miércoles, 11 de mayo de 2011

El argumento y el responsable

Juan Velarde en Libertad Digital

Los economistas quedan muchas veces estupefactos con los argumentos que emplean algunos políticos. Para siempre quedó lo de "la prosperidad está a la vuelta de la esquina" de Hoover, o la famosa de Leon Blum en 1936, cuando triunfó en Francia el Frente Popular, de que simultáneamente "iba a aumentar los salarios, que el tipo de cambio del franco quedaría estable, que disminuiría el coste de vida y que se reduciría el paro". La consecuencia de lo primero fue el arrollador triunfo de Roosevelt, y de lo segundo –repasemos el artículo de M. Kalecki, The lesson of the Blum experiment, o lo que sintetiza Pedersen en su Teoría y política del dinero (Aguilar, 1946)–, que muestran que por esa promesa Francia experimentó un auténtico caos. Ahora, en el Senado, el presidente Rodríguez Zapatero señala, ante el asombro general, que "Aznar es el responsable del 70% de los parados en la crisis".

Veamos lo sucedido. Una serie de medidas muy ortodoxas y el ingreso en la Eurozona provocaron una fuerte expansión en la economía española en el periodo 1996-2003, correspondiente al Gobierno Aznar. Pero en el año 2003 precisamente se comenzaron a observar cifras típicas de un recalentamiento, combinadas con el inicio de un incremento del déficit de la balanza por cuenta corriente respecto al PIB que pasan del 0,2% en 1996 al 4,0% en 2004. Simultáneamente se mantenía el equilibrio del saldo presupuestario –el déficit era un 0,0%, o sea equilibrio perfecto, en 2003, gracias a la labor en Hacienda de Cristóbal Montoro–, y la deuda pública, que era del 66,8% sobre el PIB en 1996 y se había reducido al 48,8%. Simultáneamente se agregaban los primeros síntomas de una expansión, que podía ser excesiva, en el sector inmobiliario.

Desde 2004 gobernó el señor Rodríguez Zapatero. Conociendo lo ocurrido al final del periodo anterior, en el del modelo Aznar-Rato-Montoro, era lógico que se esperase un cambio de modelo. Precisamente a finales de 2003, precisó los puntos débiles del entonces existente Jaime Terceiro, en una intervención que se publicó en los Anales de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas en 2004, justamente cuando comenzaba el Gobierno de Rodríguez Zapatero. ¿Hizo algo esta nueva Administración para cambiar las cosas? Todo lo contrario. Ante el asombro de los economistas, aceptó todos los desequilibrios, precipitándonos, ocurriese lo que ocurriese en el mundo, hacia una crisis propia, radicalmente española. Ya en 2006, antes del golpe veraniego de 2007, el déficit por cuenta corriente había saltado al 8’5%, y aun a pesar de la depresión existente, da la impresión de que 2011 concluirá con un saldo negativo del 6,7%. Y por lo que se refiere al déficit presupuestario, la política de Rodríguez Zapatero generó su subida hasta el máximo histórico español conocido, desde 1850 hasta ahora, del 11,1%, que continúa con otro que tampoco había sido logrado jamás, del 9,2%.

A Aznar, tras la etapa anterior, aun con el más severo de los análisis, siempre le cabrá el beneficio de la duda sobre si iba a recomendar a Rajoy que cambiase el modelo. Para su sucesor lo único que existe es la constatación de una serie de errores continuos y sistemáticos. El examen de documentos, memorias, y otro material aun inédito servirá para conocer si el causante, como Hoover y Blum, fue Rodríguez Zapatero o él sólo fue un engañado por Solbes. Éste no ha hablado, y cuando lo documente será algo precioso para nuestra historia económica. Por ello, con un mínimo rigor, es preciso decir que no el 70% del desempleo actual, sino su 100%, es responsabilidad íntegra de la Administración presidida por Rodríguez Zapatero.

Los comisarios de la memoria histórica

José García Domínguez en Libertad Digital

Según leo en ABC, tras cierta pesquisa contable de la Sindicatura de Cuentas de Cataluña, acaba de descubrirse que los comisarios de la memoria histórica padecieron un agudo brote de amnesia en tiempos del Tripartito. Al punto de que olvidaron que sus nóminas, como las de cualquier otro empleado público, vienen reguladas por ley. Tal que así, a la plantilla toda del negociado que gestiona el recuerdo le pasó inadvertido que ingresaba sobresueldos de hasta setenta mil euros por barba. Memorial Democrático, lo bautizaron los comunistas, sus primeros usufructuarios, acaso en inconsciente homenaje a la neolengua de 1984.

Es sabido, por lo demás, que hasta el mejor escribano echa un borrón. De ahí que por el sumidero de su mala cabeza se evaporase un presupuesto de 3,7 millones de euros anuales. Que ésa era la partida consignada a fin de encajar el pasado en el relato canónico de la construcción nacional. El Memorial, una mañana, ira ya para dos años, me dio por plantarme allí. Fue por culpa del catedrático Borja de Riquer, célebre animador del revival guerracivilista. "Sorprende como gente que se dice demócrata cree que más vale no remover el pasado", acababa de sentenciar don Borja con gran contento de la prensa de la provincia, que festejó la deposición en planas muy principales. He de confesar que el aserto me convenció. Acudí, pues, con la vaga esperanza de encontrar alguna huella del ilustre Martín de Riquer, a la sazón su señor padre.

Por más referencias, el organizador en 1939 del triunfal desfile por la Diagonal de Barcelona del ejército llamado nacional. El mismo que bajo el mando del general Yagüe –y el aplauso entusiasta de las fuerzas vivas, con La Vanguardia a la cabeza– acababa de ocupar la ciudad. Pero ni rastro. Ni una sola referencia. Nada. Ahora lo entiendo: falló el presupuesto. Las nóminas, ya se sabe. He ahí la genuina razón, sin duda, de que tampoco me revelasen dónde está Andreu Nin, otra ausencia que entonces no acerté a explicarme. Al igual que la de Joan Comorera, por cierto. Comorera, el líder del PSUC enviado a España en 1953 y, acto seguido, delatado a la policía de Franco por la gente de Carrillo. Ah, la memoria, esa sórdida gestoría de aguinaldos.

ETA celebra lo que el Constitucional consiente

Editorial de Libertad Digital

Por si fueran pocas o escasamente contundentes las pruebas que han demostrado que Bildu es el cauce por la que ETA/Batasuna ha querido y podido burlar nuevamente la Ley de Partidos, este martes el ufano etarra Andrés Errandonea lo ha vuelto a poner en evidencia al exhibir a su salida de prisión una pancarta en favor de Bildu, en la que también se podía leer la proclama "independencia y socialismo" en vascuence. Por si aun hubiera dudas de quién está detrás de Bildu, la conjunción "y", que en euskera se traduce por "ETA", venía en la pancarta del etarra en letra mayúscula y en color distinto al de las palabras "indenpendentzia" y "sozialismoa". Sólo ha faltado que Errandonea hiciera referencia al dolor que ha causado entre las víctimas la sentencia del Constitucional que ha legalizado a Bildu con la mismas palabras con las que el Iñaki de Juana Chaos hizo referencia al dolor de las víctimas que causaba un atentado: "sus lágrimas son nuestras sonrisas y terminaremos a carcajada limpia".

En cualquier caso, la jactancia con la que el no menos irredento Errandonea se ha recochineado de las víctimas del terrorismo y ha celebrado la nueva burla etarra a la Ley de Partidos debería ponernos a todos la carne de gallina, si no fuera porque ya nos la ha puesto la repugnante sentencia del Tribunal Constitucional. Y es que, más elocuentes aun que la forma con la que este etarra, carente de arrepentimiento alguno, identifica a Bildu con la banda terrorista, eran las contundentes y numerosas pruebas que llevaron al Supremo a impugnar todas sus listas, pero que los magistrados del Constitucional designados por el PSOE han tenido la desfachatez de desestimar sin motivo alguno y sin jurisdicción para ello.

Como de forma coincidente han venido a denunciar en sus votos particulares los cinco magistrados que se han opuesto a la legalización de la listas de Bildu, la sentencia del Constitucional constituye una extralimitación en las funciones de este Tribunal pues se basa en una nueva valoración de las pruebas que el Supremo ya había valorado.

Pero lo peor que han hecho los magistrados designados por el PSOE no es, con ser grave, convertir al Constitucional en una instancia de "supercasación" que, ciertamente, desvirtúa su naturaleza, sino la de permitir que ETA siga teniendo terminales políticas en las instituciones, beneficiándose así tanto de la información como de la subvención pública que esta le garantiza. Todo para comportarse como servil correa de transmisión de un Gobierno que no podía negarse por segunda vez a instar la ilegalización de los proetarras, pero que, como luego se ha sabido, se había comprometido con el PNV a que ese "trabajo sucio" lo hiciera nuestro politizado y servil Tribunal Constitucional.

Este histórico y bochornoso capítulo de degradación de nuestra nación como Estado de Derecho, que para colmo se ha escrito en claro beneficio de una organización terrorista que ha segado la vida a casi un millar de españoles, no pone "la carne de gallina" al presidente del Gobierno ni, visto su silencio, al supuesto líder de la supuesta oposición. Tampoco se la pone al presidente del Tribunal Constitucional, como también cabría esperar si no fuera porque él es uno de los seis magistrados que han "perpetrado" la sentencia que ha abierto las puertas a los proetarras.

No. Lo que pone la carne la carne de gallina al desvergonzado Pascual Sala, por confesión propia, es que se cuestione su desacreditada independencia. Si ese cuestionamiento es un derecho y un deber de todo ciudadano desde que, al grito de "Montesquieu ha muerto", los socialistas consagraron la designación política de los miembros de los más altos órganos de nuestro Poder Judicial, todavía es más pertinente ahora, visto el abyecto extremo al que ha llegado su falta de independencia: un extremo en el que una sentencia judicial causa lágrimas a las víctimas y alborozo a sus verdugos.

Chomsky tenía que ser

Ramón Pérez-Maura en ABC

Suponía mi admirado Charles Moore en «The Spectator», la pasada semana, que igual que se definió en su día la teoría política del «Nixon va a China» para explicar cómo eran los conservadores los que tenían auctoritas para pactar con los comunistas ahora vamos a ver surgir el «Obama va a Abbottabad» para justificar cómo la izquierda tiene auctoritas para matar terroristas. Demasiado bonito para ser cierto.

Ese icono del izquierdismo, Noam Chomsky, acaba de verter en una revista on-line —«Guernica» tenía que llamarse, vaya por Dios— que la muerte del terrorista es «un asesinato planificado, con múltiples violaciones de las normas más elementales del derecho internacional». Y no contento con ello, se interroga: «Deberíamos preguntarnos cómo reaccionaríamos si comandos iraquíes aterrizaran en el rancho de Bush, lo asesinaran y lanzaran su cuerpo al Atlántico. Porque es indiscutible que el número de sus crímenes es muy superior al número de los crímenes de Bin Laden». Grande. Muy grande.

