miércoles, 13 de abril de 2011

Aguirre contra Procusto

José García Domínguez en Libertad Digital

Lo que Hegel llamaba el espíritu de la época, eso tan difícil de aprehender para los contemporáneos, yo acabo de descubrirlo en la estampa algo andrógina de un tal Justin Bieber, cantante que, según me cuentan, trae soliviantadas a las pubertinas españolas. Al punto de que, igual en Madrid que en Barcelona, centenares de preadolescentes guardaron cola de días ante las taquillas a fin de asistir a sus recitales. En algunos casos, morando en tiendas de campaña toda la semana, me informa La Vanguardia, gaceta que por lo demás se suma al universal contento por tan ilustre visita. Al respecto, uno tenía entendido que la escolarización en este país era obligatoria hasta los dieciséis años de edad. Y que entre los cometidos de la Policía estaba identificar la presencia de menores en la vía pública durante el horario lectivo.

Pero, por lo visto, uno lo entendió mal. ¿Cómo, si no, legiones de abnegadas mamás de la sufrida clase media habrían escoltado a sus niñas en la larga espera ante la mirada complaciente de los guardias de la porra? Por no entender, uno no entendió que el genuino escándalo no residía ahí, sino en cierto proyecto docente madrileño. Ése que pretende auspiciar institutos públicos donde se practique el culto no a Bieber y su compadre Procusto, sino a la excelencia académica. Centros que se plieguen a una constatación empírica registrada por la Humanidad en los últimos dos mil años, a saber, la evidencia de que la Madre Naturaleza no es socialdemócrata.

De ahí que la inteligencia no se distribuya en el Cosmos con arreglo a los principios programáticos de la II Internacional. Fatalidad biológica que tan bien comprendieran, por cierto, los promotores de la Institución Libre de Enseñanza, muy elitista referencia mítica de esa progresía que, escandalizada, clama "¡Anatema!". La misma progresía que, en apenas un cuarto de siglo, ha coronado uno de los más asombrosos prodigios de la ingeniería moderna: transformar un viejo ascensor social en una eficacísima tuneladora. Gloriosa hazaña, la de la ortodoxia pedagógica dominante, que nunca hubiera sido posible sin la tolerancia cero con las desigualdades naturales entre las capacidades de los alumnos. Tabú que ahora se aprestan a violar en Madrid. Con permiso de las mamás de Bieber, claro.

Aguirre, contra la mediocridad de la izquierda

Editorial de Libertad Digital

La presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, ha vuelto a poner de manifiesto, ante un abarrotado foro de ABC, que, lejos de resignarse ante los dogmas que el socialismo trata de imponer como pensamiento único a los ciudadanos, lo que hay que hacer es "desterrar la falsa superioridad moral de la izquierda".

Conocedora de la importancia decisiva que las ideas tienen, para bien y para mal, en el devenir de la sociedad, Aguirre ha reivindicado los valores y principios del liberalismo frente a los dogmas que el socialismo propaga como indiscutibles. Aguirre sabe que si aceptamos como principios y valores de partida falsedades como las de que un mayor gasto público es equivalente a un mayor bienestar social; que la igualdad ante la ley significa la igualación por ley; que la justicia se alcanza, no dando a cada uno lo suyo, sino dando a todos lo mismo; o que la ley debe ser, no la salvaguarda de la libertad del individuo, sino el cincel con el que el gobernante moldea a su gusto la sociedad, estamos abocados a un injusto y coactivo empobrecimiento colectivo. Aguirre sabe que frente a él poco o nada podrán supuestas "alternativas de gestión", mientras no se atrevan a cuestionar de raíz ese falso paradigma dominante en el que buscan acomodo.

En lugar de acomplejarse ante ese falso y fracasado modelo "progresista", Aguirre ha puesto en valor principios como el de la austeridad pública, como el del equilibrio presupuestario o como el de la libertad empresarial y la soberanía del consumidor. Conocedora de la superioridad moral y práctica de lo que Herbert Spencer llamó el orden del contrato frente al del mandato, Aguirre ha apelado a la libertad de elegir y a la libre iniciativa empresarial frente a quienes propagan que es más "justo" el coactivo e ineficaz servicio público a cargo de funcionarios.

Pero quizá haya sido en el terreno educativo, y en su reivindicación del mérito y de la excelencia, donde el espléndido discurso de Aguirre ha sido más incisivo contra esa rémora igualitarista que la izquierda propaga en detrimento de la libertad, de la auténtica igualdad ante la ley y, en este caso, de la calidad de la enseñanza.

Su propuesta de abrir un "aula de excelencia" para los estudiantes más aventajados en los institutos de enseñanza secundaria la próxima legislatura (iniciativa que se suma al "bachillerato de excelencia" al que accederán los alumnos que lo deseen entre los que mejores notas hayan sacado durante la escolarización obligativa) no será una alternativa radical al deteriorado sistema estatalizado de enseñanza; pero sí tiene la enorme virtud de introducir, aunque sea dentro de un deficiente sistema, el valor del esfuerzo, de la distinción, del mérito y de la búsqueda de la excelencia, que son valores esenciales para mejorar la calidad de la educación.

Esta carrera abierta al talento y al esfuerzo, al que están convocados todos los alumnos con independencia de cual sea su origen social y económico, causará la airada oposición de una izquierda que calibra la calidad de la educación en la igualdad de resultados. Pero, salvo que queramos igualar a todos por abajo, haríamos bien en desterrar de raíz esa falsa ética social, y recordar, con palabras de Edwin G. West, que "cuando existe desigualdad de habilidad potencial, inevitablemente habrá desigualdad en los resultados. Si insistimos en la igualdad de resultados, se desprende que debemos penalizar la habilidad".


martes, 12 de abril de 2011

Cuando te riñe un González Pons

Pablo Molina en Libertad Digital

Muchos de los asistentes a la manifestación del pasado sábado, convocada por las asociaciones de víctimas del terrorismo, estamos desolados por las declaraciones del portavoz del PP en las que ha mostrado su disgusto por algunos de los eslóganes coreados durante la marcha.

Desde que González Pons ha dicho que se "puede sentir incómodo" cuando la gente invita con cierta coña no exenta de mala uva a Rubalcaba a ir a prisión, muchos de los que allí estábamos tenemos serios problemas para conciliar el sueño, porque el principal objetivo cuando se asiste a una manifestación de las víctimas del terrorismo es, naturalmente, que el vocero del PP se sienta a gustito entre nosotros. Es lo menos que podemos hacer en compensación al esfuerzo de los dirigentes del PP por mezclarse con la plebe votante, cuyo contacto les provoca un rechazo espontáneo porque es que no somos nada progres. En realidad apenas si somos centro-reformistas, y ya se sabe que fuera del canon intelectual que representa el binomio Celia Villalobos-Nacho Uriarte, es difícil que en la sede central del PP te consideren uno de los suyos.

Los que mandan en el PP oscilan entre los que no quieren que se especule siquiera con la posibilidad de que Alfredo Pérez Rubalcaba vaya a la cárcel y los que estarían dispuestos a manifestarse a las puertas de la Audiencia Nacional para que ni siquiera se siente en el banquillo. Es lo que tiene el centrismo, y en agradecimiento a todos estos fans rubalcábidos, el depositario de tanto cariño no pierde ocasión de manifestar el desprecio que siente por todos ellos juntos, cosa que en la calle Génova, al parecer, se disfruta como una especie cada vez más enfermiza de disciplina inglesa cuando no sea directamente helénica, que todo podría ocurrir.

Si el PP reduce su exigencia de responsabilidad al ministro del Interior por los desmanes de su departamento a una pregunta parlamentaria en miércoles alternos y considera así saldada su obligación de controlar a un Gobierno que negocia con una banda terrorista, sus dirigentes hacen muy mal acudiendo a una manifestación convocada por las personas que han perdido la vida de sus seres queridos a manos de los mismos que ahora son parte del cambalache. Para eso mejor ir al cine a ver la última joya de nuestra industria o quedarse en casa viendo los DVD con los cincuenta últimos programas del Wyoming, actividades mucho más centristas que acudir a una manifestación en contra de Rubalcaba y ZP.

González Pons es muy moderado y quiere que los demás también lo seamos, pero el problema es que a la inmensa mayoría de sus votantes no nos sale de las pelotas ser moderados como él, sobre todo cuando está en juego el derecho de las víctimas del terrorismo a no ser pisoteadas en su dignidad por un gobierno cada vez menos legítimo. ¿Podrá D. Esteban perdonarnos algún día? La respuesta, por favor, antes del 22 del mes que viene.

lunes, 11 de abril de 2011

La voz del honor

Ignacio Camacho en ABC

Las víctimas siempre tienen razón, incluso cuando no la tienen. Sus simpatías políticas, individuales o colectivas, pueden resultar tan opinables como cualesquiera otras, pero su indelegable sufrimiento en primera persona les otorga una legitimidad moral incontestable en la reclamación de justicia. Son las vestales de la libertad, encargadas de mantener encendido el fuego sagrado de la memoria del sacrificio de tantos inocentes. Les asiste el derecho a ser oídas con respeto porque tienen la razón de parte, porque la sangre derramada jamás les ha arrancado una sola concesión al rencor o a la venganza y porque su voz representa el honor de una sociedad herida.

La justicia que reclaman las víctimas no es sólo la de la detención y el castigo de los culpables. Es la derrota del impulso homicida que ha movido la mano de los asesinos y de sus cómplices políticos y sociales. Es la extinción sin condiciones de ETA y el aislamiento democrático de su entorno. Sin tapujos, sin componendas, sin pactos, sin contrapartidas. La única paz posible después de casi novecientos muertos que no servirían de nada si uno sólo de quienes han apoyado , comprendido o colaborado en su muerte obtiene el premio de un puesto de representación democrática. Eso es lo que piden cuando, en tardes como la del pasado sábado, levantan su clamor contra el compromiso acomodaticio, contra el legalismo posibilista, contra la tentación pragmática: que no nos conformemos con ninguna paz ficticia construida sobre autoconcesiones a la indiferencia o al olvido.

Cada vez que ante esas voces siempre alertas me asalta alguna duda, algún titubeo, alguna flaqueza, abro al azar el libro «Vidas rotas», de Rogelio Alonso, Florencio Domínguez y Marcos García Rey. Allí está escrito el relato individual de cada asesinado por ETA; uno por uno, hasta 857, con sus nombres, sus circunstancias y su historia, en mil sobrecogedoras páginas que son las actas frías de un infame delirio de persecución política, de un escalofriante holocausto imprescriptible. Están las víctimas y sus victimarios, porque no basta saber quién murió sino quiénes los mataron, quiénes son los culpables de este dramático y brutal rito expiatorio impuesto por el exaltado designio de sometimiento social a través del crimen, la humillación y la violencia. Y es ahí, en esa conmovedora lista del horror, donde se encuentra la razón última de la resistencia democrática a cualquier modalidad, por remota que sea, de alivio, perdón o desmemoria.

El testimonio de cualquiera de esas vidas truncadas impulsa la necesidad de escuchar las razones de las víctimas para sentir, aunque sea preventivamente, desconfianza, susceptibilidad o recelo. Ojalá estén equivocadas; porque es cierto que no les corresponde a ellas dirigir desde el luto la política de una nación, pero no hay política ni nación que pueda ignorar su verdad profunda, demoledora e inconsolable.

