martes, 21 de junio de 2011

Para qué sirve una Academia

Serafín Fanjul en ABC

Hace unos años, un ayuntamiento de progreso (el de Cáceres) resolvió, henchido de memoria histórica, corregir un grave entuerto: cambiar el nombre de una calle («Héroes de Baler»), por franquista. Es tiempo perdido rogar a los justicieros iconoclastas que lean el libro de su paisano Saturnino Martín Cerezo sobre los Últimos de Filipinas: ni leen ni les interesan actividades tan poco productivas. En un tiempo más lejano, otro sabio de la misma cuerda, clamaba a voz en cuello por la retirada —por franquista— del escudo de los Reyes Católicos en la fachada de la Real Chancillería de Granada que, como es sabido, data del siglo XVI. Ejemplos de este jaez proliferan de tal modo que, amén de sonrojarnos a los españoles preocupados por nuestra cultura, explican bien el desguace del Archivo de Salamanca, el muy discutible montaje del Museo de América o las maquinaciones para transmutar el Valle de los Caídos en parque temático de la progresía, tomando quizás por guía el Museo de la Revolución de La Habana, o el de Bahía Cochinos, que como modelos museísticos no tienen precio.

Ni la izquierda ilustrada se salva en la presente politización sectaria. No hace mucho, un político de segunda fila, de los que gustan ejercer en las sombras de eternos Fouchés de bolsillo —aunque reputado a diestra y siniestra como genio de la comunicación— inquirió a quien le acompañaba qué era un imponente edificio situado en la madrileña Calle del León. «Es la Academia de la Historia», fue la respuesta, a lo que el prócer mediático filosofó concluyente: «¿Y para qué sirven las Academias?», nunca sabremos si impelido por el ansia, habitual en su partido, de extirpar antiguallas, para reemplazarlas por tipos que exhiben calzoncillos de colorines, o relamiéndose ante la eventualidad de derribar la suntuosa fábrica y recalificar el terreno. Sabe Dios. Pero la pregunta permanece y en estos días de desmesura y sectarismo contra la Real Academia de la Historia, se han lanzado tropeles de periodistas y políticos a repetirla. Y no sólo de la autotitulada «izquierda». La superficialidad frívola con que se ha enjuiciado y condenado en bloque el Diccionario Biográfico, tan costosa y tesoneramente alumbrado —y por ende a toda la institución—, ha sido la tónica predominante en noticieros y tertulias. Periodistas y miembros del PP (cuyos nombres piadosamente omitimos) se han jugado y perdido el respeto que se les pudiera tener: no se puede argumentar de forma tan irresponsable, ridiculizando todo el trabajo: 43.000 biografías, 5.500 colaboradores, doce años de esfuerzo y milagros por parte del director para lograr la financiación, de fuentes diversas, no sólo oficiales. No hablaré de mis modestas aportaciones a la obra, centradas en figuras del siglo XVI, pero sí me consta que todas las personas que conozco, partícipes del proyecto, han trabajado con seriedad y dedicación.

El nuestro es un país contradictorio en el que coinciden lo mejor y lo peor del intelecto humano. Y peligroso, con la ligereza entronizada como norma, por estar todo prendido con alfileres: un incidente inesperado puede torcer gravemente nuestra historia produciendo daños irreparables (¿para qué volver sobre el 11 de marzo?). Una tierra donde cualquier indocumentado se cree sobrado de facultades para exigir lo que sea, sin tener la menor idea de la materia sobre la que pontifica. A veces llegan al Congreso, o incluso, contra toda lógica formal, a un ministerio, con mando en plaza. Y de ahí los destrozos de la era Rodríguez. Piden, reclaman, exigen que se rectifique, se cambie o —de plano— se retire y prohíba el Diccionario Biográfico de la R.A.H., todo, por un concepto («autoritario») utilizado en una biografía (entre 43.000): la osadía es buena compañera de la ignorancia. Vean, por ejemplo, las biografías de Arias Navarro, Carrero Blanco o el coronel Eymar y dejen de decir tonterías sobre franquismo. Me pregunto cuántas veces —fuera de actos protocolarios— estos críticos sobrevenidos y muchos otros del coro de enterados han visitado la Real Academia de la Historia, si sabrán de los 380.000 volúmenes de su biblioteca, de las maravillosas colecciones de manuscritos que atesora y esperan a los pocos visitantes que los buscan; de los trabajos de digitalización; de las colecciones arqueológicas; de los esfuerzos desinteresados de los académicos y de su director.

