
Viñeta de Montoro en La Razón
Ser obsesionado con la modernidad como todo buen provinciano, nuestro entusiasta discípulo de Pettit acabará sus días –políticos– abrazando, ¡ay!, la doctrina más chusca de las más chuscas repúblicas bananeras. He ahí Rubalcaba, al modo de Torrijos o Noriega en Panamá –y de tantos espadones latinoamericanos–, encarnación canónica de la figura del "hombre fuerte". El patriarca que mueve los hilos en la sombra, ese gran clásico tercermundista tan caro a las estampas de sofocante decadencia tropical de las novelas de Graham Greene.
Malos tiempos para la lírica socialdemócrata. En los minutos de la basura previos a los idus de marzo, el doctor Jekyll y míster Alfredo vendrán llamados al más difícil todavía. Con una boca –la pequeña– habrán de avalar las reformas, ese eufemismo piadoso, edulcorante retórico a fin de designar el ajunte duro y sin anestesia que reclama Bruselas; trabajo sucio que preferirían delegar en Rajoy. Con la otra, tratarán de apuntalar los restos de un discurso de izquierda que evite la fragmentación aún latente de su base social. Lo más parecido a un guión de Misión imposible. A fin de cuentas, la derecha, apolítica por naturaleza, siempre podrá sobrevivir con la cosa pública reducida a prosaica contabilidad social, rutinaria administración burocrática de personas y cosas. Sin embargo, para la izquierda, como bien supo ver Tony Judt, la cabeza mejor amueblada que le quedaba, eso es la catástrofe.
Huérfana de una narración histórica desde la caída del comunismo, desprovista al tiempo del menor horizonte utópico, apenas le resta la miseria intelectual y moral del pequeño politiqueo cotidiano. Un terreno en el que sus señas de identidad han terminado desvaneciéndose por completo. Razón última del horror vacui que se deja entrever tras la enternecedora ingenuidad algo kitsch de los indignados de Sol. Así, bajo ese escenario donde se representa el cuento del malvado Alfredo y la princesita destronada, acaso se esté produciendo un movimiento de placas tectónicas en la izquierda sociológica; una desafección larvada que podría llevar a la fractura de la hegemonía del PSOE en un territorio sentimental que creía suyo. Sea como fuere, contener ahora mismo la hemorragia solo admite una terapia de choque: el adelanto de las elecciones a otoño. Previa solemne inhumación del difunto, huelga decir.
Carmen Chacón estaba convencida de ser todo lo que le habían dicho que era. Pese a que esa certeza sólo emanaba de palabras ajenas. Armada con esa fuerza que consideró suficiente, se creyó capaz de afrontar el gran reto. Como se ha visto, ni ella es lo que le habían dicho, ni su fortaleza era más que presunción. No aguantó ni un asalto de los profesionales. Creía haber llegado por mérito propio a inverosímiles glorias y se creyó capaz de este desafío. Parece mentira que, tan bien asesorada en cuestiones de imagen, nadie le advirtiera que ya no le serviría la apariencia. Necesitaba sustancia para resistir a aquellos a quienes desafiaba con sus ambiciones. Y la pobre mujer tuvo que ver que carece de ella para tamaña empresa. No sabemos cuál fue el «argumento» que quebró su ambición y pretensión. Que la llevó a renunciar a algo que ya había decidido. No es plausible que fuera sólo una amenaza genérica de tipo político. Mucho menos una apelación a la solidaridad con los triunfadores de la operación. Su frenazo en seco y su profunda contrariedad son fruto de un golpe inesperado. Es producto directo del miedo. A la ministra le metieron miedo. De una forma brutal, efectiva y eficaz. El daño que se le expuso como represalia si no cambiaba de actitud y se negaba a la enmienda era excesivo para esta chica, tan sobrevalorada que había acabado engatusada consigo misma. Veremos «cosas maravillosas» decía con voz de princesa de teatro de pueblo hace unas semanas. Y vio cosas inimaginables cuando los profesionales dejaron claro que se habían acabado las tonterías. Y le hicieron ver a la princesita popular que tenían todo el poder sobre ella. El requerido para imponerle unos planes que eran los contrarios a los propios. En el fondo, más allá de nuestra imagen y la personalidad propia que cultivemos, somos lo que creemos. Nuestro fondo de resistencia, de lo que daba en llamarse el honor, sólo puede medirse por lo que somos capaces de sacrificar en su defensa.