Estupidez y misterio

Félix Madero en ABC

No tengo inconveniente en hacer público mi voto el 22 de mayo: no votaré. Es la primera vez que me quedaré en casa. Ni siquiera contemplo la posibilidad del voto en blanco porque no sé qué significa y porque envía mensajes de aceptación de las cosas, lo contrario de lo que pretende. Espero que se entienda que hablo de mí, que nada aconsejo ni a nadie llamo en este lance que, lejos de tranquilizarme, me deja perplejo y con la sensación de estar haciendo algo indebido; no sé, como traicionándome. Hago esta observación no sea que la Junta Electoral, ese terreno de arenas movedizas en el que mamonean socialistas y populares, me diga que mi comportamiento es antidemocrático y punitivo. Todo puede ser. Si ha sido capaz de dictar la forma en que las televisiones tienen que informar durante la campaña electoral por qué no me va decir lo que no puedo escribir.

No votaré. No ha sido una decisión dolorosa. No. Lo he visto tan claro, estoy tan seguro de lo que voy a hacer que me tengo como me siento: un ciudadano descansado y felizmente resuelto. Yo, que he votado siempre, en todas las elecciones menos en la Constitución porque aún no tenía edad; yo, que he hecho proselitismo de nuestra democracia hasta en situaciones que ahora me sonrojan; yo, que de jovencito asistí a mítines creyendo que estaba en una función solemne donde había sitio para la verdad; yo, que creí que la política lejos de ser una profesión era una actividad digna que engrandece a los hombres; yo, que di por seguro que mis ideas eran eso, mis ideas, y que nadie me las podría cambiar, y menos el partido que empecé votando; yo, que descubrí el efecto balsámico y reparador de votar con la cabeza y no con la razón; yo, que creí que aquellos a los que votaba tenían un punto de justicia y beneficencia que los hacia especiales; yo, sin capacidad para la sorpresa y la esperanza de esta política y estos políticos, me quedaré en casa el día 22. Como Brassens, pero sin la música militar que nunca le supo levantar. Ahora el abanderado no viste de caqui, lleva ropa de domingo y flamea al viento un trapo con el logotipo de un partido.

Tenía y tengo argumentos concluyentes para no votar. Y, por qué no reconocerlo, algunas dudas. Pero ha sido saber que PP, PSOE, CiU, CC e IU llevan en sus listas decenas de imputados por corrupción y dar por resuelta mi incertidumbre. Hasta aquí hemos llegado. El 22 de mayo haré lo que Claudio Magris aconseja en las ocasiones en las que creo vivir momentos severos y ceremoniosos: reírme. Esto es lo que haré: cogeré las papeletas con los nombres de los imputados bien señalados, las pondré encima de la mesa y haré que me sobrevenga un ataque de risa. La risa desmitifica al gran ídolo poderoso de la política: la estupidez disfrazada de misterio.

Post mortem

Gabriel Albiac en ABC

Sólo lo muerto no muere. Zapatero es cadáver. Eso hace, por primera vez, de él un adversario serio. Ocasión hubo para liquidarlo. Nadie se tomó la molestia: parecía un despilfarro usar tiempo e inteligencia en borrar a un don nadie. Entiendo la pasividad de Rajoy entonces: da como vergüenza aporrear a aquel a quien uno sabe incapacitado para una esgrima entre adultos. Ahora está muerto ya. Como tal, es invulnerable. Y, de pronto, la estrategia del PP puede estrellarse contra su vacío, en esa extraña coyuntura de un partido y un gobierno al frente de los cuales hay sólo un despojo. Los muertos son irresponsables. Aunque nos amarguen tanto la vida a los vivos.

Alguien debió recordar a los dirigentes del PP, tras la derrota de 2008, el postulado taoísta del Tratado del vacío perfecto: «¡Sutil! Sé sutil hasta el punto de no tener forma. ¡Inescrutable! Sé inescrutable hasta el punto de no hacer ruido. De ese modo, te erigirás en amo del destino de tu enemigo». Un muro de ausencia debe rodear al general de gran escuela: todo se mueve en torno suyo, él permanece inmóvil tras su opaca muralla.

Puede que fuera una opción inteligente. En la política, como en la guerra, gana aquel que no es esperado; aquel cuya existencia, o bien no se conoce, o bien se cree conocer demasiado. Rajoy había ofrecido batalla entre 2004 y 2008. Fue vencido. El cambio de estrategia se imponía. «El que sabe no habla», enseñaba Lao-Tsé; «el que habla no sabe». Guardó silencio. Dejó que desbarrase Zapatero. Y éste lo hizo, más allá de lo imaginable. Sobre las redes de silencio que su adversario tejía, el socialista no perdió una sola ocasión de enredarse en sus propias palabras. En marzo de 2012 había logrado sobrepasar el peor vaticinio electoral de la historia constitucional española. Los estrategas taoístas de la calle Génova creyeron ya ganada la partida.

Pasó entonces. En abril, Zapatero se declaró difunto. No dimitió, no se marchó. Se declaró difunto y permaneció en el cargo. Nos gobierna un muerto, desde entonces. Y fue como si una perversa caligrafía circular volviera en contra del PP su propia estrategia. Nadie está tan blindado en su ficción de inexistencia como aquel que es de verdad inexistente. Muerto, Zapatero se trueca en irresponsable. Sin que nadie de su partido esté obligado a heredar la responsabilidad atroz de la ruina nacional generada. Y todo puede volver al punto cero. Las primeras encuestas indican que la estrategia fue acertada y que el cálculo puede tendencialmente confirmarse. Todo cae sobre la memoria del pobre cadáver. Y, junto con el vínculo, su heredero —el que sea— rompe el capital maldito de imposibles hipotecas que la herencia ha generado.

De aquí a la fecha en la cual sean las elecciones generales, nada va a moverse. Ni en el PSOE ni en el Gobierno. El vacío juega a su favor ahora. Y el silencio. Y, en la medida de lo posible, el olvido, si no la piedad.

Sí, puede que acertara Rajoy tras 2004. Puede que la estrategia del vacío jugara a su favor, hasta hace dos semanas. Pero ahora quien no existe es Zapatero. Ni existe nadie en su nombre. Y la astucia de guerra zen queda invertida:

«—¿Cómo gobernáis el Estado?

—No gobernando.»

Porque lo muerto no muere. Sólo mata.

La superviviente Chacón

Juan Manuel de Prada en ABC

En la carrera por la sucesión de Zapatero se destacan las candidaturas de Rubalcaba y Chacón; y parece que Rubalcaba parte con algo de ventaja, circunstancia que sólo explica el endémico y pertinaz machismo ibérico, pues comparar a Chacón con Rubalcaba es como comparar a Dios con un gitano. Afortunadamente, Chacón no es mujer que se arredre ante las dificultades: «Mi madre —ha declarado en alguna ocasión— me ha educado como a una superviviente. Me ha dejado claro que mi vida, por ser mujer y de izquierdas, sería mucho más dura que la de un hombre, y mucho más que la de un hombre de derechas». La extrema dureza soportada por la superviviente Chacón es el mejor aval de su candidatura; una mujer como ella, curtida en la adversidad, mil veces vapuleada por el infortunio, merece más que nadie la recompensa. Basta repasar someramente las peripecias de su accidentada biografía, llena de penalidades, para que se nos ponga la carne de gallina. ¡Cuánto ha sufrido Chacón, por ser mujer y de izquierdas! ¡Cuántos estorbos a su valía, cuántas penosas pretericiones, cuántos desdenes y ninguneos! Enumerarlos convertiría este artículo en una pieza lacrimógena; pero no lo haremos, pues bien sabemos que a Chacón no le gusta colgarse doctorados ni medallas, aunque sean medallas obtenidas en la lucha honrosísima y agónica del superviviente.

Pero siempre se ha dicho que las penalidades acrisolan el temple y aguzan el ingenio. Y Chacón, que las ha padecido en grado sumo, también ha desarrollado, desde muy temprana edad, perspicacias que al común de los mortales le están vedadas. Así se explica, por ejemplo, que a los nueve años, cuando el tejerazo, se pusiese —según declaraciones propias— a «empaquetar libros y documentos» de su padre que «intuyó comprometedores». ¿Verdad que resulta impresionante? Cuando el tejerazo yo contaba aproximadamente su misma edad (unos meses más, para ser exactos), pero sólo recuerdo que aproveché ocasión tan famosa para vaguear y jugar al fútbol con los chavales de mi pandilla; en lo que se nota que éramos hombres y de derechas, corrompidos por una vida fácil y regalada. Pero la superviviente Chacón, mujer y de izquierdas, ya se dedicaba por entonces a empaquetar libros y documentos que intuía comprometedores; algo de lo que no puede presumir ni siquiera Rubalcaba (hombre a fin de cuentas, aunque de izquierdas), que después de proclamarse «campeón de catecismo» en su Solares natal se convertiría en campeón de atletismo, tras su paso por el colegio del Pilar: catecismo y atletismo, dos formas de escapismo nada comprometedor. ¡A Rubalcaba lo hubiese querido yo ver empaquetando libros y documentos con nueve añitos, combatiendo a la jauría fascista y a los militarotes!

Ni siquiera puede Rubalcaba, con su provecta edad, presumir de luchador antifranquista. La superviviente Chacón, en cambio, nos ha narrado que a los cuatro años (¡prodigio de memoria precoz!) celebró la muerte de Franco participando en una fiesta familiar en la que se brindó con cava. Único episodio festivo en una biografía batalladora y abnegada, regada de rechazos e infortunios, en la que jamás han intervinido el favor ni el enchufe. Es la hora de que esta mujer, que deja chiquitas las tribulaciones del Oliver Twist de Dickens y la Cosette de Víctor Hugo, obtenga al fin premio a sus innumerables y acrisolados méritos. Chacón for president!

El crimen económico

Carlos Rodríguez Braun en Libertad Digital

Tarde o temprano tenía que suceder. Primero triunfó la noción políticamente correcta de la justicia universal, conforme a la cual hay crímenes contra toda la humanidad, que deben ser juzgados por poderes internacionales. Nadie parece haber pensado que esto contribuye a la politización cabal de la justicia y a que, por ejemplo, el juez Garzón sea el héroe de la justicia universal, porque valientemente persiguió a Pinochet y nunca jamás le tosió a Fidel Castro. Una vez consolidada, esta fantasía echa a andar. Si la humanidad es objeto de asesinatos, ¿cómo no concluir que su empobrecimiento también es un crimen? En esa línea, las profesoras Lourdes Benería y Carmen Sarasúa escribieron en El País un artículo ampliamente celebrado bajo el título: Crímenes económicos contra la humanidad.

Aquí un párrafo crucial:

Hay responsables, y son personas e instituciones concretas: son quienes defendieron la liberalización sin control de los mercados financieros; los ejecutivos y empresas que se beneficiaron de los excesos del mercado durante el boom financiero; quienes permitieron sus prácticas y quienes les permiten ahora salir indemnes y robustecidos, con más dinero público, a cambio de nada. Empresas como Lehman Brothers o Goldman Sachs, bancos que permitieron la proliferación de créditos basura, auditoras que supuestamente garantizaban las cuentas de las empresas, y gente como Alan Greenspan, jefe de la Reserva Federal norteamericana durante los Gobiernos de Bush y Clinton, opositor a ultranza a la regulación de los mercados financieros.

Con este tipo de pensamiento pretenden que se juzguen crímenes. Mezclan cosas distintas y lo que describen es engañoso: no hubo nada parecido a una "liberalización sin control de los mercados financieros", y Alan Greenspan no se opuso a ultranza a la regulación. El argumento de estas doctoras ignora cómo es el sistema financiero en todo el mundo: público, regulador y monopólico. Y cuando estalla una crisis quieren que se enjuicie a empresarios o banqueros, como si hubiera un mercado libre, como si no hubiera un sistema de bancos centrales.