Es evidente que en nuestro entorno las ideas y proclamas de Chomsky tienen un valor anecdótico. Pero en otros lugares es visto —con razón— como la vanguardia de una América con la que los terroristas pueden entenderse. Entre la documentación capturada en Abbottabad hay un vídeo de Bin Laden fechado en 2007 en el que dice: «Entre los más capacitados de vuestro lado para hablar de este asunto la guerra en Irak y de la manipulación de la opinión pública está Noam Chomsky, quien advirtió sobriamente con anterioridad a la guerra.»

Así que el profesor Chomsky ha quedado retratado una vez más como lo que siempre supimos que era: el artífice de una estructura intelectual para odiar a Estados Unidos. Y la forma en que la retro intelectualidad occidental jalea sus infamias siempre reafirmó a Bin Laden en su razón.

Sumo sacerdocio

Gabriel Albiac en ABC

No entro en la sentencia. No soy jurista. Aunque tampoco tan analfabeto como para ignorar que un Tribunal Constitucional no es poder judicial. Sí, estructura de resolución de conflictos interpretativos en el texto de la Constitución. No se accede a él por la vía codificada de la carrera judicial, sino por la arbitraria decisión de los partidos que componen el Parlamento. No ser independiente está en la esencia de su origen. Ni son independientes los diputados respecto de los ciudadanos que los votan (y, dicho sea en honor escrupuloso de la verdad, de los jefes que los incluyeron en sus listas), ni lo es un miembro del Constitucional respecto del partido que impuso su nombramiento. Quien nombra, manda. Siempre.

No entro, digo, en su sentencia acerca de la constitucionalidad de otra sentencia: la del Supremo sobre Bildu. Con el Tribunal Supremo tiene el Constitucional un viejo conflicto. Tan viejo como la Constitución de 1978, una de cuyas no menores ambigüedades es la indefinida relación que el árbitro de la Constitución (eso es el Constitucional) mantiene con el vértice último —subrayo: último— del Poder Judicial, la instancia jurisdiccional más allá de la cual no hay recurso, sencillamente porque, de haberlo, dejaría de ser un Tribunal Supremo, y todo el artefacto jurídico quedaría flotando en el vacío; o, lo que es lo mismo, en la arbitrariedad de los otros dos poderes que, con el judicial, juegan esa sutil danza en la cual, «por la fuerza de las cosas, el poder limita al poder», en fórmula cristalina de Montesquieu.

En la mutua contraposición de esos tres poderes (materializados en Parlamento, Gobierno y Jueces) se crea el espacio neutro que permite existir al ciudadano. Sin tal neutralización de maquinarias de dominio, éste quedaría asfixiado. Y reducido a la condición misérrima de súbdito. ¿Cuál es el milagro que la neutralización de fuerzas estatales llamada democracia pone como blindada potestad del individuo? La interrogación, la pregunta. La potencia irrenunciable de objetar siempre, de no dar fe a nadie, de negarse a tratar al Estado como a una entidad teológica. Decir división de poderes, decir democracia, es sencillamente decir que nada —nada— del Estado es sagrado. No lo es ninguna de sus instituciones. Menos que ninguna, aquella de la cual pende la garantía constitucional.

Mucho más grave que la sentencia —previsible, al fin, como parte de la esgrima que Supremo y Constitucional cruzan desde que existen, y que se consumó, no hace tanto, en una asombrosa sentencia condenatoria del primero contra el segundo— es la enormidad lanzada ayer por el presidente del Supremo, al cual su formación jurídica no exime de atenerse a la más elemental de las convenciones democráticas: la primacía de la interrogación ciudadana sobre los dictados institucionales. «Cuestionar la independencia del Constitucional» —dijo ayer Sala— «es atentar contra lo más sagrado…». Atentar, dijo. Pero, en la voz de quien preside una institución que garantiza la libertad de todos y de cada uno, asimilar una «interrogación» (eso significa «cuestionar») a un «atentado» sacrílego, eso sí, pone —perdóneseme el uso de su inelegante fórmula— «la carne de gallina».

Viñeta de Caín en La Razón

Viñeta de Esteban en La Razón

Hemeroteca

Ángela Vallvey en La Razón

Declaraciones de miembros del Gobierno –et al.– en los últimos años: 15, enero, 2007, Zapatero: «Vamos a superar a Alemania en renta «per cápita». De aquí al 2010 les podemos superar perfectamente». 5, abril, 2007, Solbes: «Yo no veo afectado para nada el sector de la construcción». 3, julio, 2007, Zapatero: «La próxima Legislatura lograremos el pleno empleo en España». 21, agosto, 2007, Zapatero: «España está totalmente a salvo de la crisis financiera». 11, septiembre, 2007, Zapatero: «España ha entrado en la ‘Champions League’ de la economía mundial». 16, octubre, 2007 Zapatero: «No hay atisbo de recesión económica». 24, octubre, 2007, Solbes: «Rajoy tiene una visión apocalíptica de la economía». 9, enero, 2008, Zapatero: «Crear un alarmismo injustificado en torno a la economía es lo menos patriótico que conozco». 10, enero, 2008, Solbes: «Estamos ante una gradual desaceleración. Se trata de una evolución natural y un fenómeno saludable».14, enero, 2008, Zapatero: «La crisis es una falacia, puro catastrofismo». 6, febrero, 2008, Zapatero, ante los datos de paro de enero: «Los 130.000 no son parados, sino personas que se han apuntado al paro». 11, febrero, 2008, Solbes: «Los que auguran el riesgo de recesión no saben nada de economía». 6, febrero, 2008, Zapatero: «No estamos en una crisis económica. Tenemos alguna dificultad que nos viene de fuera». 29, junio, 2008, Zapatero: «Como todo, es opinable y depende de lo que entendamos por crisis». 8, julio, 2008, Zapatero: «En esta crisis, como ustedes quieren que diga, hay gente que no va a pasar ninguna dificultad». 23, septiembre, 2008, Solbes: «Yo no sé si es la peor; pero, sin duda alguna, desde que yo tengo uso de razón, y tengo sesenta y seis años, sí es la peor crisis de la que yo tengo conocimiento». 24, septiembre, 2008, Solbes: «Nosotros no hemos negado nunca la crisis». 18, diciembre, 2008, Zapatero: «No; nadie lo sabía. En cuanto hemos entrado en una situación objetiva de crisis, he sido el primero en hablar de una crisis del sistema financiero internacional y de una crisis económica». 16, marzo, 2009, el premio Nobel de Economía 2008, Paul Krugman: «Las perspectivas económicas de España son aterradoras. El camino de salida de la crisis para España será doloroso o extremadamente doloroso». Zapatero, 8, mayo, 2011: «La oposición política y algunos medios han dicho en más de una ocasión que engañé a la ciudadanía con la crisis económica, lo cual es auténticamente una falsedad radical». (Sic).

El depilador

Alfonso Ussía en La Razón

No marchan bien los pequeños negocios. Hay que adaptarse. No parece posible que el Gobierno de Rodríguez se mantenga durante un año de agonía y quiebra. Pero hay personas previsoras, que saben enfrentarse a los malos vientos con ideas innovadoras. Una de ellas es un peluquero amigo, que previendo lo que se antoja inevitable, ha decidido aumentar la oferta de su negocio con una nueva especialidad gremial. La depilación de cejas. En las facturas impresas, a sabiendas que comete una espectacular falta de ortografía, lo ha mandado imprimir de esta manera: «Depilación de Zejas: 30 euros». Se va a forrar. Es discreto y guarda el secreto profesional. No obstante, entre copa y copa, he conseguido tirar de su lengua en lo que se refiere a sus expectativas de negocio. No cuenta con depilarle las cejas a Javier Bardem y Penélope Cruz, porque tienen previsto hacerlo en Los Ángeles, esa ciudad comunista de los Estados Unidos, con hospitales baratos y monumentos dedicados al «Ché». Pero se amontonan los pedidos y las reservas. No suelta nombres, pero confía en depilar treinta cejas de famosillos por día a partir del 22 de mayo.

La depilación consiste en aligerar el peso y la densidad ideológica y física de las cejas –en este caso, las «zejas»–, de un buen número de pancarteros, pegatineros y titiriteros de la llamada «cultura», que presumen inquietudes de pesebre en el inmediato futuro. Entre ellos no figura Santiago Segura, que con sus «Torrente», además de demostrar su talento, ha conseguido camuflar el fracaso del cine español con su indiscutible éxito de taquilla, de taquilla libre y voluntaria, no sujeta a los dineros de los contribuyentes, despilfarrados en películas cretinas e infumables. Me comentaba, días atrás, un gran cineasta español, que los cejeros o «zejeros» aborrecen a Segura por el triunfo torrentino, y lo consideran un desertor del grupete. Mi amigo el peluquero y depilador «zejero» ha calculado que pueden ser más de mil los personajes y personajillos más o menos conocidos que van a proceder en las próximas semanas a descejarse, aunque ello no signifique un brusco cambio ideológico, sino un mera triquiñuela en pos de la supervivencia gorrona.

El problema no es otro que garantizar la privacidad del servicio. Mi amigo el depilador no quiere ni reporteros, ni cámaras ni fotógrafos en el umbral de su negocio. Pretensión tan comprensible como profesional. Le he recomendado que distancie las reservas de los «zejeros» famosos, pero me dice, con educado énfasis, que todos los «zejeros» son famosos, porque si no lo fueran, por mucha ceja que tuvieran no habrían sido compensados en estos últimos años. Y que teme, temor no infundado, que su establecimiento de depilación de cejas o de «zejas» se vaya a convertir en un nuevo camarote de los hermanos Marx, que nada tienen que ver con el Marx que ninguno de ellos ha leído exceptuando a Luppi y Diego Botto, que como buenos argentinos, tampoco lo han leído pero lo disimulan mejor. No resulta sencillo garantizar la intimidad en la dura resignación de aligerar las cejas, de amputar los flecos pilosos que han sostenido, hasta ahora, la seguridad del condumio y la posibilidad de adquisición del ansiado chalé en primera línea de playa. Muchas escobas van a ser precisas para barrer tantas cejas recortadas.

