sábado, 16 de abril de 2011

Benditos ateos

Tomás Cuesta en ABC

Solamente en el ámbito de una sociedad esquizoide, gárrula y liliputiense se puede concebir que el ateismo se convierta en un problema de orden público en vez de solventarse como una disquisición moral, filosófica o ética. Creer o no creer, «that is the question». Cada uno en su casa y Dios en la de aquellos que hayan decidido franquearle la puerta. Ese es todo el intríngulis de un caso de conciencia que, todavía hoy, en estas parameras, enciende el infiernillo de las querellas cachicuernas. Porque lo peliagudo en España no es que la grey atea reivindique un espacio que no le corresponde o pretenda sacar los pies del tiesto, sino que, por desgracia, vivimos instalados en el extremo opuesto.

Y es que en España, señoras y señores, los comecuras medran en cualquier parcela y andamos, sin embargo, muy escasos de ateos. El anticlericalismo se manifiesta entre nosotros con el rigor canónico de una teología inversa que impele a sus devotos a incinerar iglesias con el mismo fervor que un familiar del Santo Oficio empleaba en relajar herejes. Y las blasfemias se profieren con tanta devoción, con tan firmes propósitos, con tamaña certeza, que se diría que uno está oyendo el Paternóster reflejado en las aguas (turbias) de un espejo. De ahí que, según quién mande y de por dónde aúlle el viento, en ocasiones, atufe a chamusquina y, en otras, empalague un obsesivo olor a incienso. En resumen, que en la grande polvareda de la historia reciente perdimos a don Beltrán y, de paso, el oremus.

En la solemne sepultura de «monsieur» Voltaire una inscripción advierte que allí yacen los restos de alguien que dedicó su vida a combatir la intolerancia y a darle caña a los ateos. ¡Voto al cielo!, se arrancará algún buscapleitos. ¿Acaso no hay constancia de que ese tal Voltaire fue un paladín del librepensamiento, un látigo de meapilas, un martillo de clérigos? En efecto, lo fue. Y furibundo, a veces. Pero también es cierto que sus vertiginosas diatribas, sus vistosísimas «boutades», sus volatines dialécticos, pusieron contra las cuerdas la iniquidad del viejo mundo y nos pusieron en guardia contra las mixtificaciones del moderno. En contra de la razón mesiánica; del sectarismo laico; de la Inquisición incrédula. Contra los que transmiten una epidemia cafre que se ha encorajinado en los albores del milenio.

Desengáñense ustedes: los miembros de esa jarca que convoca «procesiones ateas» —oxímoron grotesco, a la par que siniestro— son, en realidad, sacristanes del odio, propagandistas de la inquina, cofrades del resentimiento. Ni por el forro, ateos. Un auténtico ateo (el señor Spinoza es un ejemplo: ateo piadoso, por más señas) se desenvuelve en las antípodas del fanatismo rucio y vocinglero. Un auténtico ateo sabe que deicidio y genocidio, si no hermanos de sangre, al menos son parientes. Y no ignora, por último, que, al pie de ese Calvario que se rememora en estas fechas, es posible, a Dios gracias, dialogar con los ateos. Benditos ateos. En cuanto a los de la procesión, si aún siguen en sus trece, que se metan a almuédanos.

La procesión atea va por dentro

Juan Manuel de Prada en ABC

ME estremecieron las declaraciones de uno de los convocantes de esa «procesión atea» que pretendía desfilar la tarde de Jueves Santo: «Representamos un frente ideológico. Un frente dedicado, única y exclusivamente, a castigar las conciencias católicas. Nuestro propósito es hacer daño. Y no nos andamos con contemplaciones». No se me escapa que el odium fidei es un sentimiento inextinguible, cuyas ascuas no se apagarán nunca, mientras el mundo sea mundo; pero me había habituado a considerar que, en este fase democrática de la Historia, el odium fidei se manifestaba bajo expresiones menos furibundas, más sibilinas o asépticas, englobadas bajo lo que hemos dado en denominar «laicismo». Las declaraciones de ese convocante de la «procesión atea» me han permitido comprender que ambas expresiones del odium fidei pueden ser simultáneas y concurrentes, que puede haber un Estado que muy democráticamente imponga una idolatría política de obligado cumplimiento, a la vez que sus más furibundos paladines se ocupan de «castigar» y «hacer daño» a los recalcitrantes que se resistan a obedecerla. De hecho, los odiadores más sañudos de la religión sólo afloran allá donde previamente se ha impuesto una idolatría política que sibilinamente la combate. De todos es sabido que unos sacuden el árbol y otros recogen las nueces. Y declaraciones tan sañudas como las de ese convocante de la «procesión atea» sólo adquieren un sentido pleno si las interpretamos a la luz de otras de apariencia más sibilina, como las que esgrimía Peces-Barba en un artículo reciente: «Cuanto más se les consiente y se les soporta, peor responden. Solo entienden del palo y de la separación de los campos». Para que nadie interprete malévolamente que Peces-Barba está promoviendo la organización de guetos judíos, diremos que se refiere a los católicos.

La «procesión atea» ha sido, en fin, prohibida, por razones más bien colaterales y hasta peregrinas, tal vez porque los odiadores sibilinos de la religión, muy en su papel de polis buenos, consideraban que en esta ocasión los odiadores más sañudos —los polis malos— se habían excedido en su ímpetu. Pero esta «procesión atea» no era sino un aspaviento histriónico; y la verdadera procesión del odium fidei va por dentro. No emplea —de momento— el palo, sino el veneno sutil de la propaganda; y así, envenenando las conciencias, se logra crear el caldo de cultivo que a la larga permitirá sacar el palo del armario sin escándalo. En una célebre obra de C. S. Lewis, Cartas del diablo a su sobrino, Screwtape, un diablo veterano y de alcurnia, dedica a un diablo segundón y bisoño una serie de consejos que faciliten su misión en la tierra; entre los cuales se halla éste: «Queremos que la Iglesia siga siendo pequeña, no sólo para que los menos hombres posibles aprendan a conocer al Enemigo, sino sobre todo para que quienes se vuelvan contra él se coloquen en ese estado de exaltación enfermiza y de fariseísmo agresivo característicos de una sociedad secreta».

Esta es la verdadera procesión del odium fideique juzgo preocupante: la que, a la vez que propaga el ateísmo, pretende caracterizar a los católicos como una secta de fanáticos encerrada en una ciudadela. Y contra esa secta de peligrosos fanáticos sólo vale el «palo», como propugnaba Peces-Barba: la mofa y el escarnio elevados a la categoría de rutina, el confinamiento en un gueto de ostracismo, la muerte civil dosificada en pequeñas dosis. Quien lo probó lo sabe.

Efervescencia en la red

GEES en Libertad Digital

Mientras la nueva Ley Electoral tunecina –que incorpora en igualdad de condiciones a las mujeres como candidatas– o la orden de detención dictada contra Hosni Mubarak y sus hijos, pueden transmitir la idea de que la normalización política allá donde las revueltas han triunfado, y no hay más camino que la democratización, los yihadistas de todo el orbe hacen notables esfuerzos para reconducir estos y los demás procesos.

Es importante reconocerla existencia de tal esfuerzo, sobre todo para corregir la falsa imagen que transmiten los "expertos" que consideran al islamismo radical arrinconado –si no vencido– y que defienden incorporar al islamismo "moderado" como estimable compañero de viaje en el inexorable sendero hacia la democratización.

Hemos de insistir de nuevo en que los islamistas radicales no sólo se manifiestan con sangrientos atentados –incluso si así fuera los ejemplos no faltarían en Irak, Pakistán, Somalia o Mauritania, entre otros–, sino que aparte de lanzar a sus asesinos, también se ocupan en paralelo del adoctrinamiento, ejecutando una labor proselitista cada vez más esmerada en diversos frentes.Aquí destacamosinternet o la televisión, como vías de enorme alcance.

Acusar a Occidente de injerencia en los asuntos de los musulmanes es hoy muy fácil, sobre todo ante su desconcertante actuación en Libia o también por el continuado apoyo a regímenes "apóstatas" como el yemení, el saudí o el paquistaní entre otros. Además, gracias a las vulnerabilidades de las sociedades abiertas, esya posible escuchar hoy un mensaje en inglés del siniestro predicador Abu Hamza Al Misri, pronunciado desde su prisión inglesa, o acceder al "best seller" del sirio-español Mustafá Setmarian Al Suri, según los yihadistas encerrado en una prisión siria bajo el atento control de la Sección 215 de la Inteligencia Militar. Por si esto era poco, ahora los yihadistas somalíes de Al Shabab inauguran cadena de televisión, Al Kataib, desde la que presumen de conducir columnas de camiones de ayuda humanitaria hacia las provincias de Hiran y Shabelle para desdecir a quienes acusan a terroristas y a piratas de agravar la situación de la población somalí. El colmo de la buena propaganda es la emisión de 52 cartas de Póker con los datos de altos cargos egipcios que deberían de ser juzgados por un tribunal de la Sharía: rememoranasi la baraja para Irak. No nos negaran que manejan con habilidad la propaganda.

Al Qaida para el Magreb Islámico no les va a la zaga a sus hermanos egipcios y somalíes. Reivindica el intento de asesinato del presidente mauritano, considerado "agente de Francia" cuando nuestro vecino destaca como intervencionista (Libia y Costa de Marfil) o persigue a "burkas" y a "niqabs". Y tras felicitar a tunecinos y a egipcios por deshacerse de Ben Alí y de Mubarak, les exige no desperdiciar tal esfuerzo y crear rápidamente regímenes islámicos. También en la red, los talibán afganos y el Ejército Islámico de Irak recuerdan a los egipcios que deben proyectar rápidamente su "victoria islámica" hacia Gaza entre otros destinos.

La batalla se da también en la red, y no debemos olvidarlo bajo ninguna circunstancia.

Sinde será "un recuerdo" antes que las descargas

Antonio José Chinchetru en Libertad Digital

La ministra de Cultura no se conforma con ser uno de los personajes más antipáticos de la política española. La detesta hasta la mayor parte de los votantes socialistas. Se lo ha ganado a pulso con sus actitudes; aunque también es cierto que el auténtico responsable final (y, posiblemente, promotor) de la Ley Sinde es Rodríguez Zapatero. No está de más recordar que, ante la reacción indignada de gran parte de los internautas, ZP salió en un primer momento a desautorizar de palabra a González-Sinde; pero no lo hizo jamás con los hechos. A pesar de eso último, la guionista de Mentiras y gordas se merece su mala imagen.

Desde que llegara al Gobierno su estilo personal ha tenido altas dosis de prepotencia y de, pese a sus constantes apelaciones a defender "los intereses" o "los derechos" de "todos", desprecio a quienes la critican o no comparten sus criterios. Ahora, además, se ha metido a futuróloga. González-Sinde ha predicho que "en muy poco tiempo la piratería –léase, el intercambio de archivos– va a ser un recuerdo del pasado". Lo peor de todo es que, seguramente, está convencida de lo que dice y cree que la norma bautizada con su nombre logrará el objetivo que ella no deja de proclamar.

La ministra proclama que la Ley Sinde busca "fomentar un mercado legal competitivo y que permita un acceso a la cultura moderno y contemporáneo". No se da cuenta de que el mayor obstáculo para lograr dicho objetivo es la propia industria cultural, que se niega a evolucionar hacia modelos de negocios adaptados a las posibilidades y retos que implica la red. Los sectores discográfico, cinematográfico y editorial no han hecho todavía los deberes, ni en España ni en el resto del mundo. Y pretenden que los gobiernos paren o modifiquen la evolución tecnológica y social para no tener que hacerlo.

