martes, 5 de abril de 2011

Rajoy o la abulia

José García Domínguez en Libertad Digital

"Frivolidades las justas", parece ser que ha replicado el jefe de la muy leal oposición al oír la expresión moción de censura en boca de un periodista. Por lo visto, el imperativo categórico de alojar cuanto antes a un adulto en La Moncloa se le antoja jocosa fruslería a Don Mariano, apenas fútil chanza jaranera. Quién sabe, acaso lo serio, responsable y hasta patriótico consista en propiciar que un testaferro interino, como los reyes y los locos exonerado ya de cualquier responsabilidad por sus actos, dirija el país bajo la batuta del tapado del PSOE, genuino valido en la sombra.

Augurio más que cierto, ése, del retorno a las andadas de la demagogia populista con cargo a la rebaba del erario, algo que quizá el Partido Popular se pueda permitir pero España no. Que la tal moción habría de constituir "un brindis al sol", dicen que igual dijo el de Pontevedra. Sea como fuere, convite o ronda pagada a escote, la censura es la única vía al alcance de Rajoy para librar al país de un paréntesis errático como el que el Adolescente ha querido forzar. La única. Lo otro, andar con la cantinela de las elecciones anticipadas por redacciones y telediarios, toreo de salón siempre tan caro a Génova, eso sí es un homenaje a la luna de Valencia.

"La perdería", aseguran ha sido la última palabra, que no argumento, del aspirante a ese propósito. Craso error, si error fuera, que lo dudo. Y es que, llegado el momento, catalanistas, nacionalistas vascos y otras hierbas centrífugas, no se resistirían a abundar en un gran clásico español de todos los tiempos, a saber, el aserto que ordena: "al moro muerto, gran lanzada". Así las cosas, subordinada a la inmediata disolución de las Cortes, la enmienda a la totalidad contra el zapaterismo habría de disponer de sobradas papeletas para salir adelante. Es lástima, pues, que el gallego ansíe que el poder les sea donado en bandeja de plata, sin otra molestia ni mayor trámite por su parte que la preceptiva visita a Palacio. En fin, obedezca su quietud a medroso tacticismo, al pánico escénico o a la pura abulia, de aquí a doce meses nadie podrá hurtarle su particular cuota de responsabilidad en el siniestro.

Indignarse en España

Edurne Uriarte en ABC

Stéphane Hessel, el autor de ¡Indignaos! tiene la legitimidad que le da su valiente lucha en la Resistencia francesa, el respeto que merecen sus décadas de compromiso con los derechos humanos, la admiración que produce su activismo a los 93 años. Esté o no uno de acuerdo con sus motivos para la indignación. Pero conoce poco España e ignora que aquí la Resistencia desde hace casi cuarenta años no es contra los criminales nazis sino contra los criminales etarras, ultranacionalistas y de extrema izquierda. Y que los derechos humanos no son conculcados por un Estado sino por un grupo terrorista.

De ahí que parezca tan feliz con esa secuela elaborada por la izquierda española, Reacciona, con la estela marcada por su libro y con su propia colaboración. Ignorante de lo sangrante que resulta en nuestro país tanta loa a su libro, tantas llamadas a la indignación por la misma izquierda que justifica los nauseabundos acuerdos de nuestro Gobierno con quienes en España persiguen, amenazan y asesinan. Y justamente en el momento en que la realidad de esos acuerdos se ratifica con documentos internos de ETA que no permiten un solo intento más de escapismo o de negación.

Muchos de quienes aquí celebran el libro de Hessel jamás estuvieron en la Resistencia contra ETA. Y no tanto por miedo sino porque no veían motivos para esa Resistencia. Quizá porque pensaban, piensan, como el propio Hessel sobre los terroristas de Hamás, que el terrorismo es inaceptable pero puede ser comprensible. Esa es la raíz de su bochornosa complacencia con las cesiones del Gobierno a ETA. No se trata de que no se crean la «bazofia de ETA». Es que les parece bien que este tipo de totalitarismos asesinos de extrema izquierda merezca la «comprensión» del Gobierno con los acuerdos correspondientes.

De ahí que no se limiten a un recatado silencio sino que vayan más allá y pretendan demonizar a los denunciantes de tal escándalo democrático. En una contraresistencia que los envilece. Con el argumento de que los denunciantes utilizan a ETA para ocupar portadas o que no quieren la derrota de ETA. Lo que en los tiempos de la Resistencia francesa de Hessel habría sido que querían hacer portadas o que no deseaban la derrota del nazismo o que no querían la paz.

Con el final feliz entonces de que triunfó la Resistencia y no el colaboracionismo. Con la incertidumbre ahora de si triunfarán las razones de la Resistencia o el acuerdo con los terroristas. Pues de eso se trata en esta etapa final del terrorismo etarra. De que tal disyuntiva aún no está resuelta. De ahí los motivos para indignarse, en España.

El sumo sectario

Hermann Tertsch en ABC

Esta magnífica reyerta a partir del hundimiento del proyecto del zapaterismo del régimen socialista de los mil años, no debería afectarnos al resto de los españoles. No nos afectaría si Zapatero pudiera elevarse hasta la decencia necesaria para decidir su marcha de verdad. Si fuera capaz de encontrar el coraje y la dignidad de asumir que nada puede hacer ya sino arrastrarse hasta el final por el mero capricho de llegar. Eso sí, sin dejar de dañar a España, comprando sus últimas mayorías a unos nacionalismos jubilosos en sus apetitos carroñeros. Su resentimiento hacia media España le impide una vez más decidirse por el bien común. El final de una legislatura que ha sido un tormento, promete convertirse en pesadilla. Los españoles todos, seremos rehenes, del sumo sectario. Aunque no todos inocentes. Los socialistas le han echado de allí donde más daño les hace. La sociedad española, pasmosamente indolente, parece dispuesta a dejarse hacer daño, gratuitamente, hasta el final.

Un zombi anda suelto

Tomás Cuesta en ABC

A Zapatero, dicen unos, le ha echado su partido. A Zapatero, según otros, le han temblado las piernas. ¡Quite usted allá, ignorante!, aseguran, muy serios, los finos analistas que saben de qué va esto. A Zapatero, alma de cántaro, le ha puesto firme la parienta. La clave del intríngulis, la cifra y la respuesta, se encuentra —«Cherchez la femme!»— en la esposa canéfora. O sea, que, por lo visto, y aunque cueste creerlo, el problema de España ya no se llama Zapatero. El señor presidente se ha extraído a sí mismo del fondo (de reptiles) de su proverbial chistera y ha vuelto a correr un estúpido velo sobre el agónico paisaje del presente. Al cabo, a la fuerza ahorcan y, mientras no claree, le sale más a cuenta encarnar al Gatopardo que dárselas de aprendiz de Maquiavelo: «Plus ça change, plus c'est la même chose». De tanto en tanto, hay que fingir que todo cambia para lograr que todo siga igual que siempre.

Lo cierto, en cualquier caso, es que ha llegado el martes y seguimos uncidos al mismo yugo que el viernes. Ni las cifras del paro, ni el alza continua de las hipotecas, ni la amenaza letal de un estancamiento con inflación que parece dibujarse ya como la siguiente plaga bíblica, ni la incertidumbre financiera, se han modificado un átomo. ¿Qué es lo que de verdad ha terminado? ¿Puede sensatamente llamarse a esto un fin de partida?

Cambian las ficciones: ese tejido de fantasías que sirve para ocultar la mugre sórdida de la realidad política. Y las palabras bajo las cuales se encubre la desagradable continuidad de los hechos. Rodríguez Zapatero sigue en La Moncloa. Tiene un año por delante. Gozando de la inmensa ventaja que da ser un zombi, de la impunidad que se concede a aquel al cual se declara ya muerto: a un muerto es al único al que no se puede matar. Y, como proclama el clásico, «tenemos que sufrir aún más por causa de los muertos que por causa de los vivos».

Y la verdad es que un muerto que se sienta en la presidencia del consejo de ministros posee privilegios fantásticos. Puede desentenderse el tedioso día a día. Y dedicarse a las grandes cuestiones socialistas, de cuya estofa está hecho el catastrófico infantilismo que nos hundió en estos años. Porque ha sido socialismo, literal y, por ello, desastroso, lo aplicado por Zapatero sobre el laboratorio español hasta llegar al callejón sin salida. La ingeniería social, la loca legislación «de género», el providencialismo que alucina un acuerdo de paz con la ETA… El zombi Zapatero tiene hoy las manos libres, el colmillo afilado y el ánimo resuelto. La Moncloa, que era el infierno de Sonsoles, es ahora el limbo de un genuino «walking dead», del más encopetado de los muertos vivientes.

Sólo una moción de censura a pecho descubierto podría poner coto a tal «delirium tremens». El problema es que la norma constitucional —la misma que viste entuertos y calza desafueros— contempla únicamente la «moción constructiva», esto es, aquella en la que el promotor del desafío está obligado a diagnosticar la enfermedad y a establecer el tratamiento. Y, puesto que a grandes males corresponde aplicar grandes remedios, el líder del PP calla, y por tanto otorga, para no darle cuartelillo al pregonero. «Do you remember Cameron?» Pues eso: pachorra y tiento al tiento.

Zapatero, gaseoso

José María Carrascal en ABC

La inconsistencia y la movilidad que caracterizan a los gases se adaptan perfectamente a su temperamento, y del mismo modo que las moléculas de los gases se mueven libremente por todas partes, lo veremos aparecer en los lugares más insospechados, rebotando contra lo que encuentre a su paso. Habrá, pues, que tener cuidado con él, pues que terminará la legislatura debe darse por hecho, al contar con el apoyo de los nacionalistas, que querrán exprimirlo al máximo, antes de que se les acabe el chollo que ha representado para ellos. A no ser, naturalmente, que les suceda lo que a su propio partido: que metido en un mundo que nada tiene que ver con la realidad, termine siendo una amenaza para ellos.

Fritanga estadística

Ignacio Ruiz Quintano en ABC

¿Se puede aspirar a La Moncloa cenando sapitos en «Sazadón»? En la democracia española se puede aspirar a La Moncloa incluso desde la modesta caja de unos grandes almacenes en la Plaza de Cataluña. Si, además de meterse sapitos entre pecho y espalda, Rubalcaba consiguiera meter en la cabeza de los españoles una estadística policial bien faisanada, tumbar a Rajoy sería un juego de niños. Tiene a los policías de uniforme, para que parezca que hay más policías, y aplica la magia a los números, para que parezca que hay menos delitos. Sólo le falta saber hacer lo mismo con los euros y con los parados. Y España estará en sus manos. ¿Han visto, cuando habla, qué forma más inquietante tiene de cogerse las manos?

Viñeta de Esteban en La Razón

lunes, 4 de abril de 2011

¿Rehúso debido?

Emilio Campmany en Libertad Digital

Huele a pacto de alternancia. ¿Por qué Aznar, que incumplió promesas como las de entregar los papeles del Cesid o reformar la Justicia, se atuvo estrictamente a la que hizo de ser presidente sólo ocho años? ¿Por qué ahora Zapatero va hacer exactamente lo mismo? ¿Por qué a ninguno de los dos se le ha ocurrido entregar la presidencia al candidato de su partido unos meses antes de las elecciones y mejorar así las probabilidades de éxito? ¿Por qué Rajoy está tan seguro de que en 2012 será presidente? Tanto lo está que, a pesar de la relevancia del anuncio que Zapatero hizo el sábado, esta es la hora en la que escribo que no ha dicho ni mu a la prensa. Aquí hay gato encerrado.

