lunes, 9 de mayo de 2011

Corruptos y validos

Gabriel Albiac en ABC

¿Qué votamos? No unas municipales, desde luego. Ni muchísimo menos, unas autonómicas. A estas alturas del viaje, vamos ya sabiendo todos que la incurable corrupción que define a este arruinado país tuvo como principal blindaje el excéntrico invento al cual llamaron «Estado de las Autonomías»: modo pragmático que halló un gobierno débil para ir achicando agua. La cínica fórmula del «café para todos», como camuflaje del pánico a la reacción nacionalista catalana y vasca, era inviable. Lo era la indefinición constitucional que creaba: la de un Estado que, sin ser federal, dejaba materialmente de ser central y unitario. Lo era la reduplicación de administraciones, que —es lo más grave— generaba un coste económico de tales dimensiones que ni aun el país más rico del mundo hubiera podido, a la larga, alimentarlo. No somos el país más rico del mundo, desde luego. Si nuestra ruina no se ha producido antes, fue, sin más, porque la Unión Europea estuvo, una y otra vez, ahí para ir prestando dinero. Que no será devuelto. Nunca.

Ese dinero daba para un generoso reparto. Entre amigos, claro está. O, si no amigos, al menos votantes, que es lo que cuenta para garantizar la eterna vida a costa de la sopa boba. Nunca, ni en los más negros momentos del caciquismo, los votos fueron comprados más a medida que durante estos últimos treinta años. Nunca la ecuación compra-voto funcionó de modo más equilibrado. La ingeniería administrativa mediante la cual la Junta Andaluza transustanciará en «funcionarios» estables a los más de 29.000 paniaguados que contrató, fuera de todo control, entre sus fieles, constituyéndolos en un Estado paralelo, no es más que la caricatura ridícula —también ruinosa— de una corrupción que ha sido la única razón de ser de las Comunidades Autónomas y de las Cajas de Ahorros por ellas controladas como Bancos privados de los partidos. Al final, el precio por papeleta ha sido demasiado alto. Y el Estado —eso a lo cual, por pereza sólo, seguimos llamando Estado— ha hecho quiebra.

¡Bendita hecatombe, si al menos la crisis hubiera servido para forzarnos a entender que esto no se sostiene y que hay que volver a tejer un texto constitucional moderno desde cero! Porque la reduplicación de ejércitos de funcionarios inútiles, que hacen girar las redundancias de la doble administración del Estado, es la trituradora que hace imposible llegar a fin de mes al ciudadano medio. Son los cálculos que todas las agencias internacionales nos repiten desde hace meses: no hay salida para España de la crisis sin acabar con el saqueo de las autonomías.

Pero no será. Nadie es tan ingenuo aquí como para soñar que haya un partido dispuesto a renunciar al más nimio de sus privilegios. Se nos llevarán al fondo del mar a todos, antes de perder un céntimo. O un voto.

¿Qué votamos? Si nuestro voto fuera racional, nos quedaríamos en casa. ¿Para qué jugar a este juego corrupto? Pero también la ira contra los ladrones entra en este ballet de venganza. El placer de poner a unos cuantos en la calle. A los peores. No cuenta qué votar, sino contra qué votar. Contra la que dice ser «la niña de González». O contra el ministro GAL. A través de sus corruptos validos. Autonómicos como municipales.

La justicia loca

Juan Manuel de Prada en ABC

Escribía Chesterton que el mundo moderno estaba invadido por las viejas virtudes cristianas que se habían vuelto locas. ¿Y cuándo se vuelven locas las virtudes? Se vuelven locas cuando se desgajan del común tronco que las sustenta, cuando vagan en soledad, desprendidas las unas de las otras. Esto le ha ocurrido a la justicia, que desgajada de la verdad y el bien ha extraviado su razón de ser y su rectitud natural, para ponerse al servicio de intereses espurios y coyunturales, acicalada —eso sí— con los afeites del más escrupuloso rigor legalista. Así se explica la legalización de la enésima franquicia etarra, en la que vemos los efectos de una justicia loca que ha extraviado su sentido moral, su capacidad para distinguir el bien y el mal, para fundarse sobre una monstruosa moral autónoma que puede hacer cuanto resulte políticamente conveniente.

La misión de la justicia no consiste en otra cosa sino en «dar a cada uno lo suyo», aquello que irrevocablemente le pertenece, en razón de su naturaleza. El primer derecho irrevocable de una comunidad política —llamémosla patria, nación o como queramos; pero no, por favor, «ciudadanía», que es exactamente una comunidad política desnaturalizada, despojada de sus derechos irrevocables— es el de defenderse contra sus agresores, el de impedir que quienes desean su mal dispongan de instrumentos para perpetrar su designio. Y este derecho es irrevocable porque se funda en la propia naturaleza de dicha comunidad política, que se ha constituido y mantenido como tal para alcanzar un bien —su integridad— que a todos los que la forman obliga al menos a no lesionarlo (y, en recta justicia, tampoco a discutirlo). A nadie se le ocurriría que pudieran existir formaciones políticas que lesionaran (o siquiera discutiesen) bienes que pertenecen a la comunidad humana. Repudia a la razón la existencia de formaciones políticas defensoras del latrocinio o el asesinato; y también repudia a la razón la existencia de formaciones políticas que defiendan el crimen contra la comunidad política, lo que los latinos llamaban perduellio.