¿Sabrán del Departamento de Cartografía, del Gabinete de Antigüedades, de publicaciones de altísimo nivel, del Boletín de la R.A.H. (revista científica que va por el tomo 206), de exposiciones, ciclos de conferencias, restauraciones artísticas, colaboración con otras instituciones, presentación de libros, proyectos de investigación (legislación histórica de España; proyecto Testaccio / Amphorae)? O, mirándolo de otra manera, la R.A.H. es un sabroso bocado, como botín que todavía no se controla pero que, con una lumbrera de las habituales al frente, puede irse al garete, bien reconvertido en multicopista de panfletos de memoria histórica, una vez ultimado uno de los reductos de libertad aun no anegados por el control audiovisual.

Desde los prodigiosos días de esperanzas ilustradas en que don Julián Hermosilla, en 1735, albergaba en su casa la primero llamada «Academia Universal» y finalmente creada por Real Orden de 1738 como R.A.H., sus salas, biblioteca, dirección, han acogido a Campomanes, Jovellanos, Cánovas del Castillo, Menéndez y Pelayo, Pascual de Gayangos, Lafuente Alcántara, Menéndez Pidal, García Gómez, Rumeu de Armas… No puedo citar a todos, que me disculpen los excluidos, pero no olvidados. ¿Estarán a la altura de…? Pongan ustedes los nombres de quienes gusten y tanto ven y oyen en televisión. Sólo por educación de cristiano viejo omito nombres, andanzas y perlas filosóficas de quienes dominan nuestros actuales medios de comunicación, donde se acusa al Diccionario de recoger pocas biografías de mujeres (lo cual sólo es un reflejo de la subsidiaria relevancia social que tuvieron en el pasado, afortunadamente superada. ¿Injusto? Mal estuvo, pero fue así: ¿habrá que inventar biografías de cuota?). Han llegado a tirar por tierra toda la obra reduciéndola a un corta y pega arbitrario y absurdo de fotocopias fragmentarias. ¿Tienen la menor idea estos arrojados tertulianos de la tarea de conocimiento previo, estudio y selección de fuentes y bibliografía, redacción y por último síntesis que requiere cada artículo? Como con los cacereños de Baler, explicárselo es perder el tiempo.

En una España en que la alta cultura va siendo arrinconada por la banalidad y por una tecnología convertida en un fin en sí misma, como negocio que es, cumple recordar que, tal vez, el principal escollo de la IIª República lo constituyera haber sido propiciada por intelectuales metidos a políticos, en tanto uno de los primeros problemas de la España presente reside en el lamentable nivel cultural de quienes pretenden traer la IIIª.

«Marcia su Madrid»

Ignacio Ruiz Quintano en ABC

Nadie pide para estos profesionales de la indignación un trato como el proporcionado por Azaña a los indignados de Casas Viejas («Ni heridos, ni prisioneros: tirad a la barriga»). Como vecinos de Madrid lo que se pide es igualdad ante la ley, y que un pesado que se establece con una quechua en la vía pública reciba la visita de la policía local con los mismos modales empleados con el caballero que estaciona su vehículo en doble fila. (...) Pero qué deprimente es el espectáculo de los políticos haciendo jerogíficos jurídicos para escaquearse de su responsabilidad en el orden público. Qué deprimente es la visión de un amigo mío: la perrita del alcalde de Madrid y el perro del ciego de Barcelona quedando a solas, como en uno de esos cuentos llorones de Disney, para lamerse las heridas. Qué deprimente es saber que esto va a durar hasta que en las encuestas del CIS no cobren ventaja las fuerzas del progreso.

Tiempo muerto

Tomás Cuesta en ABC

Cada segundo de más Rubalcaba corre el riesgo de ser el candidato de un gobierno definitivamente intervenido. Es decir, sin subterfugios ni visitas de cortesía de la cancillera Merkel y sus ministros. Y eso, Rubalcaba, no lo debería permitir, a no ser que su proyecto consista en sacar a Franco de su tumba y a España, del euro, cosa que, bien mirado, a más de uno en el PSOE le puede parecer algo así como matar dos pájaros de un tiro.

