seguirá sucediendo. Sin sentido.

Moderada miseria

Mario Noya en Libertad Digital

En la noche del pasado shabbat, un individuo entró en el hogar de la familia Fogel, en la comunidad judía de Itamar (Samaria), y apuñaló hasta la muerte al padre (Udi, 36 años), a la madre (Ruth, 35) y a tres de los seis hijos: la bebita Hadas (3 meses), Elad (4 años) y Yoav (11 años). Los otros tres –Tamar, de 12; Roi, de 8, y Yisai, de 2– no corrieron la misma suerte porque se encontraban en casa de los abuelos.

Fue un crimen terrorista tan espantoso como puedan imaginar; o recrear, si consideran que deben enfrentarse a estas imágenes terribles que no les meterán los medios por los ojos, pues no hay en ellas niños palestinos a los que llorar.

La Autoridad Palestina no tardó en exhibir su moderada miseria. Con los cadáveres de los Fogel aún calientes, los voceros de la AP dijeron que no había evidencia alguna de que la matanza hubiera sido perpetrada por mano palestina. La identidad de los criminales "sigue siendo desconocida", declaró el ministro de Exteriores, Riad al Malki, no sé si antes pero en todo caso no mucho después de que tanto Hamás, gobernante en Gaza, como las Brigadas de los Mártires de Al Aqsa, grupo terrorista afiliado a Al Fatah, el partido que detenta el poder en la AP, justificaran la "heroica operación" como la "respuesta natural a las matanzas cometidas por la ocupación" en la Franja (que no tiene un centímetro de tierra ocupado) y en Cisjordania, y de que en la ciudad gazatí de Rafah saliera gente a la calle para celebrar el baño de sangre regalando caramelos a sus semejantes.

Malki no se conformó con ser moderadamente infame, así que dio un paso más y se metió de hoz y coz en la charca de la mentira abyecta. "Los palestinos jamás han cometido una matanza así por venganza o por razones nacionales", depuso el moderado, que igual se piensa que ya nadie recuerda la carnicería de Maalot o los asesinatos del libanés Samir Kuntar, ese héroe de la resistencia palestina que acabó con la vida de la pequeña Einat Cohen, de 4 años, reventándole la cabeza contra una roca.

En cualquier caso, añadió Malki –pues en el fondo y en la superficie sabía que ni él con toda su templanza podía negar que el río de la autoría palestina, más que sonar, bramaba–, se trata de un suceso que en nada beneficia a la "resistencia": estos ataques dañan los esfuerzos políticos y diplomáticos de Palestina en la escena internacional, aseguró. Es lo que tienen, Malki y la modulación morigerada: un palestino asesina a cinco miembros de una familia judía y las víctimas acaban siendo Palestina y su circunstancia circunspecta.

Por su parte, Mahmud Abbás, que como todo hombre de paz tiene un nombre de guerra (Abu Mazen), emitió un comunicado en el que incidía en su "rechazo y condena de toda violencia dirigida contra civiles, con independencia de quién esté detrás o de la razón de la misma". Una alimaña humana entra de noche en una casa y asesina a puñaladas a un hombre, una mujer, dos niños y un bebé, y el rais Abbás no se preocupa por ese hombre, esa mujer, esos niños y ese bebé, sino más bien por rematarlos a base de contexto, abstracción y equidistancia de la peor especie (este señor preside un Gobierno y manda sobre unas fuerzas de seguridad, por lo que indefectiblemente ejerce violencia sobre civiles y, en teoría, atiende a razones para justificarla). Y es que está pensando en esa alimaña humana, que es un terrorista palestino, y en el montón de palestinos que la está jaleando. Y en la comunidad internacional, que igual está mirando. Y, no lo adivinaremos en esta flotillera España nuestra, en recoger los frutos que acaso deje el sacudón horrible que ha sufrido el palmeral de Itamar ("isla de los dátiles", en hebreo):

La violencia engendra violencia, y lo que necesitamos es alcanzar rápidamente una solución al conflicto justa y omnicomprensiva.

"Así no se condena el terror, así no se combate el terror", le replicó entonces el premier Netanyahu, que aprovechó para –por enésima vez– exigir a la AP que combata el odio a Israel y a los judíos que satura las escuelas, las mezquitas, las televisiones palestinas. "Ha llegado la hora de acabar con el doble lenguaje", sentenció. Y de buscar, capturar y encerrar a los asesinos, en vez de dedicarles calles.

Está visto que estos malditos judíos no acaban de moderarse.

Saludables tragedias para la economía

Juan Ramón Rallo en Libertad Digital

Me preguntaban ayer en una entrevista de un programa de televisión cuáles creía que serían los efectos del devastador terremoto sobre la economía japonesa y mundial. Mi primera respuesta, tal vez por obvia, pudo resultar decepcionante: "Lo primero que debemos dejar sentado es que el terremoto no es beneficioso para la economía. Crecemos cuando acumulamos riqueza, pero aquí hemos asistido a una masiva destrucción de riqueza. Destrucción es lo contrario a creación de riqueza".

¿Para esto hacen falta los economistas? Qué tontería y qué pérdida de tiempo más grande. Pues tal vez no. Los carroñeros keynesianos siempre están al acecho de cualquier tragedia humana para saciar su incontenible sed de gasto. Ya sucedió con el tsunami del Índico o con el huracán Katrina, cuando sendos lumbreras de la economía, jefes de análisis de la agencia de calificación Fitch y del extinto banco estadounidense Wachovia, declararon que "el tsunami es una oportunidad de crecimiento para Sri Lanka" y que "generalmente es bueno para la economía cuando tienes que reconstruir a gran escala".