Y esto es lo que el Tribunal Constitucional ha hecho: legalizar una organización que defiende y persigue el perduellio, amparando a quienes desean atentar contra la comunidad política; a quienes, para llevar a cabo de su designio, no han vacilado en etapas recientes de su existencia en defender el latrocinio y el asesinato. Y esta justicia loca que, en lugar de restablecer el derecho irrevocable de la comunidad política, se lo arranca y entrega a quienes desean su extinción (que, a partir de ahora, dispondrán de recursos legales y materiales para que su designio sea mucho más eficaz) pretende de este modo alcanzar un interés espurio y coyuntural, cual es que los etarras decreten una «tregua permanente» o cualquier otro embeleco similar que induzca a la ciudadanía atontada (a la comunidad política desnaturalizada, despojada de sus derechos irrevocables, reducida a masa gregaria) a mantener en el poder a quienes propiciaron este perduellio. Pero haciendo un mal nunca se puede alcanzar un bien; pues, como afirma Sócrates (Gorgias, 508), «el cometer una injusticia le reporta más perjuicio al responsable del acto que a mí mismo, a pesar de ser su víctima». Los miembros del Tribunal Constitucional han infligido un grave perjuicio a la comunidad política, y a las víctimas de los etarras, consumando esta injusticia; pero es mayor aún el que se han infligido a sí mismos. Caiga sobre ellos, y sobre sus amos, la sangre de las víctimas.

La muerte de un sistema

César Vidal en La Razón

De entre las características peculiares y no precisamente felices que definen la Historia de España existe una que me ha ido causando un sobrecogimiento creciente con el paso del tiempo. Me refiero a la frecuencia con que en nuestra Historia patria un sistema político se muere y, sin embargo, sigue dando boqueadas durante años hasta que, al fin y a la postre, se desploma de la peor manera. Los ejemplos son abundantes. El sistema de la monarquía de los Austrias seguramente había entrado en agonía al final del reinado de Felipe II, pero aguantó por la política exterior sensata de su sucesor para luego entrar en barrena con Felipe IV y hundirse estrepitosamente con un pobre imbécil que se llamaba Carlos II. En otra nación, la situación hubiera experimentado un quiebro decisivo más de medio siglo antes. En España se produjo una lentísima y dolorosa agonía. Volvió a suceder lo mismo con el Antiguo Régimen. Antes de que los invasores franceses entraran en España, la monarquía estaba muerta por culpa de las intrigas de la camarilla de Fernando contra Carlos IV. Fue precisamente la guerra de la independencia la que insufló una apariencia de salud a un régimen periclitado y casi la mitad del s. XIX transcurrió en los choques feroces entre los que se daban cuenta de que la Historia no podía ir hacia atrás y los que se empecinaron en ello apoyando, primero, el absolutismo de Fernando VII y luego el cerrilismo fanático de don Carlos. También la monarquía de Isabel II era un cadáver antes de que la derrocara una revolución de bolsillo que recibió un tanto pomposamente el nombre de Gloriosa. Lo que vino después fue una sucesión desastrosa de regímenes –¡en seis años!– que acabó derivando en el sistema de la Restauración. Posiblemente fue lo más sensato y realista que disfrutó España en el s. XIX, pero antes de que llegara 1900 y Alfonso XIII se sentara en el trono, el régimen daba señales de consunción. Murió en algún momento situado entre la segunda y la tercera década del s. XX, pero siguió dando tumbos como un zombi hasta abril de 1931 cuando un enésimo golpe de Estado provocó un cambio de régimen, esta vez, republicano. Oficialmente, su final tuvo lugar en 1939, pero la II República estaba muerta desde el momento en que en 1934 el PSOE y la ERC –dos de sus parteras– se alzaron en armas contra el Gobierno republicano. Para remate, esa muerte la precipita no pocas veces un fanático sectario que hunde la economía y la educación. Me duele profundamente decirlo, pero temo que el Régimen de la Transición ya ha muerto. Seguramente, el acta de defunción se extenderá cuando se produzca la inevitable quiebra económica de un sistema que no es viable, pero su muerte comenzó a dibujarse en el horizonte cuando un atentado todavía no resuelto llevó a ZP a La Moncloa; resultó innegable cuando el Tribunal Constitucional dio por bueno un Estatuto de Cataluña que descuartizaba la Constitución y se ha vuelto palpable cuando ese mismo organismo ha decidido que los terroristas de ETA puedan concurrir a las elecciones sin los frenos mínimos de hace cuatro años. Ahora –triste es decirlo– sólo queda por establecer qué vendrá después y qué coste tendrá para los españoles de a pie.

Viñeta de Montoro en La Razón

El tío del GAL

Emilio Campmany en Libertad Digital

Cuando Felipe González vio lo que aplaudían a Obama por haber liquidado a Ben Laden, le dio envidia y quiso que también le aplaudieran por los ratones que en su día cazó. Hoy lo ha conseguido. Se ha comparado con Obama quejándose de que a él le pusieron de chupa de dómine cuando contó que se había planteado volar a la cúpula de ETA. Y luego ha dicho que la acción de Obama contra Ben Laden era legal y legítima. A los demás nos toca deducir que, en consecuencia, lo que él hizo contra la banda terrorista vasca también lo era.