Los indignados y el Tea Party

Edurne Uriarte en ABC

El Tea Party aboga por los recortes de los gastos del Estado y de los impuestos, su segundo gran eje, mientras que los Indignados exigen justamente lo contrario, un Estado que no recorte. Los activistas del Tea Party no quieren pagar más al Estado y los activistas de los Indignados quieren que el Estado siga pagando.

Pocos

Alfonso Ussía en La Razón

¿Por qué han necesitado siete años y medio para indignarse?

(...) Porque se avecina un período de poder político liberal y conservador. La izquierda –lo escribí días atrás–, no sabe perder en las urnas, y este movimiento no tiene otro objetivo que entorpecer la normalidad institucional y social cuando los socialistas, los hacedores del desastre, se vayan a casa. Ahora piden una huelga general. No tengan dudas al respecto. Se convocará pocas semanas después del cambio clamorosamente anunciado. La huelga general inmediata no entra en sus planes. Se enfadarían los que manejan, desde la sombra, el timón de sus rumbos.

Los delitos del 15-M

Manuel Llamas en Libertad Digital

Las manifestaciones convocadas por el movimiento 15-M en Madrid durante este fin de semana terminaron sin altercados de relieve, lo cual ha servido de excusa para reiterar una vez más el espíritu no violento y, por tanto, legítimo, de este tipo de protestas iniciadas a mediados del pasado mayo. En los últimos días, numerosos comentaristas, e incluso políticos, han diferenciado claramente los bochornosos sucesos acaecidos la semana pasada en el Parlamento catalán del resto de movilizaciones y actos desarrollados por este amplio grupo de jóvenes a lo largo y ancho de España, en un intento por distanciar y separar a los violentos del resto de indignados.

Sin embargo, tal diferenciación no ha lugar. El movimiento 15-M ha incumplido la ley desde su mismo nacimiento, incurriendo así, presuntamente, en delitos y faltas de diversa índole. A continuación, las violaciones más flagrantes de la legalidad vigente:

1. El ya famoso 15 de mayo terminó con varios jóvenes detenidos después de que la manifestación convocada por Democracia Real Ya en el centro de Madrid se convirtiera en una auténtica batalla campal contra la policía.

Desorden público: artículo 550 y 557 del Código Penal.

2. Pese a esos incidentes, los indignados volvieron a plantarse en la Puerta del Sol pocas horas después y, una vez ocupada, ahí se quedaron durante semanas, con el consiguiente perjuicio para los comerciantes y vecinos de la zona. Lo mismo aconteció en numerosas plazas y espacios públicos de toda España, desarrollándose también algunos disturbios.

Desorden público: artículo 550 y 557.

3. El 15-M vulneró explícitamente la prohibición de concentraciones y manifestaciones estipulada por la Junta Electoral los días previos a los comicios del 22 de mayo.

4. Más allá del secuestro del Parlamento catalán, los indignados se manifestaron ante el Congreso de los Diputados, así como otros parlamentos autonómicos y ayuntamientos durante sesiones ordinarias y la toma de posesión de los nuevos cargos políticos.

Delito contra las instituciones del Estado: artículo 494, 496, 497 y 498.

5. Insultos a miembros de la Corona: artículo 490.

6. Cercar la vivienda de Alberto Ruiz Gallardón y Rita Barberá (domicilios privados): artículo 202 y 557.

7. Ocupar establecimientos comerciales y sedes: artículo 202 y siguientes.

8. Impedir desahucios: artículo 544, 550 y 557.

9. Agresiones y amenazas de distinta índole: faltas de distinto calibre.

10. Esos y otros ejemplos evidencian la naturaleza violenta e ilegal que anida en el propio seno del movimiento 15-M. Sin embargo, más allá de estos presuntos delitos cometidos desde que comenzó la ocupación de Sol destaca un hecho que, si bien no es delictivo por no estar tipificado como tal, supondría un auténtico crimen económico de llevarse a término. Y es que, el conjunto de propuestas y el rechazo al Pacto del Euro que pretenden imponer los indignados garantizaría, pura y simplemente, la quiebra de España a corto plazo.