Ahora, el disparate se repite. Larry Summers, antiguo rector de Harvard y, lo que es más preocupante, ex secretario del Tesoro de Clinton y ex presidente del Consejo de Asesores de Obama, no ha tardado demasiado en frivolizar acerca de la tragedia del seísmo japonés y declarar que "irónicamente, el terremoto puede dar lugar a incrementos temporales del PIB gracias al proceso de reconstrucción. Tras el terremoto Kobe, Japón incrementó su fortaleza económica".

Lo peor de todo es que, habida cuenta de la pobreza de nuestros indicadores macroeconómicos, Summers podría llegar a tener razón desde un punto de vista meramente estadístico. Dado que el PIB mide la producción anual y no el volumen acumulado de riqueza, podría suceder que mientras que el capital de la nación se desploma, la renta anual aumente a corto plazo. Eso sí, cuesta ver qué hay de beneficioso en que durante un tiempo tengamos que volver a producir aquello que ya teníamos antes y que ha sido destruido por una catástrofe natural. Si nuestro patrimonio es 100 y se desploma súbitamente a 40, podremos reconstruirlo produciendo 60, mas obviamente en nada habremos mejorado con respecto al inicio cuando éste vuelva a ser 100. Estaremos como antes de la catástrofe, pero habremos perdido tiempo y recursos en el proceso de reconstrucción.

Nada, pues, mejorará la fortaleza económica de Japón tras el terremoto. Pero semejante conclusión de puro sentido común se da de patadas con el sinsentido particular del jefe de filas de los keynesianos y con su irracional obsesión de que las economías se paralizan cuando la gente no gasta. Vean, si no, con qué elegancia se expresaba Keynes en su Teoría General: "La construcción de pirámides, los terremotos y hasta las guerras pueden servir para aumentar nuestra riqueza si es que la educación de nuestros gobernantes en los principios de la economía clásica les impiden considerar mejores alternativas". No, no era una exageración, sino una declaración de principios. Con estos mimbres teóricos, ¿qué esperaban que dijeran sus discípulos intelectuales?

Profanación

José García Domínguez en Libertad Digital

Cuentan las crónicas que cuando el estreno de la Electra de Galdós, tragedia elevada a icono del anticlericalismo patrio, Ramiro de Maeztu, por entonces aún anarquista feroz, irrumpió en la platea luciendo un enorme pistolón al cinto para lo que fuere menester. A su vez, y luego de entonar La Marsellesa en la Puerta del Sol, una muchedumbre iconoclasta intentaría asaltar el palacio arzobispal aquella misma noche. Todo ello tras desfilar en pía procesión laica, paseando a hombros a Don Benito el Garbancero como si del mismísimo Antipapa se tratara. Ocurrió el 30 de enero de 1901. Hace más de cien años. Esto es, cuando la Iglesia todavía encarnaba la devoción del Poder. Viceversa, pues, de cuanto hoy acontece, al haber devenido el repudio de la fe tradicional único culto oficial del establishment.

Así los anales, si esos niños de la guardería de Berzosa que andan profanando capillas supieran algo de historia, comprenderían lo muy canónico, oficialista y obediente de su gansada. Y es que, aquí y ahora, en el Occidente laico y secularizado, nada resulta menos epatante y provocador que asaltar templos y hacer público escarnio de la religión. Al revés, pocos gestos como ése revelan más pacata servidumbre, mayor sometimiento servil al orden constituido y la ideología dominante. A fin de cuenteas, ¿dónde está la transgresión? ¿Dónde el heroico ataque al canon? ¿Dónde la airada contestación al sistema? Tan ignaras las pobres, esas beatas de la sacristía progre, las que obraron la suprema hazaña de exhibir tetas y necedad ante el púlpito, acaso nunca lleguen a descubrir que las genuinas meapilas del laicismo resultan ser ellas mismas.

Ellas, paniaguadas cómplices del statu quo, en las antípodas morales de los verdaderos disidentes. Gente como Salman Rushdie, abocado a la muerte en vida por inapelable sentencia de los ayatolás. O Theo van Gogh, ya asesinado. O Hirsi Ali, amenazada. O los autores de las caricaturas de Mahoma. O los contados pocos que aquí se atreven a cargar con el sambenito de racistas, islamófobos y fascistas tras infringir la ley del silencio. Ésa que impone el eufemismo de la cobardía que responde por corrección política a propósito de la barbarie coránica. ¿Heterodoxos los payasos de la Complutense? No me hagan reír.