Un mercado "legal competitivo" no se consigue mediante normativas destinadas a proteger a quienes ya están en dicho mercado, que además ha perdido su característica de competitivo. Y menos aún si esas normas legislativas rozan la vulneración de derechos como la libertad de expresión.

Si el Gobierno quiere ayudar a crear un mercado legal competitivo tiene una vía: debe dejar claro a las empresas del sector que no va a acudir en su ayuda para que no tengan que adaptarse a la realidad. Así, a estas no les quedará más remedio que adaptarse o desaparecer. Lo que no desaparecerá hasta entonces serán las descargas, por muchas leyes represivas que se impongan. El ingenio humano siempre encontrará maneras de sortear esos obstáculos legislativos. ¿O acaso el cierre del antiguo Napster consiguió frenar el intercambio de archivos?

No sabemos cuando las descargas pasarán a ser un recuerdo del pasado, si es que ocurre alguna vez. Pero seguro que será mucho después de que González-Sinde entre en esa categoría para la mayor parte de los españoles.

El rábano por las hojas

José T. Raga en Libertad Digital

No se trata en este caso de rendir tributo al viejo principio de coger el rábano por las hojas, como legítimamente podría pensarse, sino de algo mucho más prosaico, aunque más irresponsable, que es sustituir el rábano por las hojas o, lo que es lo mismo, fijarse en las hojas para olvidar o desconsiderar el rábano.

Exactamente a este principio, en mi opinión, responde la política financiera que el gobernador del Banco de España pretende aplicar, como supervisor de las entidades financieras (fundamentalmente bancos y cajas de ahorros), en su labor de control a las mismas, a fin de cumplir las medidas de política monetaria emanadas del Banco Central Europeo.

De la historia iniciada a comienzos del presente siglo, y vivida públicamente desde finales de 2007, parece posible afirmar que si un sector tan regulado como el sector financiero, con una función de inspección por parte del Banco de España para garantizar que la regulación se cumple en la vida real de las instituciones, desemboca en la crisis del sector, es como denunciar que la inspección no se ejercía con el rigor esperado o que, deliberadamente, se prefería eludir el problema por intereses inconfesables, asumiendo así la complicidad con las prácticas irregulares o delictivas.

Sea lo uno o lo otro, el Banco de España debería estar explicando qué ocurrió en algunos bancos y cajas y por qué ocurrió, situando la responsabilidad donde y a quién corresponda, para asegurar que fazañas semejantes no vuelvan a producirse.

Pues bien, éste, que es el rábano, ha quedado postergado en las preferencias del inefable gobernador del Banco de España. Ha preferido cogerse a las hojas, con el ánimo de encontrar en ellas un elixir narcotizante para sí mismo y para la sociedad española.

La última propuesta anunciada consiste en penalizar a las entidades que ofrezcan tipos de interés a los depósitos por encima del 3,1 % anual; esto, adornado para contentar a la izquierda pobre y envidiosa –la rica ya dejó atrás estas veleidades–, de la promesa de supervisión de los salarios en las entidades de crédito en las que éstos superen el millón de euros. Ambas medidas deberían ser dignas de un cese inmediato, pues no estamos ante la independencia de la autoridad monetaria, sino ante la carencia de criterio en ella.

El gobernador del Banco de España no es quién para decirle a una entidad privada cuánto, cómo y por qué tiene que pagar a un empleado, cuando, sin embargo, todos tendríamos derecho a decir cuál debe ser el sueldo del gobernador. Por otro lado, superado el tiempo de los tipos fijos, la retribución de los depósitos es una simple cuestión de política empresarial.

Además, señor gobernador, las tropelías recientes del sector financiero, que usted ha supervisado mal, no se han producido en los depósitos sino en los créditos. ¿Por qué no investiga estas situaciones? Es decir ¿por qué no coge el rábano en vez de distraernos agitando las hojas?

Limpieza de sangre

Maite Nolla en Libertad Digital

Existe una especie de limpieza de sangre entre nacionalistas que ya se ha cobrado dos víctimas por el camino: Carmen Chacón y Duran i Lleida. Aunque la realidad les sitúa en lo que piensa la inmensa mayoría de los que pueden votar en Cataluña, ambos han sido objeto de las iras de los independentistas, para satisfacción de los sectores minoritarios no nacionalistas. Por una parte, a Carmen Chacón, la mujer que arrasó en las generales de 2008, la delfina de Zapatero, el hombre que trajo el Estatuto que ninguno de estos –ni de nosotros– pudo soñar jamás, y la que calificó al PP de anticatalán por recurrirlo, su escaqueo del proceso de consultas le ha costado que el finísimo Puigcercós la califique como "una española de origen catalán". Y a Duran i Lleida, el funambulismo socialcristiano le ha supuesto que en su propio partido pidan su dimisión por su "antiindependentismo". Como pueden comprender, no voy a salir a defender aquí a la pareja. Al fin y al cabo tienen, no sé si lo que se merecen, pero desde luego lo que han deseado a los demás. A disfrutarlo.

Mariano Esteban y Belén Rajoy

Pablo Molina en Libertad Digital

Las continuas escaramuzas de Mariano Rajoy para escabullirse de la prensa convencional y dedicarse en exclusiva a dialogar con los espectadores de Jorge Javier Vázquez, les parecerá a muchos un estrambote poco apropiado para dar lustre al nivel intelectual del debate de ideas en el seno del Partido Popular. Sin embargo, es evidente que el PP ha decidido que su objetivo electoral es el espectador medio de los programas galantes y eso es algo que todos debemos respetar.

La política en los sistemas democráticos consiste en engañar al mayor número de votantes posible en el momento oportuno, con el fin de que las urnas garanticen cuatro años en el poder al más avispado de los contendientes. Bajo esa premisa los espectadores de Sálvame presentan una dificultad añadida para ser timados, porque acostumbrados como están a ver desfilar continuamente por la pantalla a mentirosos compulsivos y quinquis de todo pelaje, no es fácil que un político, por muy ducho que sea en su oficio, les engañe de buenas a primeras. Desde esa perspectiva, la decisión del equipo de Rajoy de que su líder le dispute minutos de pantalla a la hetaira o el cornúpeta del momento es absolutamente coherente con la necesidad de ganar las próximas elecciones.

El debate público en torno a un partido político sobre los principios compartidos, las ideas testadas sobre la realidad o una cierta visión de la moral carecen de sentido para los gabinetes demoscópicos que asesoran a los líderes, preocupados únicamente de que su marca electoral se diferencie del resto de sus competidoras en el mercado democrático ganando en la comparación.

Sucede que muchos españoles todavía creen que el partido que representa a la parte más pujante de la sociedad española, la que paga impuestos, o sea, la derecha, debería tener una actitud mucho más aguerrida frente al Gobierno más dañino que jamás ha debido padecer una nación civilizada, pero es que esa gente no entiende de encuestas electorales. Tan sólo vota. Al menos antes lo hacía.

El "indignante" populismo del nuevo PP

Editorial de Libertad Digital

Hubo un tiempo en el que el PP enarboló dos banderas en torno a las que se identificaron millones de españoles: la unidad de España y el liberalismo económico. Con mayor o menor coherencia, estaba claro que esos eran los dos principios sobre los que en última instancia descansaba su programa electoral.

Eran, desde luego, otros tiempos. Desde que hace tres años en Elche Rajoy invitara a liberales y conservadores a marcharse del partido, la inmensa mayoría de los cuadros intermedios de la formación política, carentes de convicciones y deseosos de mullidos sillones, pasaron rápidamente a abrazar lo que José María Lassalle denominó "liberalismo simpático", que no era más que el batiburrillo ideológico intervencionista resultante de retorcer el pensamiento de algunos clásicos liberales (como Adam Smith) unido a las ideas de otros pensadores antiliberales (como John Rawls).

A partir de ahí, el PP ha ido degenerando hacia un centrismo populista y oportunista, muy acorde al espíritu zapateriano de los tiempos. Ha habido, sin duda alguna, honrosas excepciones, muy en particular en la Comunidad de Madrid y en torno al espíritu del "No me resigno" que el otro día Esperanza Aguirre se encargó afortunadamente de resucitar. Pero en general el partido ha renunciado a tener convicciones o, peor, ha hecho suyas las convicciones de la izquierda.

Ahí estaba, por ejemplo, el caso de Nacho Uriarte, quien durante cuatro años y medio ha presidido las Nuevas Generaciones del PP. Dejando de lado que la sección de "juventudes" de todo partido político debería desaparecer (¿qué sentido tiene politizar, en el peor sentido de la palabra, a los individuos desde su más temprana adolescencia?), lo cierto es que las NNGG se adaptaron perfectamente a la mentalidad rajoyana de diluir la ideología, de no tomar partido por nada salvo para ayudar al PSOE. El propio Nacho Uriarte lo resumió perfectamente al decir que "me gustaría en vez de oír tanto ‘soy liberal’, escuchar ‘soy del PP’".

Ayer Uriarte abandonó en Zaragoza la presidencia de Nuevas Generaciones, pero no parece que esta organización vaya a cambiar demasiado de coordenadas. Sin ir más lejos, el secretario de Comunicación del PP, Esteban González Pons, ha hecho toda una declaración de principios en ese Congreso de Zaragoza: la lectura que ha utilizado para arengar a los militantes más jóvenes de la formación política es el panfleto de extrema izquierda Indignaos de Stéphane Hessel, conocido antisemita que en más de una ocasión ha disculpado las atrocidades del comunismo. No sólo eso, Pons ha hecho gala de una retórica típicamente peronista al denunciar el contubernio entre el Gobierno y la "gran banca", al criticar el reparto de bonus por parte de las "grandes empresas" o al definir al PP como el "partido de los currantes".

Es lo que sucede cuando se abandonan los principios, los valores y las convicciones y se los sustituye por el populismo descarnado: que terminas siendo arrastrado por la ideología que, para nuestra desgracia, mayor éxito propagandístico ha tenido en toda la historia, el socialismo. ¿Es esto, la reencarnación de Zapatero, lo que nos depara el nuevo PP?

Asqueado

Alfonso Ussía en La Razón

A Lola Flores, por burlar con torpeza al fisco, le pidió el Fiscal diez años de cárcel. A Troitiño, cada asesinado le ha salido por un año. Entiendo que en nuestra sociedad buenista y devastada, pedir el cumplimiento íntegro de las penas o la cadena perpetua –revisable o no–, puede considerarse una provocación inadmisible. Bueno, pues yo la pido. Tengo el derecho a hacerlo. Soy una voz, un impulso individual, pero no me sale el silencio ante tanto asco, tanta podredumbre política, tanta componenda eventual y tanta porquería gubernativa. Tampoco ante tanta cobardía judicial.

viernes, 15 de abril de 2011

La tentación totalitaria de la censura

Editorial de Libertad Digital

Pocas cosas demuestran más a las claras que un país está recorriendo el camino de servidumbre del que hablaba Hayek que la intromisión de los poderes estatales en los medios de comunicación. En esto, como en tantas cosas relacionadas con el totalitarismo, el ejemplo venezolano es extremadamente clarificador. Pero como las libertades pueden ser recortadas gradualmente, no debería ser necesario que se llegue al extremo de cerrar una televisión o un periódico para que salte la alarma.