Las revueltas fallidas

Pilar Rahola en La Vanguardia

Una de las primeras conversaciones que tuve en El Cairo durante los días de la revuelta fue con gente de la comunidad cristiana, aterrorizada con la idea de que cayera Mubarak. ¿Porque eran amantes de una dictadura? No, porque sabían que aquella dictadura era un muro de protección ante la violencia islamista. Y sabían de qué hablaban, no en vano los ataques contra cristianos por parte de los radicales habían aumentando en los últimos tiempos. El acoso contra los cristianos en todo el mundo islámico es un hecho aterrador que ha llegado al cenit en Pakistán, donde incluso montan hostigamientos legales. Y no hablemos de las zonas palestinas donde han vivido durante dos mil años, y donde son sistemáticamente violentados. No tardaremos mucho en ver un Belén totalmente musulmán... La aparición del fenómeno integrista y el uso de millones de dólares del petroislam en la propagación del salafismo ha comportado uno de los momentos más negros para los cristianos que viven en tierras musulmanas. Egipto es un laboratorio privilegiado, vista la importancia de la comunidad copta. Y era evidente, pese a la euforia de algunos corresponsales que parecían confundir el periodismo con la pancarta, que aquellas revueltas escondían el huevo de la serpiente. Lo dije al volver: no todo lo que se manifiesta en la plaza Tahrir es democrático. O dicho al revés, mucho de lo que se manifiesta sueña con una dictadura peor que la anterior. Esta afirmación también vale desgraciadamente para Túnez y para Siria, y para Bahréin. Hay que ser muy ciego para no ver que, hoy por hoy, los movimientos más populares en el mundo islámico, no son precisamente los democráticos y que las organizaciones radicales dominan barrios, pueblos y universidades. De momento han conseguido un éxito escalofriante: excluir a cristianos y a mujeres del redactado constitucional. Y el 8 de marzo, escupieron y violentaron a las mujeres que se manifestaron. Al mismo tiempo, los Hermanos Musulmanes van asumiendo cotas más altas de poder. El futuro de Egipto, tal como denuncian feministas e intelectuales, presenta sombras tenebrosas. Pero como ocuparon la calle en contra de una dictadura, aquí nos pusimos el sombrero de Quico el Progre, lo confundimos con nuestras manis contra los grises y se hizo una lectura naif, ingenua y simple de lo que estaba pasando. Algún periodista enviado a la zona llegó a parecer el jefe de la revuelta. Y sin embargo, estaba claro que nada estaba claro. No se puede decir que no pasará nada con el islamismo radical, si los Hermanos Musulmanes son millones y dominan la oposición organizada. Ciertamente, significa no conocer nada de lo que pasa en el mundo musulmán. Y así vamos, con la flor de la revuelta marchita en manos de los corresponsales entusiastas, que ahora no deben saber qué hacer. Egipto no pinta bien. Los coptos y las mujeres lo saben. Quizá algún día lo sepamos también nosotros.

Maestros manipuladores

Quim Monzó en La Vanguardia

Hace unos días, al inicio de la campaña electoral, Marcial Martín (presidente del PP albaceteño y responsable económico del PP de Castilla- La Mancha) fue al municipio conqueño de San Clemente y en el mitin cargó contra las medidas aprobadas por el Gobierno de Zapatero. De la obligación de ir por autopista a menos de 110 kilómetros por hora, por ejemplo, dijo que él no le hace caso y que va a la velocidad que le parece, heroicidad de la que se mostró orgulloso.

No seré yo quien defienda esa fanfarronada, pero basta viajar un poco por autopista para ver que la reducción a 110 es una de las grandes tontunas del actual Gobierno español. La excusa de ahorrar combustible no se la cree ni el ministro de Industria, Miguel Sebastián, y el miedo es que llegue el 30 de junio y se olviden de su promesa de volver ese día a los 120. Pero es que 120 por hora también es un churro. No les diré a qué velocidad circulo yo cuando voy por autopista para que no me puedan acusar de incitar a la infracción pero, habiendo dicho esto, me parece que se intuye. En un momento que en Europa la tendencia es que se pueda ir todavía a más velocidad en aquellos tramos donde no hay peligro, la obcecación del Gobierno es grotesca. Desde hace cosa de año y medio, el Movimiento 140 lucha para que la velocidad por autopista sea de 140 kilómetros por hora, una propuesta tan razonable que, la semana pasada, Francisco Reynés, consejero delegado de Abertis, dijo que, tal como tenemos las autopistas y el parque automovilístico, podríamos subir la velocidad máxima a 140 sin que ello supusiera aumento de siniestralidad. Sin embargo, esa evidencia, al Gobierno le importa un pito. Ellos viven obsesionados en rendir pleitesía a las últimas manías pijoprogres que les quedan, y esa es una. Y así seguirán aunque, para justificar su decisión, tengan que manipular los datos, como hizo el jefe de la Dirección General de Tráfico (DGT), Pere Navarro, a mediados de abril. Explica ElAntirradar.com –blog imprescindible para saber todo lo que esconde la DGT– que el 13 de abril, el gerente de una empresa de embutidos y precocinados de Cañete de las Torres (Córdoba) tuvo un accidente yendo en moto. Murió. Como ese accidente impedía que Navarro hiciera el discurso triunfalista que quería hacer en el programa de Carlos Herrera en Onda Cero, los encargados de introducirlo en el sistema informático se hicieron el despistado y no lo introdujeron hasta dos días después de que Navarro hubiera ido a Onda Cero. Así no computó. De manera que exactamente hubiese podido ser que, mientras Navarro mentía por la radio diciendo que, gracias a su política de reducción de velocidad, aquellos días no había habido ningún muerto en ninguna carretera española, la familia del gerente de la empresa de embutidos y precocinados muerto estuviese, precisamente, enterrándolo.

martes, 10 de mayo de 2011

Lecciones de esperanza

Tomás Cuesta en ABC

Hace ya muchos años que la izquierda —tal y como sostiene «monsieur» Finkielkraut con escarmentada contundencia— renunció a renovar el arsenal de las ideas y fabrica enemigos a guisa de argumentos. Enarbola espantajos, conjura sacamantecas, acoquina al votante con monstruos de cartón piedra. No hay propuestas, no hay discurso, no hay conceptos. Sólo odio a discreción y rencor a voleo. El adversario político es exhibido en la picota de los medios afectos tras endosarle el sambenito que mejor convenga. Cavernícola, facha, neocón, falsario, trapacero... Cualquier calificativo es útil si acentúa el tembleque.

Monopolizando el rédito de una legitimidad moral que nadie, en estos lares, se arriesga a poner en duda, o en cuarentena, al menos, sepulta al enemigo bajo un alud de estiércol. Los tópicos más burdos, los convencionalismos más venales, las más deshilachadas etiquetas, cobran vida de nuevo en los laboratorios de la ofensa. Los amnistiados de oficio —aquellos que, con la excusa de pretender cambiar el mundo, se han absuelto a sí mismos de sus experimentos criminales y sus rutinas carniceras— lanzan el anatema de rigor sobre los que interpretan el papel de acusados perpetuos. La derecha es culpable: no es preciso elaborar un alegato para dictar sentencia. O sea, lo de siempre, con la exactitud de siempre, con la desfachatez de siempre. Y la derecha, ahí le duele, acata el veredicto y se hunde —se sepulta— en el autismo insípido o la medrosidad silente. La única excepción al rigor de la regla es Esperanza Aguirre que sigue empecinada en ir por libre y en reivindicar la libertad como herramienta. No es raro, pues, que a los listillos de costumbre el odio se les suba a la cabeza cuando los «tontos de los cojones» que la avalan, en lugar de menguar, parece que proliferan.

Hoy por hoy, la presidenta madrileña es un personaje incómodo a diestra y a siniestra. Que sea por muchos años y ustedes que lo vean. Desgraciados aquellos que presumen de haberle caído en gracia a los de enfrente. Si es cierto que la fe mueve montañas, no es menos verdad que el conformismo (el conformismo y su progenie: el compadreo, el pactismo, la pachorra, la ausencia de redaños, la falta de reflejos) siempre termina moviéndole la silla a los que se columpian entre la fe y la indiferencia. En la política, que es un corral de cuernos, los votos son amores y los romances huelgan. Pretender suscitar pasiones ecuménicas, no sólo resulta estéril, es, además, grotesco.

A contrapelo de esa derecha-guay que Mariano Rajoy quiere poner en suerte, doña Esperanza Aguirre no se resigna a concederle al adversario ni un pequeño respiro, ni un palmo de terreno. Ella, al cabo, es consciente de que vencer a Zapatero —pese a que constituya un ejercicio de legítima defensa— no resuelve el problema. Lo importante es acabar con la impostura que, amén de sostenerlo, le da cuerda. Si existe una batalla decisiva, trascendental y urgente, es la que concierne a las ideas. ¿Qué fue del arsenal de los principios? ¿Y los valores, qué? ¿Demasiada hipoteca? El caso es que los buenos son muy buenos, los malos son malísimos y el menú no se altera: impotencia de entrante; de salida, bostezos. A comerse el marrón o bola negra.

«Nobody is perfect». Tampoco Esperanza Aguirre, por supuesto. Mas si los giliprogres la odian tanto, es que les ha tocado el nervio. Hay amores que matan y hay inquinas que sientan estupendamente.

A ver esos ricos

Ignacio Ruiz Quintano en ABC

Ya sé que luego vendrán las de los sociatas, pero de momento los peperos me han llenado el buzón de papeletas electorales que yo, a imitación de una vecina que le entrega todo el buzoneo publicitario, he regalado al pobre de mi esquina: «Tenga, buen hombre, que le hará más falta que a mí». Al pobre se le han humedecido los ojos al verse con los sobres en la mano, y luego he sabido por qué: resulta que Gómez, el Gómez de Madrid, ha dicho en TV que Aguirre, a quien los sociatas llaman «marquesa», como si fuera la señora de Del Bosque, gobierna únicamente para los ricos. «Yo no soy digno de que estos peperos me gobiernen -se habrá dicho el pobre para sí-, pero una papeleta suya bastará para sanarme». ¿Sanar de qué? De la pobreza, naturalmente. Gómez llegó al puesto ése que tiene con la promesa de hacer en Madrid lo mismo que Zapatero ha hecho en España, es decir, llenarla de pobres, y los pobres no quieren más competencia. Por otro lado, ¿qué idea de los pobres tienen estos «gómeces»? ¿A cuántos de esos pobres que él dice defender ha visto Gómez a la mesa con un lomo de atún (rojo, por supuesto) como los que él se mete al cinto? ¿Cuándo un pobre se ha subido a un coche municipal para hacer sus pedidos? ¿Qué pobre se dejaría retratar oteando el inexistente horizonte de la España zapateril en un cartel electoral? ¿No le da vergüenza proponer que el gobierno de derechas de la Puerta del Sol coloque de celadores hospitalarios a los albañiles que el gobierno de izquierdas de La Moncloa ha puesto en la calle? ¿De veras quiere Gómez ser un opositor serio? Critique el despilfarro que en plena crisis supone cambiar el tablón de anuncios de la plaza de Las Ventas, que antes era de corcho con chinchetas, y ahora, una placa con botones de imán. O el escándalo tremendo de llevar el Metro a la Fortuna, barrio millonario, como su propio nombre indica, mientras Parla se curraba la nueva estética Banús.

