sábado, 4 de junio de 2011

Lo escrito, escrito está

Juan Manuel de Prada en ABC

Esto respondió Poncio Pilato a los miembros del Sanedrín que le fueron con pejigueras, disconformes con el letrero que había mandado clavar en el madero donde fue colgado Jesucristo. La Real Academia de la Historia no se ha atrevido a tanto; y ante las protestas del sanedrín progre ha prometido revisar algunas entradas de su Diccionario Biográfico Español, e incorporar correcciones «de manera rápida a la edición digital y a ulteriores ediciones en papel». Espigando el diccionario, uno se encuentra, desde luego, con expresiones ditirámbicas impropias del lenguaje aséptico que se reclama al historiador; así ocurre, por ejemplo, con la entrada dedicada a Felipe González Márquez. En ella leemos que quien fuera presidente del Gobierno español es hombre de «carisma inigualable» (risum teneatis) que sufrió los «esfuerzos denodados del Partido Popular y de sus cómplices mediáticos por sentarlo en el banquillo». Donde se deslizan, como mínimo, una hipérbole y una insidia, instrumentos más propios del ditirambo o el libelo exaltados que de un diccionario histórico. Decía Cicerón (De Oratore, II, XV, 62) que «la primera ley de la historia consiste en no atreverse a decir nada falso; la segunda, atreverse a decir todo lo que es cierto; y la tercera, evitar aun la sospecha de odio o de favor». Y en la entrada de Felipe González las tres leyes de la historia establecidas por Cicerón son concienzudamente infringidas.

Tal entrada, más propia del panegirista que del historiador, no se cuenta, sin embargo, entre las que han provocado el furor del sanedrín progre, todas ellas de personajes muertos hace décadas. De Francisco Franco ha molestado mucho al sanedrín progre que se diga que estableció un régimen «autoritario» (afirmación que, de forma implícita, convierte a quien lo establece en «dictador»), pero no «totalitario»; especificación que, en sí misma, no contraría ninguno de los requisitos que Cicerón exigía al historiador. Las palabras, desde luego, las carga el diablo, y más tratándose de palabras tan elásticas como «autoritario» y «totalitario»; pero yo he leído en los libros del más diverso signo ideológico que el régimen franquista fue autoritario, por faltarle ese componente distintivo de todo totalitarismo, que es una «explicación totalizadora, articulada y lógica del mundo»; componente que el régimen franquista nunca tuvo ni pretendió.

Pero en las protestas furiosas suscitadas contra el Diccionario Biográfico Español no creo que se discuta la elección de tal o cual palabra, o la elusión de tal o cual otra; ni siquiera el empleo de fórmulas retóricas incongruentes con el lenguaje aséptico del historiador. Lo que se exige a la Real Academia de la Historia es que acate y ayude a imponer una versión inventada de la Historia (con fines, por cierto, claramente «totalitarios»), en la que se entronice lo que es falso y se silencie lo que es cierto; una versión en la que se afirme que la Segunda República fue un paraíso democrático, regido por eximios estadistas amantes del bien y la libertad, que jamás perpetraron ni ampararon crimen alguno. La Real Academia de la Historia debería dejar bien claro que, más allá de corregir tal o cual palabra o fórmula retórica, no se avendrá a participar en semejante tropelía, por mucho que traten de imponérsela desde el sanedrín progre; esto es lo que se le demanda en la circunstancia presente, en la que —para desgracia de la maltrecha cultura española— decir la verdad se ha convertido en una arriesgada, casi suicida, forma de heroísmo.

El intelectual, la muerte y el diablo

Fernando García de Cortázar en ABC

Todos conocemos esas imágenes del París liberado, en los días en que el fulgurante desembarco de Normandía presagia el fin de la última Gran Guerra. Estamos en agosto de 1944. Heridos, fatigados, los nazis abandonan la capital gala y la Resistencia toma las calles al asalto. Ahora el campo de batalla se ha desplazado a la ciudad del Sena, que hace fuego con todas sus balas en la calurosa noche de verano. Es la hora de la verdad, escribe Albert Camus entre ráfagas de ametralladora y explosiones lejanas: «Hoy acaban cuatro años de una historia monstruosa y de una lucha indecible en los que Francia se ha enfrentado con su vergüenza y su furor».

¡Cuatro años de ocupación nazi! ¡Cuatro años bajo el régimen pro-alemán de Vichy! Para muchos es la hora de olvidar aquel tiempo con olor a traiciones, silencio y asesinatos. Para otros es la hora de alimentar la falsa creencia de que han derrotado al enemigo y se han liberado por sus propios esfuerzos. El mismo De Gaulle ratificará en seguida esta visión complaciente de la historia, esta operación inmediata de sutura nacional, y no pocos franceses que han vivido la ocupación de espaldas a los sacrificios de la Resistencia darán rienda suelta a la impostura descargando las iras de la venganza sobre los amigos y simpatizantes de los nazis. A partir de ahora, agosto de 1944, habrá una sola Francia, unida en el mito de la Resistencia, y un cuerpo extraño, los colaboracionistas, los traidores, que para seguir adelante deben ser perseguidos, marcados, castigados. Tras los tanques aliados, entre las balas de la libertad que silban todavía en París, llega también la hora de la caza, de las detenciones sumarias y los arrestos indiscriminados, de las denuncias y los ajustes de cuentas, de las mujeres con la cabeza rapada y los hombres aturdidos, todavía en pijama, arrastrados a golpes y empujones hasta la plaza del pueblo. Tiempo de ruido y furia: la depuración.

«Ante todo no reconozco vuestra justicia. Vuestros juegos y vuestros jurados han sido escogidos en forma tal que descarta la idea de la justicia. Hubiera preferido la corte marcial. Hubiera sido más sincero y menos hipócrita.»

Quien habla tan orgullosamente es Pierre Drieu La Rochelle, rebelde contumaz y colaboracionista confeso, cuyo Adiós a Gonzague, que acaba de publicar Alianza Literaria junto a la novela El fuego fatuo, me ha traído, estos últimos días, la memoria de aquellos idealistas temerarios que reivindicaron los fascismos como la corriente salvadora de Europa y vivieron su apoteosis bélica como una pasión, como un sueño, como un programa político de exterminio y redención.

