miércoles, 25 de mayo de 2011

El PSOE necesita algo más que un cambio de líder

Editorial de Libertad Digital

El PSOE necesita algo mucho más prioritario e importante que un cambio de líder, como también lo necesita España. El PSOE debe abandonar el radicalismo ideológico y la deriva nacionalista de la era Zapatero. Debe volver a ser un partido auténticamente nacional, con sentido del Estado y para el que la nación no sea un "concepto discutido y discutible"; un partido que abandone su sectarismo y su guerracivilismo para ser capaz de llegar a acuerdos con el otro gran partido nacional para hacer frente a la crisis económica y al nuevo envite nacionalista que se nos viene encima en el País Vasco.

Moción en las urnas

GEES en Libertad Digital

Los españoles plantearon al Gobierno de Zapatero una auténtica moción de censura en las urnas el pasado domingo. Y muy dura: el PSOE no sólo pierde, sino que pierde buena parte del poder autonómico y local que había atesorado desde la Transición democrática. El resultado es tan catastrófico para los socialistas que ha puesto en riesgo no solo la estabilidad del Gobierno, sino la propia supervivencia del partido que lo sustenta como fuerza política de ámbito nacional. En nuestra opinión, el fracaso de Zapatero puede tener la única y gran virtud de vacunar a España de socialismo por unas cuantas décadas.

Las elecciones han puesto en evidencia además la nula representatividad de las movilizaciones protagonizadas por extremistas de izquierda en la jornada electoral. Y eso que lo han hecho ante la indolencia de un Rubalcaba que se ha negado a cumplir los mandatos de la Junta Electoral de disolver las ilegales concentraciones. La participación, superior a la de comicios pasados, ha desautorizado por completo un movimiento que pretendía en última instancia deslegitimar la alternancia democrática. La voluntad de los ciudadanos se ha expresado con claridad y contundencia en las urnas para castigar a un Gobierno que ha hecho un daño inmenso a nuestra Nación y que ha dañado gravemente a familias y empresas españolas. El mensaje en las urnas es claro y rotundo: un voto de confianza a una alternativa que gobernará a partir de ahora la mayoría de las comunidades autónomas y las principales ciudades de nuestro país.

La página más amarga de estas elecciones es la vuelta de ETA a las instituciones democráticas del País Vasco y Navarra, sin que la banda terrorista haya anunciado su disolución ni sus cómplices políticos hayan mostrado arrepentimiento ni condenado un solo asesinato. Los representantes políticos de los terroristas se han convertido por la voluntad del Gobierno Zapatero en la segunda fuerza política en el País Vasco, pueden gobernar en más de un centenar de ayuntamientos y manejar millones de euros de dinero público al servicio de sus fines totalitarios y criminales. La presencia de ETA en los ayuntamientos vascos y navarros supone un retroceso de décadas en la lucha contra el terrorismo y pone en riesgo la propia victoria de la democracia española sobre el terror. Es una traición a las víctimas del terrorismo que nos resulta inaceptable.

El Partido Popular ha obtenido en estas elecciones una victoria muy importante. No solo en términos de poder territorial, sino también en la consolidación de su alternativa al desastre de Zapatero. Tiene ahora el difícil reto de no defraudar la confianza y la ilusión depositada por millones de españoles en unos momentos particularmente difíciles. En nuestra opinión, en este último tramo de legislatura Rajoy tiene la obligación de intensificar su labor de oposición para lograr la convocatoria de unas elecciones generales que son una necesidad cada vez más urgente, empezando por la imagen exterior del país. Por otro lado, en la campaña de las elecciones generales el candidato del PP a la presidencia del Gobierno deberá ampliar el catálogo de asuntos a tratar, dar mayor contenido a su discurso y generar ilusión de verdad. En la situación de emergencia que atraviesa España, Rajoy no puede sentarse a esperar que los socialistas se destruyan a sí mismos, porque en esa lucha partidista ambos pueden sumir al conjunto de España en un caos absoluto. Frente a esta tentación, nosotros tenemos claro que es la ocasión de hacer retroceder veinte años al Partido Socialista que ha hecho retroceder a España cuarenta.

Repugnante

Regina Otaola en Libertad Digital

Lo primero que debo decir es que siento una gran repugnancia por los resultados que ha obtenido Bildu. Porque estos resultados no han llovido del cielo –mejor dicho, del infierno–, sino que se deben a la acción de personas de carne y hueso que han depositado su voto conscientes de lo que hacían. En otras palabras, sabemos fehacientemente que una parte considerable de esta sociedad considera que es bueno premiar al que ha apoyado el tiro en la nuca, el coche bomba, la extorsión y el chantaje. Y que no digan lo contrario: Permach celebró el triunfo de y con Bildu al grito de "independencia" y "presos a casa". Son los mismos con distinto nombre. Y una gran parte de esta sociedad los apoya.

(...)

El futuro es incierto y nada esperanzador para quien no sea nacionalista. ETA ni se ha rendido, ni ha entregado las armas. Por perdonarnos la vida un ratito está recibiendo una gran cantidad de regalos envueltos en papel negociador. Los presos a la calle, Bildu a las instituciones y los ciudadanos ofrecidos como víctimas propiciatorias en pos de una claudicación disfrazada de paz; pero, eso sí, todos de la mano al son de la txalaparta.