Nadie le puede pedir a esa joven madre una firmeza heroica de carácter y convicciones que hubiera sido necesario para ir al enfrentamiento total con Rubalcaba y sus agentes. Y asumir las represalias que le habrían anunciado. Pero si pensaba que su opción era la justa y la otra tan condenable como nos dio a entender podía haber superado el miedo a las amenazas y haber puesto a los socialistas y a la sociedad española por testigos. La fragilidad de personas y convicciones hacen quiméricos estos desafíos. Por eso el miedo es el mejor argumento para algunos poderosos. El miedo a la liquidación social, al oprobio y al desprestigio es su mejor arma en la política. Es tan efectiva como el miedo a la cárcel, al pelotón o a la brigada al amanecer. Y de aplicación universal con muy pocas excepciones. No son muchos los seres libres del miedo por la firmeza de sus convicciones. Son almas irreductibles, como Mijail Jodorkovski, en su día el hombre más rico de Rusia, que lleva ocho años en una remota cárcel de Siberia. Podía haber tenido una vida de lujo ilimitado de haberse sometido a las reglas de la mafia del presidente Putin. Como los demás magnates. Él se negó e intentó crear una alternativa política a Putin. Le advirtieron una y mil veces que respetara el código amoral. Se negó, lo pagó y lo paga. La historia brilla con humanos de esta talla. Ante los que el miedo fracasa. Pero claro, ya estamos hablando de otra cosa.
El bucle se ha cerrado. Detrás de Zapatero no venía el postzapaterismo sino el prezapaterismo. El viejo orden tardofelipista, el retorno al socialismo con barba. La caída a plomo del presidente, certificada en la catástrofe electoral del 22-M, ha cerrado con una involución el camino de la sucesión posmoderna que había previsto en su líquida hoja de ruta. Se acabó el experimentalismo gaseoso, el feminismo de Vogue, el relativismo ideológico, la gestualidad posmoderna, el optimismo antropológico, el pensamiento débil, el ensueño juvenil de la democracia bonita y del paradigma buenista. Ahora toca el malismo pragmático de la intriga rubalcabiana, la socialdemocracia convencional, el unitarismo federalista, el sindicalismo clásico, la responsabilidad previsible, el peso específico de la experiencia de poder. La conjura de los barones del partido ha evaporado de un golpe la evanescencia flotante del discurso zapaterista, válida sólo en los tiempos felices de una prosperidad disipada y de una sociedad alegre. En medio de la zozobra social, la quiebra económica y la desconfianza moral, los pretorianos socialistas han decidido rescatar sus perfiles severos y apelar al concepto de madurez y cautela que encarna el veterano y maniobrero superviviente del gonzalismo tardío. Rubalcaba será o tratará de ser el espejo centroizquierdista de Rajoy: un hombre sensato y cuajado del que se puede esperar cualquier cosa menos una frivolidad.
El putsch de los coroneles no sólo ha basureado a Zapatero despojándolo de su liderazgo y obligándole a apartar a su albacea favorita, la ministra Chacón, sino que viene a arrinconar sin contemplaciones su inconsistente modelo político. Un modelo —un estilo, más bien, porque carecía de fundamentos sólidos— que nunca fue del agrado de la nomenclatura clásica del partido, obligada a aceptarlo mientras funcionó como combustible de la maquinaria electoral. El cataclismo de mayo ha soltado de golpe los livianos pernos que sujetaban el zapaterismo a la tradición socialdemócrata y lo ha dejado a la deriva de su propio fracaso. Para la reconstrucción forzosa —y precipitada— del cuarteado edificio del PSOE su núcleo dirigente ha exigido el regreso de la vieja guardia experta en albañilería política. Sin tiempo ni frescura para elaborar una síntesis de ideas han optado por acogerse a ciertos valores seguros; han vuelto al orden de los abuelos para evitar que la maltrecha herencia pasara a los nietos.