Zapatero y Rajoy, inseparables hasta 2012

Editorial de Libertad Digital

Mas ni Zapatero ni Rajoy tienen la más mínima intención de servir a su patria. El primero porque difícilmente puede servir a un concepto discutido y discutible; el segundo porque ha optado por esperar a que la fruta se vaya pudriendo y caiga, aun cuando con su caída arrastre a todos los españoles. Los dos están sedientos de poder hasta el punto de olvidar por completo que la legitimidad de origen de ese poder procede de encontrarse subyugado a los intereses de todos los españoles, no a los suyos particulares.

Tras la espantá

José García Domínguez en Libertad Digital

Tras la espantá del Curro Romero de la socialdemocracia flácida, ese espectro feminista que arrastra su pesar por los pasillos de La Moncloa, está por ver que se haya abierto el proceso sucesorio. El genuino quiero decir, asunto bien distinto del macguffin de circunstancias que, según parece, se aprestan a escenificar la niña de Felipe y el señor de González. Y es que en la cúspide de una iglesia de estricta obediencia leninista, cual siempre ha sido el PSOE, solo cabe una cabeza –aun de chorlito–, jamás dos.

Iznogoud por triplicado

Gabriel Albiac en ABC

Los admiradores de René Goscinny, entre los cuales me encuentro, saben que su obra maestra no es la serie del encantador miniguerrero Astérix. Lo es la que se articula alrededor del Visir, de maldad siempre frustrada, Iznogoud: ese que repite encabritado su empeño por ser «Califa en lugar del Califa». Verlo estrellarse, una vez detrás de otra, pone en el lector la risa avinagrada que trasluce lo demasiado humano.

Chacón es un Zapatero que habla catalán: quienes juzgaban imposible dar con alguien del nivel intelectual y moral del Presidente, no tienen más que dirigir los ojos a ella. Rubalcaba, un viejo zorro herido, con serias oportunidades de que el Faisán lo lleve allá adonde llevara el GAL a su colega Barrionuevo, a poco que los jueces se le pongan bordes. ¿Bono? A juzgar por lo florido de su oratoria, está que pega brincos de contento: mala cosa para un político, poner tan al descubierto sus cartas y tan antes de tiempo. A decir verdad, el espectáculo, entre los aspirantes a ser Zapatero en el lugar de Zapatero, augura tiempos mayormente sombríos para el PSOE. Y para los aspirantes, sobre todo.

Iznogoud Chacón, no lo ocultaré, es de todo el enjambre de Iznogouds que van a merendarse el ya putrefacto cadáver del Califa, quien a mí me genera más ternura. Por la continuidad, sobre todo. Las cosas que le hemos oído decir a Zapatero sólo son comparables a aquellas que salieron de la de quien largó lo de «yo soy la niña de González» (Felipe), o eso otro de que además era no sé quién que acababa de «cagarse en la puta España». La mar de astuto por parte de alguien con pretensiones de presidir a la defecada, por supuesto.

Iznogoud Rubalcaba lo tiene todo en contra. Porque todo parece tenerlo a favor. Lo cual, en política, es el modo más seguro de que te aticen hasta en el carné de identidad. Desde que al Jefe le dio la depre en diciembre, aquí el único que ha gobernado es el señor de la faisanería. Tanto lo ha hecho y tan feliz, que no queda ya un solo poderoso en su partido que no afile navaja para cortarle el pescuezo a la que se descuide. Lévi Strauss narra el hábito de los sabios pobladores de cierta tribu amazónica que, cuando ven nacer al anhelado hijo varón, salen a la plaza pública gritando y sollozando: «¡Ah, Dios mío, pero qué feo que es, pero qué raquítico…! ¡Cómo ha podido caer sobre mí una desdicha tan grande!». Ritualizada manera de eludir la envidia de vecinos y dioses. Y Maquiavelo aconsejó siempre al político hablar poco y actuar deprisa. Pero estos no son políticos; son comensales de la sopa boba.

Y queda, de momento, Iznogoud Bono. Que anda aún más contento de lo ya en él habitual por haberse conocido. Y que puede que tenga razón en lo de verse cada día más irresistible ante el espejo. De no ser por la cosa equina. Y por la cosa inmobiliaria. Y por los mil misterios que en la vida de un hombre rigen el tránsito de escasez a opulencia. Y otra vez Maquiavelo: cuídese el político, sobre todo, en materia de dinero; los hombres olvidan de buen grado el asesinato de su padre, pero lo otro…; lo otro es otra cosa, como su propio nombre indica.

El gafe de Iznogoud se multiplica en un laberinto de espejos. Y la cosa comienza a ponerse divertida.

El legado de Zapatero

Juan Manuel de Prada en ABC

Si hay un rasgo psicológico que distingue a Zapatero es su resentimiento; un resentimiento melifluo, sibilino, casi amable, como envuelto en gasas y tules, pero acérrimo como una úlcera gástrica y negro como el betún. Y si hay una nota distintiva que resuma su legado político es la proyección de ese resentimiento sobre la sociedad española, que deja convertida en un campo de Agramante, enviscada en sus propios odios. Para ser enteramente justos, no podemos ignorar que el resentimiento es una enfermedad atávica íntimamente vinculada a las esencias hispánicas; la aportación sustantiva de Zapatero ha consistido en actuar a modo de catalizador de ese resentimiento, en promoverlo, jalearlo y azuzarlo con sórdidos intereses políticos. En su exacerbación sistemática, insomne, fríamente calculada del resentimiento, Zapatero no ha descuidado ninguna parcela de la vida social: en la institución familiar y en las relaciones entre hombres y mujeres ha introducido el veneno de la ideología de género, en la escuela ha fomentado la corrupción y el igualitarismo, en la frágil convivencia nacional ha introducido la cizaña de la llamada «memoria histórica». Ha agravado los conflictos entre regiones, agudizando la conciencia de agravio y espoleando los «hechos diferenciales»; ha agitado el fantasma del odio religioso; y, cuando la crisis económica estalló, mientras se dedicaba a fabricar pobres a porrillo, dirigió la ira y el descontento populares hacia la brumosa categoría de los «ricos»... mientras él se dedicaba a atender las solicitudes de la plutocracia.

Toda esta operación sistemática de extensión del resentimiento se ha desenvuelto bajo la coartada eficacísima de la «igualdad» y la «extensión de derechos». Y es que nada satisface y halaga más al resentimiento que disminuir, achatar y ensuciar aquello que no puede alcanzar. El resentido primero odia las virtudes que no alcanza; después las desprecia y se burla de ellas; más tarde, las invierte; y, por último, acaba por adueñarse de ellas, convertidas ya en simulacros grotescos. Zapatero descubrió un día que el resentimiento brota en España con más abundancia que las cucarachas en las cocinas sucias; y, desde entonces, se dedicó a favorecer la plaga, convencido de que, cuanto más se enseñorease el resentimiento de la sociedad española, más garantizada estaba su supervivencia. «A río revuelto, ganancia de pescadores», reza el refrán; y esta ha sido la consigna y el arma terrible que ha mantenido en el poder a Zapatero: confundir, mezclar, embadurnar, llamar bueno a lo malo y malo a lo bueno, exaltar lo mediocre... hasta lograr que el resentimiento acabara ahogando, paralizando, condenando a la esterilidad y a la inapetencia, a quienes estaban dotados para hacer algo. Así, España ha acabado hundiéndose en la vulgaridad más cetrina, convertida en una demogresca constante en la que los resentidos, los envidiosos, los amargados, los malintencionados, los llenos de resquemores y de odios hacia todo lo que la vida tiene de noble y virtuoso siempre salen recompensados con más derechos y prerrogativas, con más aplauso y reconocimiento.

Pero el resentimiento, que es vanidoso como un cohete y maligno como una chinche hambrienta, seca la vida allá por donde pasa, lo mismo que la langosta. Este es el legado de Zapatero: un erial devastado por el resentimiento; o, dicho más machadianamente, un trozo de planeta por donde cruza errante la sombra de Caín.

Las posibles soluciones

César Vidal en La Razón

En mis dos anteriores artículos, señalé los peligros que se derivan del abandono de la doctrina tradicional sobre la intervención armada. Algunos de ellos ya están resultando evidentes en la guerra de Libia a la que con tanta rapidez se precipitó a lanzarnos ZP con un respaldo que incluyó a los nacionalistas vascos y catalanes. En el curso de apenas unos días hemos contemplado cómo una simple zona de exclusión aérea diseñada para evitar que un dictador no bombardee a sus conciudadanos se ha transformado en toda una operación de ayuda armada a unos rebeldes no identificados; en una puerta abierta para las acciones de la organización terrorista islámica Al Qaida en Libia, favorecida –reconozcámoslo humildemente– por la estupidez occidental, y en el bombardeo de poblaciones civiles hasta ahora no alcanzadas por la aviación. Así, los episodios iniciales de brutal represión se han transformado en una guerra civil abierta con intervención internacional, con mayor devastación, con más muertos y con más silencios bochornosos de esos que se dicen pacifistas. Naturalmente, no serán pocos los lectores que se preguntarán si existe alguna alternativa mejor. La respuesta es que sí. Frente a las acciones internas de una dictadura – salvo que estemos dispuestos a ir mañana mismo a la guerra contra China, Corea del Norte, Arabia Saudí y cualquier otra dictadura que exista bajo el sol– existe una panoplia de recursos que pueden y deben utilizarse. El primero, lógicamente, es la acción diplomática que, por cierto, está brillando por su ausencia en los últimos tiempos. La combinación de alicientes y presiones debería llevar a un régimen dictatorial a suavizar la situación a la que somete a sus ciudadanos. No es un camino rápido, pero suele resultar relativamente efectivo. Así, la ayuda internacional debería ser utilizada no para que las ONGs – no pocas veces en manos de políticos– se llenaran los bolsillos sino para conseguir avances considerables en el respeto a los Derechos Humanos como podría ser el caso de la libertad religiosa, el reconocimiento de la igualdad ante la ley o la libertad de expresión. Si la acción diplomática fracasara, habría que dar el paso de las sanciones económicas y políticas. La expulsión de determinados organismos internacionales o el bloqueo financiero repercuten también sobre las poblaciones civiles, pero siempre con menos virulencia que un bombardeo o un combate. Finalmente, en el caso de que la dictadura en cuestión perpetrara realmente un genocidio – insisto en lo de realmente porque la izquierda ha conseguido desnaturalizar la palabra a fuerza de manipularla– o agrediera a otra nación sí sería una lícita una intervención militar precedida lógicamente de los pasos previos. El quebrantar estos límites no ayuda – ni ayudará– a que este mundo sea más justo ni más libre. Por el contrario, sembrará más muerte, devastación y dolor y, por añadidura, facilitará la llegada al poder de elementos indeseables como los integristas islámicos y abrirá el camino a nuevas intervenciones neo-coloniales con excusas propagandísticas y motivaciones depredadoras. Al respecto, la acción de Francia –gran muñidora de golpes de estado y de guerras civiles que se han saldado con centenares de miles de muertos en África durante las últimas décadas– es un terrorífico ejemplo de lo que se puede esconder bajo el velo de la intervención supuestamente humanitaria. Pero ésa es otra historia.

