martes, 22 de marzo de 2011

Adiós al rodillo de las ideas

Hermann Tertsch en ABC

Todo indica que en España hemos entrado en un final de ciclo que va más allá de la previsible derrota del presidente Rodríguez Zapatero en las próximas elecciones generales. Las dos legislaturas de «largocaballerismo new age» que ha sido un intento de sustituir a nuestra democracia de la Transición, la Reconciliación Nacional y la Constitución del 78 por un nuevo régimen de «socialismo avanzado» que buscara y lograra en nombre de un nuevo Frente Popular la revancha por la derrota en la Guerra Civil, se agotan sin que los artífices de ese venenoso proyecto hayan logrado sus objetivos. Es una buena noticia. Triste es, sin embargo, la certeza de que su fracaso no se deberá a la capacidad de resistencia de la democracia integradora, ni a la autodefensa de una sociedad abierta con músculo democrático para hacer frente a planes sectarios de experimentación e ingeniería social, ni a la vigencia de valores y principios que movilizar y hacer valer frente al rodillo igualitarista, materialista y estatista. Su fracaso se deberá a la catástrofe económica en la que nos ha sumido la desastrosa gestión que los responsables de ese proyecto han hecho de la muy grave crisis económica. Los españoles van a acabar previsiblemente con el experimento del «zapaterismo» porque le echan —con razón— la culpa de que la crisis en España sea infinitamente más grave que en otros países por culpa de su gestión. No como responsable del intento de fundar un régimen sin alternancia política y un inmutable papel dirigente del Frente Popular. Que asumiera la II República como única fuente de legitimidad, convirtiendo transición y reconciliación en «errores transitorios» y la Constitución del 78 en papel mojado. Ese proyecto —definido por el espíritu del «Pacto del Tinell»— debía dejar a la derecha definitivamente marginada de la toma de decisiones y convertida en poco más que un partido satélite, desposeída de legitimidad por su estigma de heredera del franquismo. Como a Al Capone, la condena —en las urnas— se producirá por una cuestión de dineros. De haberles tocado el bolsillo y muy gravemente a los españoles. No por los delitos capitales del proyecto de subvertir la democracia y crear un régimen según el imaginario de la izquierda de los años treinta, apenas modernizada por sus aditamentos también totalitarios del lenguaje de corrección política. Es de temer que los artífices de este gran disparate histórico no se sientan desautorizados sino víctimas de una fatalidad histórica. Y dispuestos a nuevo intento. Si prevalecen estos fundamentalistas sectarios y no resurge una corriente socialdemócrata homologable a la europea, sin veleidades utópicas ni pretensiones de experimentación social, España se enfrentará a una permanente agitación social. A la espera de un nuevo gobierno izquierdista que lleve a cabo el proyecto ahora fracasado. La esperanza de que esto no ocurra y España retome un camino de prosperidad y paz social radica en una renovación de la izquierda. Y en una activación de la batalla de las ideas con la pluralidad hasta ahora maniatada por el rodillo de la maquinaria de intoxicación y manipulación mediática y cultural de la izquierda. Paradójicamente esta pluralidad se ha activado bajo el zapaterismo. Como reacción a tanto desmán. Y no en la oposición, sino en la sociedad civil y mediática. La supremacía total de la izquierda en medios y cultura se ha quebrado. Se acabó el rodillo de las ideas. Y el reino de la impostura cultural y democrática izquierdista. De ahí su pánico. Con Zapatero se hunden la mentirosa supremacía moral de la izquierda y su hegemonía cultural de la izquierda. Este naufragio es su mejor legado.

Falsificación democrática

M. Martín Ferrand en ABC

Hace unas semanas el PSOE y el PP, tan ariscos ante los ciudadanos como dispuestos a la chapuza compartida, acordaron reformas de la Ley Electoral que, quizás, puedan facilitar sus trabajos de campaña, pero que, seguro, le quitan transparencia y limpieza a la confrontación y la liturgia electorales. En consecuencia del acuerdo, la Junta Electoral Central se dispone a cursar a las televisiones privadas instrucciones sobre el que debe ser su comportamiento durante la refriega propagandística de las campañas. Lo más notable e inaceptable de esa norma en ciernes es que se las exige a las televisiones privadas los principios de «proporcionalidad y neutralidad informativa» que cabe esperar de las televisiones públicas. Algo, insisto, pactado por el PP y el PSOE en contra de la libertad de información y los usos democráticos habituales.

Si nuestros grandes partidos políticos no son capaces de diferenciar las obligaciones exigibles a una televisión pública de la libertad que debiera amparar el trabajo informativo de una privada, el caso es grave. Las públicas, cuya razón de existir es de difícil explicación y gran despilfarro, son de todos y ello las obliga a la neutralidad. En las privadas, como en los periódicos, el interés informativo debiera prevalecer sobre cualquier otro planteamiento. ¿Qué es eso de la «proporcionalidad» y la «neutralidad»? La diferencia tecnológica, ¿permite establecer tratamientos éticos diferenciados entre la prensa, la radio, la televisión, el internet u otro medio de información? Lo que la Junta Electoral Central, como consecuencia de un acuerdo no democrático entre el PP y el PSOE, se dispone a aplicar es una falsificación de la libertad, una perversa forma de censura. No es de extrañar que con barros tan sucios se modelen líderes tan endebles y deformes.

El general Pinocho

Tomás Cuesta en ABC

TILDAR a Sarkozy de «General Pinocho» —como hizo Papá Le Pen este domingo al concluir el primer acto de las elecciones cantonales— no sólo constituye una falta de respeto al líder guerrero de las potencias aliadas, sino que priva a Zapatero de una dignidad castrense que se ha ganado a pulso y que, a tenor de su historial, le va que ni pintada. El nieto del capitán Lozano, de casta le viene al galgo, acaba de meter a España en una guerra con la habilidad de un prestidigitador y con el mismo estilo —nada por aquí, nada por allá— con el que levantó el campamento de Irak cuando, en lugar de volver a casa con la cabeza alta, lo hicimos emplumados y cacareando. Quién le ha visto y quién le ve. De la infinita ansia de paz al sus y a ellos. Así —por parafrasear a Nietzsche— se dialoga a misilazos.