La agonía del castrismo

Florentino Portero en ABC

La gerontocracia comunista cubana es plenamente consciente de su fracaso. Medio siglo después del triunfo de la Revolución la bella isla es una cárcel, donde sus habitantes sufren privación de libertades y pobreza garantizada. Sólo han logrado una cosa, perpetuarse en el poder. Había que pagar un precio y lo hicieron. No tuvieron reparo en condenar a su gente, en quitarles derechos y haciendas. Saben que la Historia no les absolverá, que están condenados a compartir el destino de tantos otros dictadores que se convirtieron en un obstáculo, en una rémora para su propio pueblo, personajes patéticos y ridículos que los novelistas, incluso los amigos, se deleitan en perfilar.

¿A quién puede sorprender que las promesas de reforma realizadas por un grupo de octogenarios que han demostrado su incompetencia a lo largo de medio siglo no despierten ilusión entre la población? El estado cubano se encuentra en bancarrota y sus mandatarios no saben qué hacer sin, además, entrar en flagrante contradicción con sus delirantes discursos, pronunciados a lo largo de todo este tiempo.

Se sienten vulnerables porque se saben débiles y eso es razón más que suficiente para que incrementen la represión. Quieren dejar bien claro a la oposición del interior que no van a ceder ni un ápice, que si hay que hacer cambios los harán ellos, desde su legalidad. Todo el aparato del Partido siente miedo por lo que puede ocurrir. Son muchos años de privilegios y de violencia como para que se corra un tupido velo sobre su conducta. La rabia del cobarde se intuye en la paliza que la policía propinó a Juan Wilfredo Soto, un hombre que reclamaba su libertad a cara descubierta.

Descanse en paz quien vivió con dignidad y murió como un valiente. Él sí merece un puesto de honor en la Historia de Cuba porque con su vida y con su muerte honró a su país.

El escándalo de Exteriores

Hermann Tertsch en ABC

No se preocupe nadie, que no vamos a hablar de cosas feas como ventas de visados o trapacerías similares. No vamos a hablar tampoco del balance necesariamente trágico de lo que es ahora un ministerio devaluado y disminuido en el interior y en el exterior. En el exterior lo es porque España ha perdido una gran reputación de seriedad y credibilidad que se forjó en la transición y cultivaron con eficacia todos los ministros y presidentes del Gobierno antes de este septenio negro. Definitivamente hemos pasado a engrosar el grupo de países tramposos y frívolos con los que sólo hay que tratar lo imprescindible. Países cuya palabra dada hay que amarrar mucho para evitar sorpresas desagradables. Hemos sido casi desde los albores de la democracia un aliado de primer rango para los grandes europeos. Hoy sólo somos fuente de problemas e inquietud. Eso en Europa, porque en América nuestra desaparición como fuerza relevante es más sangrante si cabe. Todos nuestros lazos, fruto de mucho esfuerzo de todos —en especial de la Corona— durante décadas, han sido reducidos a poco más que simbolismo y nuestra influencia raya en nula. Pero ese no es el escándalo. Tampoco lo es que tengamos una ministra que nada sabe ni aprenderá. A la que se colocó allí porque sobraba en otra parte. Que hace pasar terrible vergüenza a sus equipos en los viajes. «Bochorno» sufre López Garrido, con el que no se habla. Ministra que desembarcó con una tropa de miembros del partido —«las maris», las llaman— que ejercen de comisarias políticas, que no distinguen entre francés e inglés y que han convertido los palacios de Santa Cruz y Viana en dicharachera Casa del Pueblo. Ni siquiera es escándalo ya, por habitual, que el sectarismo dicte todas y cada una de las decisiones de personal y de gasto. Ni que los diplomáticos de carrera que no huyen a una excedencia ni consiguen un puesto en el exterior, se hundan en la desmotivación más absoluta. Los diplomáticos españoles, que gozaron de merecida fama internacional como funcionarios eficaces y patriotas, asisten a la voladura descontrolada de una carrera otrora de prestigio. Intimidados por una vigilancia política implacable con cualquier crítica siempre sospechosa de derechista o clasista.

Todo eso se sobreentiende. Eso es mera inercia de la secta en su penetración y control de lo que fue una muy digna administración del Estado del Reino de España. El escándalo de Exteriores es el ex ministro Moratinos, el máximo responsable del hundimiento de este Ministerio en la ineficacia, la villanía y el sectarismo. Moratinos es, en sí, un escándalo. Lo es en medida extrema su forma de utilizar todos los recursos del ministerio para la campaña particular de venta de su candidatura a la secretaria general de la Organización mundial de la alimentación y agricultura FAO. Mientras los diplomáticos destinados en el exterior no tienen recursos para una representación digna de España, al nivel de sus colegas europeos, Moratinos viaja con avión oficial y séquito ministerial a «gestionar» el voto de países del Tercer Mundo a favor de su candidatura. No sabemos lo que nos cuestan decenas de viajes, especialmente a África. Ni sabemos qué nos cuestan los votos que pueda conseguir. Moratinos tuvo suerte de no ser ya ministro cuando cayeron todos sus amigos corruptos en Oriente Medio. Pero se comporta como ellos, un sátrapa oriental, en su trato a los diplomáticos y su uso del erario público. Ha conseguido que medio mundo desee que el cargo en la FAO se lo den a su rival brasileño. Se lo den o no a él, su jubilación internacional ya nos ha costado un Congo.

García Albiol

José García Domínguez en Libertad Digital

Procede agradecer a Xavier García Albiol que nos haya librado del tedio insufrible que suelen acarrear las campañas municipales. Recurrente vía crucis de la inteligencia en el que fulanito promete, solemne, que gobernará para las personas, no para los roedores o las moscas, como sería de prever. Y ello al tiempo que el contrincante menganito propala, compungido, su amor por el terruño do mora. Porque lo normal debe ser odiar al paisaje y al paisanaje propios con furia cainita. Así las cosas, Albiol está a punto de dar al traste con ese estado de excepción oficioso que prescribe excluir al PP de cualquier parcela de poder institucional en Cataluña; el Tinell tácito que estableciera el Partido Único Catalanista allá por los albores mismos de la Transición.

Razón, esa posibilidad al fin cierta, la de que un hereje españolista mancille la Alcaldía de Badalona, de la honda consternación que abate al establishment local y a sus domésticos. Que de ahí la muy urgente llamada a rebato del somatén mediático, con la Hannah Arendt de La Noria capitaneando la banda de la porra. Tal resulta el grado de pavor en el gallinero identitario que no sería de extrañar otro De profundis contra la democracia liberal en forma de editorial conjunto. Todo un éxito, el de Albiol, consecuencia de haber osado franquear los márgenes que delimitan el angosto espacio de la corrección política en el Oasis. Pues resulta que, tras lustros y lustros pidiendo perdón por existir, alguien en el PPC, ese Albiol por más señas, ha descubierto cuál es la diferencia ontológica entre verlas venir e ir dándolas.

Al cabo, no otro es el secreto del hombre que ha desatado esa ola de pánico transversal que va de las cotorras de TV3 a las más engoladas plumas mercenarias de la demarcación. Airados tartufos que gritan "xenófobo" a Albiol por pretender, ¡anatema!, que la igualdad de todos ante la Ley no excluye a los carteristas rumanos. Las mismas veletas morales que aplaudieron a rabiar cuando el mando –esto es, CiU y PSC– votó el empadronamiento para todos en Madrid. Y que volverían a batir palmas –su genuino oficio– al poco, tras reclamar los mismos papeles para nadie en Cataluña. Tristes tigres de papel.

Los jueces del TC desmontan la sentencia

Editorial de Libertad Digital

Pocas veces un puñado de votos particulares ha constituido un argumento tan poderoso como el que nos ofrecen los jueces discrepantes con la sentencia del Tribunal Constitucional (TC) sobre la legalización in extremis de Bildu. Los cinco votos, encabezados por el de Manuel Aragón, único juez "progresista" que votó en contra de legalizar la formación que, según el Tribunal Supremo, es la continuación de Batasuna, suponen un varapalo tal a la sentencia que no es aventurado afirmar que el TC ha quedado, después de esta absurda e innecesaria operación política, completamente fracturado.

Manuel Aragón considera "impropia y lamentable" la actitud de su propio tribunal al asumir que la decisión del Supremo se cimentó sobre una simple sospecha. En ese mismo aspecto incide Francisco Pérez de los Cobos que, en su voto, ha criticado con dureza la sentencia del TC por haber éste incurrido en la nueva valoración de pruebas, lo que, en opinión del magistrado, "no le corresponde al Tribunal Constitucional". Javier Delgado Barrio vuelve sobre la parte probatoria admitiendo que es poco probable encontrar "pruebas directas" de que Bildu es parte de la banda terrorista ETA.

Y, efectivamente, así es. Desde que fue ilegalizada hace ocho años, Batasuna ha aprendido en las sucesivas convocatorias electorales a camuflarse para pasar desapercibida y conseguir la legalización por la puerta de atrás o mediante acuerdo político, tal y como ha terminado sucediendo. Para los discrepantes esta "estrategia defraudatoria" no consiguió engañar a la sala 61 del Supremo ya que hay "elementos probatorios" que deben ser apreciados en su conjunto.

Ramón Rodríguez Arribas ha sido, si cabe, más duro en su voto particular. El magistrado detalla el procedimiento del que Bildu se ha valido en esta ocasión. Rodríguez Arribas ha señalado como los proetarras en esta ocasión se han servido de "dos partidos políticos ya existentes –Eusko Alkartasuna y Alternatiba– pero de presencia institucional y afiliación decrecientes para constituir una coalición electoral con independientes que, curiosamente, (...) salen de una izquierda abertzale que sociológicamente coincide con ETA-Batasuna". Una explicación convincente y, a pesar de su irrefutabilidad, ha sido obviada por el Constitucional.

Los votos particulares nos reafirman en lo que ya sospechábamos. La sentencia del Constitucional ha sido consecuencia de un arreglo político no confesado entre la propia ETA y el Gobierno, que, aunque no lo reconozca, se encuentra envuelto ya en una nueva tanda de negociaciones con la banda. Franquear el paso a sus representantes políticos no ha sido más que el pago por la declaración de la tregua-trampa por parte de los terroristas. Queda de este modo pulverizada por enésima vez la independencia judicial en España y de los propios tribunales, especialmente los que, como el TC, sirven de extraordinarias palancas de acción política para el Gobierno de turno.