Dice que el Consejo de Seguridad tachó de acto de guerra el 11-S. Falso. Quién tachó de acto de guerra aquel atentado fue el Congreso de los Estados Unidos. ¿Alguien hizo algo parecido con la que la ETA declaró a España hace más de 40 años? Nadie. Por supuesto, no lo hizo la ONU. No lo hicieron nuestras Cortes. No lo hizo ninguno de nuestros Gobiernos. Tampoco lo hizo Felipe González. Lo que hizo el gatazo fue ponerse a cazar ratones bajo mano mientras cantaba el "pío, pío que yo no he sido". No mandó a los infantes de marina, ni a los Grupos de Operaciones Especiales, ni a los legionarios. Mandó a dos chorizos que se quedaron con la pasta y se llevaron por delante a algunos inocentes, amén de no acabar el trabajo.

Cuando metieron en la cárcel a su ministro y a su secretario de Estado por haber cumplido sus órdenes, el tontiastuto se libró de los barrotes escondiéndose el muy valiente tras el ropón de quien hoy preside el Tribunal Constitucional. Y ahora que los americanos apiolan a Ben Laden, sale el felino gordinflón alardeando de que él también sabía cazar. ¿Por qué no lo dijo entonces para defender a quienes fueron a la cárcel por él?

Hoy los socialistas aplauden a Obama porque lo consideran uno de los suyos. Pero pusieron pingando a Bush por las torturas de Guantánamo. Y hoy también aplauden al tío cuyos subordinados secuestraron, arrancaron las uñas, asesinaron y enterraron en cal viva a dos terroristas.

La guerra sucia del gatazo que hoy vuelve a maullar en un mitin en Aluche no tiene nada que ver con la librada por los Estados Unidos contra Al Qaeda. No es ya que los norteamericanos, con Bush y con Obama, estén cubiertos por la legalidad internacional y la de su país, que es cosa que en algún aspecto se puede discutir. La diferencia, y gorda, es que ambos han dicho bien claramente a sus ciudadanos y al mundo que lo que hacen sus hombres es bajo sus órdenes y que a ellos dos solamente corresponde la responsabilidad. ¿Cuándo ha asumido Felipe González ninguna por la guerra sucia contra ETA? Ahora empieza a hacerlo. Y con la boca chica, no vaya a ser que lo encausen. Un héroe, el tío.

Rubalcaba ordena silencio

José García Domínguez en Libertad Digital

Igual que existen las mentiras, las grandes mentiras y las estadísticas, también el universo mundo acoge en régimen de estricta subordinación jerárquica a los cínicos, a los grandes cínicos y a Rubalcaba. Nadie se extrañe entonces de cuanto acaba de deponer don Alfredo a propósito de la sentencia de marras. "Lo que distingue a los demócratas de los que no lo son es que respetan el funcionamiento del Estado de Derecho", ha pontificado impertérrito, sin aparente sonrojo ni tampoco la previsible carcajada final a modo de epílogo. Y es que, acaso víctima colateral de su propio personaje, el tapado, como suele acontecer con los presentadores de concursos, tiende a subestimar la inteligencia del prójimo en forma algo temeraria.

De ahí, quizá, que presuma olvidado aquel célebre llamamiento a la algarada callejera contra el Tribunal Constitucional que urdió cierto José Montilla Aguilera, a la sazón presidente de la Generalidad de Cataluña durante el día de autos. Tumultuoso aquelarre institucional en repudio del Estado de Derecho y el principio de la división de poderes que, como acreditan las hemerotecas, concluiría con la quema ritual de banderas nacionales y la precipitada huida a las carreras del mentado Montilla. El mismo estadista, por cierto, que acto seguido habría de proclamar que el Tribunal se prodigaba en "ofensas gratuitas contra Cataluña que tocan las narices".

Todo ello antes de consentir la presencia de luz y taquígrafos en el transcurso de la siguiente cogitación: "He hablado con el presidente del Gobierno de España. Le he trasladado, sin ambigüedades, nuestra decepción por un proceso y una sentencia que nunca se debiera haber producido". De tal guisa, sin ambigüedades, certificó el baranda del PSC su muy reverencial respeto hacia los fundamentos jurídicos de nuestro orden político. ¿Y qué se fizo por la fecha de Rubalcaba? ¿Qué fue de tanto galán? ¿Qué de tanta invención como truxieron? Por ventura para él, nadie lo recuerda. Y así, entre la amnesia selectiva y la diglosia ocasional, el valido se enroca ahora en la pose de respetable hombre de Estado con el fin único de acongojar al Partido Popular, empresa nada difícil como es fama. Los quería ciegos, sordos y mudos –sobre todo, mudos– ante el apaño de Bildu. Sea, pues. ¡Shhh! ¡Shhh!

El PP traspasa su línea roja

Editorial de Libertad Digital

Podrá ETA permanecer en las instituciones de la mano de Bildu y podrá Rubalcaba mofarse de las víctimas y de los demócratas, incluidos los militantes del PP, pero nada de ello parece ser suficiente para que Rajoy se decida a ejercer de Oposición denunciando el abierto proceso de demolición institucional que el Gobierno y la ETA se llevan entre manos.

El arriolismo, esa falaz teoría de que el PP debe dejar de ser el PP para no movilizar el voto de la izquierda, arrambla incluso con la hemeroteca. Insistió la plana mayor de los populares que la presencia de ETA en las elecciones de mayo sería la prueba del algodón para averiguar si el PSOE continuaba enfangado en el lodazal batasuno. Finalmente, el algodón se ha tornado negrísimo, pero Rajoy se niega a moverse, no sea que denunciar que los terroristas van a seguir nutriéndose del erario público moleste a las masas durmientes de votantes sociales.