La metamorfosis es tan prodigiosa que contribuye a que pase desapercibido el detalle (no menor, en efecto, pese a que la grandeza siempre ha estado reñida con el personaje) de que el legítimo General Pinocho, el fetén, no el gabacho, está más amortizado que la cabra de los legionarios. Si se cumplen las previsiones sucesorias, Zapatero abandonaría el barco en pleno zafarrancho, a no ser, por supuesto, de que nos encontremos ante un episodio inédito de la guerra relámpago y el conflicto —«Inch´Allah!»— sea algo circunstancial y pasajero, igual que el bajonazo de la velocidad máxima. Dicha limitación, a falta de razones de mayor calado, es la que justifica que el General Pinocho haya salido del armero en vez de limitarse a salir del armario. Pelillos a la mar y bofetadas al payaso.

Encharcado en todas las contradicciones posibles, el Von Clausewitz de León dispone lo que haga falta para la odisea del alba y la epopeya de su atardecer. Las bases, los aviones, las fragatas y hasta un submarino. Gadafi, que a lo visto debe ser peor que Sadam, se merece eso y más. Los daños colaterales no cuentan, ni tampoco eso de que la peor paz es mejor que la mejor guerra. Pura retórica en medio de una crisis que ha vaciado las cazuelas hasta de su eco. Tras exhibir en Túnez las bondades de una democracia reducida a su caso personal, muestra en Libia el músculo de un converso, como si los F-18 fueran la culminación tecnológica de la urna de cristal.

En el cuarteto del amanecer, compuesto por Sarkozy, Obama, Cameron y Zapatero, el nuestro, a su escala, es como un Ghandi entre Churchill y De Gaulle, un pacifista con una idea sobre el orden mundial tan arbitraria que condena a Gadafi mientras cubre a los Castro, algo así como un misil extraviado capaz de sobrevolar Irak para estamparse en Algeciras, un sujeto dado a la improvisación, un presidente que desmilitarizó al Ejército y lo convirtió en la UME, un visionario que ha acabado militarizando a los controladores aéreos.

Pero darle al botón rojo tiene sus contraprestaciones y ni siquiera a Zapatero se le escapa que en un estado de guerra, por mucho que a nuestro presidente le importen las formas lo mismo que a Gadafi las víctimas de Lockerbie, lo último que puede hacer es tocar a retirada, ni siquiera la suya. ¿Quién se lo iba a decir? Una guerra le llevó al poder y una guerra le podría impedir dejarlo, al menos antes de tiempo y si es que aún estamos a tiempo.

La diferencia es el miedo

Cristina Losada en Libertad Digital

Los rescoldos, todavía humeantes, del "no a la guerra" calientan la búsqueda de similitudes y diferencias entre las intervenciones militares en aquel Irak de Sadam y en esta Libia de Gadafi. Las consignas, esas termitas destructoras del pensamiento y del lenguaje, tienen mucho peligro. Atrapados en la suya, los conspicuos anti-belicistas de otrora han de justificar cómo descubren hoy que el uso de la fuerza no siempre es maligno. Puro artificio, desde luego, pues la aversión a la guerra que exhibían hace años, y con tanta suficiencia, era solo instrumental. Otra aversión más intensa impulsaba aquellas pasiones por la paz. De ahí que las diferencias aludidas puedan reducirse, en su caso, a dos muy evidentes: Obama no es Bush y Zapatero no es Aznar. De ambas se deduce fácilmente que Libia no es Irak. Por decirlo en palabras de Orwell, apenas hay acciones que no cambien de color moral cuando quienes las perpetran son los "nuestros".

Pero dejemos ese redil y sus pequeñas, malolientes y cambiantes ortodoxias para atender a aquello que revela esta operación en Libia, por contraste con la de Irak. La misma opinión pública que rechazaba derrocar a un dictador como Sadam acepta que se ataque a un dictador como Gadafi y ese giro se atribuye a la razón humanitaria. El salvoconducto moral de la intervención es la necesidad de proteger a la población civil de los bombardeos y ayudar a los rebeldes libios, armados, pero en inferioridad de condiciones. Qué más queremos para hacer nuestra buena obra que a un tirano sanguinario aplastando cruelmente a su pueblo y a un puñado de valientes luchadores que le hacen frente con escasos medios. Es justo lo desinteresado –en apariencia– de la acción, el factor diferencial con Irak, donde una potencia como EEUU veía una amenaza para su seguridad y la del resto del mundo. No estamos por defendernos a nosotros mismos, pero sí estamos por defender a otros.

Tanto altruismo y tanto quijotismo resultan, me temo, demasiado dulces. Si los derechos humanos de los iraquíes no importaban nada y los de los libios, mucho, es que la razón humanitaria flaquea y se pliega a sentimientos más potentes. Como el miedo. Fue el miedo lo que inclinó a la mayoría de las sociedades occidentales contra la intervención en Irak. Fue el temor a provocar al terrorismo islamista que había destruido poco antes las Torres Gemelas. Y el "no a la guerra" no hizo más que explotar ese pánico. Ha pasado el tiempo, Gadafi no da miedo y nos podemos permitir, por una vez, actuar en consonancia con nuestras buenas intenciones.

Depilados

Alfonso Ussía en La Razón

En el dibujo, el Presidente Rodríguez se dirige al Presidente Sarkozy. Y le dice: «Nosotros aportamos cuatro F-18, una fragata, un submarino, un avión cisterna y un regimiento de titiriteros conversos». El dibujo, publicado en LA RAZÓN, es de Borja Montoro. Páginas adelante, otro dibujo. Tres aviones aliados sobrevuelan –es un suponer– el desierto de Libia. Uno es francés, el segundo inglés, y el tercero, algo más rezagado, español. El nuestro arrastra una gran pancarta que dice: «No a la Guerra». El dibujo, publicado en LA RAZÓN es de Sañudo.