No tranquiliza el que traten a los parados como "víctimas de los crímenes económicos". ¿Pretenderán enjuiciar a los políticos y sindicalistas contrarios a la liberalización del llamado mercado laboral? Acusan del encarecimiento de las materias primas a los "especuladores", como si aquí las autoridades monetarias y fiscales no tuvieran tampoco responsabilidad alguna.

Finalmente, la heroína salvadora: Islandia. Ponen en los altares a las autoridades de ese país, que es el nuevo caballero blanco del progresismo, porque no rescató a los bancos y no pagó la deuda. "Islandia no ha socializado las pérdidas". Pero Islandia no rescató a los bancos porque no podía: la suma habría sido inalcanzable porque las deudas se habían contraído en moneda extranjera, como explicó Juan Ramón Rallo en La Ilustración Liberal. Las autoridades, responsables del desaguisado, optaron, como las de mi Argentina natal hace diez años, y por las mismas razones, por no pagar. Y esto, que significa dañar a miles de ciudadanos que habían invertido su dinero en títulos islandeses, no es algo que las profesoras Benería y Sarasúa piensen que se parece a "socializar las pérdidas". Porque para ellas lo único que importa es que los mercados "estén al servicio de la sociedad, y no viceversa". Como si los mercados pudieran existir si no sirvieran a la sociedad. Como si el no mercado –es decir, la coacción política y legislativa– por definición la sirviera.

Barcelona Decideix

José García Domínguez en Libertad Digital

Certifico con el escándalo justo que TV3 premia con nueve minutos de telediario a los cuatro gatos domésticos que se han prestado a ejercer de figurantes en la performance secesionista de Barcelona. Y al punto recuerdo lo que dijera en su día dijo Julio Camba sobre el particular, aquello de que una nación se fabrica igual que cualquier otra cosa. "Es cuestión de quince años y de un millón de pesetas", sentenció. De ahí que con un kilo de los de entonces se comprometiese a hacer de Getafe una nación oprimida. "Me voy allí y observo si hay más hombres rubios que hombres morenos o si hay más hombres morenos que hombres rubios". Algún tono cromático, claro, tendría preponderancia en las cabelleras de Getafe, "y este tipo sería el fundamento de la futura nacionalidad". Et caetera.

Con el tiempo, al fin consumado el proceso de la construcción nacional getafeña, "si alguien osara decirme que Getafe no era una nación, yo le preguntaría qué es lo que él entendía por tal y, como no podría definirme el concepto de nación, le habría reducido al silencio", concluyó triunfal. Como siempre en Camba, broma muy seria tras la que yace la sórdida evidencia de que no cabe decirse nacionalista sin enfangarse, y hasta el último pelo de la cabeza, en la charca identitaria. Razón última de que el mito de la autodeterminación no remita a cuestión cuantitativa alguna, sino a una tautología pedestre. Así, imagínese por un instante que los extras de la comedia barcelonesa no hubiesen sido cuatro, sino cuatro millones. La cuestión, entonces, continuaría siendo la misma: ¿Y qué?

De hecho, si a las dizque naciones, tal como los creyentes predican, les asiste el derecho a la soberanía por el hecho de serlo, nada más peregrino que reclamar la autodeterminación. ¿A qué preocuparse por lo que opine la tropa de a pie si ese ente metafísico, la nación, existe al margen de los mortales que lo encarnan? ¿O acaso tendría alguna importancia cuanto barruntasen los catalanes de carne y hueso sobre el particular? Desventura, ¡ay!, que aboca a otro callejón lógico sin salida. ¿Pues con qué argumento impedir que los perdedores ansiaran ejercitar también el derecho presunto a la escisión, una y otra vez, hasta ver colmada su voluntad? Merda de país petit!

Fiasco ilegal en Cataluña

Editorial de Libertad Digital

Después de meses de recogida de votos por toda Cataluña en un referéndum en el que podían participar los mayores de dieciséis años y los extranjeros, los organizadores de la consulta independentista cerraron ayer las urnas y anunciaron ufanos que un 21,3 % de los ciudadanos había secundado el llamamiento

De nada, por tanto, ha servido que Jordi Pujol y Artur Mas votaran anticipadamente e instaran a los catalanes a estas urnas con más convicción que cuando las papeletas cuentan. Menos aún han servido los fondos públicos destinados a los organizadores, amparados por las instancias oficiales. Y también menor ha sido el efecto del apoyo mediático, particularmente de TV3, que ha tratado esta iniciativa con clarines propagandísticos y grandes despliegues en sus "telenoticias".

La mayoría de la población catalana ha dado la espalda a esta flagrante ilegalidad que los nacionalistas pretenden colar como un éxito de participación, el colmo del civismo y una expresión pura de democracia. Lo que ha ocurrido durante los últimos días en Cataluña ha sido, sin embargo, una muestra de desprecio absoluto por las leyes y una dejación absoluta por parte de quienes deben procurar su cumplimiento.

La evolución de este esperpento de consulta deja en evidencia cómo funcionan las cosas en Cataluña: la abogada del Estado que redactó el informe sobre la manifiesta ilegalidad de la primera consulta, la de Arenys de Munt, es ahora la consejera de Justicia de la Generalidad y no ha dudado en participar con su voto en el montaje. Y esas consultas que en principio debían haberse prohibido, como se prohíben no pocas manifiestaciones, no sólo han sido toleradas, sino jaleadas por el tripartito primero y ahora CiU en una demostración palpable de lo poco que les importan las leyes a los gobernantes catalanes, de lo poco que significa para ellos la democracia, así como un ejemplo perfecto de la renuncia del Estado a ejercer sus competencias en Cataluña.

Se dirá que de este modo se ha podido comprobar el fracaso de la iniciativa, pero es también un mensaje para los promotores y valedores del secesionismo: en Cataluña vale todo y nunca pasa nada. Después de tres décadas de odio antiespañol institucionalizado, resulta sorprendente que sólo un tercio de la población -según encuestas más fiables que el disparate que concluyó ayer- se manifieste independentista. Pero dada la impasibilidad y la nulidad del Estado y de los dos grandes partidos nacionales, el nacionalismo tiene todo el tiempo del mundo para seguir ampliando mercado.

Y seguimos sin entrar en Bagdad...

César Vidal en La Razón

Son de esos días que no se te olvidan por mucho que pase el tiempo. Me tocaba tertulia televisiva y me dispuse a cumplir con mi deber como de costumbre. La mesa siempre estaba desequilibrada en favor de la progresía más desorejada, pero aquel día fue especialmente difícil. Una comisaria política, hija de un fascista confeso, pero que había destacado colocando los medios públicos de comunicación al servicio de las más groseras mentiras del felipismo comenzó a increparme porque no me había puesto una pegatina, al parecer, de obligada ostentación. Ya se sabe lo que son las inquisiciones.

O te sumas al rebaño balando o te queman vivo. Luego tuve que escuchar a un sujeto –que en su día cantó las loas de Escrivá de Balaguer, aún no canonizado, y que desde hacía años era un corifeo del PSOE– proferir demagógicas atrocidades como que el ejército norteamericano en Irak iba a asesinar a todos los periodistas para que no contaran lo que estaba sucediendo. El ambiente estaba tan caldeado que, cuando nos levantamos de la mesa y vi las caras de los que ocupaban el estudio, me percaté de que iba a ser casi un milagro llegar a la salida sin llevarme un golpe. También se dio cuenta de ello uno de los contertulios.

No solíamos estar nunca de acuerdo en nuestras opiniones, pero como éste seguramente no tenía un pasado azul ni negro que pintar de rojo subido debió considerar que ciertos excesos resultaban intolerables. Mientras yo intentaba alcanzar la puerta pegado a la pared –ya se sabe una de las reglas esenciales de la defensa personal– él, que estaba a mi derecha, se situó discretamente entre un servidor y los que me arrojaban miradas rezumantes de odiosa elocuencia. Llevó a cabo su labor protectora accionando como si quisiera taparme la cara con el movimiento de las manos y apretando el paso porque debió pensar que contábamos sólo con unos segundos antes de que alguien se me abalanzara. Salimos del estudio a la calle y lo más discretamente que pudo se volvió para ver si nos seguían.

No sé lo que vio exactamente, pero no debió ser muy tranquilizador porque ya no se despegó de mí hasta que, después de desmaquillarnos, nos recogió un taxi. Nunca estuvo aquel hombre tan locuaz y seguramente nunca alguien debió de agradecérselo tanto. Llegué a la radio con pésimo sabor de boca y me sorprendió el revuelo que sobrevolaba las mesas de la redacción. «¿Qué sucede?», pregunté a una de las redactoras. «Que ha terminado la guerra», me respondió con gesto confuso. Me precipité hacia uno de los monitores de televisión y contemplé a unos marines que, en Bagdad, intentaban derribar una estatua. Equivocadamente, experimenté una sensación de alivio.

Pensé que ahora todo volvería a su cauce. No fue así. Siguieron agitando hasta que unos terroristas atentaron en Madrid y entonces aprovecharon la sangre de doscientas víctimas para llevar a ZP a La Moncloa. Es curioso. Ya hemos rebasado el número de días que mediaron entre el inicio de la guerra de Irak y la entrada en Bagdad y Gadafi está tan pancho en Libia y ninguno de aquellos chequistas ha dicho esta boca es mía. Pero no me hago ilusiones. No es que se hayan humanizado. Simplemente es que ahora mandan ellos.

Viñeta de Esteban en La Razón

domingo, 10 de abril de 2011

La procesión

Manuel Martín Ferrand en ABC

Ni siquiera Friedrich Nietzsche en el más anticristiano de todos sus libros, Aurora, se hubiera atrevido a proponer una procesión atea y, menos aún, por el tradicional barrio madrileño de Lavapiés, hoy internacionalizado por la inmigración, en el que el casticismo chulapón se bailó siempre un chotis con el cristianismo tradicional y excesivo en sus modos. Y, sin embargo, un grupito que se dice librepensador pretende que, el Jueves Santo, Madrid sea escenario de una liturgia atentatoria contra la fe católica y, más grave todavía, ofensiva para la cultura cristiana. A tal efecto han distribuido unos pasquines barrocos y anacrónicos para convocar a una procesión que no puede ser entendida, según su anuncio, como meramente atea y mucho menos por laica. Es radicalmente antitea en general y anticristiana en particular.

Como Voltaire, a quien la fe no le llevaba a comerse los santos crudos, le escribió a Diderot hace más de dos siglos y medio, «es impertinente adivinar lo que es Dios, pero es temerario negar su existencia». Y, niéguese o no, resulta inadmisible la falta de respeto con quienes no la niegan. ¿Qué energúmenos son esos que, en pleno siglo XXI, propugnan el culto del odio a las creencias ajenas y tratan de ridiculizarlas? La torcida intención de quienes convocan tan estrafalaria procesión se pone de manifiesto en su propio pregón, que encabezan con la imagen de un Nazareno. Eso no es negar la existencia de Dios, sino tratar de ridiculizar al Dios concreto de unos cuantos cientos de millones de personas que, a partir de Cristo y durante los últimos veinte siglos, con diversas formas, confesiones y liturgias, han mantenido la llama de una fe y la inmensa extensión de una cultura que es, precisamente, la nuestra. La de Occidente.