Poco parece importarle al líder de los populares que más de un 60% de los españoles esté, por puro sentido común y por pura defensa de sus libertades, en contra de esa legalización de Bildu por la puerta de atrás que ha perpetrado un Tribunal Constitucional infestado de jueces politizados. El liberalismo simpático del nuevo PP no tiene ni siquiera una mala palabra para quienes han permitido que ETA continúe recabando dinero e información de las instituciones democráticas para seguir atentando contra todos nosotros.

Por fortuna, parece que dentro del partido todavía quedan destacados militantes y dirigentes que no se resignan a que a los terroristas se les entregue maniatado el Estado de Derecho. Sin ir más lejos, el presidente de honor del PP, José María Aznar, la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, y el ex ministro del Interior y ex secretario general, Ángel Acebes, han sido todos ellos muy claros a la hora de ejercer de Oposición, no ya sólo contra el Gobierno sino también contra la ETA.

Una tarea esencial que, sin embargo, no les corresponde a ellos, sino a Rajoy. Mas el gallego prefiere centrarse –y sólo a medias y de mala manera– en la economía. Habrá que recordarle al líder de la Oposición que sus obligaciones son las que son –defender el ordenamiento jurídico español como garante de las libertades de todos los ciudadanos– y no las que le gustaría que fueran –por ejemplo, dedicarse al esparcimiento deportivo–. Si no quiere asumirlas, lo tiene sencillo: que le ceda su asiento a cualquier otro político popular que sí esté dispuesto a defender la legalidad y los fallos judiciales acordes con la misma. Lo que no es de recibo es que la (mala) estrategia electoral de Arriola degenere, deliberadamente o no, en una pasiva colaboración por parte del PP para que Bildu permanezca en los consistorios vascos y navarros. Todo tiene un límite y el PP no debería traspasar la línea roja de la complicidad con ETA que él mismo le impuso al PSOE.

La policía de los Castro mata a golpes a un disidente cubano

domingo, 8 de mayo de 2011

El asalto a una iglesia cristiana en El Cairo deja 10 muertos y 186 heridos

Un diputado y diez justos

José Jiménez Lozano en La Razón

En mal día dijo el señor Gide aquello de que con buenas intenciones no se hace buena literatura, porque, ello es cierto, pero parece que de ahí en adelante se extrajo la consecuencia de que es suficiente que algo sea canalla para ser literatura, y entonces nos cuidaremos de decir por nuestra parte que la buena política no se hace con buenos sentimientos y nos conformaremos con desear que, aunque quienes gobiernan el mundo no sean dechados de virtud, por lo menos la simulen, y tengan civilidad.

Lo que ocurre es que, si se está muy arriba, se está tentado de ponerse al mundo por montera, y un poco de esto es lo que se ha hecho ya muchas veces, quizás porque los señores políticos observan que tampoco nosotros somos virtuosos ni lo aparentamos siquiera, y, entonces, por ejemplo como en el «asunto Clinton», éste vino a decir, aunque con un cierto rodeo o perífrasis: «Pues sí, mentí a todo el mundo, y me reí de la ley ¿Y qué?».

Dicho así, parece que no hubiera pasado nada, en efecto, o que sólo tuvo que estar cinco años sin poder ejercer de abogado porque tal fue el acuerdo al que llegó con el fiscal para cerrar su caso, y asunto concluido. Pero no tan concluido porque todo tiene sus consecuencias, desde luego. Tanto en lo fácil que resulta arreglar las peores fechorías de los grandes de este mundo –que es algo viejísimo– como en la decepción el desespero, la rabia el desinterés, y la corrupción que siembran esas conductas en las mentes de otras personas. O quizás de todas, porque ante abusos de poder y mangoneos de cierto descaro las gentes dicen casi humildemente que han sentido vergüenza ajena, pero casi siempre es que el vaso de la paciencia ya se ha colmado y se dice algo así como». ¡Ah, no! ¡Ya está bien sentir vergüenza ajena, que cada cual tenga la suya, si es que hay que tenerla! Porque a lo mejor ni siquiera hay que tenerla».

Por un momento podemos imaginar que, de repente, en el caso de un gran desastre ocasionado por actos de comisión u omisión de unos altos y poderosos señores, procesados y luego absueltos, éstos convocaran una rueda de prensa y en ella afirmaran que habían mentido y que en realidad habían hecho aquello de lo que se les acusaba, dejando entender, por lo tanto, que hacían esto ahora tranquilamente porque ya no había ninguna posibilidad de intervención judicial. Y, desde luego, se dan casos de estos; pero, si ello se repitiera muchas veces, ya no sería cosa digna de mención.

Lo que sí resultaría grave y hasta socialmente peligroso sería el hecho de que alguien altamente situado se comportara de modo muy distinto, como, por ejemplo, cuando en el tiempo de la construcción del Canal de Suez tuvo que pedirse el procesamiento del único diputado de la Asamblea Nacional Francesa, que no había tratado de sacar ni un céntimo del escandaloso y suculento negocio que fue. Porque hay que comprender que una actitud ética tan inusitada obligaba a pensar que detrás de ella no podía haber nada tranquilizador. Cuando toda una sociedad se convierte en una banda, todos los miembros de ésta tienen que «estar pringados».

La historia humana no escasea en situaciones como la descrita, aunque no abunde en excepciones como la también aludida del diputado francés; pero nada ha tenido aún el poder necesario para haber liquidado del todo un cierto «ethos» civil y la civilidad, que ciertamente ha costado tantos siglos construir, tantas veces ha experimentado una vuelta atrás, y siempre está en peligro. Pero se sostiene como sabemos por los famosos diez justos, por un solo diputado o por la cínica razón de que toda corrupción intelectual y moral se caen ellas solitas cuando faltan los dineros que las sostienen. Aunque no existan ni diez justos como en el caso de Abraham, ni un solo diputado como en el caso de Francia.