Russian Red en el coche celular

Cristina Losada en Libertad Digital

Desde Münzenberg, el genio propagandista del Kremlin y la Komintern, valga la redundancia, la cultura es de izquierdas por definición, y ahora que la cultura carece de definición, lo más granado de esa cáscara campa en las fincas del espectáculo. No se podía tolerar desviación tan flagrante. Quien rompe filas ha de recibir su merecido. De las entrañas de la Lubianka de papel surgió un aviso en forma de reportaje. Su literalidad importa poco; lo importante era convertir a R.R. en pasto de polémica y señalar con el dedo al bicho raro. Que nadie se desmande, mira lo que puede pasarte. Intimidación, creo que se llama.

Ni Zapatero ni Rajoy: Lampedusa

José García Domínguez en Libertad Digital

Es el desempleo crónico de la carne de contrato temporal, los jóvenes, quien asegura la estabilidad de la clientela de Toxo y Méndez durante las crisis. Así, la aparente paradoja que no es tal: unos sindicatos que se dicen de izquierdas, combatiendo con furia contra la igualdad jurídica, no en nombre de la revolución sino en el del más reaccionario de los corporativismos. Aunque lo peor es que esos apparatchiki sindicales, a fin de cuentas simples funcionarios en nómina del Estado que los mantiene, no resultan ser los que en verdad bloquean toda tentativa de cambio. Ni ellos ni tampoco sus patronos, los políticos. La España profunda al completo, indignados miopes incluidos, es quien se empecina, medrosa como suele, en que nada sustancial mute. Ni Zapatero ni Rajoy: Lampedusa.

11-M, seguimos queriendo saber

Editorial de Libertad Digital

Los mismos que querían saber horas después del atentado han pasado dos legislaturas sin interesarse lo más mínimo en investigar el cómo, el por qué y el quién de una tragedia nacional que precedió su ascenso al poder.

(...)

Si el PP quiere que sus promesas sean creíbles, debería desclasificar todo lo relativo al 11-M en cuanto llegue al poder. Porque, más allá de las derivaciones políticas e históricas que los atentados han tenido para toda la nación, es una cuestión de justicia elemental aclarar todo lo posible los hechos acaecidos en Madrid durante aquella fatídica jornada.

lunes, 20 de junio de 2011

El odio

Juan Manuel de Prada en ABC

Empezaron a insultarme por la calle hace casi un par de años, coincidiendo con la época en que mis apariciones en tertulias radiofónicas o televisivas eran «glosadas» en ciertos programuchos o checas mediáticas que, bajo la coartada humorística, se dedican a exaltar el odio; y, aunque dejé de aparecer en tales tertulias, seguí probando los frutos de esa exaltación. Yo estaba acostumbrado a que me insultasen en las cloacas de internet, donde la mezcla de anonimato y encono ideológico (salpimentado con una dosis sulfurosa de odium fidei) favorece este tipo de desahogos sórdidos; pero que te insulten por la calle es una experiencia de otro orden. Quienes te insultan en internet no hacen, a fin de cuentas, sino evacuar una frustración personal que la clandestinidad adereza de coprolalia y espumarajos; en cierto modo, tales insultos son como las inscripciones obscenas que uno se tropieza en las paredes de un retrete público. Pero quienes dejan inscripciones obscenas en un retrete público no van por la calle profiriéndolas a gritos; para que ese salto se produzca hace falta que alguien los estimule y jalee. Quienes te insultan por la calle lo hacen porque otros antes te han señalado como una presa fácil, porque otros antes te han convertido en un guiñapo risible, en un muñeco de pimpampum, en un monigote de verbena al que se puede escupir y pisotear. Quienes te insultan por la calle ni siquiera lo hacen movidos por un odio personal, sino porque detectan en el aire un «odio ambiental» que ampara su machada. Muchos de los que me han insultado por la calle lo han hecho de forma jocosa y festiva, como si de este modo ratificaran su pertenencia a una tribu, como si de este modo pudieran luego pavonearse orgullosos ante los amigotes: «¡Pues yo a este tío del que se descojona nuestro chequista favorito lo insulté el otro día por la calle!».