Los que no estemos de acuerdo con ese futuro deberemos trabajar para que dure lo menos posible. Para ello es necesario un Gobierno central con una idea clara: al terrorismo no se le convence, se le vence. El PP tiene que ser ese Gobierno. Economía, sí; derrotar a ETA, también.

Son los de la porra

José Antonio Martínez-Abarca en Libertad Digital

Los "indignados" se han quitado por fin su careta, que tiene inequívoca vocación de pasamontañas. César Vidal no se equivocaba: en efecto, desde el principio eran la "banda de la porra" de la izquierda. Pero hasta las elecciones del domingo, queriendo sacar su rédito electoral, los "indignados" habían estado jugando, bien que con dificultades, a la convención burguesa del monólogo, ya que no diálogo, en vez de jugar a lo que les tira el cuerpo: el ejercicio de la violencia explícita. Naturalmente, todo en la primavera de los pardillos del #spanishrevolution ha sido, en todo momento, violento. Violencia ya era ocupar el espacio público, como violencia eran sus apropiaciones indebidas de la "soberanía nacional" (que decían representar ellos y sólo ellos) y de la "opinión pública", como si los que han votado a algún partido no tuviesen opinión o ésta debiese circunscribirse a lo privado, como la fe en tiempos de persecución. Pero ahora han pasado a mayores.

En mi pueblo, tras saberse los resultados electorales que condenan al PSOE a un cuasiextraparlamentarismo, los supuestos "transversales y pacíficos" del 15-M ya no han tenido por qué simular moderación. Como Superman, se han metido corriendo en sus sacos de dormir, arrancándose la gafapasta y el traje de faena del regeneracionismo (a más de abandonar la flauta y meter el perro en la perrera municipal) y saliendo de él con la inmarcesible camiseta negra del "Nunca Mais", dispuestos –y ya no en nombre de los berberechos con chapapote, como entonces– a que cualquier cosa que huela a democracia liberal no prevalezca en el planeta. La misma noche triunfal del PP volaron desde sus "vivacs" al hotel donde este partido celebraba los resultados para obligar a la Policía Nacional a mantener la ficción del "pacifismo". Dos días después, han tomado la sede de la televisión autonómica, 7RM, donde se emiten opiniones tan poco favorecedoras como las mías. No hace falta añadir que por supuesto lo perpetraron violentamente, porque, entre empellones, obligar a escuchar un manifiesto no solicitado a favor pero en realidad en contra de la libertad periodística ya es pura ultraviolencia. Ya que las urnas los ignoran, los bienaventurados pacíficos del 15-M (15 minutos de democracia y ni un minuto más) van a por el clásico de "Bildu": cuanto peor, mejor.

Dos de los tres promotores del 15-M reniegan de los decálogos totalitarios excretados en las acampadas, pero eso sólo indica que en realidad estas células nunca les han pertenecido. La propiedad de estos movimientos "espontáneos" corresponde a los de siempre. O sea, a los que meses antes de las elecciones autonómicas en mi pueblo persiguieron de forma oficiosa o "casual" (es decir, también oficiosa) a los cargos públicos del PP, agrediéndolos en varias ocasiones, y a la media hora de resolverse las elecciones vuelven a lo que saben hacer. Preparar el camino en Europa para una romántica dictadura bananera o, en su defecto, hacer que los votantes de Rajoy se lo piensen antes de salir de casa.


Oh, Sole mio!

Ángela Vallvey en La Razón

Ayer iba caminando por los aledaños de la Plaza del Sol, en Madrid, en dirección a «mi» casa, por «mi» barrio, el lugar donde vivo y pago impuestos. Iba distraída entre el móvil y mis demonios personales, que, es fama, son muchos y bastante pelmazos. Pronto me di cuenta de que alguien me increpaba. En principio, mi impulso inicial es pensar bien. Estuve a punto de dirigirle una amable sonrisa al tipo que me gritaba cuando observé que, sin lugar a dudas, trataba de intimidarme: «¡Tú, ‘‘fxtkw!’’, por aquí ni pases, ¡esto es territorio comanche!», me vociferaba el individuo, muy indignado. «Ah, es un indignado», cavilé (puede que sea lenta, pero al final pesco las indirectas de acoso y/o agresión, sobre todo si van directas a mi cuello). Le contesté «¡capullo!», y seguí andando. Ser libre –y salir por la tele– me ha «obsequiado» en los últimos siete años grandes momentos de violencia por parte de desconocidos que no soportan que diga lo que pienso y se consideran con derecho a ofenderme o maltratarme verbalmente. He pagado un alto precio por querer ser libre, y a estas alturas, ya no reparo en gastos. También he aprendido –con enorme dificultad– que debo defenderme, que no defenderme es un error gravísimo que engendra más violencia en mis agresores y en mí misma.

martes, 24 de mayo de 2011

De Irak a Bildu

Tomás Cuesta en ABC

Zapatero llegó al poder a lomos de la historia y ha vuelto a hacer historia al llegarle el momento de salir de naja. Si el 11-M fue un acontecimiento histórico, un punto de inflexión, un órdago cerril y un disparate planetario, es porque edificó un precedente trágico sobre las ruinas ateridas de una tragedia inenarrable. Fue la primera vez que un país democrático (un país respetado y, en teoría, respetable) se plegaba al chantaje de los carniceros y echaba mano sin rubor de la bandera blanca. Con la retirada de Irak, que era una opción legítima antes de que el horror acaparase el escenario, Zapatero, a lo tonto, debutó en los anales. Sin llegar a figura, se convirtió en un figurante. En algo así como una nota a pie de página en la historiografía de la infamia.