Verdad radiactiva

Alfredeo Abián en La Vanguardia

El 26 de abril se cumplirán 25 años desde que estalló el reactor número cuatro de Chernobyl. Cuentan que la explosión liberó 400 veces más radiación que la bomba atómica lanzada sobre Hiroshima 41 años antes. Así como la matanza bélica en la ciudad japonesa está fielmente documentada -80.000 muertos al instante; decenas de miles en los meses posteriores-, aún no sabemos a ciencia cierta los efectos de la muerte invisible que comenzó a cabalgar en Ucrania hace un cuarto de siglo. Sin embargo, hay indicios de que el accidente no tuvo los efectos apocalípticos que se presagiaron. Científicos de prestigio y organismos internacionales sostienen que las muertes directas se cifran en decenas, la mayoría niños o miembros de los equipos de emergencia que intentaron controlar a la bestia con una entrega suicida. Otros expertos niegan la mayor y multiplican los efectos letales. A este paso, ya haremos balance dentro de 24.000 años, más o menos, cuando se hayan extinguido los efectos del cesio 137 o del mismísimo sol. Los profanos estamos sometidos a mentiras patentadas. Las centrales nucleares pasan de ser templos tecnológicos a barracas de feria. Nuestro voraz apetito por las vaguedades convincentes se mezcla con la desconfianza atávica hacia la modernidad tecnológica. Vemos imágenes de la zona cero de Chernobyl y su vecina ciudad fantasma de Pripyat, con muñecas rotas, pupitres oxidados, norias muertas antes de girar y, ¡oh sorpresa!, con una exuberante vegetación que se ha adueñado de parajes fantasmales. También contemplamos a ancianos que cultivan las teóricas tierras del infierno y desafían la radiación, ¿Dónde está la verdad radiactiva?

domingo, 3 de abril de 2011

Socialistas

José María Marco en La Razón

Lo que empezó con insultos, con furia y con sangre, los años de gobierno de Zapatero, terminan con abucheos y con el aplauso gélido, entre distante y ansioso, de sus compañeros de partido. Entre los dos momentos median ocho años que no han servido de nada. Hemos retrocedido en prácticamente todos los órdenes. España está más debilitada, nos hemos empobrecido y estamos peor preparados para enfrentarnos a la recesión y a la gigantesca mutación económica que está teniendo lugar desde el 2008. No tenemos capacidad de influir en los cambios que se producen en la escena internacional. Estamos más divididos y más enfrentados: Zapatero ha jugado con una nación en la que no cree, con los recuerdos de todos, con los pactos que entre todos habíamos alcanzado y que nos habían permitido emprender un nuevo camino de convivencia, de prosperidad y de influencia. La ejecutoria de Zapatero ha sido tan destructiva, él mismo ha hecho tanto daño con su rencor, sus mentiras y sus arbitrariedades que se necesitarán varios años no ya para mejorar, sino para volver al punto en el que nos encontrábamos en 2004. Lo peor es que, para el PSOE, todo esto resulta inútil. Sigue siendo un partido de pura oposición, que se considera el único legitimado por la historia y la ideología, sin la menor voluntad de autocrítica que el resto de los españoles hicieron hace más de cincuenta años. El PSOE, y con él los sindicatos y la izquierda política, no han aprendido la lección de estos años de zapaterismo, ni lo que el zapaterismo significa como desplome del socialismo histórico español, una mentalidad –más que una ideología– antisistema, antiliberal, nada respetuosa con la democracia, resentida, desconfiada de todo. Lo lógico sería que de esta crisis saliera un nuevo partido, homologable con los europeos. No será así. Empezamos a librarnos de Zapatero, pero no de este socialismo nuestro, brutal y primitivo, del que el zapaterismo habrá sido un avatar más. A ver cuál es el próximo.

Pasmo

Alfonso Ussía en La Razón

Hay que ser optimistas, aunque sea por obligación. España se despide con infinito dolor del político que ha demostrado su grandeza. La de España, me refiero. Después de su época de gobernante, España zozobra, pero no se ha hundido definitivamente. Y esa resistencia frente al temporal nos la ha hecho ver Zapatero. Ocho años destrozando a España, y España sigue. Gracias por abrirnos los ojos.

No me lo creo

Antonio Burgos en ABC

PUES, ¿qué quieren ustedes que les diga? Usted se lo creerá. Todo el mundo se lo ha creído. Han tragado. Pero yo no me lo creo. Y no es que sea incrédulo. Hasta creo en los dones del Espíritu Santo, que es bastante más complicado que lo que pueda decir este personaje siniestro. Porque les juro por lo más sagrado, aunque esto de jurar y de lo sagrado sean políticamente incorrectísimos, que yo no me creo que este tío vaya a coger a sus Sonsoles y a sus niñas góticas y se vaya a largar, con lo encantado de haberse conocido que está.

No es que yo sea un incrédulo, como les digo. Es que tengo memoria. Y si este tío coge el portante y la media manta y se va, como ha anunciado, y le larga a otro el mochuelo de perder las elecciones, será la primera verdad que haya dicho en todo este tiempo que lo hemos padecido como presidente del Gobierno, en el que ha dejado a España rota y en ruinas, mucho peor que el de Mienmano pudiera imaginar nunca cuando predijo que no la iba a conocer ni la madre que la parió.

Aunque no soy analista político (ni Dios lo permita), mi argumento es bien sencillo: si este tío, desde que llegó al poder, no ha hecho más que colocarnos solemnes mentiras y ampulosos embustes, ¿cómo va a ser posible que haya roto en verdad al cabo de tanto tiempo, que yo creo que hasta se le ha olvidado ya que existe la verdad?

Llegó con el buen rollito del talante y en todo este tiempo no ha habido ni buen rollito ni talante, sino que ha resucitado peligrosamente a las dos Españas. Menudo rollito la crisis en que nos ha metido y la última comparación de las cifras de paro de España con la media de la Unión Europea, y menudo talante el despilfarro y la inepcia como modos de actuación de su virtual Régimen.

Revalidó el poder cuando España chorreaba literalmente sangre de las mochilas de Atocha, que aquí nos olvidamos muy fácilmente de los muertos si son a cientos: los 900 de la ETA o los 192 de vaya a usted saber quién en el 11-M. Sobre esa sangre, volvió a ganar las elecciones porque hizo justo lo contrario que había prometido: usó el terrorismo con fines políticos. Y porque mandó decir a esta nación de borregos que España no se merece un Gobierno que le mienta. ¡Anda que no! ¡No ni ná! Anda que no le ha mentido veces desde aquella frase famosa coreada por los pancarteros, en las horas del «¡Pásalo!».

Dijo que en España no sólo no había crisis, sino que no la iba a haber nunca. Que los que tal decían eran unos antipatriotas, pues estábamos que lo tirábamos de bien. Luego vino lo que todos padecemos, el paro terrible, la deuda de caballo, España al borde del rescate. Antipatriotismos, vamos, porque aquello era sólo, ¿cómo le decía? Ah, si: la desaceleración. ¡Menuda mentira la desaceleración! ¿Y lo de que nuestro sistema bancario era el más fuerte del mundo, cómo se les queda el cuerpo al recordar aquella mentira?

Y luego, cuando el vil Proceso de Pazzzzz y los muertos de la T-4, dijo que no habría más negociación con la ETA, cuando se ha constatado que les comían en la mano a los asesinos para maniatar a la Policía y callar a los jueces.

Así que si ha estado ocho años mintiéndonos, ¿cómo ahora, al humo de las velas, va a decir la verdad? Si ha dicho que se va, hará justo todo lo contrario, como siempre: se quedará. Y bien que lo siento, porque ya tenía enjauladas las palomas para soltarlas y comprados los mazos de cohetes para tirarlos.

Adiós a Zapatero

Editorial de Libertad Digital

Zapatero ha sido y sigue siendo el peor presidente de la democracia española. De modo que el anuncio de su marcha no puede sino producir alegría, aunque matizada por el convencimiento de que, de no haber tomado él la decisión, la puerta abierta se la habrían señalado igualmente los españoles.

Quiso llevar a España a la rendición ante ETA, ofreciendo a los terroristas triunfos políticos, traicionando el sacrificio de los cientos de españoles a los que la banda asesinó, y denigrando a sus familias y los supervivientes de los atentados. Su apuesta por aliarse con los nacionalismos ha producido el Estatuto catalán, engendro sólo parcialmente anulado por el Tribunal Constitucional y que consagra la desigualdad entre los españoles. Su política internacional nos ha alejado de nuestros aliados para acercarnos a regímenes como Cuba o Venezuela, poco democráticos, incapaces de reconocer los derechos humanos, pero de izquierdas, que es el único salvoconducto que los socialistas han tomado en cuenta. Ha dividido constantemente a los españoles con leyes como la del matrimonio homosexual, la igualdad, la memoria histórica, el tabaco, el aborto, la educación para la ciudadanía, empeñado en que todos vivamos según el manual del progre rancio indica que debemos vivir y morir.

Pero ha sido la economía la que finalmente le ha dado la puntilla. Su ineptitud en la materia, que ni dos ni mil tardes han podido reducir, y ese sectarismo ideológico con el que se enfrenta a todos los asuntos que ha abordado han agravado en España una crisis que sí, es mundial, pero que en nuestro país ha hecho más daño y nos está siendo más difícil salir. Sólo cuando la ruina amenazaba con llevarse por delante el euro, y el "corazón de Europa" nos ha obligado a tomar medidas más racionales, Zapatero ha renunciado en parte a su programa izquierdista y, por lo tanto, ruinoso. Pero ha sido demasiado tarde, y demasiado poco para los cinco millones de parados que su política ha dejado sin empleo.

Con el anuncio de su marcha, Zapatero ha vuelto a demostrar que lo que más le importa no es España sino el PSOE y él mismo. Anunciándolo antes de las municipales y autonómicas su partido espera contener la sangría de votos. Y haciéndolo con casi un año de plazo da tiempo a que la sucesión se produzca y el vencedor se cure de las heridas del proceso. Pero en esta España que se desangra, a Zapatero no le importa abrirle otra brecha: la de su sucesión. Un presidente que se va porque sabe que nadie le quiere en el cargo es un presidente que no debería seguir ni un minuto más en el cargo. Sería lo mejor para España. Por eso continuará hasta 2012.


sábado, 2 de abril de 2011

Arriba y abajo

Tomás Cuesta en ABC

En el fragor del naufragio, el ensimismamiento socialista camufla la composición química de la crisis en España: una letal combinación de inmoralidad ejecutiva, incompetencia práctica y falsedad sistemática. Hace tiempo que la tropa mira a su capitán como un bulto sospechoso, mero lastre destinado a salir volando por la borda en el momento procesal oportuno, lo cual no significa, en absoluto, que Zapatero esté amortizado. Si fuera pasado, los daños provocados por sus palabras se limitarían a la subida del pan, un efecto sin duda desagradable pero ya conocido. Ocurre, sin embargo, que cada vez que habla no sólo se encampanan las facturas del trigo y el centeno, sino que lo hacen también los del gas, la luz, la gasolina, además de incrementarse el paro en una suerte de odisea del amanecer de duración indefinida y consecuencias fatales.