Todo esto sucedió apenas ayer, y sin embargo nos parece de otro mundo. Tan lejano que hoy somos incapaces de ver que antes de deshonrarse por sus crímenes, el fascismo constituyó una esperanza formidable y peligrosa, el ataque y la supuesta vacuna de un liberalismo que agonizaba y se hundía en todos los frentes. Desde la marcha sobre Roma y con el atractivo de la doctrina de los hechos, sedujo no sólo a las masas sino que contó con valedores y portavoces entre muchos intelectuales, comenzando con el filósofo Heidegger, uno de los grandes sabios del siglo XX.

Pero entre aquellos intelectuales que se asomaron a la cuna del monstruo, pocos encarnan tan cruda e ingenuamente la fascinación del poder totalitario como el culto, elegante y refinado Pierre Drieu La Rochelle, quien buscó en la turbia aventura nazi el último aliento para una Europa que, en su opinión, se desmoronaba, carcomida de caducos y decadentes sistemas parlamentarios, atenazada por la doble barbarie de los mercados de Wall Street y las hordas del Kremlin.

Dandy y asceta. Amigo de Malraux y revolucionario fascista. Efímero director de la Nouvelle Revue Francaise(NRF) y propagandista de una Europa de cuento presidida por la mística nazi... Drieu La Rochelle es todo eso al mismo tiempo, y también el paseante solitario y extravagante del París ocupado, el novelista y escritor de ensayos que piensa que la Historia ha venido a coincidir con su pensamiento. Para este aciago idealista, Hitler es el gran revolucionario y depurador histórico de Europa. Así también le pasó a Stendhal con Napoleón, el conquistador insaciable, y a Ezra Pound con Mussolini, el César visionario. En vano, sus colegas de la NRF, Malraux y Mauriac, intentan hacerle entrar en razón. «¿Acaso Stalin y su sistema de purgas son mejores que la política empleada por la pandilla nazi?», preguntará a cuantos le señalan la represión racista elevada a principio de poder y de Estado, los campos de concentración, los fusilamientos de los opositores, la chata ideología con tufo a cerveza del Führer o de personajes como Himmler, Hess o Goebbels.

Todos conocemos el final de aquella pesadilla sanguinolenta. Los fascismos se hundieron en todos los frentes, dejando tan sólo un vasto reguero de horrores. Pero la historia de Drieu La Rochelle no acaba aquí. La debacle nazi marca la hora de la depuración. Muchos colaboracionistas huyen tras los restos de la Wehrmacht. Él —que es de los que ha jurado y perjurado a favor de los nazis y lo ha leído toda Francia—, no. París es su ciudad: su terruño, su infierno, su amante demasiado maquillada. Sabe, por supuesto, que ya no hay nada que hacer, que está acorralado, que la trampa es tan vieja como el hombre, pero no quiere huir, no quiere ocultarse. Tampoco quiere ser apresado y juzgado sumariamente por los tribunales de De Gaulle. Lleno de impaciencias juveniles, antes de que lo atrapen y ejecuten como al ensayista y crítico literario Robert Brasillach, el niño terrible de Vichy, dirá adiós a todos, suicidándose con barbitúricos y gas en su apartamento de París.

Creía en todo —en el honor, en la verdad, en la cultura...—, diría de él su amigo Lucien Combelle. Pero ¿cómo congeniar ese retrato con el ilusionista de la victoria nazi; con el suministrador de ideas, argumentos y razones que pusieron en marcha el acarreo, desde todos los rincones de Francia, hacia los hornos crematorios, de miles de judíos franceses; con el intelectual que vive las invasiones nazis en un clima de irrealidad, como dentro de un episodio homérico?

No lo sé. Tal vez no haya respuesta aceptable para esa tremenda pregunta. Lo que sí es seguro es que las ideas, las palabras, no son irresponsables y gratuitas. Como dijera George Steiner, ellas generan acciones, modelan conductas y mueven, desde lejos, los brazos de los ejecutantes de cataclismos. Lo que sí es seguro es que Camus tenía razón cuando a las razones de Mauriac en pro del perdón y la caridad para con los propagandistas de Vichy, repuso:

«Nos hizo falta mucha imaginación para ver a miles de franceses honorables señalados todos los días para los peores suplicios por unos periodistas a los que ahora se quiere convertir en mártires. Acaso, como hombre, admire yo al señor Mauriac por no querer aumentar el odio; pero como ciudadano lo deploro, pues ese amor nos traerá justamente una nación de traidores y mediocres y una sociedad que ya no deseamos.»

Leo ahora estas palabras escritas por Camus en 1945, cuando en plena depuración el joven periodista de la Resistencia buscaba la voz justa entre los gritos de aborrecimiento de un lado y los ruegos enternecidos del otro, y no puedo dejar de pensar en las miles de personas que han vitoreado el triunfo de la filo-etarra Bildu en las elecciones municipales del País Vasco. Todo barato y trivial, de categoría ínfima, de una ralea muy baja, como las sandeces que garabatea contra los judíos Drieu La Rochelle en el París ocupado, o como esos franceses de Vichy que primero jalean los desfiles nazis y después de la liberación saltan al cuello de los colaboracionistas más señalados.

Sinde y "la mujer"

Pío Moa en Libertad Digital

Las feministas tienen la manía de erigirse por las buenas en representantes de “la mujer”, al modo como los marxistas se decían lo mismo en relación con “el proletariado”. Una base de las ideologías totalitarias consiste precisamente en esas autoatribuciones sin base y un tanto desvergonzadas. Se trata de luchas por el poder en las que cada oligarquía pretende cobrar fuerza adulando a un grupo social con una mezcla de narcisismo y de victimismo.