Luchando en Salamina

Ángela Vallvey en La Razón

Victor Davis Hanson en «Guerra. El origen de todo» (Ed. Turner) escribe que «Tucídides era libre de criticar a su polis natal griega; los escribas persas que narraron la gesta de Darío en las murallas de Persépolis, no». Ésa era, y sigue siendo, la única, la gran diferencia entre el mundo del que procedía Ben Laden y el mundo occidental.

El mismo autor asegura que «no tenemos la más mínima afinidad cultural con los talibanes o los saudíes. En Grecia los agricultores eran dueños de sus tierras, votaban y formaban la milicia de las polis; esto no ocurría ni en Persia ni en Egipto. El rey Jerjes se sentó en su trono en Salamina e hizo un registro de sus súbditos valientes y cobardes… El general espartano Euribíades, y Temístocles, debatieron la conveniencia de luchar, condujeron ellos mismos a sus soldados a la batalla y escucharon a sus remeros gritar por la libertad mientras embestían al enemigo».

…Dos mil quinientos años después, seguimos igual: luchando en Salamina.

Una vergüenza

Alfonso Ussía en La Razón

El PSOE se había comprometido con los nacionalistas vascos a permitir que «Bildu» –es decir, una buena parte de la ETA– volviera a las instituciones. Y seis magistrados políticos y obedientes han cumplido con su labor de subalternos del Gobierno. Sus nombres pasarán a la Historia por la puerta pequeña. Pascual Sala, Eugeni Gay, Elisa Pérez Vera, Luis Ignacio Ortega, Pablo Pérez Tremps y Adela Asúa Batarrita. Para que no los olviden, se los relaciono al revés. Adela Asúa Batarrita, Pablo Pérez Tremps, Luis Ignacio Ortega, Elisa Pérez Vera, Eugeni Gay y Pascual Sala. No olviden sus nombres. Cuando la ETA, de nuevo poderosa económicamente y de nuevo traidora de sus pactos y zalemas, vuelva a asesinar, a alguno de los magistrados que llevan esos nombres se les caerá la cara de vergüenza. Pero ya no habrá posibilidad de retorno. Los «progresistas». Los designados por el PSOE. Los obedientes a Zapatero. Sigan el ejemplo de García Pelayo. Cumplida la sumisión, dimitan y a casa.

Viñeta de Esteban en La Razón

Cuerpo glorioso

Juan Manuel de Prada en ABC

«Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana también nuestra fe», reprende San Pablo a los miembros de la comunidad cristiana de Corinto. Y, en efecto, sólo la Resurrección de Cristo da sentido completo a la Encarnación, a la Redención y a la vida futura que se nos ha prometido a cada uno de nosotros, tras la Parusía. Pero, ¿cómo fue esa resurrección que anticipa la nuestra? No fue un mero revivir a la existencia terrena, como el de Lázaro o el de la hija de Jairo, sino que pasó «del estado de muerte a otra vida más allá del tiempo y del espacio», leemos en el Catecismo (nº 646). Nuestra mentalidad cientifista enseguida se pone en guardia, engreída y suspicaz, y reclama que se le explique esta metamorfosis del cuerpo inerte en cuerpo glorioso. El propio Joseph Ratzinger acepta que se trata de «un proceso que se ha desarrollado en el secreto de Dios, entre Jesús y el Padre, un proceso que nosotros no podemos describir y que por su naturaleza escapa a la experiencia humana». Pero el cientifista acucioso no cede en su demanda: «¿Qué ocurrió en el interior del sepulcro?».

Es cierto, como sostiene Ratzinger, que ninguno de los evangelistas describe la resurrección de Jesús; pero no es menos cierto que alguno ofrece al teólogo metido a detective —y al poeta— pistas dilucidadoras. Reparemos en la narración de Juan. Pedro y el «discípulo amado» llegan corriendo al sepulcro y descubren, tal como les había anunciado María Magdalena, que la losa ha sido apartada. Penetran ambos en el recinto funerario y ven los lienzos o vendas con los que había sido envuelto el cadáver de Jesús «tendidos». Así traduce la reciente versión bíblica de la Conferencia Episcopal el «keímena» del original, mejorando la traducción más inexacta de Nácar-Colunga, que dice que vieron «las fajas allí colocadas». Pero «lienzos tendidos» y «fajas colocadas» se complementan y nos ayudan a entender mejor el significado pleno del participio plural del verbo «keimai». Los lienzos, vendas o fajas que cubrían a Jesús no han sido arrojados al suelo, sino que permanecen «colocados» en el sepulcro; y no se hallan desatados y hechos un gurruño informe, sino que se mantienen atados y «tendidos», como un molde blando que, al ser abandonado por el cuerpo que envuelve, pierde parcialmente su volumen pero todavía conserva, aunque allanada, su forma. Esto significa exactamente «keímena»: las vendas y lienzos que cubrían el cuerpo de Jesús están suavemente «desinflados», como una crisálida vacía. De este modo, Juan nos confirma que el cuerpo de Jesús no ha sido robado (ningún ladrón en su sano juicio se habría entretenido desanudando las vendas, para después anudarlas otra vez y tenderlas en el sepulcro, en la misma disposición en que se hallaban mientras envolvían el cadáver); y también que Jesús no ha necesitado, para liberarse de las vendas, desliarlas o romperlas, como tendría que haber hecho cualquier persona subordinada a la materia.