Es la apuesta por el fondo de armario frente al fashionismorepentinamente pasado de moda. El riesgo consiste en su evidente olor a naftalina polvorienta. Pero la intemperie a que ha quedado expuesto el socialismo tras su aparatoso descalabro territorial aconseja a los viejos de la tribu proveerse de sólida ropa de abrigo. Fuera del poder —lo dijo González, el referente implícito de esta vieja-nueva etapa—, hace mucho, pero que mucho frío.
Uno puede entender que los poderes públicos establezcan requisitos para que los centros docentes se beneficien de ayudas; pero tales requisitos no pueden ser arbitrarios, ni regirse por el más despepitado sectarismo ideológico, que disfraza el mismo odio despechado que la zorra de la fábula dispensaba al racimo de uvas que no podía alcanzar: odio, en primer lugar, a la excelencia; y también odio hacia una escuela que se resiste a ser convertida en el corruptorio oficial y en la fábrica de votantes en que nuestros sectarios pretenden convertir la escuela pública. La escuela diferenciada es la primera pieza que estos sectarios pretenden cobrarse; después vendrá la escuela concertada católica, no importa que sea mixta o diferenciada.
Si bien fueron los radicales de izquierda los que empezaron la protesta con una receta comunista como solución, en medio del eterno romanticismo por las revoluciones alimentado en y por los medios de comunicación, de pronto también surgió el despertar del español común y corriente, harto de pagar cada vez más impuestos; harto de ver cómo los políticos salvan a los bancos con el dinero del contribuyente para que después esos mismos bancos le embarguen al contribuyente su vivienda y lo dejen en la calle; harto de ver que, mientras que la inflación se come sus ahorros y los políticos hunden al país en más deuda soberana, los influyentes se codean con los políticos y ambos salen más ricos; harto de peores servicios; harto del insoportable statu quo. Pero, lamentablemente para el futuro de España, esa protestona mezcolanza de espontáneos rojos, antisistema, okupas, jubilados, desempleados, padres de familia, gente de buena voluntad y otros pide como solución menos mercado y más Estado: la receta perfecta para la argentinización de España.
Morán sigue a pies juntillas un estudio de la Asociación Estatal de Directores y Gerentes de Servicios Sociales, que sostiene: "si todos los que tienen derecho a una ayuda que están en lista de espera estuvieran atendidos, podrían contarse 45.501 empleos más y 52.355 cotizantes a la seguridad social". El presidente, José Manuel Ramírez, apunta: "La Ley de Dependencia (...) genera empleo y mejora la calidad de vida de 700.000 personas con una inversión de apenas el 0,5% del PIB". Morán añade: "El estudio muestra esos mismos datos por comunidades autónomas, de tal forma que las que tienen una lista de espera más abultada estarían impidiendo la creación de más empleos" [en cursiva en el original]. La conclusión se deduce lógicamente de lo anterior: si basta con aumentar el gasto público para generar miles de empleos, aquellas autoridades que no lo hagan estarán impidiendo reducir el paro.
Es raro: esos malvados que impiden la creación de más empleos porque no aumentan el gasto público no pueden limitarse a las autonomías. En España hay cinco millones de parados: ¿estaría doña Carmen dispuesta a condenar a Rodríguez Zapatero porque está impidiendo la solución de este gravísimo problema, que se lograría aumentando el gasto público?
Independientemente de si simpatiza o no con los socialistas, lo que parece claro es que doña Carmen está informando mal sobre el asunto. Es imposible que el mayor gasto público genere empleo, y no sólo porque, si así fuera, los gobiernos que más gastaran serían los mayores amigos de los trabajadores. Hay algo más de fondo, un asunto capital sobre el que doña Carmen no vierte ni una sola reflexión: el gasto público no es gratis.