Al cabo de siete años, con el teatro hundido, el público insurrecto y la claque en desbandada, el eterno farsante continúa empeñado, contra viento y marea, en prolongar la farsa. Todavía es capaz de empeorar las cosas. No ha despachado aún el último capítulo de esta historieta aciaga. Hay margen todavía —¡ole mi Cid!— para, después de muerto, perder otra batalla. «But this is another story»… Tiempo habrá de contarla. La que se consumó anteayer es la que nos conduce desde la deserción de antaño a la traición de hogaño. Zapatero, en Irak, rindió el Estado al terrorismo. Ahora, a través de Bildu, se lo ha entregado a cuenta de una paz deshonrosa que remata a las víctimas y aviva a los victimarios. Se lo ha puesto en bandeja, en bandeja de plata. Y, si es que salva la cara, nos va a salir muy caro.

La atronadora victoria electoral de los aviesos taliboinas y los machacas filoetarras se sustancia, a la postre, en un descenso «ad inferos», en un retorno agónico a los abismos del pasado. «Un voto —decía Lincoln— es más fuerte que una bala». Pero a Gregorio Ordóñez le quitaron de en medio porque hoy mismo, ¿quién sabe?, quizá sería alcalde. Y lo mismo ocurrió con Miguel Ángel Blanco, con López de Lacalle, con Joseba Pagazaurtundúa... Válganos Dios, son tantos... ¿Es posible comprarse un lugar en la Historia enajenando tanta sangre?

Nada de esto se hubiera planteado sin la aquiescencia del Gobierno, la sumisión culposa del Constitucional y la actitud pacata, abúlica y titubeante de algunos dirigentes populares. Histórica. La del domingo, en efecto, ha sido una fecha histórica. Vamos, que, a fuerza de ser histórica, casi resulta insoportable. Fue la noche triste del señor Zapatero y la noche de Walpurgis de las libertades. Que la historia le juzgue y que le absuelva Pascual Sala.

Y ahora, ¿qué?

Ignacio Ruiz Quintano en ABC

Pobre pueblo, decía el sábado —con su Platón a cuestas— Gregorio Luri, el que se cree superior a sus políticos. Y llevaba más razón que un santo. Yo siempre he creído que Zapatero es la crema de la izquierda española (sólo hay que leer las frases de camiseta de la Puerta del Sol), y Rajoy, la crema de la derecha española. Ahora la ley del péndulo que mece a la democracia ha echado de una patada en el culo a Zapatero, que todavía tiene dos salidas para seguir jugando a estadista: la guerra de Libia y la impugnación de las elecciones del domingo por el aquelarre antidemocrático del sábado en la Puerta del Sol, sede del Gobierno que ha renovado brillantemente Esperanza Aguirre, con toda la secta progre en contra. «No debemos dejar paso a esos sectores casposos, llenos de rencor y sedientos de riquezas», había avisado desde Getafe, con la elegancia propia de quien está acostumbrado a intimar con Tácito, el profesor Peces. A lo que los madrileños, que empiezan a tener gracias a Zapatero una idea bastante aproximada de lo que es la pobreza, contestaron con sed de riqueza insatisfecha llenando de votos las urnas de la marquesa, bajo cuyo paraguas el profesor Peces podrá seguir llevando esa vida muelle que caracteriza a la Universidad española, donde con una lectura somera del librillo de Stéphane Hessel te las puedes echar de Althusser de Getafe que despacha consignas y artículos de fondo. Electoralmente, pierde peso Gallardón, pero poco, visto su empeño por convertir Madrid en la Kaohsiung (Taiwán) del Occidente, transformando las aceras en circuitos y velódromos, y las coquetas plazas burguesas, en desoladas explanadas para «performances» sesentayochistas inspiradas en el gazpacho metafísico del Althusser de Getafe, que nos ha hecho pasar de «Leer “El Capital”» a «Leer “¡Indignaos!”». Gallardón sigue sin entender que, por más que acaricie sus bolsillos con los cheques de la señora Claypool, para la izquierda siempre será un facha.

Viñeta de Montoro en La Razón

España sigue siendo de izquierdas

Manuel Llamas en Libertad Digital

Basta con observar la última encuesta sobre política fiscal elaborada por el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) en 2010. Así, en general, la mayoría de los españoles valora satisfactoriamente los servicios públicos y justifica el pago de impuestos para su mantenimiento; de hecho, el 45% opina que el gasto público en sanidad, educación y servicios sociales debería incrementarse, incluso si eso significa que haya que subir los impuestos (sólo el 4,1% defiende lo contrario, menos gasto y menos impuestos); el 73% defiende que se incremente la fiscalidad a las rentas más altas; el 56% considera que el Estado debe esforzarse más en perseguir el fraude tributario; el 81% piensa que engañar a Hacienda es engañar al resto de los ciudadanos. Por último, un par curiosidades: casi el 79% de los encuestados estudió en un colegio público y el 18% trabaja en la Administración.