Según los principios generales de la física, todo lo que sube baja. La teoría de las previsiones sucesorias también se aferra a las inevitables leyes de la gravedad, pero la trayectoria de Zapatero no ha sido ascendente. Se asemeja más bien a la de una montaña rusa activada por un figurante del planeta de los simios. Al borde del descarrilamiento, el moroso del ático es legión y la clase media celebra que ya es primavera porque se nota menos el frío, se tiende a comer ligero y caminar puede ser un ejercicio sumamente agradable. La descomposición de la sociedad española es uno de los principales logros del señor presidente, junto al debilitamiento tal vez definitivo de la Nación, ese concepto discutido y discutible del que nadie se acuerda si no arrecian los truenos.

Rota la polea del ascensor social, arriba tiemblan de miedo y abajo se tirita de hambre. La esperanza de un rescate, el clavo ardiente de los náufragos no es un timonazo, de timo o de timón, en el PSOE, sino un cambio de ciclo en la isla de los perdidos, un anhelo tan difuso, vago e inconcreto como los anuncios del laboratorio económico de Moncloa. O sea, un espejismo similar al de las previsiones oficiales de recuperación inminente, crecimiento neto y progreso real. La nada hecha todo a la espera de que escampen las facturas del gas, de la luz, de la hipoteca, del híper, del súper y del todo a cien.

Toque liras o deshoje margaritas, Zapatero ya no es el problema, sino uno más de los problemas en el solar de los EREs a destajo y de los trinques a voleo. De las subvenciones clamorosas y los apaños en secreto. De los impagos de las administraciones y de la contabilidad de pega. Del chalaneo con la caterva taliboina y de las actas levantadas sobre las tumbas de los muertos. Todo sube, menos la moral en galeras, ahí abajo, donde se rema en círculo y hacia atrás en un esfuerzo tendente a la melancolía y la nostalgia. Así, cualquier cosa es mejor que abrir la correspondencia del banco y constatar que la ruina no era retórica, que el humo no era de pajas, que los errores se pagan y que el final de mes comienza el día 1.

Dadas las circunstancias, ya ni siquiera queda en pie aquella vieja norma de la marinería que apelaba al decoro en el fragor de la tormenta: las mujeres y los niños primero.

Mentiras

Juan Manuel de Prada en ABC

Dicen que el comer y el rascar todo es empezar; y lo mismo podría predicarse del mentir. Se empieza mintiendo con rubor y embarazo, pero una vez que se le coge el tranquillo a la mentira, se acaba mintiendo con la misma facilidad con que se respira. Esta inercia gustosa de la mentira parece haberse adueñado de nuestro gobierno, que después de mentirnos sobre sus conversaciones con los etarras también pretendía mentirnos sobre sus conversaciones con el príncipe de Gales, a quien los cronistas de sociedad califican de «elegantísimo», que es como piadosamente se denomina a los príncipes en edad provecta a los que ya se les pasó el arroz. Los fontaneros de Moncloa debieron ver muy pasado al provecto príncipe, a quien la maledicencia popular atribuye ciertos brotes de alzheimer; y así discurrieron intercalar algunas mentiras en un comunicado de prensa en el que se insinuaba que Zapatero y el provecto príncipe ambos habrían hablado sobre Gibraltar. Pero las mentiras, cuando tu interlocutor no padece alzheimer, tienen las patas cortas; y en unas pocas horas la embajada británica, actuando al más puro estilo etarra, emitió un desmentido que dejaba a la altura del betún a los fontaneros de Moncloa.

Aquí podría haber saltado Rubalcaba como un resorte, para tildar de «bazofia llena de mentiras» el comunicado de la embajada británica, como ha hecho con las actas etarras. Rubalcaba, que en cierta ocasión famosa nos advirtió que «ETA mata, pero nunca miente», se ha empeñado después en convencernos de lo contrario. O, dicho con más exactitud: primero pretendió convencernos de que ETA no mata, lo que justificaba negociar con ella; y, ahora que ETA ha enseñado las actas de aquella negociación, pretende convencernos de que tales actas son una bazofia llena de mentiras. Sin embargo, para ser una bazofia llena de mentiras, les falta un elemento primordial. Un mentiroso compulsivo empieza por mentir sobre sí mismo, sobre sus propósitos o finalidades, para después atrapar a su interlocutor en su telaraña de mentiras; así actúan, por ejemplo, los fontaneros de Moncloa cuando insinúan que Zapatero habló sobre Gibraltar con el provecto príncipe de Gales. Pero si uno lee las actas de la negociación descubre que los etarras no mienten sobre sí mismos, sobre sus propósitos o finalidades; por el contrario, descubre que los etarras se mantienen erre que erre, aferrados a sus principios con una lealtad que podríamos calificar de encomiable, si no fueran principios criminales. Y, al mismo tiempo, descubre que los representantes del gobierno tratan de torcer y ablandar esos principios con todo tipo de golosinas, ofreciendo a los etarras el oro y el moro a cambio de ciertas concesiones mínimas. Golosinas y halagos que los etarras rechazan tozudos; y es la tozudez etarra, la adhesión inquebrantable a sus principios, lo que impide a la postre que se alcance un acuerdo.

Esto es lo que las actas revelan: por un lado, una parte dispuesta al cambalache, que comercia con unos principios en los que no cree; por otro, una parte aferrada a unos principios en los que cree a machamartillo, dispuesta a no ceder ni un ápice. Si las actas fueran una «bazofia llena de mentiras» habrían empezado por pintar a unos etarras contemporizadores y dúctiles; pero revelan exactamente lo contrario, y esto les confiere una verosimilitud estremecedora. Las mentiras, cuando tu interlocutor no padece alzheimer, tienen las patas muy cortas.

Batallas libias

Alfredo Abián en La Vanguardia

España no se pierde ni una, por algo somos el octavo exportador mundial de armamento. De hecho, vendíamos pertrechos de guerra a Libia hasta anteayer. Aunque, eso sí, nuestra odisea del amanecer es limitada. Nada que ver con el despliegue pirotécnico que lucen los misiles estadounidenses Tomahawk, de los que se han lanzado centenares a razón de 600.000 euros la unidad. Aquí somos más humildes. Nuestros cazas F-18 consumen unos 7.000 eurillos de nada en combustible por hora de vuelo. Eso sí, será mejor que no disparen o el PIB se nos hunde.

De mi asombro no salgo

Alfonso Ussía en La Razón

Gadafi, el singular criminal, ha sido atacado por sus antiguos amigos y clientes. Los dirigentes occidentales han necesitado cuarenta años para convencerse de que es peor que un alacrán. Entonces Obama, seducido por Sarkozy, decidió atacar a Gadafi para derrocarlo. Zapatero se unió a la guerra con entusiasta frenesí. Obama y la ONU, nada más y nada menos. En Libia, además de Gadafi y sus tropas, están los rebeldes y las suyas. «Hay que ayudar a los pobres y valientes rebeldes», le dijo Obama a Sarkozy. «Pásalo». Y Sarkozy se lo pasó a Zapatero, que a su vez, se lo pasó al Primer Ministro de Dinamarca. Y partieron las tropas para quitar a Gadafi y situar en el poder a los rebeldes. Sucede que nadie se interesó por conocer a los rebeldes. Soltaron sobre las cabezas de Gadafi y los suyos toneladas de misiles. Los rebeldes a los que nadie preguntó a qué se dedicaban, ganaron terreno. Se cumplía el décimo día de esa guerra tan extraña, cuando Obama supo que uno de los jefes de los rebeldes era Abdul Hakim Al Hasidi, un terrorista de Al Qaeda, durante algunos años huésped obligado en Guantánamo. Y llamó a Sarkozy. «Oye, que entre los rebeldes que no sabemos quienes son y a los que estamos ayudando tanto, están los de Al Qaeda. Pásalo». Y Sarkozy se lo pasó a Zapatero, el cual, como está mandado, se lo pasó a su vez al primer Ministro de Dinamarca. Esta novedad, que todos los habitantes de la tierra conocían excepto Obama, Sarkozy, Zapatero y el Primer Ministro de Dinamarca, ha creado una angustiosa confusión en las Fuerzas aliadas, con mando de la OTAN y sin mando de la OTAN, que eso tampoco está muy claro. Creo que Obama se tiene que sentir como Rufus Carbone, el ex rey del conglomerado de maderas en su despacho de la Quinta Avenida. Los de Al Qaeda derribaron las Torres Gemelas, un avión de pasajeros y estamparon otro contra el Pentágono. En España se llevaron más de un centenar de vidas por delante el 11 de marzo de 2004. En Inglaterra, el atentado en el Metro de Londres. Y los están ayudando para quitar a uno de sus mejores clientes en la compra de armas y en la venta de petróleo. Sucede que ni Obama, ni Sarkozy ni Zapatero son de frases, como Rufus Carbone, acuñador de su famosa «de mi asombro no salgo». Y ahora, a ver qué hacen.

Viñeta de Esteban en La Razón

Viñeta de Montoro en La Razón

viernes, 1 de abril de 2011

¿En qué país vivimos?

Un hombre que mató a su primera mujer, detenido por la desaparición de su pareja

La Audiencia le condenó a 57 años de prisión, aunque solamente llegó a cumplir nueve "por buena conducta".

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Sin comentarios.

Irak, golpeado

GEES en Libertad Digital

Con las revueltas árabes extendiéndose a Siria, y tras haber animado alguna protesta esporádica en Irak, es importante destacar que lo que verdaderamente debe de preocuparnos a todos respecto a este país árabe es la vigencia del terrorismo yihadista: osado como siempre, golpeando indistintamente a chiíes, suníes y cristianos y peligrosamente activo. Y todo en estos momentos en los que, recordémoslo de nuevo, muchos insisten en considerar a Al Qaida agonizante y a la ideología yihadista salafista superada por la marea democratizadora que estaría extendiéndose por buena parte del mundo árabe.

Osado fue el ataque producido el 29 de marzo contra la sede del Gobierno Provincial de Saladino, situada en el feudo de Saddam Hussein, en Tikrit. En la más cruel tradición de Al Qaida, seis terroristas atacaron el edificio disfrazados de militares, abriéndose paso con un terrorista suicida. Hicieron estallar un coche bomba cuando acudieron los servicios médicos, policiales y militares. Después, bien pertrechados con armas ligeras y cinturones con explosivos, tomaron varios rehenes en el interior del edificio. Los cinco terroristas murieron en unos enfrentamientos que duraron horas y que dejaron en el momento 60 muertos y decenas de heridos. Recordando el asalto a la ciudad india de Mumbai, la amenaza del yihad urbano se hace presente de nuevo con esta luctuosa página iraquí. Tikrit ya había sido escenario de una matanza cometida por un suicida el 18 de enero, cuando mató a 49 personas al atacar un centro de reclutamiento de la policía. Al día siguiente, en Baquba, eran 60 los muertos provocados por otro suicida en otro centro de reclutamiento policial.

Por otro lado las matanzas de chiíes no cesan y nos obligan a recordar que un gran defensor de los ataques contra esta comunidad heterodoxa musulmana corretea libremente por el vulnerable Egipto: Yusuf Al Qaradawi, que lanzará este viernes su consabida arenga contra infieles y apóstatas incluyendo a los chiíes entre estos últimos. Si queremos una prueba para testear Egipto, es la situación de Al Qaradawi.