Delibes, un año después

César Vidal en La Razón

Quién lo diría pero estos días se ha cumplido un año de la muerte de Miguel Delibes. Personalmente, creo que Delibes fue el mejor novelista español de la segunda mitad del s. XX. No me cabe duda de que superó incluso a Camilo José Cela –aunque no consiguiera como el gallego el Premio Nobel– y que, estilísticamente, sólo hubo dos o tres que se le acercaron y ésos ya están prácticamente olvidados. Sin embargo, lo que, con el paso de los años, me ha ido impresionando de manera creciente en Delibes ha sido la forma en que fue cobrando altura humana a medida que se iba desarrollando su quehacer literario. El primer Delibes era un buen autor atrapado por los elevadísimos cielos de Castilla, los campos interminables a orillas del Duero y la pasión por la caza. A mitad de camino entre el costumbrismo y la descripción regional, no pasaba –y ya era mucho– de ser un buen artesano de las letras. Sin embargo, Delibes logró ya a mediados de los años sesenta elevar el vuelo de ese no insignificante punto de partida y remontar su prosa en alas de temas eternos. Recordaba en este mismo espacio hace tan sólo unas semanas la actualidad pasmosa, casi cortante, de «Cinco horas con Mario». Podría decirse lo mismo de «Mi idolatrado hijo Sisí», en el que cuestionaba la versión oficial –de entonces, se entiende– de una guerra que había catapultado a unos hermanos contra otros y en la que se vieron atrapadas millones de familias que pagaron un elevadísimo tributo por los sueños de unos y de otros, pero, a la vez, podía descender a ese mínimo común denominador –amor a los hijos, dificultades conyugales, deseo de prosperar…– que es aplicable a casi todo el género humano. No fue Delibes un iconoclasta –quizá ahí resida parte del secreto de su permanencia– ni, mucho menos, un resentido, pero pocas críticas sociales han conseguido un mayor calado que la contenida en la descripción del agro sureño de «Los santos inocentes». Tampoco dejó nunca de ser un católico conservador y, sin embargo, su última y mejor novela, «El hereje», estuvo dedicada con delicadeza conmovedora al protestantismo que fue abrasado en los autos de fe de la España del s. XVI. Seguramente todo fue posible porque, fueran cuales fueran sus convicciones, se negó a tener esa mirada tuerta, de izquierdas o de derechas, que sólo ve los males de los que juegan en el otro equipo y que ha caracterizado y caracteriza a tantos de sus compatriotas. Contó en cierta ocasión Delibes que una noche, de regreso del trabajo y mientras cruzaba en bicicleta un parque de Valladolid, fue detenido por un guarda que, como argumento de autoridad, le propinó dos bofetadas. Aquella humillante e innecesaria injusticia debió pesar en el ánimo del escritor hasta el punto de relatarla de manera autobiográfica en «Cinco horas con Mario», pero, como tantas reflexiones suyas, estaba exenta de resentimiento, una conducta que, como la venalidad, no anidaba en él. Buena prueba de esto último es cómo rechazó año tras año un importante premio literario porque estaba dado de antemano. Murió hace un año, tras una etapa que atravesó con pesar porque no había podido escribir y su esposa, de cuya pérdida nunca se repuso, se había marchado mucho antes. Descanse en paz.

domingo, 13 de marzo de 2011

Para reabrir el caso 11-M en Debates en Libertad, 13/03/11 (LDTV)

Terrores del milenio

Antonio Burgos en ABC

Y por si nos faltara algo, por si no fuera nada la crisis económica, para mí peor que la Gran Depresión de 1929, este obligatorio máster en tsunamis. Todo lo que no aprendimos cuando el tsunami de Indonesia en 2004 lo estamos sabiendo ahora con el Japón. Pregúntenme lo que quieran sobre olas gigantes que parecen anunciar el fin del mundo. El hombre que se cree la medida de todas las cosas no puede nada contra los elementos desatados de la Naturaleza. Sólo puede hacer una cosa, pero está mal vista: rezar. Eso es políticamente incorrecto, salvo que se rece a Buda o a Alá. Como las lagartonas que se desnudaron de cintura para arriba, como si fueran a hacerse una radiografía de tórax las muy pendonas, en la Capilla Universitaria de Somosaguas y se pusieron a insultar a Dios, a su Iglesia, al Papa, a los curas y a nosotros los creyentes. ¿Por qué no tienen huevos para hacer eso mismo en la Mezquita de la M-30, o frente a la embajada iraní? Sí, hombre, sí: para que las mujeres de esos países musulmanes tengan los mismos derechos que aquí las despechugadas y se puedan quitar el burka como ellas el sujetador. ¿Usted ha oído a Bibiana Aído o a Leire Pajín defender a la mujer musulmana? Así que a las suripantas de la Autónoma les pediría que vayan a enseñar las domingas a la plaza mayor de Teherán, para pedir por la igualdad de las mujeres con los hombres, para que les dejen estudiar, para que les dejen casarse a la edad que ellas decidan y con quien quieran. Las mandaría a Kabul, para que protesten porque a las mujeres no las atienden los médicos. Y a Etiopía o Sudán para que evitaran la ablación del clítoris.

Cuando en el 2000 inauguramos este Tercer Milenio, no hubo, como en el anterior del medieval año 1000, terror colectivo. Nadie creyó, como entonces, que el mundo se iba a acabar. Pero yo me quedaría con aquel medieval Terror del Milenio del año 1000, que era infundado, en comparación con lo que el mundo lleva sufrido desde el 2000. Anda que no viene bien despachada de desastres ni de terrores del milenio por entregas esta centuria que tiene nombre de club de Paloma Segrelles: Siglo XXI... Nos creíamos que el Efecto 2000 iba a inutilizar todos los ordenadores y suspiramos cuando tal no ocurrió. Pero no sabíamos que los verdaderos terrores estaban por llegar. Que si el atentado contra las Torres Gemelas del 11-S; que si el tsunami de Indonesia; que si el terremoto de Haití; que si la guerra de Irak; que si la de Afganistán; ahora lo del Japón y la costa del Pacífico... Por no hablar de la masacre de Atocha y de las explosiones del 11-M, que para mayor horror nos trajeron directamente, con relación de causa y efecto, el terrorífico Gobierno de ZP que padecemos. Y al fondo de todo, la crisis económica, y los Malaquías de la economía profetizando que España es líder del Índice de Miseria de la Unión Europea. Y por si fuera poco, la rebelión generalizada de los países árabes, entre el encarecimiento de los precios del petróleo y el miedo reverencial a la morería, la maurofilia de los progres que nos hace hocicar ante la chilaba y la babucha.