El prototipo de mi insultador es un joven, un poco fiambre ya —lo que Machado denominaba «mozos viejos»—, a quien seguramente la vida no le ha sonreído demasiado, que languidece en el paro o sobrevive con algún trabajo basura; y que mata el tedio o la desesperación riéndole las gracias a los chequistas mediáticos. Un prototipo mucho más abundante de lo que a simple vista parece, que ya no se puede calificar propiamente de «marginal»: el producto de un modelo social en quiebra, a quien se ha atiborrado de «derechos y libertades», mientras se le prometía un reino de Jauja ilusorio; y que, tras descubrir que tal reino no existía, se ha encontrado con una plétora de «derechos y libertades» inútiles que, por fermentación, acaban convirtiéndose en indignación biliosa. Lo natural hubiese sido que tales jóvenes, un poco fiambres ya, hubiesen vomitado esa indignación biliosa sobre los causantes de su infortunio. Pero los causantes de su infortunio, muy previsores, hallaron el modo de desviar esa indignación hacia quienes ninguna culpa teníamos. A fin de cuentas, tales jóvenes, algo fiambres ya, eran carne de ingeniería social, alimentados con los residuos radiactivos de un progresismo de recuelo aderezado de atavismos anticatólicos; bastaría, pues, señalar, escarnecer, caricaturizar, desde cualquier checa catódica, a unos cuantos chivos expiatorios que osasen contrariar los postulados de la ingeniería social en boga. A mí me incluyeron en el número de los chivos expiatorios; y desde entonces me empezaron a insultar por la calle. Pero no se exacerba el odio impunemente; algún día quienes lo indujeron, exaltaron y jalearon serán devorados por él.

Bildu en Munich

César Vidal en La Razón

En 1995, establecieron contacto conmigo unos periodistas alemanes, que deseaban elaborar un reportaje histórico sobre el nazismo. Conocían mis libros sobre el Holocausto y también les había llegado la noticia de cómo varios grupos de neo-nazis se dedicaban a romperlos en librerías y a amenazar a los que los tenían expuestos en el escaparate. El resultado fue un reportaje de cierto interés, aunque lo más importante para mi fue el conocimiento de la experiencia familiar de aquellos dos profesionales. Sobre una de ellas, no escribiré hoy, pero en la otra me resulta obligado detenerme. Cuando los nazis llegaron al poder en Baviera –el primer land que se les sometió con una facilidad pasmosa– comenzaron una purga a fondo que dejó de manifiesto lo que iba a suceder en el futuro si su dominio se extendía sobre toda Alemania. Es verdad que Baviera era una tierra tradicionalmente católica, pero semejante circunstancia no impidió que la mayoría de sus habitantes se identificaran entusiasmados con el nacional-socialismo. Hitler había sido bautizado en la iglesia católica; había estudiado en un colegio religioso; se llenaba la boca hablando de un «cristianismo positivo»; estaba resuelto a frenar la amenaza comunista y, sobre todo, insistía en liberar a Alemania de las injusticias impuestas por sus opresores. Es verdad que también era antisemita, pero, en primer lugar, en aquella época sólo Hitler tenía en mente el gas para exterminar en masa a los judíos y, en segundo lugar, no se había promulgado aún la Declaración Nostra Aetate. Que un sacerdote –no digamos ya un fiel de a pie– apoyara el nacional-socialismo no era extraño aunque tampoco fue la regla general. El abuelo del periodista era un bávaro que pertenecía a un pequeño partido católico con cierta inquietud social. Los nazis –que no estaban dispuestos a tolerar aquella disidencia por muy piadosa que pudiera ser– llevaron a cabo una purga de dimensiones descomunales al apoderarse del ayuntamiento de Munich. O se estaba con el mito de la sangre y el suelo o se entraba en el bando de los amedrentados silenciosos o se emigraba. El abuelo del futuro periodista optó por esto último. Decidió, de hecho, marcharse a España, una nación tranquila y católica, en el sur de Europa donde, en apariencia, no iba a suceder nada. Con creciente inquietud, fue comprobando cómo los nazis, a los que se había dado rienda suelta desde las más altas instancias del estado, saltaron del poder municipal al federal y de éste a tomar Alemania entera. No dudó entonces de que la República de Weimar estaba muerta y de que, más pronto que tarde, estallaría una nueva guerra. No se equivocó. Tampoco encontró el sosiego. El cónsul alemán de Málaga, donde se había asentado aquel católico exiliado, era un nazi convencido. Desde 1933 hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, hizo todo lo que estuvo en su mano para amargarle la existencia, algo que se vio limitado sólo porque el refugiado se había casado con una española, era una persona decente y además católico. Dios sabe qué hubiera podido sucederle de no darse alguna de esas circunstancias. Porque lo cierto es que los nacional-socialistas nunca se integraron en el sistema. Sólo lo fueron tomando para proceder después a su aniquilación. La realidad es que así actúan siempre. Lo mismo si gobiernan Munich que San Sebastián.