Los abuelos de estos majaderos, que lo son no por su falta de creencias, sino por la carencia de respeto con las ajenas, tenían más ingenio. En el Ateneo, cuando la República, convocaron una votación para decidir sobre la existencia de Dios y Dios perdió por un voto. Excesivo y provocador, pero ingenioso y privado. Reducido al ámbito de un grupito intelectual difícil para el escándalo. Sacar a la calle esa tensión es evidencia de que estamos en un país y en un tiempo enfermos en los que flaquean las neuronas de muchos individuos y, si las hubiere, también las del común.

La nueva delegada del Gobierno en Madrid, Dolores Carrión, como para subrayar el disparate, rechaza su competencia para autorizar o denegar la procesión atea. Dice que es asunto municipal. Eso es peor que la procesión misma. Es convertir a Dios en problema jurisdiccional.

miércoles, 6 de abril de 2011

Salvemos nuestra alma

Pablo Molina en Libertad Digital

Las declaraciones de Mariano Rajoy suelen pertenecer al reino de la ambigüedad salvo cuando acude a los micrófonos de la cadena SER, emisora que no escucha absolutamente ninguno de sus votantes y lugar en el que se sincera todo lo que un político puede hacerlo sin que en la profesión le acusen de deslealtad corporativa. Así ha ocurrido en la reciente visita del líder del PP a la radio todavía propiedad del grupo Prisa, al menos en lo referido a un tema que para muchos tiene una importancia toral: el aborto.

Dice Rajoy que si gana las elecciones de 2012 dejará la legislación del aborto tal y como la aprobó el primer Gobierno de Felipe González Márquez a mediados de los ochenta, afirmación que habrá provocado el mismo entusiasmo entre sus principales colaboradores, abortistas todos, que decepción en los votantes que todavía creían que el PP defiende el derecho a la vida.

Como es bien sabido, la primitiva ley fue un coladero que convirtió a España en el abortorio de Europa, discutible galardón que por lo visto Rajoy quiere recuperar para nuestro país. En última instancia, lo único que hace la reforma aprobada por Zapatero es otorgar carta de naturaleza legal a una situación de hecho, el aborto libre y a cuenta del Estado, que ya preexistía desde los inicios de la ley que Rajoy ha situado como el epítome de su proyecto centro-reformista para la sociedad. Por tanto, por más que insistan Mariano y sus voceros, el volver a la ley del felipismo o mantener la del aidismo es lo mismo en términos criminales. La disyuntiva ante la que deben pronunciarse los políticos por tanto no es entre una ley permisiva y otra más laxa aún, sino entre el derecho a vivir y el asesinato legal de seres humanos.

Naturalmente ningún católico puede votar al partido del señor Rajoy salvo que quiera poner su alma en riesgo de perdición, porque las enseñanzas a este respecto de los Concilios, los Santos Padres, los Doctores de la Iglesia, sus instituciones y el vigente código de derecho canónico son muy claras, condenando a la pena de ex comunión sin necesidad de instrucción de proceso eclesiástico (latae sententiae) a todos los cómplices sin cuya ayuda no habría podido ser cometido el crimen del aborto.

¿Se convierten en cómplices los que votan a un partido cuyo principal dirigente muestra públicamente su acuerdo con el aborto? Hombre, hay opiniones para todos los gustos (miren sin ir más lejos al abortista del hisopo a las faldas de Martínez Sistach), pero cuando se trata de la condenación eterna cualquier precaución es poca. Y como la alternativa es votar a minipartidos de la órbita de la derecha radical, tan socialistas o más que el PSOE, con lo que salvamos el alma pero perdemos el intelecto, lo más probable es que en las próximas citas electorales haya mucha más gente pescando en la costa o triscando por el monte de lo que viene siendo habitual.

Total, la ilusión es que íbamos a echar a ZP y el tío ya ha dicho que se va solito...

Esnobismo en el Financial Times

José Antonio Martínez-Abarca en Libertad Digital

Uno echa mucho de menos aquel tiempo en que los corresponsales de prensa, para hablar de un país, no salían de la habitación de la pensión porque no hablaban el idioma local o, mejor, ni siquiera aparecían por el país, porque lo que importaba eran los hechos pero sólo cuando estaban aplicados a la buena literatura, y no al revés. Es fama que algún corresponsal español hizo las mejores crónicas sobre el ascenso al poder de Hitler en Alemania mirando un rato por la ventana de su alojamiento berlinés y teniendo los periódicos alemanes de la tarde delante, sin saber leer ni papa del idioma de Goethe. La inspiración sobre lo que estaba ocurriendo venía por el contacto de los codos con aquellos diarios alemanes, por absorción.

Y es que para hablar de algo tan anómalo como el triunfo de la encantadora visión de la vida nazi (el propio Hitler llegó a decirle, en desopilante entrevista, al diplomático y escritor Eugeni Xammar que los españoles eran muy bienvenidos en la nueva Alemania, aunque le pronosticaba a Xammar alguna paliza accidental por la calle, porque tenía nariz judaica), nada mejor que inventarse las crónicas del modo más anómalo posible. Total, nunca serían lo bastante disparatadas como para igualar lo que de verdad ocurría en la calle. Digo que echo mucho de menos aquellos tiempos más serios de los corresponsales y enviados especiales de prensa porque tengo noticia de cierto editorial del Financial Times riñéndonos ahora a los españoles por tener mala opinión de Zapater o y por no haber impedido que se vaya. Cuando para ser corresponsal o para opinar algo sobre el extranjero no hacía falta enterarse de nada sobre lo que pasaba, las cosas se ajustaban mucho más a la realidad de un país. Pero que mucho más.

Tan psicotrópico editorial del Financial Times coincide con el delegado del Gobierno en mi pueblo, quien dice lloroso ante la huida de Zapatero que "la Historia hará justicia con Zapatero" (o sea, la Historia lo absolverá, que dijo de sí mismo cierto estadista llamado Fidel Castro Ruz). Pero al Delegado del Gobierno de mi pueblo le pagan por decir esas cosas, no así al "Financial Times". ¿O al Financial Times también? Lo emitido por la publicación de referencia recuerda irresistiblemente al clásico esnobismo anglosajón de elogiar para países que consideran inferiores en dignidad y derechos lo que jamás querrían para su propia nación. No está tan lejos el editorial del Financial Times respecto a lo que dice de Zapatero que los saltimbanquis Oliver Stone o Sean Penn en relación a la banana sudamericana. Claro que tampoco está tan lejos, ay, lo que supura en su editorial el Financial Times de lo que la semana pasada opinaba Emilio Botín, quien, siguiendo con el esnobismo exquisito, jamás querría para su banco lo que pide para España. ¿Pondrá toda su fortuna en las manos de Zapatero, nombrándolo administrador único, ahora que éste va a quedar desoficiado?

"Los españoles no parecen inclinados a reelegir al Partido Socialista. Pero con el tiempo pueden llegar a valorar los servicios que Zapatero rindió a su país en su hora de necesidad", según el mencionado editorial del periódico financiero. Se le escapa al Financial Times que la hora de necesidad española la causó en mucha parte el propio Zapatero, quizás para rendirnos ahora el inestimable servicio de irse. Causa pavor el editorial también por lo que no dice, pero desde luego sugiere: que sólo el más sectario Gobierno socialista imaginable y el peor Gobierno de la historia de la democracia parlamentaria europea puede llevar a cabo en España alguna reforma económica que rebaje nuestro anquilosamiento, porque al partido de Rajoy. Si gobierna tras las generales, lo dan como carne picada desde el primer momento en manos de los sindicatos y de la Academia de Cine. Así, los españoles según el Financial Times acabaremos por estar agradecidos a Zapatero... por aquella desinencia de la Ley de Murphy, "cuando parece que nada puede ir peor, inevitablemente empeora". Gran futuro el que nos augura tan prestigiosa publicación financiera.

Ante la magnitud del dictamen del Financial Times sobre lo que añoraremos a Zapatero cuando comprobemos lo que viene detrás, el primero que debería salir corriendo de España es su corresponsal, si lo tiene. Y mientras pueda.

Excusatio non petita, accusatio manifesta

Guillermo Dupuy en Libertad Digital

Lo más paradójico del bochornoso voto particular de José Ricardo de Prada contra el auto de la Audiencia Nacional que, afortunadamente, desestima la no menos vergonzosa pretensión de la Fiscalía de que el chivatazo a ETA no constituya un delito de colaboración con organización terrorista, es la forma que este magistrado tiene de excusar los hechos enjuiciados con el objetivo de que no sean "criminalizados". Al tratar de justificar la delación policial a ETA por la "negociación política" o "proceso de paz" en el que estaban inmersos el Gobierno y ETA (tal y como también hizo el policía que la perpetró por teléfono), el magistrado discrepante transluce el hecho decisivo de que ese delito se tuvo que producir por orden del Ejecutivo. Si no, no se entiende su referencia a las negociaciones del Gobierno con ETA, ni que diga que los policías involucrados en este capítulo "no actuaban autónomamente sino en cumplimiento de sus obligaciones profesionales, dentro de las márgenes de actuación y en situación y contextos como el expresado".

Ya es escalofriante constatar que un magistrado en ejercicio y –se supone– en plenas facultades mentales pueda considerar que un policía pueda estar "cumpliendo sus obligaciones profesionales" cuando lo que trata, en realidad, es de evitar la detención policial de unos terroristas, alertándoles de su inminente detención. Pero más terrible aun es que, por el hecho cierto de que "la finalidad última de los delitos terroristas es política", este indigno magistrado afirme que "es en este plano, en el de posibles negociaciones políticas, donde se encuentran legitimados los Gobiernos de los Estados a disponer de un determinado margen de actuación, en que, sin infringir normas jurídicas que impliquen una quiebra del Estado de Derecho, les permita llevar adelante acciones tendentes a obtener resultados que quedan indiscutiblemente bajo lo que son las obligaciones de todos los Gobiernos".

Pero, ¿qué mayor quiebra del Estado de Derecho que admitir una "negociación política" entre un Estado y una banda terrorista? Pero, ¿cómo no va a ser una flagrante violación del imperio de la ley revelar a los terroristas que van a ser detenidos por orden judicial para que puedan huir? Naturalmente que es obligación de todo Gobierno lograr que los terroristas dejen de matar; pero tratar de lograrlo cediendo o simplemente mostrándose condescediente con lo que exigen a cambio es aceptar la contraproducente lógica del chantaje o la del síndrome de Estocolmo, pero no desde luego la del Estado de Derecho. Ni el Gal puede buscar justificación en "la obligación de todo Gobierno" de acabar con el terrorismo, ni menos aun los delitos que, durante la paz sucia de ZP, objetivamente han beneficiado a la banda terrorista.

Por otra parte, ni el Derecho ni los Tribunales de Justicia juzgan finalidades últimas, como las que pudiera perseguir la "guerra sucia" de González o la no menos infame "paz sucia" protagonizada por Zapatero. Ni siquiera juzga las finalidades últimas de los terroristas. Lo que se juzga son los medios. Y si, por "seguir adelante" en esas negociaciones, que ya socavaban en sí mismas el Estado de Derecho, el Gobierno ordenó secretamente evitar la detención dictada por el juez Marlaska, el Ejecutivo de Zapatero perpetró un delito de colaboración con banda armada.

Desde la Fiscalía General del Estado, y a raíz de ese infame "proceso de paz", se animó a jueces y fiscales a ensuciar sus togas con el polvo del camino. Una de las más sucias, desde luego, es la que, para vergüenza y escarnio de nuestro Estado de Derecho, todavía viste José Ignacio de Prada.