El pasado fin de semana se organizó en Madrid un acto en defensa del juez Garzón. Sólo faltaba el que escribe para que aquello pareciera una reunión de beneficiados del IMSERSO fotografiados poco antes de partir de excursión a las Hoces del Cabriel. A Garzón le apoya un rojerío otoñal con vocación de invierno. Estaban los inevitables Almudena Grandes, Juan Diego, Pilar Bardem y otros del cine, que son muy parecidos porque se visten igual y gastan la misma barba desaliñada. La Ceja en estado puro. Todos se manifestaron a favor de la guerra en Libia.

Se me olvidaban Toxo y Méndez, también presentes. No podía ser de otra manera. Esta guerra les gusta. Parece no importarles la muerte de civiles libios, que no son tan importantes como los civiles iraquiés o los niños serbios, masacrados legalmente. La ONU ha dicho «sí», y los de la Ceja están tranquilos. España no envió tropas a combatir en Irak. Y a Aznar se le cayó el mundo de la subvención encima de la cabeza. Le llamaron «asesino» y todo lo demás. La ONU no había autorizado aquellos ataques. Esta ONU es muy caprichosa. Sadam Husein era igual de criminal que Gadafi, tan dictador como Gadafi y tan sanguinario como Gadafi. Pero contaba con la simpatía de la Ceja. Ahora sí hemos mandado a los soldados españoles a combatir en Libia. Y en Afganistán. Irán donde se les ordene, y siempre cumplirán con su deber heroicamente. Una aportación modesta, encajada en nuestras posibilidades. La Ceja apoya la intervención militar española. Sus miembros son expertos en contacto diario con la ONU. Que va Juan Diego y le dice a Pilar Bardem: «Pilar, que esta guerra es legal porque la ONU la ha autorizado». «Pues que bien, Juan. No sabes el peso que me quitas de encima».

Esta guerra es tan legal o ilegal como la de Irak. Allí fuimos en misión de paz y aquí vamos en misión de guerra. La Ceja ha cambiado mucho en los últimos años. Javier Bardem, que es un gran actor, ha triunfado en los Estados Unidos, la nación imperialista que le ha ofrecido cobijo y amparo para que su hijo nazca americano en el hospital más caro de su sudoeste. No tendría sentido que llamara «asesinos» a los que bombardean Libia, que son sus anfitriones. Y del resto, poco se puede decir. Ellos viven pendientes de las resoluciones de la ONU, su oráculo de Delfos. Cuando Angola se desangró con la eficaz participación de Cuba sin permiso de la ONU no se enteraron. Y aquello duró más de una década, pero es que tampoco hay que exigirles un seguimiento tan puntual.

Aznar tomó una decisión difícil y le llovieron chuzos en punta. Zapatero ha tomado una decisión más difícil todavía –y que cuenta con mi humilde apoyo–, y los golfos de las subvenciones y las propinas se muestran encantados. No a las misiones de paz y sí a los zafarranchos de combate. Esta gente ha cambiado una barbaridad en los últimos años. De aspecto y de conciencia. Cejas depiladas.

Comillas raras

Carlos Rodríguez Braunen La Razón

Titular de «El País»: «La Complutense investiga la “profanación” de una capilla». Se refiere a la capilla del campus de Somosaguas, en cuya Facultad de Económicas soy profesor desde hace más de treinta años, y que como es sabido fue invadida por unos individuos que se desnudaron y besaron en el altar, al grito de «Contra el Vaticano poder clitoriano» o «Menos rosarios y más bolas chinas». Algunas personas mostraron la barriga donde habían escrito palabras como «deseante», «bollera» o «bisexual». Llevaban imágenes de Benedicto XVI con una cruz gamada en el pecho. Grabaron sus actos, hicieron fotos y al salir pasaron junto a pintadas donde se leía: «Arderéis como en el 36» o «La única iglesia que ilumina es la que arde». Todo esto nos llena a muchos alumnos y docentes de vergüenza e indignación. Pero además me intriga que el periódico escribiese «profanación» entre comillas. Raro. El entrecomillado parecía apuntar no tanto a la descripción de un hecho como al reflejo de una opinión de un tercero, como el arzobispado, al que se cita textualmente para señalar su peculiar punto de vista subjetivo. Veamos. Según el DRAE profanar es «tratar algo sagrado sin el debido respeto, o aplicarlo a usos profanos» o «deslucir, desdorar, deshonrar, prostituir, hacer uso indigno de cosas respetables». Raro. Según nuestra lengua lo que sucedió en la capilla fue una profanación y no una «profanación», como tituló «El País». ¿Por qué las comillas?

lunes, 21 de marzo de 2011

¿ZP asesino?



España entra en guerra

Hipótesis libias

Gabriel Albiac en ABC

EL Consejo de Seguridad de la ONU ha declarado la guerra a Libia. Hay pocos precedentes. Ni siquiera contra el agresivo Sadam se logró eso. No queda más remedio que preguntarse cuál es la diferencia específica del caso libio; la que hizo tan urgente que la ONU (la mayor congregación de dictaduras del planeta) decidiera acabar con la dictadura de Gadafi. Escasos como andamos de información precisa, envueltos en el estruendo bélico, habremos de limitarnos a proponer sólo hipótesis. Y a buscar si hay en ellas verosimilitud, o, al menos, coherencia lógica.