Sinde, en particular, revela su ignorancia al criticar el diccionario biográfico de la Real Academia (la cual parece haber cedido al chantaje un tanto abyectamente), y al estilo antidemocrático habitual, ha dicho, entre otras cosas: “No creo que las mujeres en la historia de España hayan contribuido solo en un ocho por ciento”. Una cosa es la historia, en sentido amplio, en la que hombres y mujeres han contribuido por igual, de modo más o menos complementario; y otra los protagonistas políticos y culturales, que siempre han sido muy pocos en comparación con el conjunto de la sociedad, y casi siempre masculinos, porque --sea cual sea la razón, un tema interesante a debatir-- la política y la cultura en general la han desarrollado los varones o, mejor dicho, una ínfima parte de ellos. Y me temo que si medimos la contribución femenina por figuras tan loadas por el feminismo como la Pasionaria, Margarita Nelken, la Pajín, la Vicevogue o la propia Sinde, no quedaría en muy buen lugar al sexo femenino. es decir, si ellas fueran sus representantes, como pretenden. Pretensión perfectamente infundada, como digo.

Pajín, esa liberticida y totalitaria

Manuel Llamas en Libertad Digital

Ha nacido una estrella. Se llama Leire Pajín. Y como tal, ya cuenta con su particular proyecto estelar bajo el título "Ley de Igualdad de Trato y No Discriminación". Un pomposo y llamativo nombre acorde con el indudable prestigio de su precursora, una joven socióloga cuya vida profesional ha discurrido única y exclusivamente ligada al ámbito político, tras una meteórica carrera en el seno del Partido Socialista. Pajín, ese adalid de la progresía hispana, ese icono resplandeciente del nuevo socialismo del siglo XXI que tanto gusta en otras latitudes y que tan orgullosamente encarnan líderes de la talla de Hugo Chávez y Evo Morales, ha decidido alzarse, sola pero firme, contra la discriminación, sea ésta del tipo que sea.

Un objetivo loable, digno, sin duda, de su figura cuasi divina. Pajín acaba de autoproclamarse en heroína de la igualdad, defensora a ultranza de los discriminados, entregada salvadora de los desvalidos y repudiados por el mero hecho de ser diferentes o pensar algo distinto a los demás. Leire, esa jueza suprema e incorruptible del pensamiento políticamente correcto, esa fiscal despiadada en la persecución del "delito social", esa abogada incólume en la defensa acérrima de los desiguales. Todo eso y más es Leire Pajín, la asombrosa descubridora de la nueva Verdad... ¡La suya!

Dejémonos de ironías. Bajo ese pomposo y buenista título, "igualdad y no discriminación", propio de los paraísos utópicos del socialismo que, una vez alcanzados, se materializan en auténticos infiernos, yace un proyecto de ley totalitario. Su articulado, envuelto de ideales socialistas, esconde, en realidad, un único fin: ahogar la libertad de empresa, violar la propiedad privada y restringir hasta el extremo el pensamiento y libre elección de los individuos. El análisis detallado de estos aspectos lo tienen aquí (económicos), aquí (jurídicos) y aquí (mediáticos).

La amplia ambigüedad y arbitrariedad que denota el texto otorga al Estado un poder inusitado para sancionar, multar y hasta condenar conductas naturales, es decir, propias del ser humano y típicas del día a día. Y es que, todos y cada uno de nosotros discriminamos siempre y en todo lugar. Actuar no es otra cosa que discriminar, elegir entre varias opciones o, lo que es lo mismo, seleccionar algo excluyendo lo demás. Usted discrimina, de una u otra forma, cuando elige libremente a sus amigos, contrata a un empleado o selecciona a un inquilino...

Pero el proyecto de Pajín contradice este principio básico al primar la igualdad material en sentido estricto frente a la tradicional igualdad formal (ante la ley). La manida "igualdad" se convierte en un fin en sí mismo. Se trata de una aberración jurídica que, en caso de aprobarse, hará saltar por los aires el artículo 14 de la Constitución. Así, pasaremos de "los españoles son iguales ante la ley" a "la ley del Estado impondrá su igualdad a los españoles". En este caso el orden de los factores sí altera –¡y cómo!– el producto.

La socióloga, por muy ministra que sea, parece desconocer que el actual Estado de Derecho se sustenta sobre un nuevo concepto de libertad ideado para romper con las ataduras del Antiguo Régimen. No por casualidad la Declaración de Independencia de los EEUU reza lo siguiente: "Sostenemos como evidentes por sí mismas dichas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad". La libertad, no la igualdad (material), es un derecho natural, intrínseco al ser humano. Y el hombre se siente libre cuando es dueño de su patrimonio (propiedad privada), no encuentra trabas a su pensamiento (libertad de expresión), educa a sus hijos según sus creencias y profesa libremente religión y oficio. En definitiva, cuando su esfera personal, familiar y profesional no es invadida por el Estado, es decir, por Pajín.

Talibanes contra el Valle de los Caídos

Pío Moa en Libertad Digital

He dicho que un perturbado como Rodríguez no se iba a marchar del poder sin cometer aún unas cuantas fechorías y dejarnos el rastro de su miseria: de momento la legalización y triunfo de la ETA, con la que guarda tanta afinidad ideológica (socialista, antifranquista, etc.) y el ataque al Valle de los Caídos. Tal como el Gobierno colaborador y hasta chivato de la ETA, esto es, delincuente y encarcelable, comisionó a Peces Barba para silenciar y desacreditar a las víctimas del terrorismo, ahora ha montado una comisión de bellacos contra el Valle de los Caídos.

El Valle de los Caídos "es una maravilla", como ha reconocido Preston: quizá el monumento más logrado en su género del siglo XX en cualquier país del mundo. Fue construido primero para conmemorar la victoria del bando nacional y más tarde la reconciliación, al depositar allí restos de combatientes de los dos bandos. Esa reconciliación fue plenamente lograda, para la inmensa mayoría de la población, durante el franquismo, aunque persistiese una minoría ferozmente irreconciliable: terroristas, comunistas y simpatizantes de ambos.