La queja del Partido Popular de la Comunidad Valenciana, léase Camps, contra varias televisiones por emplear términos como "corrupción" e "implicados" demuestra lo poco que le gusta a una parte de la casta política la existencia de una prensa libre. Evidentemente, a Camps y los suyos les haría feliz no salir en los papeles que hablen de la trama Gürtel, aunque para lograrlo quizá debieran viajar en el tiempo para deshacer ciertos hechos de su pasado. Como no parece posible, la única alternativa es que no se pueda contar y de la ignorancia llegue la felicidad. La suya, al menos.

Con todo, esta inadmisible injerencia en la libertad de informar sobre la trama Gürtel no deja de ser un síntoma. Porque el PP ha forzado la retirada de la queja, pero apoyó con su voto un atropello mucho más grave, tanto más preocupante por cuanto fue aprobado en el Congreso por consenso. La nueva ley electoral obliga a las televisiones privadas a repartir el tiempo que dedican en sus informativos, entrevistas y tertulias a los distintos partidos políticos dependiendo de sus resultados en las elecciones pasadas. Una norma que obliga a empresas privadas a someterse a las instrucciones políticas en época electoral, cuando más necesaria es la información libre, supone una intromisión inadmisible de una casta que, una vez más, se ha puesto de acuerdo cuando de defender y ampliar sus privilegios se trata.

Como siempre, la excusa con la que se aprueba no puede sonar mejor: se trata de garantizar el pluralismo político. Del mismo modo, la obligación que se impuso a las radios norteamericanas de dividir sus tiempos en igualdad a los candidatos se denominó "doctrina de la imparcialidad". Cuando de limitar la libertad se trata, los políticos siempre encontrarán palabras bonitas que les permita justificarse. Pero ser ciudadano consiste, en buena medida, en no dejarse engañar. Y para lograrlo resulta imprescindible la libertad de expresión que tan poco gusta a tantos políticos.

ETA, 1984

Cristina Losada en Libertad Digital

La reescritura de esa historia ya está en marcha. Hace algunos años, un hijo de Fernando Múgica declaró: "Se tiene que saber quiénes son las víctimas, sus nombres y apellidos, su historia anónima de persecución, de humillación y de ofensa. (...) Hay que saber quién murió y quién mató". Se hubiera dicho entonces que era una demanda redundante, que estaba claro quién había matado e incluso quiénes eran cómplices y quiénes compañeros de viaje. Parecía que la aduana democrática había levantado, al fin, una frontera inexpugnable entre los criminales y las víctimas. Y que las víctimas habían salido, definitivamente, de su anterior condición invisible. Pues no. El partido de Múgica y de tantos otros asesinados acaba de derribar aquella nítida barrera. Lo ha hecho al promover el reconocimiento de las "víctimas policiales".

En un Estado de Derecho, los abusos cometidos por agentes de las fuerzas de seguridad se sustancian en los tribunales. El parlamento vasco, sin embargo, ha decidido conceder a ciertos afectados un reconocimiento institucional e idéntica atención que a las víctimas de ETA. Entiéndase: no se conferirá ese rango a cualquier detenido que fue maltratado en comisaría, pero sí al presunto simpatizante de ETA al que le ocurriera eso mismo. Ah, es "violencia de motivación política". Así, bajo ese extraño paraguas, el Gobierno de Patxi López agrupará a un nuevo colectivo de víctimas; uno paralelo, uno que representará al otro "bando" –el otro bando de la guerra–, y que será exactamente igual a las víctimas de ETA en razón del sufrimiento. Unas víctimas taparán a las otras, y las de ETA serán indistinguibles, invisibles, de nuevo.

Como quien no quiere la cosa, se ha dado el primer paso para oficializar el relato del "conflicto vasco" que hasta ahora difundía en exclusiva el nacionalismo. Y todos los partidos menos uno han dado el plácet. Como quien no quiere la cosa, se ha precipitado un cambio radical en la esencia del pasado y en la configuración del futuro, que para eso trabajan los Winston Smith de turno. La consagración de "las otras víctimas" no sólo conduce a la anulación de las víctimas de ETA. Significa reemplazar el paradigma de vencedores y vencidos por el de "todos perdedores" y sustituir el lenguaje de la democracia, la ley y la justicia por la retórica afectiva: no importa quién murió y quién mató, sino que unos y otros comparten sufrimiento. De ahí a la impunidad, al perdón que sella la reconciliación entre sufrientes, no queda nada.

La mentalidad anticapitalista: ignorancia, envidia y odio

Domingo Soriano en Libertad Digital

Decía Jean-François Revel en La gran mascarada: "Lo que marca el fracaso del comunismo no es la caída del Muro de Berlín en 1989, sino su construcción en 1961". Como casi siempre, estaba en lo cierto el gran pensador francés.

Ninguna imagen puede explicar mejor la diferencia entre el capitalismo y el comunismo que esa enorme pared de hormigón de 42 kilómetros de largo, custodiada por miles de vopos y que más de 100.000 ciudadanos de la extinta Alemania Oriental intentaron cruzar, jugándose la vida, en sus casi cuatro décadas de vergonzosa existencia. Cinco años antes de que la pusieran en pie, Ludwig von Mises escribía uno de sus más deliciosos panfletos: La mentalidad anticapitalista, que me dispongo a comentar.

El autor de La acción humana gustaba de mezclar los grandes tratados filosófico-económicos con pequeñas obras (la que hoy nos ocupa apenas supera las 100 páginas) monográficas, en las que diseccionaba la sociedad, la política, el mercado o la historia. En este caso, el autor austriaco se centra en desentrañar uno de los interrogantes más complicados de resolver para los liberales: ¿qué se esconde detrás de la ideología anticapitalista?

Parece evidente, para todo aquel que reflexione mínimamente, que la humanidad ha mejorado sus niveles de vida de forma sorprendente en los últimos dos siglos. Da igual qué indicador se analice (riqueza, esperanza de vida, bienestar general, avances científicos,...), en estos doscientos años hemos avanzado más, mucho más, que en todos los milenios anteriores. Y habría que ser muy ciego para no percibir que es precisamente allí donde más se han cuidado las instituciones inherentes al capitalismo (la libertad, la empresa, la propiedad privada...) donde más incidencia ha tenido ese crecimiento, que ha esparcido sus beneficios sobre toda la especie humana.

¿Cómo puede ser, entonces, que aún haya quien defienda que se vive mejor en La Habana que en Miami, en Pyongyang que en Seúl? A explicarlo dedica Mises esta obra, que ahora reedita, con acierto, Unión Editorial. Porque aunque hace más de veinte años que cayó el Muro, la crisis ha vuelto a poner de moda a los profetas anticapitalistas, que denuncian el sistema que les proporciona los ordenadores con los que escriben, los medios de comunicación desde los que se expresan y los transportes que les llevan, de protesta en protesta, por todos los rincones del globo.

Mises comienza con un directo al mentón, al asegurar en el primer párrafo que si algo caracteriza al capitalismo es que beneficia, especialmente, a "aquellos desgraciados que a lo largo de la historia formaron siempre el rebaño de esclavos y siervos", y que por él se transformaron en los compradores cortejados por los hombres de negocios, en el cliente que siempre tiene la razón. A pesar de la retórica antiliberal, que dibuja un escenario idílico en los siglos previos a la Revolución Industrial, con pastorcillos, granjas estupendas y honrados artesanos agrupados en gremios, lo cierto es que nunca vivieron mejor las grandes masas que bajo el capitalismo, que, al contrario de lo que tantos piensan, "desproletariza a los trabajadores, aburguesándolos a base de bienes y servicios", que "vierte sobre el hombre común un cuerno de abundancia (...), poniendo al alcance de millones de personas comodidades que hace poco eran asequibles a reducidas élites".

Ahora bien, como señala Mises, nada de esto es evidente, por mucho que pensemos lo contrario los defensores del libre mercado. "Aun en el apogeo del liberalismo pocos comprendieron realmente los mecanismos de la economía de mercado", recuerda el sabio austriaco; y es que se generó una suerte de pensamiento global que creía en "la existencia de un impulso automático que haría progresar a la humanidad".

"El sindicalista americano considera natural el nivel de vida del que disfruta", anota aquí Mises, y nosotros pensamos, por ejemplo, en el progresista que grita contra la maldad de las grandes corporaciones y la globalización sin preguntarse –o callándose– de dónde salieron los bienes que le facilitan su queja.

Los anticapitalistas defienden una utopía que nunca existió y atacan un sistema imperfecto, como la vida misma, pero incomparablemente mejor que ningún otro conocido. ¿Por qué? Mises da tres claves: ignorancia, envidia y odio. La ignorancia de quien piensa que si vive mejor que sus padres es porque así lo ha decidido "un ente mítico llamado progreso". La envidia de quien se ve superado por otros, en un sistema en el que la posición de cada uno depende de la valoración de los demás. Y el odio del que se siente "humillado por quienes le superan", que es el mismo que primero envidia, sí.

El anticapitalismo es un cóctel explosivo que provoca que "la mayoría de los intelectuales, políticos –y muchos votantes– no ansíen otra cosa que destruir el sistema" que les permite protestar. Ninguno de esos furiosos anticapitalistas se marcha a vivir a La Habana, Caracas o Pyongyang. Qué curioso.

Ninguno de esos tipos exquisitos parece preguntarse por qué murieron 136 personas intentando cruzar el infame muro que partió Berlín en dos. Ni por qué la dictadura comunista alemana consideró oportuno erigirlo. Del Paraíso no se podía escapar. Ni por qué los alemanes que quedaron del lado occidental prosperaban mientras sus compatriotas del este se hundían en la miseria. Aparentemente, sólo les separaban unos metros; en realidad, la distancia era infinita, la que va de la libertad (capitalismo) a la opresión (comunismo).

Desgraciadamente, aún hoy, muchos de nuestros más conocidos intelectuales, periodistas o escritores no han comenzado, siquiera, a recorrer ese camino.

LUDWIG VON MISES: LA MENTALIDAD ANTICAPITALISTA. Unión Editorial (Madrid), 2011 (1ª ed. 1956), 110 páginas.

La muy nefasta República

Humberto Vadillo en Libertad Digital

La historia de España cuenta con pocos episodios tan deplorables como el de la II República. Fernando VII, seguro. Los Pactos de Familia con la Francia borbónica, quizá.

Llegó de modo, cuanto menos, dudoso. El 14 de abril los republicanos perdieron, por mucho, unas elecciones que ni siquiera eran generales sino municipales y cambiaron el Régimen, con Comité Revolucionario incluido, sólo mediante la aquiescencia cobarde de Su Majestad en forma de huida a medianoche. En lo económico la República fue desastrosa, como ayer mismo explicaba en Tercera de ABC el maestro Juan Velarde: hundió el poder adquisitivo de los campesinos, incrementó espectacularmente el paro en las ciudades, empobreció al país y acentuó intervencionismo y corporativismo. En lo político la mayoría de derechos y libertades ciudadanos ya habían sido promulgados por la Restauración salvo el voto femenino al que se opusieron con fiereza y, afortunadamente sin éxito, las izquierdas.

Lo único que verdaderamente promovió la República fue el enfrentamiento entre españoles. A partir de 1934 la izquierda comenzó a impulsar un enfrentamiento civil convencida de ganarlo para instaurar un estado socialista y revolucionario. El asesinato de Calvo Sotelo a manos de los guardaespaldas del socialista Indalecio Prieto no hizo sino prender una mecha que algunos llevaban ya dos años tendiendo cuidadosamente.