Ante todos estos terrores, no cabe ni rezar a Dios, porque te dicen que eres un facha. El santo temor de Dios ha sido sustituido por el laico pánico a lo políticamente incorrecto. En los actuales terrores del milenio no tiemblo ante la profecía de Malaquías, sino ante el análisis de Juan Roig, el dueño del Mercadona, que me cae más cerca y que acaba de decir: «2011 tiene una cosa buena, y es que será mejor que 2012».

Gentecilla para votar

José Jiménez Lozano en La Razón

Volviendo a aquel asunto de bufones y hombrecillos y mujercillas de Corte, diremos que al bufón de Corte se le permitía decir lo que a nadie se permitía, pero también que no había inconveniente en decir un par de verdades a quien como en la escena que nos cuenta don Francesillo de Zúñiga, bufón del emperador Carlos I, sobre el paso de éste por Calatayud, donde un labrantín de entre la muchedumbre, como vio que aquél iba con la boca abierta, porque los Austrias padecían prognatismo y no podían ajustar fácilmente sus mandíbulas, le dijo al pasar: «Cerrad la boca, Majestad. Moscas de esta tierra son traviesas»; y que Carlos contestó: «Del necio el consejo», pero, al enterarse luego que era muy pobre, ordenó que se le diera un socorro y alivio.Y no pasó más.

Y por supuesto que don Francesillo cuenta todo esto como cosa graciosa, aunque no lo veamos nosotros de este modo, sino que lo que más nos importa es lo que la historia significa en cuanto a señorío de sí mismo y conciencia de su poder por parte del Emperador; lo que suscita algunas melancólicas reflexiones, cuando se piensa en esta administración de un poder autocrático, en comparación con la administración de otros poderes delegados y de autoridades postizas de ahora mismo, de cuyas providencias el labrantín no hubiera salido seguramente tan bien librado.

Y, como poco, hubiera tenido que cargar con pesada y amarga contestación, llena de sapos y culebras, que inimaginables en otras épocas de mayor civilidad, están ahora a diario en la boca de los hombres públicos, y se aceptan en el lenguaje público y político de hoy, como algo normal, y se supone, por lo tanto, que son también algo perfectamente correcto según los vigentes parámetros de la alta vulgaridad. Y a nosotros, que somos como su gentecilla para votar, se nos ofrecen así magníficos ejemplos de corrección política y delicado nivel cultural, y desde luego, invitan a abrir la boca ante los nuevos mundos y las maravillas que nos prometen estos nuestros señores, que tanto ruido de moscas hacen.

Ciudadanía o proletariado

Ángela Vallvey en La Razón

Para la teoría marxista, el proletariado constituye una clase social (decimonónica, propia de la época de don Carlos Marx) que no poseía la propiedad de los medios de producción, o sea: los recursos y los medios que posibilitan la realización de un trabajo habitualmente encaminado a la fabricación de un artículo. El proletariado era una clase urbana que, habitualmente, trabajaba en las fábricas.

Era la clase social favorita de Marx. La distinguía claramente del «lumpemproletariado» que no estaba organizado y paseaba sus andrajos viviendo al margen de la ley y cayendo con frecuencia en la delincuencia y la prostitución. Ya se sabe: gente de mal vivir y «equívoca procedencia, licenciados de presidio, vagabundos, timadores, alcahuetes, escritorzuelos, dueños de burdeles, saltimbanquis…», y encima sin conciencia de clase. El proletariado fue un producto típico de la Revolución Industrial (que comenzó en Inglaterra, en la segunda mitad del siglo XVIII), cuando los avances mecánicos revolucionaron las manufacturas y la industria y se inició la mayor transformación tecnológica, económica y cultural del mundo. Un proceso en el que aún seguimos inmersos, pese a que la Revolución Industrial hace tiempo que dio paso a una serie sucesiva de Revoluciones Tecnológicas, que empezaron a ser verdaderamente vertiginosas a finales del siglo XX. Ha llovido mucho desde la máquina de vapor hasta Internet.

El proletariado marxista sólo contaba con su fuerza de trabajo, que vendía a los propietarios de los medios de producción (la antagónica burguesía, cuyos intereses eran hostiles a los de los trabajadores). Marx creía que el proletariado vivía enajenado, y que era urgente liberarlo de su opresión. No me cabe duda de que, en aquel tiempo, llevaba razón: los obreros fabriles eran esclavos de la producción industrial, y elementos imprescindibles de la creación de riqueza. En sus obras de juventud, decía Marx: «El comunismo es la vuelta del hombre a sí mismo en cuanto hombre social, es decir, el hombre por fin humano… El comunismo coincide con el humanismo». Lamentablemente no vivió lo suficiente para ser testigo de la Revolución Rusa o de la creación de la URSS.