Lo más repugnante es el lenguaje empleado por los bellacos: afirman que el Valle "es todavía un lugar controvertido en la conciencia de los españoles". Son ellos, los irreconciliables, quienes lo "controvierten", precisamente con un "Himalaya de mentiras", como decía Besteiro, enconando los odios con palabras de apariencia razonable. Invocan la totalitaria y antidemocrática "ley de memoria histórica", que presenta a los chekistas y etarras como víctimas, soborna a los familiares con "indemnizaciones" a cargo de todos nosotros y prohíbe lo que llama "exaltación del franquismo", es decir, del régimen del cual no solo procede el monumento, sino también la prosperidad, la democracia y la paz que aún dura, logradas contra los terroristas, comunistas, socialistas y demás irreconciliables talibanes. Dicen que buscan "honrar y rehabilitar la memoria de todas las personas fallecidas a consecuencia de la Guerra Civil y de la represión política que siguió". ¿A quién pueden honrar y rehabilitar unos colaboradores de la ETA? ¿Y cómo puede honrarse a las víctimas equiparándolas a los chekistas y asesinos? Hablan de "fomentar las aspiraciones de reconciliación y convivencia". Esas aspiraciones estaban plenamente logradas y el Gobierno delincuente las está arruinando, precisamente. Su desvergüenza y cinismo alcanzan cotas increíbles.

Y menciona una recomendación del Consejo de Europa para que en el Valle de los Caídos se explique cómo fue construido por prisioneros republicanos. Eso no se puede explicar, porque es falso. Solo se puede mentir sobre ello.

Con toda su miseria, esta demagogia delictiva ofrece una excelente oportunidad para que las personas honradas del país clarifiquen "la conciencia de los españoles" y europeos difundiendo la verdad. Tiene que salirles el tiro por la culata. La reacción no debe limitarse a la de los descerebrados de Sol.

Call me Alfredo

Pablo Molina en Libertad Digital

Rubalcaba quiere que ser ahora Alfredo, simplemente Alfredo, en un gesto de cercanía hacia el militante socialista francamente innecesario, porque no es probable que se vaya a ver obligado a disputar unas elecciones primarias con algún riesgo de no salir elegido. Todos los dedos índice del sanedrín socialista le han señalado y a ver quién es ahora el chulo que se atreve a apuntar en dirección contraria.

Las primarias socialistas son un deporte de apariencia democrática para que al final gane Rubalcaba, que es lo que Cruyff dijo en una ocasión sobre el fútbol y la selección alemana sin equivocarse demasiado. La prueba en el caso del PSOE es que nadie con un relativo peso específico se ha atrevido a disputarle al ministro de Interior el puesto que él mismo hace tiempo reservó para sí mismo. Sí, habrá algún advenedizo para cubrir la cuota de exotismo folclórico que exigen esas organizaciones antidemocráticas por definición que son los partidos políticos, pero nada que pueda inquietar a Rubalcaba; perdón, Alfredo queríamos decir.

Francisco Fernández Ordóñez (q.e.p.d.), muy mejorable ministro de Exteriores aunque infinitamente más útil que lo que nos ha venido después con Zapatero, sólo sabía decir una frase en inglés –"call me Paco"–, con la que mal que bien anduvo por esas Europas de Dios derrochando al menos simpatía. "Pacordóñez" tenía la disculpa de que acabábamos de entrar en la CEE y los únicos españoles conocidos eran Butragueño y Felipe González, por ese orden, pero a Rubalcaba lo conocemos ya tanto que incluso dentro de su partido debe resultar bastante raro dirigirse a él como simplemente Alfredo.

¿Alfredo? Ah, sí, Rubalcaba. Exacto, Rubalcaba, el tipo con un pasado terrorífico y un porvenir siniestro que ahora quiere ser "Alfredo", una joven promesa de la política con un futuro prometedor, capaz de ilusionar al votante socialista partidario de la renovación.

Al final, friquismos surgidos de las bases aparte, las únicas primarias se disputarán entre "Call me Alfredo" y Rubalcaba. Por supuesto ganará Rubalcaba. A ver entonces quién tiene lo que hay que tener para dirigirse a él solamente como "Alfredo".

Alfredo

Alfonso Ussía en La Razón

«A partir de ahora, llamadme Alfredo». Bellísima petición. Coincido plenamente con Federico Jiménez Losantos en que Alfredo, Alfredo a secas, Alfredo a lo grande, sólo hay uno, al menos para los madridistas y los buenos aficionados al deporte. Don Alfredo Di Stéfano. Existen dos tipos de personas. Los que se conocen por el nombre o por el apodo cariñoso y los que se distinguen por sus apellidos. Rubalcaba pertenece al segundo grupo. Por otra parte, Rubalcaba es Pérez con anterioridad, que así se apellidaba su padre, un ilustre comandante de líneas aéreas. Adolfo Suárez es Adolfo para casi todos. No necesitó reunir a los militantes de UCD para pedirles semejante bobada. «A partir de ahora, llamadme Adolfo». Ya se lo llamaban. Como Pepiño Blanco, al que le decimos «Pepiño» los que apenas le conocemos. Nadie le llama Blanco. Si en una charla alguien comenta «he visto a Blanco muy preocupado por los acontecimientos», siempre surge el que pregunta: «¿Qué Blanco?», o «¿Quién es Blanco?». Con Pepiño no hay problema. A Jaime Mayor Oreja se le sustrae el primer apellido. Sus amigos nos referimos a él como «Jaime» y sus enemigos como «Oreja». Se trata de costumbres, de tics adquiridos, de modismos habituales que no se pueden cambiar de la noche a la mañana. Rubalcaba es Rubalcaba para casi todos, y por mucho que quiera que se le llame Alfredo, se distingue a cien leguas que sigue siendo Rubalcaba. Entonces aparece el cursi. «Es que Alfredo es más cálido».