A la matanza de 45 peregrinos chiíes en Kerbala el pasado 20 de enero–dos atentados suicidas cometidos con cinturones explosivos–, hay que añadir la cometida por otro suicida el 24 de enero también en la ciudad santa de Kerbala, muriendo 30 peregrinos. El 27 de enero, en Bagdad, un suicida provocaba la muerte de 50 chiíes en el barrio de Al Shuala. La fijación por la comunidad chií ha perdurado hasta hoy en atentados de menor envergadura o que han afectado a seguidores de ambas confesiones del islam, como el ataque suicida realizado el 17 de febrero en Muqdadiya, al noreste de Bagdad.

Finalmente, también en Irak puede hablarse de acoso contra los cristianos, como está ocurriendo en otros países árabes y musulmanes como Egipto, Turquía o Pakistán. Tras el atentado contra la Iglesia de Nuestra Señora de la Salvación, en Bagdad el 31 de octubre–que provocó 52 muertos–, líderes religiosos musulmanes recomendaron a los cristianos que no celebraran ni la Navidad ni los servicios religiosos mínimos. Muchos han recibido amenazas de muerte o incluso han sido agredidos: entre 4.000 y 6.000 han huido ya a Turquía, donde el régimen supuestamente dialoguista y puntal de la Alianza de Civilizaciones del primer ministro Tayyip Recep Erdogan les niega el estatuto de refugiados.

Padres presos por su conciencia

Jaime Urcelay en Libertad Digital

Hace tan sólo unos días, la opinión pública conocía asombrada que en un país democrático como Alemania se había encarcelado a una madre de familia numerosa por negarse a llevar a sus hijos a la clase de educación sexual estatal.

Los hechos han ocurrido en Salzkotten (Renania del Norte-Westfalia) y, según hemos sabido después, no se trata de un episodio aislado. De acuerdo con los datos de Alliance Defense Fund (ADF) –que defiende a las familias afectadas ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo– son ya 35 los padres condenados en Alemania por el mismo motivo. Es más, apenas hace unos días se conocían dos nuevos casos de encarcelamiento de padres en la misma localidad alemana por negarse a que sus hijos participen el programa escolar de educación sexual Mi cuerpo es mío.

Estos casos demuestran que hay estados en Europa dispuestos a llevar muy lejos –nada menos que el castigo de prisión– una pretensión que conocemos bien en la España de Zapatero y su proyecto de reingeniería social: que el poder político se arrogue unilateralmente la potestad de educar la conciencia moral de los futuros ciudadanos. A costa, por supuesto, de negar la responsabilidad de los padres en la elección de la educación que consideran más apropiada para sus hijos. La controversia de las asignaturas adoctrinadoras de Educación para la Ciudadanía o el capítulo educativo de la nueva Ley del Aborto son buenos ejemplos.

Es patente que en Alemania, como aquí, nos encontramos ante una grave anomalía en el respeto de derechos fundamentales básicos. El "derecho preferente de los padres a escoger el tipo de educación que habrá de darse a sus hijos" quedó expresamente reconocido, tras la trágica experiencia de los estados totalitarios, en el artículo 26.3 de la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948. El Convenio Europeo de Derechos Humanos no es menos explícito en el artículo 2 del Protocolo Adicional, en lo que constituye una derivación necesaria de la libertad de conciencia que el Estado debe garantizar también en la enseñanza (art. 9.1 del Convenio). Y es que, como recientemente escribía el profesor Navarro-Valls, "el derecho a elegir el tipo de educación que queremos dar (o no dar) a nuestros hijos forma parte de nuestro propio derecho a elegir una concepción del bien y a ponerla en práctica, sin interferencia de los poderes públicos".

La jurisprudencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos confirma que cabe esperar, con fundamento, que la justicia prevalecerá cuando dicte sentencia, tanto en el caso de los padres alemanes como en el de los 375 demandantes españoles que han acusado al Estado español de conculcar el Convenio Europeo al imponer las asignaturas de Educación para la Ciudadanía y negar el derecho a la objeción de conciencia de los padres. Las sentencias de los casos Folgero y Zengin (2007) dejaron claro que la libertad de los padres para educar moralmente a sus hijos está por encima del poder coercitivo del Estado y que, por tanto, filigranas jurídicas como las del dividido Tribunal Supremo español en los recursos de Educación para la Ciudadanía o el encarcelamiento de los padres alemanes no son compatibles con el sistema europeo de libertades.

Pero mientras esto ocurre –que va a ocurrir–, es fundamental que casos como el de Alemania o los recientes atropellos con Educación para la Ciudadanía en Badajoz, Cabezas de San Juan (Sevilla) o Villalba (Madrid) no queden sin una respuesta ciudadana responsable y comprometida. La libertad se defiende ejerciéndola y es mucho lo que nos jugamos, como personas individuales, como familias y como comunidad política para el bien común.

Así lo han entendido el medio centenar de entidades y los varios miles de personas que ya se han adherido a la declaración que Profesionales por la Ética está promoviendo a favor de los padres alemanes condenados. Una acción con la que se pretende algo tan sencillo –y tan indispensable en este momento– como concienciar a la opinión pública y apoyar a los padres, exigiendo a las autoridades políticas que no vulneren los derechos humanos en la escuela.

¿Todavía hay tribunales en España?

Guillermo Dupuy en Libertad Digital

Todavía es popular en Alemania una antiquísima anécdota que refuerza la tesis hayekiana de que en Prusia, a pesar de la mala reputación que luego adquirió dicho reino en el siglo XIX, deben situarse los orígenes del movimiento germánico en favor del Estado de Derecho. Se dice que Federico II estaba molesto a consecuencia de un viejo molino que se alzaba cerca de su palacio de Sans Souci, desluciendo el paisaje. Después de varios intentos infructuosos de compra, Federico II amenazó al propietario con la expulsión. Ante tal amenaza se dice que el molinero respondió tranquilo: "Todavía hay tribunales en Prusia".

Volviendo a la España de nuestros días, no voy a negar que mi confianza en nuestro Estado de Derecho se haya recuperado algo al enterarme de que el juez Ruz se ha atrevido, finalmente, a citar y tomar declaración a Gómez Benítez, junto a otros dos emisarios del Gobierno ante ETA como son Moscoso y Eguiguren. Sin embargo y por grande que sea el coraje de este juez, ¿qué quieren que les diga? . La ignominia y la cantidad y gravedad de delitos que entraña la "paz sucia" de este Gobierno, que las actas interceptadas a ETA sólo vienen a confirmar, van mucho más allá que la que radica el capítulo del bar Faisán. El "proceso de paz" de Zapatero es todo él un inmenso y prolongado proceso de colaboración con banda armada y de omisión del deber de perseguir delitos y delincuentes, del que tampoco son ajenos el encubrimiento, la prevaricación o, en cierto sentido, incluso, la financiación ilegal. Y llevar ante los tribunales todos y cada uno de los capítulos de esta –me temo no concluida– historia de infamia podría salpicar, ya sea en el ámbito moral o en el ámbito penal, a quienes, sin llegar a ser reyes como Federico II, son altísimas autoridades del Estado.

A diferencia de los GAL, que fue una cadena vertical de pocos eslabones, la paz sucia de ZP es una red de ignominia que ensucia también algunas togas de jueces y fiscales. No se trata tan "sólo" de lo que pueda haber hecho u ordenado, ya sea ilegal, ya sea inmoralmente, un presidente de gobierno, un ministro del interior o un presidente del PSE en el País Vasco. Se trata del grado de implicación penal o moral que pudiera tener quien actualmente es Fiscal General del Estado (Conde Pumpido), quien lo ha sido, como Javir Moscoso, o quien actualmente es vocal del Consejo General del Poder Judicial, como Manuel Gómez Benítez.

Por otra parte, y para colmo de mi pesimismo, no dejo de tener presente el poco nivel de denuncia que cabe esperar del principal partido de la oposición: Al arriolano empeño de hacer una oposición de perfil bajo y centrada en la crisis económica, están los errores de pasados procesos de paz, de los que Arriola, por cierto, tampoco es ajeno. Naturalmente esos errores de pasados gobiernos no deben servir de excusa de la infamia perpetrada por el actual. Más aun cuando Aznar fue inducido al error y al autoengaño por la presión de los propios socialistas y de los nacionalistas que presentaban la tregua que estos últimos habían cocinado con ETA en Lizarra como "una oportunidad de paz que no debía frustrar el inmovilismo del Gobierno".

Se dirá, pues, que hay que tener desfachatez para equiparar los errores de Aznar y sus antecesores con la infamia que Zapatero ha protagonizado. Pero a los socialistas la desfachatez les sobra tanto como a la derecha los complejos. El miope de Rajoy no va a querer que el pasado le complique sus expectativas de futuro. Si a eso sumamos nuestras mediocres e insensibles élites periodísticas o la politización de la justicia, comprenderán mi pesimismo.

Ojalá me equivoque, pero no creo que en relación a este terrible asunto llegue el día en que pueda decir, parafraseando al molinero de la anécdota prusiana, que "todavía hay tribunales en España".

Sabina rima con Guadalmina

Cristina Losada en Libertad Digital

El cantante Joaquín Sabina, icono de nuestra progresía, tuvo a bien vulnerar la ley antitabaco en Uruguay, donde también gobiernan los suyos y, como aquí, llevan su pulsión intervencionista al extremo. Intervencionista e intolerante, amén de moralista, que la persecución al fumador es una faceta de la pretensión de imponer una moral obligatoria en que han fosilizado las proclamas de "prohibido prohibir" de tiempos más frescos. El caso es que Sabina se fumó un pitillo en un hotel, cosa que en España ya no se permite ni por exigencias del guión, a pesar de que le avisaron. Pero aparte de las consecuencias que afronta el Sheraton –donde ocurrió el tremendo desafío– y que se cifran en miles de dólares, no hay que esperar otras de enjundia mayor. Siendo Sabina de los nuestrosy dados sus servicios a la causa, su gesto pasa como una divertida transgresión, una voluta rebelde y simpática de quien, por lo demás, defiende la ortodoxia. Y lo hizo en Montevideo.

No corre Sabina, desde luego, el riesgo de que se le trate como al dueño del asador Guadalmina, cuya insumisión a la ley antitabaco fue exhibida como el rugido zafio y primitivo de los cavernícolas de la derecha. Y, sin embargo, en el rigor de hechos, son uno y el mismo. Si el propietario del restaurante andaluz representaba el desprecio a las leyes y al estado de Derecho, no menos lo representa el cantautor. ¿O en la capital de Uruguay no merece la ley tanto respeto como en Marbella? ¿O hay bula para el artista de izquierdas y no para el hostelero de derechas? Aunque más que el doble rasero, que ya es costumbre fatigosa, resalta la similitud entre figuras y estereotipos en apariencia diversos. Y es que bajo el barniz de modernidad que cultiva la grey de la Zeja, tras la cuidada pose de ilustración y cultura, se encuentra, a poco que se rasque, a ese sujeto que vocifera: ¡yo hago lo que me sale de los huevos y paso de leyes! En especial, si no paga la multa de su bolsillo ni perjudica a su negocio.

Puede uno ahorrarse, de cualquier modo, el sermón que incite a reflexionar a quienes, como este cantante, coadyuvaron al advenimiento de la Inquisición actual. Siempre se mantienen la distancia y la disonancia entre su conducta personal y aquella que exigen del común. Es el privilegio de los ungidos.