Con estos mimbres se explican muchas cosas, como el hecho de que el PP de Génova se escore a la izquierda para tratar de cosechar votos en eso que algunos llaman centro político, y que no es más que la típica socialdemocracia; o que la educación –de nivel medio o superior–, al estar mayoritariamente bajo el control del Estado, se haya convertido en una máquina muy eficiente para pulir a medida "ciudadanos" sumisos, dependientes y favorables al statu quo, es decir, al poder político. Sin ir más lejos, el movimiento 15-M de la Puerta del Sol, pese a que algunos lo tildan de antisistema, no deja de ser otro reflejo, aunque más evidente, del poso izquierdista que todo lo impregna en España. Y es que, estos jóvenes, acompañados de parados, hipotecados, pensionistas y algún que otro contribuyente bienintencionado, protestan contra el poder político sugiriendo como alternativa mucho más Estado y menos mercado con el ilusorio fin de cambiar las cosas... ¡A peor!

lunes, 23 de mayo de 2011

Libertad y prosperidad

César Vidal en La Razón

El siglo XX constituyó una terrorífica sucesión de batallas libradas entre el socialismo y la causa de la libertad. El primero adoptó las más diversas y siniestras formas. Unas veces, fue internacionalista y se envolvió en la bandera roja; otras, fue nacionalista y llevó camisa negra, parda o azul. Sin embargo, en todos los casos sólo trajo violencia, miseria y supresión de libertad. En las últimas horas previas al final de la campaña electoral, Falange se sumó a los ocupantes de la Puerta del Sol. Es coherente porque el socialismo azul comparte buena parte de la cosmovisión económica del socialismo rojo y como él provocó la desgracia de millones de personas. En 1959, a dos décadas del final de la guerra civil, España se moría de hambre y estaba al borde de la quiebra fundamentalmente porque la ortodoxia económica oficial era la de la Falange de gente como Girón que no tenía la menor idea de economía, que rezumaba voluntarismo y que insistía en avanzar más todavía en la misma dirección con la que llevaba aplastando económicamente España desde hacía veinte años.

En 2011, España ha vuelto a entrar en el Top Ten de las naciones al borde de la quiebra simplemente porque llevamos siete años de política socialista salpimentada de alianzas con los nacionalistas. En 1959, España pudo salir adelante y comenzar el espectacular desarrollo de los años sesenta simplemente porque Franco decidió ser pragmático y aceptar una profunda liberalización económica pautada por el FMI y diseñada por los tecnócratas del Opus. En 2011, España sólo podrá salir adelante si liberaliza a fondo su economía y se libra como de la peor plaga de las aciagas recetas socialistas que nos han llevado, entre otras maravillas, a tener más de cinco millones de desempleados y un cuarenta por ciento de paro juvenil. Por supuesto, puestos a ocupar un espacio público, falangistas y antisistema, anarquistas y comunistas, socialistas y bilduistas –¡qué apoyo más revelador el de Bildu a estas ocupaciones!– pueden clamar contra el capitalismo, el liberalismo y el simple sentido común, pero es un hecho objetivo y repetido hasta la saciedad que sus recetas son las que siempre traen demagogia, pobreza y castas empeñadas en decir a los demás hasta cómo miccionar. Históricamente, la pobreza tiene su mayor enemigo en la libertad.

Se trata de la libertad de elegir y de contratar como quieren las partes y no como se le antoja a los liberados sindicales; la libertad para gastar el dinero como nos place y no como desean los burócratas; la libertad que deriva de esa propiedad privada que tanto molesta a los estatalistas; la libertad que viene de poder disfrutar unos ahorros no devorados por los impuestos o la inflación; la libertad de una educación escogida de acuerdo con la propia conciencia y no como se le pone en las insignias al comisario político de turno; la libertad para abrir empresas sin temor a que la quiebre la agencia tributaria, los ayuntamientos o las CCAA; la libertad para ir a una iglesia o no ir a ninguna; o la libertad incluso para acudir a los toros, fumar o hacerse vegetariano según nos apetezca. No lo entienden y no quieren entenderlo empeñados en que cuanto más recorten la libertad mejor nos irá. Se equivocan trágicamente. Sin libertad, no existe la menor posibilidad de prosperidad.

Viñeta de Esteban en La Razón

La agonía

Gabriel Albiac en ABC

Se acabó. El septenato necio terminó ayer. En la hecatombe electoral que hubiera debido consumarse hace tres años. La perpendicular da ahora sobre el vacío en el cual naufraga la máquina de acuñar votos que fue el Partido Socialista desde su reinvención en 1975 mediante aquella envidiable amalgama del dinero de la socialdemocracia alemana y del Departamento de Estado. Los inacabables años de corrupción y crímenes de Estado bajo González habían de mostrar hasta dónde puede llegar gente sin más objetivo político que el de enriquecerse deprisa y eternizarse en el Gobierno. Ocho años de normalidad gris bajo Aznar daban a pensar que, al fin, comenzábamos a sospechar lo que es la democracia: el aburrido sistema político en el quienes asesinan o roban en nombre del Estado van aburridamente a la cárcel. Luego, en el estupor que siguió al asesinato en masa del once de marzo de 2004, el poder cayó en manos de la gente más mortífera para un país civilizado: Zapatero es el cerebro de un adolescente no demasiado agudo, injertado sobre una ignorancia más allá de lo descriptible. Lo espantoso es que, tras la exhibición de eso a tumba abierta durante sus cuatro primeros años, el voto de 2008 volviera a darle en la urnas la presidencia, condenándonos ya irremisiblemente a la ruina en la cual hemos desembocado y que no hay manera de camuflar bajo retóricas de humanitarismo angelical, cantarín y faldicorto.