Si esta realidad no es ignorada, entonces todo el edificio montado sobre su negación se derrumba. En efecto, si el gasto público no es gratis, entonces los efectos positivos de su desembolso deben ser contrapuestos con los efectos negativos de su recaudación. Doña Carmen: si usted cree que el dinero público crea empleo cuando es gastado, el mismo razonamiento la llevará a concluir que destruye empleo cuando es recaudado. Le ruego que lo tenga en cuenta en su próximo artículo.
Y por último, le ruego también que considere que la Asociación Estatal en la que usted se apoya tiene algún interés en que el gasto público aumente. Con estos elementos en consideración, se divertirá usted con ese comentario de su presidente sobre lo estupenda que es la Ley de Dependencia, con esos magníficos resultados y "con una inversión de apenas el 0,5 % del PIB". Dice apenas como si el 0,5% del PIB no fuera nada, como si fuera una inversión de verdad, respaldada por ahorro voluntario, y como si ese 0,5% del PIB no pudiera generar realmente más empleo y más calidad de vida si su destino fuera decidido libremente por los ciudadanos en vez de por los políticos y los lobbies que a su socaire medran.
Todos pensaban –y continúan pensando– lo mismo, pero solo Churchill se atrevió a decirlo en voz alta. Tras aguantar cinco minutos escuchando perorar de política al ciudadano medio, se requiere una fortaleza de espíritu en verdad sobrehumana para seguir creyendo en el sufragio universal. De ahí la gran virtud, acaso la única, de los partidos españoles, igual los grandes que los pequeños, a saber, ninguno se rige por principios democráticos. Como por cierto acontece en el resto del mundo, sin excepción conocida. Y que no me vengan con el cuento de Estados Unidos. Lo de allí son consorcios de mercadotecnia electoral, no partidos; carcasas vacías que moran en el limbo y se activan durante unos meses cada cuatro años, justo el tiempo preciso que requiere organizar la logística de las campañas; ni un minuto más.
Ocurre que el poder se quiere oligárquico por definición. Y admitirlo sin escándalo mayor constituye rasgo inequívoco de que al fin se ha entrado en la vida adulta. Por lo demás, ese sucedáneo chusco del mito del buen salvaje, la leyenda del militante de base como depositario de no se sabe qué prístinas virtudes civiles, es fantasía que ni los niños de Sol pueden creerse. Aunque solo fuese porque al célebre militante de base le pasa lo mismo que al Chupacabras y a la nación catalana: ni existe, ni ha existido nunca. Al cabo, nuestros partidos domésticos encarnan poco más que redes de lealtades clientelares engarzadas a través de pactos entre clanes y fratrías. Nada demasiado distinto a lo que ocurría en tiempos de la Restauración.
Las elites se cooptan mientras que los peones de brega de las bases parasitan los escalones inferiores de las administraciones bajo su usufructo. Y quien pretenda ir por libre, más pronto que tarde, deberá vérselas ante esa reedición posmoderna del Santo Oficio que responde por Comité de Disciplina. Así las cosas, mejor habría hecho Barroso releyendo Miau, de Galdós, antes de redactar el consternado de profundis que nos declamó Chacón al ser informada de que los Reyes son los padres. Rubalcaba ha matado una mosca a cañonazos. Pero la genuina caza mayor comienza ahora. En la cúspide nada más cabe uno. Y cuando despierte de su triunfo ya no querrá que el dinosaurio siga ahí.
¿Qué te ha hecho o dicho Rubalcaba para que tuvieras que anunciar entre lágrimas tu decisión de no concurrir, Chacón?
¿Acaso te has encontrado, al abrir algún baúl, la cabeza ensangrentada de tu caballo favorito?
Venga, Alfredo, cuéntanos: ¿qué oferta les has hecho a Chacón y a Zapatero que éstos no han tenido más remedio que aceptar?