Sobre esta capacidad de Jesús resucitado para desafiar los impedimentos y restricciones de la materia nos ofrece Juan otro testimonio dilucidador. En la octava de Pascua, al anochecer, los discípulos están reunidos en una casa «con las puertas cerradas, por miedo a los judíos»; y, de súbito, Jesús se pone en medio de ellos sin forzar cerraduras ni arramblar puertas. «¿Se trata, pues, de un fantasma?», nos pregunta aquí el incrédulo frotándose las manos, pues nada lo entusiasma más que una cuchipanda espiritista. Esto mismo pensaron, «aterrorizados y llenos de miedo», los discípulos; y, para espantarles ese miedo, Jesús les pide que toquen su cuerpo hecho «de carne y de huesos» (Lc 24, 29); y a Tomás, incluso, le permitirá meter el dedo en el agujero de los clavos y la mano entera en la llaga del costado. ¿Cabe mayor prueba de fisicidad que este dejarse palpar sin remilgos ni melindres? Vive Dios que sí. Resulta que Jesús resucitado come como una auténtica lima, que diría un castizo: en la posada próxima a Emaús comparte con dos discípulos andarines el pan (Lc 24, 30); en la casa donde se hallan todos reunidos come un trozo de pez asado (Lc 24, 42); tras la pesca milagrosa en el lago de Tiberíades come pan y pescado, que Él mismo se ha encargado de asar en unas brasas (Jn 21, 9-13); y, todavía, antes de darles las últimas instrucciones antes de su Ascensión, vuelve a comer con ellos (Hch 1, 4). ¡A esto se llama tener buen saque!

La mayoría de los exegetas opinan que los evangelistas, en su celo apologético, exageran, pues tanto manduque nos pinta a un Jesús con apetito de caballo, en flagrante contradicción con el propio relato evangélico, que previamente nos ha presentado a un Jesús que ha superado con la resurrección la «corporeidad empírica». Pero aquí yo diría que la mayoría de los exegetas se pasan de listos (o de medrosos), tal vez por temor a que una interpretación literal de estos pasajes abone las tesis heréticas del milenarismo craso o carnal (que postulaban, en una interpretación desmelenada del capítulo XX del Apocalipsis, un Reino de los Mil Años en que los justos resucitados se entregarían a banquetes y francachelas). Pero que el cuerpo glorioso de Jesús no requiera comida para su subsistencia no implica que sea absurdo que Jesús coma; pues su deseo no es otro —no ha sido nunca otro— sino abrazar la naturaleza humana, entablar con ella un vínculo corporal, allanándose con ella. Y, así como el padre amoroso, por igualarse con su hijo pequeño, emplea en sus pláticas con él un lenguaje rudimentario (y hasta una inflexión de voz pueril), mientras le hace carantoñas, Jesús se abaja ante sus discípulos y les muestra su proximidad compartiendo con ellos sus viandas más sencillas; no porque las necesite, sino por hacerse uno con ellos, en amor y compaña. No hace falta ser exegeta para entender que el roce y la comida compartida hacen el cariño.

Jesús comió y bebió con sus discípulos después de resucitar, como atestiguan insistentemente los evangelistas y Pedro certifica (Hch 10, 41). «Pero —repite el cientifista, exasperado—, ¿qué ocurrió en el interior del sepulcro?». Lo que allí ocurrió sobrepasa nuestro entendimiento; pero el jesuita Manuel Carreira, profesor de física y teólogo, ha probado a imaginarlo, basándose en los últimos avances de la mecánica cuántica, que han logrado observar en el laboratorio fenómenos de movimiento discontinuo, compenetración y multilocación en partículas elementales. Si estos experimentos (que explican la formación de estrellas de neutrones y agujeros negros) se han podido realizar con partículas elementales, ¿por qué no podría el poder divino hacer algo semejante con un cuerpo, que al fin y a la postre es un conjunto de partículas? Si los avances de la física nos demuestran que las partículas elementales no están confinadas a un solo sitio, que además de comportarse como corpúsculos lo hacen como ondas, de tal modo que un electrón puede estar en dos lugares a la vez, ¿por qué no podemos imaginar un cuerpo glorioso que abandona las vendas que lo aprisionan?

Aquel cuerpo glorioso de Jesús empezó a vivir de una manera totalmente nueva: resplandece, entra en las habitaciones sin abrir puertas ni agujeros en las paredes, desaparece instantáneamente, va de un sitio a otro sin usar medio alguno de locomoción. Dios —concluye Carreira— es omnipotente, pero no puede hacer cosas absurdas o irracionales; y no hay inconveniente en aceptar que pueda hacer cosas parecidas a las que se observan en los laboratorios a nivel subatómico, sólo que a un nivel macroscópico y visible. Por lo demás, si la materia está sujeta a una serie de procesos por los cuales se altera, decae, envejece, muere y se corrompe, es porque está dentro de un marco espacio-temporal; si no actuase dentro de este marco, no estaría sujeta a ninguna de esas fuerzas destructoras. En el cuerpo glorioso, en lugar de estar el espíritu subordinado a la materia (como ocurre en nuestra vida mortal), la materia se subordina al espíritu, existe fuera del espacio y del tiempo. Y al liberarse —sin llegar a desatarlas siquiera— de las ataduras espaciales y temporales (que quedan «keímena», desinfladas, como una crisálida vacía), el cuerpo se torna incorruptible, no envejece ni enferma, posee la libertad plena de quienes han vencido las restricciones materiales. Una libertad que le permite, incluso, compartir con los amigos los gozos menudos —un pedazo de pan recién horneado, un pez asado en la lumbre—; y que, algún día, «transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo, en virtud del poder que tiene de someter a sí todas las cosas» (Flp 3, 21). De ese día hablaremos en otra ocasión, porque ya se nos ha acabado el folio.