Waterloo

José García Domínguez en Libertad Digital

El rebuzno libertario del honrado pueblo, que diría don Ramón, ese motín de Esquilache con su inconfundible aroma a pachulí rancio y a naftalina del sesenta y ocho –el todo twitter a la espera de un Forrest Gump doméstico para echarse a correr tras él–, algo eclipsará el Waterloo del PSOE. Aunque, pese al batacazo, la impresión no es que la socialdemocracia naíf que todavía encarna el zapaterismo vaya a desplomarse al modo de la monarquía de Alfonso XIII. Tal que así, se antoja improbable el adelanto electoral que ahorraría al país el calvario de los minutos de la basura hasta marzo de 2012. Y será ésa una derrota no del PP, asunto que carecería de mayor importancia, sino de España, cuestión bien distinta. Ocurre, por lo demás, que el fervor por las jaimas de la plaza Tharir no es la exclusiva seña de identidad africana que arrastra la Península.

También la adhesión ciega, devota, incondicional, a "los nuestros", hagan lo que hagan, nos emparenta con la cultura política de las cavilas rifeñas y las tribus subsaharianas. Aquí, el tráfico de lealtades, el alegre trasvase de votos de una a otra sigla, resulta algo exótico; muy desusada extravagancia. Roben, hurten, prevariquen, mientan, piensen con faltas de ortografía o apesten a ajo, se está con los nuestros. Siempre. Pase lo que pase. Un atavismo que limita la posibilidad de alternancia a la abstención de la feligresía del contrario; que no otro ha sido el caso ahora. Y eso donde hay alguna querencia por el sufragio universal. Que si no es tradición de la plaza, como sin ir más lejos sucede en Cataluña, poco importarán los resultados.

La sociovergencia, o sea el Tinell tácito vigente desde la Transición, volverá a excluir a los no nacionalistas de la menor expectativa de pisar moqueta. Pierda toda esperanza, pues, Alberto Fernández en Barcelona. E igual hubiese ocurrido en Asturias, otro burgo podrido bajo custodia del caciquismo pedáneo, de no ser por Francisco Álvarez Cascos. En fin, constatada la más arrolladora de las victorias populares, ésa de Aguirre en la CAM, irrumpe con fuerza UPyD, acaso para conjurar el riesgo separatista en Madrid. Ah, y la gran noticia de la noche: se acabaron por fin los comunicados de ETA; a partir de ahora emitirá bandos de obligado cumplimiento.

sábado, 21 de mayo de 2011

Los extremeños se tocan

Bildu ve "similitudes importantes" entre su ideario y el Movimiento 15-M

Falange se suma al 15-M

Los 'indignados' de Sol censuran a los medios de comunicación

Zapatero no garantiza cumplir la ley: Interior actuará "con inteligencia"
Zapatero ha dicho que, si tuviera 25 años, estaría con los 'indignados' en la Puerta del Sol.


España regresa al 'top ten' de los países con mayor riesgo de quiebra


¿Nos desharemos alguna vez de toda la morralla extremista y anacrónica? ¿Entraremos de una puñetera vez en el siglo XXI? ¿Será alguna vez España una nación normal, seria y madura? Mientras, la escena seguirá dominada por quijotes y sanchos, iluminados y pícaros, tontos y vendedores de capirotes, revoltosos y pescadores en río revuelto... Es de temer que gane quien gane estas elecciones, y las siguientes, seguiremos viviendo la misma astracanada, el mismo esperpento. Y es que, queridos niños, España no tiene arreglo.

Indignaos

Juan Manuel de Prada en ABC

Hay quienes aventuran que la acampada de la Puerta del Sol está manejada entre bambalinas por la izquierda; pero la izquierda no necesita recurrir a tales manejos, por la sencilla razón de que el clima de la época está suficientemente anegado de sus consignas utópicas (consignas que luego se pasa por el forro de los cojones cuando gobierna). Y así, toda revuelta o protesta popular que surja en nuestra época tendrá infaliblemente una formulación «progresista», más o menos quimérica o desorganizada, pero «progresista» siempre. Porque esos chavales indignados son hijos de su época; y su carácter, su conciencia y, en general, toda su esfera interior (lo que los antiguos llamaban alma) han sido moldeados por la propaganda progresista, que es algo así como el líquido amniótico en el que han sido gestados, y la leche nutricia que los ha alimentado mientras fueron a la escuela o a la universidad, mientras veían televisión o navegaban por internet. Nadie necesita manipularlos, puesto que han sido previamente moldeados; y quien ha sido previamente moldeado en el progresismo, aun cuando revienta (o sobre todo cuando revienta), lo salpica todo de progresismo.