Primera hipótesis. La guerra vendría exigida por un objetivo humanitario: desembarazar a la población libia de un dictador siempre en la raya de lo delirante y de su corrupta familia. Todos los datos del enunciado son ciertos. Gadafi es un arquetipo de manual psiquiátrico; cualquiera que haya asistido a los montajes escénicos de sus alocuciones, percibe esto con desasosiego: ese que habla no está bien de la cabeza. Gadafi es también un dictador militar, de tradición más nasseriana que islamista; lo cual explica sus pésimas relaciones con el entorno árabe y su acercamiento a Occidente. Su familia se ha enriquecido a costa del petróleo; también su clan, en un país que es más un rompecabezas de tribus que una nación. El derrocamiento de un tirano así sería, no hay duda, respetable. Como lo sería el de sus equivalentes en la zona: el rey de Marruecos, monarca de derecho divino y genocida en el Sahara; todos y cada uno de los emires del Golfo, tiranos medievales, inconmensurablemente más crueles y voraces que Gadafi; la monarquía saudí, muy probablemente el régimen más corrupto y más antidemocrático del mundo, que acaba de ocupar Bahréin; Irán, a punto de poner en marcha su armamento nuclear en el nombre del Altísimo… ¿Por qué empezar por Gadafi?

Segunda hipótesis. Aquella que los de la zeja esgrimieron como moralmente descalificadora de la guerra de Irak: el control del petróleo. Pero, si nos ponemos de verdad cínicos, el petróleo del cual Francia, Gran Bretaña y los Estados Unidos puedan apropiarse en Libia es cosa de broma, comparado con el que se obtendría ocupando la Península Arábiga. Y puede que Francia, Gran Bretaña, Estados Unidos (y su pequeño y servicial Zapatero) sean tan malos como nuestros tercermundistas pretenden. Pero dudo de que sean idiotas.

Tercera hipótesis. Que estemos asistiendo a los primeros movimientos de peones sobre el tablero de la gran guerra entre suníes y chiíes cuya sombra parece desplegarse inexorablemente, con Arabia Saudí e Irán como adalides. Y que la previa limpieza de esa «irregularidad» que es la dictadura no islamista de Libia y su posterior despedazamiento en zonas tribales, no deje ya otro horizonte verosímil que el de tal choque. Que, bien los servicios de inteligencia saudíes, bien los iraníes, bien ambos, hayan sido la palanca de las extrañas movilizaciones populistas del Mediterráneo Sur en los últimos meses, es bastante más que probable. Jugar tan fuerte, sin embargo, sobre la militarizada Libia supone aceptar riesgos de envergadura mayor.

Describo sólo. Mentiría si digo que entiendo lo que pasa. Sé que lo que me dicen que pasa es falso. Y me desasosiega.

La crisis libia

Florentino Portero en ABC

Tanto la Resolución como las potencias que han conformado la alianza fundamentan su posición en dos argumentos: la crisis libia es el resultado del alzamiento del pueblo frente al dictador, y este último está provocando una crisis humana. Desde mi punto de vista, y con la información disponible, no puedo compartir ninguno de estos dos argumentos. Más aún, estoy convencido de que tampoco los comparten quienes hoy están atacando a las fuerzas leales a Gadafi.

Libia es un estado tribal. Gadafi ha perdido el apoyo de una parte considerable de estas tribus y ello ha llevado a un levantamiento. No es casual que haya comenzado en la Cirenaica, como tampoco lo es que sus apoyos se encuentren en Tripolitania. Los líderes de la revuelta son ex ministros, responsables como el propio Gadafi de crímenes de toda condición y merecedores como él de las mayores penas. Sus motivos nada tienen que ver con la democracia, sino con el reparto de poder. No hay ningún pueblo que se levante contra un dictador, sino tribus enfrentadas.

(...)

Muchos se sorprenden de que Francia o España hayan cambiado sus papeles y se sumen a los que hemos defendido siempre la expansión de la democracia. No lo están haciendo. Su comportamiento, de hecho, no de palabra, es perfectamente coherente. En Libia no está en juego el triunfo de la democracia sino un determinado reparto de poder. La Liga Árabe, un cártel de dictaduras temerosas de los efectos de la democracia en sus propios países, ha solicitado su colaboración, y ellos han entrado en el juego. Fieles a su tradición, los dirigentes árabes mantendrán una posición en privado y otra en público, una hoy y otra mañana. Lo lógico habría sido contestar que lo resolvieran ellos, pero cuando se trata de contentar a amigos y satisfacer objetivos empresariales toda generosidad es poca. Los líderes árabes tienen razones para odiar a Gadafi, ¡quién no!, pero de ahí a apoyar la democracia hay un abismo. Francia y España se han sumado a un enjuague interno a la espera de beneficios diplomáticos y económicos.

¿Nadie va a ir a Libia?

César Vidal en La Razón

Me llega la noticia de que se ha anunciado la formación de una nueva flotilla que se dirigirá hacia esa zona de Palestina que controla la organización terrorista Hamás. El vídeo en que se anuncia la nueva gesta de la progresía internacional reúne una serie de caras –en el buen sentido del término– conocidas que, con gesto compungido, en algún caso hasta dando la apariencia de encontrarse en un pésimo estado de salud, arremete contra el Estado de Israel y repite la propaganda hamasista sobre Gaza. Teniendo en cuenta que en Gaza no existe ningún bloqueo real salvo de armas como puede ver cualquiera que la visite y se moleste en pasear por sus mercados, teniendo en cuenta que las toneladas que pasan a Gaza tanto de comida como de medicinas y otro tipo de bienes ya quisieran disfrutarlas las naciones de los alrededores, teniendo en cuenta que la Gaza controlada por una organización terrorista no está ahora en primera página de actualidad y teniendo en cuenta que hay problemas más angustiosos a no tanta distancia yo me atrevería a sugerir a los titiricejas que cambiaran de planes y se dirigieran a Libia. Semejante cambio está más que justificado por las más diversas razones. En primer lugar, Libia atraviesa por un conflicto sangriento que podría ser calificado sin exagerar de guerra civil. Dado que no pocos de los que aparecen en el lóbrego vídeo de propaganda insisten en recordar otra que aconteció en España hace tres cuartos de siglo, parece claramente adecuado que conocieran una actual, aunque menor, y se formaran una opinión directa y sólida sobre este tipo de tragedias. En segundo lugar, en Libia se está viviendo de manera trágica el resultado de que las potencias occidentales vendan armas a las dictaduras. Sin ir más lejos, el Gobierno de ZP ha autorizado sólo en el último trimestre la venta de tal cantidad de armas al coronel Qaddafi que puede acabarse con la población completa de Libia varias veces. Además, a diferencia de lo que pasa en Israel, ninguna de las dos partes parece dispuesta a limitar su capacidad de golpear al adversario. Un grupo de titiricejas interpuesto entre los dos bandos con el mismo gesto con que aparecen en el vídeo, sin ningún género de dudas, constituiría una imagen profundamente conmovedora que daría la vuelta al mundo. Me consta que los que impulsan este tipo de iniciativas no se mueven en absoluto buscando su promoción y mucho menos su publicidad, pero podrían en este caso concreto vencer esa modestia natural que hasta ahora les ha impedido referirse a Libia y acudir a pecho descubierto a los campos de batalla. Finalmente, Libia presenta otra ventaja adicional que no puede pasarse por alto y es que los titiricejas podrían apoyar tanto a un bando como al otro. Más de uno se ha manifestado en favor de un tirano tan repugnante como Fidel Castro o de personajes tan totalitarios como Hugo Chávez o Evo Morales de manera que ahora podrían respaldar lo mismo a Qaddafi que a los que se han alzado contra él. Incluso hasta podrían adoptar uno u otro bando en días alternos. Sinceramente, cuanto más lo pienso menos entiendo por qué hay tanta gente enredada en la nueva flotilla que apoyará a los terroristas de Hamas y nadie va a Libia.