Mañana, 14 de marzo, se cumplirá el 128 aniversario de la muerte de Marx; y han pasado casi 145 años desde la publicación de «El capital». Los obreros fabriles que quedan en Europa son pocos y bastante afortunados si sus empresas no se han «deslocalizado» todavía llevándose la producción a China, África o la India, donde abunda la mano de obra esclava. El siglo XX en Occidente convirtió a los obreros industriales en «clase media». El lenguaje político socialista contemporáneo transformó a la clase media contribuyente en «ciudadanía», haciendo así hincapié en nuestro aspecto de «comunidad», de masa. Herederos de una antigua clase esclava que no han logrado ser «individuos libres». (El individualismo es burgués, totalmente reaccionario.

El individualismo es el equivalente a los «medios de producción» de antiguamente). Hoy «Ciudadanía» es un eufemismo, el sinónimo posmoderno de «proletariado». Cosa lógica pues, al ritmo que nos despluman, pronto nos dejarán a todos más pelados que David Copperfield en el Londres de 1830.

Foto con negritos

Pilar Rahola en La Vanguardia

Vaya por delante el respeto que siento por todos aquellos que, movidos por la buena voluntad, dedican dinero y esfuerzo personal a intentar mejorar la vida en los rincones más olvidados del planeta. Pero también he pensado siempre que se trata de iniciativas que tienen más rédito moral en origen que efectividad real en destino. Es decir, que forman parte de la necesidad de algunos humanos de sentirse útiles, buenos y justos en un mundo inequívocamente injusto. Pero más allá de las motivaciones de cada cual –y sin tener en cuenta los intereses espurios de algunos–, sus esfuerzos se vuelcan en pozos sin fondo que no consiguen alterar la gravedad de la situación. Quizás porque cambiar el paradigma de la extrema pobreza no es cosa de bienintencionados que riegan el desierto, sino de proyectos estructurales capaces de hacer emerger el oasis. Todo ello, mejor dicho, viene a contar el antropólogo Gustau Nerín en un magnífico libro cuyo título provocador, Blanc bo busca negre pobre, es una declaración de intenciones. Para muestra, este botón: “África es un inmenso cementerio lleno de proyectos abandonados: hospitales que no se han inaugurado, letrinas nunca utilizadas, granjas de pollo que han durado lo que duran las subvenciones, guarderías polvorientas que nunca han visto un niño, ordenadores viejos parados por falta de electricidad…”. Para añadir: “La historia de la cooperación con el desarrollo en África es la historia de un fracaso. Nunca tanta gente, con tan buenas intenciones, había dedicado tantas energías a una causa inútil”. El resto del libro es un profundo ensayo que recorre las entrañas del buenismo occidental y las dinamita con tantas cargas de profundidad que obliga a una severa reflexión. Y, tal como reclama Nerín –y la mayoría de los grandes conocedores de África–, obligarían también a cambiar radicalmente de estrategia. De hecho, el propio Gustau me afirmaba que hace más por África la dictadura china, que no se mueve por mala conciencia, sino por intereses geoeconómicos, pero que deja estructuras industriales duraderas, que el mítico 0,7% del ideal europeo, cuyo “papanatismo” esconde, por otro lado, actividades económicas vampíricas que dejan a África seca de recursos. En realidad, se trata de una gran hipocresía. El libro es especialmente crítico con la ayuda “pública” en forma de caravanas de cooperación, u oenegés ad hoc, etcétera, más pensadas para la propaganda política y para alimentar el discurso populista de la solidaridad –cuando no para montarse aventuras exóticas– que como acción útil. En cierto sentido, una especie de reinvención progre del Domund de siempre, pero con carga ideológica. Lo cual redunda más en la idea de Nerín de que las fotos de los buenos blancos con los pobres negritos dan réditos en el mercado occidental, pero no sirven para nada. Eso sí, quedan bien en los currículum de algunos.

Peor que hace treinta años... y un día

Editorial de Libertad Digital

Para cualquiera que examine aunque sea someramente la realidad actual de Cataluña, resulta más que evidente que las denuncias contenidas en el Manifiesto de los 2.300 y sus lúgubres vaticinios no sólo tienen vigencia treinta años después, sino que, como afirma uno de sus firmantes más destacados, los redactores del documento se quedaron bastante cortos.

La valentía cívica de los firmantes del original, algunos de ellos a un alto precio, hizo posible que la sociedad española entera conociera los avatares de la comunidad lingüística castellanohablante en Cataluña, cuyos miembros eran despreciados por una incipiente casta nacionalista que, treinta años después, no se ha civilizado en lo que atañe al respeto del derecho individual del uso de la lengua materna en materia educativa, sino que ha culminado el proyecto del pujolismo consistente en erradicar la lengua española de la esfera pública a toda costa.

Pero la situación actual es mucho peor que cuando el Manifiesto de los 2.300 vio la luz, porque ese mismo problema que denunciaban sus firmantes, circunscrito a Cataluña, ha adquirido carta de naturaleza también en otras comunidades autónomas en las que el proyecto de erradicación de la lengua común de todos los españoles avanza a pasos acelerados. Y es que no sólo son las comunidades autónomas que han sido gobernadas largamente por partidos nacionalistas las que han perpetrado esta coacción intolerable hacia los derechos individuales de la mayoría de su población, sino también otras como Galicia o Baleares, en las que los nacionalistas sólo han formado parte de coaliciones durante cortos periodos. En la Comunidad Valenciana es aún más sangrante ya que allí donde no han gobernado jamás los nacionalistas y, a pesar de ello, para vergüenza de sus dirigentes, también resulta un trámite heroico intentar que los niños castellanohablantes se eduquen en su lengua materna, o que las relaciones con la administración puedan mantenerse en castellano tal y como exige la Constitución.