Pero pierden la guerra y a partir de 1939 se pone en marcha un curioso fenómeno de "santificación de la República": se olvida la catástrofe económica, se encala Casas Viejas, se maquilla el comunismo creciente y se bendice, si hace falta, la quema de conventos. A partir de los años sesenta, con el progresivo "entuñonamiento" de la historiografía española, el proceso es, ya, imparable.

La II República se convierte así en el único referente histórico permitido a los españoles. Olvidado el Medievo, se desdeñan Descubrimiento y Conquista de América por imperialistas pero sobre todo por católicos, se acepta, entera, la Leyenda Negra y desde Felipe II se describe una implacable decadencia que nos deposita a orillas de 1931 para que emerja, salvadora, la República, como la verdad del pozo. El siglo XIX queda reducido a rigodón de espadones rijosos y la admirable Restauración al "turnismo": un circo de pulgas de tres pistas con Cánovas fungiendo de empresario.

Así las cosas, la II República comienza a funcionar como mito arcádico y fundacional. Políticamente sólo es legítimo lo que de su espíritu proceda. Esto, por supuesto, no ocurre por casualidad. Su función es otorgar a la izquierda una legitimidad que sabrá explotar a fondo y hasta hoy. Y si la izquierda emergió, políticamente por completo armada, de la cabeza de la República, quien se oponga a ella ha de proceder por fuerza de la Guerra Civil y del franquismo.

Articular una oposición ideológica, cultural y electoral al socialismo pasa en España por trenzar tres componentes heterogéneos: España, liberalismo y catolicismo. La función del mito republicano consiste en prohibir a la derecha española el uso de dos de esos hilos. En la mayoría de los casos ya se encarga ella sola de renunciar al liberalismo.

De ahí que el socialismo haya dedicado lo mejor de sus esfuerzos a jibarizar la idea de España y a impedir cualquier participación de los católicos como tales en la vida pública. De ahí el error de una derecha que ha aceptado mansamente estas reglas del juego que la condenan a gobernar exclusivamente cuando los socialistas, ahora como con Felipe han excedido todo límite de incompetencia y corrupción.

Para la izquierda, la historia de España comienza un 14 de abril de 1931 y termina, según convenga, en el 36 o en el 39. Eso es todo. Sólo del pozo de la II República puede extraerse legitimidad histórico-política y es todo suyo.

'Haciendo de República', así que pasen ochenta años

Mario Noya en Libertad Digital

Nada mejor, en estos días de abril reventones de melancolía, que darse a la lectura de Haciendo de República, el clásico de Camba del año 34 que parece escrito para esta hora nuestra posmoderna, en que hacemos como podemos de Monarquía parlamentaria.

Camba era un señor muy suyo y muy escéptico, revenido y cuasi alérgico a las efusiones colectivas. Así que el 14 de abril del año 31, Día del Advenimiento para la grey republicana, él, en vez de ponerse bien de fervorines, se tomó las cosas con circunspección y mucha calma. Qué coño, lo cierto es que se preocupó, porque conocía el paño del que estaban malhechos quienes se encaramaron a las poltronas. "Los intelectuales han triunfado totalmente. Y esto será la muerte de la República", le vaticinará enseguida a Josep Pla.

Los intelectuales no saben más que escribir libros y papeles. No saben nada de nada. El relumbrón de la letra impresa, generalmente copiada, se ha impuesto. Antes en las embajadas había unos viejos routiers administrativos que sabían el sistema. Ahora, nada: ignorancia total, sistemática y definitiva.

Camba, que no consiguió desentrañar la "relación misteriosa" que en las revoluciones vincula "la capacidad para gobernar un país y la capacidad para estarse en el café cuatro o cinco horas diarias", sabía con Valle-Inclán que aquel 14 de abril España no había saltado de la cama irradiando republicanismo tras pasarse la noche de los tiempos yaciendo complacida con testas coronadas.

Aquel voto, más que un voto en pro, fue un voto en contra [un momento: recuerden o sepan que aquellas elecciones municipales las ganó la Monarquía]; pero no sólo en contra del rey, como es opinión corriente, sino en contra de todo un sistema que le tenía harto y que equivalía, en política, al pollo de los hoteles en gastronomía o al tango argentino en música. Era un sistema que se repetía a sí mismo con una monotonía desesperante. Un sistema chabacano y ramplón de tópicos, de ratimagos, de frases hechas y de actitudes estudiadas, en el que entraban por igual monárquicos y republicanos e izquierdas y derechas. Un sistema, en fin, del que se había escamoteado la realidad y en el que no quedaba más que eso que los franceses llaman métier; es decir, los trucos, las artimañas del oficio.

A su juicio de gallego agudísimo y mordaz, dotado de un sentido común extraordinario, el españolito de a pie o en mula ya estaba "cansado de andar a la greña con sus Gobiernos" y lo que en el fondo deseaba era "ayudarlos lealmente".

Lo que pasa es que no se fía. Quiere jugar limpio; pero ve que el banquero juega sucio, y entonces él sigue sacándose ases de la manga. Habría que dar la sensación de que por fin no se venía a asegurar el porvenir de los sobrinillos, sino a trabajar en serio y de buena fe por el país (...); y esta sensación nunca se le hubiera podido dar mejor que a raíz de un cambio de régimen.

"Por esto he deseado yo a veces que cambiase el régimen político de España", agregaba él, para despejar equívocos y reafirmarse en el posibilismo; "pero no porque me sintiera republicano. Republicano, como digo, no lo fui nunca". Menos lo sería a partir del mero 31, Año Uno para los tres fanáticos y los cienmil conversos. Ese posibilismo dio paso al pesimismo y, en el final fatídico, a la amargura.

Bajo la República, como bajo la Monarquía, la sopa del español sigue estando fría y el gazpacho templado, y quien habla de la sopa fría y del gazpacho templado habla de una Constitución liberal con una apostilla dictatorial y de tantas otras cosas por el estilo.

Camba llevaba fatal la ristra de ismos que no tenía más remedio que asociar al nuevo régimen: oportunismo, fanatismo, dilentantismo, esnobismo, adanismo; claro que caciquismo (¡y enchufismo, neologismo!), anticlericalismo, cainismo. Cinismo. Tan jóvenes y tan viejos, eran esos modernos:

(...) nuestros republicanos son unos señores de la época del candil que, no habiendo logrado implantar en su tiempo el quinqué de petróleo, han hecho una revolución para imponérnoslo ahora, cuando todo el mundo se alumbra por medio de la electricidad.

Igual les suena de algo todo esto. Lo mismo reconocen el aroma. Qué no pensarán cuando lean las páginas que dedica Camba a "los pobres magnates del socialismo español, condenados a predicar la revolución social para seguir disfrutando los encantos de la vida burguesa" (¡Leyre-leyre-leyre y Bibiana Aída con la puña en alta en Rodiezma!); a los mustios tipos sin oficio ni beneficio que, tras amorrarse al caño de la pública mamandurria, van por ahí despampanando, "con las mejillas sonrosadas, los ojos brillantes, el traje a la última moda y los tacones de los zapatos en toda su correcta integridad" (¡sindicalistos y cofrades de la patronal!); ¡al Estatuto de Cataluña!

Un día, al final de cierta sesión nocturna, don José Ortega y Gasset apareció en el salón de sesiones del Congreso, donde, con voz débil y ademán vacilante, porque su salud se encontraba entonces bastante quebrantada, declaró que los conceptos de autonomía y federalismo no eran conceptos análogos, sino conceptos opuestos. Para decir una cosa tan sencilla, tuvimos que sacar de la cama con toda urgencia, hacia las cuatro o cinco de la madrugada, al filósofo máximo de la nación, llevándolo a la plaza de las Cortes poco menos que en unas parihuelas; y es que, sencilla y todo, esa cosa no la sabía nadie en el Congreso. Para aquellos energúmenos era lo mismo ensamblar las piezas de un puzzle, a fin de formar un cuadro, que coger un cuadro y hacerlo añicos, al objeto de crear un puzzle, y era igual buscar un aumento de poder en la unión con otros países que desmembrar el territorio nacional en regiones más o menos independientes.

No se hablaba entonces más que del Estatuto de Cataluña, compromiso de honor de la República, porque algunos catalanes, reunidos un día con otros señores en un café de San Sebastián, dijeron que ellos no contribuirían a la revolución si no se les prometía el Estatuto, y aunque la revolución no la hizo nadie y la República vino sola, los señores del café acordaron:

  • Primero. Que ellos tenían que encargarse de la gobernabilidad del Estado, porque para eso habían resuelto traer la República por medio de la revolución; y
  • Segundo. Que, pasara lo que pasara, el Estatuto catalán estaba por encima de todo.

No hubo medio humano de hacer rectificar al Gobierno, por lejos que fue la indignación de las gentes. Don Manuel Azaña hacía grandes aspavientos ante lo que, a su juicio, constituía un caso manifiesto de incomprensión colectiva, y en un discurso memorable declaró que, después de todo, España no es, realmente, un país unitario, y que la unidad nacional carece de tradición entre nosotros. ¿Qué les parece a ustedes?

Qué nos va a parecer, don Julio, ochenta años después. Con un presidente que te alecciona que, en tratándose de España, el de nación es un concepto discutido y discutible y con un presidente del Congreso que hace gala de patriotismo cinco jotas pero al que le toca las jónadas ver una enseña nacional talla XXXL presidiendo la plaza que dedica Madrid al Descubridor, el Genocidia para los socios predilectos del Gobierno de España (ah, no, queara no toca).

"El tren de Villagarcía", las Constituyentes que parieron un ratón que los iluminados adiestraron para el liberticidio, "El pueblo, los pueblos y las Casas del Pueblo", la furia anticatólica, el divorcio, la pena de muerte y la secularización de los cementerios. "Lo que pudo hacerse". Nada escapa a la pluma de Camba, gallego que no se quita de en medio. Casas Viejas:

Ya puede la República mandar sus vestiduras al tinte. La sangre de Casas Viejas las empapó de tal modo, que no hay procedimiento químico ni político capaz de darles una apariencia decente.

Camba pasó del posibilismo al pesimismo y de ahí a la amargura, escribí antes. Escribió entonces, cediendo –un escéptico– al desencanto: "La República es el fenómeno más desmoralizador que se ha producido en España desde hace muchísimo tiempo". Porque la República no era la República sino la Esperanza. "Ya no podemos, como antes, en nuestros momentos de irritación contra lo existente, tomarnos dos copas y gritar '¡Viva la República!', porque hoy este grito carecería totalmente de sentido".

Tampoco se detuvo en la amargura. Ya en la guerra, en el ABC de Sevilla –o sea, el nacional–, verterá hiel, vitriolo puro sobre el padre fáustico de la criatura tarada:

De ser ciertos los rumores en circulación, Azaña quiere pegarse un tiro, y, con todo el respeto que me ha inspirado siempre la vida ajena, diré que la idea no me parece completamente mala. Más cuerdo, sin embargo, más sensato y más puesto en razón me parecería todavía el que ese desgraciado se volviera loco de una vez y acabara su triste experiencia sujeto por una camisa de fuerza.