Goldstone en Pallywood

Gabriel Albiac en ABC

La historia me la contó un periodista ya curtido en años de cubrir guerras. «Llamé a mi periódico y pedí hablar con el director. Oye, aquí no hay ningún genocidio, le dije, ni siquiera una matanza; esto es una escaramuza entre guerrilleros y fuerzas regulares. Él me respondió que el periódico había apostado por el genocidio y que a mí me pagaban por contarlo. Así que lo conté». Sólo cuando Human Rights Watch publicó, meses después, su informe sobre Yenín, estuve seguro de que aquel viejo escéptico no me tomaba el pelo. El medio millar de víctimas civiles exhibidas por las fuentes palestinas, quedaban en 75: 52 combatientes fedayines y 23 soldados israelíes. Apenas ocupó ese informe algún que otro cuadradito en páginas interiores. El genocidio vende. Sobre todo, si se atribuye a Israel. La seca verdad atrae a pocos compradores.

La historia se repite. No es tan nuevo. La certeza de ver en lo judío al diablo acompaña al inconsciente occidental desde hace demasiado tiempo. El 16 de octubre de 2010, la Comisión de Derechos humanos de la ONU ratificaba el informe de la comisión, presidida por el juez sudafricano Richard Goldstone, en el cual se atribuía veracidad a las denuncias por crímenes de guerra, lanzadas —vivimos en un mundo muy paradójico— por Fatah y Hamas contra Israel tras la operación abierta por el Tsahal en Gaza a fines de 2008. Era la prueba del nueve de la perversidad judía, y como tal fue exhibida por los titulares de casi toda la prensa europea. La gran ventaja de vivir en tiempos de Internet es que no hace siquiera falta acercarse a la hemeroteca para comprobarlo. Basta con irse a Google y hacer búsquedas en tres o cuatro idiomas. Crímenes de guerra. En primera página. Y punto.

El viernes pasado, el Washington Post publicaba un sobrio artículo de título calculadamente frío: Reconsidering the Goldstone Report on Israel and war crimes. Lo firmaba Richard Goldstone (http://www.washingtonpost.com/opinions/reconsidering-the-goldstone-report-on-israel-and-war-crimes/2011/04/01/AFg111JC_story.html?hpid=z3). Se requiere un gran coraje moral para escribir allí que las claves mayores sobre las cuales él había alzado su propio informe eran falsas. Y pedir perdón por el mal causado: «Si hubiera sabido entonces todo lo que ahora sé, el informe Goldstone hubiera sido diferente». Ni hubo «crímenes de guerra», ni «civiles tomados como blanco» por las fuerzas israelíes; tomados como escudo por Hamás, en todo caso. Los lectores de prensa escrita podrán hallar la noticia, rebuscando atentamente en el interior de sus periódicos. Para quienes se alimentan de lo que las pantallas televisivas dictan, esta retractación no habrá ni sucedido.

El antisemitismo no es una locura. No sólo. Es una estrategia eficacísima. Por eso ha funcionado igual de bien en tiempos y mundos tan diversos. Si alguien acapara sobre sí todo el infinito mal para el cual está tan capacitada la especie humana, si ese alguien puede ser aislado, puesto aparte como la nefanda semilla de Satán, marcada por el deicidio, entonces todos podemos quedar tranquilos con nuestra conciencia. Apostamos por contar el «genocidio de Israel contra los palestinos». Y a lo benéfico unimos lo beneficioso.

Libia no existe

Antonio Burgos en ABC

Si algo se muere en el alma cuando un amigo se va, ¿qué pasa cuando el que anuncia que se va es Zapatero? Pues que los enanos del circo del PSOE se convierten automáticamente en estrellas de la NBA, y que empieza el baile en su granero andaluz de votos, donde los EREderos de Chaves cantan el MisEREre en una Semana Santa anticipada, porque los quitan de enmedio. A los que no pueden quitar, claro, es a los hijos de Chaves, aunque muchos los borrarían del mapa. Yo lo miro por otro lado. En esta España de tantos miles de jóvenes licenciados sin encontrar su primer trabajo, qué envidia, qué listos le han salido los niños a este hombre. Qué colocaciones más buenas han conseguido: la una, especialista en subvenciones de papá para su empresita; el otro, virtuoso comisionista inmobiliario. Sí, el otro, el que se casó con todo fasto y boato religioso en la Capilla Real de la Catedral de Sevilla, donde no creo yo que se celebren precisamente bodas civiles propias del Estado laico que defiende el partido del que papá es presidente, ese PSOE que quita de las escuelas los crucifijos y la enseñanza de la Religión. El partido que ha mandado a su presidente, a papá, a por tabaco, quitándolo de Andalucía antes que saltaran los previstos escándalos y la jueza Alaya pidiera papeles, y colocándolo de Vicenada Tercero del autotitulado Gobierno de España.

Tapan a Chaves y borran todas las huellas de su paso por la Junta de Andalucía y yo sé por qué. Pero no sé por qué han borrado también de un plumazo nuestra presencia en Libia, la guerra en la que nos metió ZP sin que nos fuera nada en ello, como si tuviéramos una situación económica como para andar tirando el dinero en barcos y aviones. ¿Seguimos en guerra con Gadafi o hemos retirado ya los barcos y los aviones? ¿A qué viene este apagón informativo? ¿Es que no quieren hablar de la guerra de Libia para que Carmen Chacón (o Carme Chacó, o como demonios escriba su nombre castellanísimo esta charnega de Esplugas) no salga más de la cuenta en la carrera sucesoria de las primarias?

Como siempre, no hay nada más revolucionario que tener memoria. La memoria y la vergüenza son dos bienes escasos, más que el petróleo y que el agua. Recordarán que cuando con su ardor guerrero ZP nos metió en la guerra de Libia apoyando a unos rebeldes que ni siquiera sabemos quiénes son ni qué es lo que quieren establecer allí, cada dos por tres nos informaban de las misiones de nuestros aviones F-18. Iban a tomar café los pilotos de los F-18, y el Ministerio de Defensa daba un comunicado. Zarpaba la fragata «Méndez Núñez» de Rota, y allá que estaba Carmen Chacón (o Carme Chacó, o como demonios escriba su nombre castellanísimo esta charnega) retratándose con los marineros. ¿Dónde está la fragata? ¿Llegó a su destino o está de vacaciones en el mar? ¿En qué lugar se enamoró de ti y a qué dedica el tiempo libre la «Méndez Núñez», que dicen que nos cuesta allí al día 300.000 euros (que son 50 millones de pesetas)? En esta España de la velocidad máxima a 110, ¿cuántos miles de litros de combustible ha despachado ya el Boeing 707 de abastecimiento en vuelo? Y de ese submarino con nombre de chalé de Sotogrande, el «Tramontana», ¿qué se hizo?

Y sobre todo, los servidores de la Patria. Si no es mucho preguntar, ¿se puede saber en qué, dónde, cómo y para qué se están jugando la vida los cerca de 500 militares españoles que la absurda decisión de ZP metió en los peligros de esta guerra de la que por lo visto ya no es rentable hablar?

Muertos autorizados

Alfonso Ussía en La Razón

La ONU, escrito sea con la mayor de las cordialidades, es una inútil reunión de golfos y vividores. Ahí sólo mandan las naciones con derecho al veto. El resto de los representantes conforman una mancha de funcionarios, diplomáticos, economistas y asesores que se lo pasan muy bien –y me alegro–, en Nueva York y Ginebra. Últimamente, la ONU se dedica a autorizar muertos. Con Libia ha reaccionado con cuarenta años de retraso y ha permitido a algunas naciones occidentales bombardear a sus ciudadanos en apoyo de unos rebeldes que todavía no han dejado su tarjeta de visita. El rebelde libio no está definido. Le sucede lo mismo, salvando las distancias, que a la rana esmeralda de las islas Malucas, que unos dicen que son ranas y otros aseguran que son sapos. Llevan cincuenta años discutiendo los científicos al respecto. Se decidirá si son ranas o sapos cuando la ONU se pronuncie. Para mí, que nos hemos equivocado Obama, Sarkozy, Zapatero y yo. Razón le sobraba a Ángela Merkel cuando no se sumó a la batallita de la ONU. En España, los de la Ceja no han dicho ni mú, y ya han muerto centenares de civiles por nuestros bombardeos. Pero son muertos autorizados por la ONU, a cuyo Secretario General le darán un «Goya» especial el año que viene. Ahora están vendiendo los rebeldes armas a Ben Laden, y Obama se ha preocupado mucho. La ONU autoriza a matar libios. Para tan caritativa organización, los niños libios, israelitas o serbios tienen menos derechos que los iraquíes, los palestinos y los albaneses. Al menos, así lo considera la izquierda en España, siempre pendiente de la ONU.

De haber sido Aznar el que enviara las tropas españolas a combatir en Libia, estarían las calles copadas de pancartas y pegatinas. Aznar, conveniente es recordarlo, estableció unos destacamentos de nuestras Fuerzas Armadas en Iraq en misión de paz, que no de guerra. Y le llamaron asesino, criminal y genocida. Para colmo, la ONU aprobó las acciones de guerra contra Sadam Husein posteriormente, pero nadie en España quiso darse por enterado. Me solazo figurándome las charlas de los llamados miembros de la «Cultura». Así que amanece el Wyoming y llama a Guillermo Toledo. –¿Ha dicho algo nuevo la ONU?–; – pues, sinceramente, no lo sé–. Las que tienen que estar enteradísimas por su contacto directo con la ONU son Almudena Grandes y Concha Velasco. Y si te fallan, siempre tendrás a Miguel Bosé. Porque con los Bardem no cuentes. Ya sabes, el niño, el parto, el hospital, California…

Todos sabemos que Gadafi es un asesino. Un asesino muy bien recibido por sus actuales atacantes, dicho sea de paso. Pero nadie está capacitado para explicarnos quiénes son los rebeldes, qué amigos tienen y cuáles son sus proyectos. Lo narra el coronel Hardington en su libro «Entre Masais y Bantúes». Elijo el párrafo fundamental. «Los masai o ngumi contaron con nuestro apoyo. No dejamos a un bantú vivo en toda la región de Mugamba. Los masai nos ofrecieron una fiesta para agradecernos la victoria. Mataron una decena de gacelas impala para festejarnos. Cuando terminó la fiesta, que fue muy cordial y simpática, los masai pasaron a cuchillo a los oficiales y soldados de mi regimiento. Escapé de milagro. Hoy, diez años después, debo reconocer que sigo confuso y un tanto aturdido. Y eso nos pasó porque no hablamos previamente con los masai. Gente muy rara».

Es lo que recomiendo a Obama, Sarkozy o Zapatero, porque yo me he dado de baja. Que hablen con un rebelde. Y a ver qué tal.

Viñeta de Caín en La Razón

martes, 5 de abril de 2011

¿Quién gobierna España?

Editorial de Libertad Digital

La sensación de alivio por el anuncio de Zapatero de no volverse a presentar en 2012 ha sido efímera. En menos de 48 horas, los elogios fúnebres y los sentidos epitafios por el zapaterismo, tal vez apresurados, han dejado paso a la cruda realidad. Los datos oficiales del paro son incontestables. Cuando el presidente llegó al poder, hace siete años, el número de parados en España era de dos millones doscientas mil personas. Siete años después, Zapatero ha doblado esa cifra y la sangría de empleos no tiene visos de parar por el momento. Y si se atiende a las cifras reales, el desempleo alcanza ya a cinco millones de trabajadores, cuyas esperanzas de futuro no pasan precisamente por el resultado de las primarias en el PSOE, ni por las elecciones municipales y autonómicas.