Cuando la quema de conventos, bibliotecas y centros de enseñanza por las izquierdas a poco de empezar la república, Azaña impidió que el Gobierno cumpliese e hiciese cumplir la ley. Y, orgulloso, a las cuatro de la noche, "Llevé a Maura al balcón, le mostré la Puerta del Sol, y le dije: ‘¿Ve usted? Nadie. ¿Cuál sería ahora nuestra situación y la de la República si hubiese ahí tendidos unos cuantos muertos?’".
La anécdota refleja muy bien la frivolidad y necedad del Azaña político: se había convertido en cómplice de una masiva vulneración de la ley en lugar de defenderla, so pretexto de que podría haber algún o algunos muertos. No tenía por qué haberlos, desde luego, pero ese es un riesgo que un gobernante debe asumir, por su propio compromiso, o dimitir. Otro problema era que toda la demagogia de los republicanos incitaba a tales cosas, de las que luego querían hacerse los desentendidos. Las consecuencias fueron que la república se inauguró con una grave quiebra del Estado de derecho, la cual dividió moral y políticamente al país; y que, establecido el precedente de la impunidad, la república ya solo subsistió a trancas y barrancas con leyes tan brutales como la de Defensa de la República, censura y estado de excepción casi permanentes. La guerra civil vino, en última instancia, porque la base de la paz cívica, que es el respeto a la ley, fue pisoteada desde el principio y con creciente gravedad por las izquierdas.
El actual deterioro del Estado de derecho comenzó cuando Alfonso Guerra decretó el fin de la división de poderes y Felipe González intentó imponer una "ley anti difamación" para proteger la oleada de corrupción de su partido y utilizar el poder judicial a su favor. Un proceso de corrosión paralelo fue la "salida política" para los etarras –que convertía el asesinato en un modo premiable de hacer política–, combinada con el GAL. Aznar frenó, insuficientemente, el deterioro, pero con el funesto presidente actual ha llegado la quiebra: colaboración abierta con la ETA, corrupción de jueces y del Tribunal Constitucional, ley totalitaria de "memoria histórica", leyes perversas contra la familia y la vida humana, etc. Todo lo cual deriva lógicamente de las ideas de base de estos individuos que se consideran "rojos", de las viejas demagogias nunca del todo abandonadas, de su desprecio por España...
La situación puede resumirse en los últimos episodios: unos miles de descerebrados desafían la ley y el Gobierno se hace cómplice de ellos. ¿Y cómo podría ser de otro modo si el responsable del orden público es mucho más delincuente que los descerebrados, como colaborador y chivato de la ETA, portavoz del GAL y primer transgresor de la llamada jornada de reflexión? Repito lo de siempre: o la democracia acaba con estos delincuentes o estos delincuentes acaban con la democracia.
El anuncio de Rodríguez Zapatero de que no se presentará a la reelección como candidato de su partido a la presidencia del Gobierno y su desastre electoral no despejan las dudas sobre la continuidad de su proyecto político, al menos hasta la convocatoria de elecciones generales. Ahora de lo que se trata es de si el PSOE persiste o no en él.
Varias han sido y son las interpretaciones sobre la empresa política y la índole intelectual y moral, valga la exageración, de Zapatero. Entre ellas, el «buenismo», el «pensamiento Alicia», la improvisación permanente, la ausencia de proyecto, la ingenuidad utópica. Algunas aciertan, pero solo en parte. En realidad, sea obra suya o no, y más bien cabe conjeturar lo segundo, existe un proyecto político muy bien definido y, en gran parte, consumado. Sus consecuencias quizá solo en parte serán reversibles.
La naturaleza del proyecto consiste en la transformación moral radical de la sociedad. No se trata de un ingenuo u oportunista improvisador. Está orientado por el relativismo ético, pero acaso se trate de algo aún peor. El relativismo es quizá el medio, pero no el fin. Este fin es más la inversión de la jerarquía natural de los valores que su mera disolución. Al cabo, se trata, en muchos casos, de que lo inferior ocupe el lugar de lo superior, y lo malo el de lo bueno. Si estoy en lo cierto, se trata de un proyecto de ingeniería social, es decir, de conformación de la sociedad a la medida de los valores (o contravalores) del Gobierno. Ignoro si todo su partido lo respalda, aunque lo dudo, pero lo cierto es que los discrepantes son o escasos o silentes.