Hay pajarracos siniestros que viven siempre en la obscuridad y que, según la creencia popular, auguran males sin cuento cuando salen por azar a la luz del sol. Azaña es uno de esos pajarracos de mal agüero, y yo no sé qué potencia demoníaca lo arrancó un día de su covachuela del Ministerio de Gracia y Justicia, negociado de últimas voluntades, para ponerlo en el primer plano de nuestra vida pública, pero desde entonces no ha habido en España sosiego, cordialidad ni alegría. (...) Azaña fue la discordia, el rencor, la división en bandos irreconciliables, la envidia y el secretismo. (...) Yo creo que, en su enorme engreimiento, el monstruo no se daba cuenta de nada, imaginándose, por el contrario, que, bajo su dominio, España sería siempre una balsa de aceite. (...) Indudablemente, Azaña nació bajo un signo fatídico, y si muriese de una manera normal nuestra decepción no estaría determinada tan sólo por un deseo de justicia, sino también, y en grandísima parte, por un sentimiento instintivo de ponderación y armonía. Un monstruo no puede morir de una manera normal, así como la luna no puede caerse en un pozo.

De principio a fin, la República fue un resentimiento, acción y efecto de resentirse, tener sentimiento, pesar o enojo por algo. Los orgullosos nietos de los que, tras maltratarla y violarla, la asesinaron, andan ahora poniéndole flores sobre el osario.

JULIO CAMBA: HACIENDO DE REPÚBLICA Y ARTÍCULOS SOBRE LA GUERRA CIVIL. Libros del Silencio (Barcelona), 2010, 381 páginas.

Los rancios republicanos

Carlos Herrera en ABC

Ayer, 14 de abril, los nostálgicos de la época menos merecedora de evocación de la Historia de España, vivieron un día a caballo entre la melancolía y la impotencia. Ayer, ochenta aniversario de la proclamación de la Segunda República española, un puñado de individuos con el reloj retrasado recordó, festiva y reivindicativamente, el día en el que la España agotada del primer tercio del siglo XX se lanzó a la calle a proclamar una fallida experiencia política víctima de todo tipo de extremismos. La República en España va ligada, invariablemente, a la intransigencia, al sectarismo, a la violencia y al desvarío. Todo ello dicho con perdón. La Primera fue un sainete cómico en el que sucumbieron hombres de probada calidad como Figueras o Salmerón y la Segunda se convirtió en un infierno en el que perecieron nombres que en cualquier momento de la historia de este viejo país hubieran brindado páginas estimables para el devenir comunitario. Hoy en día, qué decir, abjurar de un periodo especialmente cainita de nuestro acontecer colectivo es merecedor de las miradas más sospechosas y de las consideraciones más sectarias por parte de los guardianes de la corrección política española. Parece como si abjurar de algo que enfrentó, violentó y masacró a españoles de diferente signo sea un pecado capital, pero el republicanismo, tan respetable por otra parte, comporta en España una alienación difícil de comprender en parámetros actuales: inevitablemente, todo republicano tiende a equiparar el periodo entre los años treinta y uno y treinta y seis a una suerte de Nirvana en cuyo seno se produjo el progreso deseable para cualquier nación. La República española, la Segunda, proclamó a las pocas horas de nacer su propio epitafio de intransigencia, su sectarismo incontrolable y, lamentablemente, su debilidad inevitable ante los extremismos que la sometieron desde el primer momento: no la dejaron vivir precisamente aquellos que resultan ser los padres de quienes hoy más la reivindican. Es muy progre ser republicano y pasear con la bandera tricolor por los diferentes espacios de manifestación política de España, sea para reivindicar el nuevo curso de un río o el replanteamiento de la política autonómica, pero no deja de ser un anacronismo histórico volver cromáticamente a un tiempo en el que ser español resultaba dolorosamente complicado. La Segunda República no pasó de ser un tiempo en el que unos españoles engrasaron la ira contra los contrarios y pusieron en marcha los más siniestros mecanismos de laminación incendiaria. Aquellos que hoy más la reivindican pertenecen ideológicamente a los grupos que de forma más contundente la hicieron inviable, se levantaron contra ella o, directamente, la reventaron desde dentro. Reivindicar hoy, metidos de lleno en el siglo XXI, un período de sangre y fuego, convulso, vengador, irascible, intolerante e improductivo, no es más que mostrar la impotencia de quien no ha sabido digerir la historia propia. Poco servicio se hace a la colectividad moderna de España por parte de aquellos que hoy lloran, como si les fuese algo en ello, la desaparición de un infierno pasajero que dejó, principalmente, enfrentamiento y pendencias entre hermanos y compatriotas.

La Monarquía constitucional ha aportado grandes servicios a la convivencia. Andarse a estas alturas con ensoñaciones absurdas es ser, inevitablemente, un rancio sin futuro.

El leviatán en la mercería

Hermann Tertsch en ABC

España llegó a ser la octava potencia económica del mundo y es aún, pese a lo que se castiga a sí misma, una potencia media europea. Su estado, paternalista, metomentodo y rapaz, da empleo y comida a millones, cobra tributos con puntualidad teutona y eficacia cruel, hace carreteras, tiene aviones para que viajen los ministros, manda soldados muy lejos y hasta organiza cenas sin que se le queme el puré. Y sin embargo, ningún español se puede sustraer a la impresión de que nuestro Estado funciona como la mercería de la tía Rosita. Y cuando este Estado comete un error —casi siempre en perjuicio de sus maltratados súbditos— siempre recurre nada menos que a su carácter humano para justificarlo. De repente todos muy humanos. Ya saben, puede pasar. Hoy por ti, mañana por mí —Oiga, no: hoy por ti, mañana por ti y siempre por ti—. Para a continuación volverse a poner la cara de todopoderoso, mas justo Leviatán. Que irrumpe en las vidas de todos con sus pretensiones regulatorias, su crueldad ordenancista, sus caprichos experimentales y su infatigable vocación confiscatoria.

En estos últimos años hemos asistido a un proceso realmente curioso. Mientras el Leviatán ha crecido sin cesar en pretensiones, arrogancia, caprichos, voluntad intimidatoria y auténtica mala fe hacia sus administrados, cada día que pasaba adquiría más características de la entrañable mercería de la tía Rosita. En la que se perdían los pedidos y las cuentas con tanta facilidad como los botones y alfileres. Y donde todos los errores son justificados al gritito del susto impostado ¡ay, qué cabeza la mía! No vamos a hacer sangre ahora con algunos de los peores sustos de la tía Rosita cuando se va de viaje. Como el del miércoles, cuando nos hizo saber que les habíamos distraído a los chinos 9.000 millones de euros para las Cajas de Ahorros. Los pobres comunistas chinos —que. por cierto, deben de pensar que a Doña Rosita le parece bien que encarcelen, torturen y si es menester ejecuten a sus demócratas—, los pobres chinos, digo, se enteraron por la Prensa española de lo generosos —o insensatos— que habían sido. Se alarmaron y miraron los bolsillos. Y cuando vieron que la visita se había ido, hicieron saber al mundo que de 9.000 millones, naranjas de la china. Seguro que pensaron estos gestores chinos de sangre fría, que mueven los millones del superávit con la muñeca acostumbrada al tiro en la nuca, que dada la seriedad y la solvencia de la que hacen gala doña Rosita y su tropita, es recomendable darle más de una vuelta a eso de invertir dinero donde puedan meter mano éstos.

Pero el caso que admite hoy menos bromas entre los despistes y el tontiloquismo de nuestro Estado y su augusto piloto, es ese error excesivamente humano que ha permitido que se vaya a casa a brindar en el balcón un miserable asesino sin siquiera haber cumplido los 30 años que debía por sus veintidós asesinatos. No parece mucho pedir. A 14 meses el muerto yo sé de muchos a los que les saldrían las cuentas. Habría sólo que preguntar si nos van a mirar con tan buenos ojos en el Tribunal Constitucional como para recibir igual trato. Nos dicen voces juiciosas que ha sido «un error humano». Que la Fiscalía intenta ahora reparar, se dice. Parece que nadie pensó que convendría informar al fiscal que ponían en la calle al personaje y le ahorraban, justo ahora que los «batasunos» malos se vuelven «sortus» buenos, seis años de condena. ¡Qué cabecita, doña Rosita! Como siempre en la mercería, equivocándose en la cuenta a su favor.

jueves, 14 de abril de 2011

El panorama

Bernd Dietz en Libertad Digital

Echan la vieja película. Los de la izquierda radical tirándose fotos junto a sus mariscadas y sus meretrices cubanas, con esa ufanía sobrecompensatoria de quienes versionan proletariamente a Berlusconi a costa del contribuyente. Los de la izquierda de rostro humano (¡como si fuese menos humano matar que robar, ir de VIP de las investigaciones marxistas que montarse una hípica!) afanándose en desplumar presupuestos, trasegar comisiones y repartir entre los parientes. Y los de derecha, trufadas sus listas electorales de presuntos mangantes para no acomplejar el rival, incurriendo en un engolamiento repipi que torna superfluo al peor comicastro de la Sexta. Paralelamente tenemos los merenderos a rebosar, los rousseaunianos catódicos malmetiendo a tope y los teledirigidos ni-nis (refrito y némesis de nuestra vacuidad) exigiendo su derecho divino a una vida muelle que costeen los ahorradores. Progresismo puro.

Zetapé coge aire. Se va sin irse, por ver qué naipes aún puedan caerle. No se concibe más taimado que el resto. Ni menos manitas. Además él no miente, aclara Valenciano. Faltaría más. Tampoco gozaría la ciudadanía de tantísima veracidad y honradez de no arrimar el hombro Rubalcaba. Si puede parecer que ofende a la decencia con desgarbo asténico y ojillos de áspid es porque anda estresado. Los españoles tampoco mentimos, ni hacemos trampas, ni sabemos de picaresca. Qué va. Por eso nos encogemos de hombros cuando Bono le guarda las espaldas a Chaves, los jueces rizan rizos, el Borbón borbonea y Rajoy espera fumando, cual Sarita Montiel. Según aprendieron de Franco, ninguno se mete en política, error de mal gusto que a nada conduce. ¡Con lo bonito y tradicional que es el decoro, hacer brindis al sol, abjurar del capitalismo protestante y tirarle besos a la patrona local!

Comprendamos a nuestros estadistas, porque son lo que los de abajo querríamos ser, ordeñadores de ubre oficial. ¡Con la cantidad de amiguitos que esperan un detalle! Un ERE insignificante. Iván y Paula somos todos. Este socialismo de MBA y boda rimbombante es la confluencia planetaria entre dinero público y cosecha privada. Lo moral se despacha crucificando a Sostres por apuntar obviedades. Recula hasta Pedrojota. Más le valdría haberse ciscado en algo fácil, como supo Rubianes y defendió Chacón, jamás en nuestra santurronería. Láctea reserva espiritual. Complicidad que nos constituye. Podremos seguir succionando hasta agotar existencias, que para eso marcan tendencia autoridades y demás tropa que mama del erario, al objeto de elucidarnos por qué no hace falta alarmarse ni enmendar conducta alguna. Con el sistema benditamente cooptado, aquí no levanta cabeza desafecto alguno. Si estalla la revolución, la comandamos nosotros.

Si alguien sabe, entiende o saca propuestas para mejorar, le paramos los pies. Por las buenas, ofreciéndole una mamandurria. O por las malas, haciéndole morder el polvo. Aquí las respuestas coherentes son tabú. O flatus vocis. La productividad, el sacrificio, el mérito, la exigencia, dominar otros idiomas, qué mal fario. Fomentemos los espectáculos de bandolerismo para que los guiris acudan a este parque temático en el que resplandece el sol, puedes emborracharte de sentimentalismo y te aturullan con duende. Con memoria histórica, que léase lo publicado por Arcadi Espada sobre el abuelito dime tú de Zarrías. Venga ya.