Pero este viejo proyecto nacionalista de construir un Estado independiente suprimiendo previamente cualquier vínculo emocional con la patria española, con la lengua común en primer lugar, no hubiera triunfado sin la cooperación necesaria de unas instituciones políticas nacionales que llevan más de treinta años evadiéndose de su obligación de garantizar los derechos individuales de todos los españoles, sin distinción del territorio en el que vivan.

La complicidad de las instituciones culturales y los medios de comunicación de masas ha sido también de tales dimensiones que, incluso hoy, treinta años y un día después del histórico documento, aquellos que han querido dedicar un sencillo homenaje a la efeméride han tenido serios problemas para encontrar un espacio público que albergara el acto.

El 12 de marzo de 1981, 2.300 españoles cumplieron con su deber exigiendo respeto para los derechos individuales de sus conciudadanos. Sirva su ejemplo para que la libertad no quede nunca huérfana de defensores, por más que arrecien los vientos totalitarios. En eso estamos.


El Manifiesto de los 2300 en Debates en Libertad (LDTV)

sábado, 12 de marzo de 2011

De persecuciones religiosas

GEES en Libertad Digital

En la historia de Europa, todas las manifestaciones de persecución religiosa han tenido tres características: en primer lugar, han comenzado justificándose mediante la apelación a la Ilustración, a la razón o al progreso, señalando a las creencias religiosas como rémoras del pasado incompatibles con la modernidad. El avance en términos de tolerancia justificaría así la intolerancia ante los cristianos: es la política que mantiene, por ejemplo en España el Gobierno de Zapatero, que ha ido más lejos que cualquier izquierda europea en ello. Paradójicamente, en el mundo musulmán, el radicalismo islamista persigue con igual intolerancia al cristianismo por lo contrario: por considerarlo representante de la modernidad. En suelo europeo, en el arrinconamiento cristiano ambos, islamismo e izquierdismo, colaboran activamente.

En segundo lugar, en Europa la persecución se ha llevado acabo con la excusa de que la religión no debe inmiscuirse en la sociedad. Los grandes totalitarismos del siglo XX, el socialista y el nacionalsocialista, consideraban que ninguna creencia ni ninguna regla de la conciencia debían situarse por encima de la sociedad y de sus instituciones. Puesto que toda religión implica por definición una vertiente social, el arrinconamiento y persecución de judíos o cristianos se vuelve infinito: en la medida en que exista un solo creyente, existirá el peligro de que la conciencia se vuelve contestataria. La misma paranoia contra los cristianos es la que lleva a los islamistas, desde Pakistán hasta Egipto, a perseguir a esta minoría hasta buscar su aniquilación: el caso de Mosul en Irak muestra a las claras esta salvaje estrategia. Es significativo el silencio que las elites laicistas europeas mantienen respecto a esta vulneración de los derechos humanos; simplemente el islamismo acaba con coches bomba con lo que el laicismo trata de acabar legislando desde el poder político.

En tercer lugar, la persecución religiosa en Europa ha comenzado siempre con burlas hacia los creyentes y sus convicciones por parte de grupos radicales, burlas amparadas por una legislación cada vez más rigorista con las prácticas cristianas. Es habitual que ambas cosas corran paralelas: determinados grupos radicales ridiculizan las prácticas religiosas –sea en televisiones y medios de comunicación o en acciones y raids contra los lugares de culto que vulneran la libertad religiosa–, contando con el amparo del poder ejecutivo que en vez de perseguir unas prácticas que atentan contra la libertad religiosa, las ampara y justifica con leyes de progresivo arrinconamiento del hecho religioso. Punto este en el que, sin embargo, el islam moderado resulta más comprensivo que el izquierdismo europeo.

Lo particular de la persecución religiosa en Europa es que la izquierda promueve y alimenta la exclusión del cristianismo de la vida pública, colaborando con ello con el islamismo en el continente. Sin embargo, en último extremo, éste es aún más agresivo con el materialismo que representa la izquierda postmoderna que con el cristianismo en cualquiera de sus variables. ¿Cree la izquierda, tanto la bienpensante como la radical que ridiculiza a los creyentes, ataca a Benedicto XVI y defiende el modo de islamización a lo Erdogán como un modelo deseable, que el islamismo la respetará una vez le haya hecho el trabajo sucio?

Matrícula de horror

Tomás Cuesta en ABC

SI un grupo de setenta energúmenos hubiera irrumpido en una mezquita en paños menores, a estas horas no sólo habría que lamentar abundantes desgracias personales entre tales botarates sino los lamentos y condenas oficiales, las glosas en torno a la tolerancia, la libertad religiosa y los sermones sobre la islamofobia que al parecer recorre Occidente. Ahora bien, si a esa misma turbamulta le da por tomar al asalto una capilla católica, semejante acto es tenido por una inocente gamberrada, una chiquillada, lo propio de la edad universitaria, el reflejo de un cerrado atavismo anticlerical ante el que cualquier crítica es señal inequívoca de la beatería propia de un cada vez más exiguo sector de meapilas. Como la profanación de iglesias y la alteración de los oficios católicos ocurre con una cierta frecuencia, la capacidad de asombro de la sociedad española empieza a ser francamente limitada, hasta el punto de que las palabras de Benedicto XVI sobre el laicismo agresivo se entienden aún menos que las prescripciones papales sobre el sexo y el matrimonio.