Para quienes forman cola frente a las oficinas del paro, los juegos florales en torno a Zapatero y las quinielas sucesorias son una auténtica ofensa, además de la evidencia más clara de que los sindicatos y el PSOE los han abandonado a su suerte, carne de cañón de su imprevisión, de las falsedades, de la ceguera con la que Zapatero afrontó la crisis, de la ineficacia de todos y cada uno de los ministros del área económica. Sólo apreciar los índices de empleo de algunos de los países de nuestro entorno, incluso de los que atraviesan serias dificultades financieras, basta para comprender el destrozo perpetrado en la economía española por el Gobierno, el efecto brutal de la demagogia como receta frente a los graves problemas del país.

Pero no sólo es la economía. Puede que ese sea el factor principal de la severa derrota que predicen las encuestas, pero, en estos siete años de talante, Zapatero no ha contribuido precisamente a la consolidación de la democracia y sus instituciones. Episodios como el del Estatuto de Cataluña ponen de manifiesto el tono y el tipo de Gobierno llevado a cabo, la subasta de la soberanía nacional a cambio de puntuales apoyos para mantener el poder. El cierre en falso del 11-M, con la inestimable colaboración de un PP convencido de que la verdad es improcedente para sus objetivos; el chivatazo de Estado y la negociación con ETA después del asesinato de los ciudadanos ecuatorianos Palate y Estacio en la T-4 –asunto del que Rajoy dice haberse enterado ahora; nunca es tarde– forman un cuadro moral inasumible en un sistema democrático. Zapatero dice que se va y una alfombra de flores se abre a su paso. Y entre tanto, ¿quién manda aquí y qué ha cambiado?

Rajoy o la abulia

José García Domínguez en Libertad Digital

"Frivolidades las justas", parece ser que ha replicado el jefe de la muy leal oposición al oír la expresión moción de censura en boca de un periodista. Por lo visto, el imperativo categórico de alojar cuanto antes a un adulto en La Moncloa se le antoja jocosa fruslería a Don Mariano, apenas fútil chanza jaranera. Quién sabe, acaso lo serio, responsable y hasta patriótico consista en propiciar que un testaferro interino, como los reyes y los locos exonerado ya de cualquier responsabilidad por sus actos, dirija el país bajo la batuta del tapado del PSOE, genuino valido en la sombra.

Augurio más que cierto, ése, del retorno a las andadas de la demagogia populista con cargo a la rebaba del erario, algo que quizá el Partido Popular se pueda permitir pero España no. Que la tal moción habría de constituir "un brindis al sol", dicen que igual dijo el de Pontevedra. Sea como fuere, convite o ronda pagada a escote, la censura es la única vía al alcance de Rajoy para librar al país de un paréntesis errático como el que el Adolescente ha querido forzar. La única. Lo otro, andar con la cantinela de las elecciones anticipadas por redacciones y telediarios, toreo de salón siempre tan caro a Génova, eso sí es un homenaje a la luna de Valencia.

"La perdería", aseguran ha sido la última palabra, que no argumento, del aspirante a ese propósito. Craso error, si error fuera, que lo dudo. Y es que, llegado el momento, catalanistas, nacionalistas vascos y otras hierbas centrífugas, no se resistirían a abundar en un gran clásico español de todos los tiempos, a saber, el aserto que ordena: "al moro muerto, gran lanzada". Así las cosas, subordinada a la inmediata disolución de las Cortes, la enmienda a la totalidad contra el zapaterismo habría de disponer de sobradas papeletas para salir adelante. Es lástima, pues, que el gallego ansíe que el poder les sea donado en bandeja de plata, sin otra molestia ni mayor trámite por su parte que la preceptiva visita a Palacio. En fin, obedezca su quietud a medroso tacticismo, al pánico escénico o a la pura abulia, de aquí a doce meses nadie podrá hurtarle su particular cuota de responsabilidad en el siniestro.

Indignarse en España

Edurne Uriarte en ABC

Stéphane Hessel, el autor de ¡Indignaos! tiene la legitimidad que le da su valiente lucha en la Resistencia francesa, el respeto que merecen sus décadas de compromiso con los derechos humanos, la admiración que produce su activismo a los 93 años. Esté o no uno de acuerdo con sus motivos para la indignación. Pero conoce poco España e ignora que aquí la Resistencia desde hace casi cuarenta años no es contra los criminales nazis sino contra los criminales etarras, ultranacionalistas y de extrema izquierda. Y que los derechos humanos no son conculcados por un Estado sino por un grupo terrorista.

De ahí que parezca tan feliz con esa secuela elaborada por la izquierda española, Reacciona, con la estela marcada por su libro y con su propia colaboración. Ignorante de lo sangrante que resulta en nuestro país tanta loa a su libro, tantas llamadas a la indignación por la misma izquierda que justifica los nauseabundos acuerdos de nuestro Gobierno con quienes en España persiguen, amenazan y asesinan. Y justamente en el momento en que la realidad de esos acuerdos se ratifica con documentos internos de ETA que no permiten un solo intento más de escapismo o de negación.

Muchos de quienes aquí celebran el libro de Hessel jamás estuvieron en la Resistencia contra ETA. Y no tanto por miedo sino porque no veían motivos para esa Resistencia. Quizá porque pensaban, piensan, como el propio Hessel sobre los terroristas de Hamás, que el terrorismo es inaceptable pero puede ser comprensible. Esa es la raíz de su bochornosa complacencia con las cesiones del Gobierno a ETA. No se trata de que no se crean la «bazofia de ETA». Es que les parece bien que este tipo de totalitarismos asesinos de extrema izquierda merezca la «comprensión» del Gobierno con los acuerdos correspondientes.

De ahí que no se limiten a un recatado silencio sino que vayan más allá y pretendan demonizar a los denunciantes de tal escándalo democrático. En una contraresistencia que los envilece. Con el argumento de que los denunciantes utilizan a ETA para ocupar portadas o que no quieren la derrota de ETA. Lo que en los tiempos de la Resistencia francesa de Hessel habría sido que querían hacer portadas o que no deseaban la derrota del nazismo o que no querían la paz.

Con el final feliz entonces de que triunfó la Resistencia y no el colaboracionismo. Con la incertidumbre ahora de si triunfarán las razones de la Resistencia o el acuerdo con los terroristas. Pues de eso se trata en esta etapa final del terrorismo etarra. De que tal disyuntiva aún no está resuelta. De ahí los motivos para indignarse, en España.

El sumo sectario

Hermann Tertsch en ABC

Esta magnífica reyerta a partir del hundimiento del proyecto del zapaterismo del régimen socialista de los mil años, no debería afectarnos al resto de los españoles. No nos afectaría si Zapatero pudiera elevarse hasta la decencia necesaria para decidir su marcha de verdad. Si fuera capaz de encontrar el coraje y la dignidad de asumir que nada puede hacer ya sino arrastrarse hasta el final por el mero capricho de llegar. Eso sí, sin dejar de dañar a España, comprando sus últimas mayorías a unos nacionalismos jubilosos en sus apetitos carroñeros. Su resentimiento hacia media España le impide una vez más decidirse por el bien común. El final de una legislatura que ha sido un tormento, promete convertirse en pesadilla. Los españoles todos, seremos rehenes, del sumo sectario. Aunque no todos inocentes. Los socialistas le han echado de allí donde más daño les hace. La sociedad española, pasmosamente indolente, parece dispuesta a dejarse hacer daño, gratuitamente, hasta el final.

Un zombi anda suelto

Tomás Cuesta en ABC

A Zapatero, dicen unos, le ha echado su partido. A Zapatero, según otros, le han temblado las piernas. ¡Quite usted allá, ignorante!, aseguran, muy serios, los finos analistas que saben de qué va esto. A Zapatero, alma de cántaro, le ha puesto firme la parienta. La clave del intríngulis, la cifra y la respuesta, se encuentra —«Cherchez la femme!»— en la esposa canéfora. O sea, que, por lo visto, y aunque cueste creerlo, el problema de España ya no se llama Zapatero. El señor presidente se ha extraído a sí mismo del fondo (de reptiles) de su proverbial chistera y ha vuelto a correr un estúpido velo sobre el agónico paisaje del presente. Al cabo, a la fuerza ahorcan y, mientras no claree, le sale más a cuenta encarnar al Gatopardo que dárselas de aprendiz de Maquiavelo: «Plus ça change, plus c'est la même chose». De tanto en tanto, hay que fingir que todo cambia para lograr que todo siga igual que siempre.

Lo cierto, en cualquier caso, es que ha llegado el martes y seguimos uncidos al mismo yugo que el viernes. Ni las cifras del paro, ni el alza continua de las hipotecas, ni la amenaza letal de un estancamiento con inflación que parece dibujarse ya como la siguiente plaga bíblica, ni la incertidumbre financiera, se han modificado un átomo. ¿Qué es lo que de verdad ha terminado? ¿Puede sensatamente llamarse a esto un fin de partida?

Cambian las ficciones: ese tejido de fantasías que sirve para ocultar la mugre sórdida de la realidad política. Y las palabras bajo las cuales se encubre la desagradable continuidad de los hechos. Rodríguez Zapatero sigue en La Moncloa. Tiene un año por delante. Gozando de la inmensa ventaja que da ser un zombi, de la impunidad que se concede a aquel al cual se declara ya muerto: a un muerto es al único al que no se puede matar. Y, como proclama el clásico, «tenemos que sufrir aún más por causa de los muertos que por causa de los vivos».

Y la verdad es que un muerto que se sienta en la presidencia del consejo de ministros posee privilegios fantásticos. Puede desentenderse el tedioso día a día. Y dedicarse a las grandes cuestiones socialistas, de cuya estofa está hecho el catastrófico infantilismo que nos hundió en estos años. Porque ha sido socialismo, literal y, por ello, desastroso, lo aplicado por Zapatero sobre el laboratorio español hasta llegar al callejón sin salida. La ingeniería social, la loca legislación «de género», el providencialismo que alucina un acuerdo de paz con la ETA… El zombi Zapatero tiene hoy las manos libres, el colmillo afilado y el ánimo resuelto. La Moncloa, que era el infierno de Sonsoles, es ahora el limbo de un genuino «walking dead», del más encopetado de los muertos vivientes.

Sólo una moción de censura a pecho descubierto podría poner coto a tal «delirium tremens». El problema es que la norma constitucional —la misma que viste entuertos y calza desafueros— contempla únicamente la «moción constructiva», esto es, aquella en la que el promotor del desafío está obligado a diagnosticar la enfermedad y a establecer el tratamiento. Y, puesto que a grandes males corresponde aplicar grandes remedios, el líder del PP calla, y por tanto otorga, para no darle cuartelillo al pregonero. «Do you remember Cameron?» Pues eso: pachorra y tiento al tiento.

Zapatero, gaseoso

José María Carrascal en ABC

La inconsistencia y la movilidad que caracterizan a los gases se adaptan perfectamente a su temperamento, y del mismo modo que las moléculas de los gases se mueven libremente por todas partes, lo veremos aparecer en los lugares más insospechados, rebotando contra lo que encuentre a su paso. Habrá, pues, que tener cuidado con él, pues que terminará la legislatura debe darse por hecho, al contar con el apoyo de los nacionalistas, que querrán exprimirlo al máximo, antes de que se les acabe el chollo que ha representado para ellos. A no ser, naturalmente, que les suceda lo que a su propio partido: que metido en un mundo que nada tiene que ver con la realidad, termine siendo una amenaza para ellos.