¿Indignados contra quién?

Iñaki Ezkerra en La Razón

Resultaba antes extraño que en un país con cinco millones de parados no saliera nadie a la calle a protestar contra el primer responsable de esa situación, que es el Gobierno. Y resulta extraño ahora que, cuando por fin alguien se decide a hacerlo, su protesta sea tan evanescente, tan diluyente, tan delicuescente y se dirija contra el Gobierno casi por compromiso, metiendo en el mismo saco de las responsabilidades a los bancos, a toda la clase política, al sistema y a la propia oposición, esto es, echando balones fuera, desactivando la propia protesta, esparciendo la culpa y, a la hora de la verdad, exculpando al principal culpable. Nunca unos «indignados» se indignaron tan poco contra quien debían, y esto es lo realmente sospechoso de este movimiento al que ayer sólo le faltaron los globos de colores para manifestar un conformismo que está en su raíz, aunque adopte la forma de rebelión. Los «indignados» de ayer reivindicaban puntos que suscribiríamos la mayoría de los españoles, pero les añaden unas dosis de utopismo izquierdista que hacen su protesta ineficaz. Porque, si el Gobierno no ha estado precisamente a la altura de esta crisis, su inoperancia llevaba la bandera de la izquierda, y ha sido la izquierda de este país la que lo ha apoyado; la que ha quedado, con ello, descalificada para marcar el camino de la solución y la recuperación.

Rebeldes

José Carlos Rodríguez en Libertad Digital

Es una indignación contra la sociedad precisamente porque no les da todo lo que quieren. Una indignación infantil, por tanto, propia de una sociedad infantilizada. Hemos permitido que prevalezca una ideología que da por hecho que debemos recibir lo que queramos de los demás y que, en un tropo ingenioso y vil, considera esta actitud menesterosa y mendicante el colmo de la rebeldía. ¿Qué rebeldía es esa, que sólo sabe exigir de los demás y nunca de sí mismo? ¿Qué rebeldía parte de aceptar la ideología mayoritaria y erigirse en sus principales defensores? ¿Qué rebeldía puede enarbolar alguien que no ama la vida tanto como para querer agarrarla con sus propias manos? ¿Cómo se puede ser rebelde y pedir a los políticos que sean aún más poderosos? Es una rebeldía como esta: Una portavoz de la acampada ha dicho que ellos tienen un problema de imagen, y que el Gobierno debería resolverlo. Su problema es la imagen. Y debe resolverlo ¡el gobierno!

Marcel Gascón ha dado en el clavo al mirar a los indignados desde las lentes de Ayn Rand: "Su discurso utópico y falto de rigor es el que está llevando al colapso el sistema. Su desprecio de la legalidad y el de quienes deben hacer cumplirla una bomba para el Estado de Derecho. Para la única posibilidad conocida de libertad, seguridad y prosperidad". En una sociedad libre estamos frente a nuestro futuro, con sus azares e incertidumbres, con la única seguridad de que se nos respetará nuestra vida y nuestra propiedad, y sólo la prosperidad que podamos conseguir por nosotros mismos. Y eso es, para estos pedigüeños rebeldes, aterrador.

El despropósito económico de los indignados

Juan Ramón Rallo en Libertad Digital

Si no aceptan ni recortes en el gasto público, ni aumentos de ciertos impuestos como el IVA o Sociedades (en esto, vaya, sí coincidimos), ni una reforma del mercado laboral que se cargue los convenios colectivos para permitir que vuelvan a surgir oportunidades de negocio, ¿cómo pretenden que salgamos de ésta? Sí, de ésta, porque por si alguien no se ha dado cuenta, estamos al borde de la suspensión de pagos.