Suben la luz, el gas y la incompetencia

Editorial de Libertad Digital

Frente a la situación de penuria de miles de empresarios, cientos de miles de familias y millones de trabajadores, las administraciones continúan con sus prerrogativas, falsean déficits, aplazan pagos, lanzan emisiones de bonos y engordan la bola de impagados e incumplimientos como si la salida de la crisis dependiera de imponderables cuya culpa siempre es de los demás, antes de las subprime y ahora de las revueltas en Oriente Medio. Cualquier excusa es buena para subir las facturas, los precios y la desesperanza.

La socialización de la pobreza

Hermann Tertsch en ABC

Definitivamente el país mágico de Zapatero no sabe crear riqueza. Estamos volcados en redistribuir pobreza. Y condenados a hacerlo cuando se haya ido. Sepa que no le olvidaremos.

Palabra de Biblia

Pilar Rahola en La Vanguardia

¿Debemos leer La Biblia? La pregunta me parece, en sí misma, un inequívoco síntoma del naufragio de nuestra sociedad. ¿Tiene lógica que nos hagamos esa pregunta? Y no me refiero a la lectura espiritual que harán todos aquellos que la conciban como la gramática de su fe, sino a la lectura que nos atañe y nos apela a todos. Si nadie pone en duda que los niños deben conocer el Tirant lo Blanc, o El Quijote, ¿cómo podemos dudar de la lectura del referente más importante de nuestra civilización? No leerla no es ser más laicos o más progresistas o más multiculturales o más democráticos, y sigan ustedes con el diccionario de sinónimos de la tontería al uso. No.

Sencillamente, no conocer La Biblia nos hace más ignorantes, más ilusos, más necios y más desconcertados, porque no saber de dónde venimos nos impide saber, a ciencia cierta, hacia dónde vamos.

Viñeta de Esteban en La Razón

jueves, 31 de marzo de 2011

Ese cadáver exquisito

Juan Ángel Juristo en ABC

Lo que llama la atención ahora es la imposibilidad de que el héroe de ficción mantenga el poderío fascinante de otras épocas, algo que sigue pasando en el cine y en los «best sellers», un fenómeno que hubiera descompuesto a un crítico como Maurice Blanchot, tan fascinado por el acontecimiento mágico de la creación de ese tercer personaje que es el personaje de novela, una fascinación que comenzó como ejemplo en la tragedia clásica y que ha pasado por los tiempos metamorfoseándose hasta convertirse en el héroe problemático con que arranca la novela moderna, una fascinación que nos ha dado nombres, porque todo esto se desarrolla en el ámbito de la palabra, como Alonso Quijano, Ana Karenina, Picwick, Raskolnikov, la señora Dalloway, Franz Biberkoft, Joseph K., el ciudadano corriente Leopoldo Bloom, en fin, ¿para qué seguir?, y que ahora perece víctima de los personajes reales debidamente novelados, es decir, convertidos en personajes de ficción ellos mismos o por ese otro personaje que es el autor y las querencias de su yo, normalmente raquítico, plasmadas en palabras, constituyéndose en ejemplo para el lector, mi semejante, mi hermano. No establezco aquí una oración fúnebre, todos tenemos que morir, pero sí constatar algo que, creo, define con precisión nuestra época. No seré yo quien saque conclusiones, que si la autosatisfacción se ha enseñoreado de nuestras vidas, que si el narcisismo es consecuencia de la fase del capitalismo más actual y en crisis, donde los ciudadanos son meras burbujas chupadoras de productos, que si esto o lo otro, pero sí quisiera alarmar, por aquello de la melancolía, de tal acontecimiento. Si el héroe novelesco es cosa del pasado, lo que por ahora lo sustituye no pasa de ser un entretenimiento para anémicos donde el vigor y lo desconocido, tan acorde con el destino del héroe, han sido sustituidos por saber de una vida igual a la nuestra, todas las vidas reales se parecen, o leer la salmodia del yo agónico del autor. Narciso sólo se reconoce cuando se mira en su reflejo.

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Sin dejar de ser esto cierto, también pudiera ser que nuestras vidas se hayan vuelto más literarias (género esperpento, las más de las veces). Si antaño las vidas, salvo mayor cataclismo, se pasaban trabajando y contemplando el paso de las estaciones mientras se veía crecer la cosecha (y en tal monotonía la ficción se nos antoja algo casi necesario), hoy nos pasan muchas más cosas (y muchas cosas pasan por nosotros, dejando sus marcas). Inútiles o ridículas la mayor parte, pero nos pasan. Por no hablar del exceso de ficción al que estamos expuestos, principalmente la que nos entra por las pantallas de todos los tamaños. Hoy hasta la realidad se nos presenta como una ficción, narrada por los periodistas, nunca ajenos a ideologías u otros intereses más bastardos. Del "Así son las cosas y así se las hemos contado" solo podemos estar seguros de que así nos las han contado. Y no digamos de los políticos, esos cuentacuentos. Así no es de extrañar que haya una "sed de verdad", paliada con cualquier cosa que se nos presente como tal y tal nos parezca.

El piano de Gallardón

Ignacio Ruiz Quintano en ABC

El otro día, al volver, tan contento, a casa del boxeo, me encontré una multa que la Policía de Costumbres de Madrid había puesto a mi hija por «consumo de alcohol en la vía pública».

—¿Algún botellón de los de la Ciudad Universitaria?

—Quia. Un botellín en la calle del doctor Esquerdo.

Menudo contraste, pasar del mundo bizarro del boxeo al mundo finolis de la capital: cuatro universitarias veinteañeras piden una cerveza en un bar; para fumar salen con el botellín a un banco de la calle; y aparecen unos guardias imponentes dispuestos a imponer su prestigio material (la multa) y su prestigio moral (una charleta boba de psicología comprada en los chinos).

—Brindo por el doctor Esquerdo —dijo el loco del manicomio a Camba—, gracias a cuyos cuidados no tardaremos en recobrar la razón, que tanta falta nos hace…

A ver si nos enteramos: fumar es para fuera, pero beber es para dentro. La idea la dieron Las Hurtado hace treinta años: «¡Anda, canuto, palante! ¡Anda, canuto, patrás!» La yenka del demócrata pasada por el ballet municipal de echar una cerveza y un cigarro en Madrid:

—Glissade: deslizamiento. Paso de movimiento en quinta, utilizado para unir otros pasos terminados en demi-plié. ¿Fumar un cigarro? Glissade devant, glissade derrière, glissade dessous. ¿Tomar una cerveza? Glisade dessous, glissade en avant, glissade en arrière.

¿Por qué caen sobre el botellín en lugar de caer sobre el botellón? Por el mismo motivo que hacen la guerra del «Tomahawk» (la más sucia, pues consiste en no arriesgar ni un alamar, razón por la cual la democracia del «Tomahawk» no viene en Walt Whitman) en vez de la de la bayoneta. Es lo que Russell llamó «ley de la pereza cósmica».

No me veo de padre de los James (Frank y Jesse) y, sin embargo, acumulo hojillas policiales por patinar cerca de un centro cultural (lástima que no fuera la catedral de la Almudena), por cruzar una calle fuera del paso de cebra y por tomar un botellín en un banco de la calle, ¡oh, justicia poética!, del doctor Esquerdo, el de los locos. Con estos papelillos en la mano, me siento más subversivo que Garci y Querejeta tirando pasquines antifranquistas en el Metro de Sainz de Baranda y Goya. ¿Por qué los hombres de Rubalcaba avisan que van al «Faisán» por unos insurgentes tremendos y los hombres de Gallardón no avisan cuando van al «Braulio» por unos taurinos con botellín?

La multa del botellín es de trescientos euros. Al alcalde le tengo oído que hizo piano obligado por su padre: si la vida te va mal, vino a decirle, tocar el piano te salvará. Él sabe que no toco el piano. Pero ¿sabe cuántos folios he de tirar para ganar trescientos euros?

El cuervo y el faisán

Manuel Martín Ferrand en ABC

EL escudo constitucional de España prescindió del águila que adornaba el de los tiempos de Francisco Franco y procedía del de los Reyes Católicos; pero, vista la marcha de los acontecimientos, salvo que nos favorezca una epidemia de sentido común, será inevitable que las plumas vuelvan a nuestra señal heráldica y no tardaremos en ver un faisán en nuestro blasón. Del águila de San Juan al faisán de Alfredo Pérez Rubalcaba tampoco hay muchas distancias, son pájaros de cuenta y conveniencia que se alimentan en la mentira, en el engaño a los demás. Una mala costumbre establecida entre nosotros y natural en una Nación que se enorgullece más de sus pícaros que de sus sabios y en la que la intolerancia, el más frecuente de los excesos colectivos, baja su guardia frente a los mentirosos, incluso si nos engañan y manipulan —nos perjudican— con cargo al Presupuesto. Aquí la sinceridad se entiende como simpleza y el manejo de las medias verdades, mentiras dobles, da carta y prestigio de astuto y sutil. Rubalcaba lo sabe y remonta su experiencia a los días del GAL.

El presidente del Gobierno se ha convertido en un mentiroso compulsivo y sin remedio. Ya, sospecho, no es capaz de distinguir entre cuando nos dice la verdad o nos la falsea y, en concordancia, sus acompañantes en el Ejecutivo mienten con intensidad directamente proporcional a su capacidad de actuación y pensamiento. Es decir, algunos —de Leire Pajín a Valeriano Gómez— ni tan siquiera valen para decirnos lo contrario de lo que piensan o sienten, de lo que saben o intuyen. La suya es la misma razón que convierte en sinceras a las piedras y a buena parte de los vegetales.

El espectáculo que nos ofrece el paisaje político nacional —paisaje con figuras— es penoso. Deprime. El informe que ayer publicaba ABC sobre las mentiras de Zapatero, incontestable, solo podría disminuirse en su efecto demoledor si fuera capaz de provocar una generalizada respuesta ciudadana; pero hemos llegado a un extremo de desgaste representativo y ausencia parlamentaria —¿antidemocrático?— que a muy pocos les importa algo la mentira de quienes, en olvido de la confianza que en ellos tenemos depositada, se afanan en perpetuarse en sus sillones y mantener la grandeza de su sigla de identidad antes que en cumplir con la obligación específica que indica su cargo. Aquí, para nuestra desgracia colectiva y contra lo acostumbrado en los países auténticamente democráticos, la mentira engorda y engrandece al mentiroso. No basta para su repudio colectivo. Es el síndrome demoledor de la esperanza nacional. Podría haber sido peor. Un faisán es más noble que un cuervo.

Credibilidades

Ignacio Camacho en ABC

Este Gobierno que niega toda credibilidad a los terroristas de ETA fue el primero en otorgársela cuando se sentó con ellos en una negociación política. Y muy amena, según los indicios. Cuando te sientas con un puñado de asesinos en una mesa formal, rodeado de intermediarios internacionales e intérpretes —de euskera, cabe colegir—, cualquiera pensaría que los tomas en serio. Ellos también lo pensaron, sin duda, al punto de que levantaron unas actas igual que los mediadores redactaron las suyas. Rubalcaba dice que esos papeles no tienen crédito porque los han escrito unos canallas. Puede ser. Pero más que creer o no creer, lo razonable es verificar si lo que dicen es falso o es cierto. Si nadie comprobase nunca las declaraciones de los malhechores, muchos crímenes, incluidos los de ETA, quedarían impunes porque la justicia se basa a menudo en los testimonios de los delincuentes. El caso GAL, sin ir más lejos, se aclaró gracias a la confesión de un rufián con todas las letras, un policía corrupto, un sicario cuya revelación resultó ser cierta. También entonces el portavoz del Gobierno se defendió diciendo que no había que creer a un truhán de esa especie. Y, qué casualidad, ese portavoz era… el mismo Rubalcaba.