Así pueden comprenderse las palabras solidarias con que los socialistas acogen la acampada de la Puerta del Sol, que a simple vista pueden parecer cínicas. Y que sin duda lo son, pero de un modo mucho más alevoso y sofisticado de lo que a simple vista parece. Cuando Zapatero, Chacón o Pajín se precian de «comprender» a los chavales indignados actúan con la misma socarronería del ciego cabrón del Lazarillo, que después de descalabrar al protagonista con una jarra de vino se burla de él, mientras lo cura aplicándole vino en las heridas: «¿Qué te parece, Lázaro? El mismo vino que te enfermó te cura y da salud». Los socialistas saben bien que un empacho de consignas progresistas sólo puede concluir con una vomitona de consignas progresistas; y esto es lo que, a la postre, refleja la menestra de proclamas que se vociferan en la Puerta del Sol: un vómito de progresismo enfermo que sólo podría sanarse auténticamente renegando de la causa de sus males; pero tal sanación exige una «metanoia», un cambio de mente que quienes han sido moldeados en el progresismo no pueden acometer. Que ni siquiera pueden vislumbrar.

Sin embargo, en la naturaleza humana subyace siempre —no importa cuán anegada esté de propaganda, cuán moldeada por el clima corruptor de su época— una nostalgia de la belleza, el bien y la verdad. Y ese fondo es el que asoma, magullado, malherido, hecho trizas o añicos, entre la empanada mental de proclamas que los chavales indignados lanzan contra el «sistema» que los ha moldeado; proclamas cuyo lenguaje acata los códigos que el propio «sistema» les ha inculcado: democracia participativa, libertades ciudadanas, subsidios, financiación pública, etcétera; y todo ello aderezado con un emotivismo párvulo y efervescente. Que es como si el esclavo le pidiera a su amo que lo esclavice más amorosamente, que le brinde mejor techo y comida más abundante; requerimiento que halaga al amo sobremanera, pues cuando el esclavo reclama mejoras en las condiciones de su esclavitud está reconociendo que sin esclavitud no podría sobrevivir ya, que no hay vida fuera de la esclavitud. Y entonces el amo le dice al esclavo con sorna, mientras satisface sus peticiones utilizando como remedio la causa de sus males: «¿Qué te parece? El mismo vino que te enfermó te cura y da salud».

Sin tanques no hay paraíso

Tomás Cuesta en ABC

Entonces, en otro tiempo, cuando aún las palabras no padecían de anorexia, una revolución era un asunto serio e incluso respetable a veces. A veces, pocas veces. En cualquier caso, entonces, una revolución no era una revuelta. Ni un motín del montón. Ni una algarada brusca y pasajera. Era un tantarantán que descuajaringaba el mundo y ponía a la Historia en el disparadero. Era la apoteosis del realismo trágico y no el cuento de hadas que intentaban vendernos. Era, en definitiva, una palabra gruesa cuando aún las palabras no padecían de anorexia. Ahora, sin embargo, ya nada es lo que es, o, por mejor decir, no es sino lo que parece. La realidad se ha transformado en un «reality» que sólo rinde cuentas ante el plenario de la audiencia. Y la tragedia —tal y como pronosticaba Marx a rebufo de Hegel— sube a escena de nuevo reconvertida en sainete. ¿«Spanish Revolution»? ¡Qué fuerte, colega! Un chute de sangría alucinógena te coloca (o descoloca) mucho menos que ese estupefaciente utópico con el que trapichean en las teletiendas. Porque hete aquí que, de golpe y sin porrazos de por medio, la tropilla indignada, la turba vocinglera, los surferos del caos, los párvulos gamberros, se ufanan de sentar plaza, tras una rabieta impune, en el martirologio de la humanidad rebelde. Para el carro, Ben-Hur. Ahórrate los lobos, que se esfumó la nieve.

Se puede aceptar que desvirtúen una campaña electoral con el pretexto de la espontaneidad seráfica y los abracadabras de la red de redes. Se puede transigir, ya puestos, con que incorporen el himno del Madrid («veteranos y noveles», tatachín, «veteranos y noveles») a la banda sonora de la revolución pendiente. O con que entren a saco en El Rincón del Vago de Internet e hinchen la burra del ideario sandinista con los protocolos del abuelito Hessel a la hora de elaborar un manifiesto que, a fuerza de ser romo, impide meter el remo. No obstante, dando lo anterior por bueno, la Puerta del Sol no es la plaza Tahrir y la primavera árabe nos quedaría muy lejana aunque África arrancara al cruzar los Pirineos. El sarpullido de indignación que nos aqueja se encuentra más cercano a un fuego de campamento que al kilómetro cero de la nueva era pese al empeño denodado de los perros de prensa por sazonar el muermo de la sección política con toques de «trending topic», costumbrismo de urgencia y sociología versión 2.0.

Mas en Tahrir desborda la sangre derramada y en estos pagos, por suerte, lo que corre que se las pela es la cerveza. Sin tanques no hay paraísos revolucionarios y, por no haber, ni tan siquiera hay un Mubarak al que sacar a puntapiés de su ensimismamiento. Qué le vamos a hacer, la dicha nunca es completa. A no ser, por supuesto, que en un arrebato de lucidez pasmosa se decida que sí, que hay motivo, en efecto. Que un país con cinco millones de parados, con las finanzas públicas en situación de quiebra técnica, con la justicia hecha unos zorros y consumido por las corruptelas es imposible que fíe al porvenir lo que se niega en el presente. Demasiada responsabilidad para quienes acampan en la irresponsabilidad autista y la inocencia a pierna suelta. Para quienes se jactan de que ellos están de vuelta sin haberse arriesgado a traspasar la puerta.

¿Y la kermés heroica? Dejémoslo en verbena.