En este país se aplaude igual que los autoproclamados imanes reclamen a la Iglesia la cesión de la mezquita de Córdoba como la retirada de los crucifijos de las aulas, contradicción superada por la supuesta modernidad consistente en otorgar a los católicos del país el mismo reconocimiento que se dispensa a los cristianos en Egipto o Pakistán. El signo de los tiempos se define por el cambiazo de la asignatura de religión a favor de una Educación para la Ciudadanía sin la cual los jóvenes españoles no pueden llegar a la Universidad. Otra cosa es que suspendan las matemáticas, el latín, la química o la historia, cuyos créditos son las nuevas marías de un sistema educativo que pretende basarse en el respeto a la diferencia, siempre que esa diferencia, claro está, no sea la de ser católico, creyente o simplemente civilizado. En combinación con la autonomía universitaria, el resultado es la impunidad más absoluta, la transformación de los campus en un laboratorio de ensayo de la «kale borroka» contra el signo de la cruz ante el complaciente y cómplice silencio de las autoridades docentes y políticas. No de otra forma se alcanza a comprender la irrupción de la muchachada con las tetas al aire en la capilla de la Universidad Complutense, igual que antes ocurrió en la de la Universidad de Barcelona.

A fin de cuentas, el anticlericalismo es una de las señas de identidad de la progresía, un culto iconoclasta y un rito iniciático en el que se encuentran revolucionarios de fin de semana de todas las tendencias, desde el okupa que chapotea en la pila del agua bendita hasta el «antiglobalización» que sostiene en una mano el spray para embadurnar los muros de las capillas y en la otra el libro del Padre Pousa, el catecismo alternativo del cura catalán que bendice el aborto y presume de tener una «amiga especial». Es la teología inversa de la Alianza de Civilizaciones, de la Educación para la Ciudadanía, del talante y de un método formativo en el que la niña del exorcista sería algo así como el apogeo de la buena conducta y la inmersión lingüística. No sería de extrañar incluso que este último episodio formara parte del programa de prácticas de alguna asignatura delirante de Ciencias Políticas que habría permitido a sus protagonistas optar a matrícula, pero de horror.

viernes, 11 de marzo de 2011

11-M: La vergüenza que no cesa

Editorial de Libertad Digital

Siete años después de la masacre del 11-M, la única verdad incuestionable es el sufrimiento de las víctimas, un dolor multiplicado por el abandono, el olvido, la exclusión y el aislamiento a los que han sido sometidas por el Gobierno y por la oposición, por casi todas las instancias judiciales e institucionales, por la mayoría de los medios de comunicación y por quienes tendrían que investigar y llegar hasta el fondo de la mayor matanza terrorista de la historia de Europa.

jueves, 10 de marzo de 2011

Sombras de marzo

Gabriel Albiac en ABC

Soy extranjero en mi patria desde aquel 11 de marzo. Extranjero a su apuesta empecinada por el mejor no saber, porque vete a saber cómo serían las cosas si de verdad supiéramos. Pero yo, sin saber, nunca he tenido percepción alguna de una vida vivible. Sin saber, uno queda en menos que siervo: en animal doméstico. En esa cosa terrible que Baruch de Spinoza describe en la patética personalidad del ignorante: «Tan pronto como deja de padecer, deja también de ser». Y ama su humillación, porque sólo tiene eso.

La «verdad judicial» es una convención garantista. Debe ser respetada. No voy a cuestionarla. Entre ella y la verdad, la relación es la misma que entre la música militar y la música. No me concierne. La verdad, sí. Sin adjetivo. Mayormente, porque no conformarme con la mentira es lo que, bien que mal, me hace seguir viviendo. Platón lo llamaba filosofía. Pero no seamos solemnes. Empecinarse en la verdad, por áspera que sea, es ser un hombre. Un hombre. No esto.

Un siglo de Álvaro Cunqueiro

Juan Soto en ABC

EN este año que andamos se cumple el centenario de Álvaro Cunqueiro, uno de los escasos escritores aportados por Galicia a la literatura universal de todos los tiempos y el primero sin duda entre los del siglo XX. Nos hallamos, pues, ante una ocasión particularmente propicia para el reencuentro con un autor que poseyó como ningún otro aquella legendaria facultad taumatúrgica que los alquimistas medievales buscaron en la piedra filosofal: gozó del don de transmutar en oro todos los géneros literarios, desde la novela a la poesía, desde el teatro al periodismo, desde el artículo periodístico a la glosa coquinaria, desde la efímera hojilla volandera a la copla de ciego y al rondel de aguinaldo. En el conjunto de su obra, todavía necesitada de localización exhaustiva, no hay calderilla sino fulgor diamantino, «moneda de eternidad», por repetir el elogio que Cunqueiro aplicó a los versos de Hölderlin, una de sus constantes devociones, irrevocable desde sus lecturas juveniles.