República sin republicanos

Fernando Díaz Villanueva en Libertad Digital

Han pasado 80 años desde la proclamación de la Segunda República. Los que nacieron entonces son ya, si es que han sobrevivido hasta el momento presente, venerables ancianos cuyos primeros recuerdos pertenecen más al primer franquismo que al breve paréntesis republicano. Por lo demás, apenas queda memoria viva de aquellos años cruciales, que partieron nuestra historia contemporánea en dos.

Ochenta años es mucho tiempo. Es, nada menos, la vida de un hombre que ha vivido mucho. En 1931 se celebró el octogésimo aniversario del ferrocarril Madrid-Aranjuez, inaugurado en pleno reinado de Isabel II. Para entonces nadie hablaba de ésta: la Chata pertenecía a una época lejana que nadie recordaba y que en poco o en nada influía sobre el presente.

Y aquí viene lo curioso: 80 años después de su proclamación, la República sigue estando en boca de todos, especialmente de los políticos y la intelectualidad de izquierda, que la reclaman como patrimonio propio: la tienen por un proyecto abortado antes de que pudiese fructificar por culpa de un malvado espadón –Francisco Franco– que cortó de cuajo las esperanzas de la nación entera.

Así de simple es la versión oficial y la que, dicho sea de paso, se inocula por vía intravenosa a los estudiantes de secundaria desde hace, por lo menos, tres décadas. La realidad, sin embargo, es algo más compleja y no tan heroica para las quejumbrosas huestes de la izquierda eterna. La República fracasó por otras causas bien distintas y Franco, en todo caso, lo único que hizo fue echar la firma sobre el certificado de defunción.

Probablemente lo hizo con genuina convicción, y de haber podido hubiera sido él mismo el encargado de rematarla. Pero no, Franco no acabó con la República. Cuando el general apareció en escena, el régimen ya estaba muerto. De la República quedaba un cadáver medio descompuesto que la izquierda paseaba ataviado, eso sí, con estola, túnica y gorrito frigio. Es difícil precisar la causa de la muerte, básicamente porque no se debió sólo a una enfermedad, sino a muchas que fue contrayendo desde el mismo momento de su nacimiento.

La misma concepción fue dolorosa. La Segunda República llegó de rebote, más por incomparecencia del contrario que por iniciativa propia. Aquello de que España se acostó monárquica y se levantó republicana no es cierto del todo. El país se acostó de mala gana monárquico y un pequeño grupo de intelectuales del Ateneo lo despertó a gritos republicanos a la mañana siguiente. En las elecciones municipales de abril de 1931 no ganaron los partidos republicanos, sino los monárquicos, aunque los primeros lo hicieron en las principales ciudades. El rey se sintió desautorizado por las urnas y se marchó casi por el mismo camino por el que había llegado su padre 57 años antes.

A partir de ahí todo fue una cadena de despropósitos, algunos voluntarios y otros accidentales. Los republicanos creyeron –y así se lo transmitieron a la gente– que con cambiar de forma de Estado bastaba, que eso solucionaría todos los problemas que arrastraba el país. Evidentemente, no fue así. A los Gobiernos de la República les tocó lidiar con una formidable depresión económica de alcance mundial. Las esperanzas que muchos depositaron en el nuevo régimen pronto se vieron defraudadas por la realidad y los innecesarios excesos de la casta gobernante.

Así sucedió, por ejemplo, entre 1931 y 1933. El país fue a menos y el Gobierno, creyendo que con la Ley en la mano podía arreglarlo todo, declaró la guerra a la Iglesia y a todo el que se opusiese a la República. Lo primero desató una ola de anticlericalismo –tolerado, cuando no promovido, por el propio Gobierno– que apartó para siempre a media España de la causa republicana. Lo segundo se tradujo en una Constitución revanchista y en una Ley para la Defensa de la República que castigaba severamente a los que osasen disentir con un régimen que presumía de liberal y liberador.

El resultado fue una radicalización progresiva en ambos extremos del espectro político, aunque más acentuada en la izquierda. A partir de 1933 los socialistas, que debieran haber sido uno de los soportes de la legalidad republicana, apostaron por bolchevizarse y apelar a la revolución en mítines, artículos y editoriales de prensa incendiarios. Al año siguiente el PSOE patrocinó un golpe de estado contra el Gobierno centro-derechista que fracasó estrepitosamente, pero que supo utilizar después como arma propagandística.

Las fraudulentas elecciones del 36 dieron la puntilla a todo el invento. La izquierda, ya completamente echada al monte, se apoderó del Congreso por las bravas e impuso su ley en la calle. No es casual que la mecha que encendió el levantamiento militar fuese el asesinato de José Calvo Sotelo, líder de la derechista Renovación Española, por parte del guardaespaldas de Indalecio Prieto, diputado del PSOE y ex ministro de Obras Públicas. Este episodio, ápice de una epidemia de pistolerismo político que azotaba las ciudades españolas, supuso el verdadero punto de no retorno.

La derecha, por su parte, se replegó en sí misma y empezó a acariciar la idea de un cuartelazo redentor que pusiese orden, a imagen y semejanza de los del siglo XIX. El primero, el de Sanjurjo en 1932, fue un fiasco; el segundo, el de los generales capitaneados por Mola en el 36, desembocó en una guerra civil en la que no se dirimía ya la cuestión republicana, sino dos visiones contrapuestas del mundo que chocaron violentamente.

Pero, por encima de todo lo anterior, lo que acabó con la Segunda República fue la falta de republicanos. Como en Weimar, nadie creía en aquel régimen. La derecha porque seguía siendo monárquica y la izquierda porque pronto devino revolucionaria. Ningún sistema político puede funcionar si sus garantes lo consideran ilegítimo. Quizá llegó demasiado pronto, o demasiado tarde; lo que es seguro es que la España de 1931 no deseaba una República como la que se proclamó aquel 14 de abril. Por eso fracasó.

Teoría del monoencaste español

Ignacio Ruiz Quintano en ABC

Cuando yo nací, todo el mundo gastaba bigotillo en procesión de hormigas a modo de tatuaje fascista. Y es que el fascismo, que en España, cuando no está prohibido, es obligatorio, era el monoencaste de la época, con su bigotillo y su forma (la misma para todos) de pensar, de leer y de decir.

Luego, entre el 77 y el 80, hubo dos o tres años de descanso, con una libertad pequeñita, como la que, entre clase y clase, se da en la escuela con el cambio de maestro, con Juanito tirándole una tiza a Pepito y robándole a Manolito el bocata de panceta.

Pero un día, donde había un yugo con flechas, pusieron un puño con rosa, y a todo el mundo le dio por gastar barbita esquiladita a modo de tatuaje progresista. Y es que el progresismo, que en España, cuando no está prohibido, es obligatorio, es el monoencaste de la época, con su barbita y su forma (la misma para todos) de pensar, de leer, de decir, y además, de mirar, de andar, de beber, de fumar…España siempre fue así. Fernández Flórez cuenta cómo a los hombres de su generación nunca les fue dado escribir como quisieran: lo mismo antes de la Dictadura de Primo que en la Dictadura de Primo que en la República de Azaña, razón por la cual opinaba de la libertad de expresión como aquel bohemio que, al oír a otro bohemio que los millonarios tomaban café con tostada todos los días, moderó, razonablemente:

—¡Hombre, todos los días… no será!

En el caso de la libertad de expresión (¡el derecho de todo hombre a ser honrado!, que dijera Martí), más bien ninguno, y todo por culpa de la cultura española del monoencaste, que viene de Quevedo, con su ciego llevando a cuestas al tullido, que «el mundo en estos dos está entendido»:

—Pues unos somos ciegos y otros cojos, ande el pie con el ojo remendado.

Y quien no lo vea claro en los hombres, que mire a los toros. San Isidro será la feria del monoencaste sobre la dulce sangre domesticada de Domecq, que permite a unos señores más feos que Picio encadenar posturas de falsos sultanes de Persia.

—Detrás va Pedro Domecq con dos sultanes de Persia.

Lorca dijo a Pemán que no sabía muy bien por qué en el funeral del Camborio iba Domecq, salvo el recordatorio de las etiquetas de Domecq en las juergas flamencas.

El monoencaste isidril supone el funeral de la tauromaquia: si ninguna oenegé se hace cargo de ellos, los toros fieros morirán de viejos en las dehesas como las liebres castellanas que veía Dumas al viajar. O como esos tipos verdaderamente geniales que todos conocemos y a los que nadie invita a las grandes ferias, para evitar el chirrido con el monoencaste. Y no estoy pensando en don Isabelo Herreros, que con la euforia del día anda convencido, el hombre, de que, para comer, el mejor régimen es la República.

El 14 de abril: aparece una pésima política económica

Juan Velarde Fuertes en ABC

Confieso que, como economista, me ha causado asombro que cualquier medio de comunicación decida conmemorar como algo que históricamente merece positivamente la pena el LXXX aniversario de la llegada de la II República española. Conviene, se ve que ante demasiados olvidos, recordar qué golpes sucesivos se dieron por aquel nuevo régimen político a nuestra economía.

En primer lugar, en relación con la agricultura. Esta suponía, en 1931, respecto al total del PIB, el 24'2%. Como señalaba Flores de Lemus, del resultado de las cosechas dependía, en «lo fundamental, la coyuntura de España en lo que ella tiene de específicamente española», y esta influencia relativa pasaba a ser «mucho mayor que cualquier otro factor de la coyuntura». Por eso, «del resultado de la producción en nuestros campos irradia el poder que anima o deprime durante el año la vida económica de la nación». La II República alcanzó el poder, como lo definió críticamente entonces el profesor Torres Martínez, con un mito: el del «pan barato». Como la cosecha de trigo de 1931 había sido mala, decidió Marcelino Domingo importar trigo argentino, sin percibir que la depresión mundial reinaba, que podía saltar a España, y además que, como anunciaba «El Norte de Castilla», con su muestreo tradicional, la cosecha de 1932 iba a ser magnífica, como efectivamente sucedió. La llegada de estos embarques, sumados a las perspectivas agrarias, actuó conforme señala la ley de King, que naturalmente también ignoraba Marcelino Domingo: se provocó tal caída de precios, que se hundió el poder adquisitivo de los campesinos, y con él, el de todos los españoles.

Pero esto se ligaba con una fuerte contracción del gasto público, para tratar de evitar la caída de la cotización de la peseta, a pesar de que Keynes, en 1930, en Madrid, había señalado cómo esta caída, al facilitar las exportaciones, ayudaba a España a salir de la crisis. El déficit presupuestario fue, por eso, únicamente de un 0'2 por ciento en 1931, y de un 0'6 por ciento en 1932, del PIB. Con lucidez extraordinaria, Lluc Beltrán, en su carta a Keynes del 17 de noviembre de 1934 —publicada en los «Anales de la Real Academia de Doctores de España» 2009— decía textualmente: «Al iniciarse la bajada mundial de los precios en 1929, la peseta comenzó a bajar en consonancia, con la feliz consecuencia de mantener… la normalidad de nuestra actividad industrial. Sin saberlo, al contrario, en contra de nuestra voluntad, ya que en aquel momento se consideraba la bajada del cambio de la peseta, hacíamos lo que usted recomienda hacer en el capítulo 21 de su obra “Treatise on Money”. Las cosas seguían en este plan hasta 1932. Entonces, el tipo de cambio de la peseta dejó de seguir la tendencia de los precios mundiales. Al elevarse, dio lugar a una caída de los precios nacionales. Fue en ese momento cuando se empezaron a notar en España los efectos de la depresión mundial».