Emires

Alfredo Abián en La Vanguardia

Los buenos ya están bombardeando a las fuerzas del mal gadafistas. Nuestra complacencia ciclópea con el beduino libio se acabó el mismo día en que empezó a masacrar a su pueblo rebelde. Luego dirán que la civilización occidental no tiene coraje político y potencial militar para defender su escala de valores. Es más, cuando las fuerzas aéreas y navales aliadas concluyan su misión en Trípoli pueden cambiar de teatro de operaciones sin dejar de sobrevolar desiertos. Cuentan las crónicas que en Bahréin también hay revueltas como en Libia; que el emir Al Jalifa reprime a sangre y fuego a los manifestantes y que sus hermanos mayores de Arabia Saudí, temerosos del contagio, le han mandado tropas de apoyo. Lo primero que han hecho es demoler un monumento en la plaza de la Perla, lugar donde se concentraban quienes se sentían maltratados por el régimen. Algo de razón debían de tener, porque ahora son tiroteados. ¡Qué bonito es Bahréin! ¿Se acuerdan? Hace siete años, el emir le regaló un circuito de F-1 al jeque heredero, que comparte su gran afición al automovilismo con la de jefe de las fuerzas armadas. Fueron 150 millones de euros de nada. Y ahora, pobres, han cancelado la carrera que debía abrir, el domingo pasado, el campeonato mundial. Todo por culpa de unos sarracenos chiíes que se sienten oprimidos. Suerte que en Qatar reina la normalidad y hoy, mientras bombardeamos a los libios malos y sus mercenarios, arranca el Mundial de motociclismo. ¡Qué bonito es Qatar! Con su emir y su jequesa invirtiendo a trote y moche en España; con su megabase de la V flota estadounidense; con su Al Yazira. No hace muchas lunas, los cronistas narraban que Bahréin y Qatar eran los países más modernos y occidentalizados del Golfo Pérsico. Glubs...

Sí a la guerra

José García Domínguez en Libertad Digital

El Zapatero sentido y sincero pacifista, simplemente, no ha existido jamás. Igual que rojo, rojísimo, presto a implantar no se sabe qué siniestra distopía colectivista. O el astuto Maquiavelo portador de un elaborado proyecto a fin de pervertir el secular orden moral de la tribu. Cuentos de Calleja. Literatura de cordel. Pura fantasía. Nada más lejos, tan prosaica, de la verdad. Al respecto, si Rodríguez fuese el Anticristo que quiso ver en él alguna opinión dada al tremendismo, habría, al menos, una gota de grandeza en el personaje; la suficiente como para simpatizar con su causa. Pero, ¡ay!, Zetapé ni un solo instante ha dejado de ser lo que siempre ha sido: un vulgar oportunista.

Un simple estraperlista de emociones lo bastante astuto como para disfrazar de noble afán utópico la vergonzante cobardía, el miedo atroz que atenazó al pueblo soberano en ciertas vísperas de marzo. Ahí, en el diestro manejo electoral de las miserias más inconfesables del censo, empezaría y acabaría el pacifismo presunto de ZP.

Una buena pira de libros

José Carlos Rodríguez en Libertad Digital

El juzgado de lo penal número 15 de Barcelona ha ordenado a los Mossos d’Esquadra que destruyan 2.038 ejemplares de 17 obras. Seguro que hacen una buena pira. ¿Qué pueden pesar? ¿Unos mil kilos de papel tintado? La orden del juzgado se refiere a varios ejemplares que no había vendido la Librería Europa y que tiene en su poder. Incluyen el Autorretrato de un fascista, de León Degrelle, o Mi Lucha, de Adolf Hitler.

El juzgado ofrece sus buenas razones. Una de ellas es que el contenido de esos 17 libros es "denigrante para el pueblo judío y otras minorías étnicas, mujeres, homosexuales y personas con algún tipo de homosexualidad", matiz este último que debe de ser muy relevante para el contenido de las 17 obras. Claro que por los mismos motivos deberían echarse a la pira todos los ejemplares de varias ediciones de algunos de los periódicos más relevantes españoles. El delito debe de ser mantener esas ideas y hacerlo en formato de libro.