Álvaro Cunqueiro nació el 22 de diciembre de 1911 en Mondoñedo, capital de una diócesis de la que fue obispo nada menos que fray Antonio de Guevara, el cronista de Carlos V. El Menosprecio de corte y alabanza de aldea que firmó el prelado en 1539 no es otra cosa que la nostalgia otoñal de los días mindonienses, cuando entre epístolas y sinodales se detenía a contemplar la orfebrería del atardecer sobre las hojas del roble y del abedul. La más certera definición de Mondoñedo y su más fiel retrato están en Merlín y familia, el libro en el que se subliman las excelencias de la literatura de Cunqueiro: ciudad «rica en pan, en aguas y en latín». El pan que allí todavía se cuece en hornos de leña; el agua del Valiñadares, que mana por los cuatro caños de la fuente de Os Pelamios; el latín salmodiado por los capitulares catedralicios y los colegiales del Real Seminario de Santa Catalina. Son también esos tres distintivos los que determinan y moldean la obra de Álvaro Cunqueiro. Está en ellos la razón de su perennidad, pues es seguro que quien se entregue a la lección cunqueiriana sentirá una emoción no sólo intelectual y estética, sino sensual y gustosa, como un sorbo de agua fresca, un pedazo de pan recién horneado o la exultante liturgia de los ritos antiguos.

Cuando en España caían de punta los chuzos del realismo social y las editoriales atufaban a aquel «insoportable olor a berza» que elevó a los altares de la crítica a tanto foliculario insignificante y situó en primera línea de escaparate a tanta novela de cemento sin fraguar, Cunqueiro se mantuvo inamovible en sus certidumbres estéticas. Consciente de que en la obra artística lo que no es auténtico es efímero, se convirtió en un resistente inflexible: frente al envite de la coyuntura sociopolítica, la firmeza de sus convicciones de escritor. No debe extrañarnos, pues, que la publicación, en 1955, de Merlín y familia fuese acogida por los acólitos de la progresía literaria con displicencia ramplona cuando no con la deportación al averno, actitud repetida al año siguiente al respecto de As crónicas do Sochantre, la segunda gran novela del autor, merecedora, en su traducción al castellano, del Premio Nacional de la Crítica, para disgusto de los mostrencos incondicionales del realismo pedestre y del naturalismo coprofílico.

Durante años, para los cazadores de heterodoxos y desviados Cunqueiro fue una pieza a cobrar. Su obra, iniciada con los poemas juveniles de Mar ao Norde, resonancia neotrovadorista del exquisito De catro a catro de Manuel Antonio, no era fácilmente abatible, salvo para quienes estuviesen dispuestos a hacer de la creación artística una cuestión de trincheras. Descartada la eficacia de la crítica literaria de combate, las posiciones personales del escritor mindoniense e incluso su propia biografía pasaron a ser argumentos invalidantes. Procedente del galleguismo epigonal de la xeración Nós, su posterior vinculación a Falange, tan fugaz como indolente, lo convirtió en receptor propicio de bofetadas en ambas mejillas. Para los celadores de un lado, Cunqueiro era alguien que nunca había abdicado de su galleguismo bautismal. Para los cancerberos del otro, Cunqueiro era un escapista que no cumplía ninguno de los requisitos imprescindibles para ser acogido en la cofradía. A su pertinaz reivindicación (o tal vez invención) de lo que Darío Villanueva llama certeramente «realismo maravilloso», se unía, además, la incorrección política imputable a una religiosidad proclamada sin complejos y a su actitud en la recurrente controversia sobre el bilingüismo, asuntos ambos que entre nosotros suelen derivar hacia antagonismos cainitas. «Creo en Dios, en la Iglesia, en el culto de los santos, creo en los poderes auxiliadores y creo sobre todo en el enorme poder de la oración», testimoniaba pocos años antes de su muerte en la revista confesional Vida nueva. No quedaba lejos su autodefinición como «escritor bilingüe en estado natural», un reconocimiento congruente con la proclamación de su libertad creativa: «Siempre he escrito lo que me ha gustado y como me ha gustado».

Esa indeclinable heterodoxia de Cunqueiro, unida a su perseverante independencia y a una indomable propensión a nadar contra corriente, le granjeó antipatías y envidias sin cuento. Ni siquiera con su retraimiento en Mondoñedo, una vez malograda la expectativa madrileña de los años 40, pudo esquivar la agresión de la maledicencia, por veces gravemente injuriosa. Como en Valle-Inclán, la farfolla de la anécdota venía como anillo al dedo para descalificar la excelencia de una obra que sobrevolaba a distancia sideral el canon imperante.

En Galicia, el sectarismo anticunqueiriano de ciertos sectores de la intelligentzia petardista duró hasta prácticamente el final de la vida del escritor. En enero de 1980, apenas un año antes de su fallecimiento, algunos sectores estudiantiles trataron de boicotear el acto de su investidura como doctor honoris causapor la Universidad de Compostela. Un alboroto inútil: para entonces ya la gloria de Cunqueiro fulgía por encima de voces y coces.

Hoy, a los cien años de su nacimiento, la obra de Álvaro Cunqueiro reafirma su primacía entre las más excelsas contribuciones de Galicia a las letras universales. El discurso con que en abril de 1963 tomó posesión del sillón académico que había quedado vacante tras la muerte de don Ramón Cabanillas, el último de los grandes poetas gallegos, se titula Tesouros novos e vellos. Quizá no haya rótulo que mejor evalúe la opera omnia del escritor de Mondoñedo. Su escritura es, en efecto, un venero inagotable de tesouros novos e vellos.