Recapitulo por si hay algún despistado indignado: los países periféricos, Grecia y España entre ellos, tienen un déficit público de alrededor del 10% del PIB. Eso significa que los impuestos que abonan sus ciudadanos no dan para cubrir los desproporcionados gastos de sus Estados niñera y metomentodo. De ahí que sean los ahorradores extranjeros –esos especuladores canallas que tan poco les gustan– los que nos estén prestado su dinero para que sigamos gastando por encima de nuestras posibilidades. Pero ojo, si nos lo prestan es para que se lo devolvamos algún día –normal, ¿no?–, y para devolvérselo tenemos que abandonar el déficit y amasar un cierto superávit. Mas, ¿cómo generar un superávit si, siguiendo las propuestas de los indignados, el Estado no puede ni reducir gastos, ni aumentar impuestos ni liberalizar la economía?

Mal asunto, sin duda. Entre otras cosas porque si los ahorradores internacionales se convencen de que no vamos a poder pagarles –idea a la que los indignados están contribuyendo notablemente–, dejarán de prestarnos ese 10% del PIB que actualmente nos están prestando. ¿Y qué significaría eso? Pues que ya podemos olvidarnos de tímidos y progresivos ajustes en el gasto público: de golpe y porrazo, habrá que meterle un tajo del 25% a nuestro gasto público (que a eso equivale el 10% del PIB que se nos está prestando). ¿Se lo imaginan? Pues eso es lo que conseguiremos haciéndoles caso a los indignados.

Y es que, al cabo, puestos a indignarse, ¿no sería más razonable hacerlo contra los políticos y el sistema económico –Estados enormes, un muy intervenido sistema financiero y relaciones laborales tomadas por los sindicatos– que nos han abocado a esta desesperada situación? Parece que no: lo que les indigna no es que hayamos malvivido una década de prestado, sino que ahora toque darnos un baño de realismo y comenzar a pagar nuestras deudas.

Socialistas neoliberales

Carlos Rodríguez Braun en Libertad Digital

Lo contrario a la lógica y a la libertad es concluir, como Irene Lozano: "si los mercados no están controlados por el poder democrático se hurta a los ciudadanos el autogobierno en asuntos económicos". Pero los mercados ya están controlados por el poder democrático, como se ve en el gran peso que tiene la política y la legislación en términos de impuestos, tasas, cotizaciones, regulaciones, prohibiciones, multas y un sinfín de intrusiones en la vida de los ciudadanos. Es precisamente ese control lo que hurta a los ciudadanos su autogobierno.

La izquierda carpetovetónica

José García Domínguez en Libertad Digital

No es que España sea de izquierdas, es que la izquierda sociológica, pese a sí misma, resulta ser profunda, castiza, arcaica, carpetovetónicamente española; española en el peor sentido de lo español. Por algo, desoladores, los resultados del sondeo del CIS a propósito de ese simulacro que luego darían en llamar reforma laboral. "¿Estaría usted de acuerdo con que se abaratara el despido si ello estimulara a los empresarios a crear más empleo?", se inquirió a los compatriotas de ese cuarenta por ciento largo de jóvenes condenados en sentencia firme al desempleo estructural. "No", fue la respuesta casi unánime de los encuestados.

Huelga decir que se trataba de los mismos que, ya indignados, vuelven a decir no, esta vez al pacto del euro, en calles y plazas. Al respecto, el empecinamiento del macizo de la raza en repudiar cualquier relación de eficiencia con la realidad nos abocaría a dos únicas salidas. Y es que, extramuros del euro, solo restan la peseta y el rublo. Retornar al aislacionismo tardofranquista con un revival de los billetes de veinte duros y el arancel Cambó. O romper con el mercado y avanzar con paso firme hacia el siglo XIX de la mano de Cuba y Corea del Norte. Porque ninguna tercera vía hay distinta de aquel mamotreto ful de Anthony Giddens que mora cubierto de polvo en las librerías de lance. ¿Izquierda antisistema, el 15-M? Pero si es la Vetusta de Clarín tras levantarse de la siesta.