En punto a credibilidad, y salvando las amplísimas distancias comparativas, este Gobierno tampoco tiene mucha que digamos. Ha mentido tanto y se ha contradicho tantas veces que resulta imposible encontrarle un discurso coherente. El propio presidente dejó dicho que para él las palabras están al servicio de la política. Es decir, que se utilizan a conveniencia finalista, al margen de su significado y, por supuesto, de su adecuación a la verdad. Verdad, mentira, qué conceptos tan elásticos, tan relativos en boca de un hombre para el que la política es la ultima ratiomoral. Maquiavelo era un becario. ¿Tiene credibilidad un político capaz de pasarse un año entero negando una evidencia tan palmaria como la crisis? Si fue capaz de negar eso contra toda razón y toda lógica, ¿por qué no habría de negar una secuencia mucho más secreta y oscura como la de las negociaciones con ETA?

Las palabras al servicio de la política. Pongamos dos palabras, pronunciadas inmediatamente después del atentado de Barajas. Una: el sustantivo «accidente». Dos: el verbo «suspender», empleado respecto al diálogo con los terroristas. Sendos lapsus de un hombre abrumado por la tragedia, cabía pensar. ¿O tal vez se trataba de dos mensajes cifrados que daban a entender que estaba dispuesto a continuar negociando más allá de la línea roja de la tregua?

Conjeturas, sí. Pero conjeturas verosímiles e indicios acumulados que dejan el rastro de una amarga sospecha. Para disiparla no bastan abstractas negativas amparadas en secretos de Estado o epistemologías de cartón. Hacen falta explicaciones. Muchas. Contundentes. Claras. Es el precio que tiene haberse juntado con un hatajo de canallas.

La banalidad, el mal

Bernd Dietz en Libertad Digital

¿Qué tienen aquí en común el político, el vendedor, el predicador, el intelectual, el actor o el chamán de éxito? Lo que llamamos labia, desvergüenza, carisma, elocuencia, zalamería y ojito. La aptitud de llevarse el gato al agua, cual flautista de Hamelín. De arrastrar ratas, niños y demás voluntarios hasta ahogarlos, embelesados en entusiástica bandería. Mas junto al reconocimiento de que lo que opera es la maña para decirle a la gente lo que ansía oír, analicemos nuestro prurito de resultar engañados. No tanto el perfil profesional de los gurúes y la panoplia de destrezas que determinan su cotización, cuanto la contextura biológica y cognitiva de los resueltos primos. ¿Por qué nos reconforta que nos mientan? ¿Por qué nos repatean el realismo y la razón responsables?

La función crea el órgano. La demanda el producto. La oportunidad el negocio. Si el liberalismo rechaza la prohibición de las drogas no es porque éstas no acarreen adicción o su consumo efectos perjudiciales. Es porque compete a cada individuo renunciar al autoengaño y la servidumbre. Administrar su libertad. Ello no se logra con medidas represivas, que multiplican astutamente la hipocresía y el crimen, según enseñan el Chicago de Capone o el México actual. ¡Cómo hemos degenerado desde que Kant imaginara al hombre dejando atrás una minoría de edad en la que penaba por deméritos propios! Se evidencia en qué pocilga hozamos. La de una clac subalterna, ávida de recibir directrices sobre lo que nos conviene. Una grey que compra lotería anticipando cómo gastará el premio, se conmueve con los telediarios y vota con el prejuicio a flor de piel.

"Miénteme, dime que me has esperado estos cinco años", le pide Sterling Hayden a Joan Crawford en Johnny Guitar. La fe del carbonero. El éxtasis de triunfar en Gran Hermano exhibiendo supina catetez. La confianza en los sacamantecas institucionales, en el humanismo progresista, en el agua bendita. La actitud que adoptamos al conservar esperanza en el fondo de bondad de quienes no paran de regalarnos testimonios de su incombustible vileza. Recordemos a esos alemanes, genuinamente crédulos, sinceros y obedientes, en quienes los nacionalsocialistas avivaron el gusanillo del comunitarismo popular. ¡Qué hermoso fue sentirse conformando una gran familia, sin barreras de clase o rango académico, aunados por un destino manifiesto! Apenas sobraban los judíos, cuyo talento era desmoralizador y mataron a Cristo, como hoy persiguen a los palestinos.

En el timo de la estampita, el más siniestro es el estafado. El tontaina con ínfulas. Verbigracia, los cuatro mil quinientos docentes gallegos quijotescamente pertrechados para lo peor, con tal de no dar clase en español. La función pública, escudilla en ristre. O el tierno eurodiputado del PP, presto a favorecer a los falsos lobbistas. Otros colegas no tuvieron ocasión de picar, pues la tentación les pilló sin el pinganillo y lucen inglés de garrafón. Si estalla este país, o incluso si tras arraigar la lobotomía progresista queda mansurronamente para vestir santos y servir cubalibres, con nuestro solar hecho migas, la culpa no será de los Rajoy o Rubalcaba, que listos como teas rentabilizarán la ruina.

Sin atajos

Eva Miquel Subías en Libertad Digital

Cazo al vuelo y gracias a Twitter la entrevista que José María Aznar le concede a Pedro J. en Veo7. Menudo par. Como para perdérsela.

Así que preparo una bebida estimulante –prefiero obviar sus ingredientes no vaya a ser que pase a engrosar en breve la lista de lo prohibido- y procuro tener a mano lápiz y papel, por si acaso.

Voy a seguir la línea del ex presidente, así que no me andaré con ningún rodeo. Iré directamente al grano. Con lo que, pese a quien le pese, estoy en condiciones de afirmar que disfruté del encuentro en su plenitud. Vamos, me chifló. Fuera corsés, puños apretados para una mayor contención, miradas de dudosa credibilidad, medias sonrisas que dicen sí pero esconden un casi no. Desátame o apriétame más fuerte, parecía pedirle el presidente de FAES al director de El Mundo, tal y como rezaba la canción. Claro, no. Cristalino. Y no saben cómo se agradece en mitad del actual panorama más que sombrío.

Sin apenas pestañear recordó cómo Alfredo Pérez-Rubalcaba había violado la jornada de reflexión previa a las elecciones generales de 2004, algo que la mayoría parece haber olvidado pero cuyo episodio recordamos algunos de manera muy nítida sin haber ocurrido nada al respecto. Apuntó a la búsqueda permanente de atajos por parte del Ejecutivo socialista, con tal de no aplicar el estado de Derecho, con lo que se refirió de manera contundente a la negociación con ETA, a SORTU y la Ley de Partidos. Sin ambages.

Por supuesto se refirió al tiempo político ya agotado por parte de José Luis Rodríguez Zapatero, habló de la importancia de convocar a los españoles a unas elecciones y señaló cómo el único que realmente tiene algo que decir al respecto de su sucesión se mantiene en silencio. En un misterioso e irresponsable silencio, añadiría.

Sin desperdicio su comentario sobre la cuestión de Libia y sus similitudes o no con Irak, poniendo sobre la mesa, con la aplastante seguridad que te da la experiencia de haber pilotado solito la nave, que la principal diferencia es que él no envió ni una sola tropa de combate, ni un soldado, ni un submarino, al tiempo que mostraba su indisimulada extrañeza al respecto de cómo se puede proteger a la población civil de Bengasi mientras se bombardea Trípoli. Remítanse –apuntó con mirada socarrona- a la página web del Ministerio de Defensa. Oído cocina.

Algunos podrían acusarle de ir de "sobradete". Quizás si. Pero cuando se ha tratado a alguien de forma tan manifiestamente injusta y se ha empleado el "todo vale" contra su persona, es lo mínimo que se le puede permitir. Y el tiempo, además, no sólo ya le está dando, sino que acabará por darle enteramente la razón en muchísimos aspectos tan sectariamente tratados. Otro día los enumeraremos.

"Probablemente contra Bush estaba todo justificado aunque la doctrina sea la misma", apuntó José María Aznar casi al final de su intervención. Y contra ti, también, presidente. Aunque mucho me temo que, por fortuna, el tesón castellano, el criterio y la coherencia le habrán ayudado a mantenerse en la posición que en su día decidió adoptar y permanecer, buscando siempre el camino óptimamente trazado, sorteando uno a uno cada obstáculo y sin caer en la tentación de buscar senderos facilones. Porque así es cómo se gobierna. Sin traicionar los postulados que te permitieron en su día manejar los destinos de una nación.

Aquí lo dejo. Desmelanada, ya. Y aplaudiendo.

Sentencia pírrica

Fernando Herrera en Libertad Digital

Saludaba con alborozo el internauta, mejor, el ciudadano medio, la sentencia de la Audiencia Nacional que anulaba el canon sobre soportes digitales, y entonces se empezó a conocer su contenido. Una vez más, caía el gozo del ciudadano en el pozo de la arbitrariedad.

Porque tras la alharaca de los titulares se esconde la cruda realidad de una sentencia que se puede calificar como pírrica, y que nos deja moralmente satisfechos, pero de nuevo a los pies de lo que quieran hacer con nosotros los políticos.

Vayamos por partes. Empecemos por lo más obvio: los jueces han decidido que, aún siendo un canon ilegal, el dinero indebidamente cobrado mientras los jueces deliberaban no se devuelve. O sea que si este canon era un robo, ahora ya ha dejado de serlo. Se consolida gracias a esta sentencia el expolio realizado a cada individuo y a la sociedad. Mal vamos.

Pero no ha de terminar aquí la desilusión. Si no vamos a poder recuperar lo que nos quitaron, podríamos consolarnos pensando que al menos no nos quitarán más. Pero tampoco parece que vaya a ser así.

En efecto, la sentencia de la Audiencia en realidad no anula ni declara ilegal el canon. Se limita a anular la Orden Ministerial donde se listan los soportes y aparatos a los que hay que cargar el canon, y cual ha de ser su importe. Y ni siquiera lo hace por cuestiones de fondo, simplemente la anula por aspectos formales, esto es, porque no se cumplieron determinados trámites antes de aprobar la citada Orden.

En concreto, la tramitación de esta Orden requería un informe del Consejo de Estado, y sendas memorias justificativa y económica. Los jueces de la Audiencia no han encontrado ninguno de estos documentos en el expediente asociado, tras una infructuosa búsqueda que les ha llevado dos años y medio, ni más ni menos. Y es esta ausencia la que les lleva a anular la Orden, que no el canon.

Así pues, el panorama no es nada halagüeño. En primer lugar, porque a los jueces les ha llevado 30 meses (¡30 meses!) percatarse de que estos documentos no existían, periodo durante el cual los ciudadanos hemos pagado religiosamente un dinero que no tendríamos que haber pagado y que nadie nos va a devolver. Y digo yo que cómo puede llevar tanto tiempo juzgar y decidir sobre la inexistencia de unos informes.

Y en segundo lugar, porque la redacción de dichos documentos no supone ningún obstáculo relevante para la aprobación una nueva Orden en lugar de la anulada. La elaboración de las pomposas memorias no le llevará a un buen funcionario más de un par de tardes, aunque el informe del Consejo de Estado requerirá más fárrago administrativo y retrasará un algo la aprobación.