Indignados están

Carlos Rodríguez Braun en La Razón

Domingo Soriano criticó en «Libertad Digital» que «Informe Semanal» de TVE saludara con entusiasmo «los más viejos y nobles ideales del ser humano» a propósito de Stéphane Hessel, que aseguró que el comunismo era «un pensamiento social ambicioso». Comprendo su crítica ante este elogioso trato al sistema más criminal que nunca haya sido perpetrado contra los trabajadores en toda la historia. Me ha interesado especialmente el motivo de la indignación de Hessel en «Indignaos», que ha vendido dos millones de ejemplares. En España lo prologa el siempre admirado José Luis Sampedro. Y están ambos indignados. Dirá usted: hombre, tienen razón: aunque ellos sean felices y longevas celebridades es plausible que nos convoquen a resistir la opresión, las mil intrusiones del poder contra nuestros derechos y libertades; cada día pagamos más impuestos, y ahora gracias a los progresistas no podemos ni fumar en los bares: ¡indignémonos! Pues no, estas dos figuras están indignadas contra…el mercado. Dice Hessel que los mercados financieros nos gobiernan. Oiga, que no. Que ningún mercado financiero bajó el sueldo de los funcionarios ni acabó con los toros en Cataluña. Que ningún mercado ha congelado las pensiones y nos ha rodeado de multas, regulaciones y prohibiciones. Si este dislate de que estamos dominados por los mercados es el referente intelectual de la izquierda, es que están aún más desconcertados de lo que parecen.

Pedreña

Alfonso Ussía en La Razón

Los hay que miran a Pedreña desde Santander y los que sólo reparan en Santander desde Pedreña. Las traineras y el golf le conceden a Pedreña un «estatus» de territorio independiente de su propia bahía. Los pedreñeros fueron los primeros en mojarles la oreja a remazos a los remeros vascos. Después vinieron los de Astillero y Castro Urdiales, pero la referencia de las traineras montañesas es Pedreña. Y en Pedreña se encuentra uno de los campos de golf más prodigiosos de España. Allí las familias Sota y Ballesteros, unidas y mezcladas en sangres y raíces. Ahí empezó de «caddy» el niño Severiano, hermano de Baldomero y sobrino de Ramón. Severiano era de los que miraban siempre a Santander desde Pedreña, esa visión fantástica que divide en dos partes la lengua amarilla del Puntal. La bahía de Santander cambiaría de paisaje sin las pedreñeras, que van y vienen durante todo el día cada hora de Puerto Chico o el Marítimo hasta la costa verde remera y golfista del principado de Ballesteros, que así habrá que llamarlo de ahora en adelante.

Fue «caddy», como su tío, el gran Ramón Sota, como su padre, también remero de trainera vencedora. Y con veintidós años se convirtió en el milagro, en el mejor jugador de golf del mundo, ya principiada la decadencia, eso sí, lentísima, de Jack Nicklaus, Gary Player y Tom Watson. Gracias al formidable pedreñero, Europa se reunió, con anterioridad a los diferentes tratados políticos, para competir con los Estados Unidos por la Ryder Cup. Todos los jugadores europeos y americanos han reconocido que sin Severiano, esa rivalidad que hoy se vive habría sido imposible. Lo dijo Colin Montgomerie cuando se enteró de la muerte de Seve. «Siempre fue nuestro capitán, incluso desde la cama mientras luchaba contra el cáncer». Seve animó a jugar. Se construyeron campos en toda España y de su maestría surgieron los Piñeiro, Cañizares, y sobre todo, Olazábal, que ganó como él, dos «Masters» de Augusta. Seve, también campeón de dos «British Open» fue tenido por los ingleses como suyo, y en las islas era más querido y admirado que en su amada y envidiosa España.

Tenía un carácter montañés puro. Era leal, sincero, acogedor y bronco. La Montaña de Cantabria cambia de soles y luces luminosas a nubes cimarronas y vientos fuertes, nortazos inesperados. Después, la calma y la sonrisa. «Seve» o «Sevvy» –como le decían en Inglaterra–, se hacía querer por su lealtad consigo mismo, su empuje, su franqueza y su arrolladora simpatía cuando no le amenazaban los vientos traidores. Era amigo de todos los grandes, medianos y regulares jugadores de golf. Se metió en el bolsillo a los americanos por su audacia, su intuición y su genialidad. El golf en España es obra suya, cosa suya, intransferible.

En los verdes enfrentados de su jardín de Pedreña van a ser esparcidas sus cenizas. Cenizas de oro. Por allí restarán para siempre, hincadas entre las hojas de sus robles, formando parte de la raíz de sus prados. Otra parte de sus restos, el viento, esta vez bondadoso, llevará hasta el Puntal y la mar azul o gris de la bahía, que también la tradición remera y triunfadora de la trainera de Pedreña merece guardar el polvo del mejor de sus hijos. Hoy, Santander es conocida en todo el mundo por el Banco, y Pedreña por Severiano. Bahía universal. Sólo cincuenta y cuatro años le regaló Dios para vivir. ¡ Y lo que consiguió! Hoy, las pedreñeras van y vienen, como siempre ha sido, pero ya no las puede mirar Seve. Navegan sobre sus cenizas. Sobre su espíritu. El espíritu, la sombra, el alma del más grande.

lunes, 9 de mayo de 2011

Sumergidos

"El reciente decreto ley para aflorar el trabajo sumergido tiene aspectos controvertibles. La razón principal por la que se toman estas medidas, en una situación tan crítica del mercado de trabajo, pensamos que no puede ser ni la protección a los trabajadores, ni, en caso de que se incluyera también lo que podríamos llamar la economía sumergida, la eliminación de la competencia desleal de las empresas que reducen ilegalmente sus costes. Si estas fueran las razones de este decreto aprobado por el Gobierno, lógicamente se habría elaborado en circunstancias económicas más normales.

El aumento del ingreso público por la recuperación de las cotizaciones sociales y, en su caso, de los impuestos defraudados, y la mejora de los resultados de las estadísticas de empleo explican mejor su oportunidad."

Eugenio M. Recio en La Vanguardia


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El desarrollo de la riada nepman tiene una causa económica. El Estado necesita bienes, necesita oro, y no dispone aún de ninguna Kolymá. A finales de 1929 empieza la célebre fiebre del oro, pero esta fiebre no la padecen buscadores de oro, sino aquellos a quienes privan de él. La peculiaridad de esta nueva riada «del oro» estriba en que la GPU, de hecho, no acusa de nada a sus borreguitos y está dispuesta a no enviarlos al país del Gulag, siempre que pueda arrebatarles su oro aplicándoles la ley del más fuerte. Por eso, las cárceles están abarrotadas, los jueces de instrucción extenuados, mientras que los transportes de detenidos, las prisiones de tránsito y los campos penitenciarios reciben un contingente proporcionalmente menor.

¿A quién se encarcela durante la riada «del oro»? A todo el que quince años atrás tenía una «empresa», comerciaba o ejercía un oficio, y a juicio de la GPU pudo haber conservado oro. Pero precisamente, muy a menudo no disponían de oro, pues habían tenido bienes muebles e inmuebles, si bien todo se había esfumado —confiscado durante la revolución— y no les quedaba nada. Se encarcelaba con grandes esperanzas, como es natural, a dentistas, joyeros y relojeros. Las denuncias ofrecían pistas para encontrar oro en las manos más inesperadas: un obrero «tornero por los cuatro costados» había conservado sesenta monedas de oro, de cuando «Nicolás II», de a cinco rublos, encontradas no se sabe dónde; Muraviov, conocido guerrillero siberiano, se presentó en Odessa con un sa-quito de oro (lo había robado durante la guerra civil); todos los carreteros tártaros de San Petersburgo tenían oro escondido. Y si eso era verdad o no, sólo podía aclararse pasando por la celda de castigo. Nada podía salvar a aquel sobre el que caía una denuncia «por oro»: ni su procedencia proletaria ni sus méritos durante la revolución. Todos eran arrestados, todos eran embutidos en las celdas de la GPU en unas cantidades que hasta entonces se consideraban imposibles. ¡Pero así tenía que ser para que lo devolvieran cuanto antes! Se llegaba a situaciones embarazosas, en que hombres y mujeres permanecían encerrados en una misma celda y debían hacer sus necesidades en una cubeta unos frente a otros. ¡Quién iba a preocuparse por estas minucias! ¡Venga el oro, canallas! Los jueces de instrucción no levantaban actas porque eran papeluchos que no le hacían falta a nadie, porque que se impusiera después una condena o no a pocos interesaba. Sólo una cosa era importante: ¡Venga el oro, canallas! El Estado necesita oro, ¿y tú para qué lo quieres? A los jueces de instrucción ya no les quedaba voz ni fuerzas para amenazar y torturar, por ello recurrían a un método general: dar a los arrestados únicamente comida salada y ni una gota de agua. ¡Quien entregue el oro beberá agua! ¡Un chervónets por una jarra de agua pura!

El hombre muere por el metal...

Esta riada se distinguía de las anteriores, y de las posteriores, en que el destino, si no de la mitad, al menos de una buena parte de los arrestados, se agitaba en sus propias manos. Si uno realmente no poseía oro estaba en una situación sin salida, y tendría que aguantar palizas, quemaduras, torturas y otra vez zurras hasta morir o hasta que, en efecto, le creyeran. Pero el que sí tenía oro estaba en situación de determinar la medida del suplicio, hasta dónde llegaba su aguante y cual sería su futuro destino. Por lo demás, se trata de algo psicológicamente complicado y resulta más duro, pues si uno se equivoca siempre se sentirá culpable ante sí mismo.

Naturalmente, el que había asimilado los usos y costumbres de la casa cedía, entregaba el oro, y santas pascuas. Pero tampoco era cuestión de entregarlo demasiado deprisa, pues podrían haber sospechado que aún quedaba más y te habrían retenido en prisión. Al mismo tiempo, tampoco convenía demorarse demasiado en soltarlo: podrías entregar el alma o conseguir que, por rabia, te impusieran una condena. Uno de esos carreteros tártaros soportó todos los suplicios: ¡No tengo oro! Entonces encarcelaron a su esposa y la torturaron, pero el tártaro se mantuvo en sus trece: ¡Que no tengo oro! Encerraron también a su hija, y esta vez el tártaro ya no pudo resistir, entregó cien mil rublos. Entonces soltaron a la familia, pero a él le impusieron una condena. Estaban llevando a la vida real las más zafias novelas policiacas y óperas de forajidos, con un gigantesco país como escenario.