sábado, 7 de mayo de 2011

Viñeta de Esteban en La Razón

El clásico de Rubalcaba

Tomás Cuesta en ABC

La precampaña en España es un clásico en el que la pegada de carteles se ha convertido en un rito judicial mediante el cual las candidaturas de ETA son blanqueadas al filo de las campanadas. Doblan a muerto, tañidos negros y que corra el «kalimotxo». Para solaz de la grada proetarra, aquí sí ha habido patadas, entradas alevosas, agarrones y desgarrones, trampas, juego subterráneo y tensión en los banquillos. Y al final, el equipo arbitral, los jueces de línea y los del Constitucional que miran para otro lado; penalti a favor de Bildu. Hace cuatro años, otros jueces y los mismos jueces dejaron al equipo de ETA con la mitad de las listas sobre el campo. Este año, la noticia del clásico ha sido que todo vale. Ni una triste alineación ha quedado excluida de la gran «fiesta de la democracia». Y los últimos en enterarse, como siempre, han sido los probos ciudadanos. O sea, que cornudos como siempre y, también como siempre, chasqueados.

Toda la documentación elaborada por las Fuerzas de Seguridad del Estado, las actas de las reuniones entre los terroristas y sus mandados políticos, las evidencias, certezas y pruebas que conectan a los de la capucha con los de la urna, no han servido para nada, salvo que el objetivo fuera engordar la sensación de impunidad de la jauría etarra y ofrecerle, además, una satisfacción suplementaria a costa de reírse de las instituciones y repartir collejas a la «txakurrada». Rubalcaba tendría que dimitir-ja-ja (ojo al chiste, que es de plata) por prurito profesional y porque ni como traidorzuelo alcanza a dar la talla. Sin poner el acento en quisicosas menores (la moral, la decencia, la dignidad, la ética; el compromiso contraído con los vivos y el contrato de sangre con los asesinados), es reo de lesa incapacidad —formal y técnica— a la hora de poner coto a una siniestra martingala. En esas condiciones, cada minuto que continúe en el Gobierno es un ítem que corrobora las sospechas de que el fallo del Constitucional ha sido un petardazo. Si a la Guardia Civil, a la Policía Nacional, al CNI y al ministro del ramo no les cabía, ni les cabe, la más mínima duda de que Bildu es la ganzúa con que los taliboinas van a descerrajar los plenos y las cajas, el fracaso del vicepresidente resulta tan palmario que sólo le queda una salida: la de emergencia y cuanto antes. ¿Cuánto antes? Ja, ja. La carca-ja-ja-da inacabable.

En cuanto a esa notilla insulsa que ha expedido el PP atribuyendo el desafuero a una «exigua mayoría» de leguleyos descarriados parece una intentona de convertir el clásico en un penoso derbi a orillas del Manzanares. «Jugamos como nunca, perdimos como siempre». Vamos, que si el PNV hubiese cumplido su bravata de embestir contra la tramitación presupuestaria, ahí estaban Rajoy y sus mariachis para echar un capote al fugitivo en vez de los pies por alto. Una «exigua mayoría», qué alivio, qué descanso. «El día que la mataron, Lupita estaba de suerte. De seis tiros que la hirieron, no más tres eran de muerte». Corridos de vergüenza, se impone el corrido clásico. ¡Vengan clásicos!

El ámbito político del TC

Manuel Martín Ferrand en ABC

Si nos atenemos a la definición de respeto que da en su diccionario Julio Casares —«Justa apreciación de las excelencias morales de una persona y acatamiento que por tal causa se le hace»— es más difícil respetar al TC que preside Pascual Sala, un notable magistrado presente en todas las salsas judiciales del socialismo español desde los ya lejanos días en que Felipe González acabó con la separación de los poderes del Estado y Alfonso Guerra pudo anunciar, con precisión científica, la muerte de Montesquieu, barón de Secondat; la enfermedad de partida de nuestra democracia.

Los hinchas de Bin Laden

Hermann Tertsch en ABC

La organización terrorista Al Qaida confirmó ayer la muerte de Osama bin Laden. Se lo agradecemos porque nos ahorra la lata de quienes por principio no se creen nada que suene a versión oficial norteamericana. Y evita también el intento de venta de exclusivas de quienes pretenden haberlo visto en Copacabana, en el Tíbet, en Damasco o en el Bernabéu. Dada la palabra de Al Qaida, todos habrán de darse por enterados de que el «jeque general de la “yihad” en el mundo» y el «león del islam» ya no está con nosotros. Al Qaida lanza por lo demás sus consabidas amenazas que a estas alturas tienen poco interés. Y llamaba a grandes protestas en todo Pakistán para expresar el furor que los embarga. Pues este viernes, pese a los llamamientos de otros grupos radicales islámicos, los hinchas de Bin Laden en Pakistán, en todo Pakistán, no hubieran llenado un estadio de segunda división. La concentración más grande, según Al Yazira, en la ciudad de Quetta, capital de Baluchistán, no llegó a los 1.500 feligreses. En otras ciudades fueron un par de cientos. Dado que la población de Pakistán es de nada menos que 187 millones de almas, en su inmensa mayoría musulmanas muy piadosas, hay que deducir una vez más que la enorme preocupación de ciertos círculos occidentales por no herir la sensibilidad musulmana era como poco exagerada. ¡Qué angustia la de ciertos sectores occidentales por el hecho de que EE.UU. matara a su enemigo n.º 1 y no le diera un sepelio con honores! Nos hizo temer una terrible venganza «post mortem» que confirmara esa tesis tan popular —en España al parecer razón de Estado— de que a los terroristas no hay que provocarlos. Pues ni caso. Al final resulta que Bin Laden tenía más hinchas aquí que en aquella sociedad abigarrada de mezquitas, madrasas y fanatismo del Pakistán popular.