Otra de las razones es que esas obras defendían el genocidio. No conozco la selección hecha por el juzgado, que seguramente habrá resuelto la cuestión metodológica de qué es genocidio y en qué consiste su defensa. Pero 17 títulos me parecen pocos. O bien la venta de libros que defienden el genocidio es delito sólo si lo hace la Librería Europa, o bien la selección es arbitraria. El nacional socialismo no tiene la exclusiva del genocidio. Según el criterio puramente cuantitativo, en decenas de millones de muertos, que es la unidad de cuenta de los crímenes socialistas, el comunismo tiene más títulos para identificarse con el genocidio. ¿Tendremos que quemar también los libros que alientan el comunismo?

Además, desde el punto de vista de la eficacia, la quema de libros no resulta especialmente útil. Es evidente que esos dos mil ejemplares sólo servirán para desprender un poco de calor. Si uno quiere leer esas obras, no tendrá más que acercarse, por ejemplo, a la Casa del Libro o a muchas otras librerías para adquirir Mi Lucha. O acudir a la venta de segunda mano. O a páginas web que reproduzcan estos libros, como Radio Islam.

Por otro lado, no hay una correspondencia exacta entre la lectura de un libro y la acción. Uno no lee El Manifiesto Comunista y se lanza a la revolución con un bidón de gasolina y un mechero. Se puede tener simple curiosidad por las ideas que uno no conoce o no comparte. O puede uno estudiar ideas que le parecen aberrantes para estar bien pertrechado de argumento cuando vuelvan a aparecer, aunque sea con otros nombres. O para evitar caer en sus mismas miserias, como por ejemplo la de quemar libros, muy del gusto de los nazis.

La defensa de la libertad de expresión es así. Te coloca en la posición de defender los derechos de las personas política o moralmente más abyectas. Pero o se reconoce la libertad de expresión de todos o si permitimos que alguien se arrogue la facultad de decidir qué puede publicarse y qué no, acabaremos emulando a quienes comenzamos a prohibir.

Cuestión de sensibilidad

Carlos Rodríguez Braun en Libertad Digital

El catedrático Vicenç Navarro no está dispuesto a aceptar que el Partido Popular se presente como un partido favorable a los trabajadores. Y presenta datos que califica de irrefutables para negar "la atribución de sensibilidad social a las fuerzas conservadoras y cristianas en general y al PP en particular".

Sus pruebas se centran en el gasto público: como era relativamente reducido al inicio de la democracia, eso demuestra el "retraso social" de nuestro país. Como el gasto bajó relativamente en los años de Aznar eso prueba el "retroceso". Al abordar la cuestión del déficit público, el profesor Navarro reprocha a los políticos no "aumentar los impuestos de los sectores pudientes", como si el problema de la fiscalidad pasara por cobrarles a los millonarios, algo que nunca alcanza para financiar el llamado gasto social. Si alguien del PP se le ocurre alegar que en esos años terribles de Aznar se crearon muchos puestos de trabajo, el señor Navarro tiene la respuesta progresista: "ello se debió primordialmente a la burbuja inmobiliaria".

Todo esto supone partir de la base de lo que se desea demostrar. El doctor Navarro (con perdón de Azpilcueta) supone que la sensibilidad social es función del gasto público de tal modo que aumenta y disminuye puntualmente cuando lo hace dicho gasto. A continuación concluye, con lógica aplastante, que a más gasto, más sensibilidad.

Sensibilidad es: "Propensión natural del hombre a dejarse llevar de los afectos de compasión, humanidad y ternura". Es decir, Vicenç Navarro cree que la coacción política y legislativa, la pérdida de libertad de los ciudadanos, es identificable con tan nobles sentimientos. Quien cree eso puede creer cualquier cosa, por ejemplo, igual va y cree que la burbuja inmobiliaria fue producida por el odioso mercado libre y no por las sensibles, compasivas, humanitarias y tiernas autoridades públicas.

¿Son seguras las centrales nucleares?

María-Teresa Estevan Bolea en Libertad Digital

Quiero recordar que nada en la vida humana es 100% seguro y que la prueba de que las centrales nucleares son seguras nos la da Japón, con sus centrales de Fukushima y su titánica labor para controlar las potentes fuerzas de la naturaleza.

Como siempre, habrá que esperar a que estos reactores lleguen a parada fría, analizar todo lo sucedido, estudiar las lecciones aprendidas y actuar en consecuencia, pero con prudencia, rigor y racionalidad.

La verdadera dimensión del accidente nos la ha dado el pueblo japonés. El mayor problema no han sido las centrales nucleares sino los 8.000 muertos, los 10.000 desaparecidos, el frío, la falta de electricidad, agua y alimentos, la pérdida de sus casa y de todo lo que tenían cientos de miles de japoneses.

Tengo para mí que la primera lección que tenemos que aprender es evitar en un futuro la indignidad de algunos políticos y la frivolidad y falta de rigor de gran parte de los medios de comunicación en el tratamiento de esta tristísima situación que vive el pueblo japonés y sobre todo, creo que debemos pedir disculpas a los japoneses por todo ello.

Japón y las nociones urgentes de física nuclear en Debates en Libertad - 19/03/11 (LDTV)

domingo, 20 de marzo de 2011

¿Dónde están ahora?

Antonio Burgos en ABC

ME he puesto lírico con la Superluna que ha motivado la desusada marea vacía que ha dejado ver, como el escaparate de una joyería, las más hermosas piedras preciosas de los bajos de la Caleta gaditana. Y, por no salir del Cádiz que ayer celebró el cumpleaños ya casi bicentenario de La Pepa, con las bombas que tiran (sobre Bengasi) los fanfarrones de ese sátrapa que tiene cara de maricona vieja degenerada, o séase, Gadafi, y con el súbito ardor guerrero que le ha entrado a ZP al ofrecer a eso tan etéreo que es la llamada Comunidad Internacional las bases de Rota y Morón contra las que tanto protestaban los progres profesionales del antimilitarismo, así como cuantos efectivos humanos y materiales de la Armada y del Ejército del Aire sean necesarios, me he acordado de una vieja, cadenciosa canción sudamericana que escribieron Demetrio Ortiz y Zulema Merkin, y que usted recordará cantada por Julio Iglesias o por el Trío Los Panchos.