Extremadura, la puntilla del PSOE

Editorial de Libertad Digital

En unos días, extremeños, asturianos, castellano-manchegos, cántabros, baleáricos y aragoneses se habrán librado en sus regiones del nefasto mando de los socialistas. Falta ahora que todos los españoles podamos zafarnos del Ejecutivo más devastador, desacreditado e impopular de la historia de nuestra democracia.

domingo, 19 de junio de 2011

Ninguna necesidad de cultura

José Jiménez Lozano en La Razón

Un hombre no es cualquier cosa, y Ernst Jünger ha escrito con toda la razón del mundo, ante la afirmación siempre solemne de la posibilidad de la existencia de hombres en otros planetas, que quienes eso dicen no saben, desde luego, lo que es un hombre o no quiere que los hombres lo sean. Así son las cosas, y cada uno de nosotros, enfrentado a su fragilidad, pero también a su esperanza, sigue tratando de nombrar el mundo con palabras, de entenderlo, y asumirlo. Por la memoria, sabe que es el mismo del pasado, que los muertos fueron hombres, y, por la palabra y la memoria, sabe también que hay más realidad que la realidad de lo dado; que su mente puede ser esclarecida y el corazón conmovido por una palabra pronunciada y escrita hace siglos, y que él mismo puede ser hecho hombre realmente por esa palabra. La simbolización de la realidad, es verdaderamente en lo que consiste el hecho cultural, y su transmisión de una generación a otra resulta un dato objetivo de la constitución de lo humano. Y esto es precisamente lo que todos los montajes totalitarios han tratado y tratan de evitar a través de planes de educación e industrias culturales oportunas, como las llamadas «ciencia y cultura para el pueblo», ya ridiculizadas en «Bouvard y Pécuchet» de Flaubert, o criticadas con tanto amargor y lucidez por Simone Weil, porque constituyen la humillación del hombre, y su deconstrucción y desprecio. Así que todo está entonces en que esto nos importe o no, porque, si no nos importa, entonces, es cuando el saber no se necesita para nada, y «suerte has de tener, que de saber no has menester». Ya queda todo claro.

La estupidez

José María Marco en La Razón

En una de las asambleas de la Puerta del Sol, la gente escuchaba absorta cómo un indignado aseguraba que a los seres humanos –incluido a él y a los que allí estaban, sin duda– nos controlan unos seres que habitan el espacio exterior. Los asistentes aplaudieron levantado los brazos y moviendo las manos, uno de los signos de identidad de la Indignación, copiado, al parecer, de lo que enseñan a hacer a los pobres niños en las guarderías. Uno de los elementos menos comentados de todo este asunto es la infinita, la insondable oleada de estupidez que se nos ha venido encima. Está relacionada, por una parte, con la apoteosis de un modelo cultural vigente durante décadas y, por otro, con las famosas redes sociales. La estupidez forma parte de la naturaleza humana. Hasta ahora estaba reprimida, en el conjunto de la sociedad, o limitada en su cultivo de las vanguardias artísticas e intelectuales. Gracias a estas últimas –basta visitar un museo de arte contemporáneo o asistir a cualquier evento subvencionado– la estupidez ha ido cobrando un nuevo prestigio. Las redes sociales, modelo de democracia instantánea y directa, han hecho lo demás: lo que estaba reducido a una minoría que se complacía en su propia imbecilidad ha pasado a ser algo respetable, digno de emulación. Así que han saltado las barreras con las que los seres humanos intentábamos controlar nuestra irremediable tendencia a la estupidez. Hay quien piensa que el «chabolismo ilustrado» (sic) de Sol es una obra maestra y en cambio hay quien opina que no es digno de lo que ahí se ha escenificado, que sería la ceremonia del origen de la colectividad humana, alienada en el sucedáneo de comunidad que son los centros comerciales… Caín, nuestro gran dibujante de LA RAZÓN, lo ha dicho mejor que nadie: «¡Qué ganas tengo de ser mayor para recuperar mi infancia!».

Ucronía indignada

Ángela Vallvey en La Razón

Antaño, el socialismo creció desganado en España. Aquí molaba más Bakunin, un ruso colectivista y un poco masón partidario del pánico social, los atentados violentos y cierto terrorismo «misterioso» muy a la moda. Bakunin terminó retirándose a Suiza, como todo buen revolucionario, o millonario. En España, lo irónico es que la mayoría de las reformas «sociales» de la época las puso en marcha el partido conservador. El socialismo forense-parlamentario que practicaban los pocos diputados socialistas del XIX se dejó seducir por el anarquismo, mucho más popular… Hoy, el socialismo español le hace guiños al famoso 15-M; y algunos del 15-M agreden a políticos no socialistas. Pero en el siglo XXI, a diferencia del XIX, no hay líderes, sólo cabecillas antisistema. (Por cierto, ¿dónde está Rubalcaba? No me digan que a la cabeza de la «manifa» consuetudinaria…).