Fritanga estadística

Ignacio Ruiz Quintano en ABC

¿Se puede aspirar a La Moncloa cenando sapitos en «Sazadón»? En la democracia española se puede aspirar a La Moncloa incluso desde la modesta caja de unos grandes almacenes en la Plaza de Cataluña. Si, además de meterse sapitos entre pecho y espalda, Rubalcaba consiguiera meter en la cabeza de los españoles una estadística policial bien faisanada, tumbar a Rajoy sería un juego de niños. Tiene a los policías de uniforme, para que parezca que hay más policías, y aplica la magia a los números, para que parezca que hay menos delitos. Sólo le falta saber hacer lo mismo con los euros y con los parados. Y España estará en sus manos. ¿Han visto, cuando habla, qué forma más inquietante tiene de cogerse las manos?

Viñeta de Esteban en La Razón

lunes, 4 de abril de 2011

¿Rehúso debido?

Emilio Campmany en Libertad Digital

Huele a pacto de alternancia. ¿Por qué Aznar, que incumplió promesas como las de entregar los papeles del Cesid o reformar la Justicia, se atuvo estrictamente a la que hizo de ser presidente sólo ocho años? ¿Por qué ahora Zapatero va hacer exactamente lo mismo? ¿Por qué a ninguno de los dos se le ha ocurrido entregar la presidencia al candidato de su partido unos meses antes de las elecciones y mejorar así las probabilidades de éxito? ¿Por qué Rajoy está tan seguro de que en 2012 será presidente? Tanto lo está que, a pesar de la relevancia del anuncio que Zapatero hizo el sábado, esta es la hora en la que escribo que no ha dicho ni mu a la prensa. Aquí hay gato encerrado.

Zapatero y Rajoy, inseparables hasta 2012

Editorial de Libertad Digital

Mas ni Zapatero ni Rajoy tienen la más mínima intención de servir a su patria. El primero porque difícilmente puede servir a un concepto discutido y discutible; el segundo porque ha optado por esperar a que la fruta se vaya pudriendo y caiga, aun cuando con su caída arrastre a todos los españoles. Los dos están sedientos de poder hasta el punto de olvidar por completo que la legitimidad de origen de ese poder procede de encontrarse subyugado a los intereses de todos los españoles, no a los suyos particulares.

Tras la espantá

José García Domínguez en Libertad Digital

Tras la espantá del Curro Romero de la socialdemocracia flácida, ese espectro feminista que arrastra su pesar por los pasillos de La Moncloa, está por ver que se haya abierto el proceso sucesorio. El genuino quiero decir, asunto bien distinto del macguffin de circunstancias que, según parece, se aprestan a escenificar la niña de Felipe y el señor de González. Y es que en la cúspide de una iglesia de estricta obediencia leninista, cual siempre ha sido el PSOE, solo cabe una cabeza –aun de chorlito–, jamás dos.

Iznogoud por triplicado

Gabriel Albiac en ABC

Los admiradores de René Goscinny, entre los cuales me encuentro, saben que su obra maestra no es la serie del encantador miniguerrero Astérix. Lo es la que se articula alrededor del Visir, de maldad siempre frustrada, Iznogoud: ese que repite encabritado su empeño por ser «Califa en lugar del Califa». Verlo estrellarse, una vez detrás de otra, pone en el lector la risa avinagrada que trasluce lo demasiado humano.

Chacón es un Zapatero que habla catalán: quienes juzgaban imposible dar con alguien del nivel intelectual y moral del Presidente, no tienen más que dirigir los ojos a ella. Rubalcaba, un viejo zorro herido, con serias oportunidades de que el Faisán lo lleve allá adonde llevara el GAL a su colega Barrionuevo, a poco que los jueces se le pongan bordes. ¿Bono? A juzgar por lo florido de su oratoria, está que pega brincos de contento: mala cosa para un político, poner tan al descubierto sus cartas y tan antes de tiempo. A decir verdad, el espectáculo, entre los aspirantes a ser Zapatero en el lugar de Zapatero, augura tiempos mayormente sombríos para el PSOE. Y para los aspirantes, sobre todo.

Iznogoud Chacón, no lo ocultaré, es de todo el enjambre de Iznogouds que van a merendarse el ya putrefacto cadáver del Califa, quien a mí me genera más ternura. Por la continuidad, sobre todo. Las cosas que le hemos oído decir a Zapatero sólo son comparables a aquellas que salieron de la de quien largó lo de «yo soy la niña de González» (Felipe), o eso otro de que además era no sé quién que acababa de «cagarse en la puta España». La mar de astuto por parte de alguien con pretensiones de presidir a la defecada, por supuesto.

Iznogoud Rubalcaba lo tiene todo en contra. Porque todo parece tenerlo a favor. Lo cual, en política, es el modo más seguro de que te aticen hasta en el carné de identidad. Desde que al Jefe le dio la depre en diciembre, aquí el único que ha gobernado es el señor de la faisanería. Tanto lo ha hecho y tan feliz, que no queda ya un solo poderoso en su partido que no afile navaja para cortarle el pescuezo a la que se descuide. Lévi Strauss narra el hábito de los sabios pobladores de cierta tribu amazónica que, cuando ven nacer al anhelado hijo varón, salen a la plaza pública gritando y sollozando: «¡Ah, Dios mío, pero qué feo que es, pero qué raquítico…! ¡Cómo ha podido caer sobre mí una desdicha tan grande!». Ritualizada manera de eludir la envidia de vecinos y dioses. Y Maquiavelo aconsejó siempre al político hablar poco y actuar deprisa. Pero estos no son políticos; son comensales de la sopa boba.

Y queda, de momento, Iznogoud Bono. Que anda aún más contento de lo ya en él habitual por haberse conocido. Y que puede que tenga razón en lo de verse cada día más irresistible ante el espejo. De no ser por la cosa equina. Y por la cosa inmobiliaria. Y por los mil misterios que en la vida de un hombre rigen el tránsito de escasez a opulencia. Y otra vez Maquiavelo: cuídese el político, sobre todo, en materia de dinero; los hombres olvidan de buen grado el asesinato de su padre, pero lo otro…; lo otro es otra cosa, como su propio nombre indica.

El gafe de Iznogoud se multiplica en un laberinto de espejos. Y la cosa comienza a ponerse divertida.

El legado de Zapatero

Juan Manuel de Prada en ABC

Si hay un rasgo psicológico que distingue a Zapatero es su resentimiento; un resentimiento melifluo, sibilino, casi amable, como envuelto en gasas y tules, pero acérrimo como una úlcera gástrica y negro como el betún. Y si hay una nota distintiva que resuma su legado político es la proyección de ese resentimiento sobre la sociedad española, que deja convertida en un campo de Agramante, enviscada en sus propios odios. Para ser enteramente justos, no podemos ignorar que el resentimiento es una enfermedad atávica íntimamente vinculada a las esencias hispánicas; la aportación sustantiva de Zapatero ha consistido en actuar a modo de catalizador de ese resentimiento, en promoverlo, jalearlo y azuzarlo con sórdidos intereses políticos. En su exacerbación sistemática, insomne, fríamente calculada del resentimiento, Zapatero no ha descuidado ninguna parcela de la vida social: en la institución familiar y en las relaciones entre hombres y mujeres ha introducido el veneno de la ideología de género, en la escuela ha fomentado la corrupción y el igualitarismo, en la frágil convivencia nacional ha introducido la cizaña de la llamada «memoria histórica». Ha agravado los conflictos entre regiones, agudizando la conciencia de agravio y espoleando los «hechos diferenciales»; ha agitado el fantasma del odio religioso; y, cuando la crisis económica estalló, mientras se dedicaba a fabricar pobres a porrillo, dirigió la ira y el descontento populares hacia la brumosa categoría de los «ricos»... mientras él se dedicaba a atender las solicitudes de la plutocracia.

Toda esta operación sistemática de extensión del resentimiento se ha desenvuelto bajo la coartada eficacísima de la «igualdad» y la «extensión de derechos». Y es que nada satisface y halaga más al resentimiento que disminuir, achatar y ensuciar aquello que no puede alcanzar. El resentido primero odia las virtudes que no alcanza; después las desprecia y se burla de ellas; más tarde, las invierte; y, por último, acaba por adueñarse de ellas, convertidas ya en simulacros grotescos. Zapatero descubrió un día que el resentimiento brota en España con más abundancia que las cucarachas en las cocinas sucias; y, desde entonces, se dedicó a favorecer la plaga, convencido de que, cuanto más se enseñorease el resentimiento de la sociedad española, más garantizada estaba su supervivencia. «A río revuelto, ganancia de pescadores», reza el refrán; y esta ha sido la consigna y el arma terrible que ha mantenido en el poder a Zapatero: confundir, mezclar, embadurnar, llamar bueno a lo malo y malo a lo bueno, exaltar lo mediocre... hasta lograr que el resentimiento acabara ahogando, paralizando, condenando a la esterilidad y a la inapetencia, a quienes estaban dotados para hacer algo. Así, España ha acabado hundiéndose en la vulgaridad más cetrina, convertida en una demogresca constante en la que los resentidos, los envidiosos, los amargados, los malintencionados, los llenos de resquemores y de odios hacia todo lo que la vida tiene de noble y virtuoso siempre salen recompensados con más derechos y prerrogativas, con más aplauso y reconocimiento.

Pero el resentimiento, que es vanidoso como un cohete y maligno como una chinche hambrienta, seca la vida allá por donde pasa, lo mismo que la langosta. Este es el legado de Zapatero: un erial devastado por el resentimiento; o, dicho más machadianamente, un trozo de planeta por donde cruza errante la sombra de Caín.

Las posibles soluciones

César Vidal en La Razón

En mis dos anteriores artículos, señalé los peligros que se derivan del abandono de la doctrina tradicional sobre la intervención armada. Algunos de ellos ya están resultando evidentes en la guerra de Libia a la que con tanta rapidez se precipitó a lanzarnos ZP con un respaldo que incluyó a los nacionalistas vascos y catalanes. En el curso de apenas unos días hemos contemplado cómo una simple zona de exclusión aérea diseñada para evitar que un dictador no bombardee a sus conciudadanos se ha transformado en toda una operación de ayuda armada a unos rebeldes no identificados; en una puerta abierta para las acciones de la organización terrorista islámica Al Qaida en Libia, favorecida –reconozcámoslo humildemente– por la estupidez occidental, y en el bombardeo de poblaciones civiles hasta ahora no alcanzadas por la aviación. Así, los episodios iniciales de brutal represión se han transformado en una guerra civil abierta con intervención internacional, con mayor devastación, con más muertos y con más silencios bochornosos de esos que se dicen pacifistas. Naturalmente, no serán pocos los lectores que se preguntarán si existe alguna alternativa mejor. La respuesta es que sí. Frente a las acciones internas de una dictadura – salvo que estemos dispuestos a ir mañana mismo a la guerra contra China, Corea del Norte, Arabia Saudí y cualquier otra dictadura que exista bajo el sol– existe una panoplia de recursos que pueden y deben utilizarse. El primero, lógicamente, es la acción diplomática que, por cierto, está brillando por su ausencia en los últimos tiempos. La combinación de alicientes y presiones debería llevar a un régimen dictatorial a suavizar la situación a la que somete a sus ciudadanos. No es un camino rápido, pero suele resultar relativamente efectivo. Así, la ayuda internacional debería ser utilizada no para que las ONGs – no pocas veces en manos de políticos– se llenaran los bolsillos sino para conseguir avances considerables en el respeto a los Derechos Humanos como podría ser el caso de la libertad religiosa, el reconocimiento de la igualdad ante la ley o la libertad de expresión. Si la acción diplomática fracasara, habría que dar el paso de las sanciones económicas y políticas. La expulsión de determinados organismos internacionales o el bloqueo financiero repercuten también sobre las poblaciones civiles, pero siempre con menos virulencia que un bombardeo o un combate. Finalmente, en el caso de que la dictadura en cuestión perpetrara realmente un genocidio – insisto en lo de realmente porque la izquierda ha conseguido desnaturalizar la palabra a fuerza de manipularla– o agrediera a otra nación sí sería una lícita una intervención militar precedida lógicamente de los pasos previos. El quebrantar estos límites no ayuda – ni ayudará– a que este mundo sea más justo ni más libre. Por el contrario, sembrará más muerte, devastación y dolor y, por añadidura, facilitará la llegada al poder de elementos indeseables como los integristas islámicos y abrirá el camino a nuevas intervenciones neo-coloniales con excusas propagandísticas y motivaciones depredadoras. Al respecto, la acción de Francia –gran muñidora de golpes de estado y de guerras civiles que se han saldado con centenares de miles de muertos en África durante las últimas décadas– es un terrorífico ejemplo de lo que se puede esconder bajo el velo de la intervención supuestamente humanitaria. Pero ésa es otra historia.