Alexandr Solzhenitsyn. Archipiélago Gulag

Corruptos y validos

Gabriel Albiac en ABC

¿Qué votamos? No unas municipales, desde luego. Ni muchísimo menos, unas autonómicas. A estas alturas del viaje, vamos ya sabiendo todos que la incurable corrupción que define a este arruinado país tuvo como principal blindaje el excéntrico invento al cual llamaron «Estado de las Autonomías»: modo pragmático que halló un gobierno débil para ir achicando agua. La cínica fórmula del «café para todos», como camuflaje del pánico a la reacción nacionalista catalana y vasca, era inviable. Lo era la indefinición constitucional que creaba: la de un Estado que, sin ser federal, dejaba materialmente de ser central y unitario. Lo era la reduplicación de administraciones, que —es lo más grave— generaba un coste económico de tales dimensiones que ni aun el país más rico del mundo hubiera podido, a la larga, alimentarlo. No somos el país más rico del mundo, desde luego. Si nuestra ruina no se ha producido antes, fue, sin más, porque la Unión Europea estuvo, una y otra vez, ahí para ir prestando dinero. Que no será devuelto. Nunca.

Ese dinero daba para un generoso reparto. Entre amigos, claro está. O, si no amigos, al menos votantes, que es lo que cuenta para garantizar la eterna vida a costa de la sopa boba. Nunca, ni en los más negros momentos del caciquismo, los votos fueron comprados más a medida que durante estos últimos treinta años. Nunca la ecuación compra-voto funcionó de modo más equilibrado. La ingeniería administrativa mediante la cual la Junta Andaluza transustanciará en «funcionarios» estables a los más de 29.000 paniaguados que contrató, fuera de todo control, entre sus fieles, constituyéndolos en un Estado paralelo, no es más que la caricatura ridícula —también ruinosa— de una corrupción que ha sido la única razón de ser de las Comunidades Autónomas y de las Cajas de Ahorros por ellas controladas como Bancos privados de los partidos. Al final, el precio por papeleta ha sido demasiado alto. Y el Estado —eso a lo cual, por pereza sólo, seguimos llamando Estado— ha hecho quiebra.

¡Bendita hecatombe, si al menos la crisis hubiera servido para forzarnos a entender que esto no se sostiene y que hay que volver a tejer un texto constitucional moderno desde cero! Porque la reduplicación de ejércitos de funcionarios inútiles, que hacen girar las redundancias de la doble administración del Estado, es la trituradora que hace imposible llegar a fin de mes al ciudadano medio. Son los cálculos que todas las agencias internacionales nos repiten desde hace meses: no hay salida para España de la crisis sin acabar con el saqueo de las autonomías.

Pero no será. Nadie es tan ingenuo aquí como para soñar que haya un partido dispuesto a renunciar al más nimio de sus privilegios. Se nos llevarán al fondo del mar a todos, antes de perder un céntimo. O un voto.

¿Qué votamos? Si nuestro voto fuera racional, nos quedaríamos en casa. ¿Para qué jugar a este juego corrupto? Pero también la ira contra los ladrones entra en este ballet de venganza. El placer de poner a unos cuantos en la calle. A los peores. No cuenta qué votar, sino contra qué votar. Contra la que dice ser «la niña de González». O contra el ministro GAL. A través de sus corruptos validos. Autonómicos como municipales.

La justicia loca

Juan Manuel de Prada en ABC

Escribía Chesterton que el mundo moderno estaba invadido por las viejas virtudes cristianas que se habían vuelto locas. ¿Y cuándo se vuelven locas las virtudes? Se vuelven locas cuando se desgajan del común tronco que las sustenta, cuando vagan en soledad, desprendidas las unas de las otras. Esto le ha ocurrido a la justicia, que desgajada de la verdad y el bien ha extraviado su razón de ser y su rectitud natural, para ponerse al servicio de intereses espurios y coyunturales, acicalada —eso sí— con los afeites del más escrupuloso rigor legalista. Así se explica la legalización de la enésima franquicia etarra, en la que vemos los efectos de una justicia loca que ha extraviado su sentido moral, su capacidad para distinguir el bien y el mal, para fundarse sobre una monstruosa moral autónoma que puede hacer cuanto resulte políticamente conveniente.

La misión de la justicia no consiste en otra cosa sino en «dar a cada uno lo suyo», aquello que irrevocablemente le pertenece, en razón de su naturaleza. El primer derecho irrevocable de una comunidad política —llamémosla patria, nación o como queramos; pero no, por favor, «ciudadanía», que es exactamente una comunidad política desnaturalizada, despojada de sus derechos irrevocables— es el de defenderse contra sus agresores, el de impedir que quienes desean su mal dispongan de instrumentos para perpetrar su designio. Y este derecho es irrevocable porque se funda en la propia naturaleza de dicha comunidad política, que se ha constituido y mantenido como tal para alcanzar un bien —su integridad— que a todos los que la forman obliga al menos a no lesionarlo (y, en recta justicia, tampoco a discutirlo). A nadie se le ocurriría que pudieran existir formaciones políticas que lesionaran (o siquiera discutiesen) bienes que pertenecen a la comunidad humana. Repudia a la razón la existencia de formaciones políticas defensoras del latrocinio o el asesinato; y también repudia a la razón la existencia de formaciones políticas que defiendan el crimen contra la comunidad política, lo que los latinos llamaban perduellio.

Y esto es lo que el Tribunal Constitucional ha hecho: legalizar una organización que defiende y persigue el perduellio, amparando a quienes desean atentar contra la comunidad política; a quienes, para llevar a cabo de su designio, no han vacilado en etapas recientes de su existencia en defender el latrocinio y el asesinato. Y esta justicia loca que, en lugar de restablecer el derecho irrevocable de la comunidad política, se lo arranca y entrega a quienes desean su extinción (que, a partir de ahora, dispondrán de recursos legales y materiales para que su designio sea mucho más eficaz) pretende de este modo alcanzar un interés espurio y coyuntural, cual es que los etarras decreten una «tregua permanente» o cualquier otro embeleco similar que induzca a la ciudadanía atontada (a la comunidad política desnaturalizada, despojada de sus derechos irrevocables, reducida a masa gregaria) a mantener en el poder a quienes propiciaron este perduellio. Pero haciendo un mal nunca se puede alcanzar un bien; pues, como afirma Sócrates (Gorgias, 508), «el cometer una injusticia le reporta más perjuicio al responsable del acto que a mí mismo, a pesar de ser su víctima». Los miembros del Tribunal Constitucional han infligido un grave perjuicio a la comunidad política, y a las víctimas de los etarras, consumando esta injusticia; pero es mayor aún el que se han infligido a sí mismos. Caiga sobre ellos, y sobre sus amos, la sangre de las víctimas.

La muerte de un sistema

César Vidal en La Razón

De entre las características peculiares y no precisamente felices que definen la Historia de España existe una que me ha ido causando un sobrecogimiento creciente con el paso del tiempo. Me refiero a la frecuencia con que en nuestra Historia patria un sistema político se muere y, sin embargo, sigue dando boqueadas durante años hasta que, al fin y a la postre, se desploma de la peor manera. Los ejemplos son abundantes. El sistema de la monarquía de los Austrias seguramente había entrado en agonía al final del reinado de Felipe II, pero aguantó por la política exterior sensata de su sucesor para luego entrar en barrena con Felipe IV y hundirse estrepitosamente con un pobre imbécil que se llamaba Carlos II. En otra nación, la situación hubiera experimentado un quiebro decisivo más de medio siglo antes. En España se produjo una lentísima y dolorosa agonía. Volvió a suceder lo mismo con el Antiguo Régimen. Antes de que los invasores franceses entraran en España, la monarquía estaba muerta por culpa de las intrigas de la camarilla de Fernando contra Carlos IV. Fue precisamente la guerra de la independencia la que insufló una apariencia de salud a un régimen periclitado y casi la mitad del s. XIX transcurrió en los choques feroces entre los que se daban cuenta de que la Historia no podía ir hacia atrás y los que se empecinaron en ello apoyando, primero, el absolutismo de Fernando VII y luego el cerrilismo fanático de don Carlos. También la monarquía de Isabel II era un cadáver antes de que la derrocara una revolución de bolsillo que recibió un tanto pomposamente el nombre de Gloriosa. Lo que vino después fue una sucesión desastrosa de regímenes –¡en seis años!– que acabó derivando en el sistema de la Restauración. Posiblemente fue lo más sensato y realista que disfrutó España en el s. XIX, pero antes de que llegara 1900 y Alfonso XIII se sentara en el trono, el régimen daba señales de consunción. Murió en algún momento situado entre la segunda y la tercera década del s. XX, pero siguió dando tumbos como un zombi hasta abril de 1931 cuando un enésimo golpe de Estado provocó un cambio de régimen, esta vez, republicano. Oficialmente, su final tuvo lugar en 1939, pero la II República estaba muerta desde el momento en que en 1934 el PSOE y la ERC –dos de sus parteras– se alzaron en armas contra el Gobierno republicano. Para remate, esa muerte la precipita no pocas veces un fanático sectario que hunde la economía y la educación. Me duele profundamente decirlo, pero temo que el Régimen de la Transición ya ha muerto. Seguramente, el acta de defunción se extenderá cuando se produzca la inevitable quiebra económica de un sistema que no es viable, pero su muerte comenzó a dibujarse en el horizonte cuando un atentado todavía no resuelto llevó a ZP a La Moncloa; resultó innegable cuando el Tribunal Constitucional dio por bueno un Estatuto de Cataluña que descuartizaba la Constitución y se ha vuelto palpable cuando ese mismo organismo ha decidido que los terroristas de ETA puedan concurrir a las elecciones sin los frenos mínimos de hace cuatro años. Ahora –triste es decirlo– sólo queda por establecer qué vendrá después y qué coste tendrá para los españoles de a pie.

Viñeta de Montoro en La Razón

El tío del GAL

Emilio Campmany en Libertad Digital

Cuando Felipe González vio lo que aplaudían a Obama por haber liquidado a Ben Laden, le dio envidia y quiso que también le aplaudieran por los ratones que en su día cazó. Hoy lo ha conseguido. Se ha comparado con Obama quejándose de que a él le pusieron de chupa de dómine cuando contó que se había planteado volar a la cúpula de ETA. Y luego ha dicho que la acción de Obama contra Ben Laden era legal y legítima. A los demás nos toca deducir que, en consecuencia, lo que él hizo contra la banda terrorista vasca también lo era.

Dice que el Consejo de Seguridad tachó de acto de guerra el 11-S. Falso. Quién tachó de acto de guerra aquel atentado fue el Congreso de los Estados Unidos. ¿Alguien hizo algo parecido con la que la ETA declaró a España hace más de 40 años? Nadie. Por supuesto, no lo hizo la ONU. No lo hicieron nuestras Cortes. No lo hizo ninguno de nuestros Gobiernos. Tampoco lo hizo Felipe González. Lo que hizo el gatazo fue ponerse a cazar ratones bajo mano mientras cantaba el "pío, pío que yo no he sido". No mandó a los infantes de marina, ni a los Grupos de Operaciones Especiales, ni a los legionarios. Mandó a dos chorizos que se quedaron con la pasta y se llevaron por delante a algunos inocentes, amén de no acabar el trabajo.