El freno planteado a las obras públicas y la crisis agraria provocaron de consuno un largo desempleo, descomunal para entonces, agravado por la política de Largo Caballero, favorable a la subida de los costes salariales, esencialmente en la agricultura al poner en marcha un arbitrio típico: la Ley de Términos municipales, de 28 de abril de 1931, por la que los empresarios rurales de cada municipio debían dar ocupación, con altos salarios, a los parados que existiesen en él. Una escalofriante anécdota que relataba «El Norte de Castilla» el 17 de noviembre de 1933 le proporcionó a Perpiñá Grau, en «De Economía Hispana» (Labor, 1936), la base para señalar cómo esta política motivaba que estuviesen «un número muy considerable de ciudadanos del interior con un tenor de vida medieval».

Alguien podría decir que la II República puso en marcha una Reforma Agraria para paliar eso. Pues bien, como sostuvo el profesor Torres, su base se encontraba en otro mito, el del «reparto». Al decidir liquidar el proyecto del Banco Agrario, por ese miedo reverencial que a la gran Banca española tenía Azaña, ¿cómo sin crédito iban a prosperar los nuevos propietarios? ¿De qué iban a vivir hasta que vendiesen las cosechas? ¿Y cómo podrían comprar desde abonos hasta la cebada para las mulas? Por eso, la Reforma Agraria nació muerta, y solo se orientó en forma de castigo político para quienes se sospechase habían tenido algún contacto con el golpe militar de Sanjurjo en agosto de 1932. Esto, como investigó muy bien el profesor Juan Muñoz, provocó una expropiación muy importante en los ruedos de los pueblos, o sea en pequeñas propiedades ajenas al latifundismo. Así se creó, adicionalmente, un clima de odios en muchas pequeñas localidades agrarias que, dentro de los planteamientos por Malefakis, explica bastante de mil sucesos sangrientos a partir de 1936.

Todo esto provocó un considerable aumento del paro, lo que acentuó las tensiones sociales, las cuales, a su vez, frenaban la expansión, al empeorar las expectativas empresariales. Y para agravarlo todo, gracias a la puesta en marcha del Estatuto de Cataluña, como explicaron con contundencia Larraz y Calvo Sotelo, se rompió el mercado interior y se alteró profundamente la marcha de la Hacienda.

La síntesis de todo lo señalado se encuentra en estas frases de Jordi Palafox en «Atraso económico y democracia. La II República y la economía. 1892-1936» (Crítica, 1991, págs. 179 y 181): «El impacto sobre la economía de la proclamación de la República fue brutal», porque los acontecimientos «provocaron una profunda sensación de inseguridad entre los sectores económicos con más poder».

Simultáneamente, se acentuó el intervencionismo, y los fenómenos de un fuerte corporativismo ajeno al mercado se generalizaron. Por eso sostiene Pedro Fraile Balbín, en su excelente trabajo «La intervención económica durante la II República» (en el volumen I de «1900-2000. Historia de un esfuerzo colectivo», Planeta. Fundación BSCH, 2000), que «el predominio de los responsables políticos sin formación profesional económica, o, lo que es aún peor, con las intuiciones que formaban el conocimiento común de lo económico en aquel tiempo, era patente entre todos los ministros desde 1931 hasta los últimos gobiernos».

¿Y el inicio de ese caos económico, que motivó que el PIB por habitante a precios de mercado disminuyese respecto a 1929 nada menos que un 9'5 por ciento en 1933, junto con un fuerte aumento de desempleo, es algo que merezca celebrarse? ¿O es que debemos olvidar eso que se llaman los costes sociales, los que pagan con dureza las familias para que, como fue lo sucedido entonces, se dictaminase con engolamiento que había sido un error la Restauración y no digamos la Dictadura de Primo de Rivera, a pesar de que no se contemplaba desde 1874 un caos económico tan considerable como el que surgió desde 1931?

Ochenta años después

César Vidal en La Razón

Esta semana se cumple un aniversario más de la Segunda República. A estas alturas –por mucho que se empeñen subvencionados, interesados e ignorantes–la Historia de la Segunda República no puede ser más clara. Fue proclamada merced a un golpe de Estado que se intentó legitimar con la victoria de las candidaturas republicanas tan sólo en la mayoría de las capitales de provincia y en unas elecciones municipales. En España, los candidatos monárquicos obtuvieron cuatro veces más votos que los partidarios del nuevo régimen, pero éstos lograron a convencer a Alfonso XIII para que se marchara antes de la puesta del sol. Quizá la monarquía parlamentaria estaba muerta hacía años, pero el nuevo régimen, a pesar del llamamiento de Ortega, no logró crear nada mejor. De las Cortes Constituyentes, poco representativas de la realidad nacional, salió una constitución anticlerical y sectaria que, como señalaría el propio Alcalá Zamora, era un llamamiento a la guerra civil. La izquierda y los nacionalistas contaban con que la Ley de Defensa de la República y el sistema electoral permitirían crear una dictadura perfecta que mantuviera aislada a una derecha perpetuamente derrotada en las elecciones. Aquel miserable Pacto del Tinell «avant la lettre» fracasó porque en dos años la coalición republicano-socialista no solucionó los problemas económicos ni tampoco desactivó la violencia de la extrema izquierda. La victoria de la CEDA era la de los que hasta hace poco eran monárquicos bien es verdad que insistían –con la iglesia católica al frente– en que acataban el régimen. Azaña pretendió nuevamente recurrir al golpe de Estado y Alcalá Zamora optó por una solución que hoy diríamos centrista. Se negó a secundar el golpe, pero también a encomendar a la CEDA la misión de formar gobierno. De esa manera, como suele suceder en la Historia de España, un político derechista conculcó elementales principios democráticos en contra de la derecha y no satisfizo a las izquierdas. En octubre de 1934, el PSOE y los nacionalistas catalanes se alzaron en armas contra el gobierno republicano. La revolución –ensayo de lo que sucedería en 1936– pasó por la persecución religiosa, los fusilamientos y la barbarie. Fue aplastada en unas semanas –entre otros por el abuelo de ZP que combatió contra los socialistas asturianos– pero, a partir de ese momento, como supo ver entre otros Madariaga, la República estaba muerta. 1935 fue, quizá, el año en que se llevaron adelante más avances reales en la solución de los problemas nacionales, pero la izquierda y los nacionalistas estaban decididos a triturar a la derecha y a no reconocer sus méritos. Las elecciones de 1936 –como Alcalá Zamora dejó también por escrito– fueron un colosal pucherazo en el que el Frente Popular, ayudado por el PNV, pisoteó la voluntad popular. En marzo, el PSOE comenzó la revolución ocupando tierras. Durante la primavera trágica de 1936, fueron sucediéndose los asesinatos, Alcalá Zamora fue depuesto y los diplomáticos extranjeros señalaron una y otra vez que España estaba a punto de verse sumergida en un desenlace como el sufrido por Rusia menos de dos décadas antes. La detención de políticos de la derecha y el asesinato de Calvo-Sotelo por policías socialistas decidieron a los últimos que dudaban en sumarse al golpe contra el Frente Popular. Era julio de 1936. Todo esto hay que recordarlo todo, pero no para celebrarlo sino para no repetirlo.

miércoles, 13 de abril de 2011

El «burka» y similares

Alfonso Ussía en La Razón

En España, el «buenismo» de la integración y la cursilería de lo multirracial, permite a las mujeres musulmanas salir a la calle con «burka», «niqab» o similar prenda de humillación ante el hombre, ese ser superior según el Korán. Aquí las feministas protestan por cualquier bobada y callan las atrocidades. Todo lo que tenga que ver con el cristianismo en general y el catolicismo en particular es de obligado rechazo. Lo que concierne al Islam y sus costumbres medievales es de obligado respeto. En Francia, que no se andan con complejos y tienen una izquierda culta, el «burka» y similares capuchas femeninas han sido prohibidas. Reto a cualquiera de sus defensores masculinos – del «burka»–, que hagan una prueba.

Abandonen su cálido hogar con un pasamontañas. No llegarán a más de cien metros. Con toda la razón y lógica del mundo, serán llevados a la comisaría más próxima. Abandonen su hogar con una capucha que cubra completamente su rostro. No llegarán a más de cien metros. Serán llevados a la comisaría más próxima. Abandonen su cálido hogar con un simple antifaz, como los que usaba el «Llanero Solitario» de los tebeos infantiles. No llegarán a más de cien metros. Serán llevados a la comisaría más próxima. Abandonen su cálido hogar con un pañuelo que esconda su rostro desde la nariz a la barbilla. No llegarán a más de cien metros. Serán llevados a la comisaría más próxima. De vuelta a casa, hagan la prueba con sus mujeres, compañeras de hecho, novias o amigas si éstas son occidentales. También serán llevadas a la comisaría más próxima por ocultar su identidad. La inseguridad en su deambular levantaría sospechas. Pero ningún agente de seguridad se atreverá a llevar a la comisaría más próxima a una mujer musulmana que cubra totalmente su rostro. Ellas pueden hacerlo. No se trata del velo, también en entredicho. Se trata del «burka» o del «niqab», de la postración femenina del siglo XI, del ocultamiento total, del atentado contra la mujer más habitual, constatable y permitido en el mundo occidental. Que nadie espere la protesta, ni el amago de enfadillo, ni el mohín de disgusto, del feminismo profesional de izquierdas. Es probable que el «burka» y el «niqab» cuenten con el aplauso y la aprobación de nuestras lidias falcones. Por favor, el respeto a las creencias. Un cristiano en general y católico en particular, no puede esperar en España que sus creencias sean respetadas. Y aún menos, amparadas por las autoridades. Las iglesias están para ser asaltadas por quienes defienden el «burka», el «niqab» o las lapidaciones públicas a las mujeres que son sorprendidas echando un polvete con quienes no son sus dueños. Alianza de Civilizaciones. Tampoco esperen de las feministas españolas de la izquierda profesional –existe una profesión muy rentable en España que no es otra que el doctorado en izquierdas para poder hacer lo que a uno le venga en gana sin ser tachado de fascista–, tampoco esperen nada de las feministas –repito–, que callan ante la mutilación genital, la ablación del clítoris, que se practica en España en centenares de niñas. Respeto multirracial y a sus creencias y tradiciones. Pero si en plena Semana Santa se convoca y organiza una «procesión atea» para ciscarse en la Semana Santa, en lo que significa para los cristianos y en la sensibilidad de los creyentes, hay que apoyarla oficialmente, porque la religión católica no entra en los ámbitos del obligado respeto. Será respetada la fe cristiana cuando los creyentes, para no ser apaleados, se cubran con pasamontañas y obliguen a sus mujeres, como esclavas, a esconderse bajo los «burkas». Que ese camino llevamos, previo paso por la comisaría.

¡Fuera máscaras!

Gabriel Albiac en ABC

Comparecer bajo máscara es suspender la condición ciudadana. El tiempo de un festejo o el de un rito marcan las paredes de ese paréntesis. Que, por contraste, enfatiza la exigencia diaria: afrontar, a rostro descubierto, la individual responsabilidad del acto libre. No todas las sociedades han conocido eso. Sólo una ínfima minoría: el privilegiado mundo en el cual libertad y democracia fueron posibles. Quienes tienen mi edad saben qué necesarios fueron los antifaces para sobrevivir bajo una dictadura. Cuando no se es ciudadano, cuando no hay ley que repose sobre universal derecho, sólo ser clandestinos, indistinguibles, salva de ser aniquilados. Y uno termina amando su clandestinidad, su máscara; al fin, su única defensa.