Una agradable vergüenza

Maite Nolla en Libertad Digital

Como dijo un diputado del PSOE, ya tenemos una decisión agradable. Así es como saluda la sentencia del Constitucional el partido del Gobierno que pretendió la ilegalización de los que ahora salen del "Guantánamo electoral". Lo que ha pasado con Bildu es absurdo, si no fuera porque estamos ante el guión de una comedia planeada desde hace tiempo. Digo que es absurdo –luego añadiremos alguna cosa más– porque la sentencia del Constitucional sobre Bildu supone que el Gobierno del partido que quería una decisión agradable ha acabado perdiendo el pleito que ellos iniciaron. Al fin y al cabo, la sentencia del Constitucional es el final de un proceso que inicia el mismo Gobierno obligando a la Abogacía del Estado y a la Fiscalía a presentar sendas demandas. Con lo cual se nos plantean algunas cuestiones: ¿Felicitamos al Gobierno por haber perdido el pleito o felicitamos al PSE por haber ganado?

Lo cierto es que esta es una historia de cobardes. Si la opinión del Gobierno era la de Madina o la de Patxi López o la de Caamaño cuando dijo que "Sortu no era ETA", creo yo que el Gobierno debería haber asumido las consecuencias y a otra cosa. Que yo sepa los abogados del Estado no presentan demandas de motu proprio, sino porque tienen órdenes de hacerlo. Pero no, el Gobierno ha querido que fueran otros los que tomaran la decisión que ellos podían haber tomado. ¿Qué necesidad tenía Zapatero de pringar a los pobres magistrados del Constitucional? Entre Zapatero y Rubalcaba tienen cara suficiente para justificar que no se presentaban las demandas; tienen cara para eso y para mucho más.

Y el PP, como en casi todo, no es sólo un PP, pero manda Rajoy. Y el que manda no puede hacer como si esto no fuera parte de un guión, porque corre el riesgo de que acabemos pensando que la posición del PP es también parte del mismo guión. Se les pide que hagan algo, aunque sólo sea porque les han llamado de todo sin hacer nada. Les han acusado de no querer ver el final del terrorismo, de dar balones de oxígeno a ETA o de poner en riesgo la "unidad"; y ahora les van a acusar de no respetar las decisiones judiciales, y si no al tiempo. No se les pide que encarguen un editorial conjunto a sus periodistas a sueldo –que en el PP también los hay– ni que convoquen una manifestación. Sólo con denunciar esta comedia y con un compromisillo de nada para intentar revertir esto cuando gobiernen, sería suficiente.

La democracia en España ha perdido, de repente, nueve años. Estamos como antes de 2002. ¿Agradable? Una vergüenza.


La insidia de Rubalcaba

Editorial de Libertad Digital

A la escandalosa decisión del Tribunal Constitucional de permitir a Bildu presentarse a las elecciones, tenemos que sumar las insidias del principal responsable de ese crimen, que no es otro que el vicepresidente y ministro de Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba. Quien fuera portavoz del Gobierno de los GAL se ha dado el gusto de darnos lecciones de justicia y democracia a los que hemos criticado la sentencia que quería el Gobierno, dudando precisamente de nuestro carácter democrático.

Efectivamente, como ha afirmado Rubalcaba, en nuestra democracia cada institución tiene su papel. El del Constitucional, después de la reforma de Felipe González, es el de convertirse en una cámara al servicio de los partidos que vista de ropaje jurídico las decisiones políticas que toma. Es cierto que no existe el Estado de Derecho perfecto, aquel en el que la justicia es completamente independiente de los demás poderes; ni siquiera los Estados Unidos, que se acercan notablemente a ese ideal, pueden presumir de un poder judicial completamente independiente. Pero resulta especialmente cínico que se ponga como ejemplo del buen funcionamiento de nuestro Estado de Derecho la institución más contaminada políticamente de nuestro ordenamiento jurídico.

Acatar una sentencia significa obedecerla, sin más. No parece que ningún partido, medio de comunicación ni organización social haya declarado su intención de emplear la fuerza para impedir que Bildu se presente a las elecciones municipales. Pero ser demócrata no significa callarse ante los abusos ni dejar de denunciar la corrupción, sea económica o moral, de nuestras instituciones y quienes las ocupan. Al contrario, es la obligación de todo ciudadano. Pero Rubalcaba, como buen socialista, lo que quiere es que seamos súbditos.

ETA se ha debilitado más cuanto menor presencia ha tenido en las instituciones vascas. Permitir su presencia supone, por tanto, insuflarle el aire que necesita para respirar. Las víctimas y quienes las apoyan ya han salido a las calles en estos últimos meses para denunciar el sabotaje activo que el Gobierno está llevando a cabo contra la definitiva derrota de ETA. Es hora de hacerlo una vez más. Esta infamia no puede salir gratis.