Cuando metieron en la cárcel a su ministro y a su secretario de Estado por haber cumplido sus órdenes, el tontiastuto se libró de los barrotes escondiéndose el muy valiente tras el ropón de quien hoy preside el Tribunal Constitucional. Y ahora que los americanos apiolan a Ben Laden, sale el felino gordinflón alardeando de que él también sabía cazar. ¿Por qué no lo dijo entonces para defender a quienes fueron a la cárcel por él?

Hoy los socialistas aplauden a Obama porque lo consideran uno de los suyos. Pero pusieron pingando a Bush por las torturas de Guantánamo. Y hoy también aplauden al tío cuyos subordinados secuestraron, arrancaron las uñas, asesinaron y enterraron en cal viva a dos terroristas.

La guerra sucia del gatazo que hoy vuelve a maullar en un mitin en Aluche no tiene nada que ver con la librada por los Estados Unidos contra Al Qaeda. No es ya que los norteamericanos, con Bush y con Obama, estén cubiertos por la legalidad internacional y la de su país, que es cosa que en algún aspecto se puede discutir. La diferencia, y gorda, es que ambos han dicho bien claramente a sus ciudadanos y al mundo que lo que hacen sus hombres es bajo sus órdenes y que a ellos dos solamente corresponde la responsabilidad. ¿Cuándo ha asumido Felipe González ninguna por la guerra sucia contra ETA? Ahora empieza a hacerlo. Y con la boca chica, no vaya a ser que lo encausen. Un héroe, el tío.

Rubalcaba ordena silencio

José García Domínguez en Libertad Digital

Igual que existen las mentiras, las grandes mentiras y las estadísticas, también el universo mundo acoge en régimen de estricta subordinación jerárquica a los cínicos, a los grandes cínicos y a Rubalcaba. Nadie se extrañe entonces de cuanto acaba de deponer don Alfredo a propósito de la sentencia de marras. "Lo que distingue a los demócratas de los que no lo son es que respetan el funcionamiento del Estado de Derecho", ha pontificado impertérrito, sin aparente sonrojo ni tampoco la previsible carcajada final a modo de epílogo. Y es que, acaso víctima colateral de su propio personaje, el tapado, como suele acontecer con los presentadores de concursos, tiende a subestimar la inteligencia del prójimo en forma algo temeraria.

De ahí, quizá, que presuma olvidado aquel célebre llamamiento a la algarada callejera contra el Tribunal Constitucional que urdió cierto José Montilla Aguilera, a la sazón presidente de la Generalidad de Cataluña durante el día de autos. Tumultuoso aquelarre institucional en repudio del Estado de Derecho y el principio de la división de poderes que, como acreditan las hemerotecas, concluiría con la quema ritual de banderas nacionales y la precipitada huida a las carreras del mentado Montilla. El mismo estadista, por cierto, que acto seguido habría de proclamar que el Tribunal se prodigaba en "ofensas gratuitas contra Cataluña que tocan las narices".

Todo ello antes de consentir la presencia de luz y taquígrafos en el transcurso de la siguiente cogitación: "He hablado con el presidente del Gobierno de España. Le he trasladado, sin ambigüedades, nuestra decepción por un proceso y una sentencia que nunca se debiera haber producido". De tal guisa, sin ambigüedades, certificó el baranda del PSC su muy reverencial respeto hacia los fundamentos jurídicos de nuestro orden político. ¿Y qué se fizo por la fecha de Rubalcaba? ¿Qué fue de tanto galán? ¿Qué de tanta invención como truxieron? Por ventura para él, nadie lo recuerda. Y así, entre la amnesia selectiva y la diglosia ocasional, el valido se enroca ahora en la pose de respetable hombre de Estado con el fin único de acongojar al Partido Popular, empresa nada difícil como es fama. Los quería ciegos, sordos y mudos –sobre todo, mudos– ante el apaño de Bildu. Sea, pues. ¡Shhh! ¡Shhh!

El PP traspasa su línea roja

Editorial de Libertad Digital

Podrá ETA permanecer en las instituciones de la mano de Bildu y podrá Rubalcaba mofarse de las víctimas y de los demócratas, incluidos los militantes del PP, pero nada de ello parece ser suficiente para que Rajoy se decida a ejercer de Oposición denunciando el abierto proceso de demolición institucional que el Gobierno y la ETA se llevan entre manos.

El arriolismo, esa falaz teoría de que el PP debe dejar de ser el PP para no movilizar el voto de la izquierda, arrambla incluso con la hemeroteca. Insistió la plana mayor de los populares que la presencia de ETA en las elecciones de mayo sería la prueba del algodón para averiguar si el PSOE continuaba enfangado en el lodazal batasuno. Finalmente, el algodón se ha tornado negrísimo, pero Rajoy se niega a moverse, no sea que denunciar que los terroristas van a seguir nutriéndose del erario público moleste a las masas durmientes de votantes sociales.

Poco parece importarle al líder de los populares que más de un 60% de los españoles esté, por puro sentido común y por pura defensa de sus libertades, en contra de esa legalización de Bildu por la puerta de atrás que ha perpetrado un Tribunal Constitucional infestado de jueces politizados. El liberalismo simpático del nuevo PP no tiene ni siquiera una mala palabra para quienes han permitido que ETA continúe recabando dinero e información de las instituciones democráticas para seguir atentando contra todos nosotros.

Por fortuna, parece que dentro del partido todavía quedan destacados militantes y dirigentes que no se resignan a que a los terroristas se les entregue maniatado el Estado de Derecho. Sin ir más lejos, el presidente de honor del PP, José María Aznar, la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, y el ex ministro del Interior y ex secretario general, Ángel Acebes, han sido todos ellos muy claros a la hora de ejercer de Oposición, no ya sólo contra el Gobierno sino también contra la ETA.

Una tarea esencial que, sin embargo, no les corresponde a ellos, sino a Rajoy. Mas el gallego prefiere centrarse –y sólo a medias y de mala manera– en la economía. Habrá que recordarle al líder de la Oposición que sus obligaciones son las que son –defender el ordenamiento jurídico español como garante de las libertades de todos los ciudadanos– y no las que le gustaría que fueran –por ejemplo, dedicarse al esparcimiento deportivo–. Si no quiere asumirlas, lo tiene sencillo: que le ceda su asiento a cualquier otro político popular que sí esté dispuesto a defender la legalidad y los fallos judiciales acordes con la misma. Lo que no es de recibo es que la (mala) estrategia electoral de Arriola degenere, deliberadamente o no, en una pasiva colaboración por parte del PP para que Bildu permanezca en los consistorios vascos y navarros. Todo tiene un límite y el PP no debería traspasar la línea roja de la complicidad con ETA que él mismo le impuso al PSOE.

La policía de los Castro mata a golpes a un disidente cubano

domingo, 8 de mayo de 2011

El asalto a una iglesia cristiana en El Cairo deja 10 muertos y 186 heridos

Un diputado y diez justos

José Jiménez Lozano en La Razón

En mal día dijo el señor Gide aquello de que con buenas intenciones no se hace buena literatura, porque, ello es cierto, pero parece que de ahí en adelante se extrajo la consecuencia de que es suficiente que algo sea canalla para ser literatura, y entonces nos cuidaremos de decir por nuestra parte que la buena política no se hace con buenos sentimientos y nos conformaremos con desear que, aunque quienes gobiernan el mundo no sean dechados de virtud, por lo menos la simulen, y tengan civilidad.

Lo que ocurre es que, si se está muy arriba, se está tentado de ponerse al mundo por montera, y un poco de esto es lo que se ha hecho ya muchas veces, quizás porque los señores políticos observan que tampoco nosotros somos virtuosos ni lo aparentamos siquiera, y, entonces, por ejemplo como en el «asunto Clinton», éste vino a decir, aunque con un cierto rodeo o perífrasis: «Pues sí, mentí a todo el mundo, y me reí de la ley ¿Y qué?».

Dicho así, parece que no hubiera pasado nada, en efecto, o que sólo tuvo que estar cinco años sin poder ejercer de abogado porque tal fue el acuerdo al que llegó con el fiscal para cerrar su caso, y asunto concluido. Pero no tan concluido porque todo tiene sus consecuencias, desde luego. Tanto en lo fácil que resulta arreglar las peores fechorías de los grandes de este mundo –que es algo viejísimo– como en la decepción el desespero, la rabia el desinterés, y la corrupción que siembran esas conductas en las mentes de otras personas. O quizás de todas, porque ante abusos de poder y mangoneos de cierto descaro las gentes dicen casi humildemente que han sentido vergüenza ajena, pero casi siempre es que el vaso de la paciencia ya se ha colmado y se dice algo así como». ¡Ah, no! ¡Ya está bien sentir vergüenza ajena, que cada cual tenga la suya, si es que hay que tenerla! Porque a lo mejor ni siquiera hay que tenerla».

Por un momento podemos imaginar que, de repente, en el caso de un gran desastre ocasionado por actos de comisión u omisión de unos altos y poderosos señores, procesados y luego absueltos, éstos convocaran una rueda de prensa y en ella afirmaran que habían mentido y que en realidad habían hecho aquello de lo que se les acusaba, dejando entender, por lo tanto, que hacían esto ahora tranquilamente porque ya no había ninguna posibilidad de intervención judicial. Y, desde luego, se dan casos de estos; pero, si ello se repitiera muchas veces, ya no sería cosa digna de mención.

Lo que sí resultaría grave y hasta socialmente peligroso sería el hecho de que alguien altamente situado se comportara de modo muy distinto, como, por ejemplo, cuando en el tiempo de la construcción del Canal de Suez tuvo que pedirse el procesamiento del único diputado de la Asamblea Nacional Francesa, que no había tratado de sacar ni un céntimo del escandaloso y suculento negocio que fue. Porque hay que comprender que una actitud ética tan inusitada obligaba a pensar que detrás de ella no podía haber nada tranquilizador. Cuando toda una sociedad se convierte en una banda, todos los miembros de ésta tienen que «estar pringados».

La historia humana no escasea en situaciones como la descrita, aunque no abunde en excepciones como la también aludida del diputado francés; pero nada ha tenido aún el poder necesario para haber liquidado del todo un cierto «ethos» civil y la civilidad, que ciertamente ha costado tantos siglos construir, tantas veces ha experimentado una vuelta atrás, y siempre está en peligro. Pero se sostiene como sabemos por los famosos diez justos, por un solo diputado o por la cínica razón de que toda corrupción intelectual y moral se caen ellas solitas cuando faltan los dineros que las sostienen. Aunque no existan ni diez justos como en el caso de Abraham, ni un solo diputado como en el caso de Francia.

Luchando en Salamina

Ángela Vallvey en La Razón

Victor Davis Hanson en «Guerra. El origen de todo» (Ed. Turner) escribe que «Tucídides era libre de criticar a su polis natal griega; los escribas persas que narraron la gesta de Darío en las murallas de Persépolis, no». Ésa era, y sigue siendo, la única, la gran diferencia entre el mundo del que procedía Ben Laden y el mundo occidental.