Los ejemplos son notorios. La crisis económica, solo en este sentido providencial, no ha hecho sino aminorar la intensidad del desmán. La nómina es conocida, aunque demasiadas veces se mire hacia otro lado, como si no se quisiera ver la realidad. La nueva legislación del aborto ha transformado un delito en un derecho de la mujer, solo limitado por un plazo arbitrario. La nueva asignatura de Educación para la Ciudadanía, que muy probablemente contraviene el derecho de los padres a elegir la educación religiosa y moral de sus hijos, entraña una usurpación del Gobierno, cuya misión es garantizar el ejercicio del derecho a la educación, pero no determinar su contenido antropológico y moral. La regulación de la experimentación con embriones y la reproducción asistida asesta un golpe decisivo a la dignidad de la vida. Algo más renuente se encuentra, aparentemente, el Ejecutivo sobre la legalización de la eutanasia. Ha elegido, de momento, una vía vergonzante: la regulación de los cuidados paliativos y la «concesión» de un nuevo derecho: el derecho a la muerte digna. Como si hasta ahora el encarnizamiento terapéutico fuera una exigencia legal y la práctica médica no se preocupara de la administración de los cuidados paliativos; como si la legislación actual nos condenara al deber de una muerte indigna. La consideración como matrimonio de las uniones legales entre personas del mismo sexo ha destruido la concepción tradicional del matrimonio y la familia. La legislación sobre la «memoria histórica» entraña una ruptura de la concordia nacional y un agravio al derecho a la libertad de investigación y de expresión. Y ya está preparado el proyecto de ley de no discriminación e igualdad de trato, de naturaleza totalitaria.
Estos son los elementos principales de este proyecto de ingeniería social, que persigue la modelación de la sociedad y sus costumbres a los dictados del poder político. Un poder que, por cierto, nunca ha obtenido la mayoría absoluta, que sí lograron González y Aznar. Sus raíces ideológicas quizá se encuentren, si es que se encuentran en algún lugar, en el nihilismo derivado del posestructuralismo francés. Y su objetivo es el combate contra el cristianismo y el liberalismo (y no cabe olvidar a este último). Todo proyecto de ingeniería social es enemigo de la libertad. Este lo es también del cristianismo, y, más concretamente del catolicismo. Se trata de derruir los fundamentos católicos de la sociedad española, por más que se invoque solo la aconfesionalidad del Estado y la libertad religiosa.
Y, de manera solo aparentemente paradójica, se ataca a la libertad mientras se reconocen «nuevos derechos». Por lo demás, los derechos no son creaciones ni concesiones del Gobierno, como si se tratara de un nuevo señor feudal democrático que dispensa derechos a sus vasallos agradecidos. Los derechos solo se reconocen y garantizan, pero no se crean. Además, esta apoteosis de los derechos los convierte en enemigos de la libertad. Y no es extraño. Kant afirmó que tener un derecho es tener la capacidad de obligar a los demás. Todo derecho entraña deberes y obligaciones para uno mismo y para los demás. Desde el aborto al aire limpio. Si abortar, contra todo derecho y razón, se convierte en un derecho, generará obligaciones para el personal de la Sanidad y, en general, para toda la sociedad. Si uno tiene derecho a no aspirar humo de tabaco ajeno, se limitará necesariamente el derecho a fumar en espacios públicos. Y así podríamos continuar con otras limitaciones a la libertad, unas justificadas y muchas no, en el nombre de los derechos Los deberes se cobran así su venganza, y el dispensador de derechos se convierte en generador de cargas y obligaciones.
Quizá no exista un síntoma más rotundo de que un gobierno se desliza por la pendiente que conduce al totalitarismo que su pretensión de erigirse en autoridad espiritual. Y esto se manifiesta en su designio de que las leyes por él aprobadas, no por cierto las aprobadas por la oposición cuando estaba en el poder, constituyen la única y verdadera moral exigible a todos. Todo gobernante autoritario pretende que su Derecho se convierta en moral. No quiere rivales. El poder temporal pretende suplantar hoy al poder espiritual. Y esto solo es posible cuando el poder espiritual está vacante.