La izquierdilla española, es decir, la de Visa Oro, usa de dos voces con asiduidad perforante. «Cálido» y «mágico». Lo de «mágico» es de cineastas. «¿Cómo definiría su última película?», pregunta el sagaz entrevistador. «Creo que es mágica», responde el realizador vestido de cine mientras se rasca la barba para que su pulga preferida decida abandonarlo y pernoctar en la Puerta del Sol. «Lo mejor de Amenábar es que és muy cálido cuando trabaja». Y se acepta, claro, porque quien no ha trabajado con Amenábar no puede poner peros a su calidez. Así que Rubalcaba, cuando pretende ser llamado Alfredo, es cálido y mágico a la vez, aunque siga siendo Rubalcaba. En lugar de ZP, AF. «Hoy nos recibe AF», dirán encantados los que ya le dicen «Alfredo». Si no me equivoco, puede haber lío en el empeño, porque AF me suena a muebles de oficina. Pero no es cosa de alarmar ni buscarle tres pies al gato. No obstante, y Rubalcaba sabe bien que personalmente cuenta con mi viejo aprecio, lo de «alfredo» no le va a salir, por una sencilla razón. Quien lleva treinta años siendo Rubalcaba, para los unos y para los otros, seguirá siendo Rubalcaba para los otros y para los unos, y sólo le llamarán «Alfredo» los jóvenes aspirantes a subir un escalón en el PSOE, que sería conveniente que lo hicieran, por otra parte. Además, que Rubalcaba es listo, pero no mágico, y simpático, pero no cálido. Cálida es Carla Bruni, por poner un ejemplo que no precisa de exégesis profundas. AF está a tiempo de recapacitar. Si lo que busca es una buena cosecha de votos, que no la va a tener, lo mejor es no cambiar de marca. Se puede entender desde el prisma de la añagaza. El pasado cuenta. Pero «Alfredo» no podrá borrar nunca el pasado de Rubalcaba, porque la gente no es tonta, y Rubalcaba es el segundo responsable del Gobierno desastroso que nos ha llevado a todos los españoles al borde del abismo. Rubalcaba y Alfredo. Los dos.

viernes, 3 de junio de 2011

La ciudad fantasma

Alfonso Ussía en La Razón

Quien aspira a ser alcalde de una ciudad, tiene la obligación de conocer la historia y la realidad de esa ciudad. El aspirante de «Bildu» a la alcaldía de San Sebastián ha manifestado que «rechazaría que los Reyes de España visiten esa ciudad porque son seres que no la representan políticamente». Además de la innecesaria grosería, el aspirante, un tal Izaguirre, demuestra una brutal ignorancia de todo. San Sebastián es una ciudad española, y por ello los Reyes pueden visitarla cuando se les antoje sin necesidad de pedir permiso a Izaguirre para hacerlo. La vinculación de la Corona con San Sebastián es mayúscula. Su esplendor se debe precisamente a la instalación de la familia Real en San Sebastián a principios del siglo XX. Haga un esfuerzo el ignorante y recorra su ciudad. El barrio de Ondarreta. Ahí estaba, en la falda de Igueldo, el Real Club de Tenis de San Sebastián. La penúltima rotonda de los jardines de Ondarreta está presidida por un monumento a la Reina María Cristina, madre de Alfonso XIII, siempre enamorada de San Sebastián. Por ella se construyó el Palacio Real de Miramar en la unión de las dos grandes playas. En Ondarreta cinco calles recuerdan a los hijos de Alfonso XIII. Avenida del Infante Don Juan, de la Infanta Cristina, del Infante Don Jaime, de la Infanta Beatriz y del Príncipe Don Alfonso. El gran hotel emblemático de San Sebastián se llama «María Cristina» en recuerdo de la Regente. El teatro donostiarra por excelencia lleva el nombre de «Victoria Eugenia», en memoria de la Reina Victoria, mujer de Alfonso XIII, madre de Don Juan y abuela del Rey. Por la tenacidad de la Reina Cristina, el Orfeón Donostiarra puede cantar todos los veranos, el 14 y 15 de agosto, la «Salve» de Réfice, encargo personal de la Reina. Junto al muelle de pescadores, mirando a la bahía, se alza el Real Club Náutico de San Sebastián, patrocinado por Alfonso XIII. Cuando el Rey y su malogrado hermano Don Alfonso pudieron volver del exilio, el Palacio de Miramar se convirtió en su internado de estudios. En San Sebastián se fundó con el apoyo de los Reyes la Real Sociedad Vascongada de Amigos del País, el referente cultural más prestigioso de la capital guipuzcoana. Y el club que mueve más entusiasmo, no sólo en San Sebastián sino en toda la provincia, es la Real Sociedad de San Sebastián, a la que el Rey concedió el título de Real a petición unánime de sus socios fundadores. A pocos kilómetros, en Lasarte, el apoyo Real levantó el Hipódromo, administrado por la Real Sociedad de Fomento de la Cría Caballar. Sólo Santander puede competir con San Sebastián en vinculaciones con la Familia Real. Las grandes villas y palacios donostiarras no las alzaron los industriales vascos, sino la nobleza madrileña que se afincó en San Sebastián, capital política y cultural de España durante los meses del verano. A muchos les parecerán anticuados estos argumentos, pero son pruebas indiscutibles. Ahí están. A la vista de todos. Otra cosa es que el tal Izaguirre quiera borrar esas huellas. Mucho trabajo le costará. La tradición y los símbolos no se esfuman así como así. San Sebastián fue la casa de la familia Real durante décadas, y el resultado no es otro que su actual esplendor estético, que no político, que no social, deteriorados hasta tal extremo, que un ignorante clamoroso de su propia ciudad tiene posibilidades de ser su alcalde. Pena me da tanta belleza en manos de tan sectaria y violenta incultura.

Volverán

Cristina L. Schlichtingen La Razón

Rubalcaba no quiere cargar contra los chicos de Sol para que no le comparen con Franco y los grises. No sacaría nada de una acción policial. Pero tiene una segunda razón que le anima a seguir de brazos cruzados. Vendrá el calor tremendo de Madrid y los acampados se irán, hostigados por el sudor…y volverán. El 15 de octubre es la primera cita para regresar a las calles. Poco después habrá elecciones anticipadas y lo probable es que gane la derecha. Quien piense que el 15 M o como se quiera llamar al fenómeno, se ha acabado, se equivoca. Hay mucho malestar en España, y no sólo por los cinco millones de parados. Hay fracaso escolar, falta de horizontes ideales y toda una generación crecida al margen de la Iglesia, los partidos o las familias estructuradas que busca algo grande en la vida y no sabe dónde encontrarlo. Alfredo, como quiere el vice que le llamen, tiene olfato para estas cosas. Y sabe que, si Rajoy gana las elecciones, va a necesitar un ariete en las calles. Una oleada similar a las manifestaciones contra la Guerra de Irak que acabaron con Aznar. En cuanto el PP saque la tijera de podar gastos y toque los subsidios, las becas, el empleo público o lo que haga falta, la izquierda llamará a los jóvenes. ¿Se imaginan el calibre de las movilizaciones conjuntas del 15 M, el PSOE y los sindicatos? No hay gobierno que lo aguante. Cuando ocurra, le recordaré este artículo a una derecha incapaz de capitalizar a tiempo y a su favor la indignación de la calle.