Verdad radiactiva

Alfredeo Abián en La Vanguardia

El 26 de abril se cumplirán 25 años desde que estalló el reactor número cuatro de Chernobyl. Cuentan que la explosión liberó 400 veces más radiación que la bomba atómica lanzada sobre Hiroshima 41 años antes. Así como la matanza bélica en la ciudad japonesa está fielmente documentada -80.000 muertos al instante; decenas de miles en los meses posteriores-, aún no sabemos a ciencia cierta los efectos de la muerte invisible que comenzó a cabalgar en Ucrania hace un cuarto de siglo. Sin embargo, hay indicios de que el accidente no tuvo los efectos apocalípticos que se presagiaron. Científicos de prestigio y organismos internacionales sostienen que las muertes directas se cifran en decenas, la mayoría niños o miembros de los equipos de emergencia que intentaron controlar a la bestia con una entrega suicida. Otros expertos niegan la mayor y multiplican los efectos letales. A este paso, ya haremos balance dentro de 24.000 años, más o menos, cuando se hayan extinguido los efectos del cesio 137 o del mismísimo sol. Los profanos estamos sometidos a mentiras patentadas. Las centrales nucleares pasan de ser templos tecnológicos a barracas de feria. Nuestro voraz apetito por las vaguedades convincentes se mezcla con la desconfianza atávica hacia la modernidad tecnológica. Vemos imágenes de la zona cero de Chernobyl y su vecina ciudad fantasma de Pripyat, con muñecas rotas, pupitres oxidados, norias muertas antes de girar y, ¡oh sorpresa!, con una exuberante vegetación que se ha adueñado de parajes fantasmales. También contemplamos a ancianos que cultivan las teóricas tierras del infierno y desafían la radiación, ¿Dónde está la verdad radiactiva?

domingo, 3 de abril de 2011

Socialistas

José María Marco en La Razón

Lo que empezó con insultos, con furia y con sangre, los años de gobierno de Zapatero, terminan con abucheos y con el aplauso gélido, entre distante y ansioso, de sus compañeros de partido. Entre los dos momentos median ocho años que no han servido de nada. Hemos retrocedido en prácticamente todos los órdenes. España está más debilitada, nos hemos empobrecido y estamos peor preparados para enfrentarnos a la recesión y a la gigantesca mutación económica que está teniendo lugar desde el 2008. No tenemos capacidad de influir en los cambios que se producen en la escena internacional. Estamos más divididos y más enfrentados: Zapatero ha jugado con una nación en la que no cree, con los recuerdos de todos, con los pactos que entre todos habíamos alcanzado y que nos habían permitido emprender un nuevo camino de convivencia, de prosperidad y de influencia. La ejecutoria de Zapatero ha sido tan destructiva, él mismo ha hecho tanto daño con su rencor, sus mentiras y sus arbitrariedades que se necesitarán varios años no ya para mejorar, sino para volver al punto en el que nos encontrábamos en 2004. Lo peor es que, para el PSOE, todo esto resulta inútil. Sigue siendo un partido de pura oposición, que se considera el único legitimado por la historia y la ideología, sin la menor voluntad de autocrítica que el resto de los españoles hicieron hace más de cincuenta años. El PSOE, y con él los sindicatos y la izquierda política, no han aprendido la lección de estos años de zapaterismo, ni lo que el zapaterismo significa como desplome del socialismo histórico español, una mentalidad –más que una ideología– antisistema, antiliberal, nada respetuosa con la democracia, resentida, desconfiada de todo. Lo lógico sería que de esta crisis saliera un nuevo partido, homologable con los europeos. No será así. Empezamos a librarnos de Zapatero, pero no de este socialismo nuestro, brutal y primitivo, del que el zapaterismo habrá sido un avatar más. A ver cuál es el próximo.

Pasmo

Alfonso Ussía en La Razón

Hay que ser optimistas, aunque sea por obligación. España se despide con infinito dolor del político que ha demostrado su grandeza. La de España, me refiero. Después de su época de gobernante, España zozobra, pero no se ha hundido definitivamente. Y esa resistencia frente al temporal nos la ha hecho ver Zapatero. Ocho años destrozando a España, y España sigue. Gracias por abrirnos los ojos.

No me lo creo

Antonio Burgos en ABC

PUES, ¿qué quieren ustedes que les diga? Usted se lo creerá. Todo el mundo se lo ha creído. Han tragado. Pero yo no me lo creo. Y no es que sea incrédulo. Hasta creo en los dones del Espíritu Santo, que es bastante más complicado que lo que pueda decir este personaje siniestro. Porque les juro por lo más sagrado, aunque esto de jurar y de lo sagrado sean políticamente incorrectísimos, que yo no me creo que este tío vaya a coger a sus Sonsoles y a sus niñas góticas y se vaya a largar, con lo encantado de haberse conocido que está.

No es que yo sea un incrédulo, como les digo. Es que tengo memoria. Y si este tío coge el portante y la media manta y se va, como ha anunciado, y le larga a otro el mochuelo de perder las elecciones, será la primera verdad que haya dicho en todo este tiempo que lo hemos padecido como presidente del Gobierno, en el que ha dejado a España rota y en ruinas, mucho peor que el de Mienmano pudiera imaginar nunca cuando predijo que no la iba a conocer ni la madre que la parió.

Aunque no soy analista político (ni Dios lo permita), mi argumento es bien sencillo: si este tío, desde que llegó al poder, no ha hecho más que colocarnos solemnes mentiras y ampulosos embustes, ¿cómo va a ser posible que haya roto en verdad al cabo de tanto tiempo, que yo creo que hasta se le ha olvidado ya que existe la verdad?

Llegó con el buen rollito del talante y en todo este tiempo no ha habido ni buen rollito ni talante, sino que ha resucitado peligrosamente a las dos Españas. Menudo rollito la crisis en que nos ha metido y la última comparación de las cifras de paro de España con la media de la Unión Europea, y menudo talante el despilfarro y la inepcia como modos de actuación de su virtual Régimen.

Revalidó el poder cuando España chorreaba literalmente sangre de las mochilas de Atocha, que aquí nos olvidamos muy fácilmente de los muertos si son a cientos: los 900 de la ETA o los 192 de vaya a usted saber quién en el 11-M. Sobre esa sangre, volvió a ganar las elecciones porque hizo justo lo contrario que había prometido: usó el terrorismo con fines políticos. Y porque mandó decir a esta nación de borregos que España no se merece un Gobierno que le mienta. ¡Anda que no! ¡No ni ná! Anda que no le ha mentido veces desde aquella frase famosa coreada por los pancarteros, en las horas del «¡Pásalo!».

Dijo que en España no sólo no había crisis, sino que no la iba a haber nunca. Que los que tal decían eran unos antipatriotas, pues estábamos que lo tirábamos de bien. Luego vino lo que todos padecemos, el paro terrible, la deuda de caballo, España al borde del rescate. Antipatriotismos, vamos, porque aquello era sólo, ¿cómo le decía? Ah, si: la desaceleración. ¡Menuda mentira la desaceleración! ¿Y lo de que nuestro sistema bancario era el más fuerte del mundo, cómo se les queda el cuerpo al recordar aquella mentira?

Y luego, cuando el vil Proceso de Pazzzzz y los muertos de la T-4, dijo que no habría más negociación con la ETA, cuando se ha constatado que les comían en la mano a los asesinos para maniatar a la Policía y callar a los jueces.

Así que si ha estado ocho años mintiéndonos, ¿cómo ahora, al humo de las velas, va a decir la verdad? Si ha dicho que se va, hará justo todo lo contrario, como siempre: se quedará. Y bien que lo siento, porque ya tenía enjauladas las palomas para soltarlas y comprados los mazos de cohetes para tirarlos.

Adiós a Zapatero

Editorial de Libertad Digital

Zapatero ha sido y sigue siendo el peor presidente de la democracia española. De modo que el anuncio de su marcha no puede sino producir alegría, aunque matizada por el convencimiento de que, de no haber tomado él la decisión, la puerta abierta se la habrían señalado igualmente los españoles.

Quiso llevar a España a la rendición ante ETA, ofreciendo a los terroristas triunfos políticos, traicionando el sacrificio de los cientos de españoles a los que la banda asesinó, y denigrando a sus familias y los supervivientes de los atentados. Su apuesta por aliarse con los nacionalismos ha producido el Estatuto catalán, engendro sólo parcialmente anulado por el Tribunal Constitucional y que consagra la desigualdad entre los españoles. Su política internacional nos ha alejado de nuestros aliados para acercarnos a regímenes como Cuba o Venezuela, poco democráticos, incapaces de reconocer los derechos humanos, pero de izquierdas, que es el único salvoconducto que los socialistas han tomado en cuenta. Ha dividido constantemente a los españoles con leyes como la del matrimonio homosexual, la igualdad, la memoria histórica, el tabaco, el aborto, la educación para la ciudadanía, empeñado en que todos vivamos según el manual del progre rancio indica que debemos vivir y morir.

Pero ha sido la economía la que finalmente le ha dado la puntilla. Su ineptitud en la materia, que ni dos ni mil tardes han podido reducir, y ese sectarismo ideológico con el que se enfrenta a todos los asuntos que ha abordado han agravado en España una crisis que sí, es mundial, pero que en nuestro país ha hecho más daño y nos está siendo más difícil salir. Sólo cuando la ruina amenazaba con llevarse por delante el euro, y el "corazón de Europa" nos ha obligado a tomar medidas más racionales, Zapatero ha renunciado en parte a su programa izquierdista y, por lo tanto, ruinoso. Pero ha sido demasiado tarde, y demasiado poco para los cinco millones de parados que su política ha dejado sin empleo.

Con el anuncio de su marcha, Zapatero ha vuelto a demostrar que lo que más le importa no es España sino el PSOE y él mismo. Anunciándolo antes de las municipales y autonómicas su partido espera contener la sangría de votos. Y haciéndolo con casi un año de plazo da tiempo a que la sucesión se produzca y el vencedor se cure de las heridas del proceso. Pero en esta España que se desangra, a Zapatero no le importa abrirle otra brecha: la de su sucesión. Un presidente que se va porque sabe que nadie le quiere en el cargo es un presidente que no debería seguir ni un minuto más en el cargo. Sería lo mejor para España. Por eso continuará hasta 2012.