Ortega y Gasset afirmó en La rebelión de las masas que Europa se había quedado sin moral. Parece que seguimos así, pues, si la hubiera, no podría fabricarla a su antojo el Gobierno. Al final del segundo volumen de La democracia en América, afirmó Tocqueville que las naciones democráticas de sus (nuestros) días no podían evitar la igualdad de condiciones en su seno, pero que de ellas dependía que la igualdad condujera a la libertad, la civilización y la prosperidad, o al despotismo, la barbarie y la miseria. De nosotros, me refiero a los españoles, depende, pero mucho me temo que hayamos emprendido el camino equivocado. Pero el futuro no está determinado, y podemos cambiar el rumbo. Mas conviene advertir que no se trata solo de un cambio de Gobierno, con ser este necesario y urgente, sino de algo mucho más profundo y difícil: la restauración de la moral. Por eso, el único modo de combatir el proyecto de ingeniería social consiste en emprender otro proyecto alternativo de regeneración intelectual y moral. La política, imprescindible, vendrá después y de suyo. Están en juego la libertad, la civilización y la prosperidad.
Si en mis días de Facultad no me perdí nada, las cosas, hoy, serían como sigue: sólo la izquierda es democracia; todo lo que no sea izquierda es fascismo; luego España es fascista.
¿Y la ley?
—La ley es la organización de la violencia destinada a dominar a una cierta clase.
Eso decía el delegado de curso en la Facultad y eso ha animado a Rubalcaba a echarle morro a lo de la Puerta del Sol. Pobre Rubalcaba, que iba para Cromwell de Solares y se ha quedado en Jaruzelski de Ferraz (¡ni siquiera en Lotso, el oso de «Toy Story»!), con las llamas entrando por el portalillo del partido y los perros flautas jugando a estibadores de Solidaridad.
Ya hay un regeneracionista muy cursi que dice que esto ya se lo olió él al ver cómo corría el jamón. Él, claro, se comió el jamón, y ahora la Revolución de Sol parece imparable: el día de San Fernando la Revolución se propone volar el capitalismo enviando a sus hijos a extraer de los cajeros 155 euros.
Lo dijo Revel hace veinticinco años: arruinada su doctrina por los acontecimientos, la izquierda protege su identidad cultural llamando fascista a aquél que no sea asimilable a su «sensibilidad». Sin el espantapájaros del fascismo, no hay comodidad intelectual.
—Usted a mí no me representa —le dice un «indignado» al nuevo alcalde de Sevilla.
¡Ah, la democracia parlamentaria «podrida»! Eso ya lo denunciaban los camisas negras y los camisas pardas. Pero así van a estar hasta que San Juan baje el dedo, que es decir hasta las generales, fecha de entrada, según las encuestas, del fascismo en La Moncloa. De compañeros y tontos útiles (Umbral, que hizo de las dos cosas, tiene explicada con buena sorna la diferencia) hacen los charlatanes de la Red, tan ayunos de lecturas como los charlatanes de Universidad, cuyas exudaciones intelectuales están impresas en los cartones de la Puerta del Sol. Ahí quería yo ver a Revel, que ya en el 70, subyugado por «el burlesco cretinismo de los apotegmas del déspota pequinés», se atrevió al análisis del «Pequeño Libro Rojo» de Mao.
—Contemplemos —escribe en «El conocimiento inútil»— la cuádruple función de la ideología: es un instrumento de poder; es un mecanismo de defensa contra la información; es un pretexto para sustraerse a la moral; y es un medio para eliminar o aplazar indefinidamente los criterios de éxito o de fracaso.
El Adolescente de La Moncloa nos ha petado la calle de hijillos ideológicos. Y se acabó el jamón. Ullán, al que tanto echamos de menos, rescató del cubano Emilio Bobadilla una ocurrencia que resume al zapaterismo: «Una rumba bailada alrededor de un jamón».