Alfredo


Viñeta de Montoro en La Razón

Plagas de Madrid

Ignacio Ruiz Quintano en ABC

Si todo lo que en el extranjero ven de España es el campamento de Sol, es normal que nos culpen hasta del sabor de los pepinos. Una lendrera es una lendrera, y basta con darse un garbeo por allí para que empiece a picarte el cuerpo entero. Es el socialismo utópico. El otro socialismo, el real, son las colas del Inem. Del Inem a Sol y de Sol al Inem. Miren por dónde, ahí tenemos la alternativa laica al Camino de Santiago. El negocio lo gestiona Rubalcaba, que no va a enviar a sus guardias a luchar contra las chinches y los gases de invernadero (no sé si se dice así) de los generadores eléctricos. Si de Fukushima ya están saliendo conejos sin orejas, de Sol podrían salir guardias sin porras. Hablando de prodigios, ¿tendrá que ver lo de Sol con el hecho de que por Las Ventas todavía no haya pasado un toro con casta, quitando los de Escolar, a quien por eso los revistosos del puchero llaman “moruchero”? Sólo Rubalcaba, que es químico, lo sabe. Desde luego, el final de Sol pasa por la porra y la redoma, pero mientras ese final llega hay que admirar la justicia poética que ese campamento hace con Gallardón (¡plagas de faraón!), cuya política cultural (y esto lo ha visto incluso el amigo Pepe Campos desde Taiwán), basada en el carril, la chancla, el botellón y la meada y la bicicleta de acera nos han llevado a Sol, donde, menos meterse con Zapatero, uno puede hacer todo lo que la democracia le tiene prohibido: fumar en la jaima, beber en la calle, cantar a deshora… ¿Qué hace don Ignacio Buqueras y Bach, que no se pasa por Sol a predicar el huso horario europeo? De acuerdo, Sol no es California, pero tampoco Punset es Marcuse, y ahí está, el hombre, con Castells, promocionando en plena Revolución el neoplatonismo catalán del “Bocaccio” sesentayochista con el Wifi de balde que sirven las “foneras” que regala Varsavsky. Cuando veo a Pedro Castro y a Tomás Gómez llorar por las esquinas, me pregunto: “¿Tanto han perdido que no tienen para una ‘fonera’?”

Germanófobos, lo que nos faltaba

Hermann Tertsch en ABC

Lo diferente que habría sido esto si en vez de tres chicas de cuota que no saben ni a qué teléfono llamar, la responsable hubiera sido una Loyola de Palacio que en horas habría cogido un avión para abrir puertas a patadas en Bruselas, Hamburgo y Berlín. Que habría hablado allí a todos los responsables de tú y en su idioma para exigir pruebas a sus acusaciones. Y buscar una limitación de daños para España. El primer día.

Don Alfredo

Ignacio Camacho en ABC

Cuando pide que le llamen Alfredo intenta derribar ante los militantes la barrera de solemnidad que rodea, como un círculo de tiza, su condición de copresidentedel Gobierno y jefe de la Policía, su biografía de tres décadas de coche oficial, cristales oscuros y más oscuras maniobras entre las bambalinas del poder. Una distancia adherida a su perfil que solemniza en exceso el flamante papel de liderazgo que acaba de asumir, y que incluye en teoría la necesidad de ser accesible, familiar, propicio a la confidencia y el afecto. Justo lo que resulta imposible cuando todo el aparato de Estado se cuela a cualquier hora por la celdilla del teléfono móvil.

(...)

La proximidad, la llaneza, se tiene o no se tiene; no se puede impostar. Tampoco pasa nada por no tenerla; siempre cabe explotar otras virtudes, otras cualidades. Los artificios no convencen a la gente, que en seguida detecta la simulación y el revestimiento que tanto gusta a los diseñadores de las campañas. El problema de Rubalcaba no es que sonría poco o que la vida y el poder le hayan puesto cara de malas noticias; es ser el principal colaborador de Zapatero y llevar encima cinco millones de parados.

Puesto a abolir lejanías, siempre resultaría más creíble si dejase de ser el ministro de casi todo, el valido omnipotente rodeado de parafernalia de Estado. Mientras los guardias se le cuadren al pie del avión oficial va a ser difícil que deje de parecer Don Alfredo.

Entrañable Alfredo

Emilio Campmany en Libertad Digital

No ha hecho más que empezar esta extraña campaña de primarias de aspirante único y ya se está viendo lo mal candidato que es el elegido. No sólo es que es viejo, feo y calvo, que dice Pepe García Domínguez. Es que además es un tío malage, con mala follá, cualidades que son virtudes para un privado que trabaje en la sombra, pero que se vuelven en graves defectos si se aspira a ceñir personalmente la corona. Ensaya una sonrisa cautivadora y lo que le sale es una mueca siniestra. Balbucea una palabra amable y los demás creen haber oído una amenaza velada. Ulises no puede ser Aquiles. Cada cual debe desempeñar el papel que ha escogido y Rubalcaba hace tiempo que eligió ser eso, Rubalcaba, si te vuelves, te la clava.