La canción se llama «Recuerdos de Ypacaraí» y va de cosa guaraní. El lago azul de Ypacaraí rima con una voz guaraní que luego verán que da mucho juego: «cuñataí», que significa «mi amor». De todo tiene la culpa «la noche hermosa de plenilunio» que dice la letra de esa canción. Y es que el recuerdo de otras guerras con foto de las Azores; la evocación del esplendor de gloria de otros días en que llamaban «asesinos» a los diputados del PP; la remembranza de aquellas ardorosas jornadas en que los más progresistas pechos de la nación se cubrían con la pegatina del «No a la guerra», me ha hecho acordarme del estribillo de tal canción, que dice:

«¿Dónde estás ahora, cuñataí,

que tu suave canto no llega a mí?

¿Dónde estás ahora? Mi ser te añora

con frenesí.»

Y como si estuviéramos en los «ubi sunt» de las coplas de Jorge Manrique, me pregunto en la noche hermosa del plenilunio: ¿de las manifestaciones antibelicistas de los subvencionados artistas del Sindicato del Pesebre, que se fizo? ¿Do están ahora, mi amor, los que protestaban contra la guerra de Irak en la ceremonia de entrega de los premios Goya (sin premio)? ¿En qué humanitaria campaña de apoyo a las víctimas inocentes y contra los daños colaterales están ahora ocupados Javier Bardem y la madre que lo parió, y muy especialmente la madre que lo parió? ¿Dónde está la Academia del Cine protestando contra la inadmisible injerencia hispano-norteamericana en los asuntos internos de Libia, hasta ayer por la mañana ejemplo de los logros de la revolución? ¿Dónde está ahora la más que necesaria voz del Gran Wyoming, que tanto echamos de menos los que seguimos las divinas enseñanzas de sus civiles prédicas como norte y guía de la ética y faro refulgente de la moral? ¿Por qué Almodóvar ya no denuncia conjuras? ¿Es que los que nos meten en guerras ajenas ya no son «asesinos»? ¿Es que los presidentes que literalmente se apuntan a un bombardeo son distintos con Gadafi que con Sadam? ¿Es que la guerra ahora es lo más progresista que se despacha? ¿Dónde está la necesaria nueva foto de las Azores con ZP, Sarkozy y Obama?

¡Las vueltas que da el mundo! Si cuando lo de Irak te ponías la pegata del «No a la guerra», eras más progre que el recién difunto Oriol Regás el de Bocaccio, pura Izquierda Caviar y Visa Oro. Si ahora te pones esa misma pegata del «No a la guerra», qué pedazo de facha estás hecho, so mamón.

Somosaguas

Jon Juaristi en ABC

ME he acordado mucho estos días de mi amigo Alfonso Botti, hispanista italiano especializado en la historia de la Iglesia en la España contemporánea. Alfonso es un historiador brillante y un hombre de izquierdas al que exaspera la debilidad mental de los medios progresistas españoles cuando se enfrentan con el hecho religioso. Podría haberme acordado de sensatos críticos conservadores, al observar el tratamiento mediático del asalto a la capilla universitaria de Somosaguas perpetrado el pasado día 10, pero lo que verdaderamente he echado en falta es una figura como Botti, alguien que, desde la izquierda, pusiera a los periodistas de izquierda ante la evidencia de su estupidez colectiva. Sin embargo, lo último que tuvimos de ese género en España fue el Unamuno socialista, cuyas denuncias de la necedad anticlerical de los publicistas vascos del primer PSOE son comparables a la famosa definición que Bebel hizo del antisemitismo de su tiempo: «El socialismo de los imbéciles». Ya hace un siglo largo que la izquierda española no alumbra a nadie de su talla.

El problema, en efecto, no reside en el puñado de histéricas que montó el numerito satánico en la mencionada capilla, porque la coprolalia, el exhibicionismo y las logorreas blasfematorias, con o sin megáfono, son sólo síntomas, bien de neurosis o de posesión diabólica. Las familias de las implicadas no deben desesperar, porque ambas disfunciones tienen cura. La terapia psicoanalítica es larga y costosa, pero hay otros métodos para calmarlas —al menos, durante una temporada— que ya probaron su eficacia en los días del eximio Charcot. Si fallaran, queda un par de ermitas galaicas a las que recurrir antes de pensar en Lourdes.

Lo preocupante, digo, no está tanto en estas pobres piradas como en sus hermeneutas de la prensa progre. Los hay que hablan de un regreso del mayo del 68, cuando es evidente que a aquéllas no las ha enloquecido un 68 del que ni han oído hablar, sino acaso un abuso del 69. Y, desde luego, la lectura de ciertos periódicos desde los que se ha tratado de cabestros a los obispos, se han prodigado chistecillos ingeniosos sobre las violaciones de monjas y ahora se circunscribe la indignación por los hechos de Somosaguas a «sectores católicos y conservadores». ¿Qué habría dicho Unamuno al respecto?

La fantochada de Somosaguas es equivalente a las alegres profanaciones de cementerios judíos franceses como el de Carpentras, que preludiaron ataques terroristas a sinagogas y derivaron finalmente en una situación de acorralamiento de los judíos por la izquierda antirracista. Tales hechos no se produjeron bajo un régimen pronazi, sino en una democracia, y si no han llegado más allá es porque en Francia este tipo de delitos preocupan por igual a todos los demócratas, judíos y gentiles, conservadores y progresistas, y la prensa, aun la más progre, se cuida mucho de reírles las gracias a los nuevos antisemitas y negacionistas de la extrema izquierda. El anticatolicismo español, por el contrario, ha encontrado comprensión maternal en un periodismo teóricamente democrático y un cómodo terreno de pruebas en determinados campus universitarios beneficiados por la impunidad, al amparo de una autonomía manipulada.