La economía asamblearia no puede funcionar

Juan Ramón Rallo en Libertad Digital

Aunque cada vez son menos, todavía los hay que defienden planificar asambleariamente la economía: democracia económica, lo llaman. Al cabo, ¿no sería más lógico que todos los ciudadanos votaran en común cuáles son los bienes y servicios que debe producir la comunidad? ¿Por qué eso ha de determinarlo un grupo de empresarios sin escrúpulos que sólo buscan su lucro personal? Se trata, sin duda, de un pensamiento instintivo –tal vez correcto en grupos humanos de tamaño muy reducido– pero extremadamente erróneo cuando se trata de hacerlo un orden social tan amplio y complejo como son las economías actuales (en realidad, la economía actual, pues gracias al libre comercio la organización económica es internacional).

Los problemas de la democracia económica son dos: los primeros surgen a la hora de seleccionar qué bienes deben ser producidos y los segundos a la hora de escoger cómo deben ser producidos.

¿Qué bienes deben producirse? La cuestión podría parecer sencilla: basta con que la Asamblea someta esta cuestión a votación popular y asunto resuelto; los bienes más votados serán los que pasarán a ser producidos. De acuerdo, pero deténgase un momento y mire a su alrededor: ¿se da cuenta de la enormidad de bienes distintos que le rodean? No se fije sólo en el ordenador, la mesa o el televisor. Piense en los pomos de las puertas, en las baldas de las estanterías, en los cojines del sofá, en el papel blanco (o reciclado) de los libros, en los tornillos que mantienen unidas las piezas que conforman la silla, en las diversas lámparas, bombillas o velas que lo iluminan, en las muy variadas prendas de ropa que lleva puestas o que tiene en su armario, etc. Y todo eso sin salir de casa... ¿Son muchos, verdad? Muy bien, pues ahora piense en todos los bienes que no le rodean porque ni siquiera se han llegado a producir o a imaginar. El número es inabarcable.

Una Asamblea que pretendiera sustituir al mercado tendría que someter a votación qué cantidad debe producirse de todos los bienes que ahora mismo podemos observar (para aprobarlos) pero, también, de todos aquellos que no observamos (para rechazarlos). Y tendría que hacerlo para todas las variantes de esos bienes. Cojamos las camisetas: las hay (o puede haber) rojas, verdes, azules, blancas, negras, estampadas (¿qué tipo de estampado?), de algodón, de lana, de poliéster (o una combinación de ellas), con el cuello redondo, con el cuello en pico, grande, pequeña, mediana, de buena calidad, de mala calidad...

El número de variantes para todos los productos es casi infinito: aquí tiene una lista, no especialmente exhaustiva ni detallada con respecto a la realidad, de todos los productos que deberían como mínimo someterse a sufragio. En otras palabras, la Asamblea –compuesta por toda la sociedad– debería pasarse debatiendo, deliberando y votando la mayor parte de su tiempo. Pues, si de igualar al mercado se trata, no debería tratarse de una votación mensual, anual o decenal, sino diaria, al minuto, continuada.

Parece claro que la sociedad asamblearia debería estar tan focalizada en votar (y en informarse sobre qué votar) que a duras penas podría dedicarse a producir. Por mera división del trabajo, la Asamblea tendería a encargarle la ardua tarea de escoger qué producir a algún planificador central, como sucedía en los países comunistas. Pero, ¿dónde quedaría ahí la democracia asamblearia? ¿Deberíamos contentarnos con consumir lo que ese señor, o grupo de señores, imagina que deseamos?

Sin embargo, el problema de elegir qué producir es meramente trivial al lado del de seleccionar cómo producir los bienes. De nuevo, en principio ésta parece una dificultad meramente técnica: una vez votado que hay que erigir una casa, el arquitecto y el constructor se encargarán de todos los detalles.

Mas el problema sólo es en parte técnico; en su mayoría es económico. Dado que los recursos son escasos, habrá que redistribuirlos entre los bienes que se ha votado fabricar. ¿Y cómo hacerlo? Por ejemplo, puede que la Asamblea haya decidido a la vez producir 10.000 litros de leche de vaca y 5.000 pares de botas de cuero, pero para manufacturar las botas habrá que sacrificar las vacas, con lo que nos quedaremos sin leche... a menos que criemos más vacas retirando trabajadores de la producción de, verbigracia, colchones. ¿Es preferible la leche, las botas o los colchones (o distintas proporciones de los mismos)? Pero los conflictos entre recursos no terminan ahí: recordemos que más producción de bienes de consumo hoy implica menos producción de bienes de consumo mañana (pues mientras fabricamos bienes de consumo no fabricamos bienes de capital); es decir, también hay que distribuir intertemporalmente los bienes de consumo a fabricar.

¿Debería la Asamblea someter a votación todos los millones de conflictos que surjan entre los usos competitivos de los recursos? Fijémonos en que esto no es un asunto técnico: los técnicos señalan qué recursos necesitan ellos para su línea productiva, pero no pueden valorar si esos recursos son más valiosos en otros procesos fabriles donde también son requeridos. En otras palabras, la Asamblea debería conocer al detalle todos los procesos técnicos y votar dónde cada recurso resulta más valioso. Y, de nuevo, esta tarea no es en absoluto delegable pues, ¿de qué modo podría saber un planificador central cuáles de los millones usos alternativos de los recursos prefiere la sociedad sin siquiera preguntarle?