Nuestro deterioro en pocas palabras

Jorge Valín en Libertad Digital

¿Se ha preguntado nunca cuál es la función del Estado? Podríamos afirmar que proteger a la gente. Cuando nació el actual concepto de Estado –el Estado-Nación– rápidamente se identificó con la idea de la gloria, bien común y seguridad. A medida que el capitalismo avanzaba, y por tanto también aumentaba el bienestar del individuo, los dirigentes se dieron cuenta de que podían ampliar ese concepto de seguridad. Trasladaron la seguridad a la economía. Crearon derechos sociales, leyes de empleo digno y de protección. La capacidad productiva del mercado pudo aguantar tal apropiación de recursos que se tomó el Estado. Eso dio lugar a más reclamaciones sociales. La gente no vio, ni sigue viendo, que los derechos sociales tienen un origen criminal: el robo, el saqueo, el latrocinio y la extorsión al ciudadano. El Estado se empezó a meter en la vida de las personas diciéndoles cómo pensar, tomando la educación, cómo teníamos que vivir, cuánto teníamos que ahorrar y gastar con la creación de bancos centrales. También decidió qué "vicios" eran malos prohibiendo algunas drogas y dejando otras al margen. Y tal absurda pérdida de libertad individual nos ha convertido en simple ganado de los políticos y lobbies, que nos dicen hasta cómo hemos de hablar, prohibiéndonos incluso los piropos y hacer según qué chistes. El Estado ya no es el monopolio de la fuerza propiamente dicho, sino del pensamiento y la actuación humana.

Todo esto tenía que pasar factura. El Estado es muy mal ingeniero social. Después de doscientos años de monopolio estatal sobre nuestras vidas, nos tendríamos que reformular la pregunta. ¿Cuál es la función del Estado? La respuesta es la misma: proteger a la gente. Sin embargo, sus representantes se han convertido en el tercer problema de los españoles según el CIS.

Desde el periodo comprendido entre el año 2002 y 2009 los gastos en el hogar han aumentado el doble que los salarios. No solo ha sido una cuestión de la expansión crediticia provocada por los bancos centrales. España es el segundo país de la OCDE donde más han subido los impuestos. Está entre los países de Europa con mayor esfuerzo fiscal. Más que Suecia y Alemania por ejemplo.

La situación parece agravarse ahora. No solo por el desempleo, el pobre tejido productivo del país, o la cultura del hedonismo y las subvenciones. Por primera vez en un año, el saldo de los depósitos está cayendo. Las explicaciones pueden ser muchas, pero la más plausible es el deterioro del nivel de vida. Aunque ahora se ha moderado la inflación, ha tenido un rápido recorrido alcista y seguirá subiendo junto al coste de financiación como el de las hipotecas.

Esto nos lleva otro triste dato, y es que si en 2009 los españoles desempleados se vieron forzados a retirar casi 220 millones de euros de sus planes de pensiones, en 2010 aumentó a 320 millones de euros más. Las rentas desaparecen y el ciudadano se ve obligado a quemar su capital ahorrado para sobrevivir.

A todo esto, el Gobierno hace recortes que afectan a nuestro bienestar, pero sin bajar impuestos. Más bien al revés. Los impuestos van a seguir subiendo, no hay otra. Vivimos y trabajamos para los visionarios políticos.

¿Y cuál es la función del Estado? La contraria a lo que hace. El Estado es un instrumento, no un fin. Somos dependientes de las promesas electorales. No sabemos qué significa vivir en libertad (y la tememos) porque queremos que todo nos lo haga el Estado. Incluso le pedimos que haga magia como arreglar el planeta, construir un mundo mejor o que cree recursos que no es capaz de generar; no porque no sea posible, sino porque eso es función de la sociedad civil. No puede crearlo un político ni órgano central por medio de la ley y prohibiciones.

Esta crisis nos tendría que hacer ver que el Estado no solo es incapaz de crear la seguridad económica que pregona, sino que es su mayor negación. Solo tendremos un futuro mejor, no con tijeretazos, más subvenciones, burdas privatizaciones o parches en el mercado de trabajo (que ni eso), sino con menos Estado. No hay soluciones mágicas. Hay que arremangarse y ponerse a trabajar. Trabajar de espaldas al Estado. Que pague él el monstruo que ha creado.

La Historia y los demonios

Jorge Vilches en Libertad Digital

La prueba de que se ha politizado el asunto no es sólo que se ha convocado una concentración de protesta a las puertas de la Academia de la Historia –a la que irán los de siempre con las mismas banderas–, sino que el resto de la Historia de España parece no existir. Tiene razón en esto Ricardo García Cárcel: la Historia no comienza en 1931. Hubo vida antes de la Segunda República; pero hay quien quiere aprovechar la polémica, desorbitada y artificial, para sacar sus demonios fuera.

Franco y el gallinero progre

Pío Moa en Libertad Digital

Las creencias son libres y esos señores tienen derecho a tragarse y propalar las mayores necedades, nadie va a negárselo. Dada su presencia pública, sí cabría exigirles que se atrevieran a debatir sus creencias, pero hasta ahí no llega su audacia.

Su audacia la demuestran en otros campos: la desenvoltura con que no solo gritan, sino que demandan la censura y la imponen en cuanto está a su alcance, o exigen la "corrección" de textos no acordes con sus creencias, o acusan a otros de mentir, sin dar la menor prueba al respecto. Con lo cual demuestran ser tan "demócratas" como aquellos republicanos y frentepopulistas que tan agudamente describe Azaña: "¿Tendremos que resignarnos a que España caiga en una política tabernaria, incompetente, de amigachos, de codicia y botín, sin ninguna idea alta?". ¿Tendremos que resignarnos a que este gallinero imponga sus memeces como historia y cultura españolas?

Cautiva y desarmada

Cristina Losada en Libertad Digital

Este es el parte final del asalto a la libertad académica. El último bastión del fascismo ha caído. Cautiva y desarmada la Real Academia de la Historia, las fuerzas del antifranquismo sobrevenido han conseguido todos sus propósitos. La anacrónica institución se ha rendido y rectificará las biografías del monumental Diccionario que tanto sulfuran a indoctos hijos del panfleto y a profesores que no fueron llamados a participar en su elaboración. Bien está lo que bien acaba. A fin de coronar este triunfo de la Inquisición cultural, se espera que la entrada sobre Franco, motivo y pretexto del asedio, sea dictada en persona por la comisaria del ramo y afamada guionista del film Mentiras y gordas. ¡Ojalá fuera broma!