El uso del niqab y el burka, las dos variedades perfectas del enmascaramiento femenino, quedó prohibido el pasado lunes en los espacios ciudadanos de Francia: «ni en vías públicas, ni en lugares abiertos al público o afectados a un servicio público» se puede comparecer con rostro oculto. No es medida de orden religioso: en los lugares de culto, cada fiel puede superponer a su rostro aquello que la liturgia imponga; ésa es cosa de quienes regulan el ceremonial del templo. Como sobre las tablas del teatro, a cada actor corresponde el disfraz que el director de escena dicta. No concierne al Estado, ni entrometerse en el modo de representar a Sófocles, ni asesorar a una autoridad religiosa acerca de cuáles sean las revestiduras que se adecúen mejor al rito. Por eso, los momentos escénicos deben ser inequívocamente acotados. En el espacio físico del entretenimiento, que alzan teatro o circo. O en el espacio temporal que, cíclicamente, regula la disolución festiva de la norma: carnavales o procesiones de calle, por ejemplo.

Lo extraordinario, a poco que se piense, es que haya sido necesario en Francia explicitar una norma que es tan vieja como la democracia: que nadie puede acogerse a la irresponsabilidad —jurídica y política— que garantiza la máscara. Y que haya sido preciso especificar esa norma para una determinada fracción de la ciudadanía: las mujeres musulmanas. Constatando, de ese modo, que, hasta anteayer, en la republicana Francia, una notable cifra de habitantes había quedado excluida de la plena ciudadanía; en lo positivo —la irresponsabilidad que el perpetuo anonimato otorga—, como en lo negativo —la ausencia de cualquier existencia social libre y autónoma—.

A nadie se le hubiera pasado por la cabeza legislar la prohibición a los varones —sea su religión cual sea— de deambular bajo máscara. Ça va de soi, ¡qué demonios! Cae por su peso que un mastuerzo que vaga con capucha por la calle no puede sino acabar la mona en el calabozo. Es lo que pasa cuando un ciudadano se salta las normas básicas de seguridad. Eso lo aceptará, sin demasiado inconveniente, hasta el creyente islámico más puro: a la ley se ajustan por igual todos los ciudadanos. Los ciudadanos. No los animales domésticos. Ni las mujeres.

Y ésa es la única clave. No francesa. De Europa ya, sin excepciones. Fueron precisos dos siglos para alcanzar la igualdad jurídica sin distinción de sexo. ¿Renunciamos a ella? Puede que no haya remedio, si es verdad que el tal Alá es tan grande.

Aprenda tertulianés

Antonio Burgos en ABC

Como hay un Lenguaje Progre, del que Mario Flores ha publicado un diccionario con su traducción castellana, existe también en España otro idioma que da muchísimo prestigio social: el tertulianés. Como el francés, el inglés o el portugués, el tertulianés es una lengua con sus propias normas, su vocabulario y su gramática. A mí me gustaría una enormidad hablar tertulianés, pero aún no soy capaz. Estoy tratando de aprenderlo. He buscado inútilmente un manual de «Tertulianés para Provincianos» o algo así, un Método Assimil del tertulianés, pero no existe. Lástima, porque yo quisiera ir por ahí por las radios y las televisiones, como tantos, ganándome unos jornales muy curiosos como «analista político», profesión que, como los duros antiguos, «es la cosa más graciosa que en mi vida he visto yo». La vez primera que escuché lo de «analista político», yo sabía lo que era un analista: un señor con una bata blanca que está en su laboratorio haciendo análisis de sangre y de orina. Y sabía lo que era la política. Y como soy un cateto de provincias, me creí que un analista político era un señor que se dedicaba a sacarle los lípidos al poder y los triglicéridos a la oposición, y que le hacía a España un hemograma completo.

Pero no. Los analistas políticos son unos señores que en las tertulias de Radio o TV proclaman con gran solemnidad las mayores obviedades y chorradas, gracias al idioma que hablan: el tertulianés. Ya digo que he tratado de aprenderlo en los libros, pero me he tenido que conformar con pegar el oído e ir anotando sus frases más comunes. Por ello puedo ofrecerles este breve prontuario, algo así como un «Aprenda tertulianés en 10 días». Basta para ello que antes de decir una obviedad con mucha solemnidad, antepongan un remoquete, característico de la lengua tertuliana. He aquí un mínimo repertorio de frases que no dicen absolutamente nada, pero que a estos tíos les quedan del carajo:

«Hasta donde yo sé».

«Visto lo visto».

«A día de hoy».

«Dicho lo cual».

«Más pronto que tarde».

«Hay que contemplar dos escenarios».

«Esa opción no se compadece con...».

«Estamos hablando de...».

«Es un tema de mucho calado».

«Es un asunto de largo recorrido».

«Va a ser que no».

«Es por ello que».

«Según las fuentes que manejo».

«Depende de la deriva que tome».

«Hay que ponerlo blanco sobre negro».

«Con la que está cayendo».

Con estos remoquetes absolutamente no significantes, bien administrados, puede usted autoconstruirse un perfecto discurso y romper a hablar en correctísimo tertulianés. Por ejemplo: «A día de hoy y hasta donde yo sé, falta ponerlo blanco sobre negro, pero es un asunto de mucho calado que va a tener un largo recorrido, y es por ello que depende de la deriva que tome, ya que según las fuentes que manejo y con la que está cayendo, creo que va a ser que no».

Ah, bueno, y si al final de todo hace un descenso a Arniches o a la Verbena de la Paloma, queda ya cumbre. En perfecto tertulianés, esas camelancias de las solemnes obviedades conviene rematarlas con un castizo: «Macho, que te han pillao con el carrito del helao».

Aguirre contra Procusto

José García Domínguez en Libertad Digital

Lo que Hegel llamaba el espíritu de la época, eso tan difícil de aprehender para los contemporáneos, yo acabo de descubrirlo en la estampa algo andrógina de un tal Justin Bieber, cantante que, según me cuentan, trae soliviantadas a las pubertinas españolas. Al punto de que, igual en Madrid que en Barcelona, centenares de preadolescentes guardaron cola de días ante las taquillas a fin de asistir a sus recitales. En algunos casos, morando en tiendas de campaña toda la semana, me informa La Vanguardia, gaceta que por lo demás se suma al universal contento por tan ilustre visita. Al respecto, uno tenía entendido que la escolarización en este país era obligatoria hasta los dieciséis años de edad. Y que entre los cometidos de la Policía estaba identificar la presencia de menores en la vía pública durante el horario lectivo.

Pero, por lo visto, uno lo entendió mal. ¿Cómo, si no, legiones de abnegadas mamás de la sufrida clase media habrían escoltado a sus niñas en la larga espera ante la mirada complaciente de los guardias de la porra? Por no entender, uno no entendió que el genuino escándalo no residía ahí, sino en cierto proyecto docente madrileño. Ése que pretende auspiciar institutos públicos donde se practique el culto no a Bieber y su compadre Procusto, sino a la excelencia académica. Centros que se plieguen a una constatación empírica registrada por la Humanidad en los últimos dos mil años, a saber, la evidencia de que la Madre Naturaleza no es socialdemócrata.

De ahí que la inteligencia no se distribuya en el Cosmos con arreglo a los principios programáticos de la II Internacional. Fatalidad biológica que tan bien comprendieran, por cierto, los promotores de la Institución Libre de Enseñanza, muy elitista referencia mítica de esa progresía que, escandalizada, clama "¡Anatema!". La misma progresía que, en apenas un cuarto de siglo, ha coronado uno de los más asombrosos prodigios de la ingeniería moderna: transformar un viejo ascensor social en una eficacísima tuneladora. Gloriosa hazaña, la de la ortodoxia pedagógica dominante, que nunca hubiera sido posible sin la tolerancia cero con las desigualdades naturales entre las capacidades de los alumnos. Tabú que ahora se aprestan a violar en Madrid. Con permiso de las mamás de Bieber, claro.

Aguirre, contra la mediocridad de la izquierda

Editorial de Libertad Digital

La presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, ha vuelto a poner de manifiesto, ante un abarrotado foro de ABC, que, lejos de resignarse ante los dogmas que el socialismo trata de imponer como pensamiento único a los ciudadanos, lo que hay que hacer es "desterrar la falsa superioridad moral de la izquierda".

Conocedora de la importancia decisiva que las ideas tienen, para bien y para mal, en el devenir de la sociedad, Aguirre ha reivindicado los valores y principios del liberalismo frente a los dogmas que el socialismo propaga como indiscutibles. Aguirre sabe que si aceptamos como principios y valores de partida falsedades como las de que un mayor gasto público es equivalente a un mayor bienestar social; que la igualdad ante la ley significa la igualación por ley; que la justicia se alcanza, no dando a cada uno lo suyo, sino dando a todos lo mismo; o que la ley debe ser, no la salvaguarda de la libertad del individuo, sino el cincel con el que el gobernante moldea a su gusto la sociedad, estamos abocados a un injusto y coactivo empobrecimiento colectivo. Aguirre sabe que frente a él poco o nada podrán supuestas "alternativas de gestión", mientras no se atrevan a cuestionar de raíz ese falso paradigma dominante en el que buscan acomodo.

En lugar de acomplejarse ante ese falso y fracasado modelo "progresista", Aguirre ha puesto en valor principios como el de la austeridad pública, como el del equilibrio presupuestario o como el de la libertad empresarial y la soberanía del consumidor. Conocedora de la superioridad moral y práctica de lo que Herbert Spencer llamó el orden del contrato frente al del mandato, Aguirre ha apelado a la libertad de elegir y a la libre iniciativa empresarial frente a quienes propagan que es más "justo" el coactivo e ineficaz servicio público a cargo de funcionarios.

Pero quizá haya sido en el terreno educativo, y en su reivindicación del mérito y de la excelencia, donde el espléndido discurso de Aguirre ha sido más incisivo contra esa rémora igualitarista que la izquierda propaga en detrimento de la libertad, de la auténtica igualdad ante la ley y, en este caso, de la calidad de la enseñanza.

Su propuesta de abrir un "aula de excelencia" para los estudiantes más aventajados en los institutos de enseñanza secundaria la próxima legislatura (iniciativa que se suma al "bachillerato de excelencia" al que accederán los alumnos que lo deseen entre los que mejores notas hayan sacado durante la escolarización obligativa) no será una alternativa radical al deteriorado sistema estatalizado de enseñanza; pero sí tiene la enorme virtud de introducir, aunque sea dentro de un deficiente sistema, el valor del esfuerzo, de la distinción, del mérito y de la búsqueda de la excelencia, que son valores esenciales para mejorar la calidad de la educación.

Esta carrera abierta al talento y al esfuerzo, al que están convocados todos los alumnos con independencia de cual sea su origen social y económico, causará la airada oposición de una izquierda que calibra la calidad de la educación en la igualdad de resultados. Pero, salvo que queramos igualar a todos por abajo, haríamos bien en desterrar de raíz esa falsa ética social, y recordar, con palabras de Edwin G. West, que "cuando existe desigualdad de habilidad potencial, inevitablemente habrá desigualdad en los resultados. Si insistimos en la igualdad de resultados, se desprende que debemos penalizar la habilidad".