Vayan, desnúdense y corran

Alfonso Ussía en La Razón

Pero no lo hagan a un templo cristiano, a una capilla católica, porque nadie les va a responder con suciedad y violencia. No se trata de la Historia de la Iglesia sino de la realidad actual. Por supuesto que una parte de la Historia de la Iglesia está protagonizada por la intolerancia y la violencia. Pero hoy es el soporte del humanismo cristiano, de los derechos y libertades de los seres humanos, del pacifismo bien entendido. Es más, una considerable proporción de los dogmatismos progres están inspirados en las acciones humanitarias de la Iglesia. Es muy fácil herir a los cristianos. Responden rezando. Se ha demostrado en la Misa de la capilla universitaria de Somosaguas. Estos jóvenes que vejan, humillan y destruyen la armonía de los lugares sagrados no son nada originales. Y menos aún, valientes. Miren hacia atrás y verán las iglesias de Madrid ardiendo, las imágenes de Cristo y de la Virgen tiroteadas y mutiladas, los sagrarios profanados y las riquezas artísticas destrozadas o ausentes después de los saqueos.

Si les gusta provocar, o vengarse de los que creen, o reírse de los que en Dios encuentran la razón fundamental de sus existencias, vayan y desnúdense en la mezquita de la M-30. Háganlo a la luz del día, y en los momentos de la oración. Vayan, desnúdense y corran, porque el Islam no recomienda poner la otra mejilla cuando la primera ha sido abofeteada por la perversidad. Sucede que también la mezquita de la M-30 está en Madrid, y sujeta a las leyes españolas, también inspiradas en gran medida en el pensamiento cristiano. Sean más valientes las chicas despelotadas en la capilla de Somosaguas y viajen a una nación musulmana. Irán, por ejemplo. Hagan turismo, y cuando se sientan animadas, acudan a una cualquiera de sus mezquitas –no encontrarán allí iglesias católicas–, y quítense la ropa. Vayan y desnúdense. Muestren sus tetas blancas y occidentales a los ojos de los creyentes en Alá. Sin prudencias. Y corran. En esta situación, corran de verdad, a toda pastilla, porque de ser interceptadas experimentarían la deliciosa muerte que la Alianza de Civilizaciones reserva a las mujeres adúlteras, o indecentes, o simplemente críticas con el Islam. Ya no enseñarán más las tetas, porque se las enterrarán momentos antes de ser lapidadas. O las mantendrán cubiertas de por vida en las prisiones nauseabundas donde la esperanza no existe. Profanar una iglesia católica en España no tiene mérito alguno. Se profana y ya está. Lo más que le puede suceder a los profanadores es que Berzosa les advierta que de seguir así podrían suspender una asignatura. Una advertencia gravísima, injustísimo castigo. Aquí no, valientes estudiantes profanadores de iglesias y agresores contra la fe de millones de españoles. Aquí enseñar las tetas y proceder al fornicio junto a un altar es cuestión de desnudarse y darle al meneo. Resulta más interesante superar el riesgo. Sólo el riesgo de retar a lo prohibido limpia la suciedad de una acción. Iran, Irak, el Yemen, Arabia Saudí les esperan. Vayan, desnúdense y corran. Les recomiendo que lleven patines para deslizarse a mayor velocidad sobre los mármoles de los lugares de Alá y de Mahoma. Ellos están en el siglo XI y no entienden bien los brazos caídos ante la agresión y el ofrecimiento de la otra mejilla. Pero si no quieren viajar, vuelvo al principio. A la mezquita de la M-30 de Madrid. Vayan, desnúdense, enseñen las tetas y corran. La que consiga llegar a la casa del Rector Berzosa podrá considerarse muy afortunada.

Punto de inflexión en la Complutense

Editorial de Libertad Digital

La extrema izquierda suele creerse con derecho a hacer lo que le dé la gana, atropellando los derechos de aquellos ciudadanos que no comulgan con sus ideas. La única ley que conocen es la del embudo: han aprendido bien de sus mayores el desprecio por todo aquel que se limita a ejercer sus libertades. Como ellos, llaman laicismo al anticlericalismo más rancio, heredero de quienes quemaban iglesias y conventos. Pero la sociedad española, y no sólo la española, sigue viviendo en esa absurda hemiplejía moral que la hace mirar con mayor benevolencia sus abusos que los de la extrema derecha. De ahí que esta última sea tan minoritaria, mientras la extrema izquierda cuenta con millones de votos y representantes en el Congreso.

Se podrá discutir si tiene sentido que el Código Penal incluya castigo por la ofensa a los sentimientos religiosos, un delito del mismo orden que los que afectan al honor: siendo los daños inmateriales y difíciles de percibir, dan pie al abuso y la arbitrariedad en su aplicación. Pero lo cierto es que se considera delito, y como tal debe juzgarse la profanación de la misa de la Complutense; una liturgia que por más que resulte absurda o medieval para una minoría, es considerada sagrada para cientos de millones de personas de todo el mundo.

El millar de católicos que han acudido a la misa de desagravio un viernes por la mañana muestra a las claras que hay muchísima gente harta de dejarse avasallar por una izquierda que se cree única poseedora de la virtud y la moral. Que los más de cien millones de asesinatos del comunismo en todo el mundo no hayan mermado ese complejo de superioridad se debe, en buena medida, a que no hemos sido capaces de enfrentarnos a esa propaganda que nos martillea día y noche y que equipara ser de izquierdas con ser buena persona.

No es así. Quienes se dedican con tanto ahínco a burlarse de las creencias más profundas de los demás y a procurar destruir aquello que estiman como más sagrado puede ser muchas cosas, pero no moralmente superiores. Tampoco valientes, porque jamás hemos visto a estos extremistas burlarse del islam ni profanar mezquitas. Hay que enfrentarse a ellos y quitarles la careta, como ha sucedido esta semana en la Complutense. Esperemos que a partir de ahora esto sea la regla, y no la excepción, por más que no podamos esperar mucha ayuda de la derecha política, tan dispuesta siempre a mimetizarse con el paisaje socialdemócrata.