La cuestión que aquí se dirimía quedaba reflejada en la declaración del catedrático García Cárcel al diario El País: "Es una polémica desorbitada, hinchada y artificial. No tomaría ningún tipo de medida, porque significaría no respetar la opinión académica de un historiador como Luis Suárez Fernández. Se puede estar de acuerdo o no con él, pero me parece increíble que la ministra de Cultura pida una rectificación. No existe la Historia en singular, existen los historiadores. Lo contrario sería participar de la defensa del pensamiento único". A su vera, sin embargo, notorios eruditos mostraban su espanto ante el delito de calificar al régimen franquista simplemente de autoritario (necesitan otro diccionario) y algún librepensador pedía la destrucción de toda la edición. Lo dicho, auténticos discípulos de Erasmo, dignos herederos de la Ilustración.

jueves, 2 de junio de 2011

El loro opone resistencia

Manuel Martín Ferrand en ABC

En la vida política española, demasiado pancista y escasamente atenta a la demanda social, son frecuentes los arranques briosos y decididos, como de jaca jerezana, seguidos de parones bruscos y tercos, tal que de mula zamorana. Es el caso, al menos en Madrid, de Rosa Díez y su flamante partido socialdemócrata. Ayer, en esta misma columna, subrayaba la decisión de los concejales de UPyD que, en ejercicio de sensatez y respeto a los ciudadanos, habían anunciado su renuncia al coche oficial que les corresponde como ediles del gastoso Ayuntamiento de Alberto Ruiz-Gallardón, el más endeudado de España y, posiblemente, de toda Europa. Han bastado unas horas para que David Ortega, el portavoz del grupúsculo, matice la renuncia y aclare que su partido necesitará «uno o dos» coches para su actividad diaria que, se supone, no es compatible con el metro, el autobús, los trenes de cercanías o el cochecito de cada uno de ellos.

No es éste un asunto de naturaleza cuantitativa. Un par de automóviles no son, en el orden de los principios éticos y estéticos, menos que cinco. Lo cualitativo, que es lo que debiera orientar el gasto público en general y el de nuestros supuestos representantes en particular, reside en el respeto a cada céntimo de euro de los aportados al común por los muchos y variados impuestos, tasas y gravámenes con que nos sangran, no sin saña, las Administraciones públicas.

Decíamos ayer que es necesario y urgente acabar con ese loro devorador de chocolate que, tacita a tacita, se come una parte importante y prescindible del Presupuesto. Por lo que se ve, el loro opone resistencia. El significativo recular del partido de Rosa Díez en el Ayuntamiento madrileño toma razón de la advertencia del futuro jefe de la oposición en la Asamblea, el socialista Tomás Gómez, que justifica el derroche motorizado por razones de «seguridad», ya que «hace años» ETA amenazó a la Corporación. Pamplinas, si el riesgo de los ediles, muchos ignotos, es real habría que declarar el estado de sitio. No es que no se justifiquen más de media docena de coches representativos, meramente protocolarios, para la totalidad de los servicios municipales, es que tan siquiera cabe, en un estricto planteamiento democrático que priorice el servicio a los ciudadanos, la existencia de plazas reservadas para el aparcamiento de los munícipes y otros servidores y cargos públicos. Aquí, lejos de depurar los excesos del pasado, los vamos acumulando y adaptando a las nuevas situaciones y olvidamos algo fundamental: el privilegio, cualquiera que fuere, de un representante popular niega la dignidad de su representación.

Rubalcaba y el agua corre

Ignacio Ruiz Quintano en ABC

Primero fue el árbitro Stark con la tarjeta roja de Pepe. Luego, la alarma de Frau Merkel con un bicho en el pepino español… Yo creo que todo forma parte del rodaje alemán de «Toy Spain», la historia en que Rubalcaba, probablemente el ministro del Interior más inútil de la democracia, aspira al papel de Lotso, el oso fresón, dejando para Rajoy el de astronauta reseteado, o sea, Buzz Lightyear.

—A Rajoy la cámara no lo quiere —dicen que va diciendo este Lotso a sus amigotes.

Señalado por el dedo del Destino (aquel «dedo moreno» de Franco que tanto impresionara a Pemán) y dueño del ejército (controladores aéreos), de la policía (Marta Domínguez) y de la TV («lo que diga don Alfredo»), el plan de Rubalcaba consistiría en privarle de la mayoría absoluta a Rajoy para colocarse él con los nacionalistas.

Con ustedes, el social-nacionalismo.

¿Cuándo el fracaso refutó al socialismo? Cinco millones de parados sólo indican que acaso se hayan producido errores, corregibles con un par de cabezas de turco a manos de Rubalcaba, ese cirujano de hierro al que la cámara ama con la misma pasión que amó al tuerto Solbes en el debate con Pizarro.

—Los socialistas tienen una idea tan alta de su propia moralidad que casi se creería, al oírlos, que vuelven honrada a la corrupción cuando se entregan a ella —se lee en «El conocimiento inútil».

El socialismo hispánico, que en su versión más risueña evoca la filmografía de Roger Corman, ha designado titular de la «idea» de Estado a Rubalcaba, sin la oposición siquiera del Movimiento de Sol, cuya revolución aporta el cambio completo de nuestro «Dasein» (el «estar ahí» de Heidegger) español.

El «Dasein» heideggeriano designa la «realidad humana», y la «democracia real» es el ideal del Movimiento de Sol, donde no ha lugar a las alusiones a Zapatero.

—No busquéis las reglas de vuestro ser en dogmas y en ideas —dice Heidegger en su «Llamada a los estudiantes»—; es el mismo Fürher, y sólo él, quien es la realidad (¡la democracia real!) de hoy y de mañana.

Ni que decir tiene que detrás del Movimiento de Sol no está Heidegger, sino Punset y su «No pares, no pares no/ No pares nunca de soñar/ No pares, no pares no/ No pares nunca de soñar/ No tengas miedo a volar/ Vive tu vida…»

—La ruta de la seda era como vosotros —arenga Punset a los revolucionarios—. No paréis.

Pero Castells, otro del pensamiento tiqui-taca (versión filosófica del fútbol para Desdémonas de Verdi que propaga Guardiola), corrige: «No, no sois como la ruta de la seda. Sois… sois… sois como el agua que corre…»

Agua que corre y la cámara que no quiere a Rajoy.

O sea, que Lotso se va a poner las botas.

No quiero ni pensar sobre quién van a caer los pepinos que Frau Merkel nos ha averiado.