Queda claro, pues, que la inmensidad de la información necesaria para someter la economía a una democracia asamblearia la haría del todo inviable. El mercado, por suerte para todos nosotros, funciona de un modo radicalmente distinto: no es la colectividad la que tiene que decidirlo todo, sino que cada individuo, de manera descentralizada, es el que tiene la opción de hacer sus propuestas de producción a la sociedad y someterlas en cada momento al sufragio continuado y permanente de los intercambios mutuamente beneficiosos. Cada individuo no tiene que conocerlo todo, sino que basta con que se especialice en una línea productiva muy concreta que atiende a un perfil muy determinado de consumidores.

Estos son los dos obstáculos económicos fundamentales que abocarían al fracaso a cualquier economía asamblearia. Luego hay otro problemilla menor, que no interesa en absoluto a la izquierda pero que sí debería concernirnos a los liberales: la hipótesis implícita a todas las votaciones asamblearias anteriores era que todos los individuos se sometían sin rechistar a los designios de la Asamblea. Si ésta establece que hay que extraer hierro de una mina profundísima para fabricar los motores de los automóviles que se ha votado fabricar, alguien tendrá que extraerlo aunque nadie quiera. Es decir, el tiempo de los distintos miembros de una comunidad pasa a ser un recurso que la Asamblea distribuye como ella escoge: no hay espacio para la libertad, pues la libertad –la autonomía de negarse a realizar la función encomendada por la Asamblea– resulta equivalente a sabotear el plan de producción que ésta ha trazado.

Mucho me temo que la tan democratizadora economía asamblearia es igualita a una tiranía política: miseria generalizada y nula autonomía personal. Todo lo contrario, por fortuna, de lo que ofrece un mercado libre.

Sordos

Maite Nolla en Libertad Digital

Lo que si me gustaría saber es por qué el Gobierno ha dicho que no sólo va a escuchar a los acampados, sino que sus propuestas son posibles. ¿Dónde ponemos el listón? ¿En el número? ¿En que son de izquierdas? ¿En que son muy simpáticos? ¿Por qué?, que diría Mourinho. Las víctimas del terrorismo también han salido y seguirán saliendo a la calle y el Gobierno siempre ha considerado que sus manifestaciones debían clasificarse por defecto en la extrema derecha.

Enemigos de internet y de la libertad

Antonio José Chinchetru en Libertad Digital

El pasado 17 de marzo se celebró, con más pena que gloria, el Día Mundial de Internet. Se trata de una de esas tantas jornadas absurdas que sólo sirven para que algún político se fotografíe y alguna organización monte actos patrocinados con dinero de los contribuyentes entregado por alguna administración, por ejemplo el Ayuntamiento de Madrid. Para hacer honor a la verdad, este año también ha servido para que uno de los medios digitales oficiales de la dictadura castrista –ese régimen tiránico que, entre otras cosas, prohíbe que sus ciudadanos se conecten a la red– mezcle churras con merinas y muestre su apoyo a los "indignados" de Sol con una pieza propagandística digna de entrar en una antología del absurdo. El texto en cuestión se titula Policía en Madrid homenajea el "Día mundial de Internet".

Ya en años anteriores hemos tratado sobre esta cuestión en este mismo espacio digital, pero hay temas que por mucho tiempo que pase apenas cambian y merecen ser recordados. Mientras dirigentes de organizaciones, algún bloguero insigne y políticos varios buscan la fotografía o el titular, la libertad en la red sigue siendo un sueño en numerosos puntos del planeta. Como señalaba Reporteros Sin Fronteras con ocasión del Día Mundial contra la Censura en Internet (una jornada que me merece más respeto por estar destinada a denunciar a los tiranos):

Los países más represivos de la red que merecen ser considerados "Enemigos de Internet" son aún este año: Arabia Saudita, Birmania, China, Corea del Norte, Cuba, Irán, Uzbekistán, Siria, Turkmenistán y Vietnam. Ellos combinan con frecuencia: el filtraje severo, los problemas de acceso, la persecución de ciberdisidentes y la propaganda en línea.

Con la Ley Sinde y las absurdas sentencias dictadas por algunos jueces españoles, por estas tierras ibéricas andamos mal. Y lo mismo podemos decir de EEUU en el caso de que triunfen algunos planes del Gobierno de Obama. Pero nada que se pueda comparar con lo que ocurre en numerosas dictaduras, sobre todo comunistas y de países musulmanes. Aquí al menos no hay ciberdisidentes encarcelados, la libertad de expresión se mantiene en unos niveles relativamente aceptables y no hace falta obtener un permiso del Gobierno para conectarse.

Es algo que deberían tener, además, en cuenta quienes pretenden comparar la Puerta de Sol con las revueltas en el mundo árabe. Además de la brutal (y fundamental) diferencia de que en España nadie ha sido asesinado por las fuerzas de seguridad por acudir a las manifestaciones (mientras que en Siria suman varios cientos, en Egipto también hubo víctimas y en Túnez ocurrió lo mismo), internet es aquí una herramienta libre no censurada. Esto no se puede decir de los países norteafricanos y de Oriente Medio. Antes de caer en comparaciones absurdas, periodistas e "indignados" deberían reflexionar un poco. Al no hacerlo insultan a las víctimas de los mayores enemigos de internet... y de la libertad.