El mismo autor asegura que «no tenemos la más mínima afinidad cultural con los talibanes o los saudíes. En Grecia los agricultores eran dueños de sus tierras, votaban y formaban la milicia de las polis; esto no ocurría ni en Persia ni en Egipto. El rey Jerjes se sentó en su trono en Salamina e hizo un registro de sus súbditos valientes y cobardes… El general espartano Euribíades, y Temístocles, debatieron la conveniencia de luchar, condujeron ellos mismos a sus soldados a la batalla y escucharon a sus remeros gritar por la libertad mientras embestían al enemigo».

…Dos mil quinientos años después, seguimos igual: luchando en Salamina.

Una vergüenza

Alfonso Ussía en La Razón

El PSOE se había comprometido con los nacionalistas vascos a permitir que «Bildu» –es decir, una buena parte de la ETA– volviera a las instituciones. Y seis magistrados políticos y obedientes han cumplido con su labor de subalternos del Gobierno. Sus nombres pasarán a la Historia por la puerta pequeña. Pascual Sala, Eugeni Gay, Elisa Pérez Vera, Luis Ignacio Ortega, Pablo Pérez Tremps y Adela Asúa Batarrita. Para que no los olviden, se los relaciono al revés. Adela Asúa Batarrita, Pablo Pérez Tremps, Luis Ignacio Ortega, Elisa Pérez Vera, Eugeni Gay y Pascual Sala. No olviden sus nombres. Cuando la ETA, de nuevo poderosa económicamente y de nuevo traidora de sus pactos y zalemas, vuelva a asesinar, a alguno de los magistrados que llevan esos nombres se les caerá la cara de vergüenza. Pero ya no habrá posibilidad de retorno. Los «progresistas». Los designados por el PSOE. Los obedientes a Zapatero. Sigan el ejemplo de García Pelayo. Cumplida la sumisión, dimitan y a casa.

Viñeta de Esteban en La Razón

Cuerpo glorioso

Juan Manuel de Prada en ABC

«Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana también nuestra fe», reprende San Pablo a los miembros de la comunidad cristiana de Corinto. Y, en efecto, sólo la Resurrección de Cristo da sentido completo a la Encarnación, a la Redención y a la vida futura que se nos ha prometido a cada uno de nosotros, tras la Parusía. Pero, ¿cómo fue esa resurrección que anticipa la nuestra? No fue un mero revivir a la existencia terrena, como el de Lázaro o el de la hija de Jairo, sino que pasó «del estado de muerte a otra vida más allá del tiempo y del espacio», leemos en el Catecismo (nº 646). Nuestra mentalidad cientifista enseguida se pone en guardia, engreída y suspicaz, y reclama que se le explique esta metamorfosis del cuerpo inerte en cuerpo glorioso. El propio Joseph Ratzinger acepta que se trata de «un proceso que se ha desarrollado en el secreto de Dios, entre Jesús y el Padre, un proceso que nosotros no podemos describir y que por su naturaleza escapa a la experiencia humana». Pero el cientifista acucioso no cede en su demanda: «¿Qué ocurrió en el interior del sepulcro?».

Es cierto, como sostiene Ratzinger, que ninguno de los evangelistas describe la resurrección de Jesús; pero no es menos cierto que alguno ofrece al teólogo metido a detective —y al poeta— pistas dilucidadoras. Reparemos en la narración de Juan. Pedro y el «discípulo amado» llegan corriendo al sepulcro y descubren, tal como les había anunciado María Magdalena, que la losa ha sido apartada. Penetran ambos en el recinto funerario y ven los lienzos o vendas con los que había sido envuelto el cadáver de Jesús «tendidos». Así traduce la reciente versión bíblica de la Conferencia Episcopal el «keímena» del original, mejorando la traducción más inexacta de Nácar-Colunga, que dice que vieron «las fajas allí colocadas». Pero «lienzos tendidos» y «fajas colocadas» se complementan y nos ayudan a entender mejor el significado pleno del participio plural del verbo «keimai». Los lienzos, vendas o fajas que cubrían a Jesús no han sido arrojados al suelo, sino que permanecen «colocados» en el sepulcro; y no se hallan desatados y hechos un gurruño informe, sino que se mantienen atados y «tendidos», como un molde blando que, al ser abandonado por el cuerpo que envuelve, pierde parcialmente su volumen pero todavía conserva, aunque allanada, su forma. Esto significa exactamente «keímena»: las vendas y lienzos que cubrían el cuerpo de Jesús están suavemente «desinflados», como una crisálida vacía. De este modo, Juan nos confirma que el cuerpo de Jesús no ha sido robado (ningún ladrón en su sano juicio se habría entretenido desanudando las vendas, para después anudarlas otra vez y tenderlas en el sepulcro, en la misma disposición en que se hallaban mientras envolvían el cadáver); y también que Jesús no ha necesitado, para liberarse de las vendas, desliarlas o romperlas, como tendría que haber hecho cualquier persona subordinada a la materia.

Sobre esta capacidad de Jesús resucitado para desafiar los impedimentos y restricciones de la materia nos ofrece Juan otro testimonio dilucidador. En la octava de Pascua, al anochecer, los discípulos están reunidos en una casa «con las puertas cerradas, por miedo a los judíos»; y, de súbito, Jesús se pone en medio de ellos sin forzar cerraduras ni arramblar puertas. «¿Se trata, pues, de un fantasma?», nos pregunta aquí el incrédulo frotándose las manos, pues nada lo entusiasma más que una cuchipanda espiritista. Esto mismo pensaron, «aterrorizados y llenos de miedo», los discípulos; y, para espantarles ese miedo, Jesús les pide que toquen su cuerpo hecho «de carne y de huesos» (Lc 24, 29); y a Tomás, incluso, le permitirá meter el dedo en el agujero de los clavos y la mano entera en la llaga del costado. ¿Cabe mayor prueba de fisicidad que este dejarse palpar sin remilgos ni melindres? Vive Dios que sí. Resulta que Jesús resucitado come como una auténtica lima, que diría un castizo: en la posada próxima a Emaús comparte con dos discípulos andarines el pan (Lc 24, 30); en la casa donde se hallan todos reunidos come un trozo de pez asado (Lc 24, 42); tras la pesca milagrosa en el lago de Tiberíades come pan y pescado, que Él mismo se ha encargado de asar en unas brasas (Jn 21, 9-13); y, todavía, antes de darles las últimas instrucciones antes de su Ascensión, vuelve a comer con ellos (Hch 1, 4). ¡A esto se llama tener buen saque!

La mayoría de los exegetas opinan que los evangelistas, en su celo apologético, exageran, pues tanto manduque nos pinta a un Jesús con apetito de caballo, en flagrante contradicción con el propio relato evangélico, que previamente nos ha presentado a un Jesús que ha superado con la resurrección la «corporeidad empírica». Pero aquí yo diría que la mayoría de los exegetas se pasan de listos (o de medrosos), tal vez por temor a que una interpretación literal de estos pasajes abone las tesis heréticas del milenarismo craso o carnal (que postulaban, en una interpretación desmelenada del capítulo XX del Apocalipsis, un Reino de los Mil Años en que los justos resucitados se entregarían a banquetes y francachelas). Pero que el cuerpo glorioso de Jesús no requiera comida para su subsistencia no implica que sea absurdo que Jesús coma; pues su deseo no es otro —no ha sido nunca otro— sino abrazar la naturaleza humana, entablar con ella un vínculo corporal, allanándose con ella. Y, así como el padre amoroso, por igualarse con su hijo pequeño, emplea en sus pláticas con él un lenguaje rudimentario (y hasta una inflexión de voz pueril), mientras le hace carantoñas, Jesús se abaja ante sus discípulos y les muestra su proximidad compartiendo con ellos sus viandas más sencillas; no porque las necesite, sino por hacerse uno con ellos, en amor y compaña. No hace falta ser exegeta para entender que el roce y la comida compartida hacen el cariño.

Jesús comió y bebió con sus discípulos después de resucitar, como atestiguan insistentemente los evangelistas y Pedro certifica (Hch 10, 41). «Pero —repite el cientifista, exasperado—, ¿qué ocurrió en el interior del sepulcro?». Lo que allí ocurrió sobrepasa nuestro entendimiento; pero el jesuita Manuel Carreira, profesor de física y teólogo, ha probado a imaginarlo, basándose en los últimos avances de la mecánica cuántica, que han logrado observar en el laboratorio fenómenos de movimiento discontinuo, compenetración y multilocación en partículas elementales. Si estos experimentos (que explican la formación de estrellas de neutrones y agujeros negros) se han podido realizar con partículas elementales, ¿por qué no podría el poder divino hacer algo semejante con un cuerpo, que al fin y a la postre es un conjunto de partículas? Si los avances de la física nos demuestran que las partículas elementales no están confinadas a un solo sitio, que además de comportarse como corpúsculos lo hacen como ondas, de tal modo que un electrón puede estar en dos lugares a la vez, ¿por qué no podemos imaginar un cuerpo glorioso que abandona las vendas que lo aprisionan?

Aquel cuerpo glorioso de Jesús empezó a vivir de una manera totalmente nueva: resplandece, entra en las habitaciones sin abrir puertas ni agujeros en las paredes, desaparece instantáneamente, va de un sitio a otro sin usar medio alguno de locomoción. Dios —concluye Carreira— es omnipotente, pero no puede hacer cosas absurdas o irracionales; y no hay inconveniente en aceptar que pueda hacer cosas parecidas a las que se observan en los laboratorios a nivel subatómico, sólo que a un nivel macroscópico y visible. Por lo demás, si la materia está sujeta a una serie de procesos por los cuales se altera, decae, envejece, muere y se corrompe, es porque está dentro de un marco espacio-temporal; si no actuase dentro de este marco, no estaría sujeta a ninguna de esas fuerzas destructoras. En el cuerpo glorioso, en lugar de estar el espíritu subordinado a la materia (como ocurre en nuestra vida mortal), la materia se subordina al espíritu, existe fuera del espacio y del tiempo. Y al liberarse —sin llegar a desatarlas siquiera— de las ataduras espaciales y temporales (que quedan «keímena», desinfladas, como una crisálida vacía), el cuerpo se torna incorruptible, no envejece ni enferma, posee la libertad plena de quienes han vencido las restricciones materiales. Una libertad que le permite, incluso, compartir con los amigos los gozos menudos —un pedazo de pan recién horneado, un pez asado en la lumbre—; y que, algún día, «transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo, en virtud del poder que tiene de someter a sí todas las cosas» (Flp 3, 21). De ese día hablaremos en otra ocasión, porque ya se nos ha acabado el folio.