Por supuesto que la nueva Orden podrá ser llevada de nuevo ante la Audiencia, y forzar a los magistrados a resolver sobre el fondo de la cuestión. Pero para cuando hagan esto ya habrán pasado otros cuantos añitos en que los ciudadanos habremos seguido sufriendo el expolio de un canon eventualmente ilegal, y en todo caso no restituible.

Con todo, lo más divertido es que hay gente que, gracias a sentencias como ésta, se cree que el Estado de Derecho funciona en nuestro país. Y, sin embargo, lo que demuestran es justo lo contrario: son la prueba evidente de que el Estado puede hacer lo que quiere en nuestro país.

El ajedrez de la Paz

Cristina Losada en Libertad Digital

Tranquilícense, todo era un juego. Los negociadores del Gobierno mantuvieron con la ETA una partida de ajedrez con dos clases de piezas, a saber, medias verdades y mentiras completas. Así, por esa esquina lúdica, se evadieron los mensajeros de la Paz de la curiosidad del juez. Y, desde el mismo ángulo, se neutraliza ahora la publicación de las actas que los terroristas hicieron de aquellas sesiones de "a ver quién engaña a quién". En suma: nada de cuanto ponen en boca del trío de ajedrecistas oficiosos iba en serio. A tal aprendiz mayor, o sea, Rodríguez Zapatero, tales aprendices del difunto Bobby Fisher, Karpov y Kasparov. De haber algún cinéfilo entre ellos, igual se identificaría con el caballero que reta a la Muerte al ajedrez para alargar su vida en El Séptimo Sello, de Ingmar Bergman. Con la partida que abrió el presidente, sin embargo, se alargaba la vida de una banda terrorista.

No conviene desechar la frívola analogía a primera vista. Como ha contado Mikel Buesa, hay una autoría intelectual de la negociación fundada en la teoría de juegos. Aunque la ingeniería social revestida de lenguaje matemático fascinaría a Zapatero en la medida en que se adaptaba a un puñado de prejuicios ideológicos y al interés rastrero. El problema es que nada de eso es aún materia para la arqueología. Y frente a la costumbre de pasar página, tan arraigada en la democracia española, será preciso instaurar el hábito liberal, cívico, de la responsabilidad. Sea política, sea penal. Por mucho que suenen ya la melodía de la salvación por las buenas intenciones, siempre supuestas, y la dulce nana de la unidad; esa que induce al olvido alegando que la división beneficia únicamente al terrorista. ¡Más le benefician las cesiones! Y la mayor de todas consiste en hablar de política con una banda tal. Es eso lo que alarga su vida. La expectativa de negociar un precio engrasa su maquinaria. Hacerlo, con o sin engañifas, alienta la convicción de que el terror funciona y, entonces, ¿por qué lo van a dejar?

Este retorno de un pasado insepulto corre, no obstante, el riesgo de degenerar en un episodio de vuelo bajo y nulo coste. A ello contribuye que el Partido Popular, de natural dispuesto a "mirar al futuro" y más cuando el futuro parece suyo, se incline por reducirlo a una escaramuza contra Rubalcaba, vislumbrando quizás la "sucesión". Pero no es asunto éste para un despliegue de agit-prop de amateur. Ni tampoco para acabar en el juego del gallina.

La letra de Rajoy

Javier Somalo en Libertad Digital

Ya dijo Mariano Rajoy que, en ocasiones, le cuesta entender su propia letra. Pero no parece que sea esa la razón que le impida leer punto por punto el argumentario que ha elaborado el PP sobre la rendición ante la ETA. Si esta es la postura oficial del PP –lleva su membrete–, ¿por qué no la expresan públicamente?

Mariano Rajoy asomó firmeza ante los suyos devolviéndole a Rubalcaba la famosa frase de que no nos merecemos un Gobierno que mienta, la que le apeó del poder que rozaba con los dedos un 13 de marzo de 2004. O sea, que Rajoy ya no cree a Zapatero en la lucha antiterrorista aunque haya dicho decenas de veces que sí. Aunque haya dejado en la estacada otra decena de veces a Jaime Mayor Oreja. Según parece, ahora volvemos a ese 4 de julio de 2007 en el que Rajoy espetó a Zapatero: "O muestra las actas de la negociación con ETA o debe tomar el camino de la Zarzuela". Quizá vuelva a esa otra sentencia, pronunciada como la anterior en un Debate sobre el estado de la Nación. Fue un 5 de mayo de 2005: "Usted ha traicionado la memoria de los muertos". Recomiendo leer aquí un extracto de su discurso escrito y leído en su integridad.

Pero, de momento, este miércoles hemos asistido a otro frenazo. Sólo seis minutos para despachar el cóctel chivatazo-actas. Rajoy, ni palabra. Sólo economía. Soraya hizo amago pero se quedó en una vaga alusión al "Ministerio del Interior" para dejar paso a la "tradicional pregunta del diputado Gil Lázaro"... y a la tradicional respuesta-burla de Rubalcaba, que siempre acaba en las filas en las que militó su padre cuando todavía no había televisión. A veces da la sensación de que en el PP dan por amortizado a Gil Lázaro y no quieren compartir sus angustias.

El argumentario escrito del PP contra la política antiterrorista del Gobierno –que es de rendición y traición– es impecable. El argumentario hablado sigue inédito, salvo el arranque ciclotímico del otro día.

Digan lo que escriben. Cabe suponer que es lo que piensan. Si no, abren la sospecha de que es verdad que no entienden –léase comparten– su propia letra. Aunque sea mecanografiada y lleve el membrete de la gaviota.

Traición sin consecuencias

Francisco José Alcaraz en Libertad Digital

Cuando en el verano del 2004 empecé a denunciar el proceso de negociación del Gobierno con la ETA, algunos por incrédulos y otros por descubiertos empezaron a marcar distancias y ponerme en el punto de mira de sus críticas.

Después de la primera manifestación de la rebelión cívica convocada el 22 de enero del 2005 las posiciones empezaron a ser mucho más claras: había que deslegitimar a Alcaraz y para ello recurrieron a la calumnia. Pero hay un momento donde la campaña se recrudece coincidiendo con las elecciones en la AVT del año 2006 y donde se articula, con la complacencia del Ministerio del Interior, el asalto a la AVT utilizando a algunas víctimas del terrorismo que actuaban como punta de lanza del Gobierno.

Como la jugada no les salió bien pasaron a subir el nivel desde periódicos, shows de televisión, radios y revistas afines al poder, y algunas víctimas del terrorismo haciéndole el caldo al Gobierno iniciaron una campaña demoledora no sólo contra mi persona, sino también contra mi esposa.

Pero no era suficiente y encontraron en la asociación ADADE presidida por José Mariano Benítez de Lugo una oportunidad para acallarnos. Interpusieron una querella en la Audiencia Nacional contra mi persona por decir cosas contra el jefe del Ejecutivo como:

"El proyecto de ETA es el proyecto asumido por el Gobierno", "la declaración de tregua del ETA es una declaración consensuada entre el Gobierno y la banda" o "es indignante que encontremos al Gobierno y partidos afines defendiendo a terroristas".

Esa querella fue justamente archivada y El País, de forma abyecta, atacó sin escrúpulos a la sección cuarta de la AN integrada por Fernando Bermúdez, Teresa Palacios y Flor María Sánchez. De haber prosperado aquella querella mi defensa tenía previsto pedir a la Audiencia Nacional las actas de la negociación con ETA, actas que respaldarían todas y cada unas de las denuncias que realicé y que años después habiendo conocido algún dato más creo que aún está más justificadas si cabe.

En multitudes de ocasiones, tanto en entrevistas como en artículos, he denunciado durante años que el arma más poderosa que tiene ETA contra el Gobierno son las actas de la negociación y así queda reflejado con el conocimiento que tenemos de algunas partes de las actas.

Y ahora ¿que pasa? Esa es la gran pregunta y no podemos permitir que la respuesta sea que "no pasa nada", porque en la medida que estos hechos tan graves y bajo mi punto de vista delictivos puedan quedar impunes sin que tenga las consecuencias políticas y penales que merecen, estaremos destruyendo gran parte de nuestra democracia y la libertad estará condicionada a los pactos entre políticos y terroristas.

Viñeta de Montoro en La Razón

Intervención internacional (II)

César Vidal en La Razón

Señalaba yo en mi último artículo mi inquietud ante la desviación jurídica que significa la intervención en Libia en la que se encuentra inmersa España. La mutación del derecho internacional vino directamente de la mano de ese desastroso secretario de la ONU llamado Kofi Annan que, en la década pasada, decidió pasar por alto un sistema que había funcionado bien casi cuatro siglos y sustituirlo por una vaga doctrina del derecho a la defensa de la comunidad internacional. Annan argumentaba que, ciertamente, esa interpretación chocaba directamente con el art. 2.7 de la Carta de la ONU y que además implicaría participar en multitud de guerras civiles. Sin embargo, consideraba que razones humanitarias justificaban ese retorcimiento de la legalidad y los precedentes del derecho internacional. En apariencia, la intervención de los «buenos» contra los «malos» sólo podía ser motivo de albricias y parabienes. En la práctica, la solución ha sido muy distinta. De entrada, la intervención internacional en aplicación de la novedosa «doctrina Annan» no ha garantizado en un solo caso el establecimiento de regímenes más democráticos o más respetuosos con los derechos humanos. En buena medida, es lógico que así sea porque a una dictadura se puede enfrentar un movimiento revolucionario no menos totalitario y porque nadie puede garantizar que la Historia, como ha sucedido tantas veces, vaya a peor. Esta mutación de la legalidad internacional ha permitido –eso sí– que los rebeldes pudieran matar con la misma profusión que el gobierno establecido, que recibieran armas y que el conflicto se alargara con su siniestra secuela de muerte y desolación. Nada más. No sólo eso. La intervención militar internacional ha tenido otras consecuencias nefastas para las naciones en que se ha producido. Por ejemplo, el reparto de ayuda humanitaria no se ha realizado una sola vez de la manera esperada sino que ha terminado por generar la aparición de nuevas mafias locales y corrupciones sin cuento que no han garantizado nunca el abastecimiento de la población civil, pero sí que distintas redes de delincuentes amasaran cuantiosas fortunas. En directa relación con esto, el aparato del Estado se ha colapsado al nacer nuevos poderes, nada democráticos, por otra parte, del reparto de comida o medicamentos. Por añadidura, los cerebros de la nación en cuestión, sumidos en el caos, acaban siendo absorbidos por otras. Finalmente, las tropas de intervención –incluso de la ONU– no pocas veces se han comportado de manera brutal o han intentado garantizar más los contratos para sus respectivas naciones que proteger a los civiles. Añádase a esto el infierno sufrido por los refugiados, la aniquilación de la economía y la prolongación de la guerra civil con dos bandos ya discretamente pertrechados y se verá que la doctrina Annan no ha mejorado precisamente los resultados –por modestos que resultaran– de la interpretación tradicional del derecho de intervención. Por si fuera poco, esta doctrina ha sentado un peligroso precedente y es el de que cualquier grupo de rebeldes podría iniciar sin legitimidad alguna una rebelión armada en cualquier parte del mundo –unos moros en el Albaicín o unos vascos en Eibar– en la seguridad de que será reconocido y contará con la esperanza de recibir la ansiada intervención internacional en su favor. Así sucedió en Kosovo y podría suceder en una Libia dividida en dos para beneficio de algunas potencias.